El noble ridículo de la comedia burlesca: onomástica burlesca

Estudio bajo este epígrafe el empleo en las comedias burlescas del Siglo de Oro de nombres propios ridículos y, especialmente, de títulos nobiliarios ridículos[1]. Por ejemplo, en El mariscal de Virón[2] se habla de un «rey Cachumba» (v. 178) y de un «rey Perico»[3] (v. 473). En la misma obra se menciona un «Marqués de Varimbón», título, sin duda, sonoro y rimbombante (v. 1473). En El castigo en la arrogancia[4] se alude a Carlo Magno como «emperador Carranza» (v. 347). Más interesantes que estas simples menciones son los chistes basados en el nombre de algún título nobiliario: así, se habla de un Conde de Fuentes, jugando con la dilogía de fuentes ‘surtidores de agua’ y ‘heridas supurantes’ (Mariscal, vv. 172-174); con la derivación: Conde de Fuentes / fontanero (Mariscal, v. 721) y el chiste fácil: Conde de Fuentes / hombres corrientes, en este caso con dilogía de corrientes, como sustantivo ‘brazo de agua’ y como adjetivo ‘vulgares’ (Mariscal, v. 1047). De un tal Conde de Punzón se afirma que es agudo (La más constante mujer[5], vv. 52-53, con dilogía de agudo ‘perspicaz’ y ‘afilado, rematado en punta’). O se juega con el apellido Oropesa, aludiendo a un noble que poco oro pesa: «su padre es un figura / muy preciado de noble y de valiente, / del Conde de Oropeza[6] es su nobleza, / mas su caudal, señor, poco oro pesa» (La mayor hazaña de Carlos VI[7], vv. 1339-1342).

Burla

También en este apartado podríamos incluir todo lo relacionado con el intercambio de insultos y apodos, tan habitual en el género de la comedia burlesca. Los personajes de más alta alcurnia no escapan a esta práctica, y se llaman unos a otros majadero, mentecato, borracho, villano, bestia, asno, panarra o gabacho. Así, Bretón trata a Montesinos y Reinaldos de bestia y asno, respectivamente (Castigo, vv. 461-462); el rey Almanzor llama a don Alfonso «infante de monas» (El rey don Alfonso el de la mano horadada[8], v. 337), etc. Igualmente, podríamos añadir aquí el fatigado juego de palabras que se establece entre Conde / esconde: «Si del Conde se esconde, / ¿para qué queréis vos saber adónde?» (Mariscal, v. 123).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Juan de Maldonado, El Mariscal de Virón, ed. de Milena M. Hurtado y Carlos Mata Induráin, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, VII, ed. del GRISO, volumen dirigido por Carlos Mata Induráin, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011. En adelante, abrevio Mariscal.

[3] El rey Perico y la dama tuerta se titula una de estas piezas burlescas. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

[4] El castigo en la arrogancia, en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo IV, ed. de Alberto Rodríguez, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2003. En adelante, abrevio Castigo.

[5] Cito por la edición en preparación de Alberto Rodríguez Rípodas.

[6] La forma Oropeza se explica por la continua confusión de grafías s y z en esta obra, en la que abunda el fenómeno del seseo.

[7] Cito por la edición en preparación de Carlos Mata Induráin.

[8] Anónimo, El rey don Alfonso, el de la mano horadada, ed. de Carlos Mata, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 1998.

El «noble al revés» de la comedia burlesca

Vaya por delante la idea de que esta materia, la relacionada con el tema del noble ridículo, da mucho de sí en estas piezas paródicas, porque son muchas las comedias burlescas —por no decir todas— en las que intervienen personajes nobles que van a ser también, no lo olvidemos, agentes de la comicidad[1]. En efecto, a diferencia de las comedias «serias»[2], donde el gracioso es el portavoz único (o principal) de la risa, en este género disparatado todos los personajes son «graciosos», todos sus actos y palabras resultan «provocantes a risa». Con los rasgos apuntados en estas piezas burlescas podemos llegar a constituir un auténtico antimodelo del noble. Reitero la idea de que los personajes ridículos que protagonizan o intervienen en estas comedias burlescas recorren toda la jerarquía nobiliaria, desde los estamentos más bajos, la pequeña nobleza (hidalgos de aldea), hasta los más encumbrados (reyes y emperadores).

Bufones

En definitiva, los personajes nobles de estas obras aparecen retratados siempre en forma ridícula. La comedia burlesca se rige por principios del «mundo al revés», y de ahí esa expresión de «noble al revés» que da título a esta entrada[3]. Vamos a encontrar aquí la completa inversión del modelo propuesto por las comedias «serias», que dará lugar a poderosos ridículos, verdaderamente risibles. Los recursos manejados por los autores para lograr esas parodias pertenecerán a todas las modalidades de la jocosidad disparatada, que tienen mucho que ver con la risa carnavalesca (y también con la poesía de repente: ripios, rimas por atracción, etc.).

