Los cuentos de José María Sanjuán: «La espera»

El libro de cuentos El ruido del sol (1968) de José María Sanjuán se abre con «La espera» (pp. 17-27)[1], que va encabezado por una cita de Edward Glover, con la que enlaza el comienzo del relato. Julián y una muchacha acuden a la habitación del matador para saludarlo y desearle suerte. El torero confiesa a un periodista que tiene miedo. En la habitación el calor es grande, y más que a la acción invita a la reflexión, lo que se traduce en el ritmo lento del relato:

Es ahora cuando llega la sombra aciaga y se enturbian los pensamientos. Y sucede así porque todavía la cabeza funciona bien y los gritos del público y el fragor de la fiesta no ha emborrachado al ídolo. Se ve muy claro el peligro y la figura de la bestia (p. 24).

Al maestro le acompaña Rafael, su mozo de espadas. Las varias frases que se van reiterando en el discurso narrativo indican que todo sigue igual, que no pasa el tiempo o que pasa muy lentamente.

Torero

Poco a poco se acerca la hora decisiva: el torero siente un gusano en el pecho, reza, tiene miedo… hasta que salta a la arena: «Luego, en la plaza, se pasa» (p. 27). Ha llegado la hora de la verdad: «De pronto rompió la tarde un ruido de músicas. Y fue como la liberación de todo». No hay otro desenlace. Sanjuán ha construido el relato tomando como centro, no el momento culminante de la faena, sino las lentas horas previas (el relato termina precisamente cuando aquella va a empezar) y sabe transmitir al lector la angustiosa espera del matador.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

La importancia del secreto en «El astrólogo fingido»

El astrólogo fingido, de CalderónMucha importancia tiene igualmente en esta comedia de El astrólogo fingido de Calderón el secreto o, por mejor decir, el que no se guarden los distintos secretos que importan a diversos personajes. Dice don Juan a doña María: «muerte me dé / a traición el más amigo, / si quebrantare la ley / del secreto» (p. 131a[1]); y doña María a su criada: «Tú has de ser, / Beatriz, la que has de tener / la llave deste secreto» (p. 131b). Sin embargo, cuando don Diego dé a Beatriz una cadena, ella exclamará en un aparte: «¡En qué aprieto / se va poniendo el secreto!» (p. 132b). Consideremos además este diálogo entre Beatriz y Morón:

BEATRIZ.- Jamás
de mi boca lo sabrás.

MORÓN.- Pues de ti lo he de saber.
¿No sirves y eres mujer?

BEATRIZ.- Sí.

MORÓN.- Pues tú me lo dirás (p. 133a).

Luego don Juan previene a su amigo don Carlos: «Importa al fin para un honroso efeto / el quedarme en Madrid con tal secreto, / que si a vos no os hallara, / por no fiarme de otro no quedara» (p. 133a-b). Y más tarde Morón le explica a don Diego:

Si su amo no viniera,
pienso que me lo dijera;
que Beatriz es muy mujer,
y nada me negará,
porque es ley de las mujeres
«contarás cuanto supieres» (p. 135a).

Así es, y al final Beatriz accede a contarle: «Yo, Morón, te lo dijera, / si me juraras aquí / tenerme siempre secreto» (p. 135b); el criado lo promete «a fe de gallego», que no debe de ser juramento muy fuerte, pues inmediatamente va a revelarlo todo a su amo:

Mas ¡qué fuerte es un secreto!
Mucho es no haber reventado
del tiempo que le he callado.
Mi vida está en grande aprieto
si no lo digo. Advertid:
esto que me han dicho agora,
mátenme si de aquí a un hora
no se supiere en Madrid,
porque trompa de metal
la voz de un criado es,
que hablando en el Lavapiés
le han de oír en Foncarral (p. 136a).

