El soneto «Ante el “Quijote” de la Academia, impreso por Ibarra», de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado pertenece a la sección «Proloquios» de su recopilación poética Cadencias de cadencias (Nuevas dedicatorias), publicada en el año 1943. Se trata de una entusiasta evocación de esa joya bibliográfica que es el Quijote impreso por Joaquín Ibarra en 1780, en cuatro volúmenes, a petición de la Real Academia Española y siguiendo sus normas ortográficas y sintácticas. La valoración de esta elegante edición la sintetiza certera y magníficamente el último verso de la composición: «el mejor libro en la mejor imprenta».

El Quijote de Joaquín Ibarra (1780)
El Quijote de Joaquín Ibarra (1780).

El texto del poema es como sigue:

De Elzevirios, de Aldos y Plantinos[1]
insigne sucesor fue Ibarra un día
gloria de la española Artesanía,
sol magnificador de sus caminos…

Logra el trabajo con amor destinos
de Arte supremo. Ibarra lo sabía
y penetró con clásica maestría
del suyo los secretos peregrinos.

De Bodoni y Didot[2] rival triunfante,
la página de Ibarra el sello ostenta
claro, severo, pulcro y elegante.

Y su Quijote insigne representa
la cifra de la gloria culminante:
el mejor libro en la mejor imprenta[3].


[1] De Elzevirios, de Aldos y Plantinos: nombres de ilustres impresores clásicos con los que entronca Ibarra. Con Elzevirios alude a Lodewijk Elzevir —Luis Elzevir I— (1540-1617), fundador en Leiden (Países Bajos) de una larga dinastía de impresores holandeses que permaneció activa hasta 1712, de cuyos talleres se calcula que salieron unas 1.600 ediciones. El humanista Aldus Pius Manutius, Aldo Manuzio (Aldo Manucio en español) o Aldo el Viejo (1449-1515) fue el fundador en Venecia de la Imprenta Aldina, famosa por sus elegantes impresiones de obras clásicas y por la invención de las letras itálicas o cursivas. En fin, Christoffel Plantijn (c. 1520-1589), conocido como Christophorus Plantinus en latín y como Cristóbal Plantino en español, fue otro célebre impresor y librero flamenco. Junto con Arias Montano se encargó de la impresión de la Biblia Políglota Regia, siendo nombrado por ello «architipógrafo regio» por Felipe II. Su no menos célebre imprenta ubicada en Amberes, denominada Officina Plantiniana, se conserva en la actualidad como Museo Plantin-Moretus, por su yerno Jan Moretus, heredero de Plantino en el negocio impresor.

[2] Bodoni y Didot: se refiere a Giambattista Bodoni (1740-1813), impresor y tipógrafo italiano que creó varios tipos de letra serifa que todavía se utilizan en la actualidad (la fuente Bodoni); y a Firmin Didot (1764-1836), grabador, impresor y tipógrafo francés, miembro de la más célebre familia de impresores franceses, al que se le recuerda por sus ediciones de grabados de Giovanni Battista Piranesi y por ser el creador de la técnica de la estereotipia. Al igual que Bodoni, también da nombre a una célebre fuente tipográfica, los caracteres Didot, que tradicionalmente han constituido el tipo estándar nacional para las publicaciones francesas.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 490.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: oralidad y memoria

A la vista de lo comentado en las varias entradas anteriores —y teniendo en cuenta especialmente el relato «La acción de Numerosa» en el que se menciona expresamente la narración junto al fuego del vivac—, pudiera pensarse que todos los relatos contenidos en este libro están contados por uno o por varios de esos narradores-soldados como si se tratara de una narración-marco (como el Decamerón de Boccaccio, las Noches de invierno de Antonio de Eslava, etc.) en este caso, las diversas historias no serían narradas al calor de una chimenea, junto al hogar de una casa, sino alrededor del fuego del campamento militar.

