Algo más sobre Cide Hamete Benengeli

Cide Hamete BenengeliCon respecto a Cide Hamete Benengeli, se han barajado múltiples interpretaciones relativas a su «identidad»[1]. El primero que da una etimología popular es el propio Sancho, quien en II, 2 deforma el nombre en Cide Hamete Berenjena y comenta que «por la mayor parte he oído decir que los moros son amigos de berenjenas» (p. 645). Dejando aparte esta explicación jocosa, los estudiosos han añadido hipótesis numerosas y diversas; así, algunos interpretan el nombre de esta manera: Cide (Señor) Hamete (que más alaba al Señor) Ben-engeli (hijo del Evangelio); otros, en cambio, creen ver en Cide Hamete Benengeli un anagrama casi perfecto de Miguel de Cervantes; otros encuentran en tal nombre una alusión a la comedia El Hamete de Toledo de Lope de Vega; otros lo vinculan con el término bengerinel, ‘hijo de Miguel’… Hay, en fin, muchas otras propuestas[2]. Sea como sea, coincido con Márquez Villanueva cuando señala que Cide Hamete es

el foco cristalizador de la estructura narrativa del Quijote. Tangible y evanescente a la vez, se halla dotado, igual que Dulcinea, de un ser literario que lo sitúa un escalón por encima y un escalón por debajo del plano «real» de la novela[3].

En fin, se podría concluir esta entrada señalando con Jean Canavaggio que Cide Hamete es «la más fascinante de las máscaras inventadas por Cervantes para disimularse y excitar así nuestra curiosidad»[4].


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Ver Santiago López Navia, «El autor ficticio Cide Hamete Benengeli en el texto del Quijote», en La ficción autorial en el «Quijote» y en sus continuaciones e imitaciones, Madrid, Universidad Europea-Cees Ediciones, 1996, pp. 43-151.

[3] Francisco Márquez Villanueva, «Fray Antonio de Guevara y Cide Hamete Benengeli», en Fuentes literarias cervantinas, Madrid, Gredos, 1973, p. 254. Más detalles y una bibliografía más completa sobre este aspecto en Santiago López Navia, La ficción autorial en el «Quijote» y en sus continuaciones e imitaciones, Madrid, Universidad Europea-Cees Ediciones, 1996.

[4] Jean Canavaggio, «Vida y literatura: Cervantes en el Quijote», estudio preliminar en Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, p. XLVI.

Disfraces y cambios de nombres en la novela histórica romántica

Para ocultar la personalidad de los personajes se recurre frecuentemente al empleo de disfraces[1], lo que les permite escapar de alguna prisión o entrar sin peligro en terreno enemigo. Estas novelas están pobladas de «incógnitos», caballeros las más de las veces a los que, por distintas razones, no interesa darse a conocer en un torneo, en una batalla o en la corte, hasta que se produzca la anagnórisis, que tendrá lugar en el último momento —pues como señala un personaje de Walter Scott en El corazón de Mid-Lothian, «el final de la incertidumbre es la muerte del interés»—. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el noble Pedro Martínez de Oyan-Ederra, que vive como un proscrito bajo el nombre de Azeari (en Don García Almorabid).

En algunas obras, hay verdaderos especialistas en el arte de trocar un disfraz por otro (así, el criado Chato en El golpe en vago); ni siquiera los reyes escapan a la tentación de vestirse un disfraz (en La campana de Huesca, el rey Ramiro se disfraza de monje para visitar al abad sin ser reconocido). No son frecuentes, aunque alguno hay, los casos de mujeres disfrazadas de varón (en Amor y rencor, Juana viste unas armas negras para pelear, al lado de su amado, contra sus propios hermanos, en el combate en que se va a decidir su suerte).

