Vaya para hoy, Sábado Santo (Sábado del Silencio o de Gloria), un soneto del colombiano Jorge Montoya Toro (Titiribí, 1921-Medellín, 1989), abogado (cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Antioquia) y periodista cultural. Montoya Toro dirigió la emisora y la revista de la Universidad de Antioquia y los suplementos literarios de los diarios El Colombiano y La Defensa, de Medellín. Fue también Director de Extensión Cultural de Medellín y miembro del Instituto de Cultura Hispánica. Entre sus obras literarias se cuentan Bajo el lucero de la tarde, El pasado se asoma a los retratos, En alas del perfume tu recuerdo, Fragancia del indecible amor, Prolongas tu presencia en los objetos, Soneto de la amada indefinible, Un silencioso amor prende su lámpara, Verlaine, Sombra del aire, Breviario de amor o Hay una espina entre la flor.
Gerard de la Vallee, Longinos atravesando el costado de Cristo con una lanza (siglo XVII). Subasta: Bruun Rasmussen Kunstauktioner, Copenhagen, 29 de noviembre-5 de diciembre de 2011, lote 249.
En su «Nuevo soneto a Cristo» el yo lírico se reconoce como pavesa del fuego de amor divino (vv. 1-2 y 12), al tiempo que pide al Señor «la paz que el corazón reclama»(v. 7):
Aquí estoy, mi Señor. Soy la pavesa que queda del incendio de la llama… Soy el adolorido, porque ama. El que busca tu aliento de tibieza.
Por ti mi soledad muere, y empieza la plenitud que tu bondad derrama. Dame la paz que el corazón reclama. Entrégame tu nombre de pureza.
Si prendas pides de verdad, te entrego mi corazón, de amor crucificado en el crisol divino de tu fuego.
Soy pavesa, lo sé. Rescoldo helado. Me abrumaba tu luz y anduve ciego. ¡Me rescató el raudal de tu costado![1]
[1]el raudal de tu costado: al ser traspasado por la lanza de un soldado romano (identificado en el evangelio apócrifo de Nicodemo como un centurión llamado Longinos), del costado de Cristo brotó sangre y agua (cfr. Juan, 19, 33-34: «Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas. Pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua»); el “agua” sería el líquido acumulado en la membrana exterior del corazón (derrame pericárdico) y alrededor de los pulmones (derrame pleural) de Cristo. Pero, más allá de la explicación fisiológica, importa el significado simbólico de ambos elementos, sangre y agua, interpretados por los comentaristas bíblicos como representación, respectivamente, de los sacramentos de la Eucaristía (y la Redención, pues la sangre redentora de Cristo purifica del pecado) y el Bautismo (el agua es fuente de vida). Tomo el texto de Iván Guzmán López, «Sonetos para celebrar a Cristo», El Mundo de Medellín, 5 de abril de 2012. Modifico la puntuación y algunos pequeños detalles; así, en el verso 6, cambio «la plenitud de tu bondad derrama» por «la plenitud que tu bondad derrama», según pide el sentido.
Son los de Carranza versos donde se observa la presencia amenazante del asesino (canto 8, «El doncello»), donde los sueños, tapados por la tierra, se equiparan con la podredumbre: «En Amaime / los sueños se cubren / de tierra como / si fueran podredumbre» (canto 10, «Amaime», p. 49)[1]. Más adelante, alguien convoca a los gusanos (canto 15, «Caldono», p. 69). De nuevo aparece la unión de cuerpo y tierra en «Uribia» (canto 13): «Cae un cuerpo / y otro cuerpo. / Toda la tierra / sobre ellos pesa» (p. 61). Por ello, el paisaje común en estos territorios castigados por la violencia es un páramo de desolación, o mejor, una desolación de páramo: «Lluvia y silencio / es el mundo en / Confines. / Desolación de páramo» (canto 14, «Confines», p. 65). Aquí los ríos corren rojos, o son más bien ríos quietos, ríos de aguas muertas (canto 16, «Humadea», p. 73, donde se juega con el cromatismo del rojo y del blanco, «ríos rojos» / «garzas blancas»).
