«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano Badani

Nacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Dos poemas de Yolanda Bedregal: «Sed» y «Nocturno en Dios»

Yolanda Bedregal

Yolanda Bedregal de Conitzer (La Paz, 1913-La Paz, 1999), célebre poeta y novelista boliviana, también conocida como Yolanda de Bolivia, constituye una de las figuras más destacadas del postmodernismo hispanoamericano. Es hija de Juan Francisco Bedregal, notable representante del Modernismo en Bolivia. Cursó estudios superiores en la Escuela de Bellas Artes de La Paz, y más tarde estudió estética en la Universidad de Columbia (Nueva York). De regreso en Bolivia, enseñó en el Conservatorio de Música, la Escuela Superior de Bellas Artes y la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y en la Academia Benavides de Sucre; trabajó también en el Consejo Nacional de Cultura y en la Municipalidad de La Paz, de la que fue Oficial Mayor de Cultura. Fue miembro de número de la Academia Boliviana de la Lengua, y correspondiente de la Real Academia Española y de la Academia Argentina de Letras. Como diplomática, ejerció el cargo de embajadora de Bolivia en España. En homenaje y reconocimiento a su figura, el Estado boliviano creó en el año 2000 el Premio Nacional de Poesía «Yolanda Bedregal», que se convoca y entrega anualmente.

Su producción literaria incluye libros de poesía, de narrativa y algunas antologías (así, la Antología de la poesía boliviana preparada para la Universidad de Buenos Aires y para la Enciclopedia Boliviana, de la editorial Los Amigos del Libro), además de ensayos, obras divulgativas y literatura infantil. Entre sus principales títulos poéticos se cuentan los libros Poemar (1937), Ecos (1940, en colaboración con su esposo, Gert Conitzer, autor de las traducciones de los poemas al alemán), Almadía (1942), Nadir (1950), Del mar y la ceniza (1957) o Convocatorias (1994). De entre su obra en prosa destacan, especialmente, Naufragio (1936) y Bajo el oscuro sol (1971).

Sobre ella ha escrito Juan Quirós:

Es la más representativa figura de mujer que ha producido la poesía boliviana. Ha recorrido todas las gamas. Su voz desvelada le viene desde las zonas más recónditas del ser. Desde la ternura tenue hasta la rebeldía que modera el buen gusto, vibran en su plectro las más diversas tonalidades[1].

Como ejemplo de su poesía de tonalidad religiosa, la que prevalece en su última etapa de creación lírica, copiaré aquí dos poemas que reflejan la sed de eternidad del yo lírico, los titulados precisamente «Sed» y «Nocturno en Dios». El texto del primero es así:

No quiero
agua
ni sangre
ni vino
para mi sed.

Quiero
lo que ha sido
y nunca más será.

Lo que pudo ser
y no fue.
Lo que pasó,
lo que será.

Tengo sed
de Eternidad
en la copa de vidrio
de un instante fugaz[2].

El segundo, «Nocturno en Dios», es como sigue:

Señor, cuando oscurezca, te necesito mucho;
cuando las hojas tiemblan para caer del árbol,
parece que un lamento contenido se acerca.

Señor, cuando sea Otoño y la flor no esté firme,
quiero que me acompañes a ver el desnudarse
del mundo.
Caerá mi primavera en un volar de estambres.
¿He de pisar acaso mi propia alma caída?

Llévame de la mano adonde nada piense,
donde en ti me cobije sin que se mueva el tiempo.
Tú eres inmarcesible, y yo quiero agostarme
como hierba en tu pecho, que no me lleve el viento.
Tengo miedo al crujido que hace el pie en el otoño[3].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 251. Para más detalles sobre su vida, su figura y su obra, con diversos estudios bibliográficos, remito a la web creada con motivo del centenario de su nacimiento, celebrado en 2013.

[2] Cito por Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 252-253.

[3] Recogido en Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 258.

