El soneto de Luis de Ulloa y Pereira «A las cenizas de un amante puestas en un reloj de arena»

Consideremos hoy el soneto de Luis de Ulloa y Pereira (Toro, Zamora, 1584-1674) dedicado «A las cenizas de un amante puestas en un reloj de arena», título que se explicita al final del poema (vv. 12-14): el enamorado, en vida, no reposaba por la fuerza de su pasión amorosa; después de muerto, convertido ya en polvo, sigue sin reposo pues son sus cenizas, colocadas en el reloj (uno de los símbolos barrocos por excelencia) las que marcan el fugitivo paso del tiempo.

Reloj de arena

El poema desarrolla el tópico de la prevención contra el amor: la voz lírica se dirige al oyente (véase el apóstrofe «huésped», v. 8) para que escarmiente en cabeza ajena, esto es, para que aprenda en el ejemplo de Lisardo, muerto por el desdén amoroso de Filis, «su querido ingrato dueño» (v. 6, tópico de la ingrata amada enemiga, designada como es habitual en la poesía amorosa cortés con el masculino dueño). Al enamorado le llevó a la muerte una doble causa, la fuerza de su pasión amorosa y el rechazo de su enamorada: «el incendio de amor y la aspereza / de condición esquiva y desdeñosa» (vv. 10-11). Nótese además, desde el punto de vista estilístico, el marcado hipérbaton de los vv. 1-5 («Esta … muda ceniza, y … [esta] lengua … un tiempo fue…»).

Esta, que te señala de los años
las horas de que gozas en empeño,
muda ceniza, y en cristal pequeño
lengua que te refiere desengaños,

un tiempo fue Lisardo, a quien engaños
de Filis, su querido ingrato dueño,
trasladaron del uno al otro sueño.
¡Prevente, huésped, en ajenos daños!

En tanto estrecho al miserable puso
el incendio de amor y la aspereza
de condición esquiva y desdeñosa.

Póstumo el polvo guarda el primer uso:
inobediente a la naturaleza,
padeció vivo, y muerto no reposa[1].


[1] Texto recogido en José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, p. 258. Modifico ligeramente la puntuación.

 

El soneto «A un esqueleto» de Francisco López de Zarate

Del mismo autor, Francisco López de Zarate, podemos recordar otra composición dedicada a «A un esqueleto». Llama la atención en el soneto la triple apelación directa al oyente («Tú, tú…, tú», v. 1) para advertirle de la muerte venidera, de su completa identificación con el esqueleto («este mesmo», v. 1; «eso», v. 8; «esto», v. 14). Por lo demás, el soneto desarrolla el tópico medieval del poder igualador de la muerte, que llega inexorable a todos, sean reyes o plebeyos (vv. 7-8). Tal es la lección que brinda el tiempo a todos los hombres, soles humanos que siempre tienen cercano su ocaso (v. 12): la muerte —este esqueleto que nos sirve de muda lección— es «lo cierto de tu historia» (v. 14).

In ictu oculi, de Valdes Leal

Tú, tú eres este mesmo, tú, si adviertes
a la fraterna unión que te apercibe;
que si no para sí, para ti vive,
pues en él te hallarás, si te diviertes.

Que una, aunque varias, son todas las suertes
que en el compuesto polvo el tiempo escribe;
ni ser rey ni plebeyo se percibe:
menos, o más, en eso te conviertes.

No huyas de temor, que no das paso
que no te lleve a ser lo que te espanta
y desprecias el bien de la memoria.

Humano sol, aquí tienes ocaso;
docto este bronce el tiempo te levanta;
monarca, esto es lo cierto de tu historia[1].

 


[1] Tomo el texto de José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, p. 183.

El soneto «Desengaño en lo frágil de la hermosura» de Francisco López de Zarate

Consideremos también, para continuar con el análisis del tema del desengaño barroco, el soneto de Francisco López de Zarate  (Logroño, c. 1580-Madrid, 1658) titulado «Desengaño en lo frágil de la hermosura». El texto insiste en varias ideas tópicas, como la constatación de la escasa distancia que separa el nacimiento de la muerte («se muere con haber nacido», v. 1) o el poder destructor del paso del tiempo («el minuto menor es homicida», v. 3); maneja símbolos habituales para expresar esa fragilidad de la belleza mundana (cristal, vidro, luz agonizante); y se remata, en fin, con la idea de que la vida es sueño.

