Joanes Leizarraga y su traducción al euskera del Nuevo Testamento (1571)

La figura de Joanes Leizarraga y su traducción al euskera del Nuevo Testamento la debemos recordar en relación con la de la reina Juana III de Navarra, también conocida como Juana de Albret (Saint-Germain-en-Laye, 1528-París, 1572), y en el contexto de los conflictos de religión que conoció Europa en el momento de la Reforma católica y la Contrarreforma protestante. Juana de Albret, hija única de Enrique II de Navarra y de Margarita de Francia (cuya aportación a la literatura hemos abordado antes), se crió en París, en la Corte de su tío el rey Francisco I de Francia. A la muerte de su padre, ocurrida en 1555, heredó el reino de Navarra y las demás posesiones familiares (además de reina de Navarra fue Duquesa de Albret, Condesa de Foix y Bigorra y Vizcondesa de Bearne, Marsan y Tartás). En 1560 se convirtió al protestantismo, introdujo la Reforma en la Baja Navarra y Bearne, y, por una orden promulgada el 19 de julio de 1561, impuso el calvinismo en sus Estados.

Algunas de las medidas destinadas a implantar la Reforma en sus territorios fueron la publicación de un catecismo de Juan Calvino en bearnés (1563); la fundación de una academia protestante en Rotes (1566); la redacción de nuevas Ordenanzas eclesiásticas (1566-1571); la traducción al bearnés del Psautier de Marot, realizada por Arnaud de Salette (1568); y la traducción del Nuevo Testamento al vasco hecha por Joanes Leizarraga y publicada el mismo año de 1571 en que la fe reformada (calvinista) quedó oficializada como religión estatal en Bearn y la Baja Navarra. No puedo detenerme ahora en un análisis más detallado de las complejas implicaciones políticas y religiosas del reinado de Juana III, pero sí interesa dejar constancia del impulso que su actuación supuso para el empleo del vascuence en las instituciones de la Corte y en la Iglesia[1].

Así pues, la traducción al euskera del Nuevo Testamento fue obra de Joanes Leizarraga o Juan de Leizarraga (Briscous, Labort, 1506-La Bastide-Clairence, 1601), quien se había ordenado sacerdote en el seno de la Iglesia católica, pero que en 1559 se hizo partidario de la Reforma protestante. Frente a las persecuciones sufridas, encontró la protección de la reina Juana. Laizarraga fue pastor de la Iglesia reformada durante tres décadas en La Bastide-Clairence (Baja Navarra). Por iniciativa del Sínodo de Pau celebrado en 1564, tradujo la primera versión al euskera del Nuevo Testamento, que se imprimiría en 1571 por Pierre Hautin en La Rochelle. La labor de Leizarraga no se redujo a la traducción del Nuevo Testamento, con el título Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria[2], sino que se completó con un calendario de festividades religiosas (Kalendrera) y unas lecciones rudimentarias para aprender a leer y la doctrina (ABC edo Kristinoen instrukzionea). Esta obra de Leizarraga se considera la segunda publicación impresa en euskera.

Portada de Iesus Christ Gure Iaunaren Testamentu Berria

La labor traductora desarrollada por Leizarraga ha sido considerada por la crítica como un gran éxito, sobre todo si tenemos en cuenta la escasa tradición literaria con que contaba el euskera. El vascuence por él utilizado toma elementos de los tres dialectos del País Vasco francés (labortano, bajonavarro y suletino), y se ha sugerido la posibilidad de que Leizarraga decidiera crear una especie de koiné de los tres dialectos para poder llegar a un público lo más amplio posible. Se ha destacado que, por un lado, su trabajo resulta innovador en el empleo de léxico culto pero, por otro, es muy arcaizante en lo que se refiere a la morfología y la fonética. En fin, cabe destacar que en esta traducción aparece el término adaptado al dialecto navarro-labortano heuscal herria[3] y que en ella se hace referencia a lo dialectalizado que se encuentra el idioma:

… bat bederac daqui heuscal herrian quasi etche batetic bercera-ere minçatzeco manerán cer differentiá eta diuersitatea den…

[… cualquiera sabe que en Euskal Herria casi de una casa a otra lo diferente y diversa que es la forma de hablar…]


[1] Remito para más detalles a los trabajos de Víctor Manuel Arbeloa, La corte protestante de Navarra (1527-1563), Pamplona, Gobierno de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1992; y de Juan María de Olaizola, Historia del Protestantismo en el País Vasco. El Reino de Navarra en la encrucijada de su historia, Pamplona, Pamiela, 1993.

[2] Puede verse la edición facsímil de Pamplona, Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Navarra, 2007, que va acompañada de valiosos estudios de Fernando Pérez Ollo, Xabier Quintana, Henrike Knörr y Txomin Peillen Karrikaburu.

[3] Esta sería la segunda aparición documentada del término, tras la encontrada en el manuscrito de Juan Pérez de Lazarraga, escrito unos pocos años antes, entre 1564 y 1567.

Cronología y semblanza de Joaquín Costa (1846-1911)

1846 Nace en Monzón (Huesca)[1].

1876 Publica La vida del Derecho.

1881 La poesía popular española y mitología y literatura celtohispana.

1894 Inicia su etapa de mayor actividad pública. Estudios ibéricos.

1899 Presidente de la Asamblea de Federaciones Agrícolas.

1900 Reconstitución y europeización de España, programa para un partido nacional.

1901 Ingresa en la Academia de Ciencias Morales y Políticas.

1901-1902 Oligarquía y caciquismo.

1902 Derecho consuetudinario y Economía popular de España.

1904 Abandona la vida pública para dedicarse a su labor de escritor.

1911 Muere en su retiro de Graus, Huesca.

Joaquín Costa

Político republicano, jurista, historiador, sociólogo y filósofo, Joaquín Costa Martínez (1846-1911) influyó poderosamente sobre el grupo de escritores del 98 con sus ideas de europeización y de regeneración de España. Según Costa, una tarea esencial para lograr la renovación del país había de consistir en la destrucción de los vicios y corruptelas de la política; solo así se conseguiría crear una nueva sociedad, libre de prejuicios arcaicos y de ataduras al pasado, pero que reuniese los genuinos valores nacionales.

