Cronología y semblanza de Miguel de Unamuno (1864-1936)

1864 Nace en Bilbao[1].

1880 Inicia su labor literaria y periodística en España Moderna y Los lunes de El Imparcial.

1891 Catedrático de griego en la Universidad de Salamanca, de la que llegará a ser Rector.

1895 Publica En torno al casticismo, recopilación de ensayos.

1897 Paz en la guerra.

1902 Amor y pedagogía.

1905 Vida de don Quijote y Sancho.

1907 Poesías.

1911 Rosario de sonetos líricos.

1913 Del sentimiento trágico de la vida.

1914 Niebla (nivola).

1916 Aparecen los tres primeros volúmenes de Ensayos, de los siete publicados por la Residencia de Estudiantes entre ese año y 1918.

1917 Abel Sánchez.

1920 El Cristo de Velázquez. Tres novelas ejemplares y un prólogo.

1921 La tía Tula.

1922 Andanzas y visiones españolas.

1923 Rimas de dentro.

1924 Teresa (poesía). Fedra (teatro). Es confinado en Fuerteventura (Canarias) y después desterrado a París y Hendaya por sus críticas a la dictadura del general Primo de Rivera.

1925 De Fuerteventura a París (poesía).

1926 Cómo se hace una novela.

1928 Romancero del destierro (poesía).

1930 Regresa a España.

1931 La agonía del cristianismo. San Manuel Bueno, mártir.

1932 El otro (teatro).

1933 La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez.

1934 El hermano Juan (teatro).

1936 Rompe con el franquismo en la apertura del curso académico 1936-1937 de la Universidad de Salamanca. Acaba su Cancionero el día de los Inocentes, justo tres antes de sobrevenirle la muerte, en Salamanca.

Miguel de Unamuno

Miguel de Unamuno y Jugo (1864-1936) es uno de los intelectuales más importantes de todo el siglo XX. En su persona se mezclan las facetas de literato, pensador y hombre público, con reiterados intentos de intervención en la vida española desde las columnas periodísticas, la cátedra universitaria y la actividad política. Como literato, cultivó diversos géneros, aunque toda su producción queda unificada por una profunda impronta filosófica que caracteriza aun a sus textos líricos.

Piezas de tono más ensayístico son En torno al casticismo (1895), cinco artículos en los que Unamuno expone sus ideas regeneracionistas para España; Vida de don Quijote y Sancho (1905), una interpretación personal del inmortal libro de Cervantes, con profundas reflexiones sobre «lo español» y el alma de España, entreveradas de un marcado tono poético; Del sentimiento trágico de la vida en los hombres y en los pueblos (1913), donde, haciendo gala de un rico bagaje de lecturas filosóficas, muestra su obsesión por la inmortalidad personal, por eternizarse, y reflexiona sobre la existencia de Dios y la fe, para terminar proclamando desde su agnosticismo un «escepticismo salvador»; Como se hace una novela (1926) está entre el relato y el libro de memorias: es una especie de novela autobiográfica que recoge la experiencia del destierro, a través de un personaje, Jugo de la Raza, que es fiel trasunto del autor; en fin, La agonía del cristianismo (1931) constituye una especie de historia interna del sentimiento cristiano en la que expone su idea de que el cristianismo es una agonía, en el sentido etimológico de esa palabra griega, que significa ‘lucha’.

Sus libros de viajes son Por tierras de Portugal y España (1911) y Andanzas y visiones españolas (1912), dos obras en las que nos transmite la emoción del paisaje castellano, o mejor, hispano-lusitano. Como otros noventayochistas nacidos en la periferia del país, Unamuno descubre en Castilla un paisaje trascendido y trascendente, que no es puramente físico, sino capaz de elevar el espíritu.

La producción narrativa de Unamuno es muy importante, hasta el punto de haber sido considerado el primer narrador existencialista moderno. El escritor bilbaíno es el creador del género que denominó nivola, esto es, algo similar a la novela, pero concebida como un vehículo para exponer sus reflexiones y plasmar la agonía de la vida, que es sueño, sombra, niebla… En estas obras, los personajes son proyecciones del autor, porque para Unamuno toda novela es autobiografía. Más que la peripecia externa, predomina en ellas el diálogo y el monólogo; son obras, por tanto, de acción interior, eminentemente líricas y subjetivas, no exentas de un humor cáustico. Paz en la guerra (1897) recoge sus experiencias del bombardeo de Bilbao por los carlistas en 1874; el personaje Pachico Zabalbide es un alter ego del Unamuno niño. Amor y pedagogía (1902) constituye una cruda burla del cientifismo positivista, mientras que Abel Sánchez. Una historia de pasión (1917) es una revisión del sentimiento cainita (la envidia, la rivalidad, el odio…), tan arraigado en España, una tierra donde la premisa es «odia a tu prójimo como a ti mismo». La tía Tula (1921) narra el drama personal de Gertrudis, mujer que entabla una dura lucha entre su profunda aversión a la sexualidad, al deseo físico, y su exacerbado instinto de maternidad.

Párrafo aparte merecen otras dos novelas, Niebla (1914) y San Manuel Bueno, mártir (1931). La primera describe el despertar de la personalidad de un individuo, Augusto Pérez, que vive en una nebulosa sentimental y llega a dudar de su identidad; el relato alcanza su clímax en la entrevista del personaje con Miguel de Unamuno, en la que descubre que solo es un ente novelesco –nivolesco–, que va a morir porque así lo quiere el autor. La idea fundamental es que tanto los hombres como los personajes literarios son aniquilados en el momento en que alguien (Dios, en un caso, el escritor, en otro) deja de soñarlos. La segunda plantea uno de los grandes temas unamunianos, el de la fe. La historia del sacerdote don Manuel, que no tiene fe, pero que mantiene el engaño para no perjudicar la salud espiritual de sus parroquianos, es un compendio de las preocupaciones de Unamuno. Es una novela breve pero muy enjundiosa, altamente simbólica y perspectivística, con distintos planos de narración.

Unamuno escribió además otras novelas cortas: Tulio Montalbán y Julio Macedo, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, Un pobre hombre rico, El sentimiento cómico de la vida… Publicó asimismo varios poemarios: Poesías (1907), Rosario de sonetos líricos (1911), El Cristo de Velázquez (1920), Rimas de dentro (1923), Teresa (1924), De Fuerteventura a París (1925), Romancero del destierro (1928) y Cancionero (obra póstuma, 1953). En cuanto a su teatro, ha tenido poco éxito porque son los suyos unos dramas estáticos que nacen, por así decir, muertos para la escena: en efecto, al igual que las novelas, son un mero vehículo para la expresión de conflictos religiosos y existenciales (por eso, en vez de dramas los llamó drumas); en ellos la acción queda reducida a lo esencial, siendo patente la huella del teatro simbólico conceptual de Ibsen (ideas abstractas encarnadas en personajes). Este apartado de su producción incluye dos dramas de la crisis de 1897: La esfinge y La venda, que versan sobre el tema la fe; piezas cortas como La princesa doña Lambra o La difunta, Fedra (1924), versión libre del Hipólito de Eurípides; Soledad (1921), que presenta de nuevo la idea de la maternidad frustrada; Raquel encadenada; y los denominados dramas de la personalidad: El pasado que vuelve, Sombras de sueño (1931), El otro (1932), El hermano Juan o El mundo es teatro (1934). Para completar su producción, a lo anterior habría que sumar sus artículos periodísticos, sus cuentos y otras obras menores.

Es difícil resumir en pocas palabras el rico pensamiento unamuniano, tan complejo como su agónica personalidad. Es un pensamiento cuasi-filosófico, que usa la contradicción como método: de ahí los juegos de palabras y las dilogías tan frecuentes en sus textos. El mayor drama de Unamuno fue que, deseando creer, no podía creer. Tuvo «hambre de inmortalidad»; en el fondo imperaba en él el deseo de rebelarse contra la nada, contra el no ser, contra la muerte. Unido al conflicto religioso está el problema de la personalidad: la lucha entre el yo externo que perciben los demás y el yo íntimo de cada uno, la dualidad escindida entre el ser y el parecer, etc. Se comprende, por tanto, la angustia existencial de Unamuno, quien defiende la existencia como valor supremo. No hay que olvidar tampoco el tema de España, en el que recibió el influjo de Costa. Como buen regeneracionista, fue un agitador de conciencias, tanto en el plano político (su militancia socialista) como en el existencial. Los principales temas unamunianos son la paternidad como sombra de la inmortalidad; el sueño de la vida y de la muerte (nacer es morir y morir es nacer); el otro; el mito de Caín, el de don Juan…


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

El Humanismo y la defensa de las lenguas vernáculas

El desarrollo de la imprenta —importante en Navarra, como apuntaba en otra entrada— va unido al auge de los autores humanistas, y a su defensa de las lenguas vernáculas. Recordemos que el Humanismo es una corriente intelectual caracterizada por el deseo de asimilación del pensamiento, la literatura y el arte de la Antigüedad clásica[1]. Dante, Boccaccio y, sobre todo, Petrarca, los autores italianos más importantes de los siglos XIII y XIV, suponen su punto de arranque, en los albores del Renacimiento.

