Técnicas narrativas en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Para mantener el interés de la acción y, por consiguiente, la atención del lector, Francisco Navarro Villoslada[1] maneja algunos recursos de intriga y una serie de elementos de tipo folletinesco o dramático similares a los utilizados en otras novelas históricas del momento. Esos elementos narrativos y recursos de intriga pueden agruparse en diversas categorías: 1) la ocultación de la verdadera identidad de algún personaje; 2) el uso de disfraces; 3) el empleo de prendas y objetos simbólicos; 4) obstáculos para el amor de los amantes; 5) incidentes dramáticos relacionados con el fuego; 6) elementos de superstición; 7) utilización de venenos; y 8) otros recursos dramáticos.

Papel y pluma

Iremos examinando, en sucesivas entradas, todos estos recursos y elementos relacionados con las técnicas narrativas, que son, como ya indicaba, los habituales en el género de la novela histórica romántica española, los que encontramos repetidos a modo de clichés en muchos títulos de diferentes autores.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El narrador en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 3)

Un último elemento, muy importante, que no se puede pasar por alto al hablar del narrador de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] es la superchería de las crónicas, que aparece con frecuencia —aunque no explotado con tanta intensidad como en Doña Blanca de Navarra— en otras novelas: el narrador, para aumentar de algún modo la sensación de verosimilitud, finge seguir diversas crónicas, por supuesto ficticias. Aquí se presenta incluso como historiador, siendo la obra que leemos una supuesta crónica. Para escribir la primera parte de esta «historia», el narrador dice manejar varios manuscritos, en particular unos de un monje de Irache, el Padre Abarca, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fantasmas y seres sobrenaturales (circunstancia que permitirá a Navarro Villoslada introducir abundantes rasgos de humor).

Monasterio de Irache

Y en la segunda parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio monje cronista de Irache, tal como anuncia el título de su primer capítulo: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo conoce por sus escritos». El Padre Abarca actuará como intermediario elegido por la reina doña Leonor para pacificar los bandos, y su presencia dentro de la novela supondrá que el narrador tenga que abandonar su crónica, supuestamente utilizada hasta entonces:

Pues que vamos a referir sucesos lastimosos, comenzaremos participando a nuestros lectores una noticia que, si ha de producirles la misma impresión que a nosotros, a no dudarlo debe ser muy desagradable. Fáltanos aquella clarísima antorcha que nos iluminaba en los más tortuosos y recónditos pasajes de la historia, aquel faro que nos servía para dirigir nuestro incierto rumbo, aquel cicerone que nos contaba los pormenores más minuciosos, las anécdotas más simples, los más estupendos milagros y diabólicas brujerías con aquella sencillez patriarcal, con aquella credulidad infantil, con aquel rubor virginal que más de una vez ha excitado nuestro asombro; en una palabra: no existe ya la crónica del fraile de Irache; su narración concluye precisamente en donde la nuestra comienza, en el mismo día, en la misma hora.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El narrador en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (2)

Grabado de Doña Blanca de Navarra (Gaspar y Roig)He mencionado en una entrada anterior que el narrador de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] controla todos los resortes del relato. Su presencia organizativa aparece denunciada por la frecuente inclusión de muletillas del tipo: «preciso es confesar», «dijimos en el penúltimo capítulo», etc. Son también muy frecuentes sus apelaciones al lector, al que se dirige con expresiones del siguiente jaez: «rogamos al lector que se haga cargo», «quizá no haya olvidado el lector», «el lector ya sabe la verdad», «debemos advertir al lector», «como supondrán nuestros lectores», «figúrese el lector»… Estas llamadas cómplices a su atención se reiteran con gran frecuencia, no solo en el texto de los capítulos, sino también en los títulos de algunos de ellos: «De cómo Jimeno dio muchos pasos en balde para averiguar lo que irá sabiendo el curioso lector sin necesidad de mover un pie» (parte I, cap. II); «Que parece inútil […]. Se publica, sin embargo, para el que quiera leerlo» (parte II, cap. XXX).

