Breve semblanza de Amado Alonso (1896-1952)

Amado AlonsoAmado Alonso García, nacido en Lerín en 1896 y muerto en Arlington, Massachusetts, en 1952, fue uno de los filólogos más destacados del grupo de Menéndez Pidal, que desarrolló su actividad docente e investigadora en España (Universidad de Madrid), Argentina (Universidad de Buenos Aires) y Estados Unidos (Universidad de Harvard). Sus campos principales de investigación fueron la fonética (no en balde se inició con el maestro Tomás Navarro Tomás), el español de América, la teoría del lenguaje y la crítica literaria (se le considera el introductor de la estilística en el ámbito hispánico). Algunos títulos de sus libros son El problema de la lengua en América (Buenos Aires, 1935); Estudios lingüísticos. Temas españoles (Madrid, 1951); Estudios lingüísticos. Temas hispanoamericanos (Madrid, 1953), Lope de Vega y sus fuentes (Bogotá, 1953); De la pronunciación medieval a la moderna en castellano (dos vols., 1953 y 1969, revisados por Rafael Lapesa); Materia y forma en poesía (Madrid, 1955), por citar solamente los más importantes.

Con su Colección de estudios estilísticos dio a conocer entre nosotros las obras de Vossler, Hatzfeld y Spitzer; igualmente, en su colección Filosofía y teoría del lenguaje apareció la traducción por él prologada y anotada del famoso Curso de lingüística general de Saussure y Bally. En su etapa como director del Instituto de Filología en Buenos Aires (1927-1946) creó en 1939 la Revista de Filología Hispánica (que luego, desde 1947, pasó a ser Nueva Revista de Filología Hispánica, publicada en El Colegio de México), la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana y la Colección de Estudios Indigenistas[1].

González Ollé ha valorado su quehacer filológico con estas palabras:

Su capacidad integradora alcanza sus más sazonados frutos en la vinculación que lengua y literatura presentan en las investigaciones de A. Alonso, quien concibe ambas como reveladoras de un tercer componente, la cultura, en su caso la hispana, cuya presencia siempre se deja sentir en alguna de sus múltiples facetas. De ahí que como fonetista, dialectólogo, crítico literario y teórico del lenguaje exhibe una amplia receptividad hacia todas sus manifestaciones, desde la filosofía hasta la música[2].

A su muerte en 1952, Alfonso Reyes afirmaba: «Deja una generación de discípulos y lo llora una legión de amigos, porque era sabio por la ciencia y por el corazón»[3]. Efectivamente, entre esos discípulos de Amado Alonso se cuentan nombres tan afamados como los de Raimundo Lida, M.ª Rosa Lida, Ángel Rosenblat, Marcos Moríñigo, Ángel J. Battistessa, Frida Weber, Ana M.ª Barrenechea o Enrique Anderson Imbert.


[1] Para el conjunto de su obra, cfr. «Bibliografía de Amado Alonso», Nueva Revista de Filología Hispánica, año VII, 1953, núms. 1-2, pp. 3-15. Tras la muerte del filólogo navarro, Dámaso Alonso, Ramón Menéndez Pidal y María Rosa Lida evocaron su figura en Ínsula, 1952, núm. 78, pp. 1-11; y Rafael Lapesa y Manuel Muñoz Cortés en Clavileño, 1952, núm. 15, pp. 52-56. En la actualidad, la Fundación Amado Alonso, constituida por el Gobierno de Navarra, la Universidad Pública de Navarra y el Ayuntamiento de Lerín, convoca anualmente el Premio Internacional de Crítica Literaria «Amado Alonso», el cual pretende «recordar la figura de Amado Alonso impulsando actividades investigadoras y divulgativas sobre Crítica Literaria».
[2] Fernando González Ollé, «Alonso García, Amado», en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. I, pp. 239-240.
[3] Alfonso Reyes, «Amado Alonso», Nueva Revista de Filología Hispánica, año VII, 1953, núms. 1-2, p. 2.

Fuentes históricas de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

Entre las fuentes históricas consultadas por Francisco Navarro Villoslada[1] están, por un lado, las que aparecen mencionadas en las notas de la propia novela que el propio autor introduce: el Diccionario de Antigüedades del Reino de Navarra, de Yanguas y Miranda; el Epítome de los Anales de Navarra, de Moret y Alesón; la Histoire des races maudites, de Michel; y algunos documentos tomados del Archivo de la Cámara de Comptos, en Pamplona.