Petrarca

Más tarde se les sumarán Pietro Bembo, Baltasar de Castiglione, León Hebreo, Ludovico Ariosto, Erasmo de Rotterdam…, y en España Alonso de Palencia, Elio Antonio de Nebrija, Juan y Alfonso de Valdés, Luis Vives o Arias Montano, entre otros. Frente al pensamiento teocéntrico medieval, todos estos intelectuales —que tienen un profundo conocimiento del pasado grecolatino— colocan al hombre en el centro de su cosmovisión (humanitas) y privilegian como valor destacado la cultura.

Los humanistas, por un lado, potencian la recuperación de las lenguas clásicas (griego, latín, hebreo…), que ellos dominan a la perfección. Pero, al mismo tiempo, consideran que las lenguas vernáculas —hasta entonces no suficientemente valoradas— constituyen un vehículo adecuado para el cultivo de las ciencias, para la transmisión de los saberes y para la expresión literaria. En este sentido, es esencial un tratado de Dante escrito en latín, De vulgari eloquentia (Sobre la lengua vulgar), en el que lanza un brioso alegato en defensa del italiano. En el mismo sentido se manifestaría, ya en el XVI, el veneciano Pietro Bembo —autor de Gli Asolani y sistematizador del petrarquismo— con su trabajo Prose della lingua volgare.

En el ámbito hispánico, el hito más importante que debemos recordar es, sin duda alguna, el famoso Arte de la lengua castellana (1492) de Nebrija, que se convierte, precisamente, en la primera gramática de una lengua vulgar. En esta obra, Nebrija dignifica el castellano, equiparándolo al latín, y manifiesta su idea de que es una lengua válida desde el punto de vista político y también desde el artístico. Estamos, pues, en un contexto de estima creciente por las lenguas vulgares, aunque a la altura de 1533 Garcilaso de la Vega se lamenta todavía: «Yo no sé qué desventura ha sido siempre la nuestra que apenas ha nadie escrito en nuestra lengua, sino lo que se pudiera muy bien excusar». Por su parte, Juan de Valdés, en su Diálogo de la lengua (1535), señala:

… como sabéis, la lengua castellana nunca ha tenido quien escriba en ella con tanto cuidado y miramiento cuanto sería menester para que hombre, quiriendo o dar cuenta de lo que scribe diferente de los otros, o reformar los abusos que hay hoy en ella, se pudiese aprovechar de su autoridad.

Y, en la misma obra, consigna estas expresivas palabras:

Todos los hombres somos más obligados a ilustrar y enriquecer la lengua que nos es natural y que mamamos en las tetas de nuestras madres, que no la que nos es pegadiza y que aprendemos en libros.

No menos tajante se muestra Cristóbal de Villalón en su Proemio a la Gramática castellana (1558): «La lengua que Dios y naturaleza nos ha dado, no nos debe ser menos apacible que la latina, griega y hebrea». En fin, entre las muchas citas que cabría aducir, podemos recordar el testimonio de dos escritores navarros, Juan Huarte de San Juan, nacido en Ultrapuertos, y el cascantino fray Pedro Malón de Echaide. El primero realiza una «apasionada defensa» de la lengua castellana en el capítulo VIII de su Examen de ingenios para las sciencias (1575):

De ser las lenguas un plácito y antojo de los hombres, y no más, se infiere claramente que en todas se pueden enseñar las ciencias, y en cualquiera se dice y declara lo que la otra quiso sentir. Y así, ninguno de los graves autores fue a buscar lengua extranjera para dar a entender sus conceptos; antes los griegos escribieron en griego, los romanos en latín, los hebreos en hebraico y los moros en arábigo; y así hago yo en mi español, por saber mejor esta lengua que otra ninguna.

Asimismo, el «Prólogo del autor a los lectores» que antepone Malón de Echaide a su tratado ascético La conversión de la Madalena (1588) constituye un vigoroso alegato en favor del castellano, en el que viene a destacar, del mismo modo, su capacidad para ser vehículo conductor de cultura, por ejemplo para que puedan verterse en esta lengua los comentarios escriturísticos:

A los que dicen que es poca autoridad escribir cosas graves en nuestro vulgar, les pregunto: ¿la ley de Dios era grave? La Sagrada Escritura que reveló y entregó a su pueblo, adonde encerró tantos y tan soberanos misterios y sacramentos y adonde puso todo el tesoro de las promesas de nuestra reparación, su encarnación, vida, predicación, doctrina, milagros, muerte, y lo que su majestad hizo y padeció por nosotros; todo esto […], ¿en qué lengua lo habló Dios, y por qué palabras lo escribieron Moisén y los Profetas? Cierto está que en la lengua materna en que hablaba el zapatero y el sastre, el tejedor y el cavatierra, y el pastor y todo el mundo entero. […] Pues si misterios tan altos y secretos y tan divinos se escribían en la lengua vulgar con que todos a la sazón hablaban, ¿por qué razón quieren estos envidiosos de nuestro lenguaje que busquemos lenguas peregrinas para escribir lo curioso y bueno que saben y podrían divulgar los hombres sabios?

Y, con argumentos parecidos a los de Huarte de San Juan, explica que Platón, Aristóteles, Pitágoras y todos los demás filósofos griegos escribieron sus obras en su lengua materna; que Cicerón escribió «en la lengua que aprendió en la leche», lo mismo que hicieron Marco Varrón, Séneca o Plutarco; y se queja, en fin, de aquellos a los que les parece «poca gravedad escribir y saber cosa buena en nuestra lengua»:

No se puede sufrir que digan que en nuestro castellano no se deben escribir cosas graves. ¡Pues cómo! ¿Tan vil y grosera es nuestra habla que no puede servir sino de materia de burla? Este agravio es de toda la nación y gente de España, pues no hay lenguaje, ni le ha habido, que al nuestro haya hecho ventaja en abundancia de términos, en dulzura de estilo y en ser blando, suave, regalado y tierno y muy acomodado para decir lo que queremos, ni en frases ni rodeos galanos, ni que esté más sembrado de luces y ornatos floridos y colores retóricos, si los que tratan quieren mostrar un poco de curiosidad en ello.

Y, en efecto, durante este siglo, el XVI, y también en el XVII (los dos Siglos de Oro de nuestras letras), poetas y prosistas pulen el castellano, eliminando de él todo lo que todavía podía tener de lengua tosca y medieval. La altura literaria a la que consiguen elevar el idioma viene a colocarlo al mismo nivel, en calidad y prestigio, que las lenguas clásicas. A la pujanza literaria del español habría que añadir su expansión política, con su difusión como lengua cortesana por toda Europa (Castiglione, en El Cortesano, señala que el perfecto caballero ha de saber hablar español) y también en el Nuevo Mundo descubierto por Colón en 1492.


[1] Ver Francisco Rico, El sueño del humanismo. De Petrarca a Erasmo, Madrid, Alianza, 1993.

Cronología y semblanza de Azorín (1873-1967)

1873 Nace en Monóvar (Alicante), en el seno de una familia acomodada de ideas conservadoras[1].

1883 Estudia Derecho en la Universidad de Valencia, donde entra en contacto con el krausismo.

1893 Publica La crítica literaria en España.

1896 Se instala en Madrid, donde conocerá a Baroja y Maeztu, con quienes formará el llamado «Grupo de los tres». Ejerce el periodismo en los diarios El País y El Progreso.