Fred Roe, «Somewhere at the front. Soldiers around a camp fire at night. Western Front». National Army Museum (Londres, Reino Unido)
Fred Roe, «Somewhere at the front. Soldiers around a camp fire at night. Western Front». National Army Museum (Londres, Reino Unido).

En ese sentido, el título Cuentos del vivac no haría referencia solo a la temática bélica de estos relatos, sino a la circunstancia de su narración oral: ya hemos visto que muchos de ellos (no todos, pero sí una inmensa mayoría) presentan un narrador testigo, que estuvo presente en el suceso que se narra, y que ahora comparte con sus compañeros por su carácter «ejemplar» o, simplemente, por entretener las horas muertas. Dejando aparte «La acción de Numerosa», son catorce los relatos que tienen un narrador testigo («Pae Manípulo», «Pro patria», «El ideal del Pinzorro», «El último cartucho», «La redención de Baticola», «El corneta Santurrias», «El bloqueo», «La pareja del segundo», «El ascenso de Regojo», «El artículo 118», «¡Noche de Reyes!», «El hijo del regimiento», «El vicio del capitán» y «Remoque»); en otros dos el narrador ha sido protagonista del suceso narrado («Andusté» y «La cuña»); y en otro el narrador ha escuchado la historia a otro testigo («El rehén del Patuco»). Al comentar los cuentos, he procurado citar literalmente todas aquellas fórmulas que denotan esa transmisión oral («… antes de deciros…», «… he de contaros…», «… lo que voy a contaros…», «… si me atrevo a contarlo…», «… como os digo»); así como las frecuentes alusiones al recuerdo, a la memoria de esos narradores («Recuerdo yo…», «… me da frío recordar…», «Me acuerdo del corneta…», «… recuerdo con lucidez…», «… ni casi recuerdo bien lo que pasó»). Se trata de narradores que a veces han olvidado los grandes hechos de una gloriosa jornada de armas, pero cuya imaginación quedó vivamente impresionada por un detalle «menor»: un rasgo heroico, un comportamiento particular, la posición de un cuerpo, un rasgo de genio de algún soldado, la muerte de un animal querido o cualquier circunstancia extraordinaria. Son recuerdos que quedaron grabados en su memoria —y en algún caso quedarán también en la del lector— de forma indeleble. Además, en muchas ocasiones esas fórmulas relativas al recuerdo de los hechos y a la narración de viva voz de los mismos son las que sirven para encabezar el relato.

Esta posible interpretación de los Cuentos del vivac como un moderno relato-marco queda sugerida además explícitamente cuando el narrador de «El vicio del capitán» señala: «No sé si otra vez os he hablado de Humaredas» (p. 159), palabras que hacen referencia a la narración de otras historias anteriores por parte de ese mismo narrador. Y queda reforzada si observamos que a través de las páginas del libro se van repitiendo algunos topónimos y nombres de protagonistas: Humaredas ya se mencionaba en «El fin de Muérdago»; el teniente Alpera cuenta «El último cartucho» y, después, un coronel Alpera será protagonista de «La cuña»; Muérdales es el monte en que muere el Patuco y el pueblo en que está sitiado el comandante Regajales en «¡Noche de Reyes!»; «La Amistad» se llama el casino liberal de Rebajales (en «La oreja del Rebanco», y lo mismo el de Humaredas en «El fin de Muérdago»); Pedrales es topónimo citado en «Pro patria» y también el nombre del cabo que narra «De dos a cuatro»; el protagonista de este relato es el teniente Rodaja, en «El artículo 118» se menciona a un tal capitán Rodajo y en «El vicio del capitán» acompaña al narrador un soldado Rodajas, etc. Todas esas repeticiones no parecen, en absoluto, casuales (si lo fueran, indicarían cierto descuido o muy poca capacidad nominativa en el autor), sino que tejen una sutil red de interrelaciones formales —aparte de las temáticas— entre unos relatos y otros.