Diccionario de Antiguedades del Reino de Navarra, de Yanguas y Miranda

Por otra parte, contamos con la información que arroja el archivo del autor, donde se guardan las fichas elaboradas y los resúmenes redactados por él en su tarea de documentación sobre aquella época: en efecto, se conservan cuartillas con notas sobre «Blanca, Princesa de Viana. Cronología», «Noticias curiosas de costumbres y usos del siglo XV», «Navarra. Cronología. 1464», «Matrimonios», «Damas», «Robos», «Condado de Lerín», «Formalidades del Fuero para la coronación de los reyes», y otras sobre los bandos de agramonteses y beamonteses, mosén Pierres de Peralta, el rey don Juan II de Aragón, Carlos, Príncipe de Viana, Carlos de Artieda, Sancho de Erviti, etc.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Iñigo Arista alzado sobre el pavésDe gran sabor arqueológico es toda la escena del capítulo VIII de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], correspondiente a la coronación de doña Leonor: se describen las calles de Estella adornadas para la ocasión; la composición de las Cortes navarras, con sus tres brazos (el eclesiástico, el nobiliario y el de las «buenas villas»); el juramento de los fueros de Navarra que deben pronunciar los reyes para ser reconocidos como tales, así como el que hacen a su vez los tres brazos del reino; y el alzamiento sobre el pavés de la reina. La minuciosidad del autor llega hasta el extremo de mencionar detalles mínimos, como el de que el fuero exige que el nuevo monarca derrame moneda nueva con su busto y nombre.

La misma preocupación se nota también en el empleo de palabras más o menos técnicas correspondientes a diversas realidades de la época, como la moneda, los oficios y las instituciones jurídicas: cornados, florines de oro, archeros, heraldos, farautes, collazos, pecheros, prebostes, maestre-hostal (así era llamado el mayordomo de palacio), clérigos de botillería… No es que todos estos detalles señalados proporcionen más calidad a una novela histórica; al contrario, para muchos críticos la acumulación de todos estos elementos supone una rémora que dificulta el avance de la acción novelesca propiamente dicha. Así sucede, ciertamente, cuando una acumulación documental indebida, por lo excesivo, llega a ahogar la parte puramente ficticia de la novela; sin embargo, cuando su proporción es adecuada, como en el caso de Navarro Villoslada, sirve para demostrar la preocupación del novelista histórico, que no desea aminorar la sensación de veracidad de sus producciones descuidando o despreocupándose por completo de este aspecto.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Llamo reconstrucción arqueológica al trabajo llevado a cabo por el novelista para conseguir una acertada ambientación en lo que se refiere a la descripción de costumbres, instituciones, armas, mobiliario, etc. de la época novelada. El «color local» así conseguido contribuye, igual que la mención de hechos históricos que acabo de comentar, a aumentar la veracidad de la novela histórica.

La preocupación arqueológica de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy seria y la apreciamos, por ejemplo, en la minuciosa descripción de los vestidos de los personajes. El autor puntualiza siempre calidades y materiales: por ejemplo, doña Leonor viste de brocado azul y manto, y más tarde su luto consiste en «un ligero y gracioso tocado de gasa negra con azabaches, que le bajaban muy cerca del cuello»; unos caballeros llevan «finas telas de lana y de brocado»; don Alfonso da al leproso «un gabán de riquísimo brocado, con vueltas y forro de piel de nutria»; un personaje se toca con «gorra milanesa»; las botas de otro son «de cordobán»; un tercero viste «un ropón de lana burda con capucha». Véase esta completa descripción del traje de don Alfonso:

Traía un traje corto de brocado carmesí, un gabán airoso de paño negro forrado de pieles de armiño, que volvían en ancho cuello por la espalda hasta terminar en punta por delante, y del tahalí encarnado pendiente una espada corta con rica empuñadura. Derribábanse las negras melenas de un bonete con vueltas de escarlata, que formaba en medio un pequeño pico, en el cual brillaba un cintillo de piedras.