En un aparte posterior insiste en la imposibilidad de guardar el secreto: «Beatriz, ya pruebo a callar; / mas vive Dios que no puedo» (p. 136a); y a su amo le habla así, jugando de los vocablos: «No te lo puedo decir, / y por decirlo reviento; / que aunque el secreto sea santo, / yo no guardo a San Secreto» (p. 136a). Ahora es Morón quien pide a su amo que sea discreto con la información revelada; don Diego asegura que así hará, pero matiza: «Claro está que he de callar; / mas no puede el sentimiento / tal vez dejar de mostrarse» (p. 136b). Y, en efecto, nada más encontrarse con su amigo don Antonio, ya rabia por echar de la boca lo que sabe: «A vos / lo dijera, si el secreto / no viniera encomendado» (p. 137a), y se lo cuenta «aquí para entre los dos…» (p. 137a). A continuación, justo en la escena siguiente, don Antonio le pide confirmación del dato —la presencia de don Juan escondido en Madrid— a don Carlos, «y esto para entre los dos» (p. 137b); el caballero le explica: «Aunque no tengo / licencia para decirlo, / con vos no se entiende eso; / y aquí para entre los dos, / cuanto habéis pensado es cierto» (p. 137b). Esta serie de revelaciones en cadena resulta muy cómica (lo contado nunca queda «para entre los dos»), y el efecto humorístico se ve aumentado con el detalle de que con cada nuevo relator aumenta el tiempo que don Juan lleva escondido en Madrid: «debe de haber más de un año…» (Morón, p. 136b), «dos años ha, o poco menos» (don Diego, p. 137a), «va para tres años» (don Antonio, p. 137b), «habrá cuatro años y medio» (don Carlos, p. 137b).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

«El ruido del sol» (1968), de José María Sanjuán

José María Sanjuán Urmeneta (Barcelona, 1937-Pamplona, 1968) fue un brillante periodista y escritor, cuya prometedora carrera literaria se vio truncada por una temprana muerte. En las próximas entradas me propongo un acercamiento a su producción cuentística, que está formada fundamentalmente —dejando aparte algunos relatos sueltos[1]— por dos libros: El ruido del sol (1968) y Un puñado de manzanas verdes (1969).

Para escribir el primero de esos dos libros Sanjuán contó con una beca March de Literatura. Se publicó en 1968, y conoció una segunda edición en 1971[2]. Se trata de una colección de quince relatos que tienen en común el mundo del toro y, sobre todo, del torero.

El ruido del sol, de José María SanjuánEl «Prólogo» de José María Pemán (pp. 9-16) va encabezado por una cita de Eugenio Noel que da una pista sobre el significado del título: «El sol, un sol de estío, lleno de ruidos, alumbraba todo eso». Pemán rememora una entrevista que Sanjuán le hizo, en la que aprendió «cosas de una juventud de nueva conciencia, de una seriedad y una autenticidad pasmosa» (p. 10). Habla de su originalidad y modernidad y recuerda que ganó el premio «Hucha de oro» con un cuento «impresionante», «novísimo»: el autor «parecía resuelto a hacerse una vida literaria ahorrando clasicismo en hucha de oro, y despilfarrando sus rentas en originalidad y modernidad» (p. 12). Nos informa asimismo de que, ya enfermo, Sanjuán organizó desde la cama este libro de relatos, El ruido del sol: «Buen título. El sol, sobre todo en los toros, es vociferante y ruidoso: como la luna, sobre todo para los enamorados, es confidente y romántica» (p. 14).

Sigue comentando Pemán que estos «relatos de cosas de toros y toreros» nacieron un verano en el que el autor fue de plaza en plaza tras Antonio Ordóñez. Algunos de ellos recuerdan a Hemingway, aunque en su opinión son otra cosa: «En Sanjuán ha vuelto a funcionar el modo de hacer del cuento una “supernovela” que se escapa hacia el poema lírico» (p. 15). Con el «estímulo melancólico del más vivo y colorista de los temas», el de toros y toreros, Sanjuán produce una «renovación literaria y poética», que explica así:

Sus relatos —poemas— remachan su originalidad, además de por la manera de hacer, por su escorzo de contemplación. En el libro de Sanjuán está todo lo más humano y recóndito del tema profundísimo. Son las narraciones taurinas de antes y después de la corrida (pp. 15-16).