Por otra parte, la variedad de ambientes (guerra contra los franceses, episodios revolucionarios, escenas de una o de las dos guerras carlistas) y su desorden cronológico en su presentación podrían explicarse por ese mismo motivo del carácter oral de las historias narradas: cada noche se cuenta una distinta, saltando de una época a otra, según las traiga el recuerdo a la memoria del narrador o narradores[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (y 8)

Otros dos relatos pueden ponerse en relación por ser retratos cariñosos de sendos animales[1]: «El perro del tercero de cazadores» y «Rempuja»; su tono los acerca a otros en los que predomina un tono de ternura. En el primero, se nos dice que el chucho Careto es tan amigo del corneta Tobarra que hasta come de su misma escudilla. El coronel del regimiento, al mando de 800 cazadores, tiene que hacer frente a una fuerza superior de caballería. En el momento crucial de la carga enemiga, el perro se lanza contra los caballos y muerde a uno en el belfo, circunstancia que provoca desorden y confusión en el ataque y que, por consiguiente, sirve para salvar al regimiento. De noche, los soldados encuentran el cuerpo del perro convertido en un amasijo de barro y sangre y lo entierran al pie de un chaparro. El corneta Tobarra queda abatido por la pérdida del animal.

Un perro en una trinchera, durante la Gran Guerra.
Un perro en una trinchera, durante la Gran Guerra.

«Rempuja» presenta a Paco Andurrias, un exgastador que marcha ahora en el ejército como cantinero; se le apoda «Tanimientras» porque empieza siempre sus frases con esa expresión. Para tirar de su carro ha comprado un penco viejo al que llama Rempuja, expresión que emplea para animarlo. El cantinero quiere llegar a Cadigüela, para lo cual ha de pasar una dura sierra; los soldados tratan de convencerlo de que el viejo animal, lleno de mataduras y taras, no resistirá la prueba, pero él replica: «Tan y mientras que güela cebá, tira» (p. 193). Sin embargo, el pobre Rempuja se queda en el puerto y su dueño, que tan bien congeniaba con su bestia, le acompaña, llorando. Esa noche, todos los soldados echan en falta el aguardiente, pero recuerdan también la pérdida de Rempuja.

He dejado para el final «La acción de Numerosa», un relato «fantástico» que sorprende, hasta cierto punto, en el conjunto del libro. Los soldados están junto al fuego del vivac y Hormigo anima al sargento Parleño (otro nombre simbólico) a contar «un sueño» —que ha tenido o imaginado en su cabeza—, la guerra librada en el reino de la Aritmética entre los ejércitos de los números: Parleño se decide y relata una batalla entre los números pares y los números impares en la llanura de Pizarreda, que se salda con la derrota final de los pares por la cobardía de los ochos, que a la hora de combatir se convierten en dos ceros (los ceros eran los asistentes). En cualquier caso, le une a muchos de los demás relatos la circunstancia de ser una historia contada por un soldado narrador al calor del fuego, para entretener las veladas de sus compañeros[2].


[1] Baquero Goyanes, El cuento español en el siglo XIX, cit. supra, llamó la atención sobre la importancia que se concede en los relatos cortos del siglo XIX tanto a los animales (pp. 547-562) como a los objetos y seres pequeños (pp. 547-562).

[2] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (7)

Aparte de los ya comentados, quedan cinco relatos que no hallan fácil cabida en los dos apartados anteriores: «La última noche», «Nubecilla de humo», «El perro del tercero de cazadores», «Rempuja» y «La acción de Numerosa».

