Los cuentos de José María Sanjuán: «El silencio está lleno de ruidos»

«El silencio está lleno de ruidos» (pp. 97-106)[1] comienza con una nota de luminosidad, que estará presente a lo largo de todo el relato, como un leitmotiv: «Blanco. Todo era, aproximadamente, blanco. Las paredes, las sábanas, la luz delgada y suave que se filtraba por los ventanales» (p. 99). El matador y su mozo de espadas Juan esperan.

Torero vistiéndose de luces

En estilo «indirecto libre», el narrador presenta los pensamientos y temores del matador, que ve y oye cosas que su compañero no. De nuevo Sanjuán sabe captar con finura y maestría la angustia de esas horas de tensa espera del maestro en su habitación del hotel, antes de la corrida:

Se dejó caer en la cama y estiró bien las piernas. Otra vez el vacío, aquel espeso silencio. Pero en el fondo del silencio creía escuchar los ruidos de pisadas, de voces, de canciones que subían en espiral desde la calle y luego se metían en la habitación con la luz blanca y finísima (p. 103).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Clavileño y la burla a Otáñez: la relación entre ambos episodios y su función

Las coincidencias entre ambos episodios no se refieren solo a la estructura general (persona o personas engañadas para realizar un falso vuelo mágico en un caballo de madera), sino también a pequeños detalles, como por ejemplo el hecho de que ambas escenas ocurran en un jardín —el de los Duques, el de Leonardo— en la oscuridad de la noche (o de la tarde-noche). En ambas obras, el episodio del vuelo mágico se inserta en un contexto general de burla (burlas en el palacio ducal, burlas constantes en El astrólogo fingido). La función de ambos pasajes es parecida, aunque con matices.

En el caso del Quijote, los agentes de la burla son los Duques y sus acompañantes, guiados por el insano afán de reírse a costa de sus curiosos huéspedes, don Quijote y Sancho. En la obra de Calderón, la burla a Otáñez prepara el desenmascaramiento del falso astrólogo don Diego; la credulidad del montañés, corto de mollera y de genio —puede decirse que es el único personaje que no engaña a nadie; Sancho, también rústico, le aventaja sin embargo por su clarividente sentido común—, es total y queda absolutamente convencido de que ha volado hasta su región natal aunque no se haya movido un centímetro del banco donde lo atara Morón (nótese que aquí la burla ocurre entre dos criados, entre dos agentes primarios de la comicidad). En cambio en el Quijote Sancho no se traga el anzuelo de la engañifa, en modo alguno se cree la linda patraña de Clavileño, y al final se burlará socarronamente de quienes quisieron burlarlo; el episodio sirve para desenmascarar el cruel juego de los Duques, quienes no pueden revelar la verdad: que el vuelo mágico ha sido en realidad una farsa bien orquestada. También don Diego, el falso astrólogo, es de alguna manera un burlador burlado, porque al final de la obra sus embelecos resultan castigados.

Clavileño

La reminiscencia del episodio de Clavileño de El astrólogo fingido es, sin duda alguna, un guiño y un homenaje a Cervantes por parte de Calderón, que aprovecha magníficamente las posibilidades dramáticas y espectaculares que le brindaba el episodio narrativo. Los dos autores supieron plasmar genialmente en sus respectivas creaciones el gran problema barroco —y universal— del choque entre el mundo de la realidad y el de la ficción, la verdad y la mentira, lo que es y lo que parece ser (lo que Oppenheimer llamó «el tema de la realidad oscilante»[1]). El juego, el fingimiento, los equívocos y la burla son en ambos casos los ejes fundamentales del enredo, y así, no extrañará que uno de los personajes calderonianos, Quiteria, advierta a doña Violante: «Tus desengaños verán / que todo es mentira y juego» (p. 145b)[2].


[1] Ver Max Oppenheimer, «The Burla in Calderón’s El astrólogo fingido», Philological Quarterly, vol. XXVII, number 3, 1948, pp. 246.

[2] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Una lluvia suave y pegajosa»

En «Una lluvia suave y pegajosa» (pp. 85-95)[1], Chavito y Macario (un picador viejo, apodado Pegajoso) comentan el tiempo: parece que esa tarde va a llover, lo que supone un mal presagio, porque la última cornada la recibió el picador precisamente en un día de lluvia. Pasan el tiempo hablando con un representante de colonias, hasta que llega la hora de la corrida, en la que muere Macario: «Su cara estaba roja de ira, cubierta de lágrimas. Y de lluvia. De una lluvia caliente y suave que se le pegaba a la piel» (p. 95).

