La influencia de Avellaneda en el «Quijote» de 1615

Mucho se ha escrito sobre la influencia de la novela de Avellaneda —quienquiera que fuese— en la redacción de la II Parte del Quijote[1]. No es posible comentar ahora todos los pasajes en los que se manifiesta el disgusto cervantino por la aparición del apócrifo, ni puedo estudiar la compleja cuestión de las relaciones mutuas entre ambos textos[2]. Me limitaré a recordar un par de pasajes significativos.

Así, las alusiones se intensifican a partir de II, 59 (sería al ir redactando este capítulo cuando llegaría a Cervantes la noticia de la publicación de la falsa II Parte; antes hay algunas otras alusiones, pero podrían haber sido añadidas en una revisión de última hora del texto ya escrito antes). En la venta, dos caballeros, don Jerónimo y don Juan, leen mientras esperan la cena la II Parte de Don Quijote, y el primero comenta que le desplace que se pinte al protagonista ya desenamorado de Dulcinea, circunstancia que provoca la iracunda reacción de don Quijote, quien afirma que jamás su amada podrá caer en su olvido. Despectivamente, se limita a hojear el libro que le muestran, y comenta:

—En esto poco que he visto he hallado tres cosas en este autor dignas de reprehensión. La primera es algunas palabras que he leído en el prólogo; la otra, que el lenguaje es aragonés, porque tal vez escribe sin artículos; y la tercera, que más le confirma por ignorante, es que yerra y se desvía de la verdad en lo más principal de la historia, porque aquí dice que la mujer de Sancho Panza mi escudero se llama Mari Gutiérrez, y no llama tal, sino Teresa Panza: y quien en esta parte tan principal yerra, bien se podrá temer que yerra en todas las demás de la historia (p. 1112).

Se comenta, además, que en el Quijote de Avellaneda se pinta a Sancho comedor y simple y «nonada gracioso», y el propio escudero contradice esta caracterización suya, y también la de su amo:

—Créanme vuesas mercedes […] que el Sancho y el don Quijote desa historia deben de ser otros que los que andan en aquella que compuso Cide Hamete Benengeli, que somos nosotros: mi amo, valiente, discreto y enamorado, y yo, simple gracioso, y no comedor ni borracho (p. 1114).

En II, 72 tiene lugar el encuentro en un mesón con don Álvaro Tarfe, personaje amigo del falso caballero en el apócrifo. Don Quijote le pregunta si aquel otro se le parecía a él, cosa que Tarfe niega.

Don Quijote conversando

Tampoco el escudero descrito por el falsario se corresponde con el auténtico Sancho, pues aquél no tenía la gracia de éste. Sancho apostilla de nuevo a este propósito:

—Eso creo yo muy bien —dijo a esta sazón Sancho—, porque el decir gracias no es para todos, y ese Sancho que vuestra merced dice, señor gentilhombre, debe de ser algún grandísimo bellaco, frión y ladrón juntamente, que el verdadero Sancho Panza soy yo, que tengo más gracias que llovidas; y, si no, hágase vuestra merced la experiencia y ándese tras de mí por lo menos un año, y verá que se me caen a cada paso, y tales y tantas, que sin saber yo las más veces lo que me digo hago reír a cuantos me escuchan; y el verdadero don Quijote de la Mancha, el famoso, el valiente y el discreto, el enamorado, el desfacedor de agravios, el tutor de pupilos y huérfanos, el amparo de las viudas, el matador de las doncellas, el que tiene por única señora a la sin par Dulcinea del Toboso, es este señor que está presente, que es mi amo: todo cualquier otro don Quijote y cualquier otro Sancho Panza es burlería y cosa de sueño (p. 1206).

Don Quijote le pide a don Álvaro Tarfe que firme una declaración ante el alcalde del lugar dando fe de que él es el verdadero don Quijote, y así lo hace. Otra alusión ocurre en el capítulo II, 74, en la última cláusula del testamento de Alonso Quijano:

Iten, suplico a los dichos señores mis albaceas que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos (pp. 1220-1221).