Y concluye Pemán que el autor es «el narrador-poeta de la más densa colección de escenas taurinas, generalmente sin toro».

Los títulos de los quince cuentos (cuyo comentario iré abordando en las próximas entradas) son: «La espera», «Lo que tú siempre quisiste ser», «Un olor a leña húmeda y quemada», «La gran tarde», «El triunfador», «Una lluvia suave y pegajosa», «El silencio está lleno de ruidos», «Un día es un día», «El aire sabe a caliente», «El extraño», «La camisa amarilla», «Las cenizas de todos nosotros», «No es bueno volver a empezar», «Mañana será un hermoso día» y «El último tercio».


[1] Por ejemplo, «El cerco», publicado en Cuadernos Hispanoamericanos, núm. 150, junio de 1962, pp. 354-358 (impreso también en edición exenta: El cerco, Madrid, Imprenta del BOE, 1962, 5 pp., en tirada aparte de la revista); o «Una nueva luz», recogido en Los mejores cuentos. Antología de premios «Hucha de Oro», Madrid, Novelas y cuentos (EMESA), 1969, vol. I, pp. 19-23 (puede leerse también en Una nueva luz y vientinueve premios más. El cuento en la literatura española actual, Madrid, Confederación Española de Cajas de Ahorros Benéficas, 1966, pp. 3-8; se publicó también en prensa con el título «Las luces de Bartimeo»).

[2] José María Sanjuán, El ruido del sol, Barcelona-Tarragona-Madrid, Ediciones Terra, 1968, con dibujos interiores de Juan José Plans y prólogo de José María Pemán; José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), también con prólogo de Pemán, edición por la que citaré.

«El astrólogo fingido» de Calderón: las alusiones metateatrales

La impresión de burla, engaño y juego que impregna toda la comedia de El astrólogo fingido de Calderón queda reforzada asimismo por diversas alusiones metateatrales. Así, dice Beatriz a doña María:

                             Dama
de comedia me pareces;
que toda mi vida vi
en ellas aborrecido
al rico, y favorecido
al pobre, donde advertí
su notable impropiedad;
pues si las comedias son
una viva imitación
que retrata la verdad
de lo mismo que sucede,
¿a un pobre verle estimar,
cómo se puede imitar,
si ya suceder no puede? (pp. 128b-129a)[1].

Hay también un comentario sobre los tópicos amores de los criados en paralelo a las relaciones sentimentales de sus amos: Morón se muestra dispuesto a amar a Beatriz si su amo don Diego ama a doña María, «que un criado siempre fue / en la tabla del amor / contrapeso del señor» (p. 133a).

El astrólogo fingido, de Calderón

Véase igualmente esta otra alusión a la poca verosimilitud de los lances dramáticos de la comedia:

DIEGO.- Por la reja de la calle
este papel has de echalle;
porque, si le llega a ver,
siendo público el secreto,
por fuerza a su casa irá
aquesta noche, y tendrá
nuestra burla lindo efeto.

MORÓN.- ¿Piensas que comedia es,
que en ella de cualquier modo
que se piense, sale todo?
¿Si él lee, y no va después?…

DIEGO   Excusas habrá. Entre tanto
mudarnos los dos podemos,
para que a la vista estemos
de en lo que para el encanto (p. 148).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

Una valoración de la novela histórica romántica española

Como valoración global de la novela histórica romántica española cabe decir que su importancia no reside tanto en su calidad (que no es muy alta, salvo en contadas excepciones; ya hemos visto que unos mismos recursos tópicos se repiten hasta la saciedad en distintas novelas) como en su cantidad: la producción de novela histórica española, verdaderamente copiosa, consigue inundar de novelas nuestro país y consolida de esta manera la afición por lo novelesco en España. De la misma forma que sin la producción narrativa de los treinta primeros años del XIX no se entiende la novela histórica romántica, sin esta novela histórica no se podría explicar tampoco el magnífico florecimiento de la novela realista en los últimos treinta años del siglo.

