El romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en «La gitanilla»

Si pasamos a las poesías hagiográficas insertas en la narrativa cervantina, tenemos que un lugar especialmente destacado lo ocupa el romancillo a santa Ana cantado por Preciosa en La gitanilla, la primera de sus Novelas ejemplares:

Árbol preciosísimo
que tardó en dar fruto
años que pudieron
cubrirle de luto
y hacer los deseos
del consorte puros,
contra su esperanza
no muy bien seguros;
de cuyo tardarse
nació aquel disgusto
que lanzó del templo
al varón más justo;
santa tierra estéril,
que al cabo produjo
toda la abundancia
que sustenta el mundo;
casa de moneda
do se forjó el cuño
que dio a Dios la forma
que como hombre tuvo;
madre de una hija
en quien quiso y pudo
mostrar Dios grandezas
sobre humano curso.
Por vos y por ella
sois, Ana, refugio
do van por remedio
nuestros infortunios.
En cierta manera,
tenéis, no lo dudo,
sobre el Nieto imperio
piadoso y justo.
A ser comunera
del alcázar sumo,
fueran mil parientes
con vos de consuno.
¡Qué Hija, y qué Nieto,
y qué Yerno! Al punto,
a ser causa justa,
cantáredes triunfos.
Pero vos, humilde,
fuistes el estudio
donde vuestra Hija
hizo humildes cursos,
y agora a su lado,
a Dios el más junto,
gozáis de la alteza
que apenas barrunto[1].

Santa Ana, Madre de María

¿Cuál es el contexto narrativo en que se introduce el poema? Lo canta Preciosa en la iglesia madrileña de santa María, delante de la imagen de santa Ana, con motivo de la fiesta de la madre de la Virgen; y anota el narrador: «El cantar de Preciosa fue para admirar a cuantos la escuchaban»[2]. En efecto, el romancillo tiene toda la gracia de la poesía tradicional, la ágil levedad del verso corto, y la diferencia artística con respecto a los textos anteriores es fácilmente apreciable.

En cuanto a su contenido, lo más destacado es la acumulación de imágenes para referirse a la madre de María: árbol preciosísimo que tarda en dar fruto, tierra estéril que acaba produciendo la mayor abundancia de bienes, casa de moneda donde se funde el molde (María) en que se humana Jesús, etc. Como madre y formadora de María, santa Ana tiene imperio grande sobre Cristo, el «Nieto» aludido un par de veces en esos versos, y es refugio de todos los hombres, a los que protege desde la «alteza» de la Gloria divina.


[1] Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares, ed. de Harry Sieber, 13.ª ed., Madrid, Cátedra, 1990, vol. I, pp. 64-65. Las citas textuales de La gitanilla corresponden a esta edición de las Novelas ejemplares de Sieber, indicando el volumen y el número de la página.

[2] Novelas ejemplares, ed. Sieber, vol. I, p. 65.

La canción de Cervantes a los éxtasis de Teresa de Jesús

Tenemos luego la canción a los éxtasis de la beata Madre Teresa de Jesús (recogida también por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados, BAE, XXXV), que el Padre Antolín califica de «muy devota poesía» en la que «no faltan las alusiones bíblicas de profundo sentido teológico»[1]. Copio solo el comienzo:

Virgen fecunda, Madre venturosa,
cuyos hijos, criados a tus pechos,
sobre sus fuerzas la virtud alzando,
pisan ahora los dorados techos
de la dulce región maravillosa
que está la gloria de su Dios mostrando:
tú que ganaste obrando
un nombre en todo el mundo
y un grado sin segundo,
ahora estés ante tu Dios postrada,
en rogar por tus hijos ocupada,
o en cosas dignas de tu intento santo,
oye mi voz cansada,
y esfuerza, ¡oh, Madre!, el desmayado canto[2].

Santa Teresa de Jesús

Como es sabido, Teresa de Ávila —que había sido beatificada en 1614sería canonizada por el papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622. La composición cervantina consta de siete estancias que comentan los «impulsos celestiales», «los favores / con que te regaló la mano eterna» y sus «éxtasis divinos», cuando el alma lleva su cuerpo «a las regiones santas» y queda «más humilde, más sabia y obediente / al fin de tus arrobos». Tras pedir a la futura santa que oiga «devota y pía» los balidos de su terrenal rebaño, la composición se remata con el envío final, que dice así:

Canción: de ser humilde has de preciarte
cuando quieras al cielo levantarte,
que tiene la humildad naturaleza
de ser el todo y parte
de alzar al cielo la mortal bajeza[3].