En fin, la última alusión se encierra en las palabras finales de la novela, cuando el narrador refiere que Cide Hamete ha colgado su pluma para que nadie la profane, y copia las palabras que le dirige:

Y el prudentísimo Cide Hamete dijo a su pluma: «Aquí quedarás, colgada desta espetera y deste hilo de alambre, ni sé si bien cortada o mal tajada péñola mía, adonde vivirás luengos siglos, si presuntuosos y malandrines historiadores no te descuelgan para profanarte. Pero antes que a ti lleguen, les puedes advertir, y decirles en el mejor modo que pudieres: […] Para mí sola nació don Quijote, y yo para él; él supo obrar, y yo escribir; solos los dos somos para en uno, a despecho y pesar del escritor fingido y tordesillesco que se atrevió, o se ha de atrever, a escribir con pluma de avestruz grosera y mal deliñada las hazañas de mi valeroso caballero, porque no es carga de sus hombros, ni asunto de su resfriado ingenio; a quien advertirás, si acaso llegas a conocerle, que deje reposar en la sepultura los cansados y ya podridos huesos de don Quijote, y no le quiera llevar, contra todos los fueros de la muerte, a Castilla la Vieja, haciéndole salir de la fuesa donde real y verdaderamente yace tendido de largo a largo, imposibilitado de hacer tercera jornada y salida nueva: que para hacer burla de tantas como hicieron tantos andantes caballeros, bastan las dos que él hizo tan a gusto y beneplácito de las gentes a cuya noticia llegaron, así en estos como en los extraños reinos» (pp. 1222-1223).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

[2] Para Menéndez Pidal, Cervantes pudo conocer el manuscrito del apócrifo. En cambio, Stephen Gilman opina que Avellaneda tuvo acceso al original de la II Parte del Quijote de Cervantes, y que es Avellaneda quien imita a Cervantes. La bibliografía sobre el tema es muy abundante (estudios de Frago Gracia, Iffland, Martín Jiménez, Riquer, etc.) y ha seguido creciendo en los últimos años.

La tragedia neoclásica en España (y 2)

Teatro completo de Nicolás Fernández de MoratínSea como sea, las tragedias neoclásicas españolas son obras con ausencia de sentido teatral y de emoción[1]. La imposición de las tres unidades constriñe la libertad creadora del artista. Es un género eminentemente culto, no apto para todos, para un público heterogéneo. Ante la supuesta inexistencia de una tradición de tragedia en España, se toman otros ejemplos: en efecto, junto a los modelos franceses, se utilizan también los italianos y clásicos. La tragedia neoclásica española tocó primero temas de la antigüedad clásica, de ambientación oriental o bíblica. Luego se centró en la historia nacional, dando paso a la llamada «tragedia original española» (por ejemplo, la Hormesinda de Nicolás Fernández de Moratín, de 1770). Son piezas que ponderan la virtud, el patriotismo y la nobleza, con un universo dramático donde solo tienen cabida los sentimientos sublimes. El tema preferido será la lucha por la libertad que lleva al más heroico sacrificio (se establece un juego dialéctico libertad / tiranía).

Los nombres que cabe recordar son los de Agustín Montiano y Luyando, Juan José López Sedano, Nicolás Fernández de Moratín, Cándido María Trigueros, Ignacio López de Ayala o Vicente García de la Huerta. También Gaspar Melchor de Jovellanos, José Cadalso, Nicasio Álvarez Cienfuegos o Manuel José Quintana cultivaron en alguna ocasión la tragedia.

Considerada en conjunto, la tragedia neoclásica fracasó en su intentó de renovar el teatro español, sobre todo por la enorme distancia entre el gusto de la minoría ilustrada y el del pueblo.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Diferencias entre el «Quijote» de Cervantes y el de Avellaneda

Sancho PanzaLas diferencias entre ambos Quijotes, el de Cervantes y el apócrifo, son notables, en todos los planos[1]. Por lo que respecta a los protagonistas, el don Quijote cervantino es un loco-cuerdo, un personaje profundo, idealista y simbólico, mientras que el de Avellaneda es un demente sin ninguna visión del mundo, un loco de atar que acaba encerrado en un manicomio, la Casa del Nuncio de Toledo. En cuanto a Sancho, deja de ser el escudero humanísimo, que evoluciona junto con su amo, progresivamente «quijotizado», y se convierte en un rústico glotón, borracho y aficionado a los chistes escatológicos. En fin, Dulcinea, uno de los ideales de don Quijote, desaparece en el texto de Avellaneda, de forma que don Quijote pasa a ser el Caballero Desamorado; por contra, el personaje femenino central es Bárbara, una prostituta vieja y mondonguera, con la cara atravesada por una cuchillada.