María Mercedes Carranza.
Un par de versos estremecedores los leemos en el canto 17, «Pore»: «La muerte: / carne de la tierra». Merece la pena copiar entero el poema: «En Pore la muerte / pasa de mano en mano. / La muerte: carne de la tierra» (p. 77). Y también las flores se equiparan con las bocas de muertos en el canto 18, «Paujil»:
Estallan las flores sobre la tierra de Paujil. En las corolas aparecen las bocas de los muertos (p. 81).
O bien son las nubes las que se identifican con la muerte, nubes que son aquí «difunta blancura» (canto 19, «Sotavento»):
Como las nubes, la muerte hoy en Sotavento. Difunta blancura (p. 85).
Más cadáveres, cadáveres de muertos, el cadáver también de la risa, en el siguiente canto, «Ituango»:
El viento ríe en las mandíbulas de los muertos. En Ituango, el cadáver de la risa (p. 89).
Mientras que el recuerdo de la vida se mezcla con la tierra y el olvido (canto 21, «Taraira»):
En Taraira el recuerdo de la vida duele. Mañana será tierra y olvido (p. 93).
Cuerpos y sueños caen por tierra al mismo tiempo en el canto 22, «Miraflores»:
Caen los cuerpos en Miraflores caen los sueños. Miraflores: cementerio de sueños (p. 97).
En fin, la muerte reaparece —nunca desaparece, en realidad, a lo largo de todo el libro— en la p. 101, el canto final, «Soacha»:
Un pájaro negro husmea las sobras de la vida. Puede ser Dios o el asesino: da lo mismo ya (p. 105).
El poemario acaba, por tanto, con este toque de desesperanza. Como epílogo figuran unas palabras «De Juan Liscano» (pp. 107-108). Es una carta a la autora, fechada en Caracas, 9-8-1998, donde indica que le interesaron sus libros anteriores y que los versos de estos nuevos poemas le maravillaron:
Ese poder de síntesis suyo, ese decir en unas cuantas líneas los acontecimientos más profundos, es la poesía liberada de la literatura. Sus poemas son símbolos, adivinanzas, suspiros, terrores y en su brevedad alcanzan una elocuencia interior poco frecuente. Usted redime el poema breve de su chatura personalizadora y ególatra. Alcanza otra dimensión del decir, dice lo no dicho en unas palabras, encerrando lo esencial si es que una esencia puede ser apreciada. La vida y la muerte se encaran en un tiempo metafísico, el de la memoria, único tiempo real. Su trabajo poético vale por mil páginas de versificación. […] Su poder interior de percibir lo invisible en lo visible, calles de aire, flores rojas en las aguas y hasta en rito: la reyerta de Cumbal-Colombia transporta a un poeta como yo hacia la “sola evidencia” que ya sólo me interesa a mí: la otredad, materia y espíritu de sus mini-poemas inagotables (pp. 107-108).
Poesía sencilla y comprometida la de María Mercedes Carranza. Es el suyo un verso social cantado con una voz personal, de epigramática concisión. No es la suya poesía pura, pero sí pura poesía. El territorio radiografiado es el de Colombia, sí, como indican los topónimos de cada canto; pero es también, simbólicamente, el de cualquier otra tierra que padezca dolor y sufrimiento, que esté azotada por la violencia y muerte. El canto de las moscas nos retrata ese triste e infecundo paisaje de desolación, con una belleza y una intensidad lírica verdaderamente sobrecogedora[2].
[1] Cito por María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001.