ArmaduraLas armas también son descritas con detalle: se alude a la costumbre de colocar motes o divisas en los escudos, se habla de las insignias de las órdenes del Lebrel Blanco y de la Buena Fe, instituidas por Carlos III, o se mencionan detalles heráldicos a propósito de los escudos del Conde de Foix y del de Lerín. La descripción de la armadura de don Alfonso es de lo más minuciosa, pues se enumeran prácticamente todas sus piezas:

Era completa su armadura. Tenía celada, y no borgoñona, sino entera; gola, peto con ristre y espaldar; escarcelas y quijotes; brazales, guanteletes, espada sin guarda desde la cruz al pomo, para que sirviese como manopla, puñal y daga. Fuera del caballo, del escudo y de la lanza, que tal vez había dejado en la portería del convento, tenía todas las piezas que los fueros exigían al infanzón que recibiese gajes del rey por mesnadero.

Respecto al mobiliario, sabemos que el salón del Conde de Lerín tiene «bancos y sillones de encina» y un «sillón de vaqueta»; se habla también de «un sitial de ébano, con todo primor tallado» o de «un hermoso libro de vitela matizado de prolijas y delicadas miniaturas»; se describe una «litera morisca de primorosos dorados y celosías» de Catalina… El narrador introduce muchos otros detalles sobre la decoración de los salones del castillo de Orthez, sobre la habitación del monje cronista y la de la penitente o sobre el gabinete de Leonor.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Importancia de la novela histórica romántica española

Todo lo que se refiere al pasado me parece de una belleza tal
como nunca volveré a verla (Thornton Wilder)

La novela histórica romántica española no había merecido excesiva atención por parte de la crítica, al menos hasta hace relativamente pocas décadas. En general, las historias de la literatura apenas le dedicaban unas páginas en las que se solía despachar el tema con un par de tópicos generalizadores: todas sus producciones, salvo El señor de Bembibre y unos pocos títulos más, no eran sino pálidas y serviles imitaciones de Walter Scott, de escasa o nula calidad literaria.

El señor de Bembibre, de Enrique Gil y Carrasco

Es innegable que la gran novela española del XIX es la realista, cultivada en el último tercio del siglo. Sin embargo, no debemos olvidar que fueron los románticos quienes continuaron la espléndida tradición novelística aurisecular, interrumpida casi por completo durante el poco novelesco siglo XVIII[1]. En efecto, resulta curioso comprobar que autores importantes como Larra o Espronceda, que no han pasado a la historia de la literatura como novelistas, escribieran cuando menos una novela histórica. Fue fundamentalmente por medio de la temática histórica como los novelistas románticos consiguieron, en primer lugar, elevar la categoría literaria del género novela en España y, por otra parte, educar a un público lector hasta entonces muy escaso. Sus obras son, sin duda alguna, inferiores en calidad a las de los escritores del Realismo, pero gracias a ellas se puede hablar ya ciertamente de una novela española en la década de 1830-1840. Pues bien, esta novela histórica romántica, que constituye ya una tendencia bien delimitada y posible de analizar, será el tema de las próximas entradas del blog[2].


[1] Hoy en día sabemos que expresiones del tipo «vacío»  o «desierto novelesco», «siglo novelesco», referidas tópicamente al XVIII español, deben ser matizadas, pues no resultan del todo exactas: además de las obras más conocidas de Torres Villarroel, el P. Isla o Montengón, se leyó novela en reediciones de los clásicos y, además, en los últimos quince años surgieron nuevos nombres (Cadalso, Mor de Fuentes, García Malo, Rodríguez de Arellano, Martínez Colomer, Valladares de Sotomayor, Céspedes y Monroy, Tóxar o Trigueros) que cultivaron el género narrativo, bien dentro de una corriente imitadora, bien con tendencias renovadoras; ver Juan Ignacio Ferreras, Los orígenes de la novela decimonónica (1800-1830), Madrid, Taurus, 1972, y La novela en el siglo XVIII, Madrid, Taurus, 1987; y para un panorama completo de la producción novelesca de todo el siglo, Joaquín Álvarez Barrientos, La novela del siglo XVIII, Madrid, Júcar, 1991.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Antecedentes de la novela histórica: historias novelescas del XVII

En el siglo XVII se siguen cultivando los temas del rey don Rodrigo (Jaime Bleda: Corónica de los moros en España) y del pastelero de Madrigal (otra anónima Historia de Gabriel de Espinosa, de 1683); se introducen otros de la antigüedad clásica (Séneca y Nerón, de Fernando Álvaro Díez de Aux, La Fénix troyana, de Vicente Mares); proliferan las historias bíblicas, de bandoleros y de santos (El hijo de David, de Juan de Baños de Velasco, Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena, de Ginés Campillo de Baile, Soledades de Aurelia, de Jerónimo Fernández de Mata, El piadoso bandolero, de Juan Pérez de Montalbán, El bandolero, de Tirso de Molina).