1897 Bohemia.

1900 El alma castellana.

1901 La fuerza del amor, su primera obra teatral.

1902 La voluntad.

1903 Antonio Azorín.

1904 Las confesiones de un pequeño filósofo.

1905 Los pueblos. La ruta de don Quijote.

1907 Elegido diputado del Partido Maurista.

1912 Castilla. Lecturas españolas.

1913 Clásicos y modernos.

1914 Los valores literarios.

1915 Tomás Rueda. Al margen de los clásicos.

1916 Parlamentarismo español.

1917 Es subsecretario de Instrucción Pública.

1922 Don Juan.

1923 El chirrión de los políticos.

1925 Doña Inés.

1926 Old Spain.

1927 Brandy, mucho brandy.

1928 Félix Vargas.

1929 Superrealismo. Blanco en azul.

1930 Angelita. Pueblo.

1936 Se traslada a París.

1939 Regresa a España.

1942 El escritor.

1943 El enfermo. Capricho.

1944 La isla sin aurora. María Fontán. Salvadora de Olbena.

1945 Los clásicos redivivos. Clásicos futuros.

1946 Memorias inmemoriales.

1967 Muere en Madrid.

José Martínez Ruiz, Azorín

José Martínez Ruiz vivió entregado a la literatura, haciendo famoso el seudónimo de Azorín por el que resulta conocido, aunque usó otros distintos, como Cándido o Ahrimán. Su vocación de escritor se manifiesta tempranamente en el periodismo, publicando en El País y El Progreso artículos de crítica social y tono anarquista. Más tarde su ideario evolucionará desde esas posiciones avanzadas hacia un escepticismo abúlico influido por las lecturas de Nietzsche y Schopenhauer.

Una parte muy importante de la producción azoriniana está formada por sus libros de crítica literaria, entre los cuales se cuentan La crítica literaria en España (1893), Anarquistas literarios (1895), Lecturas españolas (1912), Clásicos y modernos (1913), Los valores literarios (1914), Al margen de los clásicos (1915), Lope en silueta (1935), Los clásicos redivivos. Clásicos futuros (1945) o Con Cervantes (1947). Los artículos coleccionados en estos libros demuestran, por un lado, sus numerosas y variadas lecturas (que van desde los autores de la Edad Media hasta los contemporáneos), así como su fina sensibilidad y su intuición literaria.

Colecciones de artículos son también El alma castellana (1900), Los pueblos (1905), La ruta de don Quijote (1905), España (1909) o Castilla (1912). En estas obras trata de apresar la realidad espiritual del país a partir de los pequeños detalles de la vida cotidiana. Como dejan adivinar algunos de los títulos, predomina la visión del paisaje de Castilla, aunque también están presentes los andaluces, levantinos y baleares. Estos escritos de Azorín nos transmiten su contemplación admirativa y nostálgica del paisaje y del paisanaje, de los hombres y de los pueblos, que para él son «un pedacito de historia patria». Por otra parte, Parlamentarismo español (1916) y El chirrión de los políticos (1923) muestran su escepticismo frente a la clase política. También publicó unas Memorias inmemoriales (1946).

Su producción narrativa está formada por dieciséis novelas y diez tomos de cuentos. Azorín se mueve preferentemente en el terreno de la novela-ensayo, de estilo impresionista. En efecto, sus novelas se construyen con una sucesión de cuadros sueltos, en los que se intercalan continuas divagaciones y digresiones del narrador, que podemos identificar con el novelista Azorín. Es muy importante la trilogía formada por La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904), que presenta el proceso filosófico de transformación del «luchador Cándido», convertido finalmente en el «pequeño filósofo Azorín». El protagonista es fiel trasunto del autor, que denuncia las lacras españolas y nos transmite su fina captación de los paisajes levantinos y castellanos.

Títulos como Tomás Rueda (1915), Don Juan (1922) y Doña Inés (1925) constituyen buenos ejemplos de novela lírica. Otros como Félix Vargas (1928), Superrealismo (1929) o Pueblo (1930) responden a una fase de experimentalismo y destacan por el empleo de técnicas renovadoras. Azorín publicó más novelas tras la guerra civil: El escritor (1942), El enfermo (1943), Capricho (1943), La isla sin aurora (1944), María Fontán (1944), Salvadora de Olbena (1944). Por lo que hace a sus cuentos, figuran reunidos en volúmenes como los titulados Bohemia (1897) o Blanco en azul (1929).

El teatro de Azorín es muy singular e innovador. Construye obras con escasa peripecia exterior, centradas más bien en el análisis introspectivo de los personajes. La acción se sucede en cuadros rápidos de agilísimos diálogos. Cabe recordar La fuerza del amor (1901), Old Spain (1926) o Brandy, mucho brandy (1927). Del mismo año 27 es la trilogía Lo invisible, formada por La arañita en el lentisco, El segador y Doctor Death, de 3 a 5 y marcada por la presencia velada de la Muerte. Otros títulos son Angelita (1930), La guerrilla (1936), escrita en colaboración con Pedro Muñoz Seca, o Farsa docente (1942). En sus obras dramáticas Azorín se acerca a los mismos temas que en las novelas y los ensayos, a saber, la conciencia dolorosa del paso del tiempo y la lucha contra sus efectos, la reconstrucción de la realidad a partir de los «primores de lo vulgar» y el conflicto entre acción y contemplación.


[1] Texto extractado, con algunos retoques, de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

El desarrollo de la imprenta en Navarra

(Dedico la entrada de hoy a mi amigo Roberto San Martín Casi, responsable del Fondo Antiguo de la Biblioteca y Filmoteca de Navarra, por su siempre amable y generoso asesoramiento acerca de estos temas.)

El siglo XVI trae la consolidación y difusión a mayor escala del arte de la imprenta, también en Navarra. Miguel de Eguía (Estella, 1495-Estella, 1544) es considerado uno de los más importantes editores de la época, no solo en el ámbito de Navarra, sino en el conjunto de España. En 1518 contrajo matrimonio con María, la hija del célebre impresor Arnal Guillén Brocar, cuyos trabajos financió, para ser luego su socio y, finalmente, su heredero. Eguía fue el mayor divulgador en España de Erasmo, cuyas obras editó en Alcalá de Henares.

Portada del Enquiridion de Erasmo, editado por Miguel de Eguía

Como se ha señalado, los libros que publicó, selectos y embellecidos por la letra de Tortis (nombre de un impresor veneciano del XV), conservan el estilo de su suegro Brocar. Las lujosas portadas renacentistas, las artísticas iniciales de adorno, la utilización de tintas roja y negra, la pureza de los tipos y la buena calidad del papel son rasgos que hacen de sus impresos buenos ejemplos de la renovación de la imprenta hispana. Eguía utilizó tipografías góticas y redondas, pero fue igualmente el impresor que más empleó de forma sistemática la letra cursiva o itálica, máxima expresión de la latinidad clasicista durante la centuria del XVI. Renovó asimismo el concepto de ilustración de los libros, especialmente en las portadas, para lo cual utilizó orlas arquitectónicas de estilo renacentista. En conjunto, los libros impresos por Miguel de Eguía pueden codearse con los mejores de Europa en aquel momento. De toda su labor impresora, aquí nos interesa especialmente la vinculada con Navarra. Así, hay que recordar que en el año 1545 expuso al Consejo Real de Navarra la necesidad de establecer una imprenta en el reino, para lo cual solicitó la exención total de impuestos. Una vez obtenida, en 1546, sin renunciar a sus derechos sobre las imprentas que tenía en Toledo y Alcalá, abrió imprenta en Estella, para lo cual contrató como primer oficial a Adrián de Anvers (o Adrián de Amberes). Aquí dio a las prensas un total de cuatro libros, todos bellamente editados.

A la muerte del maestro Eguía, ocurrida en octubre de 1546, Adrián de Amberes (1510-h. 1569) se hizo cargo del establecimiento y continuó su labor impresora en Estella. Como se ha escrito, sus trabajos destacan por sus ricas portadas renacentistas, el empleo de buen papel, la utilización de unos tipos redondos y góticos muy elegantes, las iniciales adornadas y unas esmeradas cabeceras y colofones, características propias del arte tipográfico de la primera mitad del siglo XVI.