Una evocación del Fénix: «Casa de Lope», poema de Óscar Cerruto

Óscar Cerruto

Óscar Cerruto (La Paz, 1912-La Paz, 1981) es uno de los grandes escritores bolivianos del siglo XX. Fue también periodista y diplomático (embajador de Bolivia en Uruguay). Su producción escrita incluye novelas, cuentos y poesía, además de trabajos ensayísticos, piezas de crítica literaria y artículos periodísticos. De entre su producción narrativa destacan sobre todo su novela social Aluvión de fuego (1935) y su magnífico libro de relatos Cerco de penumbras (1958). Publicaciones póstumas son La muerte mágica (1988) y De las profundas barrancas suben los sueños (1996). Entre sus libros de poesía se cuentan Cifra de las rosas y siete cantares (1957), Patria de sal cautiva (1958), Estrella segregada (1975), Reverso de la transparencia (1975), Cántico traspasado. Obra poética (1975) y Poesía (1985).

Acerca de su creación poética Juan Quirós había dejado escritas, ya a la altura de 1964, estas palabras:

Consagrado por la crítica del continente, Óscar Cerruto es poeta sutil, refinado y arduo que horada la imagen y se apodera de sus símbolos. Gracia, primor, raíz profunda, voz de la sangre, entraña de la tierra, signo y alquimia, mesura y sobre todo técnica, son los motivos y la realización de sus dos volúmenes de poemas: Cifra de las rosas, 1957; y Patria de sal cautiva, 1958. Óscar Cerruto constituye el exponente máximo de la poesía boliviana actual y uno de los nombres más conocidos —es también novelista y cuentista— de la literatura patria más allá de nuestras fronteras[1].

Casa de Lope en Madrid

Comentaré hoy la composición de Cerruto titulada «Casa de Lope». Las palabras que este poema lleva como lema son las de la inscripción que figuraba a la entrada de la casa que Lope de Vega compró en la madrileña calle de Francos (hoy de Cervantes) para instalarse con su familia legítima a la altura de 1610: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco, / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). La casa le costó al Fénix 9.000 reales, esto es, el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de dieciocho de sus comedias, valoradas en 500 reales cada una. En esa casa de su propiedad, Lope reúne sus modestas posesiones, se entretiene cuidando su pequeño jardín y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años, hasta su muerte en 1635, esta casa de la calle de Francos fue su refugio y atalaya.

El nombre de Antonia Clara, mencionado en la quinta estrofa, corresponde al de la única hija fruto de la sacrílega relación de Lope, ya sacerdote, con Marta de Nevares, que nació el 12 de agosto de 1617. En la estrofa siguiente, la mención de las Trinitarias puede remitir a dos sucesos en la vida del dramaturgo: hay que recordar, por un lado, que el 24 de enero de 1610 Lope había ingresado en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas. Pero aquí la alusión parece referirse más bien a otro suceso: años después, el 12 de febrero de 1622, su hija Marcela profesaría como religiosa, ingresando en el convento de las Trinitarias Descalzas con el nombre de Sor Marcela de San Félix.

Y es que, en efecto, el poema nos presenta a un Lope viejo y cansado (la voz lírica corresponde al propio escritor barroco): lágrimas, dolor, soledad, olvido, tristes presagios, afanes de muerte, miedo… En la parte final del poema, en las dos últimas estrofas, apreciamos además la inclusión motivos propios del desengaño barroco: la nada que es el hombre, con todas sus vanidades (los «Artificios del mundo», la fama que «a cumbres de fulgor» lo exalta…) frente a la grandeza y trascendencia de la divinidad («mientras Dios, que es sustancia, permanece»). Este es el texto del poema[2]:

Parva propria magna,
magna aliena parva.

¿No he pisado antes este suelo?
¿No he sido yo el que ha plantado
junto al brocal del pozo esa aspidistra?

Cuántas edades tiene si fue mano
la de él quien le dio vida, la formó
como obra de su aliento.

Calle de los Francos, todavía
salobre de mis lágrimas;
piedras de mis entrañas, dolidas
por diligencia del agravio.

Ah vosotros fantasmas
más vivos que la vida, sostenidos
por su amor que os permite
bullir en aposentos y braseros.

