Semblanza literaria de Hermilio Olóriz (1854-1919)

Hermilio Olóriz[1] Azparren (Pamplona, 1854-Pamplona, 1919) fue un literato e historiador cuyas inquietudes coincidieron con las de los miembros de la Asociación Euskara de Navarra. Fue secretario de redacción de la Revista Euskara (en 1878), bibliotecario y cronista de Navarra, académico correspondiente de la Real de la Historia, etc. Dejando aparte sus obras de carácter histórico (Fundamento y defensa de los Fueros, 1880; Resumen histórico del Antiguo Reino de Navarra, 1887; La cuestión foral, 1894; La cartilla foral, 1894; Navarra en la guerra de la Independencia. Biografía del guerrillero don Francisco Espoz, 1910; Nueva biografía del Doctor Navarro don Martín de Azpilicueta, 1919, etc.), me centraré aquí en aquellas composiciones poéticas suyas en las que cantó las grandes victorias de los antiguos vascones y las viejas glorias de la historia patria.

Hermilio Olóriz

Se dio a conocer con El romancero de Navarra (Pamplona, Imprenta Provincial, 1876), que incluía tres composiciones: «Roncesvalles», «Olant» [sic, error en el título por Olast] y «Pamplona», formadas por ocho, siete y siete romances, respectivamente, en la misma línea de los Romances históricos del duque de Rivas, que describen las victorias de los vascones sobre francos y moros. En 1882, en el Certamen del Ayuntamiento de Pamplona, se premió otro trabajo titulado «Roncesvalles» y en 1883 «Calahorra», que narra la heroica defensa de la ciudad vascona frente a Roma, equiparable a las de Numancia o Sagunto. En Laureles y siemprevivas (Pamplona, Imprenta Provincial, 1893), además de algunas composiciones líricas y el cuadro dramático En manos del extranjero, recoge obras anteriores («Roncesvalles», «Olast», «Pamplona» y «Calahorra») y añade «La visión del Marichal», «La leyenda de Alesves», «Patriotismo de Estella», «Las Navas de Tolosa» y «En el castillo de Olite. Fantasía». Ahora bien, además de insistir en temas repetidos hasta la saciedad en la literatura cultivada en Navarra en ese momento (Sancho el Fuerte, las guerras de bandos…) intenta la renovación narrando un hecho cercano en «El vado (tradición tudelana)», un episodio de la resistencia contra el invasor francés. Por último, en Ecos de mi patria. Leyendas y poesías (Pamplona, Imprenta Provincial a cargo de J. Ezquerro, 1900) incluye entre otras piezas «Mosén Pierres de Peralta. Leyenda», «La heroína. Leyenda» (sobre la muerte del coronel Villalba, ya tratada por Arturo Campión) y «La defensa de Viana. Leyenda».

En todas estas composiciones de Olóriz el verso octosílabo o endecasílabo fluye fácil; pero esa facilidad versificatoria —que no es, por otra parte la de un Zorrilla y que no excluye, como en este, algunos ripios— más que una ventaja fue un inconveniente, pues encasilló por completo al autor en este subgénero particular de la narración en verso, del que no se apartó en toda su producción literaria.


[1] Muchas veces su nombre se escribe como Hermilio de Olóriz.

Los entremeses de Calderón de la Barca

El teatro cómico breve de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) había estado tradicionalmente descuidado por la crítica, eclipsado por la atención dedicada a su teatro serio (comedias, dramas de honor, autos sacramentales…). Sin embargo, en los últimos años —desde el Centenario de 1981, aproximadamente— se viene destacando su faceta cómica, en la que cabe apreciar el mismo talento y el mismo dominio teatral que en sus obras serias.

Pedro Calderón de la Barca

El corpus de sus entremeses todavía no ha sido fijado con seguridad: Rodríguez Cuadros y Tordera incluyen veinticuatro piezas breves (entremeses, jácaras y mojigangas) mientras que Lobato eleva el total a cuarenta y una, entre las seguras y las atribuidas con cierta seguridad. Sabemos a ciencia cierta que salieron de su pluma, entre otros, entremeses como La casa holgona, La plazuela de Santa Cruz, La pedidora, La franchota, El dragoncillo, El toreador, Los instrumentos, El desafío de Juan Rana y Las Carnestolendas. Fueron publicados en diversas colecciones como Donaires del gusto (1642), Entremeses nuevos (1643), Ramillete gracioso (1643), Teatro poético (1658) y Floresta de entremeses y rasgos del ocio (1681)[1].