¿Qué tipo de libros se imprimían en Navarra en el siglo XVI? Podemos tomar como referencia las obras impresas en Estella Adrián de Amberes, que pasan de las cuarenta. Entre las religiosas destacan las de Pedro de Irurozqui Series totius historiae sacri Evangelii, Iesv Christi (1557), el Manuale Pampilonense (1561) y la Aurea expositio hymnorun (1563) de Antonio de Nebrija, todas ellas en latín. Entre los títulos en castellano tenemos: la Doctrina y amonestación caritativa de Juan Bernal Díaz de Luco (1547), la Instrucción breve de Martín de Miranda (1558) y el Manual de confesores y penitentes de Martín de Azpilcueta (1565). La literatura está representada por Las obras de Boscán y algunas de Garcilaso de la Vega (1555), la novela epistolar de Juan de Segura Proceso de cartas de amores (1564), la Arcadia de Jacopo Sannazaro (1563) y tres libros de caballerías.

Otro importante grupo de obras lo constituyen los textos legales navarros como son los cuatro Cuadernos de Cortes (1556-1565), las Recopilaciones de leyes y ordenanzas y dos reglamentaciones gremiales. De carácter diverso son el Dictionarium de Antonio de Nebrija (1548), De arte curativa de Alonso López de Corella (1555), Singularia juris in favorem fidei, haeresisque detestationem de Juan de Rojas (1566), el Compendio de toda la Filosofía natural de Aristóteles, traducido en metro castellano por Canales (1547) —obra a la que dedicaré unos párrafos más adelante— y el Libro llamado reprobación de trajes y abuso de juramentos. Con un tratado de limosnas de Fray Tomás de Trujillo (1563).

Portada de De arte curativa (1555)

Adrián de Amberes trabajó en Estella hasta 1567 (a su marcha dejó un discípulo, Pedro de Borgoña, soldado e impresor, que sería el primer tipógrafo de Guipúzcoa), y al año siguiente se trasladó a Pamplona, donde instaló su taller, lo que supuso la continuación de las artes tipográficas en la capital navarra tras un largo paréntesis de inactividad. Pero un año después Amberes fue sustituido por Tomás Porralis, quien inició su labor con la obra De institutione Grammaticae de Antonio de Nebrija. Para evitar su marcha a otra ciudad, el municipio de Pamplona le concedió un salario anual de cincuenta ducados y la exclusiva para imprimir. Su actividad se extendió hasta 1591, con sesenta y cuatro obras de gran calidad, lo que no le impidió trasladarse en 1572 a Tudela para imprimir las obras del humanista Simón Abril. Le sucedió su hijo Pedro Porralis, cuya actividad se concentra en los años finales del XVI.

En fin, en el año de 1596 apareció un nuevo impresor en Pamplona, Matías Mares, que compró todo el utillaje que procedía de Adrián de Anvers. Su trabajo sirve de enlace entre la tarea editorial de sus antepasados, Anvers y Porralis, con los sucesores del siglo XVII. Inició sus actividades con la publicación de los tomos primero y segundo de la Crónica General de la Orden de San Benito de Fray Antonio de Yepes, y dejaría de imprimir en 1609, dando a las prensas en Pamplona un total de diecinueve obras. Cabe recordar además que, a comienzos del XVII, los monjes de Irache le encargaron la instalación de una imprenta en el monasterio[1].


[1] Ver especialmente AA. VV., La imprenta en Navarra. V Centenario de la imprenta en España, Pamplona, Diputación Foral de Navarra (Institución «Príncipe de Viana»), 1974; y ahora el reciente trabajo de Javier Itúrbide Díaz, «El arte tipográfico en el Reino de Navarra en el siglo XVI: del libro áureo al artesano»,en Ricardo Fernández Gracia (coord.),Pulchrum. Scripta varia in honorem M.ª Concepción García Gainza, Pamplona, Gobierno de Navarra-Institución «Príncipe de Viana» / Universidad de Navarra-Facultad de Filosofía y Letras 2011, pp. 430-438.

Cronología y semblanza de Ángel Ganivet (1865-1898)

1865 Nace en Granada[1].

1890 Tras licenciarse en Filosofía y Letras y Derecho por la Universidad de Granada, defiende su tesis doctoral España filosófica contemporánea.

1892 Ingresa en el Cuerpo Diplomático y es destinado a Amberes.

1895 Cónsul en Helsinki.

1896 Publica Granada la bella.

1897 Idearium español. La conquista del reino de Maya.

1898 Es destinado a Riga. Los trabajos del infatigable creador Pío Cid. Muere arrojándose al río Dwina, en Riga.

1904 El escultor de su alma, obra póstuma.

1912 El porvenir de España, obra póstuma que recoge su correspondencia con Unamuno.

 Retrato de Ganivet por José Ruiz de Almodóvar

La crítica ha visto en Ángel Ganivet un precursor del grupo literario de 1898, año que fue, precisamente, el de su muerte. Hombre de gran cultura, con una sólida formación humanística, se inició en el periodismo como colaborador de El Defensor de Granada. Tres de las preocupaciones presentes en toda su obra fueron la estética, la política y la moral. El eje central de su ideario lo constituye la reflexión sobre España, siendo algunas de sus ideas principales la exaltación del pasado nacional o el rechazo de un progreso basado meramente en el orden de lo material. Su obra forma, en conjunto, una meditación apasionada sobre el ser y los problemas de España, circunstancia que lo acerca a los hombres del 98.

La producción literaria de Ganivet es más variada que extensa. El libro Granada la bella (1896) traza una visión idealizada de su ciudad natal, en la que se mezcla la evocación nostálgica de un pasado glorioso con los problemas inmediatos del presente español. Su Idearium español (1897) analiza en su primera parte las causas históricas y las más inmediatas de la decadencia de nuestro país, relacionándolas con nuestra forma de ser: ausencia de estímulos, tendencia a la improvisación, etc. La segunda parte explica las razones del fracaso de la política española por haberse volcado siempre nuestra nación hacia el exterior, en empresas europeas y trasatlánticas, en lugar de hacerlo sobre sí misma. Para paliar los efectos negativos de esa circunstancia resulta necesaria una reconstrucción interior del país con «una concentración de todas nuestras energías dentro de nuestro territorio». Ganivet defiende que «cuanto en España se construya con carácter nacional debe estar sustentado sobre los pilares de la tradición». En la tercera parte diagnostica que la peor enfermedad que aqueja a nuestro país es la debilitación de la voluntad. Unamuno elogio el Idearium español señalando que era «un semillero de ideas, todo un sugestionadero de marca mayor».

Temas nucleares en la obra de Ganivet son la preocupación por el presente y el futuro de la patria, el recuerdo de España desde la distancia, su geografía y su historia, la comparación con Europa, la idiosincrasia de sus hombres, la lengua y la religión, etc., analizados con una curiosa mezcla de apasionamiento y lucidez. Los encontramos expuestos también en otras obras suyas, por ejemplo en sus dos novelas, que mezclan en su estructura la narración de aventuras con la exposición de ideas. Así, La conquista del reino de Maya por el último conquistador español, Pío Cid (1897) analiza con humor la forma de vida española y europea en contraposición con las costumbres de los pueblos africanos. En realidad, el argumento no es sino un pretexto novelesco para la exposición de sus ideas de reforma de la vida individual y de la sociedad. Critica aquí Ganivet el hecho de que las perniciosas costumbres modernas acaban con las arraigadas y tradicionales. Los trabajos del infatigable creador Pío Cid, publicado al año siguiente, es un relato con mayores elementos autobiográficos e incluye una crítica de las costumbres españolas finiseculares. Por su alta carga intelectual, estas dos piezas narrativas se asemejan bastante a las nivolas de Unamuno, a La voluntad de Azorín o a Camino de perfección de Pío Baroja. En ellas el personaje de Pío Cid se nos presenta como un alter ego del autor, a través del cual expone sus planes reformistas.

Otros títulos de la producción de Ganivet son España filosófica contemporánea, Importancia de la lengua sánscrita, Cartas finlandesas (un retrato de las costumbres de ese país), Hombres del Norte (semblanzas de algunos escritores escandinavos), el Epistolario (publicación póstuma de sus cartas a Navarro Ledesma), o El escultor de su alma (1904), drama místico en verso de tono simbólico, especie de auto sacramental moderno en el que el protagonista, de nombre Pedro Mártir, rompe con todas las normas para cincelar su propia alma con criterios personales. Podemos recordar también El porvenir de España (1912), que incluye las cartas cruzadas con Unamuno en 1898, su Correspondencia familiar, 1888-1897, así como los Estudios y textos ganivetianos que publicó en 1971 Antonio Gallego Morell.


