«Doña Urraca de Castilla» (1849) de Navarro Villoslada: génesis de la obra

En 1849, los madrileños editores Gaspar y Roig publicaban la primera edición de Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos, novela histórica original de Francisco Navarro Villoslada[1]. En esta y en sucesivas entradas me propongo repasar brevemente los aspectos más destacados de la obra (su génesis, sus personajes, la relación entre historia y ficción, las técnicas narrativas, etc.)[2].

Entre mayo y diciembre de 1847, Navarro Villoslada publicó en El Siglo Pintoresco una novela corta titulada El caballero sin nombre que contiene en germen los principales sucesos novelescos de Doña Urraca de Castilla: la historia giraba en torno a la identidad de un joven, al que alude el título, que busca a su padre, desaparecido varios años antes, y al que finalmente encuentra encerrado en el castillo de Altamira por su propio hermano. Más tarde el escritor amplió esa historia trasladando al mismo tiempo la acción del reinado de Alfonso VI al de doña Urraca de Castilla; esto le permitió aprovechar novelescamente algunos sucesos de esa conflictiva etapa de la historia castellano-leonesa (división del reino de Galicia en bandos, formación de una hermandad de burgueses contra el obispo Gelmírez, etc.), pero conservando el recurso folletinesco consistente en presentar a una persona que se cree de baja condición social y que finalmente resulta ser de origen noble.

Por otra parte, la novela ampliada, Doña Urraca de Castilla, comenzó a publicarse en el folletín de La España de febrero a marzo de 1849, aunque se interrumpió para dejar paso a dos novelas francesas. Más tarde volvió a recuperarse la obra, empezando de nuevo desde el principio (julio a septiembre del mismo año). Al mismo tiempo, se publicó la edición en forma de libro (Madrid, Gaspar y Roig, 1849; la dedicatoria del autor a sus tíos lleva fecha de 30 de diciembre de 1848). Cuando todavía se estaba imprimiendo la novela, apareció en el Semanario Pintoresco Español un resumen muy breve de la misma, en tres capítulos, los días 7, 14 y 21 de enero de 1849, con el título El amor de una reina. La primera entrega iba acompañada de esta ilustrativa nota:

El reinado de doña Urraca de Castilla y de León es uno de los más oscuros y embrollados de nuestra historia. Tenemos sin embargo acerca de él un libro de los que suelen, más que en ninguna nación, escasear en la nuestra: unas memorias contemporáneas. Ocultas, y de muy pocos conocidas por espacio de más de seiscientos años, hasta que aparecieron impresas a finales del pasado siglo, merced a la laboriosidad del P. M. Flórez, han sido posteriormente no muy leídas por la repugnancia que inspira una historia abultada y escrita en un latín semibárbaro y en muchos pasajes ininteligible.

Sobre ella hemos escrito una novela intitulada Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos que van a publicar con grabados los Sres. Gaspar y Roig. A ruegos del director de este periódico resumiremos en tres o cuatro capítulos la fábula de esta novela, desnudándola de mil episodios, que si no hacen la obra interesante, la harán por lo menos voluminosa.

Así pues, al igual que hiciera con Doña Blanca de Navarra, nuestro escritor supo aprovechar al máximo su nuevo escrito novelesco, incluyendo distintas versiones en los diarios en los que trabajaba, en tanto que lo daba a la estampa en volumen.

Doña Urraca de Castilla, de Navaro VillosladaLa segunda novela de Navarro Villoslada obtuvo bastante éxito y fue traducida al portugués, aunque no alcanzó tantas ediciones como Doña Blanca de Navarra. Si en su primera obra se acercaba el novelista a unos temas que podían resultarle conocidos e interesantes por su lugar de nacimiento, en Doña Urraca de Castilla aborda una historia de la Galicia medieval. Hemos de recordar que el novelista estuvo de 1829 a 1836 estudiando en Santiago de Compostela y, de hecho, se conservan unos apuntes de un «Viaje a Altamira» que, sin duda, le sirvió para situar en aquel castillo la historia de El caballero sin nombre; pero además de las leyendas existentes en torno a las ruinas de Altamira, se inspiró en una crónica, la Historia Compostelana, redactada en tiempos del obispo Gelmírez (pudo quizá ver también algunos documentos sobre aquella época en el archivo de la catedral, pues los dos tíos con los que vivía —y a los que dedica la novela— eran allí canónigos).

En cualquier caso, la novela fue redactada años después de su marcha de Galicia, entre 1846 y 1849, es decir, cuando se encontraba viajando continuamente entre Madrid (donde le llamaban sus distintas ocupaciones) y Vitoria (donde vivía su esposa, ya enferma). La obra presenta algunos puntos de contacto con Doña Blanca de Navarra: elección de un momento histórico de crisis, con divisiones internas y luchas entre varios bandos; empleo de recursos folletinescos (el supuesto plebeyo que resulta de alta cuna); y, al mismo tiempo, una profunda y cuidada documentación histórica para la reconstrucción arqueológica de la época[3].


[1] La misma casa editorial había dado a las prensas dos años antes otra novela histórica del escritor navarro, Doña Blanca de Navarra.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

La música en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La música tiene una relevancia destacada en esta obra escrita en colaboración por Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, por lo menos en dos pasajes. El primero, cuando Natalio quiere entretener a Teodora, porque últimamente la ve con «graves melancolías». Los Músicos le cantan y Natalio pondera la belleza de su esposa con estos bellos versos:

MÚSICOS.- Ojos, venced los enojos,
pues que sois cielos de amor,
porque no eclipse el dolor
la luz de tan bellos ojos.

NATALIO.- Bellísima emulación
del planeta más luciente,
a cuya veneración
en llama pura y decente
sacrifico el corazón.
En los amenos verdores
del jardín, tanta tristeza
pudo templar sus rigores,
viendo que de tu belleza
eran retrato las flores.
Para copiar con primor
tu frente, playa serena
donde está en calma el amor,
todo su hermoso candor
pródiga dio la azucena.
En tus mejillas traslada
la rosa su pompa breve,
pues en ellas imitada
se vio su púrpura nieve
o su púrpura nevada.
En tu boca el encendido
clavel quedó convertido,
y el que en tan dichoso empeño
acertó a ser más pequeño,
ese fue más parecido.
Para tus ojos no había
comparación en el suelo,
y por lograr su porfía,
Amor, que el retrato hacía,
dos astros le pidió al cielo.
Y como tú en el raudal
te mirabas de una fuente,
desta copia celestial
parecía la corriente
limpio viril de cristal;
pero el aumentar así
tu tristeza fue preciso,
si al ver tu hermosura allí
quedaste como Narciso
enamorada de ti (pp. 246b-247a)[1].