Amaya o los vascos en el siglo VIIIEn ocasiones, no es el uso de disfraces, sino la utilización de nombres distintos para un mismo personaje lo que produce la identificación tardía del mismo (en Amaya, de Navarro Villoslada, el vasco Asier, el judío Aser y el godo Eudón resultan al fin la misma persona). En general, cuanto más folletinesca es la novela, más se abusa de esos recursos de ocultación de la personalidad. Es lo que ocurre, entre las novelas examinadas, con Bernardo del Carpio y Edissa; en esta última la trama se complica de forma exagerada: el malvado Eliasib, también llamado Aialah, y que después responderá por el nombre de Pablo, mata a Teonila, que en realidad no es Teonila, sino su hija Miriam; Eliasib tiene otra hija llamada Judit, pero en la novela utiliza el nombre de Edissa; todo esto nos lo cuenta un ermitaño, que al final no es tal, sino una mujer llamada Maliba, esposa de Eliasib y madre de las dichas Miriam y Judit. En fin, todo un enredo[2].


[1] En Ivanhoe, los soldados normandos se disfrazan de sajones para raptar a lady Rowena; Wamba entra al castillo disfrazado de abad y cambia el hábito por las ropas de su señor Cedric para que este pueda escapar.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«Romance viejo de la madre nueva», de Antonio y Carlos Murciano

¡Feliz Año Nuevo!
Ojalá que el 2014 nos traiga a todos Paz, Amor y Felicidad…

Nacimiento de Cristo

Para todos los lectores y amigos del blog, va dedicada esta composición de los hermanos Antonio y Carlos Murciano, grandes especialistas en poesía navideña, que trata de Santa María, Madre de Dios:

Romance viejo de la madre nueva

(Lc 2, 1-8)

Camina la blanca niña
por los campos de Belén,
camina que te camina,
camino de ser mujer.
Detrás la sigue el esposo,
ciego ya de tanto ver;
delante, la leve huella
del ángel de Nazareth.
En un establo en ruinas
se han venido a guarecer.
Virgen se estaba la niña,
intacta su doncellez:
varón que la mancillase
no viera el mundo nacer.
En el cristal de sus ojos
se copia un breve doncel;
en los sus labios un nombre
se multiplica por tres;
en los sus pechos floridos
cantan la leche y la miel
y en el su vientre sin mancha
comienza el amanecer[1].


[1] Incluido en la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 75.

Un «Retablillo navideño en tres cuadros» de Pedro García Merino

Pedro García Merino (Mélida, 1908-Pamplona, 1977) compuso un Retablillo navideño en tres cuadros, subtitulado Nochebuena en la Ribera. Incluye voces riberas y está lleno de gracia y salero, como comenta Víctor Manuel Arbeloa:

El Retablillo vuelve a la larga tradición de las églogas castellanas, donde los pastores son las voces del pueblo, que piensa, habla y ríe como ellos[1].

Los personajes son el señor Juan (pastor viejo), el Repatán primero y segundo, y las señoras Inés, Lucía, Graciosa y Nicereta. El señor Juan les anuncia la profecía del próximo nacimiento de un Niño; cuando eso suceda, todo será felicidad en el mundo (va enumerando una serie de sucesos positivos que tendrán lugar: habrá paz, alegría, comida en abundancia para todos…).

El nacimiento de Cristo, por Lorenzo Costa

El Repatán segundo le replica:

—Una cosa le discuto:
dice usté quiabrá tocino.
¿Pues no es preceto divino
no comer carne de cuto?

A lo que responde el señor Juan:

—Eso es ley de Moisén,
pero en la nueva ordenanza
se podrá comer matanza
y longaniza tamién.

Pero, además de estas bromas a propósito de la comida, hay lugar asimismo en el Retablillo para los pasajes líricos. Por ejemplo, en el cuadro tercero, las mujeres y los pastores se acercan al portal y dedican al Niño estos bellos piropos:

—Precioso, rico, clavel…
—Majico, guapo, salero…
—Florecica del romero…
—Lirio, gotica de miel…


[1] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 45.