Los dos primeros pueden agruparse por tratar del mismo asunto, las últimas horas de un condenado a muerte, aunque el desenlace será distinto en uno y otro. En «La última noche» acompañamos a Andrés, un sargento segundo del primer batallón condenado a muerte en consejo de guerra; en realidad, su trágico destino ha estado determinado por un cúmulo de casualidades y por su mala suerte: una noche, su mujer y su hija le acompañaban en la caseta donde hacía guardia; un capitán nuevo, que no conocía su estado civil, al descubrirlo en su ronda acompañado por una mujer, pensó que se trataba de una soldadera, la empujó y cayó con ella la niña, que resultó herida; el sargento, en un acceso de ira, le golpeó en la cabeza con la culata del fusil, causándole la muerte. La noche previa a la ejecución, su mujer acude con la hija para hablar con él a través de la ventana de la celda. Al amanecer Andrés mira el paisaje consciente de que lo hace por última vez; su esposa y su hija llegan presurosas en el último momento y asisten desde lejos al fusilamiento, cayendo ambas de bruces sobre la escarcha. Constituye un acierto este final en el que no se llega a describir la muerte de Andrés (no se relata finalmente su ejecución), sino que la caída de su cuerpo desplomado queda sugerida indirectamente por la otra caída al suelo, la de sus dos seres más queridos.

Jean-Léon Gérome, «La ejecución del Mariscal Ney» (1876). Colección privada (Friburgo).
Jean-Léon Gérome, «La ejecución del Mariscal Ney» (1876). Colección privada (Friburgo).

«Nubecilla de humo», relato dividido en dos capitulillos, plantea también la ejecución de una pena de muerte. En la primera secuencia se cuenta la causa: el sargento Renedo y el cabo Brenes se disputaban una mujer de mala vida, la Rubia; un día se encontraron los dos militares, discutieron, el sargento golpeó al cabo y este le clavó su bayoneta dejándolo muerto; Brenes se dejó prender con total tranquilidad, aunque sabía lo que le esperaba: «Un Consejo de guerra que haría con unas firmas lo que él había hecho con una bayoneta» (p. 200). Es, en efecto, condenado a muerte, porque «La disciplina militar es una diosa que necesita sacrificios de cuando en cuando» (p. 202). En la segunda parte, el condenado sigue haciendo alarde de hombre duro: ya en capilla permanece sereno, inmutable; al salir para ser fusilado, le dan un puro, que enciende y saborea, hasta que, al llegar al punto de la ejecución, lo deja apoyado sobre el hule de su ros, desde donde se levanta el humo. Ya vendado el prisionero, llega el perdón en el último instante; sin inmutarse, el cabo Brenes vuelve a coger el puro y se aleja fumando con absoluta frialdad. Parece como si todo no hubiese sido más que una «Nubecilla de humo» en su vida[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«San Juan de la Cruz», soneto de Manuel Machado

Siguiendo con la serie de poemas de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947) que evocan temas y personajes de nuestros Siglos de Oro, copiaré hoy su soneto dedicado a «San Juan de la Cruz». Se trata de la composición que encabeza la sección «Horario» de su libro Cadencias de cadencias (nuevas dedicatorias), publicado en Madrid, por Editora Nacional, el año 1943.

El soneto reza como sigue:

Juan de la Cruz: Poeta del Divino
Amor. Carne del alma, estremecida
de Eternidad en flor. Nardo de vida
hacia otra Vida abierto, peregrino.

Hasta el Supremo Bien fue tu destino
alzar un alma de Beldad transida,
de la ternura por la senda erguida
y el éxtasis que pone en pie el camino.

La gloria del Amado en sus criaturas,
la soledad sonora, la callada
música[1] de divinos embelesos,

del Carmelo las sacras cumbres puras…
Todas las hizo tuyas tu mirada
en el más inefable de los besos[2].


[1] la soledad sonora, la callada / música: eco directo del «Cántico espiritual»: «… la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora, / la música callada, / la soledad sonora, / la cena que recrea y enamora».

