Los cuentos de Rubén Darío

Aunque existe cierta bibliografía sobre los cuentos de Rubén Darío[1], es indudable que esta parte de su obra no ha recibido tanta atención por parte de la crítica como su poesía. Pretendo, pues, ahora un breve acercamiento a los cuentos reunidos bajo ese epígrafe en sus Obras completas, con la idea de ofrecer un intento de agrupación temática.

Tal vez convendría comenzar recordando que los cuentos de Rubén nos sitúan ante la siempre interesante cuestión de los límites entre géneros literarios. En efecto, varias de sus narraciones que se presentan bajo el epígrafe de cuentos apenas están dotadas de acción: su tensión argumental es mínima y están más cercanas al poema en prosa, al artículo periodístico o al retrato —cuando no a la parábola o al apólogo simbólico— que al cuento propiamente dicho[2]. Salvadas las distancias, podría compararse esta circunstancia con la que se da en las narraciones cortas de Gabriel Miró, un escritor que por su sensibilidad y su detallismo estético estaba especialmente cualificado para el cultivo de un género, el cuento, cercano por su brevedad y concisión a la poesía; pero que, al mismo tiempo, y por esas mismas características, desbordó muchas veces las estrictas fronteras del género para practicar otras modalidades narrativas cortas más o menos cercanas.

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Un intento de ordenación de estos cuentos de Rubén Darío podría venir dado por los ambientes en que se desarrollan sus acciones[3]. Según este criterio, se distribuirían en cuatro grandes apartados: 1) los cuentos que se inspiran en el mundo bíblico-cristiano; 2) los localizados en la antigüedad pagana (en ambos casos, se trata de “escenarios” caros al poeta modernista); 3) los cuentos de ambiente contemporáneo que pudiéramos llamar “realista” (varios de los cuales cuentan con protagonistas niños o jóvenes); y 4) los de ambiente contemporáneo que introducen elementos fantásticos o sobrenaturales (si bien, en ocasiones, ese factor misterioso se diluirá al apuntarse en el texto una posible explicación racional de los sucesos narrados). En sucesivas entradas iré examinando brevemente cada uno de estos grupos[4].


[1] Véase, por ejemplo, el prólogo de Rosa Lida a Cuentos completos, México, FCE, 1950; Ernesto Mejía Sánchez, Los primeros cuentos de Rubén Darío, México, Studium, 1951; Mary Ávila, «Principios cristianos en los cuentos de Rubén Darío», Revista iberoamericana, 24, 1959, pp. 29-39; Rudolph Kohler, «La actitud impresionista en los cuentos de Rubén Darío», Eco, 48, abril de 1967, pp. 602-631; Luis Muñoz, «La interioridad en los cuentos de Rubén Darío», Atenea, 415-416, 1967; el prólogo de Iber H. Verdugo a Cuentos de Rubén Darío, Buenos Aires, Kapelusz, 1971, pp. 173-192, etc. Hay también, por supuesto, bibliografía específica sobre algunos cuentos sueltos y se podría recordar la publicación de Verónica y otros cuentos fantásticos, Alianza, Madrid, 1995. Remito también a la edición de José María Martínez, Cuentos, Madrid, Cátedra, 1997, y a su introducción, pp. 9-59.

[2] Otras dos características generales son la brevedad y la división externa en secuencias cortas, por lo general separadas tipográficamente y numeradas.

[3] Utilizaré como corpus de estudio las treinta y seis narraciones reunidas en Rubén Darío, Obras completas, tomo IV, Cuentos y novelas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1955, pp. 11-216. Aparte quedan otros importantes relatos, como por ejemplo todos los incluidos en Azul…

[4] Esta entrada es un breve extracto, con algunas adaptaciones, de un trabajo anterior mío: Carlos Mata Induráin, «De princesas, rosas e historias sobrenaturales. El arte del cuento en Rubén Darío», en Cristóbal Cuevas García (ed.), Rubén Darío y el arte de la prosa. Ensayos, retratos y alegorías, Málaga, Publicaciones del Congreso de Literatura Española Contemporánea, 1998, pp. 359-371.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (y 3)

En definitiva, como hemos podido ver en las dos entradas anteriores, Los peligros de Madrid de Bautista (Baptista) Remiro de Navarra constituyen una guía y aviso para forasteros, una brújula para navegar por el proceloso mar de la Corte madrileña sin naufragar en los escollos de damas pidonas, para no dejarse arrastrar por los bellos cantos de tan engañosas sirenas[1]. La crítica ha destacado la habilidad del autor en el retrato de sus personajes. Así, Antonio José Rioja Murga escribe:

A nuestro modo de ver, los personajes remirianos constituyen, sin lugar a dudas, un verdadero ejercicio de maestría literaria, ya que se muestran como auténticos paradigmas de los personajes-tipo, amén de prestar un valioso servicio a la intención de un autor que se adivina costumbrista[2].