Velazquez, Tres músicos

En fin, la música también desempeña una función clave cuando se escucha en la escena del asalto a la casa de Natalio, momento en que sirve como aviso a Filipo del grave delito que va a cometer y de sus consecuencias.

Como hemos visto a lo largo de varias entradas, La adúltera penitente, de Cáncer, Moreto y Matos, es una comedia hagiográfica que mezcla elementos de la comedia de capa y espada (gracioso, amor y honor, mujer en traje varonil, bandidos, música, espectacularidad de los milagros…) con los propiamente religiosos y sobrenaturales. No es una comedia de calidad excelente, pero sin duda hay que tener en consideración el corpus de obras de autores secundarios para completar el estudio cabal de la comedia hagiográfica del Siglo de Oro, centrado hasta ahora en algunas obras representativas de los dramaturgos más importantes: Lope, Tirso y Calderón[2].


[1] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

Regionalismo y naturalismo en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión

Tampoco puedo detenerme ahora en el comentario de las bellas descripciones del paisaje navarro que salpican las páginas de la novela[1] de Arturo Campión. El costumbrismo regional se aprecia con nitidez en el capítulo VI, «Maizachuriketa», dedicado a la festiva deshoja del maíz, amenizada por los cuentos del viejo Fralle, que es «costal de historias y relatos» (p. 274); y en las descripciones de los bailes al son del silbo y el tamboril o de las faenas agrícolas, como esta briosa evocación de la siega:

Cuadrillas de segadoras interrumpían el incesante cantar de las cigarras. Envueltas las cabezas por un paño blanco, que no dejaba al descubierto sino la frente, nariz y ojos, en mangas de camisa y con justillo o corsé y enaguas cortas, por el traje blanco y la piel morena parecían árabes. Baja la cabeza, doblada la cintura, recibía su cara el hálito abrasador de la tierra, más aún que el del aire, sofocante. Sus espaldas se recocían al sol, cual si las cubriese una plancha de acero candente desde la nuca a los riñones. Manchas de sudor, especialmente a lo largo de la columna vertebral y en los sobacos, jaspeaban la blancura del lienzo. El trigo iba cayendo; por las heredades serpeaban las hoces de plata entre los tallos de oro. De tanto en tanto, al amontonar los manojos de un haz, interrumpían las segadoras por breves instantes la faena, y sedientas como el caminante del desierto, vaciaban ávidamente medio cántaro, entornando por el placer los ojos bajo los resplandores del cielo. Y allá, a la tardecica, cuando Aralar y Urbasa unían sus aterciopeladas sombras con el broche diamantino del río, y el lucero enviaba sus primeros fulgores entre frescas bocanadas de cierzo, sobre el pandero de las cigarras, el crótalo de los grillos, el cuarreo de las ranas, el gemido del búho y la flauta cristalina del sapo, sobre todos los rumores, susurros y voces de la noche misteriosa y elocuente, resonaba el coro de las segadoras, celebrando la alegría de sus pechos con melancólicas canciones éuskaras, que parecían aumentar la serena majestad del crepúsculo (pp. 466-467).

Segadoras

Dos pasajes con clara influencia naturalista son el de la muerte de Martinico y el de la descripción de la enfermedad de doña María. El jorobado Martinico[2], «triplemente herido por la escrófula, el raquitismo y la miseria» (p. 324), muere como consecuencia de la brutal paliza que le propina el maestro por hablar vascuence (capítulo IX[3]), cuyos efectos —unidos a su mermada constitución física— hacen que su enfermedad degenere en una bronco-neumonía. Así se describe la casa donde vive con su abuela (alcoholizada y también con un horrible bocio[4]):

Cerca ya del anochecer entró doña María en una desvencijada casuca, cuya mayor parte era ruina cubierta de vegetación parietaria, la cual, lejos de vestirla y ennoblecerla como otras ruinas, semejaba horrenda lepra que le royese el grietoso frontis, cuyas paredes húmedas, cubiertas de manchones verduzcos, sobre todo en las combas de la fachada, provocaban el recuerdo de vientres exantematosos. El alero, de mucho vuelo, más agujereado que criba, con los salientes astillosos laciamente inclinados cual las orejas de animal rendido; el trozo de balcón que colgaba sobre la calle, rotos su antepecho y pasamano; sin marcos ni hojas las ventanas, a medio cerrar, con tablones carcomidos, los huecos; las vigas que asomaban las esponjosas cabezas por entre los dislocados ladrillos; los cachos de teja y montones de cascote esparcidos al pie de las paredes: el aspecto y los detalles todos de la casuca parecían vaticinar un derrumbamiento próximo, una súbita barredura, por medio del viento y la lluvia, de aquella inmunda vivienda, orillada en la charca negruzca de lóbrega callejuela, donde el fango hasta la canícula no se secaba (p. 361).

El deterioro de tan sórdida vivienda es trasunto del deterioro físico de sus moradores: la ruina física del edificio es símbolo de la ruina de los cuerpos. Con la misma técnica detallista, con morosa minuciosidad cuasi-científica y sin obviar la mención de aquellos aspectos más desagradables, se describe asimismo la enfermedad de doña María, aquejada de una lesión cardiaca que estalla violentamente tras la discusión con su desnaturalizada hija María Isabel (capítulo XV, «Sombras»). En fin, en la ceguera de la anciana Madalen de Ermitaldea podríamos ver también un símbolo de la turbia historia que oculta su pasado (ceguera física de los ojos / ceguera pasional del entendimiento)[5].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 227-228.

[3] Es el único momento en que Cuadrau aparece caracterizado positivamente; tras ser testigo del maltrato, da una ochena al muchacho para que no llore: «La compasión ennoblecía a sus ojos, de ordinario procaces, y en su voz ruda vibraba la nota tierna de la piedad» (p. 327).

[4] Véase su descripción en la p. 365.