Arellano ha señalado sus rasgos más destacados:

El talento dramático y literario de Calderón produce un conjunto de entremeses muy elaborados en sus medios cómicos, con un lenguaje múltiple (pullas, juegos de palabras, germanía, parodias de registros y códigos literarios, manipulación de frases hechas…) que es característica del género pero que en pocas ocasiones alcanza la perfección calderoniana, muestra de una complejidad dramática que afecta a la estructura orgánica de sus piezas, asimilando procedimientos de la comedia larga, y multiplicando los puntos de vista y los espacios dramáticos, perfeccionando también los recursos escénicos (disfraces, maquillaje, movimientos, vestuario) en los que desempeñan papel principal la música y los bailes[2].

Es habitual en estas piezas calderonianas la ridiculización de un personaje (Don Pegote, El sacristán mujer, El mayorazgo, La melancólica) o de varios, según el esquema de desfile de figuras (El reloj y genios de la venta, La casa de los linajes). En el Entremés del toreador, representado en palacio ante el rey en 1658, Juan Rana torea ridículamente para ganarse el amor de una dama, lo que da lugar a la parodia de diversos temas y motivos literarios. El dragoncillo es una genial reelaboración de La cueva de Salamanca de Cervantes. En Las Carnestolendas resulta patente la dimensión carnavalesca, pues introduce el motivo del mundo al revés y a personajillos folclóricos como el Rey que rabió o Perico de los Palotes. En La plazuela de Santa Cruz, en fin, apreciamos su veta costumbrista.



[1] Ver Pedro Calderón de la Barca, Entremeses, jácaras y mojigangas, ed. de Evangelina Rodríguez Cuadros y Antonio Tordera, Madrid, Castalia, 1982; y Teatro cómico breve, ed. de María Luisa Lobato, Kassel, Reichenberger, 1989.

[2] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, pp. 667-668.

José García de Villalta (1801-1846), novelista histórico

De José García de Villalta (Sevilla, 1801-Atenas, 1846), periodista liberal, hay que recordar su novela El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, del importante año de 1835. Esta obra supone una nueva aportación a la tendencia de la novela histórica, pues sirve para introducir en ella las opiniones políticas del autor. En efecto, García de Villalta defiende sus ideas liberales y lanza duros ataques contra los jesuitas, bajo el nombre encubierto de «alquimistas».

Portada de El golpe en vago

Las aventuras de los dos amantes, separados por varias personas que se oponen a su amor, constituyen la trama central de la intriga, pero se ven interrumpidas por constantes digresiones que rompen el ritmo narrativo, además de perderse en una maraña de personajes y episodios secundarios con muy poca ilación entre sí. No ha podido comprobarse si es cierto, como se ha dicho alguna vez, que la novela fue redactada primero en inglés —García de Villalta estuvo emigrado y fue traductor— con el título de The Dons of the Last Century.

Quevedo entremesista

Después de Lope de Rueda y Cervantes, una tercera cima en la historia del entremés la constituye Francisco de Quevedo (1580-1645), especialmente en lo que se refiere a la elaboración lingüística del discurso verbal de sus textos. «La aportación de Quevedo al entremés radica en su prodigiosa inventiva verbal, más que en las dimensiones escénicas», ha destacado Ignacio Arellano[1]. Cuenta en su haber con unos dieciséis títulos, muchos de ellos descubiertos por Eugenio Asensio, y se le han asignado varios más (hay graves problemas de atribución).

Francisco de Quevedo

La venta nos presenta al ventero Corneja, ladrón a quien ayuda la criada Grajal a desplumar a los incautos pasajeros. En La ropavejera apreciamos la sátira contra las falsas apariencias y la afición a cosméticos y postizos. La figura celestinesca de la alcahueta queda retratada magistralmente en La vieja Muñatones, mientras que en Bárbara y El niño y Peralvillo en Madrid presentan a mujeres prostitutas. Las dos partes de Diego Moreno y El marido pantasma fijan el tipo del maridillo o marido cornudo y consentidor, tan habitual en su poesía satírico-burlesca… Igualmente, el tipo del afeminado aparece en El marión, y el viejo achacoso e impotente en Los refranes del viejo celoso. Los enfadosos o el zurdo alanceador adopta la estructura de desfile de figuras, etc. Acertadamente indicó Asensio que Quevedo fertilizó el entremés con su aportación de tipos y figuras y por la «ejemplar técnica literaria que aplica a la pintura del hombre»[2]. Como resume Abraham Madroñal,

Quevedo ha ligado definitivamente la pieza breve entremesil a los tipos cortesanos de su momento y, desde luego, la dota de una capacidad lingüística ilimitada, lo que posibilitará que alcance con la llegada de Quiñones la fusión entre lo dramático y lo verbal en un conjunto que será difícil de superar[3].