Un costumbrista madrileñoEste estudioso aboga por rescatar esta «curiosa, misógina y divertida obra del injusto ostracismo literario al que se ha visto forzada». Reconoce que, aunque no se trata de una pieza maestra de nuestra literatura aurisecular, no por ello carece de interés y méritos literarios, y la califica de «pintoresco retablo costumbrista»[3]. Del mismo modo, José Esteban ha destacado la «excelente intuición costumbrista» del autor, que sería el «primer costumbrista madrileño». En efecto, Remiro de Navarra se adelanta a otros autores como Juan de Zabaleta (El día de fiesta por la mañana, 1654, y El día de fiesta por la tarde, 1660) o Francisco Santos (Día y noche de Madrid, 1663). Terminaré esta sucinta evocación citando de nuevo a Arredondo, quien afirma que estamos ante un libro atípico, que no es propiamente una novela cortesana, ni tampoco una grave reflexión moral sobre los vicios y pecados:

Lo más curioso de Los peligros de Madrid es, precisamente, esa mezcla de temas apicarados, estructuras narrativas y digresiones varias de un autor omnipresente, que envuelve todo en agudezas conceptistas para insertarlo en ambientes, calles, costumbres, fiestas y tipos madrileños[4].

Y más adelante, tras señalar que la obra interesa por ser pieza representativa de la prosa conceptista, añade que, desde el punto de vista del género narrativo, constituye

un curioso libro de avisos, ya que su contenido no es estrictamente noticioso, ni exclusivamente moralizador. Ese tono de Los Peligros…, ambiguo, fluctuante entre el relato apicarado y las obras de consejo y reflexión, marca un punto de inflexión entre las narraciones apicaradas de Salas Barbadillo, las digresiones de ideología conservadora de Castillo Solórzano, la vena satírica de Vélez de Guevara en El Diablo Cojuelo, y las moralizaciones dogmáticas, ejemplarizantes y “costumbristas” de Zabaleta y Santos[5].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, p. 141. Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», p. 144.

[4] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia /Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 14.

[5] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, p. 24.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (2)

José Esteban, al frente de su edición de la obra de Remiro de Navarra, escribe estas palabras relativas al género narrativo y al tema del libro:

Los peligros de Madrid no son, en realidad, una verdadera novela, sino más bien una serie de escenas costumbristas, a las que sirven de sostén aquellos lugares de la Corte definidos como peligrosos. Iniciador así de nuestro costumbrismo, Remiro de Navarra examina y cuenta una realidad que a veces escapa al novelista y al historiador. Realidad que es tanto más importante cuanto que nos ofrece un espejo fiel en que mirar nuestras inclinaciones y puede ofrecernos el ejemplo en que no debamos nunca caer. Entronca de este modo nuestro autor con los fines que después pretendería alcanzar nuestro costumbrismo de los siglos XVIII y XIX[1].

Los peligros de Madrid, de Baptista Remiro de Navarra.

Por su parte, María Soledad Arredondo antepone a su edición un completo estudio articulado en tres partes: «Un autor oscuro y un libro “raro”», «Estructura, tema y estilo» y «El Madrid de Los peligros», donde el lector interesado encontrará más detalles[2]. Arredondo destaca el hecho de que en este curioso libro costumbrista de avisos el afán doctrinalmente está prácticamente ausente:

Si algo llama la atención en el librito de Remiro de Navarra, es que ese compendio juguetón contra las tretas femeninas carece de preocupación religiosa, en contraste con los textos de su tiempo[3].

En cuanto al estilo de la obra, lo más llamativo es el empleo de los recursos de la agudeza verbal conceptista (abundantísimos juegos de palabras, chistes, dilogías, uso de la onomástica elocuente, etc.). De nuevo en palabras de Arredondo,

Remiro de Navarra es un representante típico de la prosa del siglo XVII marcada por la búsqueda del concepto y por la agudeza verbal. Como la mayor parte de los autores epigonales, no destaca por sus alardes en el acto del entendimiento, pero es infatigable a la hora de trastocar, disociar e invertir palabras. La prosa de Los peligros de Madrid se caracteriza por la transgresión del orden sintáctico, el juego de palabras y el retorcimiento expresivo, persiguiendo siempre el rasgo de ingenio y la agudeza verbal, no siempre bien logrados, lo que exige al lector actual un esfuerzo de orden y descodificación[4].

Sirva como ejemplo de esa dificultad conceptista este pasaje extractado del «Peligro II», que alude a las miradas de las damas: «Y, bien mirado, hablan por el ojo, porque —por hablar— se les salta a estas beldades polifemas, que cierran un ojo y abren otro para hacer puntería, y aun me sobra la n»[5]. En la obra alternan los periodos sintácticos largos con otras frases más breves y sentenciosas, con un estilo cercano al aforismo y al lenguaje hablado. Arredondo ha puesto de relieve la gran riqueza de campos léxicos manejados con propiedad por el autor: el galante, el religioso, el jurídico, el militar, el del juego…[6]


[1] José Esteban, «Noticia» preliminar en su edición de Los peligros de Madrid, Madrid, José Esteban Editor, 1987 (col. Clásicos El Árbol, 10), s. p.