[5] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: el gracioso y el humor

En esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso el papel del gracioso lo representa Morondo, que al principio se muestra interesado por Julia, criada de Teodora. Él es quien urde la industria para sacar de casa a Natalio y dejar libre el campo a su señor: inventa Morondo que Filipo, por una mujer, se dio de cuchilladas con un caballero griego, cuatro criados latinos y seis lacayos tudescos. Al tiempo que lanza este embuste, Morondo afirma que en su vida supo mentir, detalle que subraya la comicidad del pasaje, para rematar luego comentando: «De encaje salió el enredo» (p. 246a)[1]. También se explota humorísticamente la cobardía del gracioso (por ejemplo, su temor al sentirse el ruido de espadas en el asalto a la casa).

Duelo de espadas

El humor se acentúa notablemente en la jornada segunda. Así, en la escena en que Morondo sale a medio vestir, con el abad, ronca y se pone la capilla en la pierna; cuando Teodora echa agua bendita al Demonio, este da una puñada a Morondo. Luego el criado, convertido en lego, se alegra porque le llenan la barriga los labradores, quienes bromean sobre el buen apetito del hermano Morondo: «Para santo con exceso / engorda a puros bodigos» (p. 266a-b), dice Flora. Y el propio Morondo comenta: «Esta sí que es buena vida, / que hace un pícaro estimado» (p. 266b). Pero también recibe más palos; el Demonio, enrabietado porque fracasan todas sus trampas contra Teodora, se venga golpeando al criado: «Padre, cierto que esta noche / ha andado el malo muy listo / por aquí» (p. 270b). Más tarde el Demonio, nuevamente rabioso, hace que la carne del cordero que está merendando Morondo le sepa a hiel, y a azufre el vino[2].


[1] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Blancos y negros, de Arturo CampiónLas técnicas de contraste en Blancos y negros[1] de Arturo Campión las podemos apreciar igualmente en detalles menores: por ejemplo, al final del capítulo VI, los sonidos del silbo y tamboril que suenan en la gambara de casa de Josepantoñi contrastan con los rugidos de la tempestad que se oye fuera. La tristeza de la escena en que doña María se entera de que no es dueña de ninguna de sus propiedades porque perdió el usufructo foral tiene como contrapunto el júbilo de las canciones de Navidad que se escuchan en la calle. Unas líneas merece también el empleo de técnicas caricaturescas en los retratos de algunos personajes. Caricaturesco es, en efecto, el de don Abdón, el teniente de la parroquia. También carga Campión las tintas en el retrato del maestro, navarro de nacimiento, no de sentimiento, don Bernardino, descrito como un sádico («Me llamo Balda y… baldo», p. 324). Véase asimismo la descripción de doña Sotera (p. 284) o esta nota a propósito de la esposa de Osambela: «La risa sacudía las carnes de doña Gertrudis, asemejándose a un budín de gelatina recién extraído del molde» (p. 298). La carta del fraile Aguinaga que se incluye en el capítulo V, plagada de faltas de ortografía, constituye un acertado retrato caricaturesco de su persona, de su cerrilidad e incultura.

Campión gusta de dotar de estructura circular a algunos capítulos. El capítulo primero comienza con lluvia: «Llueve, llueve, llueve. Quince días de lluvia incesante, inagotable, irrestañable» (p. 189), y acaba con una alusión al murmullo de la lluvia «que se precipitaba a borbotones por las cañerías y canales de hojalata, o libre caía a la calle chorreando desde los tejados» (p. 198). En este capítulo I se indica que el suelo de la plaza de Urgain ha quedado convertido «en papilla de lodo negruzco, espeso, pegajoso y resbaladizo, licuado, a trechos, en agua fangosa» (p. 190), lodo negruzco en el que podemos ver anticipado «el líquido derramado por las eras» (palabras finales de la novela), es decir, la sangre mezclada con el fiemo y la tierra. Estructura circular tiene también el capítulo XIII, que comienza con la imagen papeletas electorales=mariposas:

Si a estos papelitos el viento reinante los hubiese arrancado de las callosas manazas de Loipea, con caprichosos revuelos de blancas mariposas se habrían esparcido por el ámbito de la villa, siendo recreo de los ojos (p. 393).

Y acaba con la de copos de nieve=mariposas=papeletas electorales:

La blanquísima nieve de San Donato, a la luz discontinua de la luna, chispeaba como un diamante. De las pardas nubes, impelidas por el sudeste, escapábanse argentados copos que, con vuelos de mariposa, sumíanse dentro de las chimeneas, extendíanse sobre los tejados y torbellineaban en las fangosas callejuelas, semejantes a las papeletas electorales que invadieron a Urgain, escapándose, no de las callosas manazas de Loipea, sino, realmente, de las negrísimas garras del demonio de la política (p. 411).

Comentario más detenido merecería la abundante utilización de metáforas, imágenes y símiles, aspecto cuyo análisis habrá de quedar para otra ocasión. Haré notar, en fin, la huella de Cervantes, que se aprecia en pequeños detalles de estilo como la forma de comenzar algún capítulo («Las ocho de la mañana serían…» es la expresión que abre el capítulo V) o la predilección por algunos adjetivos (desaforado, descomunal…) de clara raigambre cervantina[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento profano en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: amor y honor

CapayEspadaSabido es que muchas de las estructuras y mecanismos de la comedia hagiográfica coinciden con los de la comedia de enredo o de capa y espada: amor, honor, gracioso, humor, mujer en traje varonil, etc. Pues bien, en esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso ese elemento profano es muy importante. Recordemos que la acción comienza con un triángulo amoroso, el formado por Natalio, Teodora y Filipo. El galán desdeñado logra con violencia gozar a la mujer y el marido ultrajado querrá vengar su honor. Veamos cómo funciona en la pieza esta estructura de amor y honor.

