Las «Nanas de la patera» de Alfonso Valverde

Este domingo, con la celebración del Bautismo de Jesús, se cierra el ciclo litúrgico de Navidad. Corresponde, por tanto, poner fin también a la serie de villancicos y poemas navideños que han ido apareciendo estos días pasados en la Ínsula. Y quiero hacerlo con estas preciosas «Nanas de la patera» de Alfonso Valverde, que aluden a una realidad, por desgracia, de total actualidad en nuestro tiempo y en nuestra geografía cercana. El texto nos recuerda que el Niño Jesús se identifica con todos, sí, pero de forma especial con los emigrantes, los perseguidos, los pobres y humillados de la tierra… Y, desde sus humildes versos (muchas veces el villancico navideño adopta esta forma de nana popular), nos invita a reflexionar acerca de esta idea: que la Navidad ha de ser más, mucho más, que los turrones, las luces de colores y los regalos hueros que nos impone —muchas veces— un triste consumismo sin sentido.

Bebé rescatado de una patera

A la nanita, nana,
duérmete, cielo,
la patera es chiquita,
grandes los sueños…
Que Jesús y María
también se fueron,
huyendo de un Herodes,
al extranjero…

Huyendo de un Herodes
el Dios eterno…,
nosotros por el hambre,
Él por el miedo,
nosotros en patera,
Él en jumento…

Tu papá va remando
y yo te velo…,
los Herodes y el hambre
quedaron lejos…,
que se duerme mi niño,
se está durmiendo.
Que lo arrullen la luna
y los luceros,
que se callen las olas,
que calle el viento…

—Cuando lleguemos, niño,
cuando lleguemos,
comerás pan de trigo
y hasta cordero,
que es Navidad, mi vida,
y el Dios del cielo
sólo quiere una cosa:
que nos amemos…

Que Jesús y María
también se fueron,
huyendo de un Herodes,
al extranjero…
A la nanita, nana,
duérmete, cielo[1].

Estas «Nanas de la patera» se pueden escuchar aquí, cantadas por el Coro Auxilium de Utrera.


[1] Tomo el texto de Jaume Flaquer García, SJ, Vidas itinerantes. Apuntes para una teología interreligiosa de la migración, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 2007, p. 31 (Cuadernos Cristianisme i Justícia, de la Fundació Migra Studium, núm. 151). Introduzco algunos cambios en la puntuación y añado la distribución de los versos en estrofas.

La poesía seria de José Joaquín Benegasi y Luján

En ocasiones, José Joaquín Benegasi y Luján (Madrid, 1707-Madrid, 1770) se acerca en su poesía a una temática seria, como en el soneto «Glosando “que lo demás es polvo, sombra, nada”», donde vuelve sobre el motivo tradicional de la caducidad de todo lo terreno:

Yo sé que he de morir, pero ignorando
estoy el cuándo, para disponerme;
con que, para lograr el no perderme,
dispuesto vivo, pues ignoro el cuándo.

De Dios la gran piedad me está llamando;
¿pues cómo tardo tanto en resolverme?
Ya voy, Señor, ya voy, sin detenerme,
pues que sois Vos el que me está esperando.

¿Qué es el mundo, el aplauso, la hermosura?
Pantanos que embarazan la jornada.
¿Y esto detiene? Sí, ¡fiera locura!

Pues alto ya, cuidado a la llamada
de quien la salvación nos asegura;
que lo demás es polvo, sombra, nada.

(Obras líricas jocoserias…, p. 11)[1]

Polvo entre las manos

Pero, incluso cuando el tema de la composición es serio, puede producirse en la parte final un quiebro que reconduce el texto hacia el terreno de lo jocoso, como sucede en el soneto «Hablando con la vanidad, y sin ella»:

«¡Vanidad! ¡Vanidad! ¿No me respondes?
¡Ah, vanidad!, ¿cómo eres tan grosera?
¡Ah, vanidad! ¡Ah, vanidad!, siquiera
respóndanme por ti duques y condes.

¡Ah, vanidad!, ¿adónde, di, te escondes,
con ser así que estás en un cualquiera?
¡Ah, vanidad!, saber de ti quisiera
con quién hoy día más te correspondes.

Sorda sin duda estás, bien lo colijo.
¡Jesús, qué voces! Basta de mal rato,
que tú vendrás quizá sin ser llamada.»

Así exclamaba yo, y una voz dijo:
«¿Para qué son los gritos, mentecato?
¿Cómo ha de responder, sobre ser nada?».

(Obras líricas jocoserias…, p. 7)

Ese tono serio reaparece puntualmente en algunas otras composiciones, como por ejemplo en una décima «Reflexionando en la muerte»:

Como sé que he de morir,
y como vivo ignorando
el cómo, el dónde y el cuándo,
vivo sin poder vivir,
pues me quiero prevenir
cada instante, por si fuere
el último que tuviere;
porque, bien reflexionado,
solo quien muere en pecado
es quien propriamente muere.