Los principales títulos de su obra son: La vida del Derecho (1876), Teoría del hecho jurídico, individual y social (1880), La poesía popular española y mitología y literatura celtohispanas (1881), Derecho municipal consuetudinario de España (1885), El Consejo de Familia en España (1890), Estudios ibéricos (1894), Reforma de la fe pública (1897), Reconstitución y europeización de España, programa para un partido nacional (1900), Oligarquía y caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla (1901-1902), Derecho consuetudinario y Economía popular de España (1902) o El fin pericial y su procedimiento: una institución procesal consuetudinaria (1904). Es también muy importante su discurso de ingreso en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del año 1901, titulado «El problema de la ignorancia del Derecho como culpa y sus relaciones con el estatus individual». En otros ensayos abordó temas relacionados con la reforma agraria, así en El arbolado y la patria (1912), La fórmula de la agricultura española (1911-1912) y La tierra y la cuestión social (1912).

Sus obras estrictamente literarias son menos numerosas, y se limitan a algunas novelas inacabadas en las que vuelve a plantear sus preocupaciones sobre España, como por ejemplo en Justo de Valdediós, que se subtitula Revolución y Patria.


[1] Texto extraído de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

El XVIII, un siglo antinovelesco en España

En el siglo XVIII apenas sí se cultiva la novela en España[1]. Pensemos por un momento en los novelistas de esa centuria. ¿Qué nombres podemos recordar? En un primer momento, los de Torres Villarroel y el Padre Isla (y habría que discutir hasta qué punto son auténticas novelas tanto la Vida… como el Fray Gerundio); también se pueden añadir los de Montengón (la Eudoxia, el Rodrigo) y, ya hacia finales del siglo, los de Cadalso (deberíamos igualmente examinar el carácter de sus Noches lúgubres), Mor de Fuentes, García Malo, Rodríguez de Arellano, Martínez Colomer, Valladares de Sotomayor, Céspedes y Monroy, Tóxar o Trigueros.

Portada de Fray Gerundio de Campazas

Los últimos quince años del XVIII tienen ya capacidad para novelar, señala Juan Ignacio Ferreras[2]; sin embargo, para el desarrollo del género novelesco, ninguna obra importante nos ofrecen estos autores[3]:

¿Cómo es posible ­—se pregunta Brown— que durante siglo y medio olvidasen los españoles, casi en absoluto, vocación literaria tan arraigada? ¿Tanto habían variado las ideas estéticas y el gusto literario en país tan tradicionalista como España, desde los tiempos del Quijote y El Buscón?[4]

En efecto, la gran novela española de los siglos XVI y XVII no tiene una descendencia en nuestro país en esta centuria. Cervantes será asimilado en Inglaterra[5], pero no en España; entre nosotros, el Quijote sería entendido en el siglo XVIII, según el criterio de utilidad y didactismo, únicamente como el libro que acabó con la novela de caballería y, por extensión, con la novela en general. Escribe Ferreras:

Como sabemos, el XVIII español es siglo que se quiere filósofo e ilustrado; la novela no solamente no puede encontrar un puesto elevado en esta sociedad literaria, sino que es atacada a partir de la novela misma. No vamos a repetir aquí la función del Quijote en este siglo; para los avisados filósofos del XVIII, Cervantes era un genio porque había terminado con la novela; es más, Cervantes mostraba con su Quijote cómo se debía combatir este género literario y así surgen las llamadas «imitaciones» del Quijote del XVIII, sobre las que habría que decir inmediatamente que no son imitaciones, sino todo lo contrario. El XVIII español produce un antiquijotismo novelesco, por llamarlo así, que ha de coincidir con la decadencia y casi desaparición del género novelesco[6].

Para Ferreras, el XVIII es el siglo antinovelesco por antonomasia: «El XVIII español no es solamente el siglo que carece de novela, sino el siglo que la combate y niega»[7]. Sin embargo, no es totalmente exacto que el siglo XVIII carezca de novela; hay que matizar cuando se emplea una expresión del tipo «desierto novelesco del XVIII»; el propio Ferreras, en otro estudio[8], indica que el XVIII comienza «desnovelado», pero también que a lo largo del mismo se desarrollarán dos corrientes novelescas: una es la imitadora, prolongación del siglo XVII, representada por el Padre Isla y Torres Villarroel, que sigue ante todo el criterio de la utilidad; y la segunda corriente es la renovadora, sensible o prerromántica que, iniciándose hacia el año 1780 y continuando hasta 1830, supondrá el origen de la gran novela decimonónica.

En definitiva, como quiere aclarar en su estudio Brown, el XVIII no fue un siglo sin novela; se leía novela y los lectores pedían novela[9], de ahí que, ante la escasa producción original, se recurriese a las traducciones de autores extranjeros y a las reediciones, muy abundantes, de los clásicos del Siglo de Oro[10]. Eso sí, lo que se reedita se hace con un criterio selectivo: apenas se publican de nuevo las novelas picarescas excepto el Buscón (el Lazarillo, por ejemplo, solo conoció una reedición), ni la Celestina, ni la novela de caballería, ni la bizantina; sí el Quijote, la novela pastoril y, sobre todo, las novelas cortas de tipo moral del XVII (las de María de Zayas, Pérez de Montalbán, Lozano, Tirso, Castillo Solórzano, Sanz del Castillo, Céspedes y Meneses, y las Ejemplares de Cervantes).

Al calor de estas reediciones se desarrollará a lo largo de casi todo el siglo la corriente imitadora; pero sus creaciones serán muchas veces productos híbridos, mezcla de novela y de componentes didácticos o moralizadores, y no verdaderas novelas modernas. Escribe Ferreras:

La antinovelesca novela del XVIII, y a pesar de los esfuerzos de un Mor de Fuentes y sobre todo de un Montengón, no logró nunca convertirse en auténtica novela; o no logró esa línea cervantina o stendhaliana que ha caracterizado y consagrado el género entero[11].

Las causas de este antinovelismo son variadas[12] y suponen que prácticamente hasta finales de siglo —hasta los últimos quince o veinte años— no se vislumbren posibilidades renovadoras para la novela. Sin embargo, cuando esos intentos por crear una nueva novela española empiecen, se verán detenidos por otra serie de factores (censura, guerra de la Independencia, absolutismo fernandino, etc.). Terminaré citando de nuevo a Ferreras:

Los últimos años del XVIII son ya capaces de novelar […]; en principio, pero solo en principio, y después de la aceleración novelesca de la última década del XVIII, parece que en España va a surgir por fin un novela auténtica, nacional y estéticamente de valor. No sucede así, la producción nacional se debilita, se desparrama sin orientaciones precisas, y mientras tanto, se traduce y se traduce[13].


[1] «Pedir novela al siglo XVIII, sobre todo en su primera mitad, es un anacronismo casi tan grave como pedirle cine», opina Juan Luis Alborg en su Historia de la Literatura Española, III, El siglo XVIII, Madrid, Gredos, 1989, p. 256. Y Felicidad Buendía, en el estudio preliminar a su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 26: «El siglo XVIII, con sus aficiones francesas, su prosaísmo lírico y sus contrastes con relación al siglo que le precedió, se muestra en lo que a novelística se refiere, profundamente agotado, cansado, sin recursos».