Gustos y disgustos del Lentiscar de Cartagena

Hay que mencionar también las Historias peregrinas y ejemplares de Gonzalo de Céspedes y Meneses, que son seis episodios históricos ocurridos en otras tantas ciudades; y existen otras obras que reconstruyen la historia, bastante fantaseada, de alguna ciudad: Historia de las grandezas de la ciudad de Ávila, de Luis Ariz, Antigüedad y excelencias de Granada, de Francisco Bermúdez de Pedraza. No podemos olvidar en este recorrido por el XVII las importantes obras de Cristóbal Lozano, pues recogen leyendas e historias en las que se inspirarían los escritores románticos (en particular Zorrilla y Fernández y González): Los reyes nuevos de Toledo, David perseguido, El rey penitente David arrepentido y David más perseguido. Una nueva novela morisca es La historia de los dos enamorados Ozmín y Daraja, incluida en el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán.


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: obras históricas áureas

Volviendo al terreno historiográfico, habría que mencionar las obras de Diego Hurtado de Mendoza (Historia de la guerra de Granada), Luis de Mármol Carvajal (Historia del rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada), Gonzalo Argote de Molina (Nobleza de Andalucía), Hernando de Baeza (Relaciones de algunos sucesos de los últimos tiempos de Granada), Hernando del Pulgar (Crónica de los Reyes Católicos, Compendio de la historia de Granada), el canciller Pedro López de Ayala (sus crónicas), Bernal Díaz del Castillo (Historia verdadera de la conquista de la Nueva España) o el inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales).

HistoriaVerdaderaDeLaConquistaDeLaNuevaEspaña

La obra de Bernal es una crónica con pretensiones de historia verdadera («esta muy verdadera y clara historia», escribe en el prólogo), pero adornada con ribetes de libro de caballerías: hay en ella una mezcla de realismo (las descripciones de los combates, presenciados por el autor como soldado, que dan sabor de vida vivida a la obra) y de ensueño (los portentos y maravillas del nuevo mundo americano que dejan atónitos a los españoles). Mencionaré además la Historia de España del Padre Mariana, no tanto por la inclusión en ella de elementos novelescos, como por haber servido de inspiración y de fuente documental a varios novelistas españoles, particularmente a los que trataron los temas granadinos[1].


[1] Y no hay que olvidar obras pseudohistoriográficas como son los denominados «plomos» de Granada, falsos cronicones y escritos apócrifos, pues —como señala Juan Ignacio Ferreras— «una falsa historia puede ser una verdadera novela histórica» (La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, p. 46). Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: las «Guerras civiles de Granada»

Llegamos así a la obra que se ha podido considerar como primer episodio histórico nacional, por la actualidad de los sucesos narrados, las Guerras civiles de Granada (en dos partes, de Zaragoza, 1595, y Cuenca, 1619; dejo de lado ahora lo relativo a la problemática edición de la segunda parte de Alcalá de Henares, 1604).

Historia de los bandos de los Zegríes y Abencerrajes (Barcelona, 1610)

Las dos partes del relato de Ginés Pérez de Hita combinan elementos fantásticos e históricos, si bien nos interesa ahora más la primera, que narra la lucha de bandos anterior a 1492, y en la que predominan los elementos de ficción novelesca; así, la acusación de adulterio a la reina de Granada, la historia de los amores de Zaide y Zaida o los de Gazul, a lo que hay que añadir las descripciones de fiestas de toros, sortijas y cañas, de vestidos, motes y divisas, que contribuyen a la creación del denominado «color local». El grado de poetización e imaginación es mayor aquí que en la segunda parte, de mayor historicidad, que describe las luchas coetáneas de las Alpujarras, reflejo de las vivencias del autor como soldado participante en los sucesos.