[1] Texto extractado, con algunos retoques, de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Breve biografía de Cervantes (de 1581 a 1616)

En una entrada anterior ya revisamos la biografía cervantina entre los años 1547 y 1580. Veamos ahora los años restantes hasta su muerte, ocurrida en 1616.

Tras su regreso a España, en 1581 desempeña Cervantes una misión como espía en Orán y realiza una estancia en Lisboa (tras la muerte de don Sebastián en Alcazarquivir, Felipe II es ahora rey de Portugal, y allí se sitúa la Corte itinerante). En 1584 mantiene una relación amorosa con Ana Franca de Rojas, una «bella malmaridada» casada con un mesonero, fruto de la cual nace su hija natural Isabel de Saavedra. Más tarde, ese mismo año, se casa en Esquivias con Catalina de Palacios Salazar Vozmediano y la pareja se instala en ese pueblo de donde ella era natural. Al parecer, fue este un matrimonio de conveniencia y no resultó demasiado feliz: la edad de los contrayentes era desigual (Cervantes tiene treinta y siete años y su esposa diez y nueve), y ciertamente no nos han quedado en la obra cervantina evocaciones de una vida conyugal feliz; además, fue mucho el tiempo que los esposos vivieron separados, en distintos momentos. Por estos años Cervantes retoma con más intensidad su afición literaria (en su juventud había escrito simplemente algunas poesías de circunstancias o elogios a otros ingenios en los preliminares de sus obras): publica ahora su novela pastoril La Galatea (1585) y compone algunas piezas dramáticas que se estrenaron, al parecer, con éxito de público, según apunta en el «Prólogo al lector» que antepone en 1615 a sus Ocho comedias y ocho entremeses.

Sin embargo, las letras no van a ser su dedicación exclusiva. Por esos años Lope de Vega se alza con el cetro de la monarquía cómica, cerrando el camino al tipo de teatro, más «arreglado», que intentaba escribir Cervantes. En ese mismo prólogo indicará: «tuve otras cosas en que ocuparme». Deja, en efecto, en su casa de Esquivias a su esposa, al frente de la hacienda, y él marcha a ocuparse de algunos negocios. Para ganarse la vida —al igual que su padre, Cervantes conocería siempre estrecheces y dificultades económicas—, entre 1587 y 1594 trabaja como comisario de abastos (una especie de recaudador de impuestos para la Hacienda pública), recorriendo varias localidades andaluzas con el fin de cobrar las rentas necesarias para el abastecimiento de la «Católica Armada» o «Felicísima Armada» contra Inglaterra (la que luego sería conocida como la «Armada Invencible», aunque Cervantes y los españoles de entonces nunca la llamaron así). En estos duros años, en los que es su protector el administrador vasco Isunza, el escritor acumula multitud de experiencias, conoce gentes pertenecientes a todos los estratos de la sociedad, visita los más variados rincones de España, y sufre… En octubre de 1587 es excomulgado por haber embargado el trigo de unos canónigos de Écija; en 1592 es encarcelado por el mismo motivo (embargar ciertos bienes eclesiásticos) en Castro del Río… Antes, con fecha 21 de mayo de 1590, deseoso de mejorar fortuna, había dirigido un memorial a Felipe II alegando sus méritos y solicitando la merced de un oficio en Indias, pero el 6 de junio le responde el Consejo de Indias con estas escuetas palabras: «Busque por acá en qué se le haga merced»[1]. Las comisiones andaluzas finalizarán a la altura de 1594. Con toda esa experiencia de vida acumulada, empezaría Cervantes a redactar el Quijote.

En 1595 reemprende, con una gira por el reino de Granada, su trabajo como recaudador de impuestos, que le trae de nuevo muchos sinsabores. Hombre más de letras que de números, no parece que fuese un experto administrador capaz de ajustar con claridad las cuentas. Ocurre, además, que a veces tenía que usar el dinero público para cubrir los gastos del camino, derivados de sus comisiones, estableciéndose así una frontera borrosa entre el peculio público y el propio. Las cuentas se embrollan, y la situación todavía se complica mucho más en septiembre de 1597 con la bancarrota de Simón Freire de Lima, banquero sevillano al que Cervantes había confiado los dineros del Erario: por este motivo, pasa tres meses en la Cárcel Real de Sevilla[2], siendo liberado el 1 de diciembre. Posteriormente, en 1602, volvería a tener problemas con la rendición de cuentas al Tesoro público, pero en 1603 sería exculpado definitivamente.

Siguiendo a la Corte, que se ha trasladado a Valladolid en 1601, Cervantes instala su casa en esa ciudad castellana. A la altura de 1604 lo tenemos allí, en un momento en que se enfrían sus relaciones con Lope de Vega, que se convertirá en su principal enemigo literario. En septiembre de ese año obtiene el privilegio para publicar el Quijote, que sale en Madrid en 1605 (es probable que el libro, impreso por Juan de la Cuesta a cargo del librero Francisco de Robles, estuviera acabado para diciembre de 1604, y que se le pusiera el pie de imprenta de 1605 para aumentar el efecto de novedad).

Portada de la Primera parte del Quijote (1605)

La novela con los hechos de don Quijote alcanza de forma inmediata un enorme éxito (varias ediciones, algunas de ellas piratas, y, muy pronto, traducciones totales o parciales a otros idiomas), que llega al escritor —un advenedizo en la república de las letras: su única novela anterior, La Galatea, era de 1585— bien entrado en la madurez, casi en la ancianidad (si consideramos la menor esperanza de vida de aquel entonces).

Sin embargo, el éxito literario se ve empañado por la amarga experiencia de un nuevo paso por la prisión: sufre, en efecto, un breve encarcelamiento (del 29 de junio al 1 de julio) como consecuencia de un crimen cometido a la puerta de su casa en Valladolid: allí quedó malherido el caballero navarro don Gaspar de Ezpeleta; el verdadero culpable era un alguacil de Corte, pero la justicia miró para otro lado para permitir que escapara impune: se emborronó todo el proceso ordenándose encarcelar a todos los inquilinos de la casa. El proceso judicial nos brinda algunas noticias interesantes sobre el escritor y su familia. Con él vivían, además de su esposa Catalina, su hija Isabel (Ana Franca ya había fallecido), sus hermanas Andrea y Magdalena y la hija natural de aquella, Constanza de Ovando; estas mujeres tenían muy mala fama, por vivir amancebadas o en tratos poco honestos con hombres que las mantenían económicamente, y eran conocidas despectivamente con el apodo de «las Cervantas».

Los años 1605-1615 constituyen la «década prodigiosa» —valga la expresión— de la producción literaria de Cervantes. En 1608 lo encontramos en Madrid, en unos momentos de gran actividad: la Primera parte del Quijote le ha traído popularidad y fama y, pese a ser un gran éxito de ventas, su autor sigue viviendo pobremente. El embajador francés, en visita a la Villa y Corte, se sorprende al ver el estado de necesidad del creador del inmortal don Quijote: «¿Pues a tal hombre no le tiene España muy rico y sustentado del erario público?»[3]. En 1609 ingresa en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento y en 1613 toma el hábito de la venerable Orden Tercera de San Francisco (que enterraba de caridad a los pobres que no podían costearse los gastos fúnebres). Las publicaciones se acumulan en los años centrales de esta década: ese año de 1613 aparecen sus Novelas ejemplares, en 1614 da a las prensas su Viaje del Parnaso y en 1615 suma dos nuevos títulos: publica la recopilación de Ocho comedias y ocho entremeses (ya que no puede estrenar sus obras teatrales, se decide a imprimir todo su repertorio) y, urgido por la aparición el año anterior de la continuación apócrifa de Avellaneda, entrega a sus lectores, por fin, la Segunda parte del Quijote.

El 2 de abril de 1616 pronuncia sus votos definitivos como tercero de San Francisco. Enfermo de «hidropesía» (una dolencia que provocaba una sed insaciable; probablemente diabetes o una enfermedad similar), muere finalmente el 22 de abril en su casa de la calle del León y es enterrado al día siguiente en el convento de las Trinitarias Descalzas, sito en la cercana calle de Cantarranas. Cuatro días antes, el 19 de abril, «puesto ya el pie en el estribo, / con las ansias de la muerte», había firmado la emotiva dedicatoria al conde de Lemos del Persiles, que aparecería, ya como obra póstuma, en 1617. Más tarde, los restos mortales del autor del Quijote quedaron definitivamente perdidos en una fosa común, sin posibilidad de ser identificados y de reposar dignamente en un panteón de hombres ilustres.