Para poner orden en los abundantes materiales que sobre esta materia se pueden acarrear, en sucesivas entradas iré abordando estos aspectos:

  • onomástica burlesca;
  • parodia de la gravedad y mesura real;
  • parodia de los valores caballerescos;
  • parodia de la etiqueta palaciega y el ceremonial cortesano;
  • y parodia de las damas y los tópicos del amor cortés.

Ejemplificaré estos cinco apartados con pasajes procedentes de diversas comedias burlescas que cuentan ya con ediciones modernas en el mencionado proyecto de GRISO-Universidad de Navarra[4]: El rey don Alfonso, el de la mano horadada, El comendador de Ocaña, El hermano de su hermana, Angélica y Medoro, El caballero de Olmedo, Céfalo y Pocris, Darlo todo y no dar nada, El cerco de Tagarete, El castigo en la arrogancia, El mariscal de Virón


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Empleo aquí la etiqueta de comedias «serias» por contraposición a la de «burlescas» (aunque se trate de comedias «cómicas»).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320. Entre la bibliografía más reciente destaco el trabajo de Ignacio Arellano, «La degradación de las figuras del poder en la comedia burlesca», Bulletin of the Comediantes, 65:2, 2013, pp. 1-19.

[4] En los siete volúmenes de Comedias burlescas del Siglo de Oro publicados por GRISO en Iberoamericana / Vervuert entre 1998 y 2011 se encuentra la bibliografía actualizada y los estudios más completos acerca de estas comedias. En la web del GRISO puede verse la descripción general del proyecto y las obras ya aparecidas. Ver Carlos Mata Induráin, «La comedia burlesca del Siglo de Oro, un patrimonio teatral recuperado», en Germán Vega García-Luengos, Héctor Urzáiz Tortajada y Pedro Conde Parrado (eds.), El patrimonio del teatro clásico español: actualidad y perspectivas. Homenaje a Francisco Ruiz Ramón. Actas selectas del Congreso del TC/12 Olmedo, 22 al 25 de julio de 2013, Valladolid / Olmedo, Ediciones Universidad de Valladolid / Ayuntamiento de Olmedo, 2015, pp. 501-509.

La comedia burlesca y el Carnaval

En las últimas décadas, la comedia burlesca del Siglo de Oro, género dramático tradicionalmente muy poco estudiado, ha recibido bastante atención por parte de la crítica[1]. El panorama comenzó a cambiar a partir del artículo pionero del año 1980 de Frédéric Serralta «La comedia burlesca: datos y orientaciones»[2]. Con posterioridad se han sumado a ese nuevos estudios teóricos y análisis de obras concretas y hemos empezado a contar con ediciones modernas de comedias burlescas (ediciones críticas, con textos bien fijados, estudios preliminares y la conveniente anotación, especialmente necesaria en este género por la abundancia de chistes, alusiones maliciosas, dobles sentidos, juegos de palabras, etc.) En la actualidad, el GRISO (Grupo de Investigación Siglo de Oro) de la Universidad de Navarra está editando el corpus completo de las comedias burlescas auriseculares[3]. Además de la edición de textos fiables, contamos ahora con importantes trabajos de análisis debidos al citado Serralta y también a Ignacio Arellano, Luciano García Lorenzo, Celsa Carmen García Valdés o Javier Huerta Calvo, entre otros varios estudiosos[4].

Pieter_Bruegel

Estas comedias burlescas, llamadas también en la época «de disparates», «de chanzas» o «de chistes», forman en el siglo XVII un corpus de unos cuarenta y cinco títulos[5] que se insertan en el marco global de la literatura jocosa. Varias de las conservadas son anónimas (o bien pertenecen a ingenios de importancia secundaria, que a veces las redactan en colaboración[6]) y corresponden en su mayoría al reinado de Felipe IV; se representaban en Carnestolendas o por San Juan, y en el Palacio real, formando parte de fiestas cortesanas[7]. Sus temas son bastante variados, desde asuntos mitológicos y caballerescos hasta los sacados del Romancero. Estas parodias, que no siempre son completas y sistemáticas, pueden construirse a partir de una comedia concreta (un buen ejemplo sería El caballero de Olmedo de Monteser, parodia de la inmortal tragicomedia de Lope), o bien calcar las estructuras y los tópicos de un género serio (Céfalo y Pocris de Calderón, parodia de estructuras de las comedias mitológicas) o recrear todo un ciclo temático (El rey don Alfonso, el de la mano horadada, pieza anónima inspirada en el ciclo del cerco de Zamora y muerte del rey don Sancho). Se conoce algún caso de autoparodia, como Castigar por defender, con piezas seria y burlesca de Rodrigo de Herrera[8].

