El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (y 2)

Hasta ahora el lector de Blancos y negros[1] de Arturo Campión solo ha conocido a los Ugarte a través de la mirada de sus enemigos, los Osambela. La presentación de doña María y sus dos hijos, María Isabel y Mario, se produce en el capítulo IV, cuando acude a Jaureguiberri el Padre Aguinaga[2]. Este capítulo sirve para completar el retrato (físico y sobre todo moral) de don Mario. El fraile, apodado por los liberales Padre Trabuco-Urnas dados sus ánimos belicosos y sus continuas ingerencias en los asuntos electorales, trae instrucciones del pretendiente carlista de cara a las elecciones que van a renovar la Diputación provincial: en concreto, pide —ordena— a don Mario que sea el candidato carlista para quitar el distrito a los liberales. Pero don Mario se niega, alegando las deudas contraídas por su casa tras la última guerra civil, pues es consciente de que existe para ellos riesgo verdadero de perder el solar nativo (en una prolepsis narrativa que anticipa lo que, de hecho, va a suceder más adelante):

—¿No sabe usted que la última guerra civil vino a desbaratar los restos de nuestro patrimonio, salvados casi milagrosamente de los estériles sacrificios que mi familia prodigó siempre a la causa? ¡Hoy mismo, si a nuestro principal acreedor se le antojase, podría vendernos el solar nativo, los últimos terrenos de una pingüe hacienda; y mi pobre madre habría de pasar los últimos años de su vida entre paredes extrañas! Vea usted; he renunciado a mis gustos, a mis aficiones, a mis hábitos. ¿Le parece a usted que para un muchacho joven que hizo su carrera en Madrid, gozando de las mejores relaciones de familia y sociedad, con el bolsillo repleto y bastantes ilusiones en la cabeza, no equivale a cambiar palacio por mazmorra venir desde la corte a Urgain, súbitamente, sin transición, como cuando se hunde el suelo que pisamos? Vivo entre estos montañeses, que son dueños de mi afecto por honrados y pobres. Dios se sirvió plantar en un rinconcito de mi corazón cierto amor a la naturaleza, del cual, lo confieso, no me había dado cuenta ni en el Retiro ni en las butacas del Real; hoy se desarrolló, y me consuela. Mis amigos de Pamplona y Madrid, mis primos de Bilbao, me llaman el oso de Andía: bromeando, dicen verdad. Pues mire usted, estoy aclimatado; y maldito si me acuerdo de teatros, casinos, bailes ni ateneos, que hace años me parecían la única razón de vivir. Aquí descubro el fondo de los corazones, como las guijas de los arroyos. Rústicamente, vivo entre los rústicos. Alivio, cuanto puedo, sus trabajos; participo de sus alegrías. Ellos me respetan y quieren; llevo el alta y baja de sus rebaños y conozco la cantidad y calidad de sus cosechas. Las primeras bocanadas de este licor fueron muy amargas. Otro hubiera luchado allí, en Madrid; yo no sirvo para eso. El papel de pobre con frac me horroriza. ¿Es resignación, cobardía, conformidad, orgullo, pereza? No lo sé; de todo habrá, a desiguales dosis. Hasta he renunciado al dulce propósito de casarme; ¿dónde hallar mujer, digna de mí, que no me desdeñe? Rica y de cuna humilde, su vanidad me compraría; pobre y bien nacida, doblaríamos nuestros males. Aquí soy un aldeano más; un García del Castañar. Habito la casa de mis padres y no quiero que de ella me lancen los alguaciles del Juzgado. Aquí nacieron los Ugartes y aquí morirá el último de ellos. En resumidas cuentas, yo y los míos pertenecemos a una sociedad que se desmorona, mejor dicho, a una sociedad que la mano de Dios borra del mundo. Por lo que a mí toca, carezco del orgullo de casta, la honradez es el más valioso pergamino, y la Providencia escribe sobre él nombres, sin acepción de clases: pero quiero ser digno de los míos. Nuestra hacienda montañesa, que es dilatada, vale poco, de suyo, excepto el arbolado, que podrá sacarnos de apuros si lo explotamos con pericia. Mi hermana se casará, debe casarse, y hay que dotarla cuanto sea posible para que haga buena boda. […] ¿Cómo, pues, he de desatender lo mío y meterme a nuevas aventuras, que para mí serán desventuras? (pp. 240-241).

Fray Ramón le espeta que antepone su interés personal al deber e insiste en que los leales han de sacrificarse y dar a la Causa, no solo la sangre, sino también el dinero. Don Mario, tras criticar la «ordenomanía» que en su opinión ha llevado a la ruina al partido carlista, reitera su negativa, lo que lleva al intransigente fray Ramón a concluir que el último de los Ugartes ya no es carlista, sino liberal: un traidor, apóstata, mestizo y renegado, tales son los insultos que dirige a su huésped[3].

Carlismo

Don Mario, en cualquier caso, ha tomado su decisión y renuncia a ser el candidato carlista en la lucha electoral. No obstante, tendrá una intervención decisiva el día de las elecciones: la pasión política ha dividido peligrosamente al pueblo en dos bandos irreconciliables, a la hora de acudir a las urnas la tensión en el ambiente es máxima y una chispa cualquiera puede desatar el incendio de la violencia. Entonces el abad don Javier pide a don Mario que ponga paz entre los grupos rivales y «con su prestigio, influencia y palabra» (p. 449) evite que corra la sangre. El joven hidalgo se niega en principio, argumentando que la pobreza y la calumnia (la lengua viperina de Celedonia se ha encargado de propalar la especie de que ha dejado embarazada a Josepantoñi, una de las mozas campesinas del pueblo) le han arrebatado todo su prestigio. Pero el abad le insiste para que cumpla con su deber, para que sea Ugarte hasta el fin. Espoleado por esas palabras, al recordar que el señor de Jaureguiberri siempre ha ejercido su bienhechora tutela sobre el pueblo de Urgain y sobre todo el valle, don Mario asume valientemente la responsabilidad que por tradición familiar recae sobre su persona: «Una llamarada de generosidad y entusiasmo le enardeció el pecho» (p. 450). Tras besar a su madre, toma las papeletas del fuerista Zubieta y arenga a los vecinos del pueblo instándoles a la paz, representada en esa candidatura que supera la estéril división de carlistas y liberales:

Mario, rodeado de los aldeanos, seguía perorando. La carga nerviosa, durante tantos días acumulada, rompía en afluente y persuasiva frase; hablaba el corazón al corazón, y sus palabras volaban con las alas de oro de la elocuencia. Los aldeanos, atónitos, pronto persuadidos y encantados siempre, bebían el discurso. Nunca les habían dicho cosas semejantes. Lo que en el fondo de su aversión latente a las luchas políticas era egoísmo y desaliento, herido por la varita de virtudes que a los guijarros trueca en diamantes, ahora resultaba nobles sentimientos y patrióticas virtudes. Pasaban, envueltas en luctuosas túnicas, las escenas de la guerra civil, y sobre ellas se cernía, coronada de luceros obscurecidos por vahos de sangre, la imagen de Nabarra. Amarrados a la más alta picota los partidos políticos, recordaba sus promesas, otras tantas mentiras; sus esperanzas, otros tantos fracasos; su ingratitud, su insolencia, sus rapiñas y matanzas, única sinceridad de ellos. Hablaba, no a la opinión, sino a la naturaleza; no al carlista y al liberal, facticios y circunstanciales, sino al nabarro; y ahondando más la peña viva, al éuskaro, recubierto por tantas capas de mentiras políticas, históricas y nacionales, sedimento de los tiempos. Y pasando de lo general a lo particular, les trazó el cuadro de su hermandad y concordia deshechas, de las amistades rotas, de los parentescos encizañados, de los beneficios raídos por la ingratitud: el cuadro repugnante y vivo de los odios de vecindad, de los rencores de campanario. Y terminó incitándoles, con tierna, patética y arrebatadora palabra, que volviesen a ser los de antes y fundiesen sus sentimientos en la urna, causa de tanta desunión, sacando de ella el nombre de don Enrique de Zubieta, único candidato por quien no habría en Urgain vencedores ni vencidos (pp. 451-452).

Don Mario es aclamado por sus vecinos y llevado en volandas. Los ánimos, hasta entonces encrespados, se distienden. Sin embargo, en medio del gentío se alza una mano cobarde y asesina: Casildo Zazpe, alias Cuadrau, cegado por los celos (piensa que Josepantoñi le desdeña a él porque está en relaciones con el señorito de Jaureguiberri), aprovecha la confusión para herir de muerte a don Mario con su descomunal navaja[4]. López Antón ha subrayado el valor simbólico de esta muerte[5], que pone de manifiesto el fracaso del fuerismo y de la unidad navarra por él predicada[6].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Véase su descripción en las pp. 232-233.

[3] Don Mario expresa así sus ideas: «El campo de la vida es demasiado vasto para que en él no quepan sino carlistas y liberales» (p. 244); «Luchemos por perpetuar la fisonomía castiza del pueblo nabarro, que ya empieza a descomponerse y alterarse. Cese el grito de los partidos españoles y resuene el himno de la hermandad nabarra. Nada haré para dividir; cuenten conmigo para unir» (p. 248).

[4] Casildo había jurado «por la hostia» que lo mataría cara a cara, como hombre, pero no cumple su promesa, y más tarde su padre le reprochará su cobardía: cuando el mozo alega que «Vulcar a un hombre, a nadie deshonra» (p. 463), Aquilino le dice que es así cuando se le mata cara a cara, y le acusa de tener las manos manchadas de sangre «¡toíca llaneza de bien y señorío!» (p. 463).

[5] «La muerte de Mario significa la erradicación de la idea euskara de Navarra, eliminada por las sectas ultraibéricas» (José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 183).

[6] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

El retrato de don Mario de Ugarte en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión (1)

BlancosyNegros_TtarttaloEn la novela de Arturo Campión, la primera alusión a don Mario se produce en un diálogo entre el cacique liberal don Juan Miguel Osambela y el indiano don Santiago Gastaminza; el primero, al verlo pasar por la calle, lo califica despectivamente con el término señorón, en tanto que el narrador predica de él que es «un joven de arrogante aspecto […] a quien los aldeanos cedían la acera, saludándole respetuosamente» (p. 195)[1]. Este respeto que los campesinos sienten por el linaje de Ugarte —respeto que va acompañado de cariño sincero— será una de las notas repetidas a lo largo de la novela. Don Santiago, por su parte, es quien hace notar la pobreza que acecha a la familia, al comentar que a don Mario se lo comen las ratas. La distancia que separa a Osambelas y Ugartes —y la inquina de Juan Miguel contra el linaje hidalgo— se pone de manifiesto en el capítulo III, cuando su hija Robustiana le explica el proyecto de boda entre su hermano Perico y doña María Isabel de Ugarte, hermana de don Mario. En primera instancia, la idea aparece completamente disparatada a los ojos de Osambela, precisamente por la distancia que separa a las dos familias (comienza aquí el empleo de esa técnica de contraste o polarización, que seguirá utilizando el autor a lo largo de toda la novela):

—¡Badajo! ¿Has olvidado quiénes son los Ugartes, o qué? ¿Ignoras que son hidalguillos raídos, aristócratas ratonados, con más fachenda, pretensiones y orgullo de sangre azul y armas parlantes que deudas, que es cuanto hay que decir? ¿Olvidas que esa damisela es prima de condes, sobrina de marqueses, tía de duques, descendiente por línea recta y no interrumpida del mismísimo sobaco de Cristo? ¿Que es hija de doña María de Axpe-Salazar, descendiente, por lo menos, del gran Tamerlán? ¿Que esa maldita bruja tiene más humo en la cabeza que todos los bizcaínos, sus paisanos, juntos? ¿Que esa familia ugarteña es más antigua que la sarna y más limpia que el sol? ¿Que era casa armera y del brazo militar, ricos-hombres en Nabarra —¡más les valdría ser hombres ricos!—, infanzones en Bizcaya, de los parientes mayores en Guipúzcoa, obispos en Roma y calamidad en todas partes? ¿Que tienen sobre la puerta un escudo con más fieras y animalazos que muchú Bidel? ¿Se te ha ido de la sesera que Perico es hijo de Juan Miguel de Osambela, notario y villano por los cuatro abolorios, nieto de Lucas y bisnieto de Chaparro, el más insigne esquilador de toda esta barranca? ¿Que sus abuelas paterna y materna eran labradorazas de tomo y lomo, más cerriles, si cabe, que las de ahora, layaterruños y rascaboñigas? ¿Que si miran a nuestro linaje no encuentran asa señoril por donde agarrarnos? ¿Que don Mario es un carlistón fanático y yo un gran liberal? (pp. 218-219).