En el plano del narrador, el Quijote cervantino se caracteriza —como veremos en próximas entradas— por su riqueza y complejidad (perspectivismo, presencia de múltiples voces narrativas y juegos con los planos de la ficción, genial invención de Cide Hamete Benengeli…). En la novela de Avellaneda quien cuenta la historia es el sabio Alisolán, un «historiador moderno», pero este aspecto de las fuentes de la narración apenas si adquiere desarrollo. Avellaneda también incluye dos historias intercaladas, El rico desesperado y Los felices amantes, como era habitual en la narrativa de la época, con un propósito esencialmente didáctico y moralizador.

La visión del mundo es también muy distinta en ambas piezas: compleja en el caso cervantino, matizada siempre por la ironía, y respondiendo a un ideario que se ha relacionado con el pensamiento erasmista (aunque otros críticos matizan o niegan tal influjo); en cambio, el espíritu que transmite la obra de Avellaneda es claramente contrarreformista, y el autor se muestra como portavoz del inmovilista estamento nobiliario.

Finalmente, el estilo del Quijote de Cervantes es espontáneo, variado y ameno, fecundo en humor e inteligente ironía, en tanto que Avellaneda se complace exclusivamente en la comicidad de lo escatológico y el ridículo grotesco y hace gala de una prosa menos rica y expresiva.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

La tragedia neoclásica en España (1)

La tragedia neoclásica en España es, en palabras de Francisco Ruiz Ramón, la «historia de un fracaso»[1]. El corpus lo forman un conjunto de obras con un objetivo muy distinto del de la comedia: no pretenden divertir, sino enseñar, pero lo que consiguieron fue, por lo general, aburrir. Como siempre, la tragedia constituía el género más valorado por los preceptistas y el que era capaz de consagrar a un escritor; de ahí que la mayoría de los ilustrados con pretensiones y ambiciones literarias se dediquen a ella.

Orígenes de la tragedia neoclásica española, de José J. Berbel RodríguezEl XVIII no continúa, salvo excepciones, la tradición barroca, sino que enraíza en la tragedia francesa, aunque los personajes pertenezcan casi siempre a la historia española. Los dramaturgos barrocos no habían mantenido la regla de las tres unidades, ni el decoro, ni la distinción de géneros (permitían la inclusión en la tragedia de elementos cómicos), etc. La tragedia del Barroco era todo lo contrario de lo que los neoclásicos consideraban teatro. Como ya he apuntado, ahora se vuelven los ojos a la tragedia francesa y, en consecuencia, se empleará el verso largo (endecasílabos, romances heroicos) y sin rima, frente a la polimetría característica del Barroco. El verso va en consonancia con la elevación del registro lingüístico en la tragedia.

Los ilustrados buscarán sus argumentos tanto en la antigüedad clásica como en la antigüedad nacional. La mayoría de las tragedias francesas apuntaban a sucesos franceses contemporáneos: la acción solía estar situada en la antigüedad, pero los temas tratados eran de actualidad. Pues bien, este mismo rasgo se observa en la tragedia española, que señala hacia aspectos de la sociedad contemporánea, con un importante componente político: se aprecia una intención política en estas obras (exaltación del despotismo político borbónico). Además, los protagonistas son ofrecidos al público como modelos de conducta.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de MoratínEl sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Cervantes y Avellaneda, frente a frente

Portada del Quijote de Avellaneda (1614)En 1614, con pie de imprenta en Tarragona (aunque seguramente fue impreso en Barcelona), apareció el Segundo tomo del ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras. Compuesto por el Licenciado Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas[1]. Esta continuación del exitoso libro cervantino —también el Guzmán había tenido una continuación apócrifa— ha sido atribuida, con argumentos de muy distinta solvencia, a multitud de autores, entre otros: Francisco López de Úbeda, Juan Ruiz de Alarcón, Lope de Vega, Tirso de Molina, Guillén de Castro, Alonso de Ledesma, Alonso Jerónimo de Salas Barbadillo, Alonso Castillo de Solórzano, Jerónimo de Pasamonte, Cristóbal Suárez de Figueroa… y hasta al propio Cervantes. Pero, ¿qué sabemos en realidad de Avellaneda?

