La Navidad en las letras españolas: Lope de Vega

(Hoy es Navidad, y la Princesa, los dos Guerreros y el Guardián de la Ínsula Barañaria también quieren desear unas muy felices Fiestas a todos los insulanos, es decir, a todos los que visitan este blog regular o esporádicamente…)

En la época áurea, es imposible olvidarse del Fénix de los ingenios españoles, el inmortal Lope de Vega, autor que nos dejó numerosos villancicos y coplas navideñas de subida belleza. Ciertamente, solo con poemas de Lope se podría compilar una magnífica antología de poesía de Navidad. Cabe destacar, por ejemplo, su poema titulado «El sol vencido», un romance endecha que refiere los celos que de María tiene el astro sol «porque vio en sus brazos / otro Sol mayor». Muy hermoso es «Campanitas de Belén», que comienza así:

Campanitas de Belén,
tocad al Alba que sale
vertiendo divino aljófar
sobre el Sol que della nace,
que los ángeles tocan,
tocan y tañen,
que es Dios hombre el Sol
y el Alba su madre:
din, din, din, que vino en fin,
don, don, don, San Salvador,
dan, dan, dan, que hoy nos le dan,
tocan y tañen a gloria en el cielo
y en la tierra tocan a paz.

Lo reproduzco entero en otra entrada del blog. Otro romance, «El evangelio de san Juan», parafrasea en verso ese célebre pasaje evangélico en que se nos anuncia que «El Verbo carne se hizo». Otro «Al Nacimiento» evoca a los pastores guardando el ganado y el aviso angelical:

¡Gloria a Dios en las alturas,
paz en la tierra a los hombres,
Dios ha nacido en Belén
en esta dichosa noche!

Los pastores se acercan al portal con palmas y laureles y el Niño sonríe; y la composición se remata con una petición al alma para que ella también ofrezca a Jesús sus dones. Y todavía podríamos seguir citando versos del gran Lope. Así, su villancico «Al Nacimiento del Hijo de Dios», que lleva por estribillo[1]:

Norabuena vengáis al mundo,
Niño de perlas,
que sin vuestra vista
no hay hora buena.

Pero, quizá, los más famosos versos navideños del Fénix sean aquellos tantas veces antologados:

Las pajas del pesebre,
niño de Belén,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Lloráis entre las pajas
de frío que tenéis,
hermoso Niño mío,
y de calor también.

Dormid, Cordero santo,
mi vida, no lloréis,
que si os escucha el lobo,
vendrá por vos, mi bien.

Dormid entre las pajas,
que aunque frías las veis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Las que para abrigaros
tan blandas hoy se ven
serán mañana espinas
en corona cruel.

Mas no quiero deciros,
aunque vos lo sabéis,
palabras de pesar
en días de placer.

Que aunque tan grandes deudas
en paja cobréis,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Dejad el tierno llanto,
divino Emanuel,
que perlas entre pajas
se pierden sin por qué.

No piense vuestra madre
que ya Jerusalén
previene sus dolores
y llore con José.

Que aunque pajas no sean
corona para Rey,
hoy son flores y rosas,
mañana serán hiel.

Niño Jesús en el pesebre

Hermosos versos en los que, además de cantarse la alegría por el nacimiento («flores y rosas»), se anticipa el dolor («hiel») de la Pasión.


[1] Y otros poemas repiten distintos estribillos: «con unos ojuelos mira / que penetra el corazón»; «Quedito, que duerme ahí», etc.

La Navidad en las letras españolas: siglo XVI

«Gloria a Dios en las alturas y paz al hombre en la tierra.» 

Esta noche es Nochebuena, y el Gobernador de la Ínsula Barañaria quiere desear a todos los insulanos, lectores y amigos, una muy feliz y literaria Navidad.

Muchas gracias a todos por vuestra fidelidad a este blog de Letras…

Siguiendo con el siglo XVI, entre la poesía de Santa Teresa de Jesús encontramos varias composiciones pertenecientes al ciclo de Navidad, por ejemplo dos glosas «Al Nacimiento de Jesús». La primera de ellas glosa el estribillo:

¡Ah, pastores que veláis
por guardar vuestro rebaño,
mirá que os nace un Cordero,
Hijo de Dios soberano!

El poema se construye con diversos juegos inspirados en los nombres de Cristo como Cordero y, a la vez, Pastor. La segunda glosa parte de estos versos:

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios onipotente.

Y en la composición aparecen los nombres pastoriles tradicionales de Gil, Bras, Menga o Llorente. Otra composición de la santa «Al Nacimiento del Niño Dios» repite:

—Mi gallejo, mira quién llama.
—Ángeles son, que ya viene el alba.

Otro poema «para Navidad» canta:

Pues el amor
nos ha dado Dios,
ya no hay que temer,
muramos los dos.

Y otro más, «En la festividad de los Santos Reyes», anuncia gozoso:

Pues que la Estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

En fin, Santa Teresa cuenta además en su haber poético con varios poemas dedicados «A la circuncisión» de Jesús.

Nacimiento de Cristo

Por su parte, fray Ambrosio de Morales, otro autor del siglo XVI, redactó unas coplas para ser cantadas, dedicadas a ensalzar la dignidad de la Virgen María, que repiten como estribillo:

Aquella Estrella del norte,
tan sobida,
esperanza es y conhorte[1]
de mi vida.


[1] conhorte: consuelo.