[2] Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1973, p. 305.

[3] Un estudio de conjunto bastante completo es el de Joaquín Álvarez Barrientos, La novela del siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991.

[4] Reginald F. Brown, La novela española 1700-1850, Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 9. La decadencia del género novelesco no empieza, en efecto, con el siglo XVIII, sino antes, hacia 1650, después de Gracián.

[5] «Su descendencia legítima durante la centuria siguiente —señala Menéndez Pelayo— hay que buscarla fuera de España: en Francia, con Lesage; en Inglaterra, con Fielding y Smollet. A ellos había transmigrado la novela picaresca. […] Pero durante el siglo XVIII, la musa de la novela española permaneció silenciosa, sin que se bastasen a romper tal silencio dos o tres conatos aislados: memorable el uno, como documento satírico y mina de gracejo, más abundante que culto; curiosos los otros, como primeros y tímidos ensayos, ya de la novela histórica, ya de la novela pedagógica, cuyo tipo era entonces el Emilio. La escasez de estas obras, y todavía más la falta de continuidad que se observa en sus propósitos y en sus formas, prueba lo solitario y, por tanto, lo infecundo de la empresa y lo desavezado que estaba el vulgo de nuestros lectores a recibir graves enseñanzas en los libros de entretenimiento, cuanto más a disfrutar de la belleza intrínseca de la novela misma» (Estudios sobre la prosa del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1956, pp. 245-246).

[6] Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, p. 21.

[7] Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, p. 135.

[8] La novela en el siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1987.

[9] «Estamos inundados de novelas. La moda se ha declarado por este género de composiciones. No hay duda de que tienen un mérito grande. Divierten e inspiran a veces sentimientos sublimes y grandes; enseñan, corrigen y nos instruyen en el conocimiento de la vida social; nos pintan más vivo que la historia misma, que solo se ocupa en los grandes y públicos sucesos». Olive, de quien son estas palabras (Las noches de invierno, 1796), capta el desarrollo del género en los años finales del siglo, si bien es de notar que no olvida el criterio de la utilidad educativa para la novela. Tomo la cita de Ferreras, La novela en el siglo XVIII, p. 64.

[10] «Podríamos decir que nos encontramos ante un siglo en el que la demanda excede la oferta, o de otra manera, en el que el consumo de novelas, y por lo tanto la necesidad de las mismas, excede la producción original. Si esto es así, como parece, también podemos afirmar que los hombres del XVIII buscaron la novela, y que al no encontrarla en su época, miraron hacia atrás y consumieron reedición tras reedición» (Ferreras, La novela en el siglo XVIII, p. 80).

[11] Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, p. 135.

[12] El academicismo neoclásico, el criterio de utilidad y el afán moralizador son algunas de las señaladas por Ferreras (Los orígenes de la novela decimonónica, p. 22), para añadir a continuación, aclarando que no pretende ser «groseramente sociológico», otro motivo: «Por otra parte, pero en el mismo orden de ideas, yo buscaría la falta de novela en la falta de desarrollo de la conciencia burguesa, de la conciencia racionalista e individualista. Burguesía y novela viven juntas en el devenir histórico, aunque a veces, y sobre todo, se enfrenten y contradigan. Los grupos burgueses, porque de alguna manera hay que llamarlos, que hicieron la Constitución gaditana, detentaban una conciencia colectiva capaz de novelar; pero la derrota de la Constitución primero, y el aplastamiento del liberalismo después, retrasaron la explosión novelesca hasta 1868».

[13] Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica, p. 22.

Breve cronología y semblanza de Rubén Darío (1867-1916)

1867 Nace Félix Rubén García Sarmiento en Metapa (ahora Ciudad Darío), Nicaragua[1]. Es hijo de Rosa Sarmiento y Manuel García.

1886-1888 Estancia en Chile.

1887 Publica Abrojos y Rimas. Aparece también Canto épico a las glorias de Chile.

1888 Primeras notas. Azul…

1890-1891 Viaja por varios países de Centro América. En 1890 contrae matrimonio en Guatemala con Rafaela Contreras.

1892 Viaje a España para la celebración del IV Centenario del Descubrimiento de América. Envía sus crónicas a La Nación de Buenos Aires.

1893 Muere su esposa Rafaela y casa en Nicaragua con Rosario Murillo.

1893-1898 Estancia en Argentina.

1896 Prosas profanasLos raros.

1898 Regresa a Madrid como corresponsal de La Nación de Buenos Aires.

1899 Conoce en Madrid a Francisca Sánchez, con la que hace vida marital a partir de entonces.

1901 Prosas profanas y otros poemas. España contemporánea: Crónicas y retratos literarios. Peregrinaciones.

1902 La caravana pasa.

1903 Es nombrado cónsul de Nicaragua en París.

1904 Tierras solares.

1905 Cantos de vida y esperanza. Los cisnes y otros poemas.

1906 Oda a Mitre.

1907 El canto errante. Intenta obtener, sin conseguirlo, la separación legal de su esposa Rosario Murillo.

1910 Poeta del otoño y otros poemas.

1912 Todo al vuelo.

1913 Radicado en Mallorca, inicia la novela autobiográfica La isla de oro, inacabada.

1914 Canto a la Argentina y otros poemas. Vive en Barcelona.

1915 La vida de Rubén Darío contada por el mismo. Enfermo, regresa a Nicaragua.

1916 Historia de mis libros. Muere en León, Nicaragua.

Rubén Darío

Rubén Darío (su nombre verdadero era Félix Rubén García Sarmiento) ha pasado a las historias de la literatura como el máximo impulsor del Modernismo literario, movimiento que durante mucho tiempo se contrapuso al de la Generación (o Grupo literario) del 98 (hoy más bien se consideran tendencias complementarias que conviven en una misma época, la de la generación de fin de siglo, y aun en unos mismos autores). El Modernismo significó una auténtica revolución estética, en especial por las innovaciones métricas que aportó, por la musicalidad y los valores sensoriales que buscaba transmitir, especialmente en la poesía, pero también en la prosa (recordemos que Valle-Inclán trabó amistad con Darío, siendo uno de los primeros escritores españoles en adaptar los gustos modernistas en sus relatos de los años 1897-1905). Rubén Darío fue un genial orfebre del verso, al que dotó de plena sonoridad y riqueza expresiva. Para él, la belleza formal del poema estaba por encima de todo, si bien en su última etapa creadora esa preocupación fue descendiendo en intensidad.