Picador herido

El mal presagio, esa lluvia suave y pegajosa a que aludía el título, ha traído consigo, en efecto, la estela de la muerte y la desgracia para el viejo picador Pegajoso.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: el desenlace

BancoY llegamos por fin al desenlace: don Antonio descubre a Otáñez atado y Leonardo se sorprende de este «encanto» (se pregunta si es su jardín el de Falerina). Morón dice que el hombre atado es Otáñez, y por lo bajo añade: «Mi burla / vino a salir excelente» (p. 161b[1]; aunque ninguna acotación lo explicita, seguramente ha aprovechado el rato en que Otáñez permanecía con los ojos vendados para robarle el dinero). El rústico montañés, feliz, cree que se halla en su patria: «Ya he llegado. ¡Oh patria mía, / deja que tu tierra bese / agradecido! ¡Qué bien / conozco yo estas paredes! / En fin, nací aquí» (p. 161b). Acto seguido se sorprende de ver en las Montañas a su señor Leonardo, quien le replica: «Muy a propósito ofreces / una burla a tantas veras» (p. 161b). Morón, motejándolo de tonto («figurilla de bufete»), le explica que está en Madrid, y el criado queda corrido: «Por Dios / que es verdad. ¡Jesús mil veces!» (p. 161b).

La culminación de esta burla precede, en fin, a la resolución de todas las demás, es el colofón final a una obra presidida por completo por la burla y el engaño, y pone de manifiesto que es hora de dejar definitivamente las burlas para pasar, en el desenlace, a las veras.


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El triunfador»

Éxito(A mi padre, Amancio, que hoy cumple años.)

El quinto cuento de El ruido del sol, «El triunfador» (pp. 69-83)[1], está protagonizado por Rafael, un torero que, tras mucho intentarlo, ha conseguido llegar a lo más alto del escalafón. Desde el principio se irán repitiendo las alusiones a su triunfo: «Todo es sencillo. Se triunfa y luego puede uno beber, reír y amar» (p. 71); «Era el triunfador, no cabía duda» (p. 73); «Y él bebía feliz y tranquilo porque era el triunfador y no tenía que dar explicaciones a nadie» (p. 73).

En una fiesta en su honor se le insinúa María, la mujer de Willy, el dueño de la casa. El narrador, que adopta el punto de vista de su protagonista, indica: «Ahora era un señor, un caballero. Y rico, además. Era un triunfador» (p. 73; y todavía hay nuevas alusiones a su triunfo en las pp. 74, 78 y 80-81). La mujer le propone que vayan juntos a París. Pero él es el triunfador, y desprecia a los que se le acercan ahora, al calor de su prestigio recién adquirido y de su dinero. El final del relato remacha esa idea:

Seguramente, hace cinco años, cuando empezaba había caído por aquí buscando ayuda. Y no la encontró. Le despreciaron. Y ahora se habían cambiado las cosas. Él era un triunfador. Solamente esto (p. 83).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: el vuelo mágico

Ya en la escena final de la obra de Calderón, «Sale Otáñez, muy galán, con botas y espuelas» (se trata, por supuesto, de una galanura ridícula), muy ufano y muy impaciente, como muestra su parlamento:

¡Adiós, Madrid! Desta vez
no pienso volver a verte,
que va a buscar buena muerte
quien tuvo mala vejez.
¿Habrá cosa más extraña
que, viéndome anochecer
en Madrid, amanecer
en medio de la Montaña?
Este fuera buen estilo,
aunque costara dineros,
por no tratar con venteros.
¿Si serán las ocho en hilo?
¿Cómo no viene Morón?» (p. 160a) [1].

Llega, sí, Morón y pondera: «¡Qué cabalgadura os tengo!», al tiempo que se introduce una broma sobre los «mozos de diablos», que existen igual que los «mozos de mulas». Entonces Morón le da las últimas instrucciones:

                          Prevengo
que aunque mucho ruido oigáis
de voces muy lastimosas,
confusiones u otras cosas,
ni os turbéis ni lo temáis.
En llegando, os quitarán
los cordeles con extraña
presteza, y en la Montaña
muy contento os dejarán,
muy alegre y descansado (p. 160a).