Las comedias burlescas del Siglo de Oro son obras muy interesantes por su esencial comicidad, pero también porque nos muestran el revés ridículo —el otro lado del tapiz, por así decir— de la Comedia Nueva, abundando en estructuras del «mundo al revés» y en la comicidad carnavalesca. La desintegración de los valores serios de la comedia (la belleza de las damas, la valentía de los caballeros, la mesura y majestad de la realeza, el honor…), esto es, la ruptura del decoro, afecta por igual a todos los personajes de las comedias burlescas. Téngase en cuenta que aquí no hay un agente único de la comicidad, sino que lo son todos los personajes, incluidos los de más alta alcurnia. Así pues, en muchas burlescas —por no decir en todas— vamos a encontrar nobles ridículos, recorriendo toda la escala de la nobleza: emperadores, reyes, grandes títulos y potentados (condes, duques, marqueses…), príncipes, comendadores, mariscales, gobernadores, etc.

En sucesivas entradas voy a centrarme en el análisis de los procesos de inversión de los modelos serios que operan en estas jocosas obras hasta producir ese disparatado «noble al revés», verdadero antimodelo ridículo de la figura del poderoso[9]. Los autores llevan a cabo una degradación sistemática y brutal de los valores «inamovibles» vigentes en la sociedad de la época y reflejados en los géneros literarios serios. Para ello emplearán todas las modalidades de la jocosidad disparatada, con recursos que van desde la onomástica burlesca y tratamientos ridículos hasta directas referencias escatológicas (mención de enfermedades y parásitos, sexualidad primaria, necesidades fisiológicas…), pasando por el empleo de lo que Bajtin llamó el «lenguaje de la plaza pública», las continuas menciones a los abusos de la comida, la bebida y el juego (junto con otras prácticas y costumbres carnavalescas); en general, darán entrada a todos aquellos aspectos que tienen que ver con la baja corporalidad, según patrones clásicos de la turpitudo et deformitas.

Cuestión aparte sería la del posible alcance crítico de estas piezas, en las que se ridiculizaba al rey y a otros nobles delante precisamente del rey y sus cortesanos. En cualquier caso, no debemos olvidar que estas piezas nunca pasaban al corral: sus representaciones se limitaban a un marco cortesano muy concreto, en unos días también muy señalados (Carnaval, San Juan), lo que reduce considerablemente, sin duda alguna, su potencial carga de crítica social o del poder establecido.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Frédéric Serralta, «La comedia burlesca: datos y orientaciones», en Risa y sociedad en el teatro español del Siglo de Oro, Toulouse, CNRS, 1980, pp. 99-114.

[3] En la web del GRISO puede verse la descripción general del proyecto y las obras ya aparecidas. Ver Carlos Mata Induráin, «La comedia burlesca del Siglo de Oro, un patrimonio teatral recuperado», en Germán Vega García-Luengos, Héctor Urzáiz Tortajada y Pedro Conde Parrado (eds.), El patrimonio del teatro clásico español: actualidad y perspectivas. Homenaje a Francisco Ruiz Ramón. Actas selectas del Congreso del TC/12 Olmedo, 22 al 25 de julio de 2013, Valladolid / Olmedo, Ediciones Universidad de Valladolid / Ayuntamiento de Olmedo, 2015, pp. 501-509.

[4] En los siete volúmenes de Comedias burlescas del Siglo de Oro publicados por GRISO en Iberoamericana / Vervuert entre 1998 y 2011 se encuentra la bibliografía actualizada y los estudios más completos acerca de estas comedias.

[5] Hay algunas que corresponden ya al siglo XVIII, o que rozan géneros limítrofes, como la comedia de magia burlesca, la zarzuela burlesca, etc. Ver Carlos Mata Induráin, «Una comedia burlesca del siglo XVIII: El muerto resucitado, de Lucas Merino y Solares», Mapocho. Revista de Humanidades (Santiago de Chile, Biblioteca Nacional de Chile), núm. 54, segundo semestre de 2003, pp. 179-196; y «Pervivencia de la comedia burlesca en el siglo XVIII: Pagarse en la misma flor y Boda entre dos maridos, de Félix Moreno y Posvonel», en Odette Gorsse y Frédéric Serralta (eds.), El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006 (Anejos de Criticón, 17), pp. 577-595.

[6] En algunas de ellas habría que estudiar su posible carácter de obras «de repente». Ver Ignacio Arellano, «Literatura sin libro: literatura de repente y oralidad en el Siglo de Oro», en Pulchre, bene, recte. Estudios en homenaje al Prof. Fernando González Ollé, ed. Carmen Saralegui Platero y Manuel Casado Velarde, Pamplona, Eunsa / Gobierno de Navarra, 2002, pp. 101-119.

[7] Ver Carlos Mata Induráin, «Teatro y fiesta en el siglo XVII: las comedias burlescas y el Carnaval», en José María Díez Borque (dir.), Esther Borrego Gutiérrez y Catalina Buezo Canalejo (eds.), Literatura, política y fiesta en el Madrid de los Siglos de Oro, Madrid, Visor Libros, 2009, pp. 335-353.