Como vemos, al resentimiento por la diferencia de clase se une en Juan Miguel Osambela la animadversión derivada de la militancia en bandos políticos irreconciliables. Sin embargo, los Ugartes están arruinados y tienen sus bienes hipotecados en 15.000 duros a don Juan Leoz. Este, un buen amigo de la familia, nunca hubiese cedido la hipoteca a una tercera persona; pero Leoz ha fallecido recientemente y a su hermano don Timoteo, que está entrampado, no resultará complicado comprarle la hipoteca. El maquiavélico plan de venganza ideado por Robustiana inmediatamente encandila a su padre: acuciados por la deuda, los orgullosos Ugartes habrán de acceder a la desigual boda. El narrador, adoptando aquí el punto de vista de Osambela (estilo indirecto libre), glosa así el plan maquinado:

¡Dónde mayor venganza, ni más completa y sonada, que injertar en el noble cedro del Líbano un tosco chaparro! Lograrlo por la fuerza y violencia, bien vistas las cosas, era recibir nuevos desaires. El precioso mueble se había de abrir con su llave propia. Descerrajarlo de un puñetazo, era confesarse ladrón de él: ¡hazaña digna de rufianes, en resumidas cuentas! ¡Pero contemplarse aceptado, ya que las circunstancias lo imponían, por el predominio de la razón sobre el sentimiento, aunque fuese a regañadientes, de igual modo que el enfermo consiente una amputación para no morirse, ¡qué triunfo, qué gloria, qué encumbramiento! ¡Cuánta consideración personal le tocaría a él, que en mil diversas ocasiones, a pesar de su dinero e influjo, había tenido envidia a la mayor veneración, al más cumplido afecto y al menos temeroso respeto que las gentes del país profesaban a los Ugartes, con quienes estaban unidos por esos invisibles lazos que la historia anuda silenciosamente! (p. 223).

En las líneas siguientes, se añaden nuevos datos que explicitan todo lo que separa a las dos familias, representante una de la tradición y otra de la modernidad:

Don Juan Miguel era «el escribano»; su familia «los del escribano»; don Mario era «el señor» (jauna); las personas de su casa «los del señor» (jaunenak). ¿Y cómo no, si todo hablaba a las gentes de la comarca de los Ugartes, y nada de los Osambelas? El puente de soberbia fábrica, tendido sobre el Arakil a costa de los antecesores de don Mario; la ruina de la torre, vestida de yedra y musgo, a cuyo amparo los progenitores de don Mario, allá en tiempos de Mari Castaña, rechazaban las incursiones de los guipuzcoanos, que se derramaban por el valle, saqueando y talando, desde las gargantas de Elkorre; la inscripción de la iglesia, reconstruida, así como dos manzanas de casas que formaban la calle denominada Eliza-kalea, con dinero de los abuelos de don Mario, después del voraz incendio del año 1604. Los Ugartes eran patronos de la iglesia, y el cabeza de la familia todavía se sentaba, durante las ceremonias religiosas, en puesto preferente, ocupando el majestuoso banco de roble tallado, con las armas de la casa y de la villa entrelazadas, aunque cuando asistía de oficio la corporación municipal, por cortesía dejaba el asiento al alcalde. Durante siglos y siglos los Ugartes fueron los cabos, los conductores, los guiones, el ejemplo, el sostén de aquellos montañeses, cuyas vidas y haciendas mil veces defendieron, de cuyas aspiraciones mil veces fueron portavoz y enseña. Ni aun la época moderna, letal para las tradiciones, había conseguido romper las que unían a esa familia con sus conterráneos, pues siempre los corazones de éstos y aquélla al unísono latieron. Ugartes fueron los capitanes del valle en la guerra contra la República francesa, y en la de la Independencia y en la de los realistas del año 22 y en las civiles de 1833 y 1872, y junta corrió su sangre, vertida por el plomo francés y el liberal. Los Ugartes eran el bosque centenario; los Osambelas el hongo efímero sin raíces, que nace de la corrupción de la tierra. Representaban éstos, en vez de servicios históricos, la improvisación social, los caprichos del acaso, la inmoralidad del éxito, la conquista de la influencia por medios ilícitos y mantenida por procedimientos torpes y artimañas repugnantes, el endiosamiento plebeyo, el poder envilecedor del dinero (pp. 223-224)[2].


[1] Cito por Arturo Campión, Blancos y negros, en Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469, pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

Conflictos sociales e ideológicos en «Blancos y negros» (1898) de Arturo Campión

El trasfondo político-ideológico de Blancos y negros (Guerra en la paz) (Pamplona, Imprenta de Erice y García, 1898) de Arturo Campión (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) ha sido bien analizado por José Javier López Antón, quien ha visto en esta novela la plasmación literaria de «la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros»[1] y señalado los puntos de interés esenciales:

En el relato cuatro son los elementos principales a destacar. En primer lugar, la oposición de la vieja sociedad a la burguesía enriquecida. Otro aspecto es la contraposición entre la elogiada honradez social de los vascos y la grosería de los elementos foráneos, enlazada con la denuncia de la represión escolar del euskera. El cuarto aspecto se refiere a la atomización política navarra, marcada por la bipolarización banderiza en las tesis carlista y la antítesis liberal, de la que mana una síntesis novedosa, el fuerismo político[2].

Con relación al primer aspecto, López Antón ha puesto de manifiesto cómo la vida del pequeño pueblo de la Barranca donde se ambienta la acción queda mediatizada por el enfrentamiento entre Osambelas (burguesía enriquecida) y Ugartes (nobleza empobrecida):

La vida de Urgain se polariza en torno a los dos linajes de Osambela y de Ugarte. Uno de ellos, personificado por Juan Miguel Osambela, cacique liberal de Urgain, casado con la melosa cubana doña Gertrudis y con tres hijos, Robustiana, Agustina y Perico. El notario, al comprobar que su poder financiero no obtiene el afecto popular que sí provocan los Ugarte, aspira a insertar su estirpe en las más altas cimas de la política y del poder local, aun emparentando con los Ugarte.

Por otro lado, Isabel de Ugarte —rancia depositaria de las virtudes de la nobleza— y sus hijos María Isabel y Mario. Este último es un antiguo carlista desencantado del partido a raíz de la derrota de 1876. Su talante pragmático y entrega a las gentes del país le conduce a adoptar una causa que supere la caduca atomización partidista de carlistas y gubernamentales. Mario representa al hidalgo fuerista[3].