[2] Sobre el autor y el libro, ver además Agustín G. de Amezúa y Mayo, Un costumbrista madrileño olvidado del siglo XVII, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1956; y también los trabajos de Herman Iventosch, «Spanish Baroque Parody in Mock Titles and Fictional Names», Romance Philology, XV, 1, 1961, pp. 29-39; Fernando González Ollé, «Conceptismo y crítica textual. A propósito de Los peligros de Madrid», en Studia Ibérica: Festchrift für Hans Flasche, Berna, A. Francke, 1973, pp. 189-196; Lee Fontanella, «Peligros de Madrid», en Poemas y ensayos para un homenaje, Madrid, Tecnos, 1976, pp. 67-79; Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144; María Soledad Arredondo, «Avisos sobre la capital del orbe en 1646: Los peligros de Madrid», Criticón, 63, 1995, pp. 89-101; y Alberto Rodríguez Rípodas, «Remiro de Navarra y Los peligros de Madrid», en Álvaro Baraibar, Tapsir Ba, Ruth Fine, Carlos Mata Induráin (eds.), Textos sin fronteras: literatura y sociedad, Pamplona, Eunsa, 2010, pp. 399-414.

[3] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, p. 25.

[4] Arredondo, introducción a Los peligros de Madrid, pp. 22-23.

[5] Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, ed. de María Soledad Arredondo, p. 82.

[6] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«Los peligros de Madrid» (1646) de Bautista Remiro de Navarra (1)

Entre los escasos cultivadores de prosa de ficción que encontramos al recorrer la historia literaria de Navarra en el siglo XVII, podemos destacar a Bautista (Baptista) Remiro de Navarra, autor de Los peligros de Madrid (1646), libro que ha sido calificado por la crítica de «pintoresco retablo costumbrista»[1]. En esa obra, precursora en efecto del género costumbrista, el literato advierte a sus lectores —en especial a los incautos forasteros— acerca de aquellos lugares de la Villa y Corte donde podían correr riesgo sus vidas y haciendas. El modelo sería la obra de Antonio Liñán y Verdugo, Guía y avisos de forasteros, adonde se les enseña a huir de los peligros que hay en la vida de Corte (1620). Los peligros derivan fundamentalmente de la codicia de las mujeres, hipócritas, vanas y, sobre todo, pedigüeñas (por las páginas del libro van desfilando varias que presentan nombres tan rumbosos y significativos como estos: doña Apuleya de Córdoba, doña Prisca de Sandoval y Rojas, doña Terencia de Aragón, doña Vitruvia de Castilla, doña Ana Cordera, doña Balista Hurtado de Mendoza, doña Pirene y doña Fausta —dos ninfas ‘prostitutas’ del Manzanares—, doña Polibia de Toledo…). Ese propósito general de la obra lo explicita Remiro de Navarra en unas palabras introductorias que siguen al «Prólogo»: «Escribiré los peligros con coche de mujeres y sin él, en calle y Prado; y tomo esta parte por el todo, porque riesgos de gastar con algunas los hay en toda parte y lugar».

Los peligros de Madrid, de Remiro de Navarra

Los diez peligros de que consta el libro son: «Peligro primero. En la calle y Prado Alto», «Peligro segundo. En el Soto», «Peligro tercero. En casa», «Peligro cuarto. De noche», «Peligro quinto. En el Trapo», «Peligro sexto. De la calle Mayor», «Peligro séptimo. De la cazuela», «Peligro octavo. Del Prado Bajo», «Peligro noveno. De los baños de julio» y «Peligro décimo. De la ausencia». Como podemos deducir por los títulos, el autor lleva a cabo un retrato costumbrista de los sitios donde el desprevenido visitante a la Babilonia cortesana (así se denomina a Madrid en los textos del Siglo de Oro, por ser sinónimo de caos y confusión) podía ver peligrar especialmente su bolsa, si se mostraba solícito en atender las peticiones de regalos y favores de las damas pidonas (por ejemplo, en la calle Mayor, donde se localizaban las principales tiendas y joyerías). Como advierte María Soledad Arredondo, editora de la obra, el tema nuclear, casi único, es la sátira y aviso contra tales pedigüeñas, tema que sirve para retratar, al mismo tiempo, «los trucos femeninos, los ambientes más propicios, los personajes habituales en la Corte (el estudiante, el clérigo, el pretendiente, la dueña, el falso caballero…) y las fiestas más señaladas»[2]. En efecto, Remiro de Navarra describe con viveza el ambiente de la cazuela, que era el lugar del corral de comedias reservado para las mujeres, y otros espacios de diversión y entretenimiento para los madrileños de aquella época: los paseos del Prado alto y bajo, el Soto, las orillas del Manzanares, adonde acudían a bañarse, escenarios todos ellos propicios para los enredos amorosos de damas y galanes y los engaños de pícaros y rufianes. Otros aspectos que se satirizan son la desmedida afición a los coches (eran símbolo ostentatorio de riqueza y posición) o el abuso del tratamiento de don, doña (que en sentido estricto correspondía solamente a los caballeros, pero que usaban, por seguir la moda, hasta los personajes de más baja extracción social).