En efecto, el arranque de La adúltera penitente bien podría ser el de una comedia de enredo. La primera escena nos muestra a un galán, Filipo, que, tras quejarse de sus desdeñados amores, pide a su criado Morondo y a su amigo Roberto que le dejen morir. Morondo va a ser el típico criado industrioso[1]. Le dice que es una locura amar a una mujer casada, pero el galán se excusa diciendo que ella se casó con un rico que compró su belleza. Dos años después, él le sigue escribiendo billetes de amor. La propia Teodora corrobora esa explicación: sabía al casarse que Filipo la amaba, pero sus deudos le pidieron que admitiera a Natalio por dueño. Ella, en cualquier caso, es virtuosa y, fiel al honor conyugal, resiste en todo momento a las porfías de Filipo. Consideremos esta bella descripción de Teodora vista por Filipo:

FILIPO.- Aunque es el fuego su asiento,
libre en sus llamas se mira
la salamandra, y respira
sin riesgo de un elemento.
Entre las zarzas vecinas
de las fragosas montañas,
nace el lirio, y aunque hurañas,
le respetan las espinas.
Con repetida porfía
de la enfaldad[2] obscura
de la noche hermosa y pura
se libra la luz del día.
Sin que amargo sabor cobre,
hay río cuyos cristales
conservan dulces raudales
en medio del mar salobre.
Y así el recato que veo
en Teodora ser pretende
salamandra, que no ofende
todo el fuego de un deseo;
lirio cuajado ni herido
del riesgo, no puede ser;
aurora que obscurecer
sombras torpes no han podido,
y río que nunca deja
el curso de su rigor
y está en el mar de mi amor
si en lo amargo de mi queja (p. 245a)[3].

También el final de la primera jornada, cuando salen Filipo y Teodora a medio vestir, es «de capa y espada». Él le ha arrebatado su honor, pero una vez que ha tomado posesión del cuerpo, muere su deseo y se va, dejándola abandonada. En ese momento, el Demonio mata la luz y hace creer a la desengañada mujer que ha llegado su esposo, todo para incitarla a dejar la casa. Así lo hace, no sin antes explicar que, si huye, es porque teme el castigo de los cielos, no el humano. Al llegar Natalio ve ropas revueltas en el suelo y teme por su honor. Al principio duda, pero convencido de su deshonra, sale a buscar a la fugitiva y ejecutar su venganza:

NATALIO.- Ya no hay mal que no recele
contra el decoro sagrado
del honor; pero ¿qué arguyo?
Miente el recelo villano,
miente cualquiera apariencia,
mas lo que podrán pensar
los que la vieren faltar,
a lo peor me sentencia.
Pues su duda o su obediencia
a nadie honrado le hace,
del concepto ajeno se hace
la honra propia, y así
no me satisface a mí
si a todos no satisface.
Hallar desea en su ayuda
algún indicio mi amor,
mas de ausentarse el error
no da lugar a la duda.
Claros astros, noche muda,
guiad mi venganza fiera,
pero aunque seguirla quiera,
¿cómo he de alcanzar, cargado
de un agravio tan pesado,
a una mujer tan ligera?
Mas ya que a entender su culpa
me obligan indicios tantos,
la buscaré aunque la esconda
el centro más ignorado
de la tierra o el abismo
en sus profundos espacios.
Peregrinando sujeto
al dictamen de mi agravio,
fatigaré incultos montes,
pisaré desiertos campos,
navegando nuevos mares,
discurriendo climas varios,
siendo piedad de los Cielos,
de los hombres y los hados
con la deshonra que llevo,
con el fuego en que me abraso.
Y si no hallare la causa
de tan afrentosos daños,
hallar la muerte aguardo
que es la dicha mayor de un desdichado (p. 258a-b).

Al comienzo de la Jornada II se nos informa de que Teodora lleva dos meses en traje varonil: vive en un convento de la orden de San Elías (Teodora es ahora fray Teodoro); Filipo, a su vez, recorre el monte como bandido; y el esposo ultrajado los anda buscando a los dos. El Demonio quiere hacer que Natalio conozca su afrenta a ciencia cierta y para ello escribe en los troncos el siguiente mensaje: «Adúltera fue Teodora». Trata así de vengarse en la opinión de Teodora, ya que no puede en su virtud. Más tarde se produce el encuentro entre Natalio y su esposa (a la que no reconoce por ocultar con el hábito su verdadera personalidad). Natalio cuenta su historia —cómo casó con la bella e ingrata Teodora— al supuesto padre Teodoro, el único que le ha prestado atención. Teodora, llorosa por lo que escucha, se turba cuando su marido empuña el acero en su mano: Natalio, tras leer al final el «Adúltera fue Teodora», ve confirmado su agravio, ve su deshonra grabada en las cortezas de los árboles, y todo su amor se transforma en odio. Si Teodora es mala, concluye, no habrá ninguna mujer buena.

Al inicio de la Jornada III, vemos de nuevo a Natalio, rodeado de sus deudos y amigos, encendido por la deshonra y su sed rabiosa de venganza. Siente la herida afrentosa de su deshonor y el Demonio quiere acercarlo a Roberto, que va a traicionar a Filipo. Honor, venganza, deshonra, son palabras repetidas en esta escena. Roberto dice que Filipo ha afrentado a la esposa de Natalio. Pero Natalio no desea hacer notoria su afrenta. Por ello, en lugar de darse a conocer, dice ser un hombre que vengará esa inocencia ofendida (intentará que parezca socorro lo que en realidad es venganza). Natalio va a ser médico de su honra (p. 275b; de ahí que se hable de herida, p. 275b y supra, p. 274a). Se duele de la resolución tomada (ama a su esposa, se insiste en esto) y luchan en su pecho los sentimientos de amor y de deshonra:

NATALIO.- Muerte dio a mi bien, señora,
Teodora, querido dueño,
vida ya de mis congojas,
alma de mi amor, ¿qué digo?,
siéndolo de mi deshonra.
Cielos, ¿cómo cabe en mí
este sentimiento agora
sin que el de mi amor le impide?
Sin duda, pues no se estorban,
que en los secretos del pecho
puso mano artificiosa
un seno para el amar
y otro para la deshonra,
pues entrambos ofendidos,
¿qué espera mi furia loca?
El veneno que respiro,
¿cómo el aire no inficiona?
¿Qué nieve en mi pecho oculta
el Etna[4] que incendios brota?
¿Cómo no arden estas plantas
para hacer ojos sus hojas
con que miren mi venganza?
¿Cómo ya llamas no arrojan
arenas, riscos y peñas?
Amigos, huid agora,
que el volcán de mis alientos
va abrasando cuanto topa.
¡Venganza, amigos, venganza,
que abrasará mi deshonra,
que este rayo aun lo débil no perdona! (pp. 275b-276a).