Blancos y negros, de Arturo CampiónEn las entradas siguientes es mi intención acercarme a la novela de Campión para mostrar la forma en que el autor presenta los dos grupos sociales en conflicto, si bien mi análisis no se centrará tanto en cuestiones ideológicas como en otras de tipo literario. Es decir, señalaré algunas estrategias narrativas y técnicas descriptivas empleadas por el autor para presentarnos esa situación de enfrentamiento, y para ello me fijaré en los personajes de Juan Miguel Osambela, don Mario de Ugarte y su madre, doña Isabel. Cabe adelantar que en Blancos y negros encontramos una acertada imbricación de las diversas tramas sentimentales (Perico y María Isabel, Robustiana y don Mario, Josepantoñi y don Mario, etc.) y de las rivalidades personales (Cuadrau y don Mario, Celedonia y Josepantoñi…) con el elemento político (las luchas de blancos y negros, carlistas y liberales, con capítulos de alto valor «documental»: la división del pueblo en bandos antitéticos, las triquiñuelas legales para ganar las elecciones…). Todo ello insertado, a su vez, en el contexto de una época que está conociendo profundos cambios sociales como los derivados de la decadencia de la nobleza rural y el ascenso de la burguesía liberal. En este sentido, podría afirmarse que Blancos y negros es una novela crepuscular, pues muestra la ruina —material, que no moral— de una familia noble, la de los Ugarte, sustentadora y articuladora de buena parte de la vida del pueblo y del valle.

Desde el punto de vista literario, Blancos y negros puede ser adscrita a la corriente del Realismo regionalista que, siguiendo las huellas de José María de Pereda y su novela idilio, busca retratar el paisaje y el paisanaje; además, junto con los elementos costumbristas propios de esta tendencia literaria, cabe destacar la presencia de algunos pasajes que sin dificultad podrían ser calificados de naturalistas. Por último, adelantaré también que el empleo de técnicas narrativo-descriptivas basadas en el contraste (de dos personajes, de dos situaciones, de dos realidades, a veces presentadas de forma claramente maniquea) constituye el rasgo constructivo más destacado de la novela[4].


[1] Ver José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, donde se afirma que: «En Blancos y negros […] asistimos a la plena derrota intelectual de los euskaros en cuanto emprendedores de una táctica culturalista que trataba de renovar los moldes de la sociedad mediante el cultivo de la poesía, de la literatura autóctona en lengua vasca y la legendarización de la historia cara a crear una conciencia nacional expresamente definitiva» (pp. 165-166). Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Ver también Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Las citas de la novela serán por la edición de Mintzoa (Arturo Campión, Obras completas, vol. IX, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 171-469), pero restituyendo las grafías originales de la edición de 1898. Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[2] José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, p. 166.

[3] López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», p. 166.

[4] Para más detalles, remito a Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.

«El estudiante de Salamanca» de Espronceda: métrica, estilo y valoración

Señalamos[1] brevemente algunos de los rasgos estilísticos más destacados en El estudiante de Salamanca de José de Espronceda:

  • Polimetría, experimentación con la métrica, que anticipa recursos que usarán luego los poetas modernistas.
  • Ritmo y musicalidad: abundancia de recursos retóricos como aliteraciones, paralelismos, versos bimembres, anáforas, etc. La métrica subraya los momentos climáticos del poema. Se utiliza la forma para realzar distintos aspectos del contenido.
  • Empleo de una adjetivación típicamente romántica (epítetos).
  • Gusto por los juegos de contrastes: luz / oscuridad, noche / día, vida / muerte.

Para la crítica, El estudiante de Salamanca es el mejor poema narrativo del siglo XIX. Junto con El diablo mundo y las canciones, es la obra más significativa de Espronceda, el mayor poeta romántico español, autor de referencia para muchos escritores de las décadas siguientes. Además, su texto presenta algunas de las características más destacadas del movimiento romántico español. Su protagonista, don Félix de Montemar, es, por un lado, el prototipo del rebelde romántico. Pero, al mismo tiempo, es un personaje con fuerza, un personaje que queda prendido en nuestra memoria, sumándose a otros muchos de la galería de la literatura universal.

Don Félix y el esqueleto

Las interpretaciones que se han dado del texto son muy variadas, y ahora no podemos detenernos a comentarlas. Únicamente, para finalizar, transcribiremos la valoración que ofrece Varela Jácome, con la que coincidimos:

El estudiante de Salamanca es un impresionante poema de la noche y de la muerte, desarrollado entre medianoche y el amanecer. Es la máxima expresión de la muerte terrorífica, desesperada, opuesta al conformismo […]. La publicación del «cuento» en verso El estudiante de Salamanca elevó el nivel de la poesía lírico-narrativa a una altura desusada. Es la mejor muestra del género dentro del Romanticismo español[2].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

[2] Benito Varela Jácome, introducción a El estudiante de Salamanca, 6.ª ed., Madrid, Cátedra, 1980, pp. 26-27.

Personajes de «El estudiante de Salamanca» de Espronceda

Don Félix de Montemar, protagonista central de El estudiante de Salamanca de José de Espronceda, es un personaje con características donjuanescas: apuesto, seductor, valiente, rebelde, cínico, irreverente; en su retrato se acumulan las notas negativas, pero dentro de su maldad se aprecia cierto halo de grandeza. Así nos lo presenta el poeta en este retrato incluido en la primera parte:

Segundo don Juan Tenorio,
alma fiera e insolente,
irreligioso y valiente,
altanero y reñidor;
siempre el insulto en los ojos,
en los labios la ironía,
nada teme y todo fía
de su espada y su valor.

Corazón gastado, mofa
de la mujer que corteja,
y hoy, despreciándola, deja
la que ayer se le rindió.
Ni el porvenir temió nunca,
ni recuerda en lo pasado
la mujer que ha abandonado,
ni el dinero que perdió (vv. 100-115).

Poco más adelante se completa la caracterización así:

En Salamanca famoso
por su vida y buen talante,
al atrevido estudiante
le señalan entre mil;
fuero le da su osadía,
le disculpa su riqueza,
su generosa nobleza,
su hermosura varonil.

Que en su arrogancia y sus vicios,
caballeresca apostura,
agilidad y bravura
ninguno alcanza a igualar;
que hasta en sus crímenes mismos,
en su impiedad y altiveza,
pone un sello de grandeza
don Félix de Montemar (vv. 124-139).