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 535. Figura publicado con variantes en el número 25, de noviembre de 1942, de la revista Escorial. Ver Ángel Manuel Aguirre, «Verso y prosa de Manuel Machado no incluido en la edición de sus Obras completas», Cuadernos Hispanoamericanos, núms. 304-307, tomo I, octubre-diciembre 1975-enero 1976, p. 126.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (6)

De gran intensidad dramática es «De dos a cuatro». El cabo Pedrales cuenta a los soldados por qué el teniente Rodaja perdió en una noche la negrura de su cabello. Fue una vez que pasaban las ventas de Recova hacia Costillada; muy cerca vivía el padre del, en aquel entonces, soldado Rodaja; este fue enviado de avanzada, de 2 a 4 de la madrugada, con la orden de disparar a cualquier persona que se acercase. Rodaja pasó las dos horas temiendo que su padre, que podía haberse enterado de que su hijo estaba cerca de casa, fuese a verlo y tuviese que disparar contra él; cuando acabó su guardia, apareció con el cabello totalmente blanco: «No le dije nada yo tampoco; sentí como ganas de llorar, y me guardé la historia para que ustedes, que no habéis pasado por estas cosas, supieseis cómo puede pasar una noche de miedo un soldado de gran corazón» (pp. 103-104).

«El hijo del regimiento», con sus 10 páginas, es uno de los pocos relatos que presenta divisiones internas (cuatro capitulillos muy breves). El 4.º regimiento del 2.º cuerpo de ejército marcha en derrota; vivaquea y come su rancho en el llano de Albatera, con la tristeza de su desesperada situación. El coronel Pozazal encuentra un bebé, abandonado por alguna mujer de los pueblos cercanos, que entrega al cocinero Madrépora; el Padre Manzaneque lo bautiza con el nombre Marcialillo (nombre, sin duda, ajustado a la situación). Al amanecer, se reanuda el combate. Los soldados asaltan el cabezo de Aguzahoces, combatiendo cuerpo a cuerpo; Madrépora pelea con el bulto del niño en el brazo izquierdo y con un sable en la mano derecha; «se batía —leemos— como cada hijo de vecino, con la borrachera de la lucha en el corazón» (p. 131). Tienen cien bajas, pero gracias al heroico comportamiento de todo el regimiento consiguen salvar su apurada situación. Los soldados comen ahora felices el rancho de la victoria, y todos recuerdan cómo había luchado el cocinero «animado por la embriaguez de la pelea» (p. 133). El narrador que relata esta historia es uno de esos soldados.

Altas cotas de ternura alcanza Federico Urrecha con «El vicio del capitán», relato una vez más con narrador testigo: «No sé si otra vez os he hablado de Humaredas» (p. 159). Un grupo de soldados pasa el verano como destacamento en ese pueblo. En el casino coinciden con Retama, capitán retirado, manco y muy malhablado, conocido por «su lengua de hacha y su vocabulario pletórico de desvergüenzas» (p. 160). Rodajas y otro soldado, el narrador, le siguen un día y descubren su secreto: el capitán Retama no gasta su dinero en vicios, como alardea en el casino, sino en alimentos para una niña huérfana que ha adoptado del hospicio; hasta se priva del tabaco para comprarle leche; además, en casa el capitán no jura, sino que atiende y mima a la muchacha, «cuidando de aquella intimidad por él creada, para no morirse en la soledad del soldado viejo y arrumbado» (p. 164). Los dos soldados piensan inicialmente comentar en el casino su descubrimiento; pero, conmovidos por la tierna escena que ven, deciden guardan su secreto y no ponerlo en evidencia revelando cuál es el verdadero «vicio del capitán». Este capitán Retama nos recuerda a Muérdago: ambos son militares retirados, ambos están tullidos (cojo uno, manco el otro), ambos exponen sus ideas con energía en el mismo casino de Humaredas… La diferencia entre ambos relatos estriba en que en «El fin de Muérdago» el tono era trágico, al presentar la muerte heroica del viejo héroe; mientras que aquí se nos ofrece un segmento de vida, en el contexto de la guerra, que muestra un comportamiento pleno de ternura y humanidad.