El narrador marca su lejanía con relación a los acontecimientos narrados por medio de comentarios que constituyen claras alusiones a situaciones o hechos contemporáneos del autor. Por ejemplo, establece paralelismos o semejanzas entre aspectos del pasado con otros del presente; en tales casos, muestra preferencia por la elección de términos de comparación pertenecientes al terreno de la política o del periodismo, dos actividades que resultaban bien conocidas para Navarro Villoslada y en las que llegaría a ocupar puestos destacados:

Los cronistas de antaño venían a ser lo que los periodistas de hogaño: curiosos, observadores y muy dados a las ciencias cronológicas y chismográficas.

Pero los taquígrafos de aquellos tiempos, como los de ahora, sabían extractar en dos líneas las oraciones más largas y mejor decoradas, y he aquí el brevísimo resumen que nos han dejado del discurso de la reina doña Leonor.

En ocasiones, el narrador introduce comentarios de carácter general, extraídos a partir de un hecho particular relativo a alguno de los personajes; suele tratarse de afirmaciones que encierran una enseñanza de tipo moral, de acuerdo con el ideario hondamente cristiano del autor:

Es admirable la facilidad que tiene el hombre para formar propósitos, y más siendo malos, como es igualmente maravillosa la dificultad de cumplirlos, y sobre todo cuando son buenos y confía en sus propias fuerzas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El narrador en «Doña Blanca de Navarra» (1) de Navarro Villoslada

El narrador de Doña Blanca de Navarra de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy sencillo, similar al que aparece en las demás novelas históricas del Romanticismo español: se trata de un narrador omnisciente (conoce todos los pensamientos y anhelos de sus personajes), en tercera persona, situado fuera de la historia narrada y que, además, se encarga de mostrar su lejanía respecto a ella[2]. Es un narrador que maneja todos los hilos de la narración, dejando muy poco margen de maniobra al lector, al que se lo da todo hecho, con escasas posibilidades para la interpretación o re-creación personal: él da o quita la palabra a los personajes, remite de un capítulo a otro, introduce digresiones y afirmaciones generales, añade notas para indicar que algún dato o detalle es histórico, nos ofrece resúmenes de la situación histórica o novelesca, se encarga de organizar el relato cuando el interés está en dos puntos distintos y hasta juzga los hechos y personajes que va describiendo. No debemos olvidar que, a la altura de los años 40 del siglo XIX, la novela en España, como género narrativo moderno, se encontraba todavía en un estado incipiente y el público lector no estaba acostumbrado todavía —no podía estarlo— a mayores audacias narrativas.

Doña Blanca de NavarraLa presentación de los acontecimientos en la estructura general de la novela es lineal, siguiendo por lo común el orden cronológico de los mismos: rapto de la princesa doña Blanca (año 1461), liberación, nueva captura, prisión y muerte (año 1464), coronación y quince días de reinado de doña Leonor (año 1479). No obstante, sí que existen algunos casos de «flash-back» o vuelta atrás, es decir, determinados episodios que no se cuentan en el lugar que cronológicamente les correspondería, sino más avanzado el discurso narrativo. El caso más significativo es el que se produce en el capítulo XVIII de la segunda parte, tal como indica su título: «Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica, por cuanto en él se toman los sucesos desde el fin de la primera»; en efecto, ahí se relata todo lo referente a Inés y a Jimeno durante los quince años que median entre el fin de la primera parte y el comienzo de la segunda. También se rompe en ocasiones el desarrollo lineal de la trama novelesca con la introducción de historias secundarias intercaladas en el relato principal, ya sea para aportar diversos datos sobre los personajes, ya se trate de sucesos relacionados indirectamente con los mismos; así, la historia de Raquel relatada por Inés a Jimeno; la contada por el Marqués de Cortes, que nos pone sobre la pista de la verdadera identidad de Jimeno, completada luego por el relato de Raquel; o la de don Pedro de Navarra, el padre de don Felipe, asesinado a traición en la sorpresa de Pamplona.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Sobre el narrador de Doña Blanca de Navarra, pueden verse estos trabajos: Inés Liliana Bergquist, «Doña Blanca de Navarra», en El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 157-186; y Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121.