Carecemos de datos biográficos acerca del autor. Nacido probablemente en el reino de Navarra a principios del siglo XVII, Baptista Remiro de Navarra acudió a la Corte de Madrid, donde debió de pasar los años de su juventud llevando una vida desenfadada. En la dedicatoria «Al Excelentísimo señor don Juan Domingo Remírez de Mendoza y Arellano, señor de los Cameros, marqués de la Hinojosa, conde de Aguilar, mi señor» declara respecto a su obra: «Este, señor, es un juguete que escribí las tardes del verano, en Zaragoza, en tiempo tan breve, que apenas me pesa de su desperdicio». Y en el «Prólogo» insiste en el carácter de entretenimiento juvenil que tiene su libro: «Admite, lector, esta travesura de mis años juveniles, en tanto solicito ejecutar mi consideración con obras mayores». Los peligros de Madrid fueron publicados en Zaragoza, por Pedro Lanaja, impresor de la Universidad, en 1646. Ya en el siglo XX, el texto fue sacado del olvido por Agustín G. de Amezúa y Mayo, quien preparó una edición moderna (Madrid, Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1956). La obra cuenta con otras dos ediciones recientes, debidas a José Esteban (Madrid, José Esteban Editor, 1987) y María Soledad Arredondo (Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996), esta última con una completa anotación[3].


[1] Antonio José Rioja Murga, «Sobre Los peligros de Madrid de Baptista Remiro de Navarra (1646)», Angélica. Revista de Literatura, 5, 1993, pp. 135-144 (la cita en la p. 144).

[2] María Soledad Arredondo, introducción crítica a Baptista Remiro de Navarra, Los peligros de Madrid, Madrid, Castalia / Consejería de Educación y Cultura de la Comunidad de Madrid, 1996, pp. 11-34 (la cita en la p. 15).

[3] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

«La española inglesa» de Cervantes: argumento y claves de interpretación

En los veinte años que median entre la aparición de su novela pastoril La Galatea en 1585 y la impresión de la Primera parte del Quijote en 1605, Cervantes no publica nuevos títulos literarios pero compone, probablemente, algunas de sus Novelas ejemplares[1], que aparecerán en forma de libro en 1613 (en Madrid, por Juan de la Cuesta). El escritor tenía en gran estima esta colección de doce novelas cortas. Así, en el «Prólogo al lector» con que Cervantes las encabeza —tan interesante como todos los suyos—, además de ofrecernos su famoso autorretrato, se vanagloria de ser el primero que ha novelado en español, explicando a qué se refiere exactamente:

… que yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa[2].

En el mismo prólogo, unos pocos párrafos antes, explica también por qué ha aplicado a sus novelas el calificativo de ejemplares (tema este que ha hecho correr ríos de tinta en la interpretación de la crítica):

Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí[3].

Las doce novelitas recopiladas por Cervantes son, por orden de aparición en el volumen, La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros (estas dos últimas unidas sin solución de continuidad…). Muchas son las cuestiones de interés que ofrece el análisis de las Novelas ejemplares, pero hoy toca hablar de La española inglesa, que la crítica ha clasificado tradicionalmente entre los relatos de corte idealista incluidos en la colección, es decir, aquellos en los que se pone mayor énfasis en los componentes de imaginación y fantasía (como sucede también con El amante liberal, La ilustre fregona, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas o La señora Cornelia).

La española inglesa

Estas son las palabras con las que comienza La española inglesa:

Entre los despojos que los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz, Clotaldo, un caballero inglés, capitán de una escuadra de navíos, llevó a Londres una niña de edad de siete años, poco más o menos, y esto contra la voluntad y sabiduría del conde de Leste, que con gran diligencia hizo buscar la niña para volvérsela a sus padres, que ante él se quejaron de la falta de su hija, pidiéndole que, pues se contentaba con las haciendas y dejaba libres las personas, no fuesen ellos tan desdichados que, ya que quedaban pobres, quedasen sin su hija, que era la lumbre de sus ojos y la más hermosa criatura que había en toda la ciudad[4].

En cuanto al argumento completo del relato, transcribo aquí el que ofrece Harry Sieber en el estudio preliminar a su edición de las Novelas ejemplares, que resume con bastante detalle los elementos esenciales:

Si los robos de Rinconete y Cortadillo son los bienes de otros, y la libertad que buscan es la inmunidad del poder judicial, en La española inglesa Cervantes vuelve al robo de personas y de su libertad: el rapto de Isabela, uno de los despojos que «los ingleses llevaron de la ciudad de Cádiz» […], y la captura de Ricaredo por los turcos. La novela es la historia de sus repatriaciones geográficas y religiosas (son católicos), de la restauración de Isabela a sus padres verdaderos y de la reunión de los jóvenes amantes al final de la novela.