[1] P. Teófilo Antolín, «El uso de la Sagrada Escritura en Cervantes», Cuadernos de Literatura. Revista General de las Letras, III, 7, enero-febrero de 1948, p. 135.

[2] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 385.

[3] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, p. 388.

La glosa cervantina de «El cielo a la Iglesia ofrece…»

Otro poema hagiográfico de Cervantes es la glosa de «El cielo a la Iglesia ofrece…», dedicada en esta ocasión a san Jacinto. He aquí el texto:

El cielo a la Iglesia ofrece
hoy una piedra tan fina,
que en la corona divina
del mismo Dios resplandece.

Tras los dones primitivos
que en el fervor de su celo
ofreció la Iglesia al cielo,
a sus edificios vivos
dio nuevas piedras el cielo.
Estos dones agradece
a su Esposa y le ennoblece;
pues de parte del Esposo
un Jacinto el más precioso
el cielo a la Iglesia ofrece.

Porque el hombre de su gracia
tantas veces se retira,
y el Jacinto al que le mira
es tan grande su eficacia,
que le sosiega la ira.
Su misma piedad lo inclina
a darlo por medicina;
que en su juïcio profundo
ve que ha menester el mundo
hoy una piedra tan fina.

Obró tanto esta virtud
viviendo Jacinto en él,
que a los vivos rayos dél
en una y otra salud
se restituyó por él.
Crezca gloriosa la mina
que de su luz jacintina
tiene el cielo y tierra llenos,
pues no mereció estar menos
que en la corona divina.

Allá luce ante los ojos
del mismo autor de su gloria,
y acá en gloriosa memoria
de los triunfos y despojos
que sacó de la victoria.
Pues si otra luz desfallece
cuando el Sol la suya ofrece,
¿qué más viva y rutilante
será aquesta, si delante
del mismo Dios resplandece?[1]

 San Jacinto

El contenido del poema juega con la palabra Jacinto, que es el nombre de pila del santo[2], pero también el de una piedra preciosa a la que se atribuían en la época propiedades taumatúrgicas. En este sentido, por ser piedra preciosa de su corona, el santo resplandece delante de Dios con «vivos rayos», con una «luz jacintina» que se muestra «viva y rutilante» ante la luz del propio Sol. Además, se dice, esa piedra preciosa la ofrece el cielo (=Dios, el Esposo) a su Esposa la Iglesia y, por otra parte, el hombre se ve restituido en su salud merced a la eficacia medicinal de san Jacinto. Se trata de una simple composición de circunstancias[3], que tampoco alcanza una gran calidad poética.


[1] M. de Cervantes, Poesías completas, ed. V. Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 373-374.

[2] Estos juegos con los nombres son frecuentes en la época; uno muy similar, también referido al nombre de Jacinto, lo encontramos en la aprobación de fray Raimundo Sos y Lumbier a la obra El señor Felipe V es el rey de las Españas verdadero (1711) del predicador sangüesino Jacinto de Aranaz.

[3] Anota el editor Gaos: «En la canonización de San Jacinto (1595), el convento de Santo Domingo de Zaragoza, celebró unas justas literarias. El poema de Cervantes obtuvo el primer premio en el segundo certamen. En la relación de estas justas figuran los siguientes versos: “Miguel Cervantes llegó / tan diestro, que confirmó / en el Certamen segundo / la opinión que le da el mundo, / y el primer premio llevó”»; y añade este comentario de Givanel: «Del mérito de las composiciones que entraron en competencia, puede dar idea la producción galardonada».

Elementos religiosos en la poesía de Cervantes

La religión constituye un elemento muy notable en la obra literaria de Cervantes y es, ciertamente, uno de los más importantes a la hora de calibrar el pensamiento del escritor. La presencia de este componente se ha analizado, sobre todo, en la narrativa, y fundamentalmente en el Quijote (anticlericalismo, influjos erasmistas, actitud frente a los moriscos y conversos, todo ello puesto en relación con los posibles antecedentes judaicos del autor…); algo menos en lo que atañe al teatro y muy poco, hasta donde se me alcanza, en el terreno de la poesía.