Libros antiguos

Se podría añadir que este peculiar subgénero narrativo deja apuntados algunos aspectos importantes (lo regional, el tratamiento de la naturaleza), aunque la tarea de elevarlos literariamente a cimas más altas estará reservada, sin duda alguna, para los grandes escritores realistas del último tercio del siglo XIX[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Burla y engaño en «El astrólogo fingido» de Calderón

El astrologo fingido, de CalderónAntes de entrar en el análisis de la burla a Otáñez, convendrá repasar todo ese ambiente general de burla que preside esta obra de Calderón. A lo largo de la comedia se repiten hasta la saciedad expresiones que aluden a los distintos engaños de los personajes o que ponderan la confusión de ellos derivada[1]: burla, mentir, fingir, fingimiento, extremado cuento, engaño, industria, encanto, suceso semejante, apretado lance, lindo cuento, suceso más gracioso, encanto, engañar, confusión, ¿quién vio confusiones tantas?, fingir mentira, laberinto, confuso abismo, el enredo es lindo, aprieto… La primera jornada desarrolla una industria y un secreto: la permanencia en Madrid de don Juan, quien ya había anunciado su partida a Flandes. La jornada segunda se construye en torno a la ficción del falso astrólogo. En la tercera todavía se añadirán nuevos engaños que complicarán el enredo, para al final irse desenredando los complejos hilos de la trama y la maraña.

La importancia de la burla y el enredo queda destacada en las propias réplicas de los personajes: «Jamás espero / entender tan notables confusiones», dice don Carlos (p. 133b[2]); la jornada primera acaba con un don Diego resuelto a hablar a doña María a toda costa, y el comentario de Morón —las últimas palabras del acto— es: «Yo pienso / que ha de nacer deste amor, / señor, un notable cuento» (p. 137b). El verbo fingir figura desde el propio título, pero hay además muchas otras alusiones a ficciones: «Aqueste agora ha fingido / que a Flandes va a ser soldado; / y es mentira, que ha quedado / en una casa escondido / de un don Carlos de Toledo», le cuenta Beatriz a Morón (p. 135b); ella es la secretaria de ese amor y pide la complicidad del criado: «y sólo deste delito / somos cómplices los tres» (p. 135b), «Esto para entre los dos» (p. 136a). Importante es también el campo léxico de la mentira; se pregunta Beatriz, refiriéndose a don Diego: «¿quién vio tal facilidad / de mentir?» (p. 141b); Morón reconoce paladinamente: «Mi astrología / pendenga es, si bien se mira, / en tan intrincado juego, a donde mentir se tira; / pues con ella se hace luego / la quínola o la mentira» (p. 141b); don Carlos dice a propósito de doña Violante: «Ya con la verdad espero / engañarla» (p. 145b); y, en fin, Quiteria a doña Violante: «Tus desengaños verán / que todo es mentira y juego» (p. 145b). Adrienne Schizzano Mandel ha escrito a propósito de estos continuos engaños:

En la semiótica de la comedia se resume la función del engaño. El engaño de don Diego es acogido por todos los personajes, deseosos de penetrar otra realidad detrás de las apariencias. Cada uno consulta al supuesto sabio, para que éste haga desaparecer a través de su ciencia la oposición entre el ser/parecer. Sin embargo, estos personajes tendrán que quedarse decepcionados y frustrados, porque forman parte de este vulgo crédulo que no sabe distinguir entre el ser y el parecer, entre realidad y engaño[3].