La novela comienza por un acto de rebeldía de Clotaldo, padre de Ricaredo, quien lleva a Isabela a Londres «contra la voluntad y sabiduría del conde de Leste…» […]. Clotaldo y su familia son católicos secretos que viven en una Inglaterra protestante. Los dos jóvenes llegan a enamorarse y piensan casarse a pesar de que los padres de Ricaredo ya tenían planeado el casamiento de Ricaredo con una escocesa. Y ahora empiezan las varias separaciones entre los dos. Ricaredo tiene que salir en una expedición con el barón de Lansac. Prueba su valor y vuelve con muchas joyas que ofrece a la Reina, provocando en el acto la envidia de la corte. La madre de otro joven, «el conde Arnesto», que también está enamorado de Isabel, decide envenenar a la joven porque la Reina no le da permiso para casarla con su hijo. La madre no consigue darle muerte, pero la desfigura de una manera horrorosa. Sin embargo, Ricaredo sigue enamorado de ella —ahora, de sus virtudes interiores—, y decide salir de Inglaterra, en un viaje a Italia, para no tener que casarse con la escocesa. Isabela vuelve a España con sus padres para recuperarse de los efectos del veneno y recobrar su salud. Ricaredo le había dicho que esperase dos años para su vuelta. Durante ese tiempo está en Argel, cautivo de los turcos, pero al fin llega a Sevilla en el último momento, antes que Isabela pueda profesar de monja, y se casan[5].

Por su parte, Jorge García López, en su más reciente edición de la novela, anota que el saqueo de Cádiz con el que arranca la acción pudo ser el de 1587 por Francis Drake o bien el de 1596 por el conde de Essex[6], y añade que el segundo de ellos fue el que «inspiró un burlesco soneto de Cervantes», aquel que comienza «Vimos en julio otra Semana Santa…»[7]. Este mismo crítico y editor del texto cervantino nos ofrece con certeras palabras las claves principales para la lectura e interpretación de La española inglesa:

Ya el título debió de sonar original y sorprendente en 1613, por cuanto se trata de una antítesis que revela una disimulada anglofilia. Al fin y al cabo —y entre cortos lapsos de una paz difícil— se trataba de enemigos, de infieles. Pero si la anglofilia no está solapada, tampoco está subrayada. Los personajes de la corte inglesa no se hallan caracterizados con esmero, y tenemos, incluso, una significativa confusión en el uso del castellano por parte de la reina inglesa —personaje, por lo demás, tolerante y simpático—, que sumada a otras contradicciones y confusiones más o menos veladas explica la dilatada polémica sobre su datación. Hoy esa fecha tiende a posponerse, identificándola con las etapas redaccionales últimas del Persiles. Nuestra novela constituiría una fase de su proceso compositivo —no un subproducto— entre los dos primeros libros y los libros III y IV del Persiles. Varios episodios de estos últimos libros —la fealdad por envenenamiento de la heroína, por ejemplo— reaparecen en nuestro relato. De hecho, se trata de idéntico género literario —la novela bizantina—, si bien aquí en una forma peculiar y privativa, más temática que formal, y con tenues tonalidades caballerescas en el duelo frustrado entre Recaredo y Arnesto. El relato somete el molde genérico a una fuerte manipulación literaria, y el autor desplaza atributos formales evidentes a sus trechos finales, cuando Recaredo, náufrago de su propia vida, rememora su historia. Una singularidad que ha relacionado nuestro relato con el cuento maravilloso y con la novela de caballerías[8].

No cabe duda de que este relato cervantino está repleto de lances y peripecias: las dificultades que estorban el amor de los dos jóvenes protagonistas, los celos e intrigas del rival antagonista, el envenenamiento de Isabela con la consiguiente pérdida de su hermosura física, el cautiverio de Ricaredo en poder de los turcos…, todo ello sobre un apasionante telón de fondo histórico de enemistades políticas y conflictos de religión. En tal sentido, se puede afirmar que es una obra que resulta especialmente apta para una versión cinematográfica (como la que se estrena esta noche en Televisión Española, adaptación televisiva en una sola entrega producida en colaboración con Globomedia, con los actores Carles Francino y Macarena García en los papeles de Ricardo e Isabel). Muchos son pues, sin duda alguna, los puntos de interés que ofrece La española inglesa, si bien el análisis más detallado de temas y personajes, fuentes y estructura narrativa (con la ya apuntada cuestión de la génesis de esta obra en relación con Los trabajos de Persiles y Sigismunda), los elementos de autobiografismo aquí presentes (el motivo del cautiverio, tan importante en Cervantes[9]), etc., habrá de quedar para próximas entradas.


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares es muy extensa. Véanse, entre otros posibles, los siguientes trabajos monográficos: Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915 (reimp., Madrid, Ateneo, 1961); Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore / Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Julio Rodríguez-Luis, Novedad y ejemplo de las «Novelas» de Cervantes, México D. F., Porrúa, 1980, 2 vols.; Alban K. Forcione, Cervantes and the Humanist Vision: A Study of Four Exemplary Novels, Princeton, Princeton University Press, 1982; Francisco J. Sánchez, Lectura y representación. Análisis cultural de las «Novelas ejemplares» de Cervantes, New York, Peter Lang, 1993, Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Stephen Boyd, A Companion to Cervantes’ Novelas Ejemplares, Woodbridge, Suffolk, Tamesis, 2005; Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010.