Como escribe Luis Gómez Canseco[2], la guía más certera para acercarnos a Avellaneda es el texto de 1614. De su lectura se desprenden las siguientes pistas: 1) Avellaneda era enemigo acérrimo de Cervantes; 2) se sintió gravemente ofendido por algo que aparecía en el Quijote de 1605; 3) admiraba a Lope hasta el punto de salir en su defensa personal; 4) conocía bien Zaragoza y su entorno geográfico; 5) era un hombre piadoso, amigo de devociones, especialmente la del rosario, cercano a los dominicos y con una razonable instrucción teológica; 6) conocía Alcalá y su vida universitaria, Madrid y Toledo; 7) hay algunos rasgos aragoneses en su lengua (Cervantes, en 1615, se refiere a su rival como «un aragonés, que él dice ser natural de Tordesillas»); 8) es un profesional de la literatura y notable conocedor de lo que se escribía en su tiempo (por ejemplo, ha leído el Buscón, que entonces circulaba solamente manuscrito) y tiene conocimientos de latín, de erudición bíblica y clásica y de teoría literaria; y 9) era aficionado al teatro.

No son, en cualquier caso, datos suficientes para desvelar su identidad. Lo que sí parece claro es que el libro se compuso en el círculo cercano a Lope de Vega, que por esos años mantenía una gran enemistad literaria con Cervantes.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] En su introducción a Alonso Fernández de Avellaneda, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, ed. de Luis Gómez Canseco, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Motivos presentes en el «Quijote» de 1615

Según Joaquín Casalduero[1], encontramos una serie de nuevos motivos que enriquecen esta II Parte[2], a saber:

1) El motivo de la representación, que tiene una importancia capital: el mundo se manifiesta como un continuo teatro, como una puesta en escena permanente; ahora son otros personajes los que inventan trazas para adecuarlas a la locura caballeresca del hidalgo. Recordemos los episodios de Dulcinea encantada, el encuentro con el carro de las Cortes de la Muerte, el retablo de maese Pedro, varias de las burlas urdidas en el Palacio ducal, la fingida Arcadia, etc.

2) El motivo de la casa: en la II Parte los escenarios que frecuenta don Quijote responden a un ámbito más urbano que en la I Parte, en la que predomina el ámbito rural y abundan los espacios abiertos. En cambio ahora don Quijote arriba a distintas casas, como la del Caballero del Verde Gabán, el Palacio ducal o la casa de Antonio Moreno, en las que permanece detenido más o menos tiempo.

3) El motivo del dinero, que en la II Parte adquiere el valor social que no tenía en la I Parte: en su tercera salida don Quijote sale provisto de dinero, paga sus gastos y se hace responsable de los destrozos que ocasiona.

4) El motivo de los animales: abunda la presencia de animales, en acciones que se introducen generalmente con la intención de acentuar la degradación del personaje (don Quijote es arañado por gatos, atropellado por toros y por una piara de cerdos…) y también se concede un mayor protagonismo a Rocinante y el rucio.

Rocinante y el rucio

5) El motivo de los consejos: como apuntaba en una entrada anterior, en la II Parte se pone un énfasis mayor en aspectos relacionados con la organización política y social de la época, y esto se manifiesta en la inclusión de abundantes consejos acerca del tema del buen gobierno, de la educación de los hijos, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Ver Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», Madrid, Ínsula, 1949.

La comedia de la decadencia del Barroco en España

Hay que señalar que los primeros cincuenta años del siglo XVIII son postbarrocos en el teatro: hay una clara pervivencia de las formas del XVII[1]. Los epígonos del Barroco mantienen en el siglo XVIII formas caducas, sin la calidad literaria de sus predecesores. No interesa la imitación de Lope o de Tirso, sino la de Calderón, al que todos tienen por modelo. La mayoría de ellos no escriben piezas originales, sino que tienden a la refundición y la rescritura de obras antiguas que se intentan revivir con representaciones de más o menos éxito. No surgen fórmulas nuevas que sustituyan el éxito de las anteriores (tramoya, lances, enredos…). El teatro neoclásico, cuando hace aparición, no despierta el entusiasmo de las masas.

Sin embargo, resulta también evidente que las fórmulas barrocas están ya agotadas: los autores carecen de creatividad, de originalidad y de genio; se da una repetición casi mecánica de esquemas que han perdido vigor y fuerza expresiva; la intriga se complica hasta límites insospechados. Es un teatro sobrecargado de recursos escénicos, música, tramoyas, etc. Hay un gusto exagerado por la aparatosidad (comedias de santos, de bandoleros, heroicas, de magia…).