[1] Podríamos preguntarnos: ¿qué habría sido de Cervantes en América? De haber obtenido esa plaza, seguramente no habría escrito el Quijote, pero quizá sí otras obras inspiradas en la observación de la realidad americana…

[2] La magnífica descripción del hampa sevillana que apreciamos en Rinconete y Cortadillo no tendría la misma viveza, seguramente, sin ese paso por la cárcel sevillana. Algunos autores sugieren que Cervantes comenzó aquí la redacción del Quijote, pues en el «Prólogo» de la Primera parte se afirma que el libro «se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación».

[3] Según refiere la aprobación del licenciado Márquez Torres a la Segunda parte del Quijote, que consigna la aguda respuesta de un caballero que lo acompañaba: «Si necesidad le ha de obligar a escribir, plega a Dios que nunca tenga abundancia, para que con sus obras, siendo él pobre, haga rico a todo el mundo».

Breve cronología y semblanza de Ramiro de Maeztu

1874 Nace en Vitoria, en un entorno familiar culto y cosmopolita[1].

1891 Tiene que interrumpir sus estudios universitarios. Emigra a Cuba.

1894 Regresa a España y se inicia en el periodismo en Bilbao.

1897 Establecido en Madrid, conoce a Azorín y Baroja.

1899 Publica Hacia otra España.

1900-1901 La guerra de Transvaal y los misterios de la banca de Londres, novela por entregas en El País.

1905 Es corresponsal de prensa en Londres.

1919 Regresa a España.

1923 Se declara partidario de la Dictadura de Primo de Rivera.

1926 Don Quijote, don Juan y la Celestina.

1928-1930 Embajador en Buenos Aires.

1931 Funda la revista Acción Española.

1934 Defensa de la Hispanidad.

1935 Ingresa en la Real Academia Española.

1936 Muere fusilado en Madrid.

Ramiro de Maeztu

Como otros personajes del momento, Ramiro de Maeztu Whitney (1874-1936) mezcla en su persona la faceta de intelectual y la de hombre de acción, esto es, será otro escritor volcado sobre la vida pública española. Tras volver de Cuba en 1894, Maeztu se inició en el periodismo, profesión que desempeñaría durante toda su vida, primero en Bilbao y luego en Madrid. Sus primeros artículos, de corte progresista, aparecieron en publicaciones como Germinal, El País, Vida Nueva, El Imparcial o Alma Española. Luego su pensamiento conocería un profundo cambio, que le acercará a posiciones ideológicas claramente conservadoras. Desde 1931 dirigió la revista Acción Española, núcleo del pensamiento español más conservador.

Su obra más importante es, sin duda alguna, Defensa de la Hispanidad (1934). Se trata de una colección de artículos aparecidos en Acción Española en los que define y defiende ese concepto histórico-político de Hispanidad, al tiempo que ataca las doctrinas extranjerizantes (derivadas de la Ilustración, la Revolución Francesa y el pensamiento liberal) que se difundieron por España en los siglos XVIII y XIX. Maeztu elogia igualmente la acción evangelizadora de España en el Nuevo Mundo, y plantea el viejo sueño de unir por la fe, el idioma y la cultura comunes a todas las naciones hispanoamericanas bajo un ideal católico de progreso y destino. Ideas semejantes expone en Defensa del espíritu, libro que se publicó póstumamente, en 1958, y cuya redacción no llegó a concluir el autor. En 1962 se apareció también una recopilación de escritos suyos bajo el título Autobiografía, y en 1977 Inman Fox editó varios artículos desconocidos de los años 1897-1904.

Otro trabajo interesante es Don Quijote, don Juan y la Celestina (1926), colección de tres ensayos en los que estudia la significación política y social de esos tres personajes señeros de la literatura española –y universal. Maeztu expone en estos textos ideas sugerentes, aunque algunas de sus opiniones han sido muy controvertidas. Títulos que también pueden recordarse son: Hacia otra España (1899), una selección de treinta y siete artículos en los que predominan todavía ideas de filiación marxista; o su ensayo La crisis del humanismo, versión española de una obra publicada antes, en 1916, en inglés, donde hace profesión de fe antiliberal, antidemocrática y antimarxista. Aunque con menor dedicación, Maeztu cultivó también la literatura de creación, con algunas poesías y cuentos, e igualmente cuenta en su haber con un drama inédito titulado El sindicato de esmeraldas.


[1] Texto extractado de José del Guayo y Lecuona y Carlos Mata Induráin, Los autores del 98 en la Biblioteca del Nuevo Casino de Pamplona. Catálogo de la exposición bibliográfica del Nuevo Casino de Pamplona. Noviembre de 1998, Pamplona, Nuevo Casino de Pamplona, 1998.

Lope de Vega: armas y letras

Hacia 1580 Lope comienza a darse a conocer como escritor por medio de algunas poesías líricas y de sus primeras comedias; podría decirse que su precoz carrera literaria, una afición o inclinación en sus orígenes, va adquiriendo unos matices tendentes cada vez más hacia la «profesionalización»: Lope va a seguir el oficio de las letras, sin menoscabo del desempeño de otros empleos al servicio de mecenas nobles[1]. Así, el período entre 1579 y 1583 se señala como la fecha probable de redacción de su comedia más temprana, Los hechos de Garcilaso de la Vega y el moro Tarfe, la única de las conservadas del Fénix dividida en cuatro actos (pronto se impondrá la división en tres jornadas), si bien en la dedicatoria de El verdadero amante, comedia pastoril en tres actos, se dice que es la «primera comedia de Lope de Vega». En la Semana Santa de 1582 redacta Los cinco misterios dolorosos de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. 1582-1583 es la fecha probable de su célebre romance «Ensíllenme el potro rucio…». Por estos años se va haciendo y consolidando poco a poco la reputación dramática de Lope, que escribe ahora para el teatro como un medio para ganarse la vida. Escritor fecundo y popular, sabe ganarse también el aplauso de los corrales, de ese público que, al haber pagado su entrada, exige que le entretengan (en la Epístola al doctor Gregorio de Angulo escribirá: «que soy galán de las señoras musas / y las traigo a vivir con el vulgacho», lo que le permitirá «no sufrir ajeno señorío»); a su vez, los empresarios teatrales le buscan por el éxito que garantizan las piezas lopescas en su representación sobre las tablas.

Por aquel entonces entra al servicio de don Pedro de Dávila, marqués de las Navas, como secretario, cargo que seguirá desempeñando hasta 1587, cuando su señor marche a Alcántara y Lope decida no acompañarlo. No obstante, en 1583 emprende otro camino más, el de las armas, pues participa como soldado en la expedición contra los portugueses a la isla Terceira (en las Azores), que zarpó del puerto de Lisboa el 23 de junio al mando de don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz.

Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz

Así pues, como tantos otros escritores de los Siglos de Oro (Garcilaso, Aldana, Cervantes, Calderón…), Lope se convierte en prototipo de poeta-soldado, es decir, alternará el ejercicio de la pluma y la espada. El 15 de septiembre de 1583 arribó la flota de regreso a Cádiz, y desde allí Lope volvería a Madrid.

A la altura de 1584 Lope ha alcanzado ya una gran reputación como poeta. Ha escrito composiciones laudatorias para los preliminares de las obras de varios de sus amigos. Además, versos suyos se incluyen en el Jardín espiritual de fray Pedro de Padilla (Madrid, 1584) y en el Cancionero de López Maldonado (Madrid, 1586). Cervantes, en el Canto de Calíope, incluido en La Galatea (1585), cita a Lope entre los escritores españoles más notables del momento:

Muestra en un ingenio la experiencia
que en años verdes y en edad temprana
hace su habitación así la ciencia,
como en la edad madura, antigua y cana;
no entraré con alguno en competencia
que contradiga una verdad tan llana,
y más si acaso a sus oídos llega
que lo digo por vos, Lope de Vega.

Lope, «en años verdes y en edad temprana», se habría ganado ya cierta fama literaria. Es posible que date de este momento, el período comprendido entre 1585 y 1588, la primera redacción de La Dorotea, pues en su dedicatoria al conde de Niebla dice: «Escribí La Dorotea en mis primeros años». En cualquier caso, este libro, una de sus obras maestras, no lo compondría Lope en su forma definitiva hasta su madurez, formando parte de su ciclo de senectute, y lo daría a la estampa en 1632.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011.