[1] Ya lo había destacado Max Oppenheimer, Introducción a Pedro Calderón de la Barca, The Fake Astrologer. A Critical Spanish Text and English Translation, New York, Peter Lang, 1994, p. 15: «As the plot analysis of our play showed, the burla constitutes the keystone thereof. […] The words burla, burlar and their respective equivalents or synonyms such as fingimiento, fingir, engaño, engañar, mentira, mentir, occur over seventy times in the play».

[2] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[3] Adrienne Schizzano Mandel, «Della Porta: El astrólogo non fingido de Calderón», en Hans Flasche (ed.), Hacia Calderón. Noveno Coloquio Anglogermano Liverpool 1990, Stuttgart, Franz Steiner Verlag, 1991, p. 171.

La naturaleza en la novela histórica romántica (y 3)

Queda, en fin, decir algo de El señor de Bembibre. Enrique Gil y Carrasco consigue en esta novela, no solo plasmar el paisaje del Bierzo, sino además mostrárnoslo en relación con el estado anímico de sus personajes[1], sobre todo de Beatriz; en efecto, el paisaje va cambiando con el paso de las estaciones, al tiempo que asistimos al lento pero inexorable desarrollo de su enfermedad (muy bien descrito por tratarse del mismo mal que padecía el autor), hasta que al final la naturaleza se renueva en primavera, en tanto que termina por consumirse el último aliento de vida de la protagonista.

Primavera, de Anastasia Woron

Y, aunque otros autores se le adelantan en el tratamiento del paisaje regional, nadie consigue unas descripciones tan acabadas como las suyas[2]. De las muchas citas posibles, elijo simplemente una:

El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles: las golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas, y las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y delgadas por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los prados recién despojados de su yerba, balando ronca y tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno (pp. 203-204).

Al final Beatriz, ya muy delicada, se retira a una quinta cercana al lago de Carucedo donde «debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte»; allí su alma admira la belleza del paisaje en torno y, levantando los ojos al cielo, ruega para que «a orillas de aquel lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación» (p. 338). Pero no puede ser así, y ella misma lo reconoce, una vez perdida ya toda la confianza en recuperarse:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo, cuando solo se ataviaba para mi eterna despedida! (p. 375).

En definitiva, aunque el sentimiento de la naturaleza es, cuantitativamente, «poco propio de la novela histórica»[3], cuando aparece llega a constituir, en opinión de Felicidad Buendía, «uno de los elementos más bellos» de estas obras; entonces, las descripciones se dividen en dos grandes apartados: por un lado, los tópicos románticos de ruinas y nocturnos; por otra parte, los paisajes característicos de la patria chica de cada autor:

La Naturaleza en la novela histórica se presenta también como una naturaleza-tipo, más o menos idealizada conforme a los tópicos establecidos por maestros del género o por tópicos tradicionales o de escuela. Por otra parte, existe también la Naturaleza que representa paisajes o lugares concretos, específicos, parajes amados por el escritor, porque en ellos discurrió su infancia, porque en ellos se sucedieron los mejores momentos de su vida o porque en ellos soñó y sintió. Por este camino se avanza hacia el pintoresquismo, con su atuendo colorista de los cuadros de costumbres[4].


[1] Esto se apuntaba ya, aunque en menor medida, en El lago de Carucedo: «El cielo estaba cubierto de pardas nubes, el aire caliente y espeso. […] Otra no menor tempestad, empero, rugía en el alma del desdichado» (p. 248).

[2] Además de Azorín, El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Espasa-Calpe, 1943, puede consultarse el artículo de Benito Varela Jácome, «Paisaje del Bierzo en El señor de Bembibre», Boletín de la Universidad de Santiago de Compostela, año 1947, núms. 49-50, pp. 147-162.

[3] Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 30.

