Contexto literario de Navarro Villoslada

Francisco Navarro Villoslada[1] puede ser incluido en la nómina de los escritores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Espronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y escenarios de muchos de sus escritos.

Sir Walter ScottComo novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia, fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las producciones originales.

Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830),de Ramón López Soler; La conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (y 3)

Entre las obras menores de Francisco Navarro Villoslada[1] hay que mencionar los folletos de propaganda política (La España y Carlos VII, «El hombre que se necesita»), las biografías (Compendio de la vida de San Alfonso María de Ligorio, Estudio histórico militar de Zumalacárregui y Cabrera; de este libro solo escribió la primera parte, con el pseudónimo Thomas Wisdom) y algunas traducciones (los primeros capítulos de Agenor de Mauleón, el de la mano de hierro, de Dumas, García Moreno, presidente de la República del Ecuador, del Padre Berthe).

Doña Toda de Larrea, de Navarro Villoslada

También dejó numerosos trabajos inéditos; especialmente importante resulta un proyecto narrativo sobre la conquista de Navarra, sin concluir, titulado globalmente Pedro Ramírez, que incluye varias novelas históricas; esos borradores se conservan en el archivo del escritor[2], bajo distintos títulos: Doña Toda de Larrea, La madre de la Excelenta, El hijo del Fuerte, Los bandos de Navarra, El cuadrillero de la Santa Hermandad


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] El Archivo de Navarro Villoslada se conserva actualmente en la Biblioteca de Humanidades de la Universidad de Navarra, tras ser generosamente cedido en 1995 por los descendientes del escritor, los Sres. Sendín Pérez-Villamil. De esos trabajos inéditos publiqué Doña Toda de Larrea o La madre de la Excelenta, Madrid, Castalia, 1998.

Producción literaria de Navarro Villoslada (2)

La dama del rey, de Navarro VillosladaFrancisco Navarro Villoslada[1] empleó su pluma igualmente en el teatro, en la poesía y en el artículo de costumbres. Forman su producción dramática La prensa libre (1844), comedia en verso en la que se aboga por la independencia de los periódicos; Los encantos de la voz (1844), intrascendente comedia de enredo, en un acto y en prosa, escrita en colaboración con Manuel Juan Diana; Echarse en brazos de Dios (1855), drama histórico en verso, que retoma algunos episodios de la novela Doña Blanca de Navarra; y la zarzuela de tema vascongado La dama del rey (1855), con música de Emilio Arrieta, que se estrenó sin demasiado éxito.

Como poeta nos legó un ensayo épico titulado Luchana (1840), sobre el tercer asedio de Bilbao por los carlistas en 1836. También escribió, desde sus años juveniles, numerosas composiciones poéticas, en las que predominan los temas de contenido moral y religioso (destacan «A la Virgen del Perpetuo Socorro», «A Pío IX», «Meditación», «Las ermitas», el madrigal «Fuente brota en mi valle…» y el villancico «Al Niño donoso…», de graciosa sencillez).

En su faceta de autor costumbrista, dejó escrito «El canónigo» (1843), recogido en Los españoles pintados por sí mismos, «El arriero» (1846) y «La mujer de Navarra» (1873), bella estampa del carácter de las mujeres montañesas y ribereñas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Producción literaria de Navarro Villoslada (1)

En el terreno de la literatura, Francisco Navarro Villoslada[1] es conocido fundamentalmente como novelista histórico, autor de Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o Los vascos en el siglo VIII (1879). Las tres novelas se ambientan en momentos conflictivos de la historia: en la primera, como luego veremos con más detalle, describe la lucha de bandos en Navarra en el siglo XV; Doña Urraca de Castilla, cuya acción ocurre en Santiago de Compostela en el siglo XII, plantea el enfrentamiento entre ciertos nobles gallegos, la reina de Castilla y León y el obispo Diego Gelmírez; la trama de Amaya, en fin, se sitúa en torno al año 711, poco después de la conquista musulmana, y expone la unión de godos y vascones, tras varios siglos de encarnizada lucha, para defender la religión católica frente al enemigo común, el Islam.