[8] Ver Alberto Rodríguez Rípodas, «La autoparodia en el Siglo de Oro: Castigar por defender de Rodrigo de Herrera (1652 y 1662)», en Actas del V Congreso Internacional de Hispanistas, Málaga, Editorial Algazara, 1999, pp. 513-533.

[9] Ver Carlos Mata Induráin, «El “noble al revés”: el anti-modelo del poderoso en la comedia burlesca del Siglo de Oro», Literatura. Teoría, Historia, Crítica (Bogotá, Colombia), 6, 2004, pp. 149-182; y «Reyes de la risa en la comedia burlesca del Siglo de Oro», en Luciano García Lorenzo (ed.), El teatro clásico español a través de sus monarcas, Madrid, Fundamentos, 2006, pp. 295-320.

Semblanza literaria de Narciso Serra

Para hacernos una idea de la personalidad de Narciso Serra, poeta y dramaturgo romántico, transcribo aquí un párrafo de José Fradejas Lebrero, donde da entrada a sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así: «Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta» (Eusebio Blasco)[1].

El mismo Fradejas Lebrero recoge algunas anécdotas que demuestran que poseía dotes poéticas desde la infancia. En el terreno lírico, se dio a conocer con sus Poesías líricas en 1848; publicó también algunos romances de ciego y La confesión de un muerto (1875), cuento en verso dedicado a Alfonso XII. Así enjuicia el editor de La calle de la Montera la producción poética de Serra:

En su poesía paga tributo al romanticismo con una serie de leyendas: Matador y santo (San Macario), Un castigo por amor (los hermanos Carvajales) y a la poesía amorosa […]. Se distingue en dos facetas: la jocosa y la seria que, a su vez, se subdividen en humana y religiosa. Su carácter alegre e improvisador —lo mismo daba un recado que transmitía una orden militar o solicitaba crear un periódico en verso—, se toma a sí mismo como sujeto poético: Ése soy yo, ¿Con quién me caso? o El buey suelto; o escribe ligeros, irónicos y breves epigramas sobre actores y dramaturgos, quienes, riéndose, nunca se ofendieron[2].

Y recuerda también algunas ocurrencias suyas que dieron pie a las llamadas obras sueltas de Serra. De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre y a la Virgen María.

NarcisoSerra

Como dramaturgo, Narciso Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, que escribió él solo o en colaboración con otros autores como Miguel Pastorfido, L. M. de Larra, Pina Domínguez o Juan Dot y Michans. Algunas de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Algunas de ellas recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras dramáticas del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por sus obras El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVI (1861) y su segunda parte, El bien tardío (1867), ambas sobre con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña, o ¡Don Tomás! (1867). Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas[3], y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Rodríguez Sánchez valora así el conjunto de su obra dramática:

Continuador en lo teatral de la fórmula costumbrista de Bretón, aunque también compuso dramas románticos al estilo de Zorrilla, Serra mostró una gran facilidad para el verso y cierta habilidad para componer la trama de sus obras y cargar los argumentos de emotividad. Escribió un buen número de piezas teatrales, que en su época tuvieron mucho éxito, aunque hoy apenas se valoran[4].

El propio Serra, en el prólogo a sus Leyendas, cuentos y poesías originales hace balance en 1876 de sus escritos:

El que traza penosamente hoy estas líneas escribió con pluma fácil en otro tiempo las obras de teatro intituladas La boda de Quevedo, El reló de San Plácido, Don Tomás, Un hombre importante, Luz y sombra, El loco de la guardilla y bastantes más.

Por su parte, Fradejas Lebrero clasifica sus mejores obras en los siguientes apartados:

1) Obras de inspiración barroca: Con el diablo a cuchilladas (1854, comedia romántica), La boda de Quevedo (1854, comedia de capa y espada), El reló de San Plácido (1858, comedia romántica) y La calle de la Montera (1859, comedia de capa y espada).

2) Obras costumbristas: El todo por el todo (1855), El amor y la Gaceta (1863) y Don Tomás (1867).

3) Sainetes y zarzuelas: El último mono (1859, zarzuela), El loco de la guardilla (1861, zarzuela), A la puerta del cuartel (1867), Luz y sombra (1867, zarzuela).

En fin, también nos ayuda a la valoración de su obra dramática este ramillete de opiniones recogido por el mismo crítico[5]:

Sin ser amigo del señor Serra, sin conocerle, y sin que me mueva simpatía, afecto hacia él o esperanza de ganarme el suyo, y de que se me muestre agradecido, voy a corroborar aquí, ex cathedra crítico literaria, la opinión del público que le apellida ingenioso, elegante y discreto poeta cómico… el primer poeta cómico de España, después de Bretón (Juan Valera).

Era Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo… apto para pintar sentimientos delicados y tiernos… aficionado ante todo al chiste, que siempre manejó con soltura y naturalidad. Ser poeta era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores… Era un hombre nacido para hacer versos y decir chistes. Heredero legítimo del autor de Marcela, tan natural y fácil como éste, pero con mayor delicadeza de sentimientos (Revilla).