Este libro se publicó originalmente el año 1998, y luego fue reeditado en el 2001: María Mercedes Carranza, El canto de las moscas (Versión de los acontecimientos), Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2001 (en la «Colección de Poesía» dirigida por Ana María Moix). La autora, María Mercedes Carranza (nacida en Bogotá en 1945) es licenciada en Filosofía y Letras por la Universidad de los Andes de su ciudad natal. Ha trabajado como crítica literaria y como periodista cultural en varios medios de comunicación de su país. Fue delegataria de la Asamblea Nacional Constituyente de 1991, con el grupo que representó al movimiento guerrillero M-19, ya entonces en la legalidad. Desde 1986 dirige la Casa de Poesía Silva de Bogotá. Ha dado a las prensas los siguientes poemarios: Vainas y otros poemas (1972), Tengo miedo (1983), Hola soledad (1987), Maneras del desamor (1993) y El canto de las moscas (1998), así como las antologías Estravagario (1976), Nueva poesía colombiana (1972), Siete cuentistas jóvenes (1972), Antología de la poesía infantil colombiana (1982) y Carranza por Carranza: antología y texto crítico de la poesía de Eduardo Carranza (1985).
El canto de las moscas es un poemario con un claro valor testimonial, según indica ya el subtítulo Versión de los acontecimientos: la escritora colombiana nos brinda en él su versión personal de la situación de su país, marcado en los últimos años por la violencia y la muerte. El libro lleva una Dedicatoria «A Luis Carlos: siempre», y en las palabras preliminares de Mario Rivero, «Parte de guerra» (pp. 7-9), se nos explica que se trata de un homenaje a Luis Carlos Galán, «la más intensa y representativa víctima de estos convulsos años de violencia en Colombia». Sigue explicando Rivero que la poesía de María Mercedes Carranza es un doloroso parte de guerra:
En sagas muy breves, que por su precisión geométrica compararía al haiku, Carranza elabora estéticamente el espectáculo de la barbarie diaria en la comunicación cercada por la muerte. El érase-una-vez de los hechos consumados y de la violencia nacional que se incorpora como temática a nuestro acontecer artístico, como una zona literaria en sombra, que ella quiere iluminar, sacar a luz con su palabra poética (p. 7).
Líneas después explica el significado del título del poemario:
En una larga meditación que madura al paso de las heridas del país, página a página, Carranza siluetea un panorama de arrasada belleza: parajes sin arco iris, donde sólo florecerá el olvido, signados apenas por la ráfaga oscura y el bordoneo de las “cumplidas moscas”, las convocadas bajo el embate del terror, a todo lo ancho y lo largo de nuestras comarcas y de nuestros días. Con sus vuelos pautados, tiene licencia su sombra en el suelo. En los invisibles estratos del aire, estas moscas sostienen, como en las líneas audibles de una partitura, la sorda modulación de un canto sospechoso y siniestro (pp. 7-8).
Habla, en fin, de «estos fragmentos de espacio patrio hechos poemas. Poemas exactos, que por su contenido, su forma y su serenidad quisiera llamar clásicos, es decir, con la excelencia del poeta que descubre sus poderes» (p. 8). La revista Golpe de Dados al llegar a sus 25 años de vida seleccionó a Carranza como la poetisa más significativa del país, publicando este «conmovedor mapa de lugares arrasados por la violencia», poemas «absolutamente antologables» en los que se escucha el sonido de «los tiempos oscuros».
El libro recoge veinticuatro cantos, cuyos títulos son: «Necoclí», «Mapiripán», «Tamborales», «Dabeiba», «Encimadas», «Barrancabermeja», «Tierralta», «El doncello», «Segovia», «Amaime», «Vista hermosa», «Pájaro», «Uribia», «Confines», «Caldono», «Humadea», «Pore», «Paujil», «Sotavento», «Ituango», «Taraira», «Miraflores», «Cumbal» y «Soacha». En varios de estos poemas se repite un esquema estructural muy parecido: la preposición en + un topónimo colombiano + algún elemento en principio positivo (ríos, flores, nubes…), que sin embargo se carga con connotaciones negativas al verse manchado por la sangre y la violencia (gusanos, difuntos, podredumbre…). Las composiciones van trazando, por tanto, una geografía colombiana teñida de tristeza, llanto, luto y muerte. Todo ello con una concisión estilística envidiable. El canto 1, «Necoclí», abunda en el sentido del título del poemario:
Quizás el próximo instante de noche, tarde o mañana en Necoclí se oirá nada más el canto de las moscas (p. 13).