[4] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 21. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«El astrólogo fingido» de Calderón: datación y argumento

El astrólogo fingido es una pieza primeriza de Calderón (dataría, según Hilborn, de 1624-1625), publicada en la Parte veinte y cinco de comedias recopiladas de diferentes autores e ilustres poetas de España (Zaragoza, 1632, con licencia de 15 de marzo de 1632). La obra alcanzó un considerable éxito y conoció varias ediciones y adaptaciones en distintos idiomas[1].

El astrologo fingido, de CalderónEl argumento puede resumirse así: don Juan, que ha servido dos años a doña María obteniendo tan solo desdenes de ella, decide marchar a las guerras de Flandes para que una bala enemiga acabe con su vida; sin embargo, en el momento de la despedida, la dama le confiesa que corresponde a su amor. Entonces el galán decide quedarse en Madrid, escondido en casa de un amigo. Otro galán, don Diego, también ama a doña María y, enterado del secreto de la pareja, se decide a hablar atrevido a la dama. Para explicar cómo está enterado de la presencia del rival en Madrid, don Diego tiene que fingir —con ayuda de su criado Morón, que es quien traza la industria— que es un famoso astrólogo y que posee la facultad de ver las cosas más escondidas.

Esta ficción va a dar lugar a mil enredos y confusiones (hay también otras intrigas amorosas secundarias: don Juan-doña Violante, don Carlos-doña Violante…). La fama del falso astrólogo se extiende como un reguero de pólvora por la Corte, ansiosa de novedades. Al final, el simpático embustero habrá de reconocer la falsedad de sus conocimientos astrológicos y quedará desengañado, perdiendo a la dama por cuyo amor luchaba (la comedia, en efecto, acaba con el anuncio de la boda de doña María y don Juan). Toda la obra es un continuo sucederse de burlas, engaños y fingimientos; como resume don Juan, «De un engaño salieron mil engaños» (p. 159a); además, los personajes se mienten constantemente los unos a los otros y ninguno guarda los secretos que se les van confiando.


[1] Ver Max Oppenheimer, Introducción a Pedro Calderón de la Barca, The Fake Astrologer. A Critical Spanish Text and English Translation, New York, Peter Lang, 1994, pp. 7-11 para las ediciones; y pp. 26-36 para las adaptaciones. Citaré la obra por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011 (quien aborda el asunto de la fecha de composición en las pp. 11-12 de su introducción).

La naturaleza en la novela histórica romántica (2)

También Juan Cortada y Sala da entrada en sus novelas al regionalismo; así, en El templario y la villana con algunas descripciones del paisaje catalán (en las pp. I, 86; II, 89; II, 91-92) y de los elementos tópicos del decorado romántico como la noche y la luna (I, 50; II, 5-6), la tristeza del ocaso (I, 88-89), la melancolía de la naturaleza en paralelo con la de los corazones (II, 108), la llegada de la primavera coincidiendo con los momentos de esperanza para los amantes (II, 169). Y en La heredera de Sangumí, la tormenta (p. 1206), el paisaje en primavera (p. 1250), la noche en calma (p. 1258), la luna (p. 1161; y, al final de la novela, como testigo de la muerte de los dos amantes, Gualterio[1] y Matilde, y del suicidio del paje Ismael).

Sancho Saldaña de Espronceda es quizá la novela en que con más frecuencia se muestra la naturaleza en relación con los sentimientos de los personajes; es muy frecuente mostrar la calma del paisaje frente a la desesperación de la vengativa Zoraida, cegada por el despecho de Saldaña y por sus celos de Leonor. Citaré dos pasajes, uno para ejemplificar este aspecto y otro en que el narrador hace referencia expresamente a esa oposición:

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. […] Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla (p. 557).

Entre tanto, la mañana despuntaba ya en el Oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitasen en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío (p. 584).

Además de la naturaleza en calma, de las noches serenas, de la presencia de la luna, abundan en esta novela las descripciones de tempestades, coincidiendo con los momentos en que se desatan las pasiones más violentas de los protagonistas (celos, odio, venganza).