Sin embargo, nuestro autor se acercó, con mayor o menor dedicación y acierto, a muchos otros géneros literarios dentro de la narrativa, la lírica y la dramática[1]. En primer lugar, conviene recordar que escribió algunas novelas no históricas. La primera, El Ante-Cristo (1845), es una narración folletinesca (género de moda en aquellos años), que quedó sin concluir por la quiebra de El Español, periódico en cuyas páginas iba saliendo. Las dos hermanas (también de 1845) es otra obra del mismo estilo, repleta de episodios inverosímiles, en la que no faltan los consabidos amores ideales ni la presencia de un malvado «villano» perseguidor de una de las dos inocentes jóvenes protagonistas. Historia de muchos Pepes (publicada en 1879 en el folletín de El Fénix), mejor escrita y adornada con abundantes rasgos humorísticos, es una novela pseudo-autobiográfica, por reflejar el ambiente de los círculos literarios y periodísticos madrileños de mitad de siglo, que tan bien conocía el autor. Está narrada en primera persona, por boca de Pepe Gil, un personaje que tiene mucho de pícaro, ya que con su astucia intentar medrar a costa de los demás; pero, finalmente, recibe un merecido castigo, quedando desacreditado a los ojos de la sociedad.

Castillo de Marcilla (Navarra)Navarro Villoslada es también autor de numerosos relatos, algunos de los cuales están en la frontera entre el artículo de costumbres y el cuento («Un hombre arruinado», «Hacer negocios», «Un hombre público»). Otros, en cambio, pueden denominarse cuentos con toda propiedad («Mi vecina», «Aventuras de un filarmónico», «El remedio del amor» o «La luna de enero», divertida burla de los excesos románticos). También escribió dos leyendas históricas, ambas de ambiente navarro: «La muerte de César Borja» (ocurrida en 1507 en las cercanías de Viana) y «El castillo de Marcilla» (sobre la defensa de esa fortaleza por doña Ana de Velasco al producirse la conquista castellana).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y el carlismo

El triunfo de la Revolución de septiembre de 1868 provocó el acercamiento de Francisco Navarro Villoslada[1] y los denominados neocatólicos (Nocedal, Aparisi y Guijarro, Canga Argüelles, Tejado…) al carlismo. En efecto, tras el destronamiento de Isabel II la legitimidad estará representada para ellos por don Carlos María de Borbón y Austria-Este (Carlos VII), y se unen a él por ser su partido el que mejor podía defender, en aquel determinado momento, los intereses católicos por los que venían luchando.

Don Carlos de Borbón y Austria-Este

En 1869 Navarro Villoslada es detenido y ha de pasar mes y medio en la prisión del Saladero de Madrid por haber publicado, antes de que lo hiciera la prensa oficial, una nota en la que avisaba de la intención del gobierno de incautarse todos los bienes eclesiásticos. Tras salir de la cárcel, se exilia para evitar nuevas persecuciones.

En París se pone a las órdenes del pretendiente, al que acompaña por Centro Europa, y prepara algunos folletos de propaganda carlista, siendo especialmente famoso el artículo titulado «El hombre que se necesita», en el que presentaba a don Carlos a los españoles como el único candidato al trono capaz de acabar con la anarquía reinante en España. Según dijo Aparisi, con este escrito ganó para su causa a millares de partidarios. Desde finales de 1869 pasa a ser secretario personal del duque de Madrid pero, estando en Viena, el 25 de enero de 1870 se rompe una pierna y ha de permanecer cinco meses en cama, teniendo que abandonar el cargo. Esta es la razón de que no se encuentre presente en la famosa Junta de Notables de Vevey.

En 1871 es elegido senador por Barcelona, y la inmunidad parlamentaria le permite volver a España; ejercerá el cargo de secretario de la minoría carlista en el Senado. Se opone con Aparisi y otros a las medidas liberalizantes propuestas por el general Cabrera y discute con don Carlos, empeñado en seguir los consejos «cesaristas» de su nuevo secretario, Arjona. Se muestra igualmente contrario a que toda la prensa carlista esté bajo la dirección de una sola persona, Cándido Nocedal. Al final, para no seguir oponiéndose en público a su rey, renuncia a la dirección de El Pensamiento Español y, desengañado, se retira de la política activa.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada y los neocatólicos

Durante todos estos años, se va destacando dentro de las filas moderadas el grupo denominado neocatólico, formado por donosianos y nocedalinos. Portavoz destacado de esa corriente será el periódico El Pensamiento Español, fundado por Francisco Navarro Villoslada[1] y otros socios a finales de 1859, en el que el de Viana pondría durante más de diez años toda su alma y todo su corazón.