Esquema de las voces narrativas del «Quijote»

En un segundo nivel de enunciación nos encontramos con un narrador-segundo autor que narra basándose en la lectura previa de fuentes diversas, que constituyen el tercer nivel de enunciación. Dentro de esas fuentes, existe una que se va a convertir en la fundamental a partir de I, 9, como he señalado en la entrada anterior: la de Cide Hamete, que es accesible merced a una traducción.

Cide Hamete Benengeli

En esquema, combinando todos los factores mencionados, tendríamos el siguiente esquema de las voces narrativas del Quijote:

DON QUIJOTE, SANCHO Y LOS DEMÁS PERSONAJES
(diálogos, monólogos, discursos…)

NARRADOR-SEGUNDO AUTOR
(narración que se basa en la pesquisa de materiales)

AUTORES VARIOS
(fuentes, anales de la Mancha y Cide Hamete Benengeli)

CIDE HAMETE BENENGELI
(autor identificado: historiador arábigo, pero ¿verdadero o mendaz?)

TRADUCTOR

(morisco aljamiado que hace de mediador)

AUTOR FINAL
(Cervantes, «padrastro» de don Quijote y del Quijote)

Como podemos apreciar, este complejo esquema —que aquí he perfilado tan solo en sus líneas esenciales— nos habla de una narración sumamente compleja, en la que muchas veces entra en juego la ambigüedad (historia / ficción, verdad / mentira…), el multiperspectivismo narrativo, el distanciamiento del autor real, Cervantes, con relación a la materia narrada y sus personajes, etc. Este carácter metanarrativo (la narración habla de la narración) es un aspecto de enorme modernidad que ha generado abundante bibliografía.

La ocultación de la personalidad de algún personaje en la novela histórica romántica

Historia de Gabriel de EspinosaEs este un rasgo frecuentísimo, presente en la mayoría de las novelas históricas románticas españolas[1], y resulta imposible consignar aquí todos los casos. Señalaré solamente algunos a modo de ejemplo: así, en Ni rey ni Roque de Escosura ese misterio en torno a la identidad de los personajes es la incógnita central de la novela, pues Gabriel no se comporta como un simple pastelero, y cabe la posibilidad de que sea el rey de Portugal, don Sebastián, desaparecido en la batalla de Alcazarquivir. Por su parte, en Sancho Saldaña de Espronceda, la supuesta «maga» no es sino Elvira, que vive como ermitaña.

Abundan los casos de personajes de origen incierto que al final resultan ser nobles: Bernardo del Carpio es hijo de la infanta doña Jimena y de Sancho de Saldaña; en El lago de Carucedo, María y Salvador llegan a saber que son nobles de nacimiento, aunque la marca de bastardía ha llevado a los padres a ocultar su condición; en Doña Blanca de Navarra, Jimeno se cree hijo de unos labradores judíos, pero al final se descubre que es hijo del rey aragonés Alfonso el Magnánimo; en Doña Urraca de Castilla, Ramiro, el tímido pajecillo del obispo de Santiago, es en realidad hijo del rico-hombre de Altamira, don Bermudo de Moscoso. En Sancho Saldaña es Usdróbal quien no conoce a sus padres y, aunque vive entre bandoleros, hay algo dentro de él que le hace hablar y comportarse siempre con nobleza; sin embargo, en este caso no se nos aclara al terminar la novela su misterioso origen[2].


[1] En la de Walter Scott, Wilfrido de Ivanhoe se presenta primero como un peregrino desconocido; después aparece haciéndose llamar en el torneo el Caballero Desheredado. De la misma forma, el rey Ricardo recibe los nombres de el Caballero Negro, el Negro Haragán o el Caballero del Candado. Solo más adelante se producirá la anagnórisis. Otro personaje que utiliza nombres distintos es Roberto Locksley, también llamado Dick el arquero, pero más conocido como Robín Hood.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Cide Hamete Benengeli y la técnica de los «papeles hallados» en el «Quijote»