Qué solo estoy, Antonia Clara,
qué amargo rey con mis memorias
y este dolor por ti humillados
de espinas y de olvido.

Los cuervos de la tarde
graznan ya en las torres
de las Trinitarias. Campanadas
que la hora tiñe de presagios.

Afanes de muerte me consumen,
clamo, el eco me responde y con
mi propia voz me desengaña.
No sangre, miedo por mis venas sangra.

Ya es noche; noche larga.
Artificios del mundo, ingratitudes,
menos sois que soflama de pavesa,
mientras Dios, que es sustancia, permanece.

El hombre es nada,
hombre solamente,
aunque la fama a cumbres de fulgor lo exalte,
si el vejamen
del vivir todo lo iguala.


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 205.

[2] Lo copio tal como figura en Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 224-225. Puede leerse también en Óscar Cerruto, Estrella segregada, Buenos Aires, Losada, 1973, pp. 43-45 (corresponde a la sección «Moradas»), donde varía ligeramente la distribución de los versos; y también en Óscar Cerruto, Obra poética, recopilación, introducción y notas de Mónica Velásquez Guzmán, La Paz, Plural Editores, 2007, pp. 171-172. Un comentario del poema se encuentra en Mary Carmen Molina Ergueta, «Soledad y lenguaje. Los matices. Una lectura de Estrella segregada de Óscar Cerruto», en Montserrat Fernández Murillo, Mary Carmen Molina Ergueta, Mauricio Murillo Aliaga, Mónica Velásquez Guzmán y Farit Rojas Tudela, La crítica y el poeta: Óscar Cerruto, La Paz, UMSA-Carrera de Literatura / Plural Editores, 2011, pp. 65-66.

El poema «Amancaya…» de Octavio Campero Echazú

Octavio Campero Echazú (Tarija, 1900-Cochabamba, 1970) constituye una de las figuras más importantes de la lírica boliviana y es, según señala la crítica, «la expresión del romancero chapaco»: como escribía Emilio de Medinaceli, «Campero Echazú, el gran poeta de Tarija, es el creador de la poesía para mí llamada camperiana, del amor terrígena, expresada en el lenguaje popular de los indígenas tarijeños, llamados los chapacos, en parte y también en el español castizo»[1]. Igualmente, Juan Quirós comentaba en 1964:

Impregnado en las esencias de su natal terruño, Tarija, ha escrito una poesía sensorial, grácil y llena de aciertos, de un García Lorca incorporado a la poesía chapaca en cuanto a símbolos, manera y técnica se refiere, pero conservando avaramente la esencialidad del patrimonio de la tierra propia. Se le considera uno de los mejores poetas vernaculares. Últimamente ha ensayado otras maneras y otros tonos, más graves y solemnes[2].

Campero Echazú cursó sus primeros estudios en Tarija y los siguió más tarde en la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca, en Sucre. Allí se licenciaría el año 1931 en Derecho y en Ciencias Políticas. Más tarde se desempeñó como docente en la Escuela Normal de Sucre y como profesor de Filosofía jurídica en la citada Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca. Instalado después en Tarija, alternó allí su trabajo como director del Colegio San Luis con el cultivo de la literatura. Su corpus de obras poéticas está formado por Amancayas (1942), Poemas (1958), Voces (1950), Al borde de la sombra (1963) y Aromas de otro tiempo (1971, obra póstuma, en edición al cuidado de su viuda, Delia Zabalaga Canelas)[3].

En 1961 obtuvo el Premio Nacional de Poesía de Bolivia, y en 1962 el Municipio de Tarija lo proclamó «Hijo Predilecto de la Ciudad», en tanto que la Universidad Autónoma Juan Misael Saracho lo distinguió con el título de «Maestro de la Juventud Tarijeña». Tras su muerte, ocurrida en julio de 1970, el Ministerio de Educación y Cultura de Bolivia le otorgó el «Gran Premio Nacional de Literatura», como reconocimiento a la aportación cultural de su producción literaria. Más recientemente, en el año 2010, el conjunto de su obra ha sido declarado Patrimonio Cultural de la Nación.