Vidrio roto

Este es el texto del poema:

Pues que se muere con haber nacido,
siendo el ser tan a riesgo de la vida,
que el minuto menor es homicida,
de que el mejor cristal queda sentido,

mira que el golpe en polvo ya escondido
y la luz, con el polvo tan unida,
se halla más sepultada que encendida,
pues lo más della muere, habiendo sido.

Si es tu defensa nada (o vidro leve),
tan de acaso tu luz, para apagada,
que no admite esperanza por lo breve;

si la más cierta vida es la pasada,
de la presente ¿quién fiar se atreve?
¿Quién a más, si aun gozándola, es soñada?[1].

 


[1] Texto recogido en la antología de José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, pp. 182-183.

El soneto «Reconocimiento de la vanidad del mundo» de Francisco de Aldana

El sentimiento del desengaño barroco se puede rastrear en multitud de textos de la época, pertenecientes a muy diversos géneros, desde la novela picaresca hasta la literatura ascética, pasando por el propio Quijote de Cervantes o el teatro (La vida es sueño, de Calderón), y un largo etcétera. Sin embargo, por razones didácticas, resultará más práctico analizar este tema por medio sobre todo de textos poéticos (tanto del siglo XVII como de la precedente época renacentista).

Vanitas, Harmen Steenwyck

Consideremos como un primer ejemplo del tópico en el Renacimiento el conocido soneto «Reconocimiento de la vanidad del mundo» de Francisco de Aldana, que aconseja la renuncia de todo lo mundano («ser muerto en la memoria / del mundo es lo mejor que en él se asconde», vv. 9-10): el sujeto lírico es consciente de que el mayor triunfo lo constituye la victoria sobre uno mismo (vv. 12-13), ya que la paga del mundo no es otra que «muerte y olvido» (v. 11). La anáfora de «tras tanto» subraya desde el punto de vista estilístico la permanencia en el «error del buen camino» de toda la vida pasada. Y el soneto se remata apuntando al necesario sentido trascendente de la vida («puesto el querer tan sólo adonde / es premio el mismo Dios de lo servido»):

En fin, en fin, tras tanto andar muriendo,
tras tanto varïar vida y destino,
tras tanto, de uno en otro desatino,
pensar todo apretar, nada cogiendo;

tras tanto acá y allá yendo y viniendo,
cual sin aliento inútil peregrino,
¡oh, Dios!, tras tanto error del buen camino,
yo mismo de mi mal ministro siendo,

hallo, en fin, que ser muerto en la memoria
del mundo es lo mejor que en él se asconde,
pues es la paga dél muerte y olvido,

y en un rincón vivir con la vitoria
de sí, puesto el querer tan sólo adonde
es premio el mismo Dios de lo servido[1].

 


[1] Poema recogido en la antología de José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 2003, pp. 283-284. Modifico ligeramente la puntuación.

«El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes

Para celebrar la fiesta de la Epifanía del Señor copiaré hoy el poema «El camello cojito (Auto de los Reyes Magos)», de Gloria Fuertes, todo un clásico en estas fechas, perteneciente a su libro para niños Lo primero es lo primero. Lo primero es el Belénilustrado por Marifé González. Además se puede escuchar, recitado por la propia autora, aquí (por cierto, a la altura del verso 20, me parece que la palabra que dice esta «mujer de verso en pecho» no es precisamente «birria»…).

Cubierta del cuento El camello cojito, de Gloria Fuertes y Nacho Gómez

El camello se pinchó
con un cardo en el camino
y el mecánico Melchor
con buen tino le dio vino.
Baltasar fue a repostar
más allá del quinto pino
e intranquilo el gran Melchor
consultaba su «Longinos»[2].

—¡No llegamos, no llegamos
y el Santo Parto ha venido!
—Son las doce y tres minutos
y tres reyes se han perdido.