Otáñez le pregunta qué mula tendrá y Morón responde, con nuevas bromas, que es «un sastre / antiguo, que ha profesado / ya de demonio» (p. 160a; la mala fama de los sastres era proverbial). Le pide que se tape con la capa y se arreboce (él le vendará los ojos) y que salte sobre «el diablo»; indica la acotación: «Morón hace a Otáñez ponerse a caballo en un banco, en el fondo del jardín»[2]; le da una cuerda a modo de rienda y lo ata contra la silla. Otáñez pide que no lo sujete tan fuerte. Y comienza el supuesto vuelo mágico:

MORÓN.-   [Apartándose.] Escudero
que por esos aires vas…

OTÁÑEZ.-   Ya siento que voy volando;
que la voz se va quedando.

MORÓN.-   Camina con Barrabás (p. 160b).

Silla voladoraOtáñez se queda solo y a partir de ese momento oirá las distintas conversaciones del jardín; al escuchar a don Juan y doña María, cree que pasa por un primer núcleo de población: «Que paso sin duda ahora / por algún lugar parece, / porque en el aire he escuchado / hablar a diversas gentes» (p. 160). Salen otros personajes y comenta: «Ya es otro lugar aqueste, / pues, de las que oí no ha mucho, / son las voces diferentes. / O están los lugares cerca, / o yo ando mucho» (p. 161a). Más tarde se quejan doña Violante y el viejo Leonardo, y él comenta: «Las voces son lastimosas, / que prevenidas me tiene / Morón; no hay de qué espantarme» (p. 161a-b).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[2] Esta montura preparada por Morón contrasta con el brioso corcel que monta don Diego para pasear la calle de doña María, según el relato de Beatriz a su ama al comienzo de la comedia: «Al tiempo que ya dejaba / la calle don Juan, entró / en ella don Diego; y yo, / como en la ventana estaba, / le vi en un caballo tal, / que, informado dél el viento, / dejó de ser elemento / por ser tan bello animal. / Con el freno conformaba / los pies con tanta armonía, / que el son con la boca hacía, / a cuyo compás danzaba. / Saltaron centellas puras / de las piedras; que el castizo / bruto, por llamarte, hizo / aldabas las herraduras. / Cuando don Diego el sombrero / quitó, sus pies se doblaron; / que tu puerta respetaron / el caballo y caballero» (p. 128a).

Los cuentos de José María Sanjuán: «La gran tarde»

EspontáneoLeo, Pedrete y Marcial son los protagonistas de «La gran tarde» (pp. 51-68)[1]. Camino de la feria de San Isidro discuten sobre si los toreros lo son por afición o por dinero. Por su conversación (salpicada de expresiones coloquiales: lila, parné, pelao, verde ‘billete de mil pesetas’, leandras ‘pesetas’…) nos enteramos de que un millonario americano les dará mil pesetas si uno de ellos salta como espontáneo durante la corrida. Necesitan dinero para una entrada y Leo lo consigue haciendo de gancho en una atracción. Marcial es quien va a la plaza; horas más tarde, no aparece en el bar donde habían quedado después de la corrida, y tampoco en casa del ricachón extranjero.

Al final llega éste, borracho, diciendo que su amigo ha muerto corneado por el toro y se niega a pagarles el dinero prometido. Con las palabras finales, el título cobra un valor irónico: «Se tapó los ojos con la mano, como con asco, y cerró bruscamente la puerta. Como si la gran tarde hubiese terminado ya» (p. 68). La indiferencia del millonario contrasta con las ganas de salir adelante de los desvalidos muchachos; es interesante además, en este relato, el contraste entre dos de ellos, Leo, que es el más cerebral, y Marcial, símbolo del valor, que al final termina pagando con su vida.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