Como un ejemplo representativo de su producción poética, copiaré aquí su bello poema titulado «Amancaya…»[4], perteneciente a Amancayas (1942), poemario en el que Octavio Campero Echazú da entrada a los paisajes, las tradiciones y las gentes de su Tarija natal. Destaca esta composición por la gracia y frescura de su ritmo popular, propio de la poesía tradicional (romance con rima á a, repetición de la reduplicación «amancaya, amancayita», uso de diminutivos afectivos: amancayita, mocita…), a lo que hay que sumar el valor expresivo de las distintas metáforas aposicionales (lámpara de la alborada, primera copla del alba, frescura de la mañana, urna de esencias chapacas) que se van aplicando a la flor:

Amancaya

Amancaya, amancayita
—lámpara de la alborada—,
en tu cáliz una estrella
se ha quedado rezagada.

Ya en los ojos de los bueyes
—pozos de paz de la casa—,
amancaya, amancayita,
despierta la madrugada,
y la vida en los corrales
ordeña leche de vaca.

Amancaya, amancayita
—primera copla del alba—,
no hay mocita que no lleve
tu perfume en la garganta,
cuando te cuelga en su oreja
por confidente del alma.

Amancaya, amancayita
—frescura de la mañana—,
cántaro al hombro, las mozas
se van al río por agua,
y en el aire flota un limpio
olor de ropa lavada.

Amancaya, amancayita
—urna de esencias chapacas[5]—,
¡bendita sea la tierra
que te nutre con su savia![6]


[1] Ver Emilio de Medinaceli, «La poesía terrígena de Campero Echazú», en Ensayos de estética, crítica poética, histórica y otros, La Paz, Editorial del Estado, 1969, pp. 147-160.

[2] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[3] Algunos repertorios mencionan también entre sus obras un volumen juvenil titulado Arias sentimentales (1918).

[4] Amancaya (también amancay o amancayo, del quechua amanqay o hamanq’ay) es el nombre que reciben en español varias especies vegetales nativas de América del Sur, que abundan en los Andes patagónicos y que tienen flores blancas o amarillas.

[5] chapacas: vocablo empleado para referirse a los pobladores nacidos en el valle central y en la zona alta (valles altos) del Departamento de Tarija.

[6] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, pp. 149-150.

Tres poemas de «Mal de Amor», de Óscar Hahn

El poeta chileno Óscar Hahn (nacido en Iquique el 5 de julio de 1938) forma parte de la generación literaria de los años 1960. Crítico y ensayista, en la actualidad es profesor emérito de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Iowa (College of Liberal Arts & Sciences, Spanish & Portuguese). Además de otras destacadas distinciones literarias, obtuvo el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda 2011 y el Premio Nacional de Literatura de su país en el año 2012.

Óscar Hahn

En su haber poético cuenta con abundantes títulos: Esta rosa negra (1961), Suma poética (1965), Agua final (1967),  Arte de morir (1977, 1979, 1981, 1987 y 2000), Mal de Amor (1981, 1995 y 2007), Imágenes nucleares (1983), Flor de enamorados (1987 y 1997), Estrellas fijas en un cielo blanco (1988 y 2013), Tratado de sortilegios (1992), Versos robados (1995 y 2004), Antología virtual (1996), Antología retroactiva (1998), Poemas de amor (2001), Apariciones profanas (2002), Obras selectas (2003), Sin cuenta (2005, antología), Obra poética (2006), En un abrir y cerrar de ojos (2006), Hotel de las nostalgias (2007, antología), Poemas de la era nuclear (2008, antología 1961-2008), Pena de vida (2008), Señales de vida (2009, antología), Archivo expiatorio. Poesías completas 1961-2009 (2009), Poemas sin fronteras (2010, antología), La primera oscuridad (2011), Esta rosa negra y otros poemas (2011), Todas las cosas se deslizan (2011, antología), No hay amor como esta herida (2012, antología de sus poemas eróticos) y Poesía completa (1961-2012) (2012). Títulos a los que hay que sumar otros trabajos de tipo ensayístico: El cuento fantástico hispanoamericano en el siglo XIX (1978), Texto sobre texto (1984), Vicente Huidobro o el atentado celeste (1998), Fundadores del cuento fantástico hispanoamericano (1998), Magias de la escritura (2001) y Pequeña biblioteca nocturna (2013).