Natalio afirma que quemará todo el monte, aunque es consciente también de que, aunque se vengue con el fuego, quedarán siempre las cenizas del deshonor. En la escena en que Roberto se ofrece para entregarle a Filipo —a cambio de lo cual Natalio le promete «hacienda, honor, riqueza» (p. 276b)— aparecen de nuevo las imágenes ígneas: abrasa, incendia, quema[5]


[1] Ver para industria las pp. 244b y 245a.

[2] Sic en el texto, quizá error por «frialdad».

[3] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[4] Enmiendo la lectura errada «Etno».

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

Técnicas narrativas en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

Muchos de los personajes de la novela[1] de Arturo Campión se construyen como parejas de contrarios (Osambela y doña María, Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…). Añadamos ahora algunos detalles más con relación a la presentación antitética de Osambela y doña María. Si la palaciana es generosa y amable con los pobres (cuando entrega unas monedas, ofrece además el consuelo del alma), el odioso cacique es «avaro por naturaleza y cálculo» (p. 385) y su propio hijo Perico se da cuenta de que tan solo pretende hacer un negocio de «usurero desalmado, vengándose, al mismo tiempo, de una familia a quien detesta» (p. 384). Pero la misma consideración negativa se extiende al propio Perico, menospreciado por la mayorazga doña Rosa de Altolaguirre y Zufiaurre:

Doña Rosita consideraba la casa de Ugarte como a templo donde la raída nobleza de Urgain y cinco leguas a la redonda recibía solemne culto, y además, como a ejecutoria donde constaba fehaciente el número de las personas que podían alternar entre sí, sin desdoro. De suerte que, propiamente, a Perico Osambela lo equiparaba a callejero can que se cuela en el archivo, hociquea los papelotes, y cual de ruines piltrafas, se apodera de las más preciosas genealogías y las arrastra por el enfangado suelo (p. 357).

El contraste maniqueo lo observamos asimismo en la presentación de los personajes vascongados (la familia de Juan Bautista Oyarbide, sobre todo[2]), que constituyen acabados modelos de bondad y virtud, frente a los personajes foráneos (sobre todo los hijos de Aquilino Zazpe, Celedonia y Casildo, verdaderos dechados de maldad). Campión idealiza el carácter y las costumbres tradicionales del pueblo vasco y fustiga las novedades venidas de fuera para distorsionar su alma. Desde la ventana del palacio observa don Mario (capítulo IV) el baile que en la plaza consistorial protagoniza la juventud urgainesa, «sana, alegre y ágil», al son del silbo y el tamboril, baile honesto que contrasta con el «agarrao» que tiene lugar junto al portal de la taberna de Aquilino Zazpe, al son de guitarra, bandurria y pandereta, con intervención de la «gente forastera» (carabineros, guardias civiles, mozos de la estación y sus mujeres).

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Esa radical oposición de autóctonos y foráneos se personaliza en el enfrentamiento entre Josepantoñi y Celedonia (que culmina en la pelea en el río del capítulo IX). Si las montañesas hablan «la lengua éuskara, formada por Dios para susurrar ternezas y amores» (p. 365), las otras mujeres, las esposas e hijas de guardias civiles, carabineros y empleados del ferrocarril, se expresan en un español plagado de vulgarismos y coloquialismos y con un acento marcadamente ribero-aragonés. El carácter idílico de la vida en la aldea vasca queda subrayado en las visitas que hace Mario al caserío de Ermitaldea:

Mario saboreaba la honradez y la rústica poesía de aquel hogar feliz. Opinaba que las instituciones y costumbres, el lenguaje nativo y las tendencias étnicas naturales que semejantes ejemplares de clase popular producen, se habían de conservar y defender. Su amor a la tierra éuskara templábase en los cuadros familiares que veía. Tomaba cuerpo ante sus ojos la imagen de un pueblo creyente, sencillo, bondadoso, roído por el tiempo y arrojado a las altas cumbres de las montañas, circuido por desbordados mares, cuyas aguas con impasible e ineluctable progresión crecen, avanzan, suben, se extienden, sin retroceder nunca un palmo, ni rebajar su nivel nunca, fatales como el curso de las estrellas y la sucesión de los siglos, hasta anegar, disolver y sumergirlo todo bajo una desolada uniformidad (p. 343).

La misma técnica del contraste y la dualidad sirve para presentar la división política existente en Urgain, que se escenifica en los cafés (el Café de la Paz es el cuartel general del puñadico liberal mientras que la taberna de Aquilino Zazpe constituye el centro popular de los carlistas). Verdaderamente antológico es el capítulo XIII, «El diablo en Urgain» —el diablo llega al pueblo en forma de candidaturas electorales—, donde Campión describe magistralmente la «exaltación furiosa de las pasiones políticas» (p. 439) y cómo los ánimos pacíficos se transforman en pendencieros: «Ardió la pasión política» (p. 393). Unas palabras del abad tratando de convencer a don Mario anticipan de nuevo lo que va a ocurrir más adelante:

«Cada hogar —decía— es copia del infierno; cada hombre, encarnación del demonio. Hay muchas lágrimas, y me temo que hasta sangre ha de correr. Satanás, y no otro, es el inventor de semejantes sistemas políticos.» (p. 439)

Y así sucede en la escena final, cuando las eras estercoladas, bajo el asfixiante sol canicular, quedan empapadas con la sangre de blancos y negros:

Ganchos y muñidores de ambos partidos recorrían las eras, torciendo las voluntades con la promesa, la dádiva y el engaño. Sobre el fiemo de las cuadras, campaba el fiemo, mil veces más pestilente, de la política española. […]

Vacío el cesto de las injurias, exhausto el desaguadero de los insultos, los hombres, enardecidos por el sol que en las venas inyectaba fuego, se lanzaron unos contra otros a puñadas, mordiscos y coces, rodando y revolcándose frenéticos por el suelo.

Y cuando, al cabo, se logró restablecer el orden y llegó el caso de levantar los contusos y heridos, nadie hubiese podido decir quiénes eran los blancos y quiénes los negros, pues a todos les tiznaba y embadurnaba, parificándolos, desde la uña del pie hasta la punta del pelo, el líquido derramado por las eras (p. 469)[3].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véanse las pp. 341 y ss.