[1] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 665.

[2] Eugenio Asensio, Itinerario del entremés: desde Lope de Rueda a Quiñones de Benavente. Con cinco entremeses de D. Francisco de Quevedo, 2.ª ed. revisada, Madrid, Gredos, 1971, p. 178.

[3] Abraham Madroñal, «Quiñones de Benavente y el teatro breve», en Javier Huerta Calvo (dir.), Historia del teatro español, Madrid, Gredos, 2003, vol. I, p. 1053. Los textos de los entremeses quevedianos pueden leerse ahora en la excelente edición de Teatro completo, ed. de Ignacio Arellano y Celsa Carmen García Valdés, Madrid, Cátedra, 2011.

Francisco Martínez de la Rosa (1787-1862), novelista histórico

Después de publicar en 1834 la obra Hernán Pérez del Pulgar, el de las hazañas. Bosquejo histórico, Francisco Martínez de la Rosa dio a las prensas su novela Doña Isabel de Solís, reina de Granada (en los años 37, 39 y 46), que es una de las más históricas del género aunque, por la misma razón, una de las menos novela. Martínez de la Rosa hace gala de su erudición añadiendo más de trescientas notas de considerable longitud (las coloca, eso sí, al final, «como en un lugar de destierro», para no romper el ritmo de lectura), lo que convierte a la obra en una biografía novelada.

El volumen de lo histórico casi ahoga la fantasía del autor, que tampoco era novelista y que trabaja más bien como historiador; pero, por otro lado, su trabajo no puede alcanzar la categoría de historia por la mezcla de elementos ficticios. Menéndez Pelayo la calificó de «erudita y soporífera novela»[1]; de la misma forma, ha sido juzgada con excesiva severidad por toda la crítica. Es cierto, sería absurdo negarlo, que las descripciones son muy prolijas y los diálogos muy escasos pero, a pesar de todo, puede leerse con cierto interés; cuando menos, está escrita en una prosa culta y cuidada, con ciertos toques arcaizantes.

Francisco Martínez de la Rosa

En esta novela, frente a lo que es habitual en el género, sí aparecen personajes históricos importantes en el primer plano de la acción. La reconstrucción, como es obvio, alcanza el grado de lo arqueológico, hasta el punto de que se ha podido decir que el verdadero protagonista de la novela es la ciudad de Granada y que al autor importó más pintar un cuadro de época que novelar la historia de la cautiva cristiana. Tiene también su importancia por ser la primera novela romántica de tema granadino (si exceptuamos el Gómez Arias de Trueba), que recupera además el viejo tema de las novelas moriscas del amor entre personas pertenecientes a distinta raza y religión.


[1] Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, Madrid, CSIC, 1943, vol. III, p. 143.

Cervantes y el entremés

Miguel de Cervantes (1547-1616) es otro de los grandes hitos en el desarrollo del género entremesil, que enriqueció con piezas de genial maestría: amplió el número de personajes y ennobleció los tipos básicos del bobo y el fanfarrón (Cervantes los dota de carácter y matices, les da cierta profundidad psicológica), acrecentó los materiales novelescos y refinó literariamente sus piezas, dotándolas de nuevos temas, ideas y técnicas.

Portada de ocho comedias y ocho entremeses (1615)

Los publicó en Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615), en cuyo prólogo destaca la importancia de su modelo Lope de Rueda, al tiempo que enumera los principales tipos que se representaban:

Las comedias eran unos coloquios, como églogas, entre dos o tres pastores y alguna pastora; aderezábanlas y dilatábanlas con dos o tres entremeses, ya de negra, ya de rufián, ya de bobo y ya de vizcaíno: que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope [de Rueda] con la mayor propiedad y excelencia que pudiera imaginarse.