El camello cojeando
más medio muerto que vivo
va espeluchando su felpa
entre los troncos de olivos.

Acercándose a Gaspar,
Melchor le dijo al oído:
—Vaya birria de camello
que en Oriente te han vendido.

A la entrada de Belén
al camello le dio hipo.
¡Ay, qué tristeza tan grande
en su belfo y en su tipo!

Se iba cayendo la mirra
a lo largo del camino;
Baltasar lleva los cofres,
Melchor empujaba al bicho.

Y a las tantas ya del alba
—ya cantaban pajarillos—
los tres reyes se quedaron
boquiabiertos e indecisos,
oyendo hablar como a un Hombre
a un Niño recién nacido.
—No quiero oro ni incienso
ni esos tesoros tan fríos,
quiero al camello, le quiero.
Le quiero —repitió el Niño.

A pie vuelven los tres reyes
cabizbajos y afligidos.

Mientras el camello echado
le hace cosquillas al Niño[1].


[1] La famosa marca de relojes suiza es Longines; pero, en este contexto, bien puede ser Longinos, como pide la rima del romance…

[2] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 197-199 (aquí, en el título, se ha suprimido el adjetivo «cojito», que restituyo; y en el v. 4 suplo también «con buen tino», que completa el octosílabo).

«Que es la noche de Reyes», de José Luis Hidalgo

Para todos aquellos —niños y no tan niños— que, al acostarse esta noche, son capaces todavía de sentir ilusión, esta sencilla poesía de José Luis Hidalgo:

Que es la noche de Reyes,
duérmete pronto,
ya se oyen sus caballos
bajo los chopos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que si te ven despierto,
por ser curioso
tus zapatos, al alba,
estarán solos.

Duérmete, hijo, duerme;
cierra los ojos,
que están los Reyes Magos
bajo los chopos[1].

Reyes Magos


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 197.

«Romance viejo de la madre nueva», de Antonio y Carlos Murciano

¡Feliz Año Nuevo!
Ojalá que el 2014 nos traiga a todos Paz, Amor y Felicidad…

Nacimiento de Cristo

Para todos los lectores y amigos del blog, va dedicada esta composición de los hermanos Antonio y Carlos Murciano, grandes especialistas en poesía navideña, que trata de Santa María, Madre de Dios:

Romance viejo de la madre nueva

(Lc 2, 1-8)

Camina la blanca niña
por los campos de Belén,
camina que te camina,
camino de ser mujer.
Detrás la sigue el esposo,
ciego ya de tanto ver;
delante, la leve huella
del ángel de Nazareth.
En un establo en ruinas
se han venido a guarecer.
Virgen se estaba la niña,
intacta su doncellez:
varón que la mancillase
no viera el mundo nacer.
En el cristal de sus ojos
se copia un breve doncel;
en los sus labios un nombre
se multiplica por tres;
en los sus pechos floridos
cantan la leche y la miel
y en el su vientre sin mancha
comienza el amanecer[1].


[1] Incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 75.

Dos poemas a San Francisco Javier

En el día de la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real, copio un par de composiciones sobre su figura, en castellano y en euskera:

HIMNO DE SAN FRANCISCO JAVIER[1]

No le empujó soñar de aventurero
ni la ambición de avaro mercader;
buscando a Dios, de pie sobre el velero,
bogando va Francisco de Javier.

Nunca tu Cruz dejaba a otras banderas
ir más allá por tierra y por mar;
águila audaz, se alzó entre las primeras;
danos, Javier, tu afán de conquistar.

Las almas son más preciosas perlas
de las que el sol de Oriente hace brillar.
Nunca jamás, al ir a recogerlas,
Javier temió las iras de la mar.

India y Japón imperios son pequeños
para saciar su ardiente corazón,
y al desgarrar los hombres sus ensueños
roto estalló aquel volcán de amor.

San Francisco Javier

EUZKALDUNEN (JABIER)[2]

Euzkaldunen lore berdin gabea
zuri gaude —arren samiñetan
Entzun Jabier —erritaren otoia
Jainkoagan dezu al bizia.