[3] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: los milagros de Santa Teodora

Frente a las artes diabólicas del Demonio, tenemos en la comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso los milagros que obra Teodora en su vida de penitente. El primero acontece precisamente ante su esposo Natalio, que recorre el monte enajenado provocando la huida de los villanos. Él explica que la suya es locura de amor, y lo expresa en una bella enumeración diseminativo recolectiva:

NATALIO.- ¿Adónde, amante y rendido,
hallaré el bien que perdí?
Mas sin duda estuvo aquí
pues dejó el campo florido.
Flores, decidme su esfera;
mas no lo querréis decir,
que en sus pies os va a decir[1]
otra mejor primavera.
Aves, que al sol hacéis salva,
sin duda della sabréis,
si no es que ya no cantéis
dulces requiebros al alba.
Arroyo, en aqueste empleo
que ciegamente conquisto,
¿ríeste de haberla visto
o de que yo no la veo?
Yedras, decid de mi bien,
y no me dejéis penar,
y pues que sabéis amar,
sabed consolar también.
Todos amáis, selvas, flores,
arroyos, yedras constantes,
y pues todos sois amantes,
mirad que muero de amores (p. 263b)[2].

El abad manda a fray Teodoro que salga al encuentro del loco. Así lo hace, y sus palabras logran apaciguarlo: Natalio explica al supuesto religioso que no hubo traición por parte de su esposa, pondera su «honesta hermosura» y afirma que la idolatra. Otro hecho prodigioso tiene lugar más tarde, cuando se encuentran Teodora y Filipo; él sigue enamorado de la dama, pero ella es ya otra, sigue a Dios, y a Él pide amparo: cuando se entra Teodora huyendo del galán, este no puede moverse para seguirla, y la sorpresa del hecho sobrenatural queda subrayada por el comentario del galán: «todo es prodigios mi vida» (p. 269b).

Una nueva intervención milagrosa se produce a propósito del niño cuya paternidad Flora atribuye a fray Teodoro. Despechada porque fray Teodoro (en realidad, Teodora) no le hace caso, afirma delante del abad que le entregó las llaves de su honor porque le dio palabra de ser su esposo y que después se entró fraile sólo por burlarla. Además, esta noche la ha vuelto a gozar, así que la ha burlado dos veces. Pide por ello que lo echen del convento, ya que si no lo hacen así bajarán las limosnas. El niño que trae es de fray Teodoro, dice, pero uno de los labradores comenta: «Ya el niño ha tenido / con este diez padres» (p. 272a). El abad pide cuentas a fray Teodoro, y aunque protesta que es inocente, es expulsado del convento: «Vaya, y su pecado pague» (p. 272b)[3]. Entonces Teodora pide a Dios por el niño, momento en que bajan dos ángeles con cestillas «y dánselas a la Santa» (p. 272b). Le explican además que en una cueva hallará una leona para criarlo, como así sucede[4].

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Siguen los milagros de la santa[5]: Teodora amansa un león y, más tarde, al tiempo que lamenta la tristeza de verse arrojada del coro, pide a la Virgen que la ayuden a cantar los árboles; entonces «Descúbrese un coro en un bofetón que saldrá hasta donde está la Santa» y el coro de árboles entona un Kyrie eleyson. Luego «Sale un ángel en una apariencia» y la invita a subir al coro de la Virgen, porque María le restituye su gracia: «Desaparece todo con sus apariencias, la Santa por una parte y el coro por otra, y el Ángel por otra» (p. 280a). Otra aparición espectacular ocurre cuando Natalio y Roberto persiguen a Filipo, que cae por un despeñadero. Sabe que le ha vendido el traidor Roberto, movido del interés, y tras invocar al Cielo, se oculta en unas peñas, en una de cuyas cuevas hay un santo varón (Teodora) leyendo:

TEODORA.- Es la vida una jornada
que hace el hombre para el Cielo:
andamos cuando vivimos,
partimos cuando nacemos,
cuando morimos llegamos
y descansamos muriendo (p. 281a).

Filipo quiere ampararse del santo y entonces: «Sale un bofetón de dentro, que tape la cueva, y en él la Santa de rodillas, y suena música» (p. 281b). Natalio ve que se trata de un aviso del Cielo y decide perdonar sus agravios. En fin, cuando Teodora se siente morir es llevada al convento. El Demonio se va vencido definitivamente:

ABAD.- Válgame el cielo, ¿quién eres?

DEMONIO.- Quien persiguiendo a Teodoro,
[ha] asistido inútilmente,
porque venciendo mi engaño
ya en el aire resplandece,
y yo de sus luces huyo
a mis lóbregos albergues. Húndese. (p. 285b).

Hecho que el abad subraya con sus asombradas palabras: «¡Cielos, qué raro prodigio! / ¿Pero qué estruendo es aqueste?». Se oye, en efecto, un estruendo de campanas y sucede un último prodigio; se ve a la santa y a Filipo con hábito: «Descúbrese la Santa con tunicela, y Filipo con el hábito, abajo un Ángel» (p. 286a). Y acaba la comedia así:

ÁNGEL.- Natalio, y todos vosotros
cuantos escucháis alegres,
la que miráis es Teodora,
que, viviendo penitente
en el traje de varón,
logró tan dichosa muerte.
El honor te restituye,
pues ya Filipo te ofrece,
donde le miras, rendido,
que ya otra vida promete,
y cumpliendo con su fama
y contigo, ahora vuele
donde celestial corona
divina mano le ofrece.

NATALIO:- ¡Cielos, dichosa venganza!

ABAD.- Su error nuestra voz confiese.

TODOS.- Todos pedimos perdón.

MORONDO.- Y con vitorias alegres
tendrá aquí dichoso fin
La adúltera penitente (p. 286a-286b)[6].


[1] Quizá se podría enmendar ese repetido «decir» por «lucir».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Como vemos, Teodora por segunda vez ha sido arrojada del espacio que le sirve de hogar: al acabar la primera jornada, de su propia casa; al acabar la segunda, del convento donde había hallado acogida. Pero eso no le hace perder la esperanza, en modo alguno, y en la Jornada III se intensificarán los milagros de la adúltera penitente.

[4] Por cuenta de Dios queda el sustentarlo, y se destaca que el niño abandonado va a encontrar más abrigo en una fiera que en su madre.