La burla a Otáñez en «El astrólogo fingido»: los preparativos

Vuelo mágicoEn la primera jornada de la obra de Calderón, Otáñez tiene tan solo una breve réplica de dos versos y medio, con la que se limita a pedir licencia para que entre don Juan de Medrano. En la segunda jornada, cuenta con dos intervenciones, una para subrayar un comentario de doña María sobre los males que se derivan a quien se fía de criadas (p. 139a[1]; Otáñez será luego engañado por un criado) y otra que lo muestra deslumbrado, dada su ridícula credulidad, por el saber del falso astrólogo («¡No he visto, por San Crispín, / hombre más sabio en mi vida!», p. 141a)[2]. Es avanzada la tercera jornada cuando sale Otáñez y pide:

Don Diego, por quien se dijo
lo de «¡oh, qué lindo Don Diego!»
pues sois el Don Diego lindo,
a suplicaros me atrevo
un poco, por haber sido
criado de una señora
que vos amáis y yo sirvo. […]

                               Yo he vivido
mucho tiempo muy reglado,
con cuya cuenta he podido,
para pasar mi vejez,
juntar algún dinerillo.
Quisiera irme a la Montaña,
y por temer los peligros
que a un hombre, y más con dineros,
suceden en los caminos,
y por ahorrarme la costa,
humildemente os suplico
que me enviéis a mi tierra
por encanto; pues yo he oído
que llegaré, si queréis,
en un instante muy chico (p. 157a).

El criado Morón le pide a don Diego que le deje ocuparse personalmente de este asunto: «Este encanto o este hechizo / a mí me toca, señor; / y así por merced te pido / me le remitáis a mí» (p. 157a). Don Diego acepta y dice a Otáñez que esté prevenido para la noche. El montañés protesta, porque no se fía de «este Morón», pero don Diego le tranquiliza afirmando que su criado no hará otra cosa sino lo que él le diga. Acepta, pues, Otáñez, y Morón le explica cómo ha de prepararse para el mágico viaje:

¡Ea, pues, seamos amigos!
Y lo que ahora habéis de hacer
es poneros de camino
botas y espuelas. Si acaso
tenéis algún papahígo,
ponéosle; que es menester
que llevéis muy grande abrigo,
porque en las sierras de Aspa
hace temerario frío;
aunque vos en esta vida
más veces habréis temido
aspa y fuego que aspa y nieve (p. 157b)[3].

Morón lo cita para «las ocho en hilo» en la puerta del jardín de sus amos, y en un aparte se regocija ante la treta que ya trama: «¡Por Cristo, / viejo del gato encerrado, / que en la trampa habéis caído!» (p. 157; lo de gato encerrado alude sin duda a la bolsa de dinero que guarda el avaro vejete, y que más adelante le va a arrebatar).


[1] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.

[2] Su personaje contrasta con el de Quiteria, criada de doña Violante, que destaca por su agudeza: ella sí se da cuenta de lo que ocurre realmente y trata de prevenir a su ama.

[3] Esta parte final de la réplica alude a una supuesta falta de limpieza de sangre de Otáñez (Morón lo acusa de judío, acusación que rebate con un mentís); más tarde se alegrará de que lo vean en la Montaña, allí donde pueden comprobar su hidalguía.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un olor a leña húmeda y quemada»

«Un olor a leña húmeda y quemada» (pp. 39-49)[1] también comienza in medias res. De madrugada, varios hombres, dirigidos por un mayoral, tratan de meter en un camión una bestia que se ha astillado los cuernos para llevarla al matadero. Contempla la escena un joven de quince o dieciséis años, que protesta porque le habían prometido que torearía esa vaca brava.

Maletillas

Un aspecto destacado del relato es la incorporación de sensaciones olfativas, circunstancia a la que alude el título (véanse las pp. 41, 44, 46, 49 y passim), desde la perspectiva del muchacho anónimo —como otros muchos personajes de los cuentos de Sanjuán—, en particular el agrio contraste entre el olor a leña del fuego y el bravío de la vaca lastimada.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

La burla a Otáñez y su integración en «El astrólogo fingido»

OtáñezComo hemos podido apreciar por el apretado resumen de las entradas anteriores, todo en la comedia de El astrólogo fingido de Calderón es burla. Pero examinemos ahora la burla concreta que sufre Otáñez, que es un rústico montañés (los montañeses pasaban en la época por ser cortos de ingenio, crédulos y fáciles de engañar[1]). Para Wilson, este episodio cervantino «se presenta de forma algo precipitada en la última escena, sin haber sido anticipado», si bien luego concede:

Aunque la idea de la obra proviene de Cervantes, el marco es original de Calderón, y el incidente burlesco encaja perfectamente dentro de las mixtificaciones de la trama que preceden al desenlace. Lo que Calderón toma prestado de Cervantes resulta efectivo dramáticamente, y contrasta con las dificultades de carácter más serio a las que se enfrentan los desconcertados personajes masculinos y femeninos (incluyendo al mismo Don Diego), los cuales están igualmente equivocados en sus suposiciones[2].