No es posible comentar en este momento (recordemos que estamos trazando un recorrido panorámico por el entremés barroco) los argumentos, temas y personajes de los ocho entremeses cervantinos: El rufián viudo llamado Trampagos, La guarda cuidadosa, El juez de los divorcios, El vizcaíno fingido, La elección de los alcaldes de Daganzo, El retablo de las maravillas, La cueva de Salamanca y El viejo celoso. Habrá, sin duda, ocasión de volver sobre ellos para un análisis más detallado. Baste señalar por el momento que muchos alcanzan la categoría de obras maestras dentro del género y que en ellos el ingenio complutense nos brinda tipos inolvidables y pinceladas del mejor realismo costumbrista.

En fin, la variedad de los temas cómicos, la animación de sus cuadros y la diversidad de sus personajes populares son tres notas destacadas, a las que hay que añadir su fina observación de la realidad y la agudeza satírica intencionada, la profunda intencionalidad de estos entremeses que amalgaman a la perfección risa y seriedad.

Patricio de la Escosura (1807-1878), novelista histórico

Patricio de la Escosura (Oviedo, 1807-Madrid, 1878) fue militar liberal y conoció el exilio. Sus novelas tocan temas muy variados, desde la ambientación medieval en el reinado de doña Urraca de Castilla en El conde de Candespina (1832) hasta el episodio contemporáneo en El patriarca del valle (1846-1847) pasando por el tema del pastelero de Madrigal y el reinado de Felipe II en Ni rey ni Roque, su mejor obra, o el tema americano en La conjuración de Méjico o Los hijos de Hernán Cortés (1850).

Menos interesantes nos resultan sus Estudios históricos sobre las costumbres españolas (1851) que, pese al título, son una «novela original», y sus Memorias de un coronel retirado (1868), de carácter autobiográfico.

Patricio de la Escosura

En Ni rey ni Roque no pretende una reconstrucción histórica ambiciosa, sino que su propósito declarado es distraer al lector; se le ha criticado su estilo narrativo simple y hasta incorrecto a veces en lo gramatical (frases mal construidas, redundancias…). Sin embargo, sus diálogos son buenos y consigue que su obra resulte amena y se lea con facilidad…, lo que no es poco en este tipo de obras.

Historia del entremés: hasta Lope de Rueda

El corpus de entremeses y entremesistas del Siglo de Oro es muy amplio, así que el listado de autores y títulos que irán apareciendo en estas entradas habrá de resultar a la fuerza esquemático. Hoy examinaremos los precedentes del entremés, hasta llegar a su primera cima, la que suponen los pasos de Lope de Rueda.

Lope de Rueda

Los primeros cultivadores del entremés (los que forman lo que Huerta Calvo denomina «etapa fundacional») fueron Juan del Encina (1469-1529), Lucas Fernández (1474-1542), Gil Vicente (h. 1465-h. 1536), Hernán López de Yanguas (1487-1550), Diego Sánchez de Badajoz (finales del XV-1549), Sebastián de Horozco (1510-1580), Joan Timoneda (¿1518?-1583) y, sobre todo, Lope de Rueda (h. 1510-h. 1565), quien consolida el género con sus pasos. Su importancia ya fue destacada por Rojas Villandrando en estos versos, que ponen de relieve a su vez su doble faceta de actor (representante) y autor dramático (poeta):

Digo que Lope de Rueda,
gracioso representante
y en su tiempo gran poeta,
empezó a poner la farsa
en buen uso y orden buena;
porque la repartió en actos,
haciendo introito en ella,
que agora llamamos loa;
y declaraban lo que eran
las marañas, los amores,
y entre los pasos de veras
mezclados otros de risa,
que, porque iban entremedias
de la farsa, los llamaron
entremeses de comedia;
y todo aquesto iba en prosa
más graciosa que discreta.

Algunos de sus títulos son: Paso de Polo y Olalla negra, Paso de Gargullo, de Estela y de Logroño, Paso de Troico y Leno sobre la mantecada, Cornudo y contento, La tierra de Jauja, Las aceitunas, La generosa paliza, Los lacayos ladrones, El rufián cobarde… La ágil prosa coloquial de estos pasos influyó poderosamente en Cervantes, como ha destacado la crítica de forma unánime [1].


[1] Sus textos pueden leerse en: Lope de Rueda, Pasos, ed. de Fernando González Ollé y Vicente Tusón, Madrid, Cátedra, 1981.