Pues bien, en sucesivas entradas pretendo llevar a cabo un rastreo amplio, no exhaustivo, de la presencia de los elementos religiosos en la lírica cervantina, tanto en las poesías sueltas como en las insertas en obras pertenecientes a otros géneros (narrativa y teatro). Mi análisis se articulará en seis apartados: 1) poemas hagiográficos; 2) poemas de temática mariana; 3) otros poemas con importante presencia del elemento religioso; 4) presencia de la religión en los poemas de tema histórico y bélico; 5) elementos religiosos en la poesía satírico burlesca; y 6) alusiones microtextuales. Examinaremos, pues, por separado lo relativo a cada apartado, comenzando por algunos poemas hagiográficos.

Uno de ellos es el soneto a san Francisco de Asís, que fue recogido por fray Pedro de Padilla en su Jardín espiritual (1585) y por Justo de Sancha en su Romancero y cancionero sagrados (BAE, XXXV):

Muestra su ingenio el que es pintor curioso
cuando pinta al desnudo una figura,
donde la traza, el arte y compostura
ningún velo la cubra artificioso.

Vos, seráfico Padre, y vos, hermoso
retrato de Jesús, sois la pintura
al desnudo pintada, en tal hechura
que Dios nos muestra ser pintor famoso.

Las sombras de ser mártir descubristes;
los lejos, en que estáis allá en el cielo
en soberana silla colocado;

las colores, las llagas que tuvistes,
tanto las suben que se admira el suelo,
y el pintor en la obra se ha pagado[1].

Llagas de san Francisco de Asís

Como vemos, se trata de un soneto que parte de la imagen Dios=Divino Pintor y hace un uso ingenioso del léxico de la pintura (sombras, lejos, colores…), afirmando de san Francisco que es «hermoso / retrato de Jesús»; cabe destacar además el juego dilógico del último verso, «y el pintor en la obra se ha pagado» (‘ha recibido el pago por su obra’ y ‘ha quedado satisfecho con ella’). Por lo demás, las rimas conseguidas con formas verbales (descubristes, tuvistes) restan aliento poético a la composición, que en conjunto no es demasiado lograda.


[1] Miguel de Cervantes, Poesías completas, ed. de Vicente Gaos, Madrid, Castalia, 1981, vol. II, pp. 354-355. En este poema —y lo mismo haré en otros que citaré en próximas entradas— retoco ligeramente, sin indicarlo, la puntuación y las grafías. De aquí en adelante, las referencias a las Poesías completas serán tomadas de la citada edición de Gaos y solo se indicará el volumen y el número de página.

Literatura de Pasión: el soneto de Quevedo «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre»

En fin, Francisco de Quevedo, aunque hoy quizá resulte más conocido para el público general por su faceta de escritor satírico y burlesco, cultivó igualmente diversos temas de la poesía grave (poemas encomiásticos, metafísicos, morales, amorosos…). En ese terreno de su poesía seria podemos encontrar algunos poemas religiosos tan emotivos como este, titulado «A la muerte de Cristo, contra la dureza del corazón del hombre», en el que se recuerdan además (en los cuartetos) las señales ocurridas en aquel momento (eclipse, terremoto, etc.):

Muerte de Cristo

Pues hoy derrama noche el sentimiento
por todo el cerco de la lumbre pura,
y amortecido el sol en sombra obscura
da lágrimas al fuego y voz al viento;

pues de la muerte el negro encerramiento
descubre con temblor la sepultura,
y el monte, que embaraza la llanura,
del más cercano se divide atento;

de piedra es, hombre duro, de diamante
tu corazón, pues muerte tan severa
no anega con tus ojos tu semblante.

Mas no es de piedra, no, que si lo fuera,
de lástima de ver a Dios amante,
entre las otras piedras se rompiera.

Hasta aquí este recorrido panorámico por la literatura del ciclo de la Pasión en los autores españoles de los Siglos de Oro. Por supuesto, este tema se prolonga a lo largo de los siglos XVIII y XIX, y sigue con pujanza en el siglo XX y hasta llegar a nuestros tiempos, con muchos autores que ahora no me detengo a mencionar siquiera. Queda pendiente para otra Semana Santa.