[2] Miguel de Cervantes, «Prólogo al lector», en Novelas ejemplares, ed., prólogo y notas de Jorge García López, con un estudio preliminar de Javier Blasco, Barcelona, Crítica, 2001, p. 19.

[3] Miguel de Cervantes, «Prólogo al lector», en Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, p. 18.

[4] Miguel de Cervantes, Novela de la española inglesa, en Novelas ejemplares, ed. de Jorge García López, p. 217.

[5] Harry Sieber, «Introducción» a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 28-29.

[6] Jorge García López, en Cervantes, Novela de la española inglesa, p. 217, nota 1.

[7] Ofrezco un completo análisis de este soneto en mi trabajo «El soneto de Cervantes “A la entrada del Duque de Medina en Cádiz”. Análisis y anotación filológica», en Pedro Ruiz Pérez (ed.), Cervantes y Andalucía: biografía, escritura, recepción. Actas del Coloquio Internacional «Cervantes en Andalucía», Estepa, Sevilla, 3-5 de diciembre de 1998, Estepa, Ayuntamiento de Estepa, 1999, pp. 143-163. En mi opinión, el soneto es algo más que burlesco, pues encierra una mordaz y muy sangrante crítica…

[8] Jorge García López, en Cervantes, Novelas ejemplares, p. 217. El nombre del personaje figura, en realidad, en la novela como Ricaredo.

[9] Ver María Antonia Garcés, Cervantes en Argel: historia de un cautivo, Madrid, Gredos, 2005.

Modelos de prosa áurea en Navarra: fray Diego de Estella (y 2)

Meditaciones devotísimas del Amor de DiosSiguiendo con el repaso de los principales hitos biobibliográficos de fray Diego de Estella (Estella, Navarra, 1524-Salamanca, 1578), hay que recordar que Felipe II lo nombra  predicador de la Corte, aunque sabemos que desde 1573 vivía retirado en el convento de San Francisco de Salamanca[1]. Fue, en cualquier caso, consultor del monarca, pero más tarde se distanció de él por el dispendio que suponían, en su opinión, las gigantescas obras de El Escorial. Por esas mismas fechas publica su obra latina In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575). Esta interpretación del Evangelio de San Juan —conocida de forma abreviada como las Enarrationes (explicaciones)—, sería su obra más polémica; en efecto, la Inquisición expurgó un total de treinta y dos pasajes del tratado, que sufrió numerosas correcciones hasta que en 1580 pudo venderse libremente (se contabilizan alrededor de veintidós ediciones en ciudades como Alcalá, Lyon, Amberes, Venecia o Maguncia).

De 1576 datan dos nuevas obras, el Modus concionandi y las Meditaciones devotísimas del Amor de Dios (que también alcanzaron gran difusión, con numerosas ediciones y traducciones diversas). Con ellas fray Diego trata de explicar en qué consiste el Amor de Dios, estableciendo siempre —como es habitual en los místicos— un paralelismo con el amor humano. A lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), el franciscano pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante, sencilla pero muy expresiva (destaca especialmente por su tono exclamativo y el empleo frecuente de símiles inspirados en la naturaleza). Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], las elogió indicando que eran «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, efectivamente, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo.

Por lo que respecta al Modus concionandi et explanatio in Psalmum CXXXI Super flumina Babylonis (Salamanca, 1576), estamos ante un tratado de oratoria sagrada en latín dirigido a los predicadores, a los que da consejos prácticos, además de añadir su personal paráfrasis del salmo 136. Como señala Pérez Ibáñez, para fray Diego «la predicación debe hacerse desde la humildad y buscando siempre la gloria de Dios, sin olvidar que la mejor predicación es el ejemplo de la propia vida»[4]. El autor insiste en la responsabilidad de los predicadores, que deben conocer los textos sagrados y de los santos Padres, y madurar bien sus sermones antes de exponerlos en público.

Fray Diego moriría en Salamanca en 1578. Zalba elogiaba su prosa afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, Eugenio de Ochoa refería:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].

En fin, confío en que esta breve aproximación a su vida y producción escrita pueda servir para un mejor conocimiento de la figura de fray Diego de Estella, cuya importancia en el contexto de la literatura mística franciscana pide que se le dediquen nuevos estudios monográficos.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 351.

[3] Ricardo León, prólogo a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] Iñaki Pérez Ibáñez, prólogo a fray Diego de Estella, Florilegio de los libros «Meditaciones del Amor de Dios» y «La vanidad del mundo», Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 13.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay ediciones modernas de las Meditaciones devotísimas, por ejemplo una de Ricardo León del año 1920, y otras del Modus concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980) debidas al P. Pío Sagüés Azcona, estas dos con rigurosos estudios preliminares. Más reciente (2002) es el citado Florilegio, en edición de Iñaki Pérez Ibáñez. Ver también Fray Diego de Estella y su IV Centenario, Barcelona, Imprenta Elzeviriana, 1924.