The_Shipwreck, de Turner

Pero el testimonio más interesante, por lo que tiene de romántico, es el de un trovador que se extasía admirando la hermosura de una descomunal tormenta:

El poeta, entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillantes como las armas de mil guerreros, ya imaginaba en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso (p. 534)[2].


[1] Además de tratarse de un nombre que «suena» a Edad Media, ¿será este personaje, protagonista de la segunda novela de Cortada, un pequeño homenaje al maestro Walter Scott?

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Algunas interpretaciones del episodio de Clavileño

Carlos Orlando Nállim, quien considera que el fantástico vuelo del caballo de madera es «burla para los duques, sus allegados y sirvientes, alado encantamiento para el héroe y su escudero, divertido entretenimiento para los lectores»[1], destaca la existencia de dos narradores, el principal y el propio Sancho, que es quien se apodera al final de la historia de Clavileño:

Prácticamente toda la «historia» del caballo Clavileño le pertenece a Sancho. Él imagina, él habla y los demás atentamente están escuchando una nueva obra de arte literario, que se funda en la larga tradición del caballo, del caballo volador. Nueva obra de arte con la que culmina jocosa y espléndidamente tal tradición multisecular[2].

ClavileñoY especialmente me interesa la interpretación de este episodio ofrecida por Augustin Redondo[3], quien analiza en clave carnavalesca todo el episodio de la dueña Dolorida (II, 38-41), enlazándolo además con lo que él denomina una «tradición cazurra» de corte erótico. Redondo destaca el abigarramiento carnavalesco, las inversiones paródicas y la degradación del universo caballeresco que operan en el conjunto de las burlas que idean los Duques en su palacio y que sufren «el cuaresmal Caballero de la Triste Figura y su rústico y carnavalesco escudero». El crítico francés explica muy bien el sentido de la parte final de la historia de Clavileño, que torna en burlados a los burladores iniciales:

Este festivo ambiente carnavalesco es el que impera en todo el episodio y aparece especialmente en las jocosas intervenciones de Sancho […]. Sancho cuenta socarronamente lo que ha observado durante el fingido viaje aéreo y los duques no pueden contradecirle porque sería revelar la realidad de la burla que el escudero y su amo han sufrido. De tal modo, es Sancho quien domina la situación. Invierte las relaciones entre burladores y burlados. Es él quien triunfa, él quien impone su punto de vista y se burla descaradamente, a su vez, de los aristócratas, que tienen que aguantarse[4].

No deja de ser significativo —añade— que los colores de las cabrillas que menciona Sancho sean precisamente los colores simbólicos de la locura. En ese contexto de «mundo al revés», la risa carnavalesca escarnece a todos: «las burlas se vuelven en veras y los burladores se hallan burlados», como dirá el mayordomo en el capítulo II, 49.


[1] Carlos Orlando Nállim, «Clavileño. La tradición en una nueva obra de arte», en Melchora Romanos (coord.), Alicia Parodi y Juan Diego Vila (eds.), Para leer a Cervantes. Estudios de literatura española Siglo de Oro, vol. I, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1999, p. 84. Y luego añade: «Los Duques elaboraron un plan para divertirse. El resultado ante la reacción de don Quijote y Sancho ha hecho que se pierda la línea divisoria entre ficción y realidad. Lo que para los Duques había sido una ficción para don Quijote y Sancho es una realidad. Es que de alguna manera, de pronto, la mentira y la verdad, la locura y la cordura, la ficción y la realidad se incluyen en un mundo que como el del Quijote se escapa a nuestro entendimiento lógico» (p. 96).

[2] Nállim, «Clavileño. La tradición en una nueva obra de arte», p. 98.

[3] Augustin Redondo, «De don Clavijo a Clavileño: algunos aspectos de la tradición carnavalesca y cazurra en el Quijote», Edad de Oro, III, 1984, pp. 181-199.

[4] Redondo, «De don Clavijo a Clavileño…», p. 190.