Génesis y estructura de «Doña Blanca de Navarra» (1847) de Navarro Villoslada

Doña Blanca de Navarra es, junto con Amaya, la obra más conocida de Francisco Navarro Villoslada[1], y presenta unos personajes y unos escenarios navarros, en un momento conflictivo (sobrepasada ya la mitad del siglo XV) de la historia del reino de Navarra. En efecto, el autor trata aquí novelescamente unos sucesos históricos ya de por sí altamente dramáticos: la muerte de la Princesa de Viana doña Blanca, fallecida en extrañas circunstancias en 1464, y, tras un paréntesis temporal de quince años, el corto reinado de su hermana doña Leonor, Condesa de Foix, que duró solamente quince días, después de su coronación a finales de enero de 1479.

Atraído por la idea de escribir sobre la turbulenta época que vive Navarra en los años centrales del siglo XV (con el reino dividido por una cruel guerra civil entre los bandos de agramonteses y beamonteses y la presencia, siempre amenazadora, de los tres poderosos reinos vecinos: Castilla, Aragón y Francia), Navarro Villoslada redactó primero los esbozos de una obra dramática. En el archivo del autor se conservan varios de esos borradores, que figuran con distintos títulos: Los bandos de Navarra, El Mariscal, Don Felipe de Navarra, La Penitente… Sin embargo, pronto se dio cuenta de que el tema brindaba mejores posibilidades para ser tratado en forma de novela.

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaAsí, entre octubre de 1845 y mayo de 1846 fue apareciendo en las páginas de El Siglo Pintoresco, uno de los periódicos que Navarro Villoslada dirigía, una novela corta titulada La Princesa de Viana. Más tarde, de diciembre de 1846 a febrero de 1847, publicó en El Español, otro periódico de su dirección, una versión corregida de la misma, ahora con el título de Doña Blanca de Navarra. En ese mismo año de 1846 la novela tuvo dos ediciones, ya en forma de libro (por los editores Gaspar y Roig y Santa Coloma), y una más al año siguiente (Santa Coloma), con el mismo título de Doña Blanca de Navarra y con nuevas correcciones, aunque todavía no había alcanzado su extensión definitiva: hasta entonces la novela constaba solo de diecinueve capítulos; pero después añadió toda una segunda parte, titulada Quince días de reinado, con treinta nuevos capítulos. En el prólogo de esa edición íntegra (Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1847, «tercera edición corregida y aumentada con una segunda parte») explicaba las razones de la adición:

No es mero capricho, ni exigencia de los editores, ni mucho menos es una mira de especulación el añadir una segunda parte a la novela que al parecer termina en los sucesos del castillo de Ortés. Doña Blanca de Navarra y Quince días de reinado son en verdad dos novelas distintas; pero entrambas se concibieron al mismo tiempo; y si el interés queda cuasi del todo satisfecho en la primera, el pensamiento moral no se desarrolla ni se completa hasta la segunda.

En suma, esta es ya la versión definitiva de la novela, que se titula en conjunto Doña Blanca de Navarra, conservándose el título original de La Princesa de Viana para la primera parte. Dos años después aparecería una nueva edición, Madrid, Gaspar y Roig, 1849, «cuarta edición corregida y aumentada con la segunda parte intitulada Quince días de reinado».


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Saltos temporales en la novela histórica romántica

Es frecuente en estas novelas que se nos cuente primero un hecho y después se vuelva atrás para dar su explicación[1], sobre todo en aquellas novelas de corte más folletinesco que enredan al máximo la acción (por ejemplo, Bernardo del Carpio). En cualquier caso, el manejo del tiempo está en manos del narrador, y así se declara explícitamente en algunas ocasiones:

Han pasado unos días desde los sucesos relatados en el capítulo anterior. De intento, merced a nuestras facultades de novelista, hemos dejado pasar estos días desde el anterior capítulo al presente, por ahorrarnos la difícil empresa de describir la inmensa alegría que hubo en Quesada… (Pedro de Hidalgo, p. 246; la cursiva es mía).