Sin embargo, como muy bien ha explicado Arellano, el episodio del vuelo mágico que constituye la burla a Otáñez está perfectamente trabado en el conjunto de la obra:

Se trata de un episodio que Wilson analiza con cierto descuido, considerándolo presentado «en forma algo precipitada en la última escena, sin haber sido anticipado», pero que en realidad Calderón adapta de manera espléndida a la trama y objetivos de su comedia. Por una serie de enredos, muchos personajes de la comedia se empeñan en considerar a don Diego astrólogo eminente. Hacia el final de la obra, que construye sus máquinas en progresión creciente, varios personajes acuden a don Diego para hacerle sucesivas peticiones absurdas confiadas en su supuesta capacidad mágica: Violante le pide ayuda en sus amores, don Carlos lo mismo, el viejo Leonardo quiere que le encuentre una joya perdida, y por fin Otáñez, escudero montañés, le pide que lo traslade a la Montaña por vía mágica, para ahorrarse la costa del viaje. El criado Morón pide a su amo que le deje ocuparse del asunto y empieza la trama de la burla de que el escudero será objeto. Es, pues, una burla provocada por una de las peticiones absurdas con que los personajes acuden al astrólogo: refleja en clave más grotesca la misma sátira ejercida sobre los demás crédulos. La misma burla se construye cuidadosamente en varios tiempos: momento de la petición, en que Morón, por medio de apartes, indica al público que se propone burlar al vejete, al tiempo que da instrucciones a este para que vaya ridículamente vestido con botas, espuelas y papahígo; momento de ejecución, en que ata a Otáñez con los ojos vendados a un banco del jardín y le hace creer que va volando sobre un sastre demonio, y momento de la revelación de la burla, que se coloca en el desenlace de la comedia, donde se revelan el resto de las burlas. No es, pues, una escena que Calderón ponga al final de manera fortuita, como si no quisiera perder una oportunidad cómica, sino que está perfectamente pensada como culminación jocosa de una trama de credulidades ridículas objeto de sátira, concebida en modo especular al trasladar a los dos personajes subalternos, en clave más ridícula aún, la relación establecida entre los otros peticionarios y el astrólogo fingido[3].

En efecto, todo el episodio está muy bien preparado y desarrollado, y su inclusión al final de la comedia en modo alguno resulta gratuito: ese guiño calderoniano a Cervantes no es un mero añadido artificial que pueda suprimirse sin más contemplaciones.


[1] «Finally, Otáñez, the page and rube, is a truly clever creation on Calderón’s part and contributes one of the funniest episodies in the play» (Oppenheimer, Introducción a Pedro Calderón de la Barca, The Fake Astrologer. A Critical Spanish Text and English Translation, New York, Peter Lang, 1994, p. 26).

[2] Edward M. Wilson, «Calderón y Cervantes», en Hans Flasche y Robert D. F. Pring-Mill (eds.), Hacia Calderón. Quinto Coloquio Anglogermano Oxford 1978, Wiesbaden, Franz Steiner Verlag, 1982, pp. 10-11. Alberto Sánchez se limitaba a recordar: «El astrólogo fingido contiene una imitación del episodio de Clavileño» («Reminiscencias cervantinas en el teatro de Calderón», Anales cervantinos, tomo VI, 1957, pp. 266-267).

[3] Ignacio Arellano, «Cervantes en Calderón», Anales cervantinos, XXXV, 1999, p. 19. Luego añade: «La conexión con la aventura de Clavileño es evidente, pero los elementos de la adaptación dramática son muy notables, y conviene subrayar la explotación del conflicto cómico entre dos personajes graciosos, el criado Morón y el escudero Otáñez, tipo figura, montañés orgulloso de su hidalguía, que protagonizan un conato de duelo de pullas con acusaciones de judaísmo y mentís» (p. 20).