Literatura de Pasión: «A Cristo en la Cruz», de Góngora

Pasemos, en nuestro recorrido por la literatura del ciclo de la Pasión, a don Luis de Góngora y Argote. De él sabemos que revolucionó el panorama de la poesía española cuando, a la altura de 1613-1614, empezaron a circular por la Corte madrileña copias manuscritas de sus grandes poemas, las Soledades y la Fábula de Polifemo y Galatea. Pero el que con piezas tan cultas como esas se ganase el sobrenombre de «Príncipe de la oscuridad», fue también «Príncipe de la luz» con sus letrillas y romances, fruto de su humor festivo y resultado del cultivo de otros registros graves.

Tal es el caso de este soneto religioso, titulado «A Cristo en la Cruz», en el que el yo lírico se pregunta qué cosa resultó mayor hazaña en Jesús, si humanarse en carne mortal o morir en la Cruz por salvar a todos los hombres:

Cristo en la Cruz, de Rubens

Pender de un leño, traspasado el pecho
y de espinas clavadas ambas sienes;
dar tus mortales penas en rehenes
de nuestra gloria, bien fue heroico hecho.

Pero más fue nacer en tanto estrecho
donde, para mostrar en nuestros bienes
a dónde bajas y de dónde vienes,
no quiere un portadillo tener techo.

No fue esta más hazaña, ¡oh gran Dios mío!,
del tiempo, por haber la helada ofensa
vencido en flaca edad, con pecho fuerte

—que más fue sudar sangre que haber frío—,
sino porque hay distancia más inmensa
de Dios a hombre que de hombre a muerte.

Literatura de Pasión: otro poema de Lope («Muere la vida y vivo yo sin vida…»)

Entrando ya de lleno en el Barroco, tenemos que traer a este panorama a un gran trío de poetas líricos, esos «primeros espadas» de la poesía española del XVII que son Lope, Góngora y Quevedo.

Lope de Vega constituye, en su persona y en su obra, una magnífica síntesis del Barroco, capaz de nobles transportes por las elevadas regiones del espíritu y capaz también de bajos vuelos a ras de tierra. Hombre, en fin, con algo de ángel y mucho de barro, es autor de numerosas poesías sacras donde nos transmite, en bellos versos, sus momentos de dolorido arrepentimiento. Tratándose del genial Lope, «poeta del cielo y de la tierra», lo difícil no es encontrar poemas suyos de subida inspiración y belleza que ilustren a la perfección el tema que nos ocupa; en su caso, lo difícil es seleccionar solo unos pocos entre los muchos posibles. Ya di entrada en una idem anterior al soneto que comienza «Pastor que con tus silbos amorosos…». Pero también merece la pena copiar este otro dedicado «A la muerte de Jesús»:

Cristo muerto sostenido por un ángel, de Antonello da Messina

Muere la vida y vivo yo sin vida,
ofendiendo la vida de mi muerte;
sangre divina de las venas vierte,
y mi diamante su dureza olvida.

Está la majestad de Dios tendida
en su dura cruz, y yo de suerte
que soy de mis dolores el más fuerte
y de su cuerpo la mayor herida.

¡Oh, duro corazón de mármol frío!
¿Tiene tu Dios abierto el lado izquierdo
y no te vuelves un copioso río?

Morir por él será un divino acuerdo,
mas eres Tú mi vida, Cristo mío,
y como no la tengo, no la pierdo.

«A las llagas de Cristo Nuestro Señor», de José de Valdivieso

Un autor especializado, podría decirse, en poesía religiosa es José de Valdivieso (Toledo, 1565-Madrid, 1638). De él copio esta bella composición titulada «A las llagas de Cristo Nuestro Señor», en la que cabe destacar la utilización del estribillo y el juego ingenioso de la tercera estrofa, basado en la dilogía de pasión (la pasión amorosa de un enamorado galán y la Pasión ‘padecimiento’ de Cristo, que puede equipararse a ese galán enamorado en tanto en cuanto ama a todos los hombres):

Llagas de Cristo en la Cruz

Vuestras llagas, Jesús mío,
mi bien y regalo son;
mas quiébranme el corazón.

Son de esa piedra divina
quiebras donde amor se asoma
a hacer nido a la paloma
que desalada camina;
puerta son de la piscina
y puertos de salvación;
mas quiébranme el corazón.

Son de un rosal encarnado
cinco rosas descubiertas,
cinco granadas abiertas
de un pechiabierto granado;
son flor y fruto que ha dado
la tierra de promisión;
mas quiébranme el corazón.

Son llagas de un Capitán
por reconocer la tierra,
y heridas que en buena guerra
por salvar a otros os dan;
son heridas de un galán
que descubre su pasión;
mas quiébranme el corazón.