Nuestros lectores se servirán volver atrás con nosotros y recordar el día en que María y su desdichada madre salieron aceleradamente de Carucedo, sin que supiésemos quiénes eran, a dónde iban, ni qué propósitos eran los suyos (El lago de Carucedo, p. 246).

Paso del tiempo

Mas el asunto de esta veleidad antojadiza del señor de la torre de Cortiguera, su origen y nacimiento tienen interés tal que piden ser minuciosa y sosegadamente relatados. A cuyo propósito conviene retroceder poco tiempo en nuestra historia y referir sucesos que llenaron sus días anteriores a aquel en que le dimos comienzo (Ave, Maris Stella, pp. 34-35).

No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su camino, sino que dejándolo en claro, trasladaremos la escena, de un golpe de pluma, al día siguiente, en el momento de oscurecer… (Ni rey ni Roque, p. 795; cursiva mía).

Así pues, de la misma forma que el narrador decide a qué personaje debemos acompañar, también a su voluntad maneja el tiempo, como hemos visto; y lo mismo sucede con el espacio:

Rogamos al condescendiente lector que se prevenga a dar otro salto desde la sierra de Crevillente a la antigua capital siete veces coronada del florido reino de Murcia. Y no es nuestro ánimo hacerle divagar por sus calles y encrucijadas, sino introducirlo de pronto en un aposento sombrío… (Jaime el Barbudo, p. 118).

Pero mis lectores que, sin duda, querrán saber lo que Abén-Mahomad iba a buscar en aquella casa, y como viniendo conmigo no necesitan que la puerta esté abierta para entrar, pasaremos sin que aquel viejo gruñón nos vea, y nos enteraremos de lo que allí pasó. Y por si acaso algún lector meticuloso teme entrar, no sea que el viejo del ropón le quiebre las tres costillas que pretendió quebrar a Abén-Mahomad, yo contaré lo que allí vimos y oímos todos los que, valerosamente y por arte de encantamiento, entramos (Pedro de Hidalgo, p. 52; cursiva mía)[2].


[1] Así, el capítulo VI de Jaime el Barbudo se títula «Aclaración de los precedentes».

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Las digresiones en la novela histórica romántica española

Las digresiones del narrador pueden ser de lo más variado; puede tratarse de afirmaciones generales de validez universal sobre la condición del hombre, sobre la amistad, sobre el amor, introducidas a propósito de un hecho particular que protagoniza un personaje de la novela. Por ejemplo, en Ni rey ni Roque, Juan desea que el tiempo pase deprisa para que llegue el momento de volver a ver a su amada; entonces el narrador añade:

Triste condición la del hombre, que con ridícula inconsecuencia desea abreviar el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso nunca llega (p. 815).

Ni rey ni Roque, de Patricio de la Escosura

Otros ejemplos:

Que la unión de los príncipes con sus pueblos, así como la de los amantes, puede quizá soldarse, una vez rota, pero nunca queda tan firme (Doña Isabel de Solís, p. 1415).

Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que la tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás, y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias (Sancho Saldaña, p. 526).