En el canto 3, dedicado a Mario Rivero, encontramos una bella aliteración: «Bajo / el siseo sedoso / del platanal / alguien / sueña que vivió» (p. 21). El canto 4, «Dabeiba», explicita la metáfora rosas=sangre:
El río es dulce aquí en Dabeiba y lleva rosas rojas esparcidas en las aguas. No son rosas, es la sangre que toma otros caminos (p. 25).
Por su estructura circular, y el juego con las preposicionesbajo / sobre, destaca el canto 5, «Encimadas»: «Bajo la tierra de Encimadas / el terror fulgura aún / en los ojos florecidos / sobre la tierra de Encimadas» (p. 29). Mientras que el canto 6, «Barrancabermeja», insiste de nuevo en la presencia de la sangre:
Entre el cielo y el suelo yace pálida Barrancabermeja. Diríase la sangre desangrada (p. 33).
El canto 7, «Tierralta», nos recuerda un soneto barroco de Lope de Vega, el dedicado «A una calavera»: «Esto es la boca que hubo, / esto los besos. / Ahora sólo tierra: tierra / entre la boca quieta» (p. 37). Otro eco clásico, esta vez de Manrique, lo encontramos en el canto 12, «Pájaro», con la identificación de mar=morir: «Si la vida es el morir / en Pájaro / la vida sabe a mar» (p. 57). Difícilmente se pueden alcanzar mayores dosis de expresividad, difícilmente se puede decir más con menos: en Pájaro, la vida sabe a mar, y el mar es el morir, luego en Pájaro la vida es muerte, todo es muerte en Pájaro[1].
Del político y poeta colombianoRafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990) ya hemos transcrito aquí alguna otra composición navideña, como su soneto «Jesús». Para esta mágica Noche de Reyes traigo este otro poema suyo, «Esta es la fiesta», también soneto, que evoca la jubilosa emoción de una noche como la del 5 de enero en la que muchos —sea cual sea la edad— volvemos a sentir la misma ilusión que sienten los niños. Cabe destacar, desde el punto de vista estructural, la construcción anafórica de la composición: las tres primeras estrofas repiten «Esta es la noche…», que en el segundo terceto figura con variatio, «Esta es la fiesta de la noche…».
Esta es la noche blanca y misteriosa de los azules y encantados trinos, noche de los divinos peregrinos, tras de la estrella errante y luminosa.
Esta es la noche de los rojos vinos y de los panes blancos, la armoniosa noche de los luceros cantarinos y del padre, del niño y de la esposa.
Esta es la noche pura y amorosa y fraterna, en la mesa deleitosa del cordero y los vinos cristalinos.
Esta es la fiesta de la noche hermosa y la fiesta del alba jubilosa, de los sueños humanos y divinos…[1]
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 329-330. Distribuyo los últimos seis versos (que en el original figuran juntos) como dos tercetos.
Rafael Maya, abogado y diplomático colombiano (Popayán, 1897-Bogotá, 1980), fue también poeta, periodista y autor de ensayos y estudios críticos, como por ejemplo Consideraciones críticas sobre la literatura colombiana (1944), Los tres mundos de Don Quijote y otros ensayos (1952), La musa romántica en Colombia (1954) o Los orígenes del modernismo en Colombia (1961). Entre su producción literaria se cuentan títulos como La vida en la sombra (1925), Coros del mediodía (1930), Después del silencio (1935), Final de romance y otras canciones (1940), Alabanzas del hombre y de la tierra (1941), Tiempo de luz (1945), Navegación nocturna (1955), La tierra poseída (1965), El retablo del sacrificio y de la gloria (1966), El rincón de las imágenes (1972), El tiempo recobrado (1974) o De perfil y de frente (1975), entre otros. Fue Premio Nacional de Poesía en 1972, y en 1979 se publicó su Poesía completa.