«Remoque» es, como «El idilio de la pólvora», uno de los escasos Cuentos del vivac en que aparece sugerido, aunque no explícitamente desarrollado, un tema amoroso. Una vez más encontramos un narrador testigo: «Fue aquel cabo Remoque una de las figuras más interesantes que he conocido en mi vida de soldado» (p. 261). Herido en el oído en el desastre de Gorrionuela, es conducido a un hospital en el que se enamora de sor Mariposa, una hermana a la que llama así por el aleteo de sus tocas. Cuando su estado de salud se agrava, Remoque dice que solo se confesará si sor Mariposa deja que le dé un beso; tras su inicial resistencia, la monjita se deja besar; entonces el cabo se confiesa y muere acompañado por la hermana y por el narrador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«Alvar-Fáñez (retrato)», de Manuel Machado

Este poema de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Alvar-Fáñez (retrato)», corresponde a la sección «Primitivos» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario que figuran en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1].

Monumento a Álvar Fáñez

El poema —catorce versos alejandrinos, con rima asonante á a en los 11 primeros y rima aguda á en los tres últimos— reza como sigue:

Muy leal y valiente es lo que fue Minaya;
Por eso dél se dice su claro nombre, y basta.
Hería en los más fuerte haces y de más lanzas
y, hasta el codo, de sangre de moros chorreaba,
el caballo, sudoso, toda roja la espada.

Cuando Ruy le ofrecía su quinta en la ganancia,
tornábase enojado, ni un dinero aceptaba.
Fue embajador del Cid a Alfonso por la gracia…
Mas todos sus discursos fueron estas palabras:
«Ganó a Valencia el Cid, Señor, y os la regala».

… Deste buen caballero, aquí el decir se acaba;
de Minaya Alvar-Fáñez quien quiera saber más,
lea el grande poema que fizo Per Abad
de Rodrigo Ruy Díaz Myo Cid, el de Vivar[2].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 159. Mantengo la forma «Alvar» del original en el título y en el verso 12.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (5)

Pasemos ahora al comentario de los relatos que presentan aspectos humanos. En efecto, algunos de estos Cuentos del vivac presentan la cara más humana, no de la guerra, sino de las circunstancias que se viven durante una guerra, mostrando que incluso en esas situaciones límite existen también momentos para la ternura. El primero de los que reseño en este apartado es «La trenza cortada». En la taberna del tío Araya tiene su asiento una partida de doce «ínclitos y desarrapados combatientes del altar y el trono» (p. 39), es decir, doce soldados carlistas que allí remiendan sus uniformes y limpian sus armas. El jefe de esta partida, Butrón, trata de redactar un parte para dar cuenta de la detención del liberal Basilio Mudárriz, al que considera el soplón que ha estado a punto de que su grupo fuese sorprendido por 200 liberales entre Elorrieta y Otzaurte (en Guipúzcoa). En esto llega Constanza, la hija pequeña del detenido, afirmando que está dispuesta a dar cualquier cosa por conseguir su libertad; y como prueba de ello se corta su preciosa trenza. Butrón decide entonces soltar al hombre por tres motivos: por compasión, al ver el gesto de su hija; porque el tío Araya le dice que es inocente; y también porque tiene problemas con la ortografía y teme que sus superiores se burlen de él al leer el parte de la detención. Este relato es uno de los pocos que está contado desde la perspectiva carlista o, mejor, uno de los pocos en los que los personajes principales son carlistas.