Historia de las guerras civiles de Granada (París, 1660)

Las Guerras civiles de Granada constituyen una obra importante no solo en sí misma, sino por las derivaciones del tema granadino que inspiró en el extranjeroAmahide, de Mlle. Scudéry, Zaïde, de Mme. de La Fayette, Gonzalo de Córdoba, de Florian, El último Abencerraje, de Chateaubriand o la Crónica de la Historia de Granada, de Washington Irving. Es más, se suele recordar que Scott la leyó en los últimos años de su vida y que lamentó no haberla conocido antes para haber ambientado en España alguna de sus novelas[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: la materia morisca

Más importante es la Historia del Abencerraje y la hermosa Jarifa, «novela histórica morisca» cuyo episodio central (la captura y posterior liberación del moro enamorado) parece inspirarse en un hecho realmente sucedido o, cuando menos, verosímil en el contexto de la guerra fronteriza granadina. Además, el autor atribuye la acción a un caballero, Rodrigo de Narváez, de existencia real, aunque la obra no está exenta de algunos anacronismos.

El Abencerraje

A ese aire de verosimilitud contribuyen también la exactitud topográfica y la acertada descripción de armas y vestidos. El Abencerraje es, junto a la ya mencionada —en una entrada anterior— Crónica sarracina y a la primera parte de las Guerras civiles de Granada, a la que pronto me referiré, uno de los antecedentes más claros de la novela histórica moderna.

Los romances fronterizos, que solían ser «romances noticiosos» —según la denominación de Menéndez Pidal—, cantan sucesos diversos de la guerra de Granada, hechos aislados de carácter episódico, como el cerco de Baeza en 1368 por el rey de Granada y don Pedro el Cruel, la conquista de Antequera y de Alhama, el sitio de Álora o la muerte de don Alonso de Aguilar en la guerra de las Alpujarras en 1501. Estos romances introducen elementos novelescos, con lo que carecen en general de autenticidad histórica; pero, a su vez, dieron lugar a leyendas que los historiadores aceptaron frecuentemente, «ya que el crédito del romancero como fuente informativa estaba muy alto en los siglos XV y XVI»[1].


[1] María Soledad Carrasco Urgoiti, El moro de Granada en la literatura, Granada, Universidad de Granada, 1989, p. 34. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: siglos XV y XVI

Del siglo XV se pueden entresacar tres obras importantes como posibles antecedentes del novelar histórico: el Passo honroso de Suero de Quiñones, redactado por Diego Rodríguez de Lena, escribano real que da fe de la defensa que hizo dicho caballero en el puente de San Marcos sobre el río Órbigo, cerca de León, entre el 10 de julio y el 9 de agosto de 1434; El Victorial o Crónica de don Pedro Niño, conde de Buelma, de Gutierre Díaz de Games, «biografía mágica» de ese personaje, desde la niñez a la vejez, con un tono lírico y levemente irreal; y la Crónica de don Álvaro de Luna, escrita entre 1453 y 1460, atribuida a Gonzalo Chacón, que ensalza al personaje caído, frente a la «historiografía oficial».

Al siglo XV pertenece también la que se ha señalado como «la primera novela histórica española» (Menéndez Pidal); me refiero a la denominada Crónica sarracina (h. 1430), de Pedro del Corral, sobre el tema del rey don Rodrigo y la pérdida de España, que introduce en el relato numerosos elementos novelescos. El autor atribuye su obra a los fabulosos historiadores Eleastras, Alanzuri y Carestes: quiere dar apariencia de historia verdadera y, de hecho, algunos de sus contemporáneos la aceptaron como fuente historiográfica legítima, si bien Fernán Pérez del Pulgar, en el prólogo de sus Generaciones y semblanzas, la llamó «trufa o mentira paladina». En realidad, es una refundición, siguiendo el modelo de los libros de caballerías, del relato de la pérdida de España contenido en la Crónica general de 1344: son frecuentes los lances de amor, las largas descripciones de batallas, hazañas, justas y torneos así como los elementos maravillosos. Obra similar, en el tema y en lo relativo a la mezcla de historia y ficción, es la Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna.

Historia verdadera del rey don Rodrigo, de Miguel de Luna

Del siglo XVI son las obras de fray Antonio de Guevara (Relox de príncipes y libro áureo del emperador Marco Aurelio; Epístolas familiares o cartas áureas), que se presentan como históricas, hecho que escandalizó en su momento a los verdaderos historiadores; Las Abidas, de Jerónimo de Arbolanche, novela en verso sobre los orígenes míticos de España; algunos pliegos de cordel como la Historia de Marcilla y Segura o la Historia de Gabriel de Espinosa, temas legendarios recogidos por la novela del XIX. Existen también muchas historias noveladas, por ejemplo, sobre el Gran Capitán[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.