Fue uno de los escritores más originales de nuestro moderno teatro (Diccionario enciclopédico hispano-americano).

Narciso Serra, aunque volandero y superficial, por más espontáneo y sin pretensiones, sobre todo de algunos esbozos de costumbres, pintorescos, chispeantes, de una jovialidad fresca y viva (José Yxart).

Serra no sólo compartía el sentimentalismo de Eguilaz; tenía también amor a los artificios, extremosidades y sorpresas románticas, y las obras en que intenta un estudio detenido de la vida real son mucho menos numerosas que sus obras más imaginativas, escritas bajo la influencia del Siglo de Oro o del romanticismo de 1833 (Edgar Allison Peers).


[1] José Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 13.

[2] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 14-15.

[3] Algunas de ellas con muy pocas canciones, y con la indicación final del autor de que pueden representarse como comedias suprimiéndose las partes cantadas.

[4] Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554a.

[5] Todas las opiniones que siguen están recogidas por Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 20-21.

«Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza», de nueve ingenios: conclusión

A modo de conclusión[1], cabe destacar que en esta comedia de nueve ingenios, Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete[2], la cual forma parte de la campaña de propaganda que la familia Hurtado de Mendoza desarrolló durante tres décadas largas[3], se pone más de relieve la actuación militar de don García, como sucede también en el Arauco domado de Lope, y no se atiende tanto a su faceta de gobernador prudente, nuclear en la obra de Ávila ya desde su propio título, ni se incide tampoco en los elementos religiosos.

Portada de Algunas hazañas...

Desde el punto de vista literario, Algunas hazañas se nos presenta como una obra de desigual calidad y de poca enjundia dramática. Con escasa acción sobre las tablas, pese a las idas y venidas de tantos personajes, se deja todo a la fuerza de la palabra y prevalece la yuxtaposición de largos parlamentos por sobre la acción, que no queda dramáticamente bien imbricada[4]. Es posible que la colaboración de los nueve ingenios pretendiera emular, como sugirieron algunos estudiosos, a las nueve musas; pero ya se ve que estas debían de andar distraídas en aquella ocasión, u ocupadas tal vez en otros asuntos más importantes, pues resulta patente que no les brindaron toda su inspiración y que, en justa consecuencia, los resultados dramático-literarios logrados por los nueve dramaturgos dejan mucho que desear.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

[3] Ver Victor Dixon, «Lope de Vega, Chile and a Propaganda Campaign», Bulletin of Hispanic Studies, LXX, 1993, pp. 79-95.

[4] Escribe Germán Vega García-Luengos, «Las hazañas araucanas de García Hurtado de Mendoza en una comedia de nueve ingenios. El molde dramático de un memorial», Edad de Oro, X, 1991, p. 207: «La coordinación de los distintos ingenios se esmeraría tan sólo en los insoslayables compromisos panegíricos. El único instrumento para llevarlos a cabo son las palabras, las muchas palabras enhebradas en interminables parlamentos. hay una confianza sin límites en la fuerza de las palabras, tanto en las dichas como en las escritas. […] Por el contrario, la acción, sustancia específica de lo dramático, no va a ningún lado».

«El perro del hortelano» de Lope de Vega: valoración final

El perro del hortelano es una comedia muy interesante, que justamente ha pasado a formar parte del corpus de lectura y estudio de las piezas lopescas[1]. Hemos visto en diversas entradas anteriores que el amor, los celos y el honor son las tres pulsiones que mueven a los personajes[2]. Todo gira en torno a Diana, que vive escindida en esa tensión entre amor y honor, a lo que hay que sumar la dolorosa punzada los celos (considerados, en la época, hijos bastardos del amor). En Teodoro hemos visto su carácter pasivo, con su vaivén entre ambas mujeres, Diana y Marcela (en el contexto de su juego de ambición vs amor verdadero). Y ya hemos aludido a la interpretación del final farsesco inventado por Tristán. ¿El amor vence las barreras sociales? ¿Lleva acabo Lope una subversión del sistema del honor establecido, una crítica de los valores sociales que impiden esa relación amorosa? ¿O es todo un mero juego de realidad e ilusionismo, con una finalidad especialmente lúdica? Me inclino más bien a pensar esto último.