Trenza cortada

En estos relatos de ambiente bélico apenas tiene cierta cabida el sentimiento amoroso, que sí aparece en «El idilio de la pólvora». Los liberales sitian Villacobriza, defendida por un fuerte de minas. Gina, una joven de 14 años, y Ántropos, un mozo de 16, acuden a un lugar desde donde pueden contemplar al cañoneo. Los disparos asustan a la muchacha que se acerca y se acurruca junto al joven; entonces estalla una contramina cerca de donde están «y en el tremendo momento se rasgó para Ántropos y Gina el misterioso cendal del secreto deseado y temido, revelado en el primer abrazo ceñido con tembloreo de brazos y el primer beso dado con los ojos cerrados» (pp. 55-56). Cabe destacar el valor simbólico de los nombres de los dos personajes, Gina y Ántropos, que podríamos interpretar como ʻmujerʼ y ʻhombreʼ.

«El rehén del Patuco» es, por contra, un nuevo relato de tono trágico. El Patuco es un vagabundo de Sollacabras que recibe ese mote por su andar torpe, de pato. Antes solía frecuentar las tabernas y el casino de los liberales, el «Círculo fraternal»; sin embargo, al llegar la guerra se ha ido con «los otros», habiéndose convertido en jefe de una partida carlista. Su única debilidad es una hija pequeña que tiene. El tuerto Adaja, jefe contraguerrillero, quiere acabar con él; para ello no duda en raptar a la hija del Patuco, enviándole un mensaje con un leñador: debe entregarse en el monte Muérdales; el carbonero, que hará de mediador, pondrá a salvo a la niña. Así lo hacen; después, suenan disparos; el tuerto ha matado al Patuco y lo trae cruzado sobre un burro, tal como había prometido en el pueblo, pues él nunca hace prisioneros. El narrador no es aquí testigo o protagonista directo, sino que ha oído contar la historia al leñador[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

«Un hidalgo», soneto de Manuel Machado

Este soneto de Manuel Machado (Sevilla, 1874-Madrid, 1947), «Un hidalgo», pertenece a la sección «Siglo de Oro» de su libro Museo. El texto es uno de los 19 poemas de ese poemario incluidos en el volumen Alma. Museo. Los cantares (1907), segunda edición de Alma (1902), los cuales se distribuyen en cuatro subsecciones: «Oriente», «Primitivos», «Siglo de Oro» y «Figulinas»[1]. En su discurso de ingreso en la Real Academia Española explicará el poeta a propósito de ese triple título:

He aquí un título que puede ya servir de epígrafe a toda mi obra lírica: Alma (poesías del reino interior, realidades puramente espirituales). Museo (poesía de la Historia a través de las obras de arte más famosas). Los Cantares (poesía sentimental y aun sensual, poesía de la vida rota que culmina en El mal poema)[2].

El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid)
El Greco, El caballero de la mano en el pecho. Museo del Prado (Madrid).

El soneto —de versos alejandrinos: de catorce sílabas, con una cesura al medio, 7 + 7— dice así:

En Flandes, en Italia, en el Franco Condado
y en Portugal, las armas ejercitó. Campañas,
doce; tiempo, cuarenta años. En las Españas
no hay soldado más viejo. Este viejo soldado

tiene derecho a descansar y estar ahora
paseando por bajo los arcos de la plaza
—solemne—, y entre tanto que el patrio sol desdora
sus galones —magnífico ejemplar de una raza—,

negar que la batalla de Nancy se perdiera
si el gran Duque de Alba ordenado la hubiera;
negar su hija al rico indiano pretendiente,

porque no es noble asaz Don Bela. Y, finalmente,
invocar sus innúmeras proezas militares
para pedirle unos ducados a Olivares[3].


[1] Ver para más detalles Eloy Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», Philologia Hispalensis, 9, 1994, pp. 17-32.

[2] Manuel Machado, y José María Pemán, Unos versos, un alma y una época. Discursos leídos en la Real Academia Española, Madrid, Diana, 1940, p. 79; tomo la cita de Navarro Domínguez, «El “Museo” de Manuel Machado», pp. 17-18.