La influyente obra literaria del nicaragüense incluye títulos como Abrojos (1887), Primeras notas (1888), Azul… (1888), Prosas profanas y otros poemas (1896 y 1901), Los raros (1896), España contemporánea (1901), Peregrinaciones (1901), La caravana pasa (1902), Tierras solares (1904), Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), Todo al vuelo (1912) o Canto a la Argentina y otros poemas (1914). Además deben recordarse sus colaboraciones periodísticas (por ejemplo, las redactadas para La Nación), sus numerosos cuentos y algunas novelas como La isla de oro.


[1] Texto publicado originalmente en José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998. Ofrezco aquí una versión revisada y ampliada.

El epitafio de Juan de Amendux «Hemen naça orciric…»

Al considerar el panorama del vascuence literario en el siglo XVI, debemos recordar la primera obra publicada en lengua vasca, Linguae vasconum primitiae (1545), de Bernard Dechepare; también la figura de Joanes Leizarraga y su traducción del Nuevo Testamento (1571); y, en fin, el epitafio de Juan de Amendux que comienza «Hemen naça orciric…». Ya salió en el blog una entrada dedicada a Dechepare; evocaré hoy el bello poema de Amendux, dejando a Leizarraga para una próxima ocasión.

El pamplonés Juan de Amendux (1540-1580) es autor de un epitafio (otros estudiosos lo denominan elegía) descubierto en 1963 por José Goñi Gaztambide en el Archivo General de Navarra, que data de hacia 1568 y empieza «Hemen naça orciric…». Lo transcribo en la versión modernizada de Jabier Sainz Pezonaga[1], junto con su propia traducción:

Hemen natza ehortzirik, noizbait gozo eritzirik,
Herioak uste gabe dolorezki egotzirik,
ene anima Jangoikoagana beldurrekin partiturik,
lagun gabe bide luzean peril asko pasaturik,
onak eta honrak bertan munduak edekirik,
plazerak azkeneraino atsekabe bihurturik.
Ahaideak eta adiskideak, arte gutxiz atzendurik,
ikusten ditut itsusirik, harretxe guztia deseginik,
argi gabe ilunbetan, ustel eta kirasturik.
Negar begi bat bederak bere aldiaz oroiturik,
nehork ere izanen ez du nik ez dudan partidurik.
Ene anima gomenda ezazue garitatez mobiturik,
zarraizkidate gero bertan hitz hauek ongi notaturik:
Josafaten baturen gara Judizion elkarrekin;
bitartean lo dagigun, bakea izan dadila guztiekin.

[Aquí yazgo enterrado, lo cual alguna vez consideré dulzura; derribado inesperada y dolorosamente por la muerte, me dirijo temeroso hacia Dios. En el largo camino he pasado muchos peligros sin tener compañía, habiéndome arrebatado el mundo tempranamente los bienes y los honores, convertidos hasta el final los placeres en amargura. Los parientes y amigos, que por poco tiempo lo fueron, habiendo destruido toda la casa solariega, los veo abominables, sin luz en las tinieblas, putrefactos y nauseabundos. Llore cada cual recordando su tiempo, nadie habrá tenido contrariedades que yo no haya conocido. Encomendad mi alma movidos de caridad. Hacedme caso al punto atendiendo bien estas palabras: En Josafat nos hemos de juntar todos el día del Juicio Final. Mientras tanto durmamos, que la paz sea con todos.]

Epitafio para un ángel fallido

[1] Ver Jabier Sainz Pezonaga, «Hemen natza ortzirik. Joan Amenduzekoaren epitafioa (c. 1568). Edizio kritikoa», Sancho el Sabio, 24, 2006, pp. 57-90.

Antonio Machado (1875-1939): cronología y semblanza de urgencia

1875 Nace en Sevilla, el 26 de julio. Es hijo del jurista y folclorista Antonio Machado Álvarez, Demófilo[1].

1883 Trasladada la familia a Madrid, estudia en la Institución Libre de Enseñanza con Giner de los Ríos, cuyo magisterio le marca profundamente.

1893 Publica sus primeros escritos en prosa en el periódico La Caricatura.

1899 Realiza su primer viaje a París, donde trabaja en la editorial Garnier.

1900 En Madrid conoce a Unamuno, Valle-Inclán y Juan Ramón Jiménez.

1902 En su segundo viaje a París conoce a Rubén Darío, entablándose entre ambos una gran amistad.

1903 Publica su primer libro de poesías, Soledades.

1907-1912 Catedrático de francés en Soria.

1907 Soledades. Galerías. Otros poemas.

1909 Se casa con Leonor Izquierdo.

1911 Nueva estancia en París estudiando la filosofía de Bergson en el College de France.

1912 Fallece Leonor. Campos de Castilla.

1912-1919 Catedrático en Baeza (Jaén).

1917 Páginas escogidas. Poesías escogidas. Primera edición de Poesías completas.

1919-1932 Catedrático en Segovia.

1924 Nuevas canciones.

1926 Juan de Mañara (teatro).

1927 Ingresa en la Real Academia Española.

1928 Segunda edición de Poesías completas. Las adelfas (teatro).

1930 La Lola se va a los puertos (teatro).

1931 La prima Fernanda (teatro).

1932 Catedrático en Madrid.

1936 Juan de Mairena. Evacuado a Valencia (con su madre Ana Ruiz y sus hermanos José, Francisco yJoaquín) por el gobierno republicano.

1937 La guerra, con ilustraciones de su hermano José. Participa en la Conferencia Nacional de Juventudes Socialistas y en el II Congreso Internacional de Escritores, organizado por la Alianza Internacional de Escritores Antifascistas.

1938 La tierra de Alvar González y Canciones del alto Duero. Trasladado a Barcelona.

1939 Ante el avance del ejército nacional, Antonio Machado, su madre y su hermano José cruzan la frontera con Francia. El 29 de enero llegan a Collioure. Vencido por el cansancio y la enfermedad, moriría el 22 de febrero, y su madre tres días después.

Antonio Machado

Antonio Machado es uno de los poetas españoles más importantes y populares del siglo XX. Dio a conocer sus primeras prosas en la revista Caricatura y sus versos juveniles en Electra, Helios y otras publicaciones modernistas. De hecho, se inició en el Modernismo, aunque luego recorrió sus propios caminos, logrando una voz propia y un estilo personal sencillo pero muy expresivo. Su libro Soledades (1903), reeditado luego como Soledades. Galerías. Otros poemas (1907), se adscribe a las tendencias del Modernismo y el Simbolismo. Se trata de una poesía de marcado tono intimista y nostálgico, o mejor, suavemente melancólico, con la que expresa su profundo sentido de la temporalidad. Con estos poemas quiere Machado explorar y recorrer las galerías interiores del alma. Además del paso implacable del tiempo, que conduce a la muerte, otros temas que aparecen en este cancionero son la fe en Dios o el amor sentido desde la soledad, como anhelo espiritual y como angustia. El tono meditativo de estas composiciones queda subrayado por la elección de unas formas métricas sencillas y por la ausencia de imágenes; los estados de ánimo quedan condensados en objetos o gestos que cobran valor de símbolos.