Para esta Noche de Reyes, copio su poema «Desde otro oriente», un soneto de alejandrinos (versos de catorce sílabas, con una cesura al medio, separando los dos hemistiquios: 7 + 7), de sabor modernista:
La adoración de los Reyes Magos, de Pedro Pablo Rubens.
Noche clara y fragante, casta noche lejana de mi niñez… La estrella ronda por la colina; el séquito, pesado de yelmos, se avecina y en tanto los camellos presienten la mañana.
Oro, cofres, esclavos. Pasa la caravana. Llevadme con vosotros, oh, Magos, al divino infante sobre cuya desnudez el pollino sopla el vaho caliente de su piedad humana.
¡Oh, Rey viejo, oh, Rey mozo, oh, Rey negro! Parado frente al portal dejadme un camello, de hastiado mirar, bajo la lumbre que en el cenit destella.
Yo montaré desnudo sobre su giba hirsuta, y desandando el tedio de vuestra larga ruta, vendré desde otro oriente con una nueva estrella[1].
[1] Cito por la antología Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, p. 338, con algún ligero retoque en la puntuación. En el verso 12 restituyo la palabra «sobre», sin la cual el verso queda cojo. El texto original puede verse en Rafael Maya, La vida en la sombra, 1920-1925, Bogotá, Editorial de Cromos, 1925, p. 68.
El colombiano José Restrepo Rivera, más conocido por su faceta como artista plástico (pintor, dibujante y paisajista) que como literato, nació en Envigado, en el departamento de Antioquia, el 21 de febrero de 1886 y murió en Medellín el 3 de diciembre de 1958. El 29 de abril de 1916 —es decir, en el contexto de las celebraciones del III Centenario de la muerte de Cervantes—, apareció publicado en el número 284-285 de la revista El Gráfico de Bogotá un díptico de sonetos titulado «La canción de Altisidora», cuyo contenido explica así David Jiménez:
Los dos sonetos de Restrepo Rivera sobre el episodio de los amores fingidos de Altisidora parecen inspirados por una frase de don Quijote en el capítulo 44 de la segunda parte, cuando la duquesa le ofrece cuatro doncellas de las más hermosas para servirle. El caballero responde que ha levantado una muralla entre sus deseos y su honestidad. El primer soneto se refiere a los deseos: exhorta a don Quijote a echar abajo la muralla y permitir que, aunque engañosos, alborocen su espíritu y pongan fin a su desvelo. El segundo lo anima a mantener en alto la muralla, pues el goce sensual será breve frente a la eternidad del amor. La muralla es Dulcinea[1].
He aquí el texto de los dos sonetos:
I
Hidalgo sin amor y sin ventura,
que ante los puntos de tus medias verdes
en un abismo de dolor te pierdes,
humillando la escuálida figura.
Depón, cuitado, tu dolor, ahora
que cantando se llega hasta tus rejas
ese alado decir de amantes quejas
con que te miente amor Altisidora.
Lírico engaño que tu pecho expande
y tu esforzado espíritu alboroza,
poniendo grato fin a tu desvelo.
¡Mentira sabia y luminosa y grande,
como es sabia y es grande y luminosa
esta mentira azul del vasto cielo![2]…
II
¡Mas no, señor hidalgo! El breve gozo
no exaltará tu ánimo, que ausente
está el Amor, y la encendida mente
y el noble corazón, en el Toboso.
Que mente y corazón jamás rendida
verán tu fama al lisonjero ruego;
ni han de vencer al paladín manchego
el dulce engaño o la canción mentida…
Que si es dulce el engaño y es hermosa
la que te miente amor, otra es tu dama,
¡oh, Señor del Ensueño y de la Idea!,
otro el anhelo que tu sed rebosa,
y otro el fuego divino en que se inflama
tu locura triunfante: ¡Dulcinea![3]
[1] En «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 278.