(Obras líricas jocoserias…, p. 98b)

También en la siguiente del volumen, «Otra, mística»:

Sin Dios, todo va perdido,
con Dios, todo va ganado.
Sin Dios, nadie se ha salvado,
con Dios, nadie ha perecido.
Sin Dios, el que más ha sido
en la humana estimación
es nada, y su presumpción
es nada. Nada es por fin;
pues cuidado con el sin,
pues alerta con el con.

(Obras líricas jocoserias…, p. 98b)

O en esta «Otra» que viene a continuación:

Pecador, mira lo eterno
y di, pues te estará bien:
«Si yo me condeno, ¿quién
me sacará del infierno?»
Y así, con afecto tierno,
dale a Dios tu corazón,
pide contrito el perdón,
pide, pide, clama, clama,
y pues con pasión te ama,
válete de su Pasión.

(Obras líricas jocoserias…, p. 99a)

Y en algunas pocas más, igualmente de temática moral-religiosa. Pero enseguida Benegasi se vuelve al territorio de la jocosidad festiva, que le es más propio y donde sin duda se siente mucho más a gusto.


[1] Las citas corresponden a estos dos volúmenes: Poesías líricas y jocoserias. Su autor, don José Joaquín Benegasi y Luján, Señor de los Terreros y Valdelosyelos, Regidor perpetuo de la ciudad de Loja, quien las dedica al Excelentísimo Señor Marqués de Villena, Duque de Escalona, Conde de San Esteban de Gormaz, caballero del insigne Orden del Toisón, etc., en Madrid, en la imprenta de José González, vive en la calle del Arenal, año de 1743; y Obras líricas jocoserias que dejó escritas el Sr. D. Francisco Benegasi y Luján, caballero que fue del orden de Calatrava, Gobernador y Superintendente General de Alcázar de San Juan, Villanueva de los Infantes y Molina de Aragón, del Consejo de Su Majestad en el de Hacienda, Regidor perpetuo de la Muy Noble Ciudad de Loja, Patrono de la Capilla que en el Real Monasterio de San Jerónimo de esta Corte fundó la Señora doña María Ana de Luján, etc. Van añadidas algunas poesías de su hijo don Josef Benegasi y Luján, posteriores a su primer tomo lírico, las que se notan con esta señal *, con licencia, en Madrid, en la oficina de Juan de San Martín, y a su costa; se hallará en su librería, calle de la Montera, donde se vende el Mercurio, año 1746.

«Soneto para la madrugada de un seis de enero» de Carlos Murciano

Para celebrar la festividad de la Epifanía del Señor, en esta mañana de ilusión e ilusiones, y dedicado a todos los niños, y también a aquellos mayores a los que todavía les asoma un niño soñador en la ventana de sus ojos, copiaré aquí el bello poema de Carlos Murciano titulado «Soneto para la madrugada de un seis de enero»:

Los Reyes Magos

Abro el balcón de pronto. Está vacío.
Un pájaro se escapa cielo arriba
y en la baranda, entre la nieve viva,
va desangrándose un clavel tardío.

Buenos días, Invierno. Nada. Frío
y nada. Y soledad. La luz, esquiva,
juega a poner de acíbar mi saliva,
sombría el alma, el corazón sombrío.

De niebla, silenciosos, cruzan ellos
y silenciosos cruzan sus camellos
para no despertar a la alegría.

Pero como les vi pasar, mañana
habrá un niño asomado a la ventana
de mis ojos, soñando todavía[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 204.

El «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales

Para esta Noche de Reyes, siempre mágica y especial, cuando los tres Magos de Oriente que han seguido la estrella que les ha guiado están a punto de llegar ya a Belén para adorar al Niño-Dios, pongo en el blog este «Villancico de la falta de fe» de Luis Rosales, cuyos versos nos invitan a reflexionar. (Entre paréntesis, una pequeña nota léxica para que se entienda mejor la referencia del verso 12: el almez —Celtis australis— es un árbol ornamental que puede verse en parques y calles; su fruto, la almeza, toma el color negro cuando está ya totalmente maduro.)

La estrella de los Reyes Magos

La estrella es tan clara que
no todo el mundo la ve.

En el cielo hay una estrella
nueva y lentísima, es
la estrella de Dios que guía
hacia el portal de Belén.

Los Magos, como son magos,
vieron la estrella nacer;
los hombres, como son hombres,
la miran y no la ven.

Baltasar tiene la carne
morena como el almez;
es viejo, tan viejo
que ha muerto más de una vez,

y Melchor es tan creyente,
tan iluminado, que
siempre que sus ojos miran
se ven sus ojos arder.