Don Félix de Montemar

En contraste con él, tenemos a Elvira:

Bella y más segura que el azul del cielo
con dulces ojos lánguidos y hermosos,
donde acaso el amor brilló entre el velo
del pudor que los cubre candorosos;
tímida estrella que refleja al suelo
rayos de luz brillantes y dudosos,
ángel puro de amor que amor inspira,
fue la inocente y desdichada Elvira (vv. 140-147).

Su aparición en la obra es bastante efímera. No es un personaje de gran profundidad psicológica, pero constituye un buen ejemplo de heroína romántica, que en esta ocasión prefiere la locura y la muerte a la vida sin amor, tras ser olvidada por el galán que la ha seducido.

Don Diego de Pastrana, hermano de Elvira, y los jugadores de la taberna son personajes menos caracterizados, pero desempeñan una función importante en la construcción de la trama. Don Diego es el oponente de don Félix y le mueve la venganza. Al final, es quien sanciona el matrimonio de don Félix con el esqueleto de Elvira. Los jugadores, en fin, ayudan a completar el retrato de Montemar como jugador y mujeriego[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

Temas y motivos de «El estudiante de Salamanca» de Espronceda

Para la sensibilidad romántica, el amor es el eje principal del universo. Muchos personajes románticos depositan todas sus esperanzas de salvación en el amor, que llega a sustituir a la fe, la religión o la razón; pero si ese amor fracasa, si las expectativas que había despertado quedan defraudadas, llega la desilusión y se ven abocados a la desesperación, la locura y la muerte. Para el temperamento romántico, el amor produce dolor, pero sin amor la vida es un desierto, un páramo. Así lo expresan estos versos de la obra de José de Espronceda que ahora estudiamos, El estudiante de Salamanca:

¡El corazón sin amor!
¡Triste páramo cubierto
con la lava del dolor,
oscuro inmenso desierto
donde no nace una flor! (vv. 273-277).

Otro de los temas centrales del poema, muy relacionado con el anterior, es el de la ilusión perdida, resumido perfectamente en los cinco versos de esta quintilla:

Hojas del árbol caídas
juguetes del viento son:
las ilusiones perdidas,
¡ay!, son hojas desprendidas
del árbol del corazón (vv. 268-272).

Hojas

El tema de la muerte recorre de principio a fin las páginas de El estudiante de Salamanca, desde el cadáver que deja atrás don Félix en la primera parte a la escalofriante muerte, rodeado de una danza macabra, de Montemar, pasando por la romántica muerte de amor de Elvira y la de don Diego de Pastrana en duelo.

Tema presente también en El estudiante de Salamanca es el de la rebeldía romántica. Don Félix ha sido visto por la crítica como expresión del titanismo romántico. Se trata de un personaje que rompe con toda norma y que se rebela incluso frente a Dios, sin importarle las consecuencias, su condenación eterna:

DON FÉLIX.- Perdida tengo yo el alma,
y no me importa un ardite (vv. 503-504).

Su personalidad presenta incluso rasgos demoníacos:

Grandiosa, satánica figura,
alta la frente, Montemar camina,
espíritu sublime en su locura,
provocando la cólera divina:
fábrica frágil de materia impura
el alma que la alienta y la ilumina,
con Dios le iguala, y con osado vuelo
se alza a su trono y le provoca a duelo.

Segundo Lucifer que se levanta
del rayo vengador la frente herida,
alma rebelde que el temor no espanta,
hollada sí, pero jamás vencida:
el hombre, en fin, que en su ansiedad quebranta
su límite a la cárcel de la vida,
y a Dios llama ante él a darle cuenta,
y descubrir su inmensidad intenta (vv. 1245-1260).

Para Pedro Salinas[1], El estudiante de Salamanca expresa simbólicamente el romántico anhelo del alma ante el mundo y ante su misterio.

Asimismo, podemos destacar la presencia de abundantes motivos románticos. Por ejemplo, la noche y la luna:

Melancólica la luna
va trasmontando la espalda
del otero: su alba frente
tímida apenas levanta,

y el horizonte ilumina,
pura virgen solitaria,
y en su blanca luz süave
el cielo y la tierra baña (vv. 184-191).

Y también, por último, la atmósfera sepulcral y misteriosa del poema, con la presencia de espectros y fantasmas. Recuérdese el ambiente de pesadilla de toda la cuarta parte, cuando don Félix persigue a la sombra, y la macabra danza de espectros que precede a su muerte. Citaremos tan sólo los versos en que el esqueleto de Elvira besa a don Félix:

El carïado, lívido esqueleto,
los fríos, largos y asquerosos brazos
le enreda en tanto en apretados lazos,
y ávido le acaricia en su ansiedad:
y con su boca cavernosa busca
la boca a Montemar, y a su mejilla
la árida, descarnada y amarilla
junta y refriega repugnante faz (vv. 1554-1561)[2].


[1] Véase su sugerente estudio «Espronceda. La rebelión contra la realidad», en Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1958, pp. 272-281; reed. en Ensayos completos, edición preparada por Solita Salinas de Marichal, Madrid, Taurus, 1983, vol. I, pp. 270-277.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponden a esta edición.

«El estudiante de Salamanca» de Espronceda: argumento y fuentes

Al parecer, José de Espronceda comienza a redactar este poema en 1836, año en que adelantó algunos fragmentos en El Español; en 1837 apareció la primera parte en el Museo Artístico y Literario, y en 1839 leyó un fragmento en la Asociación Literaria de Granada. En cualquier caso, El estudiante de Salamanca no se publicó entero hasta 1840, en el volumen de Poesías.

Poesías (1840), de José de Espronceda

El poema, que consta de 1704 versos polimétricos repartidos en cuatro partes, supone una mezcla de modalidades discursivas, ya que en él se fusiona lo narrativo-descriptivo, lo lírico y lo dramático, circunstancia que podría hacernos dudar del género literario al que pertenece. Por su forma externa, es un poema, está escrito en verso; y, al mismo tiempo, se trata de una obra narrativa que nos cuenta una historia (de ahí el subtítulo cuento del poema). Asimismo, en algunos momentos posee un marcado carácter dramático (especialmente en la tercera parte, dividida en escenas y con réplicas de los protagonistas distribuidas como un diálogo teatral).