Entzun Jabier Loyolaren bitartez
Jaungoiko onak esandako itzak
ez mundua, begira goi-zerua
au daukazu betiko zoria.

Jaunarentzat sutan dezu biotza
lur guzia beretzat nai dezu.
Piztu Jabier xure gar bizi orretan
maitasunez, gure biotz auek.

Gurutzea, gure zeru bidea
gurutzean gure Jaun Maitea.
Mundu ontan beti izango nekea
gero goian zorion betea.

Zaitugunez gure jarrai bidea
rrakutzi egizko bidea.
Goian degu azken gabe pakea
Jainkoagan zorion betea.


[1] Recogido en Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, San Sebastián, 1967, núm. 102, p. 88.

[2] Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, núm. 260, p. 146.

Leandro Fernández de Moratín, poeta y prosista

Dejando aparte El sí de las niñas —que analizaré con más detalle en próximas entradas—, y también sus adaptaciones dramáticas —de Molière, La escuela de los maridos y El médico a palos; de Shakespeare, Hamlet—, el panorama del corpus literario de Leandro Fernández de Moratín se completa con algunas obras líricas y otras en prosa[1].

En efecto, Moratín hijo tuvo una notable faceta como poeta, cuya producción, de gran perfección formal, se puede situar dentro de la corriente de poesía neoclásica de finales del siglo XVIII. De sus poemas destaca el dedicado a la toma de Granada, un romance fronterizo en el que imita la línea seguida por su padre[2]. Lección poética. Sátira contra los vicios introducidos en la poesía castellana es un importante poema sobre teoría teatral, enderezado sobre todo contra la comedia barroca. En él expresa sus ideales literarios del buen gusto, la moderación y el rechazo de las metáforas violentas así como del léxico y la sintaxis latinizantes. A temas parecidos dedica otras composiciones como la «Epístola a Andrés», la «Epístola a Claricio» o la «Epístola a Geroncio» (esta última es un ataque contra sus enemigos literarios que le critican). Escribió Moratín varios poemas más de esta índole, pues le preocupaba la literatura en cuanto producción teórica: así, los dedicados «A Pedancio» y «A un escritor desventurado».

Por lo que toca a su producción propiamente lírica, sigue en ella el modelo horaciano de la moderación, con los temas clásicos del beatus ille (la vida despreocupada del que se halla lejos de los ajetreos e inquietudes de la corte) y de la aurea mediocritas (la vida mediana y tranquila, ni del todo pobre ni demasiado ambiciosa). Dentro de este modelo horaciano hay que incluir su famosa oda «A don Gaspar de Jovellanos», que presenta una retórica un tanto anticuada ya y un tono elevado (tendencia al esdrújulo culto). Es también conocida su «Elegía a las Musas», en la que se queja de los enemigos que le atacan y se despide de su vida literaria.

Poesías sueltas y obras en prosa de Moratin

En el terreno de la prosa, hay que mencionar su sátira La derrota de los pedantes o las impresiones recogidas en sus Apuntaciones sueltas de Inglaterra y en su Viaje de Italia. En época moderna se han editado su Diario y su Epistolario.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Leandro corrigió y editó la poesía de su padre, y la crítica discrepa sobre su posible participación en la elaboración del famoso poema de don Nicolás «Fiesta de toros en Madrid».

El desengaño del mundo en «Desengaños místicos» de fray José Alberto Gay

Comentaba en la entrada anterior que la última sección de los Desengaños místicos (1757) del tudelano fray José Alberto Gay es la más interesante del libro. Ya los primeros versos nos sitúan frente a los tópicos clásicos de la «vida retirada» y del desengaño del mundo:

Del mundo retirado,
huyendo tu fatal, infiel abismo,
en mí reconcentrado,
hablando el corazón consigo mismo,
con luz al desengaño, a que me inspira
conocerlo, del mundo me retira (pp. 56-57).