Estanislao de Cosca Vayo (1804-1864), novelista histórico

El valenciano Estanislao de Cosca Vayo (Valencia, 1804-1864) inicia su producción con una novela no histórica, sino sentimental, El Voyleano o La exaltación de las pasiones (1827); le sigue una de las primeras de ambiente histórico contemporáneo, Los terremotos de Orihuela (1829). Al año 1830, el mismo de Los bandos de Castilla de López Soler, corresponde Grecia o La doncella de Misolonghi. De 1831 es Historia imparcial de la emperatriz Eudoxia Foederovna, esposa del Czar Pedro I el Grande, y de 1832 La amnistía y Aventuras de un elegante o Las costumbres de antaño, otro relato no histórico.

Su obra más importante en la materia que nos ocupa, la novela histórica romántica, es La conquista de Valencia por el Cid, de 1831.

Portada de La conquista de Valencia por el Cid

Del año 34 es Los expatriados o Zulema y Gazul, y del siguiente Juana y Enrique, reyes de Castilla. Después publicaría La hija del Asia (1848).

Sus novelas aparecen, salvo Los expatriados, en Valencia y en ellas, sobre todo en La conquista de Valencia por el Cid podemos encontrar el paisaje levantino; sus descripciones, un tanto genéricas pero no exentas de cierta suave melancolía, hacen que, junto con Cortada y Sala, se adelante a Gil y Carrasco en traer a la novela histórica escenas coloristas del paisaje de su región. Señalar que sus personajes se caracterizan por la escasa penetración psicológica sería hablar de un mal corriente en la mayoría de todos estos autores (por ejemplo, el carácter del Cid, idealizado al máximo por el patriotismo de Vayo en su novela, resulta inverosímil). Sus diálogos son muy poco vivos. Por lo demás, destaca su estilo limpio, castizo, con alguna reminiscencia cervantina, demasiado florido y ampuloso en ocasiones.

El entremés: personajes, estilo y representación

Por lo que toca a los personajes del entremés barroco, existe un elenco fijo de máscaras o figuras, a saber, el bobo-alcalde, el vejete, el sacristán, el soldado, el estudiante, el médico, el barbero, el ciego, el negro…, más la mujer, a la que Huerta Calvo califica como «auténtica Dea ex machina del género entremesil»[1]. Arellano, por su parte, añade:

Personajes de los bajos oficios (sastres, venteros, pasteleros, criados, pajes) y representantes degradados de los hidalgos miserables y chanflones, rufianes y hampones, prostitutas y alcahuetas, pululan en el mundo del entremés, lo mismo que en la literatura burlesca y satírica de otros géneros. A menudo el mismo título hace referencia a este protagonismo de las figuras ridículas: basta repasar la colección de Cotarelo para encontrar, por ejemplo, entremeses De los habladores, Del astrólogo borracho, Del viejo casado con moza, De las gorronas, Del hospital de los podridos, Del doctor simple, Del indiano, De los ladrones engañados, De la endemoniada, Del sacristán Soguijo, De los rufianes, Del gabacho, De las viudas[2].

Si nos referimos al estilo, hay que subrayar que la lengua del entremés explota todos los recursos propios de la comicidad grotesca: hablas dialectales, latines macarrónicos, vocabulario popular (invectivas, insultos codificados, pullas, disfemismos…), onomástica burlesca, todos los registros expresivos del erotismo, alusiones escatológicas, etc. Sin duda alguna, el entremés ofrece un campo inmenso para todo tipo de experimentación lingüística.

En cuanto a la representación, el entremés se presta especialmente al histrionismo más exagerado. De hecho, el éxito de estas piezas es atribuible en muchas ocasiones a la habilidad de los actores, como el celebérrimo Cosme Pérez, alias Juan Rana, para quien se escribieron más de cuarenta piezas[3]: La boda de Juan Rana (quizá de Francisco de Avellaneda, aunque suele atribuirse a Cáncer), El desafío de Juan Rana (Calderón), El doctor Juan Rana (Quiñones), Juan Rana poeta (Solís), Juan Rana mujer y Juan Ranilla (Cáncer)…

El actor Cosme Pérez, Juan Rana


[1] Javier Huerta Calvo, El teatro breve en la Edad de Oro, Madrid, Laberinto, 2001, p. 95.

[2] Ignacio Arellano, Historia del teatro español del siglo XVII, Madrid, Cátedra, 1995, p. 662.

[3] Existe abundante bibliografía sobre este actor-personaje, pero remito únicamente a la monografía de Francisco Sáez Raposo, Juan Rana y el teatro cómico breve del siglo XVII, Madrid, Fundación Universitaria Española, 2005.