[2]esta mentira azul del vasto cielo: esta formulación recuerda el último terceto del soneto de «uno de los Argensola» (¿Bartolomé o Lupercio?) titulado «A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa», que dice así: «Porque ese cielo azul que todos vemos, / ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!».
[3] Tomo el texto de «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», pp. 277-278, citándolo con ligeros retoques.
El autor de este poema, Carlos Eugenio Restrepo Restrepo (Medellín, 1867-Medellín, 1937), fue presidente de Colombia entre los años 1910 y 1914. Conservador moderado, fundador y dirigente de Unión Republicana, Restrepo ejerció laboralmente como abogado y desempeñó diversos cargos públicos a lo largo de su carrera política, pero no cuenta en su haber con obras literarias. Como señala David Jiménez,
Carlos E. Restrepo figura en la historia de Colombia como político y presidente de la República, no como poeta. Su soneto «Quijote y Sancho» carece de todo interés si se lee exclusivamente como una repetición de los tópicos ya exhaustos del loco sublime y el burdo escudero. El giro que toma el poema al referirse a un «nuevo» Sancho, «el sajón rudo», permite reinterpretarlo como una versión del arielismo de comienzos del siglo XX. Don Quijote, encarnación del idealismo, el honor y el espíritu desinteresado y heroico, sería el símbolo del espíritu latino, contrapuesto a los valores sanchopancescos de la cultura sajona. La intervención norteamericana en la separación de Panamá puede haber servido como pretexto histórico para estos versos[1].
El soneto vuelve una vez más sobre la tradicionaldicotomía idealismo / materialismo encarnada por don Quijote y Sancho. En su último terceto alude a los azotes que el escudero debía darse «en ambas sus valientes posaderas» con el fin de librar a Dulcinea de su supuesto encantamiento. El texto es como sigue:
¡Oh Quijote inmortal, loco sublime
a quien el miedo avasallar no pudo,
ciñe el casco otra vez, toma el escudo,
alza el penacho y el lanzón oprime!
El ideal bajo la carne gime:
abate al nuevo Sancho, al sajón rudo
y tras heroico batallar sañudo
los fueros del espíritu redime.
Sancho es el interés y tú la idea;
él traficante vil, tú caballero;
tú buscas el honor, él la pitanza.
¡Haz que en pro de la eterna Dulcinea
humillado te sirva de escudero
y se azote la carne Sancho Panza![2]
[1] En «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 255.
[2] Publicado originalmente en Cervantes en Antioquia. En el cuarto centenario del nacimiento de don Miguel de Cervantes Saavedra, Medellín, Universidad de Antioquia, 1947, p. 209. Recogido en «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», p. 255, por donde cito, con ligeros retoques (suprimo las tildes en tóma, álza, opríme, abáte, redíme y pró).
Traigo hoy al blog una breve evocación quijotesca, «Caballero andante», del poeta colombiano Antonio Silvera Arenas:
Nació en Barranquilla en el año 1965. Estudió la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia, orientando sus reflexiones en estudios medievales y del renacimiento. Cursó la especialización en Literatura del Caribe, en la Universidad del Atlántico. Es profesor de literatura en universidades de Barranquilla, en donde vive actualmente. […] Es autor de Mi sombra no es para mí (1990), Selección de poemas (1992), Edad de hierro / Mi sombra no es para mí (1998) y de poemas publicados en revistas colombianas. Aparece en dos antologías: Antología de poesía colombiana, de Rogelio Echavarría, e Inventario a contraluz. Por el valor estético de su primer libro, en el año 1993 fue seleccionado como becario en el encuentro de escritores menores de 30 años, denominado Foro Joven, realizado en Mollina, Málaga, España[1].