Copio aquí tres poemas de su libro Mal de Amor (el poemario fue publicado originalmente en Santiago de Chile, Ganymedes, 1981; cito por la 4.ª ed., Santiago de Chile, LOM, 1997, con ilustraciones de Mario Toral; posteriormente, en 2007, tuvo una nueva edición de lujo, también en LOM).

 Mal de Amor, de Óscar Hahn

Aerolito

La velocidad del amor rompe la barrera de lo real
y el mundo estalla en astillas de fuego
sin la menor consideración para los despiertos (p. 9)

Paisaje ocular

Si tus miradas
salen a vagar por las noches
las mariposas negras huyen despavoridas

Tales son los terrores
que tu belleza disemina en sus alas (p. 17)

Cuerpo de todas mis sombras

Árbol de todos mis soles
sol de todas mis sangres
sangre de todas mis heridas
herida de todas mis muertes (p. 35)

«Los de abajo» de Mariano Azuela: valoración final

Sabemos que Los de abajo de Mariano Azuela inicia la novela de la Revolución mexicana, de la que es ya modelo clásico. Es la obra más importante del género, junto con El águila y la serpiente (1928) de Guzmán. La novela de Azuela es breve en extensión, pero intensa y preñada de bellezas en su misma concisión. Está bien escrita, bien estructurada y narrada con agilidad y fuerza. Los personajes son arquetipos, pero Azuela sabe insuflarles aliento y fuerza humana. Algunos de ellos —la Pintada, el güero Margarito— se nos hacen odiosos, pero el novelista los pinta tal como fueron en la realidad (pasados, eso sí, por el tamiz de la literatura).

Los de abajo nos muestra el desencanto producido por la Revolución, que no fue como muchos —entre los cuales se contaba Azuela— hubiesen querido. Y esa sinceridad del escritor resulta muy de agradecer: Azuela no idealiza la Revolución y los hombres que la hicieron, sino que los retrata con sus virtudes y con sus defectos. La novela constituye una visión fragmentaria y parcial de la Revolución, pero sin duda alguna verista. La idea que subyace al texto es que todos los sacrificios resultaron inútiles, pues al final los únicos que de verdad triunfaron fueron los logreros y arribistas.

Los de abajo, de Sergio Grande

Además, Los de abajo nos ofrece un magnífico retazo de la vida mexicana, un fresco palpitante de fuerza, y se integra en esa gran corriente de novelas indigenistas y costumbristas, novelas de la tierra que captan la vida intrahistórica del país. Azuela nos muestra en su novela el latir de su tierra, ofreciéndonos en concreto un trozo de la Revolución literaturizado: como se ha escrito, nos presenta al pueblo mexicano retratado en trance revolucionario. Se trata, en suma, de una obra llena de color y de vida —también de muerte— que deja tras su lectura impresión de verdad y sinceridad[1]. Justo lo que su autor pretendía.


[1] Véase esta frase de una carta de Azuela a F. M. Kercheville de 1940: «Algunos críticos han dicho que en mis novelas solo he dado la mitad de la verdad y este es el elogio más grande que podría recibir. Pero no lo acepto porque es mentira. La verdad tiene millares de facetas, y un hombre apenas puede dar en rigor lo que tiene frente a sus ojos. No es pues la mitad, sino una pequeñísima parte de la verdad, la mía, la que he querido dar con la mayor honradez y fidelidad posible» (tomo la cita de Luis Leal, Mariano Azuela, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1967, pp. 38-39).