También es importante recalcar el carácter de oralidad que Espronceda confiere a su obra, desde el comienzo («antiguas historias cuentan», v. 2) hasta el final («como me lo contaron te lo cuento», v. 1704), a lo que habría que sumar otras marcas repartidas a lo largo del texto (apelaciones a los lectores-oyentes, etc.).

El protagonista es don Félix de Montemar, un joven noble, estudiante en Salamanca, de corrompidas costumbres: seductor, jugador, altanero, irreverente, etc. De él se enamora la bella e inocente Elvira, que, tras ser abandonada por don Félix, enloquece y muere de amor. Para vengar su muerte viene desde Flandes su hermano don Diego de Pastrana, que desafía a don Félix y es muerto por él. Cuando Montemar escapa por la calle del Ataúd, todavía con la espada ensangrentada en la mano, se le aparece una misteriosa figura femenina de blancos ropajes que reza ante una imagen de Jesús. Don Félix, intuyendo una nueva aventura amorosa, sigue a la visión, que le avisa varias veces para que enmiende su conducta. Pero el supuesto lance amoroso terminará siendo un encuentro con la muerte. Muy pronto, la persecución por las calles de Salamanca adquiere un tono de pesadilla, de alucinación, que culmina primero con el encuentro de don Félix con su propio entierro y, más tarde, con una macabra ceremonia de boda: en efecto, la misteriosa dama lo conduce hasta una infernal mansión custodiada por sombras y espectros; allí baja por una escalera que le lleva ante una tumba que es a la vez tálamo nupcial. Cuando don Félix destapa el velo que cubre la cara de la mujer a la que ha seguido, contempla asombrado que es la calavera de Elvira. Se les une el cadáver del muerto don Diego, quien junta las manos de los prometidos. El esqueleto abraza fuertemente a don Félix y este muere sin contrición. Con el amanecer, la atmósfera de pesadilla que ha presidido la noche se desvanece: vuelve la luz y desaparecen los sonidos y las visiones infernales. Por las calles salmantinas se rumorea que esa noche el diablo ha venido para llevarse al infierno a don Félix de Montemar.

Como ha explicado Varela Jácome, en El estudiante de Salamanca se funden «varios motivos temáticos ya fijados por la tradición literaria: el mito de don Juan Tenorio, la locura de la protagonista, la impresionante ronda espectral, la visión del propio entierro, la mujer transformada en esqueleto»[1]. Y son muchas las obras que la crítica ha señalado como posibles fuentes de inspiración para Espronceda.

  • Así, para el personaje donjuanesco el referente más claro es El burlador de Sevilla y convidado de piedra de Tirso de Molina, junto con la versión de Antonio de Zamora No hay plazo que no se cumpla ni deuda que no se pague y convidado de piedra.
  • Otro precedente importante es el personaje del estudiante Lisardo, que aparece en el Jardín de flores curiosas (1570) de Antonio de Torquemada y en Soledades de la vida y desengaños del mundo (1658) del Dr. Cristóbal Lozano. Hay también dos romances sobre «Lisardo, el estudiante de Córdoba», incluidos en el Romancero general de Durán (1828-1832), con los que el poema presenta varias coincidencias: la visión del propio entierro, el desfile fúnebre y el ambiente tenebroso (hasta los títulos guardan un parecido significativo).
  • La locura de Elvira recuerda la de Ofelia en el Hamlet de Shakespeare.
  • Para la atmósfera tenebrista, de espectros y demonios, se han sugerido fuentes pictóricas (El Bosco o Pieter Brueghel) y musicales (La sinfonía fantástica de Héctor Berlioz).
  • La visión del propio entierro es un motivo folclórico que cuenta además con varias versiones literarias: El niño diablo de Vélez de Guevara, El vaso de elección, San Pablo de Lope de Vega, El purgatorio de San Patricio de Calderón, en el teatro del Siglo de Oro, y, más recientemente, la novela El golpe en vago de José García de Villalta, amigo de Espronceda que prologó su volumen de poesías en 1840.
  • La mujer transformada en esqueleto está en la Leyenda áurea de Jacobo de la Vorágine (relato de San Cipriano), en El esclavo del demonio de Mira de Amescua y en El mágico prodigioso de Calderón.
  • Para la escena de juego en la taberna se mencionan El rufián dichoso de Cervantes y San Franco de Sena de Moreto[2].

[1] Benito Varela Jácome, introducción a El estudiante de Salamanca, 6.ª ed., Madrid, Cátedra, 1980, p. 23.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata. Las citas corresponderán a esta edición.

Valoración crítica de Espronceda

Juan Valera opinaba que «ni los ingleses tienen más derecho a calificar de genio a lord Byron, ni los alemanes a Goethe, que a Espronceda nosotros»[1]. Estas palabras son aplicables, sobre todo, al Espronceda poeta, aspecto de su producción en el que da su verdadera talla de creador genial. En general, en toda la poesía de José de Espronceda se muestra una concepción pesimista de la vida y del hombre, como es frecuente en el Romanticismo. Ortega y Munilla, en unas líneas dedicadas a Espronceda en El Imparcial, decía:

Espronceda es el poeta de los amores tristes y de las indignaciones vehementes. La memoria de lo que fue Espronceda no se compadece con la idea del eterno reposo. Vida de lucha, de febril inquietud, de ininterrumpidas batallas; batallas con las ideas y los hombres, procesamiento, persecuciones, destierros, protesta constante contra todo orden de tiranía. Tal fue el vivir de Espronceda: una tempestad continua. Espronceda es la síntesis de la inspiración desordenada, de la genialidad indomable, del numen frenético, de la exaltación morbosa, de la locura convertida en arte y del frenesí, tratando de romper las duras ordenanzas de la rima…[2].

Espronceda

A veces esa tristeza se ha relacionado con ciertos datos biográficos (concretamente, con su fracaso amoroso con Teresa Mancha); pero más que en esas circunstancias personales hay que pensar en una sensibilidad lúgubre y triste común a toda su época. En ocasiones se le ha acusado, ya lo apuntamos, de no ser original y se ha exagerado su deuda con Byron. Sea como sea, Espronceda encarna el Romanticismo revolucionario en España. Los rasgos más destacados de sus versos son el ya apuntado tono pesimista, el efectismo y la sincerísima pasión. Por lo común, hay en ellos una adecuación perfecta entre lo que escribe y lo que siente. Para muchos críticos es la encarnación del poeta como vate o genio. Y no podemos olvidar que su poesía influye poderosamente en poetas tan señalados como Antonio Machado o Rubén Darío[3].