Cabecera de El Pensamiento Español

«Católico a machamartillo», desde sus columnas defenderá las ideas tradicionalistas y al Papa Pío IX al suscitarse la «cuestión romana», batiéndose en formidables polémicas con toda la prensa liberal.

En 1865 y 1867, Navarro Villoslada es elegido diputado para dos nuevas legislaturas, siempre por Navarra (aunque ahora por Pamplona, en las dos ocasiones).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Navarro Villoslada, escritor, periodista y político

Como otros escritores de su época, Francisco Navarro Villoslada[1] distribuirá su tiempo y sus preferencias entre la literatura, el periodismo y la política. En 1846 conoce a una joven vitoriana llamada Teresa de Luna, con la que contrae matrimonio tras un breve noviazgo. Por el delicado estado de su esposa, trasladan su residencia a Vitoria, donde Navarro Villoslada tendrá el cargo de secretario del Gobernador Civil de Álava. Por estas fechas, su nombre empieza a sonar en los círculos literarios por la publicación de sus dos primeras novelas históricas, Doña Blanca de Navarra (1847) y Doña Urraca de Castilla (1849), y lo mismo en los de la vida política, asociado al de otros personajes del partido moderado.

En 1851 muere su mujer: aunque era todavía joven, y le dejaba con dos hijas pequeñas, el escritor de Viana no volvió a casarse. Decide entonces regresar a Madrid. Entre 1853 y 1869 retorna a la actividad periodística, relegando a un segundo plano su faceta como literato (solo publica y estrena algunas piezas de teatro), y comienza a figurar también en la política con cargos públicos. Durante el bienio progresista (1854-1856) colabora en el periódico satírico El Padre Cobos, junto a González Pedroso, Garrido, López de Ayala, Selgas y Suárez Bravo.

El Padre Cobos

En 1856 entra en el Ministerio de la Gobernación; será sucesivamente oficial de los terceros, de los segundos y de los primeros. Al año siguiente es elegido diputado por el distrito de Estella. Es nombrado además director de la Gaceta de Madrid y de la administración de la Imprenta Nacional. Comisionado por el gobierno, realiza en 1857-1858 un viaje para estudiar el estado de las imprentas nacionales en Francia y Austria.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995; «Francisco Navarro Villoslada (1818-1895). Político, periodista, literato», Príncipe de Viana, Anejo 17, 1996, pp. 259-267; y «Navarro Villoslada, periodista. Una aproximación», Príncipe de Viana, año LX, núm. 217, mayo-agosto de 1999, pp. 597-619. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Francisco Navarro Villoslada: estudios y primeros trabajos

Francisco Navarro Villoslada nació en Viana (Navarra), el 9 de octubre de 1818, y allí permaneció hasta 1829, educándose en el seno de una familia de firmes creencias religiosas[1]. Desde muy joven se aficiona a la lectura; además, el entorno medieval de Viana cala hondo en la mente del inquieto joven, que empieza a sentir curiosidad por los tiempos pasados y a emborronar sus primeras cuartillas con versos y otros escritos.

Entre 1829 y 1836 vive en Santiago de Compostela con sus tíos canónigos; cursa Filosofía y Teología y prosigue con sus escarceos literarios. A partir de 1836, debido al recrudecimiento de la primera guerra carlista, permanece de nuevo en su ciudad natal. En noviembre de 1835 había muerto en una emboscada de los carlistas su tío Nazario, que escoltaba el correo de Viana a Logroño, hecho que le afectó profundamente: desde entonces, el tema de la guerra civil aparecerá con frecuencia en sus escritos. Tímidamente liberal —por tradición familiar— en estos años mozos, ingresa en la Milicia Nacional, y hasta dedica algunas poesías al general Espartero.