Su otra gran obra es Campos de Castilla (1912), en la que manifiesta todo su amor al paisaje castellano y el dolor por la muerte de su esposa. Se trata de una poesía más volcada hacia el exterior, con una destacada vertiente de denuncia social. En 1917 publicó unas Páginas escogidas. Las composiciones de entre 1917 y 1924 quedaron recogidas en Nuevas canciones (1924), obra en la que desaparece la preocupación religiosa de la etapa anterior (no así la metafísica), aumenta la presencia de lo popular y se acentúan las notas de humor irónico y reflexivo, de escepticismo creciente, de introversión. De 1928 data la segunda edición de sus Poesías completas. La producción poética posterior a 1924 se agrupará en De un cancionero apócrifo, con comentarios de Machado a los distintos autores que supuestamente incluye el libro.

En prosa publicó, en 1936, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo. Por su parte, La guerra (1937) reúne versos y prosas de valor testimonial más que literario. Suele recordarse de forma especial su elegía por la muerte de García Lorca, «El crimen fue en Granada». Antonio Machado es autor además de varias obras de teatro, escritas en colaboración con su hermano Manuel: Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel (1926), Juan de Mañara (1927), Las adelfas (1928), La Lola se va a los puertos (1930), La prima Fernanda (1931) o La duquesa de Benamejí (1932).


[1] Texto extraído de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998, ampliado ahora.

Margarita de Navarra y «L’Heptaméron»

Al recorrer la historia literaria de Navarra, la primera figura importante que debemos recordar en el terreno de la prosa narrativa es la de Margarita de Navarra (llamada también Margarita de Angulema, Margarita de Francia y Margarita de Orleans). Aunque su estudio en el citado panorama se haya discutido en ocasiones, y aunque ciertamente su producción deba ser analizada en el contexto de la literatura francesa, no se puede negar su vinculación a Navarra en virtud de su título dinástico, ya que fue reina consorte entre 1527 y 1549.

En efecto, Margarita de Navarra, hija de Carlos de Angulema y Luisa de Saboya, hermana mayor del rey Francisco I de Francia, nació en Angulema en 1492. Gran lectora, poetisa y cazadora, casó a los diecisiete años por razones políticas con el duque de Alençon, Carlos IV, el año de 1509, y en 1527, en segundas nupcias, con Enrique II de Albret, rey de Navarra. Manifestó simpatías por Lutero y Calvino y fomentó el movimiento hugonote, aunque en el momento de su muerte (acaecida en Odos, Bigorre, en 1549) había vuelto al seno de la religión católica.

Margarita de Navarra —«corps féminin, coeur d’homme, tête d’ange», según la definiera el poeta Clemente Marot— fue una mujer con grandes inquietudes intelectuales, una verdadera humanista: protectora de las letras, viviría siempre —primero como duquesa de Alençon y luego como reina de Navarra— rodeada de humanistas y escritores (cabe recordar su relación con el Cenacle de humanistas y teólogos de Meaux, su corte literaria de Nérac, su amistad con el Sodalitium Lugdunense o Círculo literario de Lyon, etc.).

Margarita de Navarra

En su faceta de escritora, que es la que ahora más me interesa, es autora de varios poemas en lengua francesa, como el Dialogue en forme de vision nocturne (Diálogo en forma de visión nocturna), 1.260 versos de terza rima, que son «una meditación cristiana sobre la muerte» escrita tras la muerte en 1524 de su sobrina Carlota. En la misma época se puede datar la Oraison à Notre Seigneur Jésus-Christ, poema «mucho más regular y lírico», al decir de Víctor Manuel Arbeloa. Entre los años 1527 y 1529 compondría Le Miroir de l’âme péchereuse (El espejo del alma pecadora), impreso en Alençon en 1531: «Examen de conciencia en presencia de Dios, la reina de Navarra abre, a través de 1.434 versos decasílabos, una puerta al lirismo religioso en la literatura francesa», escribe el citado Arbeloa. Además de tres pastorelas (piezas de género pastoril, de las que la más interesante es La Complainte por un détenu prisonnier), algunos misterios y farsas (Le Malade, L’Inquisiteur…), se suele recordar la recopilación de sus escritos recogida bajo el título de Les marguerites de la Marguerite des princesses.

Pero, sin duda alguna, su obra más importante, y por la que Margarita de Navarra merece un puesto de honor en el panorama narrativo europeo del siglo XVI, es la colección de relatos que escribió a la manera del Decamerón de Boccaccio (es decir, con un marco narrativo que los engloba), en la línea también de los cuentos de Chaucer, que se presenta bajo el título de L’Heptaméron (El Heptamerón) y que quedó inacabada.

En el «Prólogo» asistimos a la reunión, en los baños de Cauterets, de tres gentileshombres, Hircan, Dagoucin y Saffredent, que junto con otros personajes irán enhebrando los setenta y dos relatos de que consta la obra. Son narraciones de temas y contenidos bastante desenfadados, en las que se describen las prácticas amatorias de principios del Renacimiento. La autora no rehúye temas escabrosos, y para comprobarlo bastará con consignar el título de la novela XXX: «Un gentilhombre, de catorce o quince años de edad, creyendo acostarse con una de las doncellas de su madre, se acostó con esta misma, quien al cabo de los nueve meses de lo sucedido con su hijo, dio a luz una niña, con la que se casó doce o trece años después, ignorando, él que fuese su hija y hermana, y ella que fuese su padre y hermano». Como leemos en el prólogo a la edición de 1970 debida a Felipe Ximénez de Sandoval, todos los relatos se caracterizan por

 la soltura de las descripciones, la vivacidad del lenguaje y la finura psicológica con la que la escritora pinta a sus personajes, tanto príncipes y grandes señores como campesinos, burgueses, clérigos, menestrales, prelados y monjas. La autora va poniendo los cuentos en los labios de diferentes damas y caballeros, forzados a refugiarse en un monasterio a causa de una horrorosa tormenta y que deciden pasar las horas de encierro, alternando los oficios religiosos en la iglesia con la cháchara en el refectorio. Sin demasiado respeto al lugar sagrado en donde se encuentran, los joviales refugiados cuentan atrevidas historias galantes que ponen de relieve la elasticidad de los conceptos morales en la Francia renacentista.