[3] Cito por Manuel Machado, Poesías completas, ed. de Antonio Fernández Ferrer, Sevilla, Renacimiento, 1993, p. 166. Como curiosidad, encuentro el soneto reproducido, con el epígrafe «Figuras de la Raza» precediendo al título, en La Falange. Diario de la tarde, Año I, núm. 93, Cáceres, 17 de diciembre de 1936, p. 1.

Los «Cuentos del vivac» de Federico Urrecha: relatos ambientados en las guerras carlistas (4)

El protagonista de «La oreja del Rebanco» es un asistente que recuerda al de «La retirada de Corpa», aunque aquí su rasgo de valentía no es tan heroico, sino brutal. «Ugenio» Rebanco es el asistente del teniente Pizarral, que se halla sitiado con sus hombres en Rebajales y que, para matar el rato, acude al casino de «La Amistad», donde se reúnen los liberales; en cambio, los señoritos de la villa simpatizan con «los otros», es decir, los carlistas. Como escasea la comida, los asistentes la buscan por donde pueden; un día Rebanco llega herido porque unos gañanes de una venta que merodeaba en busca de alimentos le han dado una paliza; el teniente, sin conocer esta circunstancia, le reprende por su lastimoso estado y le dice que le echará del regimiento si no le trae la oreja de quien le ha herido. El Rebanco interpreta literalmente la indicación de su jefe y al día siguiente deja en el casino un paquete con la oreja de uno de sus agresores.

«El artículo 118» plantea también un caso, más trágico, de la dura vida militar. «Ni en los papeles viejos del regimiento —comenta el narrador—, ni en archivo alguno militar, daríais con trazas de lo que voy a contaros. No tuvo el hecho más testigos que el capitán Rodajo y yo, que éramos entonces soldados de la 4.ª compañía; y si me atrevo a contarlo es porque el coronel Pernales murió hace tiempo y no ha de venir su buena memoria a pedirme cuentas» (p. 270); más adelante hay otras referencias que confirman el carácter oral del relato: «todo lo que voy a contaros» (p. 270); «como os digo» (p. 271). El áspero coronel Pernales es un soldado de raza; tenía un «rostro anguloso y curtido como el de los antiguos guerreros que hacían de la pelea el ejercicio de un culto bárbaro y estrecho» (p. 273). Ese invierno sus tropas han sufrido varias derrotas y su carácter todavía se ha agriado más con la llegada de su hijo, a quien no aprecia por suponerlo un cobarde: por ejemplo, al tratar con él nunca lo llama Rafael, sino alférez Pernales. En una acción bélica, el asalto a Mudarra, Rafael huye y su padre, ajustando su rígida moral a lo dispuesto por el terrible artículo 118 del código militar, que establece «Pena de muerte… al militar que por cobardía vuelva la espalda al enemigo» (p. 276), dispara contra él. Esa noche en que el coronel reflexiona triste sobre la dureza de la ordenanza todos los soldados sienten en su cuerpo un frío que no es solo el del ambiente.

Código de Justicia Militar

«¡Noche de Reyes!» se ambienta en el sitio de Muérdales. Es Navidad, y los soldados parecen «soldados fantásticos de un ejército hambriento» (p. 281). El sargento Ránula sospecha que el comandante Regajales, un achaparrado instructor de Academia, no se comportará heroicamente en la defensa del pueblo; mandados por él, la noche del 5 de enero los soldados hacen una salida para romper el cerco, asaltan la vía del tren y llegan a la boca del túnel, sufriendo 200 bajas; el comandante, que les ha dirigido bravamente, les arenga y penetra en el túnel; la Noche de Reyes hallan su cuerpo destrozado a la mitad del mismo. Ránula, que desconfiaba del valor de su superior, no puede ocultar una lágrima, cuando lleva su cuerpo junto con otro soldado (el narrador), aunque para disimular exclama: «¡Vaya una noche de Reyes, amigo!»[1].


[1] Para más detalles ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario,15, diciembre de 1998, pp. 41-65.