Pasan ciudades, ciudades
con calentura en la sien,
donde la estrella, que es niña,
se apaga para no ver.

Pasan desiertos, desiertos
como los hombres también,
y bosques que acaso nunca
volverán a florecer.

Pasan años y los hombres
siguen padeciendo sed,
la estrella sigue en el cielo,
sólo muy pocos la ven[1].


[1] Poema incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 199-200.

Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

«El Niño divino (villancico de Navidad)» de Manuel Machado

El poema navideño de hoy nos lo brinda Manuel Machado. Se titula «El Niño divino (villancico de Navidad)» y canta en estilo sencillo y popular (versos octosílabos con repetición de un estribillo, empleo de diminutivos afectivos, etc.) el doble sentimiento que suscita el nacimiento del Niño Jesús, que ríe y llora al mismo tiempo en el pesebre: de un lado, la alegría (risa), porque su venida al mundo trae la salvación al género humano; pero, al mismo tiempo, la tristeza (llanto) que provoca su desvalimiento en el Portal de Belén, el cual anticipa además los futuros sufrimientos de su Pasión y Muerte redentora en la Cruz («Cuando el niño sea un hombre / lo llevarán al Calvario…)»:

Niño Jesús en el pesebre

De llanto y risa,
de risa y llanto.

Venid a ver el infante
que ha nacido en el establo,
que por ser Rey en los Cielos
no quiso en tierra  palacios.

Es el niño más bonito
que nunca vieron humanos…
En la boquita y los ojos
tiene un indecible encanto,

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Para que no sienta el frío
del mundo donde ha llegado,
una mulita y un buey
su aliento le están echando.

Tiene por lecho las pajas,
por techo el cielo estrellado…
De una claridad sublime,
tiene el semblante bañado…

de llanto y risa,
de risa y llanto. 

Cuando el niño sea un hombre
lo llevarán al Calvario…
Pero su Padre Divino
lo arrebatará en sus brazos…

Como a la par llora y ríe,
al mover de uno a otro lado
la cabecita, en el aire
traza del Iris el arco…

de llanto y risa,
de risa y llanto[1].


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 101-102.

Ramón y Cajal, cuentista: «El hombre natural y el hombre artificial»

El quinto y último relato de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal es «El hombre natural y el hombre artificial» (pp. 207-289), que refiere en su primera parte el encuentro en París de Jaime Miralta, ingeniero español, y don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, que ha sido educado en «el veneno de la intransigencia religiosa» (p. 209). Nótese la onomástica elocuente al nombrar a los personajes, como sucede en otros relatos del volumen. Carcabuey pide ayuda a su amigo, porque se considera un «no yo», «una pobre víctima de la mala educación» (p. 209), un hombre artificial, sumamente dócil, que execra la razón: «católico por sugestión y costumbre, ultramontano por imposición, procaz e intemperante por imitación y orador retórico y florido por recetas» (p. 217).

Santiago Ramón y CajalPara ayudarle a salir del error y el parasitismo, en la segunda parte Jaime le resume su vida —con claras reminiscencias autobiográficas del autor—, que le servirá como lección y camino: hijo de campesinos, trabajó desde joven como zagal, en el campo. «Desde entonces —explica— mi vida y mi pensamiento se modelaron con la bravía Naturaleza» (p. 237). Ya de niño sintió el afán de la ciencia, de la búsqueda de la verdad. El maestro, que vio sus buenas disposiciones, le enseñó a explorar la realidad, inculcándole el gusto por la Naturaleza; con su observación, la memoria organizada y el espíritu crítico se fueron desarrollando en él. El maestro le da varios consejos: «Sé, no los demás»; «Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad»; «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees». Aunque ello le supone renunciar a la pensión que cobra, abandona sus estudios en el Seminario, dominados por «las tinieblas de la teología dogmática», y se convierte en un self made man: cursa la carrera de Ingeniero y la de Ciencias; emprende trabajos científicos e inventa varias máquinas eléctricas y radiográficas (en España no le harán caso, pero sí en París, aunque no por ello dejará de amar a su patria). Jaime cree en la inmortalidad a través de las ideas y desea «ensanchar la geografía moral de la raza» (p. 286). Esperaindeo acepta el cargo de secretario que le ofrece Jaime, quien vive recogido «en la tranquila playa de la ciencia y de la industria». Y concluye el relato con un mensaje esperanzador para el futuro:

Laboremos, pues, en él [el mundo de la ciencia], puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante, cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu (p. 289).


[1] Cito por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

«Por atajos y veredas», de Federico Muelas

Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974) fue farmacéutico de profesión. Fundó la revista El Bergantín, pero más tarde escapó de la vida literaria para dedicarse a la creación personal, publicando obras como las tituladas Rodando en tu silencio (1964), Los villancicos de mi catedral (1967) o Cuenca en volandas (1967). Fue Muelas un escritor que se acercó repetidas veces en sus versos al tema navideño.