Baldomero Espartero

En 1839 entra como alumno de la Escuela de Telégrafos de Logroño, pero al año siguiente se traslada a Madrid para estudiar Leyes. A fin de costearse sus gastos sin resultar oneroso a su familia comienza a colaborar en varios periódicos, y de tal forma destaca en el mundillo de la capital que a la altura de 1846 es director, simultáneamente, de cuatro importantes publicaciones: el Semanario Pintoresco Español, el Siglo Pintoresco, El Español y su Revista Literaria. Demuestra ser un trabajador infatigable: después de pasar diez o doce horas en las distintas redacciones, todavía robaba horas al sueño para dedicarse a sus producciones literarias. Su salud comienza a resentirse con estos excesos de trabajo.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Una valoración de la novela histórica romántica española

Como valoración global de la novela histórica romántica española cabe decir que su importancia no reside tanto en su calidad (que no es muy alta, salvo en contadas excepciones; ya hemos visto que unos mismos recursos tópicos se repiten hasta la saciedad en distintas novelas) como en su cantidad: la producción de novela histórica española, verdaderamente copiosa, consigue inundar de novelas nuestro país y consolida de esta manera la afición por lo novelesco en España. De la misma forma que sin la producción narrativa de los treinta primeros años del XIX no se entiende la novela histórica romántica, sin esta novela histórica no se podría explicar tampoco el magnífico florecimiento de la novela realista en los últimos treinta años del siglo.

Libros antiguos

Se podría añadir que este peculiar subgénero narrativo deja apuntados algunos aspectos importantes (lo regional, el tratamiento de la naturaleza), aunque la tarea de elevarlos literariamente a cimas más altas estará reservada, sin duda alguna, para los grandes escritores realistas del último tercio del siglo XIX[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La naturaleza en la novela histórica romántica (y 3)

Queda, en fin, decir algo de El señor de Bembibre. Enrique Gil y Carrasco consigue en esta novela, no solo plasmar el paisaje del Bierzo, sino además mostrárnoslo en relación con el estado anímico de sus personajes[1], sobre todo de Beatriz; en efecto, el paisaje va cambiando con el paso de las estaciones, al tiempo que asistimos al lento pero inexorable desarrollo de su enfermedad (muy bien descrito por tratarse del mismo mal que padecía el autor), hasta que al final la naturaleza se renueva en primavera, en tanto que termina por consumirse el último aliento de vida de la protagonista.

Primavera, de Anastasia Woron

Y, aunque otros autores se le adelantan en el tratamiento del paisaje regional, nadie consigue unas descripciones tan acabadas como las suyas[2]. De las muchas citas posibles, elijo simplemente una:

El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles: las golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas, y las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y delgadas por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los prados recién despojados de su yerba, balando ronca y tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno (pp. 203-204).

Al final Beatriz, ya muy delicada, se retira a una quinta cercana al lago de Carucedo donde «debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte»; allí su alma admira la belleza del paisaje en torno y, levantando los ojos al cielo, ruega para que «a orillas de aquel lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación» (p. 338). Pero no puede ser así, y ella misma lo reconoce, una vez perdida ya toda la confianza en recuperarse:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo, cuando solo se ataviaba para mi eterna despedida! (p. 375).

En definitiva, aunque el sentimiento de la naturaleza es, cuantitativamente, «poco propio de la novela histórica»[3], cuando aparece llega a constituir, en opinión de Felicidad Buendía, «uno de los elementos más bellos» de estas obras; entonces, las descripciones se dividen en dos grandes apartados: por un lado, los tópicos románticos de ruinas y nocturnos; por otra parte, los paisajes característicos de la patria chica de cada autor:

La Naturaleza en la novela histórica se presenta también como una naturaleza-tipo, más o menos idealizada conforme a los tópicos establecidos por maestros del género o por tópicos tradicionales o de escuela. Por otra parte, existe también la Naturaleza que representa paisajes o lugares concretos, específicos, parajes amados por el escritor, porque en ellos discurrió su infancia, porque en ellos se sucedieron los mejores momentos de su vida o porque en ellos soñó y sintió. Por este camino se avanza hacia el pintoresquismo, con su atuendo colorista de los cuadros de costumbres[4].


[1] Esto se apuntaba ya, aunque en menor medida, en El lago de Carucedo: «El cielo estaba cubierto de pardas nubes, el aire caliente y espeso. […] Otra no menor tempestad, empero, rugía en el alma del desdichado» (p. 248).

[2] Además de Azorín, El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Espasa-Calpe, 1943, puede consultarse el artículo de Benito Varela Jácome, «Paisaje del Bierzo en El señor de Bembibre», Boletín de la Universidad de Santiago de Compostela, año 1947, núms. 49-50, pp. 147-162.

[3] Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 30.

[4] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 21. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.