Cide Hamete BenengeliY, así, desde este punto del capítulo I, 9, la única fuente será este texto de Cide Hamete Benengeli[1]; va a ser, por tanto, un historiador arábigo quien cuente la historia de un caballero cristiano, lo que no deja de ser irónico: para un cristiano de aquella época, todo lo relacionado con el mundo musulmán presentaba connotaciones negativas; en concreto, los árabes tenían fama de mentirosos, de ahí que el origen arábigo del historiador de los hechos de don Quijote pudiera resultar altamente sospechoso en punto a su veracidad. Este será un aspecto puesto de relieve por el propio don Quijote en la II Parte, cuando se entere de quién es el sabio que cuenta sus aventuras:

… desconsolóle pensar que su autor era moro, según aquel nombre de Cide, y de los moros no se podía esperar verdad alguna, porque todos son embelecadores, falsarios y quimeristas. Temíase no hubiese tratado sus amores con alguna indecencia que redundase en menoscabo y perjuicio de la honestidad de su señora Dulcinea del Toboso; deseaba que hubiese declarado su fidelidad y el decoro que siempre la había guardado… (II, 3, p. 646).

En definitiva, el hallazgo de estos papeles permite al narrador o segundo autor reanudar la aventura interrumpida del vizcaíno, y contar, mediando la traducción, todas las que vienen después, incluidas las de la Segunda Parte. Recordemos que el capítulo primero del Quijote de 1615 comienza con estas palabras:

Cuenta Cide Hamete Benengeli en la segunda parte desta historia, y tercera salida de don Quijote, que el cura y el barbero se estuvieron casi un mes sin verle… (p. 625).

Esta técnica de los «papeles hallados» era un recurso habitual en las novelas de caballerías, y su utilización por parte de Cervantes es un aspecto más de la parodia de tales obras. Sin embargo, aquí pasa a formar parte de un entramado narrativo mucho más complejo que tiene rasgos de plena modernidad. En efecto, en el Quijote se manejan, como vamos viendo, distintos niveles de enunciación. Tenemos por un lado a los personajes que se comunican a través de diálogos (forma predominante en esta novela), monólogos y discursos. A su vez, desde el nivel de los personajes, don Quijote, conocedor del género caballeresco, sabe que todo caballero debe tener un sabio historiador que cuente sus hazañas. Recordemos el célebre pasaje en el que, tras salir de casa, imagina cómo se contará su historia:

Yendo, pues, caminando nuestro flamante aventurero, iba hablando consigo mesmo y diciendo:

—¿Quién duda sino que en los venideros tiempos, cuando salga a luz la verdadera historia de mis famosos hechos, que el sabio que los escribiere no ponga, cuando llegue a contar esta mi primera salida tan de mañana, desta manera?: «Apenas había el rubicundo Apolo tendido por la faz de la ancha y espaciosa tierra las doradas hebras de sus hermosos cabellos…» (I, 2, p. 46).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La reaparición de personajes supuestamente muertos en la novela histórica romántica

Caballero muertoLa muerte aparente de algún personaje es recurso muy repetido en la novela histórica romántica española[1]: en La conquista de Valencia por el Cid, Elvira cree que ha muerto el Caballero del Armiño al ver una cabeza cortada que lleva su casco; en El lago de Carucedo, Salvador cree que María ha muerto y viceversa; en El señor de Bembibre Beatriz da por muerto a Álvaro al serle presentadas la trenza y la sortija que ella le había dado; en realidad, se le ha hecho pasar por muerto gracias a un somnífero[2], que es lo que ha engañado a su escudero; en Bernardo del Carpio parece que María y el ermitaño han muerto devorados por los lobos al ser encontrados unos vestidos ensangrentados; en El doncel, algunos personajes quieren hacer creer que ha muerto doña María de Albornoz.

Usdróbal, personaje de Sancho Saldaña al que se daba por muerto en una emboscada, reaparece en el duelo, de incógnito. Zoraida, a la que también se creía muerta, regresa al final en la ceremonia de boda para matar a Leonor. En la novela de Trueba, Rodrigo piensa que ha matado a Gómez Arias, pero como la pelea ha tenido lugar a oscuras, quien ha caído ha sido Roque; después, Teodora observa un cadáver colgado, que cree de Gómez Arias, pero en realidad es el de Rodrigo[3].