Loas completas de Bances CandamoEn esta etapa de transición se representan los autores del XVII: Calderón, Moreto, Rojas Zorrilla, Solís, Matos Fragoso, pero curiosamente Lope y Tirso apenas interesan. El último autor barroco destacado es Francisco Antonio de Bances Candamo, dramaturgo oficial de Carlos II, que vive entre 1662 y 1704 y presenta un teatro de transición. Además de varias comedias y autos sacramentales, dejó una obra teórica (de preceptiva dramática) titulada Teatro de los teatros de los pasados y presentes siglos.

En el terreno de los géneros de éxito popular debemos destacar las comedias de santos y de magia; las comedias heroicas y militares; y las comedias sentimentales. Es un corpus de obras de escasa calidad literaria y un gusto exagerado por los excesos. Autores representativos de estas tendencias son Luciano Francisco Comella, Gaspar Zavala y Zamora o Antonio Valladares y Sotomayor. La pata de cabra, comedia de magia debida a Juan de Grimaldi, fue uno de los mayores éxitos de todo el teatro dieciochesco.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

Temas del «Quijote» de 1615

Por otra parte, en el Quijote de 1615 se desarrolla uno de los elementos temáticos que en el Quijote de 1605 estaba solamente esbozado: la adquisición del gobierno de la ínsula; en esta II Parte Sancho consigue el anhelado cargo de gobernador gracias a una burla tramada por los Duques, que lo mandan a gobernar una de sus villas[1].

Sancho Panza, gobernador de la ínsula

En cuanto al tema literario, sigue siendo central, como en la I Parte, donde se relacionaba fundamentalmente con dos personajes, el cura y el barbero. Ahora la función literaria es portada, sobre todo, por el bachiller Sansón Carrasco. Es él quien llega en II, 3 con la noticia de la publicación de la I Parte del Quijote. Es decir, en la continuación don Quijote y Sancho han pasado a ser personajes conocidos a través de la lectura y, de alguna manera, se convierten en víctimas de su fama, en tanto en cuanto el conocimiento de sus aventuras es lo que promueve muchas de las burlas que van a sufrir, especialmente las del Palacio ducal.

Otro aspecto relacionado con este tema literario nuclear es la introducción de referencias al falso Quijote de Avellaneda, publicado en 1614, que llega a adquirir una gran importancia estructural en el desarrollo de la acción: cambio de rumbo de Zaragoza a Barcelona; encuentro de don Quijote y Sancho con Álvaro Tarfe, personaje del Quijote apócrifo; visita a la imprenta barcelonesa, etc.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Algo más sobre el teatro en España en tiempos de la Ilustración

Por otra parte, el teatro tenía que enfrentarse a dificultades de orden material, ya que solo había teatros estables en las grandes ciudades[1]. La actividad era intensa sobre todo en Madrid: destacan el teatro del palacio del Buen Retiro, el Teatro del Príncipe y el de la Cruz, así como el de los Caños del Peral (para la ópera italiana y el arte lírico en general). Fueron famosas las disputas entre chorizos (asiduos del Teatro del Príncipe), polacos (del de la Cruz) y panduros (de los Caños del Peral). El espectáculo teatral duraba —como en el siglo XVII— entre tres y cuatro horas. En esa época triunfaron actores célebres, como Isidoro Máiquez[2].

Isidoro Máiquez, por Goya

De la misma forma que se establecen claras fronteras entre las clases sociales, el teatro mantiene también las fronteras literarias entre tragedia y comedia, no permitiéndose su mezcla. Un personaje que había existido en el teatro anterior —con una importancia muy destacada— va a desaparecer ahora de la escena: el gracioso o figura del donaire. Efectivamente, no tiene cabida en la tragedia, por innecesario, mientras que en la comedia su función como agente de la comicidad se divide entre varios personajes.

El conjunto del teatro del siglo XVIII se puede clasificar en varios apartados: 1) la comedia de la decadencia del Barroco; 2) los géneros de éxito popular; 3) el teatro menor (el sainete y las obras musicales); 4) la tragedia neoclásica; y 5) la comedia neoclásica, cuyo mayor exponente es Leandro Fernández de Moratín. Dedicaré las próximas entradas a examinar por separado cada uno de ellos.


[1] Texto extractado, con ligeros retoques, de la introducción a Leandro Fernández de Moratín, El sí de las niñas, ed. de Mariela Insúa y Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2012.

[2] Ver Emilio Cotarelo y Mori, Isidoro Máiquez y el teatro de su tiempo, Madrid, Imp. de José Perales y Martínez, 1902.