Este es el contenido de las ocho jornadas de L’Heptaméron (siete de ellas incluyen diez relatos y la octava tan solo dos; al parecer, la reina quiso escribir un total de cien relatos, distribuidos en diez jornadas, pero no pudo culminar su propósito): «En la primera jornada se hace una recopilación de las trastadas que las mujeres hacen a los hombres y los hombres a las mujeres»; «En la jornada segunda se conversa acerca de las ocurrencias que súbitamente se le vienen a la imaginación a cada uno»; «En la jornada tercera se trata de las damas que en sus amores no han buscado más que la honestidad, y de la hipocresía y perversidad de los frailes»; «En la jornada cuarta se trata principalmente de la virtuosa paciencia y larga espera de las damas para ganar a sus maridos; y de la prudencia que utilizaron los hombres con las mujeres, para conservar el honor de sus casas y de su estirpe»; «En la quinta jornada se trata de la virtud de las solteras y de las casadas que han tenido en más su honor que su placer, de las que han hecho lo contrario y de la simpleza de alguna otra»; «En la sexta jornada se trata de los engaños que se hacen de hombre a mujer, de mujer a hombre o de mujer a mujer, por avaricia, venganza y malicia»; «En la séptima jornada se trata de quienes hacen todo lo contrario de lo que deben o desean»; «En la jornada octava se trata de las más grandes y verdaderas locuras que pueden servir de aviso a todos».

La obra de Margarita de Navarra ha generado abundante bibliografía. Por ejemplo, José Antonio González Alcaraz, en un trabajo titulado L’Heptaméron. Estudio literario (Murcia, Universidad de Murcia-Departamento de Filología Francesa, 1988), ha analizado el libro en relación con otras colecciones de relatos con marco. También ha estudiado cómo funciona ese marco narrativo de L’Heptaméron, con varios apartados dedicados a la inclusión de cuentos de textura bizantina; el contraste entre los propósitos y el tono del marco; la coexistencia de ficción y realidad: el desdoblamiento; el «locus amoenus»; los personajes; la presencia del debate en el marco y la dramatización. En sus conclusiones indica que Margarita de Navarra sigue a Boccaccio, pero con un tono distinto, destacando su laconismo riguroso, su expresión desnuda[1].


[1] La bibliografía final que recoge González Alcaraz completa la de la edición de François en Clásicos Garnier, actualizada por Nicole Cazauran. Una buena edición moderna en español es la de María Soledad Arredondo (Madrid, Cátedra, 1991).

Cronología y semblanza de Eugenio d’Ors (1882-1954)

1882 Nace en Barcelona[1].

1906 Tras licenciarse en Derecho y Filosofía por la Universidad de Barcelona, inicia sus colaboraciones en La veu de Catalunya, donde inaugura su sección «Glosari», que firma con el seudónimo Xenius. Publica La muerte de Isidro Nonell.

1908 Religio est libertas.

1912 La ben plantada. La valle de Josafat.

1919 Se establece en Madrid.

1920 Estancia en París. Nuevo glosario. Se traducen al castellano La bien plantada y El valle de Josafat.

1921 Flos sophorum. Oceanografía del tedio.

1922 Novísimo glosario.

1923 Tres horas en el Museo del Prado.

1926 Guillermo Tell (teatro).

1927 Ingresa en la Real Academia Española y en la de Bellas Artes de San Fernando.

1928 Las ideas y las formas. Cézanne.

1929 El vivir de Goya.

1930 La filosofía del hombre que trabaja y juega.

1935 La corona (teatro).

1938 Es nombrado Director General de Bellas Artes. Será impulsor y primer director del Instituto de España.

1942 Epos de los destinos.

1944 Lo barroco.

1947 El secreto de la filosofía.

1953 Catedrático de la Universidad de Madrid.

1954 Muere en Villanueva y Geltrú, Barcelona.

Eugenio d´Ors

 

Pertenece Eugenio d’Ors y Rovira (1882-1954) a la denominada «generación europeísta», integrada por una serie de pensadores y escritores de rigurosa formación universitaria (también llamada generación de los intelectuales, de 1914, novecentista…). Este nuevo grupo se alza frente al Modernismo y la generación de fin de siglo, si bien presenta algunos puntos de contacto con los anteriores, como la preocupación por la situación española y los deseos de regeneración nacional. Eugenio d’Ors escribió en Las Noticias, ABC, El Debate, Arriba… y mantuvo una importante sección que se tituló sucesivamente «Glosario», «Nuevo glosario» y «Novísimo glosario». Mantuvo su magisterio a través del libro, el periódico y las conferencias, ejerciendo el liderazgo intelectual de la primera Falange. Después este escritor, original y culto (redactó su obra en catalán, español y francés), ha quedado bastante olvidado por razones ideológicas.

En su producción se cuentan títulos importantes de tono filosófico-ensayístico como De la amistad y el diálogo, Aprendizaje y heroísmo, Grandeza y servidumbre de la inteligencia, Oceanografía del tedio, La bien plantada… Cuenta con alguna obra de teatro como Guillermo Tell (1926), y de crítica de arte: La muerte de Isidro Nonell (1905), Cézanne (1921), Tres horas en el Museo del Prado (1922), Las ideas y las formas (1928), El vivir de Goya (1929), Lo barroco (1944). Pueden citarse además El valle de Josafat, Epos de los destinos, El secreto de la Filosofía, La ciencia de la cultura (1964, póstuma). En fin, hay que recordar las diversas recopilaciones de sus glosas periodísticas, género peculiar que mezcla el humorismo con las pretensiones didácticas, en el que el autor hace gala de un estilo sumamente original, lleno de matices irónicos; son escritos con una importante carga conceptista, a la que se añaden grandes dosis de ingenio y abundantes juegos de palabras.


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Cronología y semblanza de Valle-Inclán (1866-1936)

1866 Nace en Villanueva de Arosa, Pontevedra[1].

1891 Tras estudiar Derecho en Santiago de Compostela, emigra a México.

1894 Regresa a España.

1895 Publica Femeninas. Se traslada a Madrid.

1897 Epitalamio. Entabla estrecha amistad con Rubén Darío.

1902 Sonata de otoño.

1903 Sonata de estío.

1904 Sonata de primavera. Flor de santidad.

1905 Sonata de invierno.

1907 Se casa con la actriz Josefina Blanco. Viaja con la compañía teatral Guerrero-Mendoza por Hispanoamérica. Águila de blasón. Aromas de leyenda.