[1] En Ivanhoe se produce la «resurrección» de Athelstane, caído en un combate, aunque sin heridas de importancia, y que reaparece, para sorpresa de todos, mientras se está celebrando su funeral.

[2] Y en El golpe en vago se suministra un somnífero para que pase por muerta… a una mula; se trata de una clara burla de este recurso tópico (ver p. 925).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El «Quijote»: la «historia de la narración» (y 2)

Otro hito importante para desentrañar la compleja construcción narrativa del Quijote lo encontramos al final del capítulo octavo, cuando queda suspendida la aventura del vizcaíno[1]: don Quijote y el escudero están peleando y el capítulo termina cuando ambos están con las espadas en alto, sin que se narre el desenlace.

Combate de don Quijote con el vizcaíno

Este recurso suspensivo, que ya había sido utilizado por Ercilla en La Araucana, cobra aquí un valor especial, pues el narrador confiesa que se le ha acabado el material, es decir, no puede contar al lector el resultado final de esa aventura porque no tiene una fuente que se lo detalle. Leemos ahí:

Pero está el daño de todo esto que en este punto y término deja pendiente el autor desta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito destas hazañas de don Quijote, de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor desta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha, que no tuviesen en sus archivos o escritorios algunos papeles que deste famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin desta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte (II, 8, p. 104).

En efecto, en el capítulo noveno el narrador, que se ha declarado segundo autor, cuenta las peripecias que vive para encontrar la continuación de la aventura. Se nos ofrece, por tanto, la historia de la narración, cuyo «personaje» es este segundo autor. Estamos, por tanto, ante un narrador-lector que va a contarnos la historia de las pesquisas llevadas a cabo por él para hallar la continuación de los hechos de don Quijote:

Causóme esto mucha pesadumbre, porque el gusto de haber leído tan poco se volvía en disgusto, de pensar el mal camino que se ofrecía para hallar lo mucho que a mi parecer faltaba de tan sabroso cuento (I, 9, p. 105).

Afortunadamente, el narrador encuentra un día por casualidad, en el Alcaná de Toledo, un cartapacio con diversos papeles escritos en árabe que, a la postre, resultarán ser la historia de don Quijote. Por desconocer el idioma, este segundo autor debe recurrir a un morisco aljamiado para que le traduzca tales documentos. Es entonces cuando, al sentir las risas del traductor, descubre gustoso que ha encontrado lo que andaba buscando:

Preguntéle yo de qué se reía, y respondióme que de una cosa que tenía aquel libro escrita en el margen por anotación. Díjele que me la dijese, y él, sin dejar la risa, dijo:

—Está, como he dicho, aquí en el margen escrito esto: «Esta Dulcinea del Toboso, tantas veces en esta historia referida, dicen que tuvo la mejor mano para salar puercos que otra mujer de toda la Mancha».

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo ansí, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo (p. 108).

[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

«Pastoral de Navidad» (1942) de Genaro Xavier Vallejos

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Hoy en Belén de Judá
os ha nacido el Salvador.» 

En Pastoral de Navidad —obra que ha sido representada durante varios años en Sangüesa por la Agrupación «Misterio de Reyes»— Genaro Xavier Vallejos retoma algunos personajes del libro anterior: Pola, Luperca, la Garula… Se trata de un Poema escénico que se estrenó en Madrid en 1942. En el prólogo, el sacerdote sangüesino explica que introduce en su obra varios anacronismos —es decir, referencias que no corresponden al tiempo y al lugar histórico real de los hechos— para dar mayor fuerza emotiva y evocadora a su obra, porque el misterio del Verbo encarnado es de todos los siglos. Cito:

Para él no hay ni ayer ni hoy, mientras exista esta medida del tiempo. […] Diariamente nace Cristo entre nosotros.