Modelos de prosa áurea en Navarra: fray Diego de Estella (1)

Tratado de la vanidad del mundo, de fray Diego de EstellaEn el panorama de la historia literaria de Navarra, la prosa ascético-mística de los Siglos de Oro está representada, por fray Diego de Estella, fray Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz, tres autores en castellano de la época renacentista a los que se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence[1]. Respecto a los dos primeros —y no sin cierta exageración— escribía José Zalba que, «Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide»[2]. Vamos a repasar brevemente, en esta ocasión, la figura del franciscano fray Diego de Estella (Estella, Navarra, 1524-Salamanca, 1578), ofreciendo unos someros apuntes sobre su vida y sus obras[3].

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y los episodios bélicos de la centuria anterior, era de bonanza. Existía en la ciudad del Ega un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal fue el lugar de nacimiento del futuro fray Diego, en el seno de una familia enraizada en la nobleza del reino, como prueba su nombre en el siglo, que era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió primero en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y más tarde Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Allí, a la edad de diecisiete años, decide ingresar en la orden franciscana, en la que terminaría tomando el hábito.

En 1552 marcha a Portugal en el séquito de la infanta doña Juana, hija del emperador Carlos V, en el que ejercía el cargo de predicador y confesor. Allí publicaría su primera obra, el Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), que va dedicada a la reina de Portugal doña Catalina. A la narración de la vida de San Juan en doce capítulos se añaden diversas enseñanzas morales. Cabe destacar que en esta obra primeriza el estilo de fray Diego es bastante más recargado que el de las posteriores.

En 1562, y en Toledo, aparece la primera edición de la que será su obra más famosa, el Libro de la vanidad del mundo. De 1565 data su enfrentamiento con fray Bernardo de Fresneda, obispo de Cuenca, al que acusó de vivir con excesivo lujo y boato en la Corte, lejos de las almas cuyo cuidado tenía encomendadas. Por este asunto fray Diego sufrirá un largo proceso, que no acabaría hasta 1569, viéndose obligado además a retractarse de sus acusaciones y a pedir disculpas. Al año siguiente, en 1570, es nombrado predicador de Salamanca, y en 1574 da a las prensas la segunda edición, muy aumentada, de La vanidad del mundo.

En este tratado, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que no son más que «vanidad de vanidades». La obra consta, en esta versión definitiva, de tres partes, de cien capítulos cada una (en la primera edición de 1562 eran también tres partes, pero de cuarenta capítulos cada una). Como bien resume Iñaki Pérez Ibáñez, el Libro de la vanidad del mundo es

una obra ascética renacentista, que trata el tópico de origen medieval del desengaño frente al mundo (tópico que se hará más extremo aún durante el barroco): nada podemos esperar del mundo donde todo son falsas apariencias. Frente a estas “ilusiones” mundanas sólo en Dios podremos encontrar la verdad. El escrito pretende que el lector se decida a llevar a cabo un proceso de purificación de todo lo sensorial. A tan grave asunto corresponde un tratamiento serio. El estilo de la obra es sentencioso: abundan las frases breves, concisas y las citas de textos sagrados o religiosos[4].

Fray Diego hace, ciertamente, un uso abundante de las citas bíblicas, y entre las fuentes por él manejadas se encuentran también los Padres de la Iglesia, Tomás de Kempis o Séneca, entre otras muchas autoridades. Esta es la obra que le dio más fama (fue muy usada por los predicadores de los siglos XVI y XVII, que buscaron en ella temas de inspiración) y la que ha alcanzado una mayor proyección internacional (cuenta con ediciones en italiano, francés, inglés, latín, alemán, checo, flamenco y polaco).


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[3] El mejor conocedor de fray Diego es el P. Pío Sagüés Azcona, O.F.M., autor de Fray Diego de Estella (1524-1578): apuntes para una biografía crítica, Madrid, s. n. (Diputación Foral de Navarra), 1950 y editor de varias de sus obras. También puede consultarse la publicación conmemorativa Fray Diego de Estella y su IV Centenario, Barcelona, Imp. Elzeviriana, 1924, y las indicaciones de Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la Historia de la Sagrada Escritura, Pamplona, Imprenta de Jesús García, 1944, pp. 179-182. En fin, una semblanza divulgativa es la de Tomás Moral, Fray Diego de Estella, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1971 (col. «Navarra: temas de cultura popular», núm. 113). La bibliografía debe completarse con las referencias a fray Diego por parte de los estudiosos de la espiritualidad española y la literatura mística franciscana (Andrés Martín, Bataillon, Cilveti, Gomis, Hatzfeld, Sainz Rodríguez…).

[4] Iñaki Pérez Ibáñez, «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta», prólogo a fray Diego de Estella, Florilegio de los libros «Meditaciones del Amor de Dios» y «La vanidad del mundo», Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002, p. 13.