El texto del poema, que por su sencillez no requiere mayor comentario, reza así:
Es bueno a veces
ensillar el decrépito caballo
y vestir nuestra triste figura
con la vieja armadura del abuelo.
Es bueno a veces…
Aunque nadie comprenda
nuestra empresa
y hasta la noble Dulcinea
se burle sin piedad de nuestros sueños[2].
[1] Datos bio-bibliográficos del autor incluidos en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, selección, prólogo y notas de Fabio Jurado Valencia, Bogotá, Común Presencia Editores, 2011, p. 387.
[2] Texto del poema recogido en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, p. 390.
Para celebrar este 6 de enero, fiesta de la Epifanía del Señor, copio aquí el poema «Navidad y Epifanía», del literato colombiano Carlos López Narváez (Popayán, 1897-Bogotá, 1971), quien además de abogado, profesor y diplomático, fue miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y destacó como traductor de textos de Baudelaire, Heredia, Valery, Leconte de Lisle o Barbusse, entre otros. Su composición aúna, ya desde el título, la evocación de dos momentos clave de estas fiestas, el Nacimiento de Cristo (Navidad) y su manifestación ante los magos de Oriente (Epifanía).
El texto del poema dice así:
Blanca de corderos, rubia de luceros, diáfana y tranquila noche de Belén. Nevadas colinas, auras peregrinas, mecen los olivos en blando vaivén.
«Con el ala de ave de mi barba suave al recién nacido yo quiero abrigar.»
Y el negro monarca de ardiente comarca Baltasar —en ónix el bronco perfil—.
«Oh Rey sempiterno —dirá triste y tierno—, para ti soy trono de ébano y marfil.»
Blanca de corderos, rubia de luceros, sagrada y hermosa noche del Portal.
¡Hosanna en la altura! Por la tierra oscura difunde la Estrella su luz inmortal[1].
[1] Tomo el texto (introduciendo algún pequeño cambio en la puntuación) de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 255-256.
¡Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!
Vaya para este día de Navidad el soneto «Jesús» del político y poeta colombiano Rafael Ortiz González (San Andrés, 1911-Bogotá, 1990). Ortiz González fue gobernador de Santander en dos ocasiones, diplomático, jurista y periodista, fundador de algunas publicaciones periódicas. Entre sus obras poéticas se cuentan los volúmenes Imágenes del mundo, Antes de la canción, Los cantos de la angustia, Ángeles de piedra, Los himnos de la sangre, Los gritos infinitos, Los hombres, los caminos y los ríos, Triángulo infinito, La zarza de Horeb, Los rostros de la rosa (nada menos que 116 sonetos dedicados a esa flor) o Las comarcas del canto, entre otros títulos.
Su soneto «Jesús» pone de relieve, por un lado, la sencillez y humildad del Mesías (vv. 1 y 8); destaca, además, la trascendencia de la «divina hora» (v. 4), subrayada por diversos elementos de la naturaleza; y alude, en fin, a la adopción de la naturaleza humana por parte del Hijo de Dios («nace humanamente en tierra dura», v. 12) como remedio frente a la dureza y cerrazón del corazón del ser humano («para ver si una noche de dulzura / nace en el ciego corazón del hombre», vv. 13-14).
Este es el texto completo del poema:
Nace Jesús en el portal sencillo bajo la estrella de oro de la aurora. El pastor con su claro caramillo anuncia al mundo la divina hora.
La fuente canta un músico estribillo junto al establo que la noche dora. La Virgen sueña en un divino anillo y Dios besa la atmósfera sonora.
Nace Jesús como una flor de fiebre, como un lirio de luz en el pesebre, para que al hombre su humildad asombre.
Y nace humanamente en tierra dura, para ver si una noche de dulzura nace en el ciego corazón del hombre[1].
[1] Tomo el texto de Nos vino un Niño del cielo. Poesía navideña latinoamericana del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, EDIBESA, 2000, pp. 183-184.