[1] Citado por Narciso Alonso Cortés, Espronceda: ilustraciones biográficas y críticas, 2.ª ed., Valladolid, Librería Santarén, 1945, p. 130.

[2] Citado por Julio Romano, Espronceda: el torbellino romántico, Madrid, Editora Nacional, 1950, p. 200.

[3] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Semblanza literaria de Narciso Serra

Para hacernos una idea de la personalidad de Narciso Serra, poeta y dramaturgo romántico, transcribo aquí un párrafo de José Fradejas Lebrero, donde da entrada a sendas citas de Fernández Bremón y Blasco que lo evocan en su juventud y en su madurez, respectivamente:

De joven «era un mozalbete rubio y sonrosado, de ojos muy azules, aunque de corta estatura, airoso y lindo» que [salía] «en los días de gala, envuelto en su coraza… entonces era delgado y esbelto… las actrices o escritoras en embrión y señoritas alegres o modistas… se disputaban su saludo, y decían sonriéndose maliciosamente: —Ahí va Narciso Serra» (Fernández Bremón).

Pero en su prematura vejez nos lo muestran sus retratos así: «Era un hombre de regular estatura, fornido, grueso, rubio, con ojos azules vivos y penetrantes, calvo, descolorido, de rostro carnoso, ancho de hombros, achaparrado… Él aseguraba que de todo tenía figura menos de poeta, y decía verdad. Como Manuel del Palacio, más parecía un hombre de negocios que un escritor. Era, según expresión de Ventura de la Vega, un militarucho que llevaba escondido dentro un gran poeta» (Eusebio Blasco)[1].

El mismo Fradejas Lebrero recoge algunas anécdotas que demuestran que poseía dotes poéticas desde la infancia. En el terreno lírico, se dio a conocer con sus Poesías líricas en 1848; publicó también algunos romances de ciego y La confesión de un muerto (1875), cuento en verso dedicado a Alfonso XII. Así enjuicia el editor de La calle de la Montera la producción poética de Serra:

En su poesía paga tributo al romanticismo con una serie de leyendas: Matador y santo (San Macario), Un castigo por amor (los hermanos Carvajales) y a la poesía amorosa […]. Se distingue en dos facetas: la jocosa y la seria que, a su vez, se subdividen en humana y religiosa. Su carácter alegre e improvisador —lo mismo daba un recado que transmitía una orden militar o solicitaba crear un periódico en verso—, se toma a sí mismo como sujeto poético: Ése soy yo, ¿Con quién me caso? o El buey suelto; o escribe ligeros, irónicos y breves epigramas sobre actores y dramaturgos, quienes, riéndose, nunca se ofendieron[2].

Y recuerda también algunas ocurrencias suyas que dieron pie a las llamadas obras sueltas de Serra. De entre sus poesías, cabe destacar las dedicadas a su madre y a la Virgen María.

NarcisoSerra

Como dramaturgo, Narciso Serra es autor de más de cuarenta piezas teatrales, que escribió él solo o en colaboración con otros autores como Miguel Pastorfido, L. M. de Larra, Pina Domínguez o Juan Dot y Michans. Algunas de ellas fueron compuestas con cierta premura de tiempo, de ahí que sean desiguales en cuanto a su calidad literaria. Algunas de ellas recuerdan el estilo romántico de Zorrilla, como El reló de San Plácido, con la que obtuvo un gran éxito en 1858, o Con el diablo a cuchilladas (1854). También adaptó obras dramáticas del Siglo de Oro, como Amar por señas de Tirso de Molina. Pero fundamentalmente es recordado por sus obras El loco de la guardilla. Paso que pasó en el siglo XVI (1861) y su segunda parte, El bien tardío (1867), ambas sobre con Cervantes como protagonista, La boda de Quevedo (1854), La calle de la Montera (1859), comedia escrita para explicar el origen del nombre de esa calle madrileña, o ¡Don Tomás! (1867). Algunas de estas piezas no son comedias, sino zarzuelas[3], y otras se presentan bajo los marbetes de proverbio, balada, pasillo, sainete, juguete cómico, etc. Rodríguez Sánchez valora así el conjunto de su obra dramática:

Continuador en lo teatral de la fórmula costumbrista de Bretón, aunque también compuso dramas románticos al estilo de Zorrilla, Serra mostró una gran facilidad para el verso y cierta habilidad para componer la trama de sus obras y cargar los argumentos de emotividad. Escribió un buen número de piezas teatrales, que en su época tuvieron mucho éxito, aunque hoy apenas se valoran[4].

El propio Serra, en el prólogo a sus Leyendas, cuentos y poesías originales hace balance en 1876 de sus escritos:

El que traza penosamente hoy estas líneas escribió con pluma fácil en otro tiempo las obras de teatro intituladas La boda de Quevedo, El reló de San Plácido, Don Tomás, Un hombre importante, Luz y sombra, El loco de la guardilla y bastantes más.

Por su parte, Fradejas Lebrero clasifica sus mejores obras en los siguientes apartados:

1) Obras de inspiración barroca: Con el diablo a cuchilladas (1854, comedia romántica), La boda de Quevedo (1854, comedia de capa y espada), El reló de San Plácido (1858, comedia romántica) y La calle de la Montera (1859, comedia de capa y espada).

2) Obras costumbristas: El todo por el todo (1855), El amor y la Gaceta (1863) y Don Tomás (1867).

3) Sainetes y zarzuelas: El último mono (1859, zarzuela), El loco de la guardilla (1861, zarzuela), A la puerta del cuartel (1867), Luz y sombra (1867, zarzuela).

En fin, también nos ayuda a la valoración de su obra dramática este ramillete de opiniones recogido por el mismo crítico[5]:

Sin ser amigo del señor Serra, sin conocerle, y sin que me mueva simpatía, afecto hacia él o esperanza de ganarme el suyo, y de que se me muestre agradecido, voy a corroborar aquí, ex cathedra crítico literaria, la opinión del público que le apellida ingenioso, elegante y discreto poeta cómico… el primer poeta cómico de España, después de Bretón (Juan Valera).

Era Serra un poeta fácil, galano, espontáneo, sencillo… apto para pintar sentimientos delicados y tiernos… aficionado ante todo al chiste, que siempre manejó con soltura y naturalidad. Ser poeta era en Serra tan natural como lo es en los pájaros ser cantores… Era un hombre nacido para hacer versos y decir chistes. Heredero legítimo del autor de Marcela, tan natural y fácil como éste, pero con mayor delicadeza de sentimientos (Revilla).