Un soneto de Franz Tamayo en homenaje a Góngora

Dado que don Luis no aparece con mucha frecuencia por esta Ínsula Barañaria, no estará de más recordarle hoy —antes de que se nos enfade…— a través del soneto-homenaje que le dedicó el poeta boliviano Franz Tamayo.

Franz Tamayo (La Paz, 1879-La Paz, 1956), que además de poeta fue político y diplomático, constituye una de las figuras centrales de la literatura boliviana del siglo XX. Entre sus obras poéticas se cuentan Odas (1898) —cuya aparición fue saludada efusivamente por Rubén Darío—, Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia (1905), La Prometheida o las oceánides (1917), Nuevos proverbios (1922), Proverbios sobre la vida, el arte y la ciencia, fascículo segundo (1924), Nuevos rubayat (1927), Scherzos (1932), Scopas (1939) y Epigramas griegos (1945). Su obra puede adscribirse, en líneas generales, al Modernismo: «Es la poesía rara de un indio griego», escribe Juan Quirós[1], quien nos recuerda además el que fuera su lema —hermoso lema, ciertamente— en el terreno de la creación literaria: «La obra de belleza es para siempre».

Don Luis de Góngora y Argote

Y este es el texto —creo que no muy conocido— de su «Soneto en honor de don Luis de Góngora y Argote»:

Gran Don Luis, la rosa ha florecido
en vuestras manos de oriental orífice;
a un pagano donaire de pontífice
el garbo unís de príncipe garrido.

Ya Galatea y Tisbe os han sonreído
cual dos estatuas a su amante artífice.
Ya por siempre el canoro dios munífice
guardará vuestras rosas del olvido.

Indaga el peregrino apasionado
vuestra morada de cruzado moro
en el país lejano de Eldorado;

y una ciudad señala el dios canoro
donde en Alhambras de cristal calado
alza la gloria sus Giraldas de oro[2].


[1] Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, La Paz, Librería Juventud, 1964, p. 41.

[2] Tomo el texto de Juan Quirós, Índice de la poesía boliviana contemporánea, p. 52, con un ligero retoque en la puntuación (el verso 2 se cierra ahí con un punto tras orífice).

La visión de la naturaleza en «Los de abajo» de Mariano Azuela

En esta novela de Mariano Azuela, las descripciones del paisaje son breves, pero capaces de captar toda la grandiosidad de la naturaleza mexicana (ya comenté en una entrada anterior que la principal función de estas descripciones era la de atenuar la impresión de rudeza causada por las escenas revolucionarias). Azuela es en esos momentos un poeta pleno de luz, de color y de lirismo[1]. Veamos algunos ejemplos de esa maestría poética:

Cuando escaló la cumbre, el sol bañaba la altiplanicie en un lago de oro. Hacia la barranca se veían rocas enormes rebanadas, prominencias erizadas como fantásticas cabezas africanas, los pitahayos como dedos anquilosados de coloso, árboles tendidos hacia el fondo del abismo. Y en la aridez de las peñas y de las ramas secas albeaban las frescas rosas de San Juan como una blanca ofrenda al astro que comenzaba a deslizar sus hilos de oro de roca en roca (p. 80)[2].

Cañón de Juchipila

Una estampa bella y repetida es la de los hombres de la partida en lo alto de la sierra, recortados contra el cielo:

A lo lejos, allá donde la breña y el chaparral comenzaban a fundirse en un solo plano aterciopelado y azuloso, se perfilaron en la claridad zafarina del cielo y sobre el filo de una cima los hombres de Macías (p. 121).

Algún tiempo después Demetrio decide regresar a la sierra: «La planicie seguía oprimiendo sus pechos. Hablaban de la sierra con entusiasmo y delirio y pensaron en ella como en la deseada amante a quien se ha dejado de ver por mucho tiempo» (p. 178). Cuando por fin la alcanzan, encontraremos descripciones que nos hablan de su grandiosidad, con imágenes que insisten repetidamente en el color blanco:

Fue una verdadera mañana de nupcias. Había llovido la víspera toda la noche y el cielo amanecía entoldado de blancas nubes. Por la cima de la sierra trotaban potrillos brutos de crines alzadas y colas tensas, gallardos con la gallardía de los picachos que levantan su cabeza hasta besar las nubes (p. 207).