La prosa «amable» de Rafael López de Ceráin

Escritos de vapor, de Rafael López de Ceráin

Se recopilan en estos Escritos de vapor —¡sugerente título!— (Madrid, Cyan, 2015) los principales libros en prosa de Rafael López de Ceráin (Pamplona, 1964), a saber Olvidos y presencias (Pamplona, Medialuna Ediciones, 1999), Las rutas de Antonio Machado (Pamplona, Ediciones Eunate, 2002), El perplejo encadenado (Madrid, Devenir, 2003), Páginas de un tiempo (Pamplona, Ediciones Eunate, 2004), Cavilaciones (Pamplona, Ediciones Eunate, 2006) y Un año más, un año menos (Pamplona, Ediciones Eunate, 2010). Se trata de un conjunto de artículos, ensayos, semblanzas y evocaciones diversas, que podrían agruparse en torno a tres núcleos temáticos esenciales: 1) los escritores y la literatura (o la cultura en general, para abarcar también las abundantes referencias cinéfilas presentes en los textos de López de Ceráin); 2) los viajes, las ciudades y los paisajes (que, en muchas ocasiones, están indisolublemente unidos a la literatura, por ejemplo en el caso señero de Soria y Antonio Machado, pero también en otros); y 3) reflexiones en torno a ideas políticas, a veces relacionadas con la situación política nacional e internacional, junto con otros temas de actualidad periodística, de mayor o menor trascendencia.

En este volumen recopilatorio de los libros en prosa de Rafael López de Ceráin se encuentra un compendio de sus principales preocupaciones temáticas, que se hacen presentes también —con otros registros y tonalidades— en su poesía. Las ciudades visitadas, los paisajes vistos y vividos, los libros leídos —siempre con Antonio Machado y Soria ocupando una posición central— están detrás de todas estas páginas en prosa. A su vez, la reflexión sobre temas graves que afectan a España y a Europa, y sobre situaciones diversas en otros países del mundo, son fiel testimonio de la constante preocupación ética del autor. Y, aunque sea en menor medida, la vida de López de Ceráin —con sus ilusiones y sus desengaños— también se deja ver aquí si sabemos leer entre líneas…

En fin, no es este el momento ni el lugar para hacer un análisis estilístico de la prosa de López de Ceráin. Baste con decir que es la suya una prosa amable, en el sentido de amena y ligera, entretenida y muy fácil de leer. Y, dado que el autor es además poeta, no nos habrá de extrañar que sus escritos se tiñan en ocasiones de un delicado tono poético, evocador, nostálgico a veces[1].


[1] Extractado de mi prólogo al libro, «La prosa amable de Rafael López de Ceráin», fechado en Pamplona, a 23 de abril de 2015. En cuanto a su poesía, se encuentra recogida en dos libros recopilatorios: Seguro es el pasado. Antología 1985-2000 (Madrid, Devenir, 2007) y Cuaderno de versos. Antología 1985-2010 (Madrid, Íncipit, 2010).

Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El hombre natural y el hombre artificial»

El quinto y último relato de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal es «El hombre natural y el hombre artificial» (pp. 207-289), que refiere en su primera parte el encuentro en París de Jaime Miralta, ingeniero español, y don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, que ha sido educado en «el veneno de la intransigencia religiosa» (p. 209). Nótese la onomástica elocuente al nombrar a los personajes, como sucede en otros relatos del volumen. Carcabuey pide ayuda a su amigo, porque se considera un «no yo», «una pobre víctima de la mala educación» (p. 209), un hombre artificial, sumamente dócil, que execra la razón: «católico por sugestión y costumbre, ultramontano por imposición, procaz e intemperante por imitación y orador retórico y florido por recetas» (p. 217).

Santiago Ramón y CajalPara ayudarle a salir del error y el parasitismo, en la segunda parte Jaime le resume su vida —con claras reminiscencias autobiográficas del autor—, que le servirá como lección y camino: hijo de campesinos, trabajó desde joven como zagal, en el campo. «Desde entonces —explica— mi vida y mi pensamiento se modelaron con la bravía Naturaleza» (p. 237). Ya de niño sintió el afán de la ciencia, de la búsqueda de la verdad. El maestro, que vio sus buenas disposiciones, le enseñó a explorar la realidad, inculcándole el gusto por la Naturaleza; con su observación, la memoria organizada y el espíritu crítico se fueron desarrollando en él. El maestro le da varios consejos: «Sé, no los demás»; «Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad»; «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees». Aunque ello le supone renunciar a la pensión que cobra, abandona sus estudios en el Seminario, dominados por «las tinieblas de la teología dogmática», y se convierte en un self made man: cursa la carrera de Ingeniero y la de Ciencias; emprende trabajos científicos e inventa varias máquinas eléctricas y radiográficas (en España no le harán caso, pero sí en París, aunque no por ello dejará de amar a su patria). Jaime cree en la inmortalidad a través de las ideas y desea «ensanchar la geografía moral de la raza» (p. 286). Esperaindeo acepta el cargo de secretario que le ofrece Jaime, quien vive recogido «en la tranquila playa de la ciencia y de la industria». Y concluye el relato con un mensaje esperanzador para el futuro:

Laboremos, pues, en él [el mundo de la ciencia], puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante, cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu (p. 289).


[1] Cito por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.