Las digresiones pueden ser, por ejemplo, alegatos en defensa del Romanticismo (en el capítulo segundo del libro II de Ni rey ni Roque); reflexiones sobre la Reconquista (Doña Isabel de Solís, II, 15); afirmaciones de tono moral (muy frecuentes en Edissa, cuyo autor ya nos advierte en la «Dedicatoria» que su intención es apartar a la juventud española de las malas lecturas y animarla a la virtud); comentarios sobre la presencia de extranjeros en la ciudad de Barcelona (La heredera de Sangumí, p. 1250); pero las más interesantes son las actualizaciones o referencias al hoy del autor utilizando el pasado para criticar aspectos políticos o sociales del presente. Veamos como muestra estas dos citas de Sancho Saldaña cargadas de intención:

Criado desde niño al lado de Saldaña y educado en el crimen, ambicioso por naturaleza y astuto, traidor y maligno por instinto, sabía tomar cuantas formas exteriores le acomodaban y encubría bajo la lindeza de su rostro y la flexibilidad de sus facciones la más refinada perversidad. […] Su amor propio producía en él los mismos efectos que la pasión más desenfrenada, no perdonando medio alguno para lograr su intento y satisfacer su orgullo o su venganza. Su ambición le hacía mirar con odio a cuantos eran más que él, y él solo era paje de lanza; en fin, sus dotes eran dignas de cualquier proteo político de nuestros días (p. 623).

En este momento gran fuerza de soldados cayó sobre los alborotadores con aquel encarnizamiento con que los satélites que usan la librea del despotismo acometen siempre, con razón o sin ella, a sus indefensos hermanos (pp. 739-740).

A veces el narrador pide permiso para alejarse del hilo central de la historia: «Permítasenos hacer aquí una corta digresión…» (El golpe en vago, p. 1030); o bien se disculpa por haber introducido alguna, como el de La campana de Huesca, que después de extenderse en una consideración sobre los nobles y los plebeyos, señala:

Pero nos apartamos de nuestro propósito; extractando estamos una crónica novelesca, que no componiendo discursos políticos (p. 510)[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (y 3)

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaPero es Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada, la novela en la que se hace mayor uso de este recurso tópico. En efecto, el narrador de Doña Blanca se considera a sí propio un cronista («No podemos conformarnos con el modesto papel de cronistas…», p. 198) que hace alarde de su «exactitud histórica» (p. 100); y el libro que estamos leyendo es, supuestamente, una crónica, según se indica en las pp. 150 y 280 y en los títulos de los capítulos II, XVIII («Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica…») y II, XXI («De cómo el autor vuelve a la ermita, adonde tornan también otros personajes de nuestra crónica»). Para escribir la primera parte de esta «historia», el narrador afirma seguir varias crónicas —por supuesto, ficticias—, en particular una de un monje de Irache, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fantasmas. Pero aún hay más; en la segunda parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio monje de Irache; así lo indica el título del capítulo II, I: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo conoce por sus escritos»[1].

Se trata, en definitiva, de técnicas para crear la ilusión de verdad y rigor histórico, utilizadas prácticamente por todos los novelistas históricos, incluso en el caso de aquellos que apenas se han documentado[2].


[1] Las alusiones a la crónica en esta novela son frecuentísimas; las más importantes se localizan en las pp. 14, 28, 46, 56, 75, 150, 155, 157, 158, 164-165, 201 y 401.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (2)

El lago de Carucedo, de Gil y CarrascoSon muy frecuentes las alusiones a la crónica en La campana de Huesca; el narrador dice haberla encontrado a orillas de las alamedas de la Isuela y se presenta como «humilde copista de esta crónica»[1], aunque completa su información con otros papeles sueltos. Ni rey ni Roque es una historia sacada de unos rollos de pergamino que el narrador simplemente transcribe y entrega a un editor para que los dé al público. Los caballeros de Játiva es el fruto de las investigaciones, durante un verano, en una biblioteca. En El lago de Carucedo un viajero escucha al barquero la historia, que está escrita en los papeles de don Atanasio, el cura[2].

Otras veces, se combina el seguimiento de una crónica y la investigación personal del narrador-autor. Veamos por ejemplo estas palabras de la conclusión de Sancho Saldaña:

Hasta aquí la crónica de que hemos extractado esta historia que, si bien la creemos agradable, no la juzgamos exenta de defectos, y sobre todo no nos satisface la manera que el cronista tiene de satisfacer ciertas dudas. También hemos notado algunos olvidos, y quizá haya algunas contradicciones; pero como nuestro deber era compilar y no corregir, nos hemos conformado en un todo con el original. Con todo, como si se concluyese aquí la historia quedaría tal vez disgustado el lector por no saber qué se hicieron algunos personajes de ella, nosotros, a fuerza de escrutinios e investigaciones, hemos hallado algunas noticias que vamos a comunicarle (p. 751)[3].