El yo lírico, desde sus «soledades» y «oculto del bullicio de las gentes», va a mostrar el carácter falso del mundo, en diversos aspectos: el amor es engañoso, la belleza resulta efímera (una flor que se marchita al más breve soplo)… todo es «engañosa apariencia», y cuando llega la muerte todo lo mundano queda convertido «en hediondez, en asco y en horrura» (p. 59). Tampoco es un bien estimable la nobleza, salvo únicamente la que se identifica con la virtud:

Es todo fantasía,
es apariencia todo y falsedades;
quien bien lo conocía
exclamó: vanidad de vanidades;
sin virtud no hay grandeza,
que sola la virtud es la nobleza (p. 69).

Ni siquiera la sabiduría debe llevar al hombre a enorgullecerse: el sabio presumido no debe olvidar que toda la ciencia que tiene se la debe a Dios. Del mismo modo, las riquezas no son un bien estimable. Al final, todo cede ante el poder igualador de la muerte:

Aquel que obstenta galas,
el otro que se engríe en la nobleza,
otra bizarra Palas,
otro armado de mando y de riqueza,
a un breve volver de ojos
los veo de la parca ser despojos (p. 62).

A continuación aparece la imagen tópica de la voltaria fortuna, con su rueda:

Con la suerte oportuna
se mira aquel feliz entronizado,
pues ciega la fortuna
en la cumbre le puso colocado;
pero, ¡ay!, ¿qué le sucede?
Que a otra vuelta desde lo alto ruede (p. 62).

Fortuna

Después, para desengañar la «loca fantasía» del hombre, introduce el poeta cinco imágenes simbólicas: la selva exuberante de belleza que se marchita en cuanto sopla el noto; los primorosos cedros convertidos en frágil heno; la fuente risueña que va a morir en el mar; el ave parlera atrapada en la red o en la liga; y el corzo ligero abatido por un disparo. Esta es la parte más bellamente elaborada del poema, con algunas hermosas imágenes de sabor barroco (en la línea de las de la «Canción real a una mudanza» de José de Sarabia):

La fuente corre aprisa,
risueña entre las guijas se dilata,
al campo causa risa,
es en el césped cítara de plata;
mas su curso armonioso
en el mar halla su sepulcro undoso.

El ave que, parlera,
se desmiente clarín del vago viento,
sirviéndole a la esfera
de vistoso plumaje con contento,
cuando más se divierte
en la liga, en la red halla la muerte.

El corzo que, ligero,
es viviente bajel de selva y prado,
pues natural velero
céfiro se desmiente desatado,
para infelicemente
siendo rémora al curso el plomo ardiente (pp. 62-63).

La conclusión es, en suma, que todo cuanto ofrece el mundo «embustero», «engañoso» e «inconsecuente», no son más que «gustos fugitivos», de ahí que el hombre deba poner sus ojos en objetivos más altos:

En Dios fija la mira,
este es amigo fiel y verdadero;
del mundo te retira,
que es falaz, mentiroso y lisonjero:
allá hay sin contingencia
lo que aquí solo ves en apariencia.

[…]

Maldigo tus halagos,
mentiras, falsedades y traiciones;
conozco tus estragos,
mundo engañoso, lleno de ficciones,
y escarmentado vuelo
a buscar a mi Dios, por quien anhelo (pp. 63-64).

No faltan en esta composición las alusiones mitológicas (Jano, Cupido, Venus, Palas, la parca…) y bíblicas («se ocultan para Abneres los Joabes», p. 57), junto con referencias a otros personajes históricos (san Francisco de Borja). Asimismo, advertimos la presencia de varios tópicos clásicos, como el virgiliano latet anguis in herba («solapadamente / encontré entre las flores la serpiente») o el medieval Ubi sunt? (al tiempo que se recrea un célebre verso gongorino):

¿Adónde están los Ciros,
Nabucos, Alejandros, Baltasares?
El orbe corre a giros,
reconoce sus glorias militares,
verás su honra pasada
disuelta en tierra, en humo, en sombra, en nada.

Sus soberbios palacios,
el cetro, la grandeza, la corona,
los diamantes, topacios,
y cuanto grande de su ser blasona,
del tiempo al voraz diente
todo es pasado, nada de presente (p. 60).

En fin, los Desengaños místicos del Padre Gay se cierran con una «Protesta» (una décima) en la que el autor pone todo lo escrito bajo la corrección de la Iglesia, según fórmula usual.