Escena de El perro del hortelano (dirección Pilar Miró)

En otro orden de cosas, debemos destacar el carácter artificioso de la construcción métrica de la comedia, con sus nueve sonetos, que están magníficamente puestos al servicio de un fino análisis de introspección psicológica de los tres personajes que conforman el triángulo amoroso, Diana, Teodoro y Marcela, y con los que se construye la acción, puesta en relación dialéctica con el refrán fragmentariamente enunciado en el título de El perro del hortelano, y luego convenientemente aludido y glosado por distintos personajes. Ya Weber de Kurlat destacó, tiempo atrás, la estructura perfecta del acto I de la comedia, con sus cuatro sonetos, de los cuales dos son juegos de ingenio. Estos nueve sonetos (la obra de Lope que más sonetos tiene, ya lo he indicado en una entrada anterior) son soliloquios emotivos en los que los amantes analizan sus estados de ánimo; el soneto es «una forma de máxima concentración dramática comunicada al auditorio»[3]. Por su parte, Roig Miranda ha escrito:

Los sonetos de El perro del hortelano son numerosos, pero nunca son «borra / para hinchir vacíos de [la comedia]», sino que forman parte intrínseca de ella. Si son numerosos, es porque hay muchos momentos importantes en la obra, momentos de tensión, en que el personaje no sabe qué hacer, en que el espectador necesita saber en qué situación u opinión está aquél, las posibilidades que ve de seguir más adelante. Lope sabe colocarlos en momentos clave; sabe también variar su introducción (después de octosílabos o endecasílabos). Además, los dos sonetos escritos prolongan su papel dramático más allá del momento en que se leen[4].

Destaca además esta estudiosa que la mayoría de ellos «podrían existir fuera de la comedia, como hermosos poemas de amor»[5]; provocan un placer estético, tanto más cuanto estos nueve sonetos «tienen que ver con el tema amoroso y lo presentan bajo gran variedad de matices: pudor, miedo, pasión, celos, invectivas, y esa variedad esparte del placer estético experimentado a través de la forma armoniosa»[6].

Hay, por supuesto, otros aspectos de la versificación de la comedia que podrían destacarse: los pretendientes usan las octavas reales o los endecasílabos sueltos (versos enjundiosos, cuando se tratan temas graves, como el matrimonio de un noble); para los diálogos amorosos se emplean redondillas, décimas y sonetos; la prosa aparece en una ocasión, cuando Diana, enojada, se declara explícitamente por medio de la carta que dicta a su secretario: del juego lírico de los sonetos se pasa a la prosa vulgar y directa, le habla «en román paladino»[7]; el relato de Tristán es en romance, etc. Todo ello responde, grosso modo, a los usos habituales de la polimetría del teatro español del Siglo de Oro, cuyas funciones principales (es decir, la necesidad de ajustar cada forma métrica a una determinada función, lo cual se cumple en la práctica algunas veces… y otras no) esbozó, muy esquemáticamente, el propio Lope en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, pieza incluida en la edición de 1609 de las Rimas[8].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Cito por Lope de Vega, El perro del hortelano, ed. de Mauro Armiño, Madrid, Cátedra, 1997.

[3] Frida Weber de Kurlat, «El perro del hortelano, comedia palatina», Nueva Revista de Filología Hispánica, 24, 1975, p. 358.

[4] Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. de Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, p. 905.

[5] Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», p. 906.

[6] Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», p. 906.

[7] Como certeramente explica Frida Weber de Kurlat, «El perro del hortelano, comedia palatina», Nueva Revista de Filología Hispánica, 24, 1975, p. 360, «ha desaparecido la forma poética noble y prestigiosa, el soneto, remplazado por una prosa sin adornos que va directamente a los términos de la situación en ese momento del desarrollo de la comedia».

[8] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.

«Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza», de nueve ingenios: el desenlace

Tras la cristiana muerte del toqui Caupolicán[1], los indios de la belicosa Arauco quedan por fin sojuzgados al poder, no de don García, sino del rey de España, en cuyo nombre el marqués de Cañete sabrá ser clemente y gobernar con justicia (tal como refleja el diálogo de los vv. 3148-3174)[2].

Don García Hurtado de Mendoza

Finalmente, se procede al reparto de premios y mercedes. Don García se ofrece para ser el padrino en la boda de Rengo y Guacolda, que se convierten al cristianismo y se van a bautizar. Afirma que el rey premiará a Rebolledo; y ninguno de sus soldados quedará «sin el premio merecido, / aunque de mi hacienda sea» (vv. 3190-3191). El ultílogo le corresponde al propio Rebolledo:

REBOLLEDO.- Y aquí Arauco, aquí su invicto
conquistador tenga fin,
aunque en la fama infinito (vv. 3192-3194).

Un detalle importante, para finalizar. El interlocutor último (o el primero, según se mire…) de este mensaje relativo a premios y mercedes no podía ser otro, dada la intencionalidad de la obra, que el propio rey de España, el cual habría asistido a la representación de la comedia en Palacio. La lección estaba clara, y además, a buen entendedor pocas palabras bastan: si don García había sabido ser generoso con los suyos, con todos los que le habían servido bien, igualmente debería serlo el monarca premiando espléndidamente a la familia de los Hurtado de Mendoza, en justa recompensa de los magníficos esfuerzos y servicios prestados a la Corona por uno de sus mejores servidores en Europa y América: don García Hurtado de Mendoza.