[1] «La tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles» (p. 7).

[2] «Pareciole a nuestro viajero por extremo curioso el manuscrito, y acortando ciertas sutilezas escolásticas que el buen don Atanasio no había economizado a fuer de buen teólogo, lo adobó y compuso a su manera. Como es muy amigo nuestro y sabemos que no lo ha de tomar a mal nos atrevemos a publicarle» (p. 223). Otro ejemplo: «Estos acontecimientos, consignados en una vieja y carcomida crónica, son los que vamos a escribir, no con elegancia ni prolijidad, sino concienzuda y fielmente, entresacando los hechos de sus roídas hojas, como las abejas extraen la miel del cáliz perfumado de las flores» (El testamento de don Juan I, p. 9).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (1)

El narrador suele dar fe de que su novela es una «verídica historia»; los novelistas que han manejado más documentación suelen aportar, incluso, notas eruditas (el caso extremo es el de Martínez de la Rosa, aunque también Cortada y Navarro Villoslada las añaden) indicando sus fuentes, comentando aspectos lingüísticos, político-sociales y culturales de la época de su novela que resulten extraños[1] o requieran alguna aclaración, o señalando, los más escrupulosos, hasta los más pequeños desvíos de la historia real que se han permitido[2].

Por supuesto, este aspecto depende de cada autor y de su preocupación por la reconstrucción histórica del momento que le ocupa, con grados que van desde lo arqueológico de Doña Isabel de Solís a la casi nula preocupación de los entreguistas, pasando por autores que dejan ver en sus novelas una documentación seria, pero no tan excesiva que ahogue su fantasía[3]. Pero todos por igual señalarán la historicidad de lo que escriben y algunos llegarán a llamarse «historiadores verídicos».

Cronista medievalEn este sentido, un aspecto muy interesante a la hora de aumentar la verosimilitud de lo que se cuenta es el recurso tópico a la crónica o manuscrito que el autor dice seguir al pie de la letra; de esta forma la novela cuenta con «la fidelidad de la historia». Una variante es la técnica de los «papeles hallados»: el narrador-autor (aquí es difícil discernir) ha encontrado, bien en el curso de sus investigaciones, bien por pura casualidad, unos documentos que él se limita a transcribir y editar; de esta forma, la novela no se presenta como suya, sino avalada por la antigüedad de la historia o de una persona de mayor autoridad. Era un recurso habitual de la novela de caballerías, parodiado por Cervantes en el Quijote con la mención del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli[4].


[1] Fernández y González justifica en nota el que una mujer de su Bernardo del Carpio sepa escribir en aquella época; el autor de Amor y rencor sale al paso de quienes podrían calificar de inverosímil el hecho de presentar a una mujer vistiendo y entrando en combate como un hombre.

[2] Escosura, en unas «Advertencias» al final de Ni rey ni Roque, pide disculpas por los posibles fallos históricos dado que, por las especiales circunstancias de composición (confinamiento, exilio, servicio en el ejército y en la Guardia Real), no ha podido consultar mapas o libros de historia, debiendo confiar solo en su memoria. También el autor de Edissa pide perdón por los anacronismos que haya podido introducir.

[3] Y así, abundan las descripciones de armas con sus motes y divisas, vestidos, mobiliario, ceremonias (torneos, justas, nombramiento de caballeros) y, en general, de todos aquellos elementos que contribuyen a la consecución del «color local» más o menos tópico del medievalismo romántico.

[4] Cfr. Martín de Riquer, Aproximación al «Quijote», Madrid, Salvat-Alianza, 1970, pp. 65-67. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.