Son llagas que recibir
quisisteis por los humanos,
para no herir, en las manos,
y en los pies, para no huir,
y en el pecho, para abrir
una puerta del perdón;
mas quiébranme el corazón.

Literatura de Pasión: dos textos anónimos

Quiero traer también a este panorama de la literatura del ciclo de la Pasión otros textos poéticos anónimos, «Dos romances de la Crucifixión», recogidos en la antología compilada por Roque Esteban Scarpa Voz celestial de España. Poesía religiosa (Santiago de Chile, Zig-Zag, 1944). Corresponden ambos a un registro popular y sencillo, y presentan la hermosa cadencia del octosílabo, que tan bien se ajusta a la prosodia del castellano.

El primero, cuyos cuatro primeros versos «suenan» a villancico tradicional, muestra el dolor de la Virgen María y alude, en su tramo final, al descendimiento de la Cruz del cadáver de su Hijo:

La Virgen se está peinando
debajo de una palmera;
los peines eran de plata,
la cinta de primaveras.
Por allí pasó José;
le dice desta manera:
—¿Cómo no canta la Virgen?
¿Cómo no canta la bella?
—¿Cómo quieres que yo cante,
solita y en tierra ajena,
si un hijo que yo tenía,
más blanco que una azucena,
me lo están crucificando
en una cruz de madera?
Si me lo queréis bajar,
bajádmelo en hora buena;
os ayudará San Juan,
y también la Magdalena,
y también Santa Isabel,
que es muy buena medianera.

El descendimiento de la Cruz, de Rubens

El segundo enumera las señales ocurridas al morir Cristo y destaca el poder salvador de su muerte y, al mismo tiempo, la soledad y el desconsuelo de su Madre:

Tierra y cielo se quejaba,
el triste sol se escondía,
la mar sañosa bramando
sus ondas turbias volvía,
cuando el Redentor del mundo
en la cruz puesto moría.
Palabras dignas de lloro
son aquestas que decía:
«Yo, Señor, en las tus manos
encomiendo el alma mía.»
¡Oh, mancilla inestimable!
¡Oh dolor sin compañía,
que el Criador no criado
criatura se hacía
por salvar aquellos mismos
de quien muerte recibía!
¡Oh, Madre excelente suya,
sagrada Virgen María!
Vos sola, desconsolada,
estabais sin alegría.

Literatura de Pasión: fray Luis de León

Un autor importante que tenemos que traer al recuerdo en este panorama literario del ciclo de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo es fray Luis de León, cuya serena lírica constituye una de las cimas del Renacimiento español. Autor de numerosas poesías morales y religiosas, copio de él el fragmento inicial de su «Canción a Cristo crucificado», en la que el yo lírico pide a Jesús que vuelva sus «mansos ojos» para mirarle:

Inocente Cordero,
en tu sangre bañado,
con que del mundo los pecados quitas,
del robusto madero
por los brazos colgado,
abiertos, que abrazarme solicitas;
ya que humilde marchitas
la color y hermosura
de ese rostro divino,
a la muerte vecino,
antes que el alma soberana y pura
parta para salvarme,
vuelve los mansos ojos a mirarme.

Y reproduzco entera su oda «En la Ascensión», donde se pone de manifiesto lo «pobres» y «ciegos» que quedan los hombres en este mundo al producirse la ascensión de Jesús a los cielos (el rebaño de los fieles cristianos queda abatido con la ausencia de su amado Pastor):

Ascensión de Cristo

¿Y dejas, Pastor santo,
tu grey en este valle hondo, oscuro,
con soledad y llanto;
y Tú, rompiendo el puro
aire, te vas al inmortal seguro?

Los antes bien hadados,
y los agora tristes y afligidos,
a tus pechos criados,
de Ti desposeídos,
¿a dó convertirán ya sus sentidos?

¿Qué mirarán los ojos
que vieron de tu rostro la hermosura,
que no les sea enojos?
Quien oyó tu dulzura,
¿qué no tendrá por sordo y desventura?

A aqueste mar turbado,
¿quién le pondrá ya freno? ¿Quién concierto
al viento fiero, airado,
estando Tú encubierto?
¿Qué norte guiará la nave al puerto?

¡Ay, nube envidiosa
aun deste breve gozo!, ¿qué te aquejas?
¿Dó vuelas presurosa?
¡Cuán rica tú te alejas!
¡Cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!