[5] También tenemos milagros a lo burlesco, los que supuestamente hace el gracioso Morondo, que dice ser santo: por ejemplo, ha logrado convertir a un hombre… con un azumbre de vino.

[6] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.

«Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión: Juan Miguel Osambela versus doña María de Axpe-Salazar

Algunos datos sobre la personalidad del cacique liberal Osambela han quedado apuntados ya en las entradas precedentes. Es en el capítulo II donde Arturo Campión nos ofrece el retrato de la familia de don Juan Miguel Osambela y Zurutuza, escribano y agente del partido liberal, y resume la historia familiar y las causas de su enriquecimiento. El notario de Urgain es un potentado que tiene dos únicas pasiones, la avaricia y la dominación: «Su bolsillo era de rico; su modo de vivir, no. […] Nada le satisfacía tanto como que le reconociesen y ponderasen su riqueza e influencia. La vanidad constituía su único placer intelectual» (pp. 203-204). Tramará su venganza (apoderarse de la hipoteca de los Ugarte y obligarlos a la boda de doña María Isabel con su hijo Perico), y para ello contará con la colaboración del abogado pamplonés Ignacio Ostiz.

En el capítulo VII, Osambela visita a Ostiz; ambos están unidos por una amistad añeja, pese a militar en distintos bandos políticos: lejos de ser enemigos, estos dos «doctores en cucología» se unen para sacar adelante sus negocios. Osambela expresa ante su compadre sus deseos de «patear a esa bruja de doña María» (p. 280). El capítulo VIII, «Intimación matrimonial», enfrenta por primera vez directamente a ambos personajes rivales. El notario visita a la palaciana y le expone sus propósitos sin rodeos: «El fingimiento y disimulo —apostilla el narrador— no formaban parte del caudal de sus defectos» (p. 306). Le explica que ha comprado la hipoteca que pesa sobre su hacienda y pide la mano de su hija para su Perico. Doña María llama a María Isabel, quien confirma que ella y el hijo de Osambela se quieren. Pero doña María, digna, se niega a autorizar semejante unión: ella es una madre católica y no entregará su hija, por su propia voluntad, a un liberal; herida en su orgullo, despacha a Osambela, pero la amenaza de este queda flotando en la estancia de Jaureguiberri (nueva prolepsis narrativa):

—¡Acaso el que sale despedido como criado, volverá con las ínfulas de dueño! Mis propósitos eran pacíficos, conciliadores: sólo han servido para aumentar la soberbia de quien la derrama por todos su poros como un veneno. ¿Queréis guerra?, pues la habrá sin cuartel. Chocarán el puchero y la olla: el puchero se hará pedazos, que yo, soy de hierro, ¡badajo! (p. 314)

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Osambela visualiza el enfrentamiento de ambas familias (nobleza decadente y burguesía ascendente) con esa expresiva imagen del choque del puchero y la olla. Más adelante hará uso de otras similares:

—¡Cómo acaban los linajes! La coraza del infanzón atravesada por la pluma ruin del curial (p. 263).

—Al diablo lágrimas y sensiblerías: yo, el acreedor, martillo; ellos, el deudor, yunque, y porrazo limpio hasta que se hagan polvo (p. 379[1]).

Don Mario pronto comprende que Osambela tan solo busca arruinar a su familia, que constituye el único «dique de su avasallador caciquismo» (p. 340). Su mayor deseo es buscar dinero a cualquier precio para escapar de las garras del notario. Pero Juan Miguel, que como elector y cacique es ducho «en todo linaje de marrullerías» (p. 397), entabla sus diligencias contra los Ugarte, mostrándose como un acreedor implacable y codicioso:

Sonaba la hora de la ruina, precedida de edictos y subasta. El desahucio de la casa solariega, la caída desde pedestales seculares, la desaparición por la honda sima del pueblo anónimo. Un poco de espuma sobre el verdoso abismo que se cierra, y luego… nada: la inmensa extensión del mar sobre los náufragos (p. 429).

En efecto, cuando llega el verano, Osambela se instala en Jaureguiberri como nuevo dueño. Doña María y su hija María Isabel han de marcharse a Vizcaya. El narrador describe la escena de su partida, que ocurre bajo una intensa lluvia: la insultante felicidad de Juan Miguel contrasta con la pena sincera de los aldeanos, que se duelen del «éxodo lamentable de los últimos Ugartes» (p. 458). Doña Gertrudis, la esposa de Juan Miguel, ve alejarse a doña María, gravemente enferma, montada en un carrito: «Pues, con todo —comenta—, paralítica, muda, semimuerta y pobre, es una señora, una verdadera señora» (p. 459). Su marido Osambela afirma orgulloso que ahora son ellos las personas más importantes e influyentes del pueblo, están «en la punta de la cucaña», porque quien tiene el dinero lo tiene todo: él cree únicamente en el brillo del oro, no en el de los escudos nobiliarios. Sin embargo, su mujer le explica en una especie de apólogo la incómoda situación en que queda:

—Y al oírte hablar de la cucaña, recordé un cuento de mi padre —¡digo cuento, y fue sucedido!— que a ti también te hará gracia, y para desenfadarte, lo voy a contar. «Celebrábanse las fiestas de un pueblo, y acudió muchísima gente, la cual se extendió por la plaza, alrededor de la cucaña. Por entre los grupos, andaba un pobre jorobadito sin que nadie notase su presencia o le hiciese mayor caso. Observando que ninguno de los mozos conseguía llegar a la punta de la cucaña, el jorobadito, muy ágil, se acercó, y en un santiamén se encaramó por el palo. La gente, al principio creyó que era un niño, y le aplaudía. Pero cuando se detuvo el ganancioso para apoderarse de la bolsa y saludar, muy ufano, al público, ¡uu, uu, uy!, entonces le vieron todos la joroba, y le pegaron una silba… ¡una silba!…» (p. 460).