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (y 11)

Un comentario aparte merece la actuación del marqués de Cañete, en la parte final de la comedia, con relación al bautismo y muerte de Caupolicán (los acontecimientos finales, igual que sucede en El gobernador prudente de Gaspar de Ávila, se presentan aquí de forma distinta al desenlace del Arauco domado de Lope, diluyendo la responsabilidad de don García en la muerte del toqui araucano)[1]. El soldado que llega a anunciarle que Reinoso ha prendido a Caupolicán lo saluda de esta manera:

SOLDADO.- Ilustre blasón de España,
Mendoza al fin, que has traído
yugo a Arauco no vencido,
terror ya de su campaña,
el cielo tu esfuerzo ayuda (vv. 2901-2905)[2].

Le cuenta que aquel ha sentenciado a muerte al indio: Reinoso es sobrino de Pedro de Valdivia, y quiere vengar ahora el escarnio de la calavera convertida en copa para las libaciones. Don García señala que tal acción ha sido excesivamente rigurosa; don Felipe y Rebolledo interceden por Caupolicán y don García indica: «Hoy pienso, por socorrelle, / pasar sin pisar el valle» (vv. 2935-2936).

Caupolicán capturado

Vemos luego que Caupolicán, bautizado como Pedro[3], se muestra feliz: «muriendo estoy por morir» (v. 2968). Gualeva le reprocha su rendición, pues se ha humillado y los ha humillado a todos, y se ofrece para ser su verdugo. Caupolicán le responde: «dichosamente tengo / honor nuevo y alma nueva» (vv. 2999-3000). Y estando ya empalado reconoce que «El gran Dios de los cristianos / es solo Dios verdadero» (vv. 3005-3006), en un pasaje en el que, tanto en las palabras como en las acciones, podemos apreciar ciertas reminiscencias cristológicas[4].

En fin, al propio Luis de Belmonte le correspondió, o él mismo se reservó para sí, la redacción del tramo final de la obra, siendo así el único dramaturgo de los nueve que aporta dos pasajes al conjunto. Al llegar don García, reprocha duramente a Reinoso por haber matado a un enemigo que tenía rendido como prisionero indefenso, y no frente a frente en el campo de batalla (vv. 3051-3060). Emplea un tono muy duro, y apela incluso a razones de Estado al decir que habría sido mucho más útil conservar la vida de un preso tan valioso (vv. 3061-3086). Don Felipe intercede por Reinoso, pero don García está resuelto a castigarlo: «Sepa el rey que a un hecho injusto / castigo justo le doy» (vv. 3099-3100). El hermano del gobernador alega en defensa del capitán el argumento, ya antes mencionado, de que el caudillo araucano había matado a su tío Valdivia, pero este razonamiento no le sirve a don García. La cita que sigue es importante:

MARQUÉS.- No, hermano: jamás alcanza
la vitoria la venganza.
Este es el oficio mío:
pues premio, he de castigar (vv. 3114-3117).

Por su parte, Caupolicán, en medio de su tormento —sigue empalado en escena—, se muestra agradecido a su enemigo:

CAUPOLICÁN.- Don Felipe, mucho debo
al gran Marqués, pues que miro
que voy por su causa al cielo
por tan seguro camino (vv. 3129-3132).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

[3] Un nuevo Pedro/piedra sobre la que asentar la Iglesia de Cristo en Arauco, tal como escribe Moisés R. Castillo, Indios en escena: la representación del amerindio en el teatro del Siglo de Oro, West Lafayette (Indiana), Purdue University Press, 2009, p. 123: «Es este “Pedro”, a imagen y semejanza de la figura bíblica, el personaje sobre el que Don García edificará la evangelización de todo el territorio».

[4] Detalle interesante para relacionarlo con el auto sacramental de La Araucana, donde Caupolicán con el tronco a hombros es trasunto de Cristo con el madero de la cruz. Ver Carlos Mata Induráin, «La Guerra de Arauco en clave alegórica: el auto sacramental de La Araucana», Alpha, 33, 2011b, pp. 171-186.

El retrato de don García Hurtado de Mendoza en «Algunas hazañas…», comedia de nueve ingenios (10)

Guerreros araucanosLa comedia sigue acumulando nuevos elogios de don García como soldado valeroso y general prudente[1]. Cuando Reinoso prende a Caupolicán, no está presente don García, pero el capitán español reconoce que todo lo pueden los que pelean con su general: «Tu osadía / no en mí solo el triunfo emplea, / que esto puede quien pelea / en nombre de don García» (vv. 2467b-2470)[2]. Más adelante, en la contribución de Guillén de Castro, el marqués de Cañete se asombra de ver tan bien labrado un fuerte que han preparado sus hombres, y su hermano don Felipe le ofrece esta explicación: «tú los enseñaste / a ser soldados, señor» (vv. 2807-2808). Se preparan para el ataque 14.000 araucanos, mientras que los españoles solo son 200, pero no hay nada que temer porque don García pelea al frente de los suyos (vv. 2827-2832).