Copio aquí para este día de Año Nuevo (festividad de Santa María, Madre de Dios) su composición «Por atajos y veredas», que da entrada a algunas metáforas que son verdaderos aciertos expresivos («Gusanicos de luz pura / le brillan entre los dedos», «Los yunques de la fatiga / martilleaban su pecho»…). Cabe destacar además la personificación de ese Viento-Centauro que dialoga con San José (que no llega a tiempo a Belén para el Santo Parto), y que lo transporta en sus lomos por las nubes «con sus luceros», lo que llega a poner en duda a los Magos de Oriente sobre cuál sea la estrella que deben seguir…

Portal de Belén

El texto completo del poema dice así:

Por atajos y veredas
vuelve el Santo Carpintero.
Gusanicos de luz pura
le brillan entre los dedos.

A la mitad del camino
sentose junto al sendero.
Los yunques de la fatiga
martilleaban su pecho.
—¡Ay, que pronto vendrá el día
y dar un paso no puedo!

Corriendo a todo correr
llegó el Centauro del Viento.
—No llores, José, no llores,
que alas en los cascos tengo.
Acomódate en mi lomo,
que aunque Belén está lejos,
en un cerrar y abrir de ojos
hasta sus puertas te llevo.

Por las nubes galopaba
San José con sus luceros.
¡Qué envidia dio aquella noche
a los cometas del cielo!

Los Reyes Magos de Oriente
vacilan en el desierto…
¡Son demasiadas estrellas
guías en el firmamento!

(Desde aquella noche, piensan
en Noel algunos pueblos.)[1]


[1] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 100-101.

El «Villancico gitano» de José María Fernández Nieto

Vaya para el último día del año el «Villancico gitano» de José María Fernández Nieto, que destaca por su tono humorístico y la acertada utilización de términos del caló (churumbel ‘niño pequeño, hijo’, payo ‘persona no gitana’, parné ‘dinero’…) combinado con el ceceo y otros rasgos del habla coloquial andaluza (Ozú, Mare, zeñá, zeñó, jay, pa…):

Navidad gitana

—¡Ozú, vaya churumbel!
¡Mare, que me parta un rayo
zi he vizto en mi vida un payo
que ze compare con Él!

—¡Dígame, zeñá María,
zi yo le compro a Manuel,
¿en cuánto me lo daría?
María miró a José
y José miró a María
y el de la raza calé
dijo al compare en caló:

—Dice el zeñó San Jozé
que no lo vende, que no,
u zea, que no pué zé.
¡Que en el mundo no hay parné,
jay, pa comprar al Zeñó!

Y José, con alegría,
mirando a su churumbel
entre la gitanería
dice a su esposa:
—¡María!
¡Que nos quedamos sin Él…![1]


[1] Cito, con algún ligero retoque, por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 250.

Ramón y Cajal, cuentista: «El pesimista corregido»

Santiago Ramón y CajalEl protagonista del cuarto de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal, «El pesimista corregido» (pp. 152-206), es el doctor Juan Fernández, un pesimista y misántropo incorregible, de veintiocho años, que vive solo con su ama de llaves. Juan siente asco de la vida y despego de la sociedad; lee a Nietzsche, Schopenhauer y Gracián; para él la vida es «una broma pesada y sin gracia dada por la Naturaleza sin saber por qué ni para qué» (p. 153); tiene pocos amigos y pocas ilusiones. En realidad, hay varios motivos para su pesimismo: es huérfano, está enfermo de tifoidea, ha fracasado en las oposiciones a varias cátedras de Madrid. Además, ahora su novia Elvira se muestra esquiva con él. En suma, Juan se siente derrotado en cuerpo y alma.

Un día se le aparece un anciano, un genio, que es el numen de la ciencia; más que dialogar, los dos intercambian largas tiradas de prosa, disertando sobre Dios, la naturaleza, el hombre…: el dolor y la muerte impulsan la evolución; la ciencia no puede agotar los dominios de la vida; el cerebro y la retina son «las dos más valiosas joyas de la creación» (p. 169). El genio le concede ver todo amplificado, como si sus ojos fuesen potentes microscopios, durante un año. Merced a esta curiosa experiencia, que le ayuda a relativizar todos los hechos y circunstancias, Juan queda curado de su pesimismo y se convence de que la vida es digna de ser vivida. Pasan dos años más y es un hombre distinto, al lado de Elvira. «Y se casaron, siendo felices. Y cuentan las crónicas que el genio de la especie no tuvo motivo de arrepentirse al contemplar, años después, la hermosa y robusta prole» (p. 206).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.