La sierra está de gala, sobre sus cúspides inaccesibles cae la niebla albísima como un crespón de nieve sobre la cabeza de una novia (p. 209).

Y es que la descripción alcanza aquí un claro valor simbólico: ese metafórico velo nupcial pronto se convertirá en sudario de muerte para Demetrio y sus hombres.


[1] Sobre el tratamiento del paisaje afirmará Manuel Pedro González: «El autor no se detiene en descripciones prolijas. Solamente alusiones que por lo general no exceden de un corto párrafo, lo indispensable para encuadrar en este marco de la naturaleza al hombre y su obra, y contrastar la indiferente majestad y la serena belleza de aquella con la insignificancia y la idiotez de este. En estas pinceladas paisajísticas es donde más alto brilla la imaginación poética de Azuela. Aquí su estilo de líneas tan concisas y severas casi siempre se vuelve plástico, pero de una plasticidad comprimida, esquelética, lograda mediante unas cuantas metáforas de gran fuerza sugeridora» (Trayectoria de la novela en México, México, Ediciones Botas, 1951, pp. 195-196).

[2] Cito por Mariano Azuela, Los de abajo, ed. de Marta Portal, Madrid, Cátedra, 1980.

Pablo Neruda, «En el fondo de América sin nombre…»

Como lectura para conmemorar este 18 de septiembre, Fiestas Patrias en Chile, selecciono un fragmento del Canto general de Neruda. Corresponde al pasaje final de la parte I del poemario, «La lámpara en la tierra»:

En el fondo de América sin nombre
estaba Arauco entre las aguas
vertiginosas, apartado
por todo el frío del planeta.
Mirad el gran Sur  solitario.
No se ve humo en la altura.
Sólo se ven los ventisqueros
y el vendaval rechazado
por las ásperas araucarias.
No busques bajo  el verde espeso
el canto de la alfarería.

Todo es silencio de agua  y viento.

Pero en las hojas mira el guerrero.
Entre los alerces  un grito.
Unos ojos de tigre en medio
de las alturas de la  nieve.

Mira las lanzas descansando.
Escucha el susurro del aire
atravesado por las flechas.
Mira los pechos y las piernas
y las  cabelleras sombrías
brillando a la luz de la luna.

Mira el vacío de  los guerreros.

No hay nadie. Trina la diuca
como el agua en la noche  pura.

Cruza el cóndor su vuelo negro.

No hay nadie. Escuchas? Es el paso
del puma en el aire y las hojas.

No hay nadie. Escucha. Escucha  el árbol,
escucha el árbol araucano.

No hay nadie. Mira las  piedras.

Mira las piedras de Arauco.

No hay nadie, sólo son los  árboles.

Sólo son las piedras, Arauco.

(Cito por Pablo Neruda, Canto general, edición y notas de Hernán Loyola, prólogo de Julio Ortega, Barcelona, Random House Mondadori, 2003, pp. 38-39.)

Felicidades, Chile

Carácter épico de «Los de abajo» de Mariano Azuela

Otro aspecto digno de comentario es el carácter épico de la novela de Mariano Azuela y la categoría heroica de su protagonista, Demetrio Macías. Giménez Caballero afirmaba que «Los de abajo es cosa auroral, donde la novela se confunde con el poema épico, donde es más bien poema épico devenido novela»[1]. Carlos Fuentes en su artículo «La Ilíada descalza», Marta Portal en la introducción de su edición y Seymour Menton en «Texturas épicas en Los de abajo» insisten en ese carácter cuasi-mítico de la novela. Trataré de resumir los aspectos más destacados relacionados con esta cuestión.