Aproximación a la narrativa de Rafael García Serrano

Comentaba en una entrada anterior que la producción literaria del escritor pamplonés Rafael García Serrano (1917-1988) es amplia y muy variada: novelas, relatos, libros de viajes y reportajes, colecciones de artículos, ensayos, diccionarios y obras misceláneas; pero que destaca sobre todo por su obra novelística centrada en el tema de la guerra civil española, que se inscribe dentro de una literatura militante, de propaganda y combate, profundamente comprometida con unos valores y con una ideología, la de Falange Española.

Efectivamente, García Serrano es uno de los mejores novelistas que han escrito sobre la guerra, de la que hizo «su tema». Antonio Valencia ha hablado de «fidelidad absoluta a un tiempo-eje»; y así es, en efecto: Eugenio o Proclamación de la primavera (1938), La fiel Infantería (1943) y Plaza del Castillo (1951) constituyen una «colecta de novelas» —al autor no le gustaba la palabra trilogía— que fue reunida en 1964 bajo el significativo rótulo común de La guerra. Otras tres novelas, La ventana daba al río, Los ojos perdidos y La paz dura quince días fueron agrupadas también posteriormente con el título de Frente Norte. Estas seis novelas constituyen una serie que García Serrano denominó «Ópera Carrasclás, novelas de la gran guerra española (1936-1939)». El valor testimonial de todas estas novelas es parcial, ya que García Serrano utiliza su pluma como un instrumento propagandístico, casi como un arma: «Yo sirvo en la literatura como serviría en una escuadra. Con la misma intensidad y el mismo objetivo. Cualquier otra cosa me parecería una traición», escribió.

García de Nora ha señalado que sus novelas son «un apasionado canto al espíritu de guerra, una especie de apología de la violencia cívica». Tal afirmación resulta especialmente acertada para su primera novela, Eugenio o Proclamación de la primavera (de 1938, con reediciones en 1964, 1982 y 1995, y alguna más en fechas recientes), obra mitificadora del joven protagonista —que elige una muerte heroica «por la Patria, la Falange y el César» en las luchas de la primavera sangrienta de 1936— y que exalta el empleo de las armas —«Pedagogía de la pistola» se titula un capítulo—. García Serrano se nos muestra en esta novela con todo el apasionamiento de sus veinte años, aumentado por la falta de perspectiva respecto a los hechos narrados. Algo de ese violento ardor queda todavía en las novelas posteriores, si bien con el paso del tiempo la acritud inicial se irá atenuando un tanto. Es más, hay que destacar cierta actitud comprensiva —que apunta con frecuencia en los escritos de García Serrano— hacia quienes combatieron en el bando contrario; así, leemos por ejemplo en Plaza del Castillo (1951, reeditada en 1964 y 1981): «No hay que odiar a nuestros enemigos, porque mañana hemos de vivir con ellos». Y, con independencia de las ideas políticas defendidas por este autor, resulta innegable que García Serrano sabe moldear la prosa castellana con un estilo sencillo, castizo y directo —que no renuncia a los rasgos coloquiales y hasta vulgares—, bronco en muchas ocasiones y a veces poético, y casi siempre ameno.

Rafael García Serrano

Por otra parte, García Serrano es autor también de una novela histórica sobre la conquista de México, Cuando los dioses nacían en Extremadura (Madrid, Instituto de Cultura Hispánica, 1949); en el prólogo el novelista explica su intención: «El argumento se lo inventó Cortés y el libro lo escribió Bernal. De modo y manera que hay bien poco margen para quienes nos aventuramos por el camino maravilloso de la Conquista de México. Tentado por cuanto de humanidad y de puro prodigio —esto es, de español— hay en Cortés y en sus hombres, intenté una especie de modesta biografía de la Conquista, un reportaje sencillo y admirativo» (p. 9). Después se encarga de explicitar los paralelismos existentes entre la epopeya mexicana y la contienda española, que son —para el escritor falangista— dos momentos distintos de la continuidad histórica del Imperio español. García Serrano ofrece, en fin, una visión idealizada de la conquista, entendida como misión divina: retrata en los conquistadores una raza de héroes-dioses que lucha providencialmente y refleja los valores patrióticos y religiosos del Régimen.

Escribió también una novela de anticipación política, V Centenario (1986), y algunos libros de relatos como Los toros de Iberia (1945, con reediciones en 1964 y 1995), El domingo por la tarde (1962), Retrato (al minuto) de un cabrón contemporáneo (1977), El obispo de Gambo (progre) (1978) y Las vacas de Olite (y otros asuntos de toros) (1980). Su producción se completa con otros títulos (ensayos, libros de viajes, memorias, recopilaciones de artículos periodísticos o diccionarios): Notas de un viaje de Roma a Buenos Aires (1949), Bailando hasta la Cruz del Sur (1953), Madrid, noche y día, itinerarios de la capital de España (1956), Feria de restos (paisajes, manjares, hombres y vinos de España) (1959), Franco y nuestro tiempo (1963), Los sanfermines, itinerario de una fiesta (1963), Diccionario para un macuto (1964 y 1979), El pino volador y otras historias militares (1964), Historia de una esquina (1964), La paz ha terminado: los «Dietarios personales» de 1974-1975 (1980), La gran esperanza (1983), Concierto para máquina de escribir y cinco toques de corneta (1984) y, póstumo, Cantatas de mi mochila (1992). Aunque no es la parte más importante de su producción, también podemos recordar dos libros de poemas: Cock-tail (1934), en colaboración con José María Pérez-Salazar, y Poemas desangelados (escritos durante la guerra civil, pero no publicados hasta 1982). Aparte quedarían sus guiones cinematográficos[1].


[1] Una buena aproximación al conjunto de su obra literaria puede verse en el capítulo que le dedica José Luis Martín Nogales en su estudio Cincuenta años de novela española (1936-1986). Escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989, pp. 27-102. Ver también Alberto Ballestero Izquierdo, «Un escritor falangista navarro durante la guerra civil española: Rafael García Serrano», Príncipe de Viana, año LIV, anejo 15, 1993, Segundo Congreso General de Historia de Navarra, 24-28 de septiembre de 1990, pp. 385-396; Carlos Mata Induráin, «La guerra civil y la ideología falangista en La fiel infantería, de Rafael García Serrano», Anthropos (Barcelona), núm. 148, septiembre de 1993, pp. 83-87; y Rubén González Martín y Pascual Tamburri Bariain, «Falangismo, guerra civil y Navarra en Rafael García Serrano», en Mito y realidad en la historia de Navarra. Actas del IV Congreso de Historia de Navarra, Pamplona, Septiembre de 1998, Pamplona, Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 1998, vol. II, pp. 43-54.

Breve biografía de Cervantes (de 1547 a 1580)

La figura de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616) se sitúa, cronológicamente, en un momento de encrucijada, cuando tras la hegemonía de la Monarquía Hispánica con los reinados de los Austrias mayores (Carlos V y Felipe II) empieza a apuntar en los reinados siguientes la decadencia (de las victorias de Mühlberg o Lepanto se pasa a la derrota de la Armada contra Inglaterra o el saqueo de Cádiz por los ingleses). En el terreno artístico y literario, asistimos igualmente a una etapa que marca el paso del Renacimiento al Barroco; de hecho, la obra cervantina y, en concreto, el Quijote, se ha adscrito a veces al estilo de transición denominado Manierismo. Su fecunda producción abarca treinta años de intensa y accidentada actividad literaria (1585-1615), abandonada en ocasiones por los avatares de la vida o desarrollada de forma simultánea con otras ocupaciones con las que intentó ganarse la vida. Su circunstancia vital convierte a Cervantes en un testigo privilegiado a caballo de dos edades, y en sus textos fundirá rasgos característicos de esas dos épocas tan distintas, tanto en lo estético como en lo ideológico. Esta circunstancia la ha puesto de relieve Julián Marías, al señalar que Cervantes es un hombre del siglo XVI (reinado de Felipe II), pero un escritor del XVII (reinado de Felipe III), porque la parte principal de su obra literaria se produce de 1605 en adelante; dicho de otra forma, Cervantes vive quince años más que otros miembros de su generación y escribe, de alguna manera, después de esa generación, es decir, como escritor forma constelación con la siguiente[1].