1908 Romance de lobos. Los cruzados de la Causa.

1909 El resplandor de la hoguera. Gerifaltes de antaño.

1910 Cuento de abril.

1911 Voces de gesta.

1913 La marquesa Rosalinda.

1916 La lámpara maravillosa. Invitado por el gobierno francés, visita el frente de guerra, dejando reflejadas sus impresiones en La media noche: visión estelar de un momento de guerra.

1920 Luces de bohemia. Divinas palabras.

1921 Los cuernos de don Friolera.

1922 Segundo viaje a México y Argentina. Cara de plata.

1926 Tirano Banderas. Las galas del difunto.

1927 La corte de los milagros.

1928 Viva mi dueño.

1931 Es nombrado conservador del Patrimonio Artístico y poco después director de la Academia Española de Roma.

1935 Enfermo, regresa a Santiago de Compostela.

1936 Muere en Santiago de Compostela.

Ramón María del Valle-Inclán

La producción literaria de Ramón Valle y Peña (tal era el nombre real del escritor, cuya vida queda difuminada tras una serie de anécdotas, reales o apócrifas) abarca los géneros de la novela, el cuento, el teatro, la poesía, el ensayo y el periodismo, con registros muy personales en todos ellos. Su obra se mueve entre dos extremos, el esteticismo artístico de sus primeros escritos (fue uno de los primeros cultivadores del Modernismo en España), y el estilo expresionista que, llevado al extremo, culminará en la creación del esperpento, tanto en el teatro como en la narrativa. En las obras de Valle-Inclán la realidad queda siempre sometida a un proceso de estilización, solo que en el primer caso se trata de una estilización positiva, de máxima idealización, y en el segundo de una estilización negativa, de máxima degradación.

Sus primeros relatos son Femeninas (1895), Flor de santidad (1904), Sonata de otoño (1902, ambientada en Galicia), Sonata de estío (1903, en México), Sonata de primavera (1904, en Italia) y Sonata de invierno (1905, en Navarra, durante la guerra carlista). Se trata de novelas líricas en las que destaca el retrato de personajes femeninos y en las que se mezclan como ingredientes principales el erotismo, la religión y la muerte. De la pluma de Valle-Inclán brota una prosa preciosista y exquisita, llena de de musicalidad y plena de valores sensoriales. En algunos casos, como en la Sonata de primavera, la acción ocurre en ambientes refinados (palacios, jardines…), que contribuyen a la creación de una atmósfera sensual. El estilo de estos relatos acerca a su autor al decadentismo finisecular. Cabe recordar que el ciclo de las Sonatas está unificado por la presencia del Marqués de Bradomín (esos relatos serían sus memorias amatorias), que se define como un donjuán «feo, católico y sentimental».

Valle-Inclán se acercó con frecuencia al género de la novela histórica. Así, dedicó una trilogía a la guerra carlista, formada por Los cruzados de la Causa (1908), El resplandor de la hoguera (1909) y Gerifaltes de antaño (1909). Son novelas más líricas que épicas, en las que el autor muestra su gusto por el detalle y la expresión cuidada. Escribió otro ciclo sobre el reinado de Isabel II, bajo el epígrafe general de El ruedo ibérico, que incluye La corte de los milagros (1927), Viva mi dueño (1928) y Baza de espadas (de aparición póstuma en 1958). Aquí la ironía del novelista se eleva de tono y llega al sarcasmo, a la burla cáustica y corrosiva, en suma, al esperpento. Como ocurre en el teatro valle-inclanesco, los personajes están mirados desde arriba y quedan reducidos a meros fantoches, peleles que el autor maneja a su antojo. El afán de sátira y denuncia presente en estas obras paródicas en modo alguno hace disminuir la voluntad estética. En cuanto a su estructura, es fragmentaria, articulándose la acción por medio de breves cuadros o secuencias narrativas.

Otras novelas del autor son El terno del difunto (titulo modificado luego en Las galas del difunto), de 1916, y Los cuernos de don Friolera (1921), obras en las que observamos el mismo preciosismo estilístico. En fin, en Tirano Banderas (1926), cuyo protagonista es un dictador hispanoamericano, Valle-Inclán muestra la degradación del hombre por la tiranía, a través de procedimientos estilísticos que presentan a los personajes animalizados o cosificados.

La producción teatral del escritor gallego fue también muy importante. Compuso un ciclo de «comedias bárbaras», que son Águila de blasón (1907), Romance de lobos (1908) y Cara de plata (1922), protagonizadas por don Juan Manuel Montenegro, su familia y una tropa de mendigos y labradores que viven en su hacienda. En ellas se describe una Galicia rural, cuasi-feudal, mágica y al mismo tiempo verídica, por medio de una sucesión de cuadros violentos. Dejando aparte Cuento de abril (1910), Voces de gesta (1912) y La marquesa Rosalinda (1913), que representan una etapa de teatro modernista, hay que citar otras dos obras señeras, Divinas palabras (1920) y, sobre todo, Luces de bohemia (1920 y 1924), donde Valle-Inclán formula y eleva al máximo su estética de deformación y esperpento, con ridículos personajes que son caricaturas grotescas de sí mismos. Cabe recordar asimismo las cinco piezas de su Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte y las tres de Tablado de marionetas, escritas desde la misma estética deformante, en las que los personajes son ya meras siluetas o guiñoles.

Como vemos, la producción literaria de Valle-Inclán se adscribe mayoritariamente a la novela y el teatro, pero se acercó también a otros géneros, como la poesía con Aromas de leyenda y La pipa de Kif. En La lámpara maravillosa (1916) expuso sus ideas sobre la creación artística, y en La media noche: visión estelar de un momento de guerra quedaron recogidas las impresiones de su visita al frente francés durante la primera guerra mundial.


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

El Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547)

(Va dedicada la entrada de hoy a dos buenos amigos: Joaquín Ansorena, amante de la cultura e impulsor del proyecto de reedición facsimilar del Compendio…, y a Luis Artica, cuidadoso maestro en el noble arte de la edición artesanal de libros.)

Un magnífico ejemplo de la actividad de la imprenta en Navarra al servicio de la difusión de los saberes humanísticos lo tenemos en el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), preparado por Fray Diego de Canales (su nombre no figura en la portada, junto al título, sino que se declara su apellido al final de unos versos latinos preliminares: «O decus, o generi decus immortale Canales, / me precor accipias in tua iussa. Vale»).

Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles (1547)

La génesis del libro la explica el propio autor al final de la dedicatoria «Al Muy Reverendísimo Padre Fray Diego de Sahagún»:

En el ocio de las lecciones (aunque ha sido harto poco) yo había intentado de hacer en metro castellano un breve epílogo de la Filosofía natural que había oído, a fin que mejor en la memoria me quedase; y sabido por algunas memorias de entendimiento y doctrina, fueles tan acepto, que cuasi me le hurtaban a pedazos. Ofrecióseme aquel precepto del Levítico que al principio dije [se refiere a las primicias de la cosecha entregadas al sacerdote]; y considerando ser decente, que pues yo había cogido esta poca de mies, dándome aparejo V. R. P., la ponga en sus manos, para que, haciendo a Dios gracias, debajo de sus alas sea levantado y favorecido, como son hoy por él encumbradas y autorizadas las letras. Suplico a V. R. P. no deje de advertir que, dado yo no ofrezca profundidad de misterios esmaltados en oro, ni elocuencia labrada en plata, deseo a lo menos ofrecer los pelos de cabra en la labor que el príncipe de los filósofos nos enseñó en las cosas naturales; y admitida esta de V. R. P. con benigno favor, no dejaré de intentar adelante lo que el mesmo labró de las costumbres con maravilloso artificio. Vale.

Como vemos, la idea es redactar un resumen de las lecciones de Filosofía natural aprendidas en Aristóteles, recurriendo al verso como técnica nemotécnica, es decir, como instrumento didáctico que facilitase el trabajo de la memoria. Por otra parte, Canales —sin abandonar el tono tópico de la humilitas propio de estos textos preliminares— señala en la octava 7 del «Prohemio» cuál ha sido su método de trabajo y pide se disculpen sus posibles faltas:

El texto pretiendo de recopilar
según los doctores nos han declarado;
porné mi trabajo con todo cuidado
por tus documentos la obra guiar.
Suplico humilmente lo quieras limar
en faltas y sobras frecuentes halladas,
las cuales seyendo por ti limitadas
ningún estropiezo pretienden hallar.

El autor nos habla, asimismo, de la utilidad del libro en las coplas 11 y 12, que se presentan bajo el epígrafe «De utilitate libri»:

Para mí tengo será provechosa
la filosofía en vulgar traductión,
no solo a aquellos de su profesión,
empero a los otros será deleitosa;
porque seyendo su frasis sabrosa
y la materia muy dulce y subida,
pienso será sin duda leída
antes que otra leyenda jocosa.

Los doctos y sabios podrán descansar
después que el studio les tenga cansados
leyendo sus mesmos trabajos pasados,
los cuales por tiempo se van a olvidar.
Los otros sin duda podrán levantar
sus almas, notando la gran compostura,
a su Dios eterno, que es suma holgura,
el cual sin subjecto la quiso criar.

 Al revisar la forma métrica en que está compuesto el Compendio, nos damos cuenta de que su autor ha utilizado para su redacción la copla de arte mayor castellano. Pero si además hacemos el ejercicio de contar el número total de octavas empleadas, descubriremos que alcanzan el número exacto de 300 (sumadas las 22 correspondientes al «Prohemio del autor», las 277 del tratado propiamente dicho y una última de envío al General de su Orden), circunstancia que no parece sea fruto de la mera causalidad. Más bien obedece a un objetivo previo, y no resulta demasiado complicado descubrir que el modelo ha sido Juan de Mena, uno de los escritores más destacados (junto con el Marqués de Santillana y Jorge Manrique) de la literatura peninsular del siglo XV. Por si nos quedase alguna sombra de duda, el propio Canales menciona expresamente a Mena (en las octavas 9 y 10) entre los ilustres precedentes que justifican lo que para algunos podría ser un atrevimiento, es decir, «traer [‘trasladar, traducir’] al filósofo en verso vulgar»:

Traer al filósofo en verso vulgar
ser cosa indecente podrían decir,
mas puédese esto muy bien impedir
pues otros lo mismo quisieron usar (octava 9, vv. 1-4).

No creo pensaban hacer poquedades
el gran Joan de Mena, Petrarca y el Dante,
los cuales dejaron dechado bastante
por clara reseña de sus dignidades (octava 10, vv. 5-8).

 Los tres insignes escritores citados, el español y los dos italianos, sirven a nuestro autor para justificar el empleo de una lengua romance como vehículo apto, a la par del latín, para difundir la cultura. Como antes indiqué, este hecho se inserta en el contexto de la difusión de los valores del Humanismo.

Algunas cuestiones interesantes al abordar el estudio del Compendio tienen que ver, por tanto, con la métrica y la retórica. Señalaba que, a la hora de escribir su Compendio, Canales toma como modelo a Juan de Mena, autor, entre otros títulos, del Laberinto de Fortuna. Esta obra de Mena es un precedente claro en dos aspectos: por un lado, su Compendio aristotélico está redactado en coplas de arte mayor castellano; pero, además, suma un total de trescientas octavas, de forma similar a lo que sucede con el Laberinto de Fortuna, obra también conocida como Las trescientas por ser ese el número aproximado de coplas de que consta (en realidad, son doscientas noventa y siete). En unas palabras «Al mesmo lector» se refiere precisamente Canales a la dificultad técnica del metro elegido, la octava de arte mayor castellano; la necesidad de ajustarse a ese rígido esquema de versificación basado en la distribución de los acentos y el hecho, además, de tener que introducir tecnicismos propios del lenguaje filosófico, puede dar como resultado algunos «vocablos sin vida» o algunos «versos compuestos sin orden medida»:

Si en la corteza acaso hallados
fueren algunos vocablos sin vida
o versos compuestos sin orden medida
suplico al leyente no sean notados;
porque verán los considerados
sus términos proprios tener esta sciencia,
los cuales en verso no forman sentencia
si no se pusiesen del todo mudados (octava 17).

Esta es, precisamente, una de las dificultades que puede encontrar el lector moderno en una obra como el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles: la cadencia del verso, los tecnicismos filosóficos, el escaso ornato retórico (no olvidemos que no estamos ante una obra literaria, sino ante una pieza con un objetivo eminentemente didáctico). Sin embargo, se trata de un libro especialmente interesante porque resume la manera en que se enseñaba y se aprendía la filosofía natural de Aristóteles en un centro difusor de cultura como fue el Monasterio de Irache[1].


[1] Ver ahora Compendio de toda la Filosofía Natural de Aristóteles (Estella, Adrián de Amberes, 1547), edición facsímil patrocinada por la Asociación de Amigos del Monasterio de Irache, introito de Joaquín Ansorena Casaús, estudios preliminares de Roberto San Martín Casi, M.ª Idoya Zorroza y Carlos Mata Induráin, epílogo de Luis Artica Asurmendi, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2004.