Ya señalaba en una entrada anterior que el elemento religioso se hace poco presente en esta obra, pero apunta de nuevo brevemente en estas palabras del gobernador:

MARQUÉS Siendo Dios de nuestra parte,
la ventaja es nuestra: vea,
pues por nosotros pelea
nuestro Dios, que es nuestro Marte.
¡Ea, ea, al arma toca!
¡Santiago, Santiago! (vv. 2833-2838).

Don García alienta a los soldados españoles cuando se retiran (vv. 2845-2852 y 2855-2856) y su valor es ponderado por Chilindrón, en una escena ticoscópica (vv. 2857-2872). Se ensalza, pues, su esfuerzo personal en el combate, al pelear al frente de los suyos, arriesgando su vida. Cuando don Felipe, su hermano, le dice que es locura que se exponga en la batalla el general en jefe de las tropas, él responderá alegando que «Alejandro peleó / y Julio César también» (vv. 2879-2880).


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (FFI2014-52007-P).

[2] Cito por la edición moderna de Lerzundi, que cuenta con numeración de los versos, pero modificando levemente, sin indicarlo, algunas grafías y la puntuación: Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, edited and annotated, with an Introduction, by Patricio C. Lerzundi, Lewiston / Queenston / Lampeter, The Edwin Mellen Press, 2008. Para más detalles sobre la comedia, ver Carlos Mata Induráin, «Algunas hazañas de las muchas de don García Hurtado de Mendoza, comedia genealógica de nueve ingenios», Revista Chilena de Literatura, núm. 85, noviembre de 2013, pp. 203-227.

Los sonetos de «El perro del hortelano» de Lope de Vega (acto III)

De los nueve sonetos que incluye El perro del hortelano, dos se localizan en el acto tercero[1]. Ya en entradas anteriores he mencionado la función que desempeñan estas composiciones, que contribuyen a la caracterización psicológica de los personajes[2], y he comentado los siete sonetos anteriores, los incluidos en el acto I y los del acto II. Examinaremos, pues, ahora los dos últimos sonetos de la comedia.

El octavo soneto, vv. 2562-2575, comienza «Bien al contrario pienso yo dar medio…». En él Teodoro, de nuevo a solas, manifiesta su intención de huir, poniendo tierra y mar por medio. El secretario, perdido, acepta morir, o partir a España, convencido de que de la distancia nacerá el olvido. Es el último soneto declamado por Teodoro, en el que cabe destacar el juego de palabras tierra en medio / enterraron:

Bien al contrario pienso yo dar medio
a tanto mal, pues el amor bien sabe
que no tiene enemigo que le acabe
con más facilidad que tierra en medio.

Tierra quiero poner, pues que remedio,
con ausentarme, amor, rigor tan grave,
pues no hay rayo tan fuerte que se alabe
que entró en la tierra, de tu ardor remedio.

Todos los que llegaron a este punto,
poniendo tierra en medio te olvidaron;
que en tierra al fin le resolvieron junto.

Y la razón que de olvidar hallaron
es que amor se confiesa por difunto,
pues que con tierra en medio le enterraron.

En fin, el noveno y último, vv. 2716-2729, «¿Qué intentan imposibles mis sentidos…», en boca de Marcela, es un soneto lírico que manifiesta sus sentimientos y pone de relieve la fuerza del tiránico poder de Diana y sus celos; los «amores desdichados», se expresa bellamente, son «árboles […] / a quien el hielo marchitó floridos»:

Árbol con flores heladas

¿Qué intentan imposibles mis sentidos,
contra tanto poder determinados?
Que celos, poderosos declarados,
harán un desatino resistidos.

Volved, volved atrás, pasos perdidos,
que corréis a mi fin precipitados;
árboles son amores desdichados,
a quien el hielo marchitó floridos.

Alegraron el alma las colores
que el tirano poder cubrió de luto;
que hiela ajeno amor muchos amores.

Y cuando de esperar daba tributo,
¿qué importa la hermosura de las flores,
si se perdieron esperando el fruto?

En su artículo «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», Luis F. González-Cruz insiste en la importancia de este último soneto, que subraya el fin trágico de Marcela[3]. Para este crítico hay dos finales, dos desenlaces: uno feliz (para Diana y Teodoro), que es el de la peripecia externa propiciado por el enredo de Tristán; y otro infeliz (para Marcela), que es el que apunta el último de los sonetos[4].


[1] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Ver Luis F. González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, ed. de Manuel Criado de Val, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 541-545, y Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. de Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 893-906, con la que coincido plenamente y cuyas ideas aprovecho en mi comentario de los nueve sonetos. Ver también William L. Fichter, «Recent Research on Lope de Vega’s Sonnets», Hispanic Review, 6, 1938, pp. 21-34, y Peter N. Dunn, «Some Uses of Sonnets in the Plays of Lope de Vega», Bulletin of Hispanic Studies, 34, 1957, pp. 213-222. Las citas son por Lope de Vega, El perro del hortelano, ed. de Mauro Armiño, Madrid, Cátedra, 1997.

[3] Ver González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», especialmente pp. 541 y 545.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.