Nacimiento de Cristo

Como se trata de un hecho universal, el escritor localiza la acción en un lugar cercano, e introduce diversas referencias a las costumbres y a la forma de hablar de su localidad natal y de la zona (así, alude a las alubias de Sangüesa, a las ollas fabricadas en Lumbier…).

La obra se divide en seis cuadros: «La Anunciación», «La Visitación», «Camino de Belén», «Belén», «Nacimiento» y «Adoración de los Reyes». En el primero se oyen cañonazos y el tableteo de ametralladoras (este es uno de esos anacronismos de que hablaba antes, porque obviamente tales armas no existían en la época). «¿Hasta cuándo la miseria, y el odio, y el dolor, y las lágrimas?», se pregunta una voz, porque reina en el mundo una noche oscura, de sangre y guerras. Parece que Vallejos hubiera escrito estas palabras en nuestros días. Sin embargo, algo va a cambiar: el ángel Gabriel viene a anunciar a María la concepción y el nacimiento del Salvador; la luz que en ese momento se hace en el escenario simboliza la pronta llegada de Cristo, que será la Luz de los hombres.

El cuadro segundo describe «La Visitación» de la Virgen a su prima Isabel. En el tercero, «Camino de Belén», la acción se traslada a una posada, donde aparecen simpáticos personajes populares: Pola, Luperca, Taratoles y su nieto Peli, que piden alojamiento por caridad… Tras las riñas y discusiones de Luperca y Pola, se oyen unos bellos versos que alguien canta en el campo:

Alma, ya vienen
llamando a tu puerta.
Alma, date prisa,
que la hallen abierta.
Que la hallen abierta,
que la noche es fría.
¡Alma, si supieras,
qué pronto abrirías!

Cuando llegan la Virgen María y San José se encuentran con el «No hay posada» de la poco caritativa Pola, enfadada porque se imaginaba unos huéspedes más ricos. El cuadro se resume en estos cuatro versos finales:

Solitos vinieron,
solitos se van.
La noche está helada.
¿Quién les abrirá?

En el cuadro cuarto, «Belén», vuelven a aparecer esos mismos personajes del pueblo: María Sarmiento, Luperca, María la de la panadería, Agapita, la Garula, Pedro Matú y Manasén, quienes murmuran y cotillean en las ventanas de sus casas. María y José llaman a sus puertas, pero nadie les abre.

No hay posada...

El cuadro quinto se titula «Nacimiento»; un coro de ángeles anuncia a los pastores la Buena Nueva de la llegada del Mesías, y siguen unas coplas de Taratoles y el alegre villancico de la Pastora:

Caminitos del monte,
caminitos en flor.
¿Quién ha ido a contaros
que nacía el Señor?

[…]

Todo es paz en el mundo.
Todo vuelve a nacer
por la gracia de un Niño
que os nació en Belén.

Diversos personajes van entrando en una danza festiva, según son nombrados en el villancico, y al final la Virgen María eleva al Niño como una hostia.

Niño Jesús en la Hostia

En fin, el cuadro sexto representa la «Adoración de los Reyes». Luperca y Pola, ya reconciliadas, acuden al portal, invadidas por la alegría, bailando y cantando:

A Belén, pastores,
que el Rey celestial
ha nacido anoche
en un pobre portal.

Ahora «Todo está cambiado» tras el nacimiento del Niño-Dios y los distintos personajes vienen a adorarlo, al tiempo que Taratoles entona una canción de cuna que comienza:

Duérmete, Niño,
duérmete ya,
no tengas prisa
por despertar.

Gracias al tratamiento humano que les da Genaro Xavier Vallejos, esos personajes humildes que han sido testigos del Nacimiento de Jesús —Pola, Luperca, Taratoles, Peli, los pastores…— se hacen muy cercanos al espectador o al lector de esta Pastoral de Navidad, y con ellos también ese misterio de la Natividad del Salvador del Mundo, según era la intención del escritor.

Escuchad, hermanos, una gran noticia:
«Gloria en los cielos a Dios
y en la tierra al hombre paz.»