Marta Portal habla del valor universal de Los de abajo. Sabemos que la obra de Azuela se ha convertido en un clásico, un clásico al menos de la novela de la Revolución mexicana. Pese a referir unos hechos situados en un lugar y un tiempo bien determinados, la novela tiene el valor universal de toda epopeya nacional, y le conviene un análisis mítico. Demetrio, el héroe, pasa por un proceso o rito de iniciación, que consta de tres fases: separación, pruebas de iniciación y retorno al hogar. La separación se produce tras el incendio de su casa, que le da la «carta de rebeldía» para actuar (también Martín Fierro decide hacerse gaucho matrero, gaucho malo, una vez que descubre su hogar destruido y su familia dispersa). Demetrio cuenta con un maestro, Cervantes (igual que Aquiles y Ulises reciben las enseñanzas del centauro Quirón). Tras sus primeros triunfos, oye contar el relato de sus hazañas —magnificadas—, tal como ocurre con los grandes héroes clásicos: la fama le precede antes de llegar a los lugares por donde pasa. La Pintada constituiría en la novela el prototipo de la mujer-tentación (Circe, Dido, las sirenas para Ulises), mientras que Camila representaría la mujer-ilusión. Con ellas dos se completa el mitema de la mujer-aventura. Por último, el final atemporal convierte a Demetrio en héroe mítico: con su muerte en el cañón de Juchipila —señala Valbuena Briones— «el caudillo pasa al Olimpo de los héroes».

Revolución mexicanaMenton alude a las continuas referencias a las raíces indígenas, aztecas, del pueblo mexicano, factor que prolonga el tiempo de la novela, aunque sea de forma indirecta, pues la localización cronológica es muy precisa: la acción ocurre en los años 1913-1915. Además, el propio nombre del protagonista es significativo: Demetrio, derivado de Deméter, la diosa de la tierra, de los cultivos, de los cereales. Demetrio sería así, por tanto, el hombre de la tierra (el hombre de maíz de que habla Asturias para el caso de la civilización maya). La novela presenta un hecho de trascendencia nacional y el gran protagonista es el pueblo. Pero de todos esos hombres que se alzan en armas, destaca claramente uno, Demetrio: todos lo aceptan como jefe, todos le siguen sin vacilar, cuando es herido sus lugartenientes se echan «a los pies de la camilla como perros fieles», pendientes de su voluntad. El hecho de que no aparezcan las grandes figuras de la Revolución (Villa, Obregón, Carranza, Zapata…) tiene como fin no ensombrecer o amenguar su figura. Su triunfo coronando el cerro de La Bufa, cuando la toma de Zacatecas, simboliza el triunfo de la Revolución. La fidelidad de sus hombres es la misma que la que sienten los compañeros de Aquiles, Roldán o el Cid. La despedida de su mujer recuerda la de Héctor y Andrómaca o la del Cid y doña Jimena. Cuando regresa, su hijo se asusta al verlo, igual que el hijo de Héctor. La naturaleza, en fin, contribuye con su majestuosidad al engrandecimiento de la figura de Demetrio.

Carlos Fuentes también considera a Los de abajo como una epopeya nacional y la denomina «Ilíada descalza». Comenta su «naturaleza anfibia, épica vulnerada por la novela, novela vulnerada por la crónica». Comenta también el mito del retorno al hogar, como el Cid, como Roldán, como don Quijote. El gran mito de Homero se repite en esta novela, que es una nueva Ilíada, pero Ilíada «descalza». Y ese es un enorme mérito para Azuela, haber sabido forjar un personaje y una historia con aliento épico, pero sin idealizarlos completamente, mostrando también sus aspectos negativos, sus errores y vacilaciones, sus hechos contradictorios. Escribe:

Esta es nuestra deuda profunda con Mariano Azuela. Gracias a él se han podido escribir novelas modernas en México, porque él impidió que la historia revolucionaria, a pesar de sus enormes esfuerzos en ese sentido, se nos impusiera totalmente como celebración épica[2].


[1] Cito por Jorge Ruffinelli, «La recepción crítica de Los de abajo», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. 198.

[2] Carlos Fuentes, «La Ilíada descalza», en Jorge Ruffinelli (coord.), ed. crítica de Los de abajo, Madrid, CSIC (Colección Archivos), 1988, p. XXIX.