Cervantes es bautizado en la iglesia de Santa María de Alcalá de Henares el 9 de octubre de 1547, pero ignoramos la fecha exacta de su nacimiento: dado que en aquella época estaba muy arraigada la costumbre de aplicar a los recién nacidos el nombre de pila marcado por el santoral, se ha sugerido la fecha del 29 de septiembre, festividad de San Miguel. Son sus progenitores Rodrigo de Cervantes y Leonor de Cortinas. Los apremios económicos de su padre, que era cirujano (en la época, la categoría de este oficio no era la actual), y quizá también su ascendencia conversa, le llevan a cambiar continuamente de lugar de residencia, pasando sucesivamente por Valladolid, Córdoba, Sevilla y Madrid. Sabemos poco de los estudios de Cervantes. Es posible que siguiera algunos cursos con los jesuitas de Córdoba o de Sevilla; sí es seguro que estudió con el humanista Juan López de Hoyos: bien acudiendo como alumno a su estudio de Madrid, bien a través de clases particulares, con él recibe una buena formación en las artes liberales, sólido cimiento de su cultura. En 1567 escribe su primer poema conocido, el soneto a Isabel de Valois que comienza «Serenísima reina, en quien se halla…», por el nacimiento de la infanta Catalina Micaela. Dos años después, en 1569, al fallecer la reina, contribuye con cuatro poemas a un libro dedicado a honrar su memoria.

Se ha especulado con la posibilidad, nunca demostrada documentalmente, de que siguiera algunos estudios universitarios, bien en Alcalá, bien en Salamanca. Lo que sí sabemos es que Cervantes fue, toda su vida, un autodidacta que frecuentó por su cuenta muchos libros (así parece rememorarlo un célebre pasaje de Quijote, I, 9 en el que el narrador habla de su «natural inclinación» a la lectura: «… yo soy aficionado a leer aunque sean los papeles rotos de las calles…»). Pero, más allá de su formación en las aulas y a través de la letra impresa, Cervantes aprendió muchísimo de su experiencia en la vida y de su trato con las gentes. Llama la atención su profunda capacidad de observación y asimilación del mundo circundante, del paisaje y del paisanaje: dirige una mirada hacia todos los ámbitos de la vida y muestra una ilimitada comprensión de todas las cosas. Podría decirse que la verdadera Universidad de Cervantes fue su experiencia vital, el amplio bagaje de conocimientos acumulados en su deambular por varios lugares, en diferentes épocas y desempeñando diversos oficios.

A la altura de 1569 el joven Miguel sale apresuradamente de Madrid y marcha a Italia, donde pasa a formar parte del séquito del cardenal Giulio Acquaviva. Debido a un turbio asunto (un duelo en el que quedó malherido Antonio de Sigura) se condenaba a un tal Miguel de Cervantes (¿el futuro escritor o quizá un homónimo?) a diez años de destierro y pérdida de la mano derecha. Puede ser que Cervantes decidiese poner tierra por medio huyendo de la acción de la justicia. O, quizá, simplemente, su ansia de libertad le llevó a salir de España para conocer mundo. Sea como sea, la Italia renacentista causará una profunda impresión en aquel joven de veintidós años: no es sólo que entre en contacto con el idioma italiano, lo que le permite leer a los grandes clásicos (el Dante, el Petrarca, el Boccaccio…) y también a los escritores contemporáneos, sino que además queda seducido por el esplendoroso panorama cultural y artístico (la pintura, la arquitectura, la escultura, las grandes familias de mecenas italianas…) que contempla con admiración. Él siempre recordará con nostalgia «la vida libre de Italia», y en sus obras hallaremos continuas referencias elogiosas a ciudades como Milán, Florencia, Palermo, Venecia, Parma, Ferrara, Roma…

Sin embargo, Cervantes abandona pronto la vida cortesana por la militar. Quizá estuvo presente en la fracasada expedición a Chipre, isla que había sido ocupada por los turcos en 1570. En 1571 participa en la crucial batalla de Lepanto, siendo herido de dos arcabuzazos en el pecho y de un tercero que le deja inútil la mano izquierda, para mayor gloria de la diestra[2]. Esa victoria obtenida por la Santa Liga (la coalición de las naciones cristianas) resultó de una importancia fundamental, porque acabó con el mito de la imbatibilidad del turco por mar, y no es de extrañar que una ola de euforia recorriese entonces toda Europa. En la historia del cautivo inserta en Quijote, I, 39, Cervantes se hace eco de la trascendencia de «aquella felicísima jornada», de «aquel día, que fue para la cristiandad tan dichoso, porque en él se desengañó el mundo y todas las naciones del error en que estaban creyendo que los turcos eran invencibles por la mar» (p. 454).

Cervantes en la batalla de Lepanto

Tras convalecer de sus heridas en un hospital de Mesina, sigue su carrera de soldado y participa en las campañas de Corfú, Navarino y Túnez. Cervantes se licencia como «soldado aventajado» y en 1575, tras varios años de valiente servicio, se dispone a volver a España para obtener alguna recompensa: el grado de capitán, para seguir en la milicia, o bien algún cargo público. Pero la galera Sol que navegaba de regreso desde Italia a Barcelona es apresada por los corsarios berberiscos y, junto con su hermano Rodrigo, es conducido a Argel. Las cartas de recomendación que se había conseguido del duque de Sessa, virrey de Sicilia, se vuelven en su contra: sus captores lo suponen persona principal y fijan un elevado rescate (500 escudos de oro) por su libertad. Allí pasará Miguel más de cinco años (1575-1580) cautivo en los baños[3], compartiendo tan penosa experiencia con varios miles de prisioneros cristianos. En estos años se intensifica su contacto con la práctica literaria y teatral, pues tal dedicación era uno de los pocos entretenimientos que aquellos infelices podían tener. Cervantes, siempre valiente, intenta escapar hasta en cuatro ocasiones, sin éxito, y siempre se hace responsable último de los planes de fuga, pese a lo cual nunca fue castigado tan severamente como era de esperar[4]. Finalmente, en 1580, cuando ya estaba embarcado para ser trasladado a Constantinopla, es liberado por los trinitarios (en 1577 ya lo había sido su hermano Rodrigo). Esta amarga experiencia del cautiverio quedará reflejada en múltiples pasajes de la obra cervantina, tanto en sus comedias de cautivos (Los tratos de Argel, El gallardo español, La Gran Sultana, Los baños de Argel…) como en la narrativa (la historia del cautivo en la Primera parte del Quijote, La española inglesa, El amante liberal…).

En una próxima entrada examinaremos el resto de la biografía de Cervantes, desde 1581 hasta 1616.


[1] Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, p. 72. Una biografía muy recomendable es la de Jean Canavaggio, Cervantes, trad. de Mauro Armiño, Madrid, Espasa Calpe, 2003. Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico (Barcelona, Crítica, 1988).

[2] Mercurio, en el Viaje del Parnaso, le dice: «Bien sé que en la naval dura palestra / perdiste el movimiento de la mano / izquierda, para gloria de la diestra».

[3] Explica el capitán cautivo: «Con esto entretenía la vida, encerrado en una prisión o casa que los turcos llaman baño, donde encierran los cautivos cristianos» (Quijote, I, 40, p. 462).

[4] Recuérdense los duros castigos que describe el capitán cautivo: «Y aunque la hambre y desnudez pudiera fatigarnos a veces, y aun casi siempre, ninguna cosa nos fatigaba tanto como oír ver a cada paso las jamás vistas ni oídas crueldades que mi amo usaba con los cristianos. Cada día ahorcaba el suyo, empalaba a este, desorejaba aquel, y esto, por tan poca ocasión, y tan sin ella, que los turcos conocían que lo hacía no más de por hacerlo y por ser natural condición suya ser homicida de todo el género humano. Solo libró bien con él un soldado español llamado tal de Saavedra, el cual, con haber hecho cosas que quedarán en la memoria de aquellas gentes por muchos años, y todas por alcanzar libertad, jamás le dio palo, ni se lo mandó dar, ni le dijo mala palabra; y por la menor cosa de muchas que hizo temíamos todos que había de ser empalado, y así lo temió él más de una vez; y si no fuera porque el tiempo no da lugar, yo dijera ahora algo de lo que este soldado hizo, que fuera parte para entreteneros y admiraros harto mejor que con el cuento de mi historia» (I, 40, p. 463).