Osambela ha expulsado de su solar nativo a los Ugarte; ha ascendido a lo más alto de la cucaña; pero siempre se le verá la joroba…[2]


[1] Estas parejas de contrarios son muy frecuentes. Celedonia usa la de regadío y secano (noble / campesino) para mostrar a su hermano Cuadrau la diferencia que le separa del que consideran su rival en lides amorosas, don Mario: «—¡Pero igo mal, porra! ¡Ca andará por casarse, como tú y José Martín: quiós, no sus ha salido mala parte contraria! Secano contra regadío» (p. 320).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El elemento espectacular en «La adúltera penitente», de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso: las trampas del Demonio

En esta comedia de Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, la presencia de lo prodigioso, de lo maravilloso, de lo sobrenatural y espectacular tiene un anticipo en la conversación que mantiene Teodora con su criada Julia en la Jornada I. Ahí le explica que la persigue una estrella violenta y cuenta el prodigio que ocurrió en el momento de su nacimiento, aunque no sabe si es un buen o mal vaticinio:

TEODORA.- De nobles padres nací
en la grande Alejandría,
con prodigiosos anuncios
que mi pecho atemorizan:
la noche que del materno
centro en que fui concebida
salí al piélago del mundo,
mar en que todos peligran,
sobre mi casa en el aire
subió una antorcha lucida,
y los que vieron entonces
aqueste prodigio afirman
que una nube obscura y densa
manchó su luz pura y limpia,
y que de allí a breve espacio
aquella luciente envidia
del Sol, libre del grosero
vapor que la escurecía,
quedó más resplandeciente,
y volando introducida
a más superior esfera,
cortó[1] la región vacía,
pájaro de fuego, siendo
las alas sus luces mismas.
Yo no sé si estas señales
el bien o el mal significan,
pues aunque en él impresas
cuando el asombro las mira
se observan como portentos,
no se entienden como enigmas (p. 248a-b)[2].

Este prodigio es prefiguración clara de la historia de Teodora: su virtud se va a ver temporalmente manchada, eclipsada, por la infamia y el deshonor, pero luego va a brillar con más fuerza que nunca (será santa).

Teodora sigue refiriendo después a Julia la causa de sus tristezas en los últimos tiempos. Un día que estaba en el jardín[3] se quedó dormida, y le vino un sueño en el que una sombra lasciva le animaba a premiar el amor constante de Filipo. Desde entonces, la visión la acosa todas las noches:

TEODORA.- Desperté toda turbada,
sin valor, sin osadía,
y desde entonces no hay noche
que no me acose y persiga
esta visión, repitiendo
sus espantosas porfías (p. 250a).

Es el Demonio —él mismo lo explica— quien manda las tentadoras visiones a Teodora: «valiéndose del sueño mis porfías, / la persigo con tristes fantasías» (p. 251). Sin embargo, el Demonio teme el recogimiento de Teodora, y esta —ya ha quedado indicado en una entrada anterior— será otra de las constantes de la comedia: la impotencia de las fuerzas del mal frente a una mujer en apariencia débil, pero fortalecida por la fuerza de la fe. El sueño y la visión de Teodora no se presentan visualmente en escena (en una escena paralela), sino que son relatados por ella misma. Sin embargo, sí se escenifica la siguiente intervención del Demonio, en el asalto a la casa de Natalio. El Demonio, que convierte a Filipo y sus deseos deshonestos en el instrumento de sus planes, le va a facilitar la entrada en casa del rico esposo de Teodora. Si este había afirmado pocas réplicas antes que la hermosura de su mujer es el más estimado tesoro que en ella guarda, en realidad es su bella alma la joya más preciosa que quiere robar el Demonio. Este arroja una escala que queda asida al muro y pone en fuga a tres ladrones que intentaban un robo: de esta forma, Filipo tiene la entrada franca, y no va a encontrar ninguna oposición, porque Natalio se halla fuera gracias a una añagaza urdida por Morondo. Al ver Filipo la escala, el criado comenta: «Parece que algún diablo la ha dispuesto» (p. 254), subrayando de nuevo con el comentario humorístico la realidad de la intervención diabólica. Y si la ocasión hace al Demonio ladrón, Filipo no quiere desaprovechar la que ahora se le presenta, y va a convertirse en el ladrón de la honra de Teodora: «A gozar la ocasión me determino» (p. 254), exclama. Sus criminales pretensiones contrastan con el recogimiento de los cristianos que rezan en el cercano oratorio, pero nada le importa: «Mi despeñado amor ofenda al cielo» (p. 254). Distintas imágenes verbales insisten en su apetito desenfrenado, en el fuego de la pasión en que se abrasa.

La escena que sigue visualiza sobre las tablas las dudas de Filipo y, sobre todo, la contraposición de las fuerzas del bien y del mal. Si un músico llama a su conciencia con frases como: «Larga cuenta que dar de tiempo largo», «Que tengo de morir es infalible» o «Dejar de ver a Dios y condenarme» (p. 255), el Demonio le incita a que cometa la mala acción.

Demonio tentador

Combatido por estos dos impulsos contrarios, Filipo se decide a no sujetarse a las leyes del Cielo, con lo que comete un nuevo error, subrayado por una réplica del Demonio: no solo peca contra Dios, sino que además desprecia el auxilio divino que se le ofrece en forma de aviso.

Consideremos ahora el segundo ardid del Demonio. Ocurre cuando Filipo y su amigo Roberto, huidos, andan por el monte como bandoleros. Como Filipo desea pasar la noche con Flora, el Demonio intentará sustituir a esta por Teodora: «Ya llegó el tiempo / aquí del engaño mío» (p. 268b). Para ello, explica a Filipo que Flora, por burla, se ha vestido el hábito del donado, y que es mujer fácil: «tiene vicio / en her mil cosas a todos» (p. 268b). Así pues, le incita a cumplir su deseo esa noche y hasta llega a fingir la voz de Flora para sacar adelante su engaño. Su propósito es que Filipo peque de nuevo con Teodora[4], pero la voluntad de Dios —a la que Teodora se ha abandonado— no permite que esta nueva infamia se lleve a cabo[5].


[1] En el texto manejado (la edición de 1657, por la que vengo citando) se lee «corté», pero el sentido parece exigir «cortó».

[2] Las citas de la comedia corresponden a esta edición: Jerónimo de Cáncer y Velasco, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, La adúltera penitente, Santa Teodora, en Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España, Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657.

[3] Ver la descripción de este jardín en la p. 149a-b.

[4] Otro instrumento que quiere utilizar el Demonio es Roberto. Este personaje se quiere vengar de las injurias de Filipo entregándolo a Natalio, cuyas riquezas codicia. El Demonio subraya su acción con el comentario de «que el que a ser traidor se arroja / no ha menester más demonio / que su intención alevosa» (p. 275a).

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846.