Fue uno de los escritores más originales de nuestro moderno teatro (Diccionario enciclopédico hispano-americano).

Narciso Serra, aunque volandero y superficial, por más espontáneo y sin pretensiones, sobre todo de algunos esbozos de costumbres, pintorescos, chispeantes, de una jovialidad fresca y viva (José Yxart).

Serra no sólo compartía el sentimentalismo de Eguilaz; tenía también amor a los artificios, extremosidades y sorpresas románticas, y las obras en que intenta un estudio detenido de la vida real son mucho menos numerosas que sus obras más imaginativas, escritas bajo la influencia del Siglo de Oro o del romanticismo de 1833 (Edgar Allison Peers).


[1] José Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, Madrid, Castalia / Comunidad de Madrid, 1997, p. 13.

[2] Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 14-15.

[3] Algunas de ellas con muy pocas canciones, y con la indicación final del autor de que pueden representarse como comedias suprimiéndose las partes cantadas.

[4] Tomás Rodríguez Sánchez, «Serra, Narciso», en Catálogo de dramaturgos españoles del siglo XIX, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1994, p. 554a.

[5] Todas las opiniones que siguen están recogidas por Fradejas Lebrero, introducción a Narciso Serra, La calle de la Montera, pp. 20-21.

Las novelas de Arturo Campión

Arturo Campión[1] (Pamplona, 1854-San Sebastián, 1937) tiene una faceta de novelista histórico, representada por Don García Almorabid. Crónica del siglo XIII (Tolosa, Casa Editorial de Eusebio López, 1889). Sobre el telón de fondo de la guerra de los burgos de Pamplona, que culminaría con la destrucción de la Navarrería, se teje la trágica historia amorosa de Blanca Almorabid y Raúl Cruzat. Pese a su tardía fecha de publicación, la obra presenta las mismas características técnicas y estilísticas de la novela histórica romántica española, cuya gran década fue la de 1834 a 1844: el amor imposible entre personas pertenecientes a familias rivales, la escasa profundidad psicológica de los personajes, la ocultación de la personalidad de alguno de ellos (Azeari Sumakilla es en realidad Pero Martíniz de Oyan-Ederra), etc. El autor introduce algunas notas explicativas del significado de las palabras vascuences que incorpora al texto o sobre las instituciones del reino de Navarra en aquella época[2].

Otra novela de Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz (Pamplona, Imprenta de Erice y García, 1899)[3], sin ser una novela histórica (se indica que la acción ocurre en 188…), describe perfectamente la división política entre carlistas y liberales en Urgain, un pueblo de la Burunda (especialmente verista es el capítulo dedicado a la celebración de las elecciones)[4].

Blancos y negros, de Arturo Campión

Por último, la tercera novela del polígrafo pamplonés, quizá la menos interesante, es La bella Easo (1909), donde se contrapone la vida austera y sacrificada de los habitantes del caserío (Martín y Joshepa) con la frívola de Jayápolis, ciudad «alegre, coqueta, elegante» (trasunto de la San Sebastián más mundana), en la que sin embargo empiezan a difundirse las doctrinas socialistas y apuntan ya las luchas obreras.


[1] Sobre Campión, véanse los trabajos de José Javier López Antón, Arturo Campión, entre la historia y la cultura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1998; «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998; «El imaginario pesimista de Vasconia en Arturo Campión», Vasconia, 27, 1998, pp. 177-194; y Escritores carlistas en la cultura vasca. Sustrato lingüístico y etnográfico en la vascología carlista, Pamplona, Pamiela, 1999. Remito también a Elías Amézaga, «Ficha bio-bibliográfica de Arturo Campión», Letras de Deusto, núm. 44, vol. 19, mayo-agosto 1989, número extraordinario de Homenaje al Profesor Ignacio Elizalde, pp. 29-37; José de Cruchaga y Purroy, «Arturo Campión», prólogo a Obras completas, vol. I, Pamplona, Mintzoa, 1983, pp. 19-83; Santiago Cunchillos y Manterola, prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Ttarttalo, 1998, pp. 11-18; Carmelo de Echegaray, «Arturo Campión», prólogo a Blancos y negros. Guerra en la paz, San Sebastián, Beñat Idaztiak, 1934, pp. 5-14; y Vicente Huici Urmeneta, «Arturo Campión. Aproximación a un vasco desconocido», Muga, núm. 9, 1980, pp. 56-65; para su contexto cultural y literario, a los de Iñaki Iriarte López, Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000; y José Luis Nieva Zardoya, La idea euskara de Navarra, 1864-1902, Bilbao, Fundación Sabino Arana / Euskara Kultur Elkargoa, 1999. Sus Obras completas fueron publicadas en quince volúmenes por Segundo Otatzu Jaurrieta (Pamplona, Mintzoa, 1983-1985).

[2] Para un análisis detallado de la novela remito a Enrique Miralles, «Don García Almorabid, de Arturo Campión, y la novela histórica de fin de siglo», en Luis F. Larios y Enrique Miralles (eds.), Sociedad de Literatura Española del siglo XIX. Actas del I Coloquio. Del Romanticismo al Realismo (Barcelona, 24-26 de octubre de 1996), Barcelona, Publicacions de la Universitat de Barcelona, 1998, pp. 317-29.

[3] Una edición más reciente es esta: Arturo Campión, Blancos y negros. Guerra en la paz, prólogo, edición y notas de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones y Libros / Fundación Diario de Navarra, 2002 (col. «Biblioteca Básica Navarra», 17).

[4] Ver José Javier López Antón, «Blancos y negros o la frustración de la tendencia fuerista de los euskaros», Letras de Deusto, vol. 28, núm. 81, octubre-diciembre 1998, pp. 165-199; y Carlos Mata Induráin, «“Chocarán el puchero y la olla”: conflictos sociales e ideológicos en Blancos y negros, de Arturo Campión», en Carmen Erro Gasca e Íñigo Mugueta Moreno (eds.), Grupos sociales en la historia de Navarra. Relaciones y derechos. Actas del V Congreso de Historia de Navarra (Pamplona, septiembre de 2002), Pamplona, Ediciones Eunate / Sociedad de Estudios Históricos de Navarra, 2002, vol. II, pp. 165-178.