La Navidad en las letras españolas: introducción y orígenes medievales

El tema de la Navidad en las letras españolas constituye una materia muy amplia, ya que son muchos los escritores que a través de los siglos han querido cantar el Nacimiento de Dios, y lo han hecho en los tres grandes géneros literarios: el narrativo, el lírico y el dramático. En sucesivas entradas iré trazando un largo (pero a la fuerza selectivo) recorrido panorámico. Pero, antes que nada, tal vez convendría comenzar recordando la etimología de la palabra Navidad, que es un semicultismo derivado del latín nativitas, -atis y significa ‘nacimiento’. La poesía de Navidad canta, en efecto, el Nacimiento de Jesús, del Niño-Dios Salvador.

Ese sería el significado stricto sensu, aunque tradicionalmente el ciclo de Navidad ha estado asociado al ciclo de Epifanía (literalmente ‘manifestación’), es decir, el relativo a la Adoración de los Reyes Magos. Por ello, en todas estas entradas del blog hablaré de la Navidad en sentido lato, tanto para referirme a los poemas dedicados al nacimiento como a los relativos a la adoración, o a otros aspectos relacionados con las fechas y fiestas navideñas[1], porque —como certeramente ha escrito Miguel Zugasti—, «desde los primeros tiempos de la literatura española se observa una estrecha vinculación y fuertes relaciones de dependencia entre ambos ciclos: el de Navidad y el de Epifanía»[2]. Según indicaba al comienzo, han sido muy numerosos los poetas —navarros, españoles, hispanos, y de otras latitudes— que a lo largo del tiempo se han inspirado en la fiesta de la Navidad, circunstancia puesta también de relieve por Zugasti:

Muchos son los autores antiguos y modernos que nos han embargado alguna vez con la magia de estos temas. Ni que decir tiene que el paso de los años y los cambios de estética, mentalidad o género literario acarrean notables variaciones en su tratamiento artístico, pero siempre se detecta en estas composiciones decembrinas un pulso uniforme, una homogeneidad anímica que late en la globalidad de textos y autores. Unos inciden más en la propagación de la buena nueva, otros en lo que ésta tiene de prodigioso, otros ahondan en el misterio de la Encarnación, otros buscan una adecuación a la problemática actual enlazando el nacimiento de Jesús con la vida de los marginados y desamparados, otros, en fin, se valen de la Navidad para plantear un conflicto humano entre los personajes[1].

Examinaremos, pues, cómo ha sido tratado poéticamente el tema de la Navidad, primero en la literatura española en general, luego específicamente en los autores navarros.

Nacimiento de Cristo

Tenemos, pues, que la Navidad ha estado siempre muy presente en la literatura y han sido muchos los autores que nos han dejado sus peculiares pregones navideños en forma de versos (y también de cuentos, narraciones o piezas dramáticas). Como ha escrito Víctor Manuel Arbeloa: «Para todos los poetas la Navidad es un reto. Que puede ser, de nuevo, poéticamente afrontado»[4]. Reto, ciertamente, porque el tema navideño viene impuesto, es un pie poético forzado, y la originalidad debe estar, más que en el contenido del poema, en el enfoque o el tratamiento que se dé a ese tema.

Para empezar nuestro recorrido histórico, debemos remontarnos hasta la literatura de la época medieval y renacentista. De hecho, algunas de las piezas teatrales más antiguas que conservamos son precisamente autos de Navidad (el anónimo Auto de los Reyes Magos, de hacia 1200[5], o —unos siglos después— las piezas de Gómez Manrique, Juan del Encina o Gil Vicente). En estas un ángel suele anunciar el nacimiento de Cristo a unos rústicos pastores, que expresan su sorpresa y su alegría en un convencional dialecto literario denominado sayagués. De Gómez Manrique, primer autor dramático castellano (siglo XV), debemos mencionar la pieza titulada La representación del nacimiento de Nuestro Señor, donde, además del misterio de la Encarnación, se anticipa la Pasión de Cristo —algo que será muy habitual en este tipo de poesía— a través de los distintos martirios que presentan al Niño: cáliz, astelo ‘columna’ y soga, azotes, corona de espinas, cruz, clavos y lanza. Junto a los pasajes propiamente dramáticos, hay otros de subido lirismo, como la «Canción para callar al Niño», que comienza así:

Callad vos, Señor,
nuestro Redentor,
que vuestro dolor
durará poquito.
Ángeles del cielo,
venid, dad consuelo
a este mozuelo
Jesús tan bonito.

Dejando aparte otros textos (algunos villancicos de Juan Álvarez Gato, poeta también del siglo XV), de Gil Vicente podemos recordar su famoso «Villancete», que presenta estructura de nana:

Ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!

Ro, ro, ro…
Niño, hijo de Dios Padre,
Padre de todas las cosas,
cesen las lágrimas vuesas:
no llorara vuesa Madre,
pues sin dolor os parió;
ro, ro, ro…
¡no le deis vos pena, no!

Ora, Niño, ro, ro, ro…
nuestro Dios y Redentor,
¡no lloréis, que dais dolor
a la Virgen que os parió!
Ro, ro, ro…


[1] El Diccionario de la Real Academia Española recoge como tercera acepción de navidad: «Tiempo inmediato [al día en que se celebra la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo], hasta la festividad de Reyes».

[2] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997. Agradezco al Prof. Zugasti su generosa amabilidad al facilitarme el texto, inédito, de su conferencia.

[3] Miguel Zugasti, «La poesía de Navidad en la literatura española», conferencia dictada en Pamplona, Universidad de Navarra, el 17 de diciembre de 1997.

[4] Víctor Manuel Arbeloa, La Navidad en la poesía navarra de hoy, Pamplona, edición del autor, 1987, p. 90.

[5] Se ha conservado incompleto. En la escena inicial, según el texto que ha llegado hasta nosotros, Gaspar, solo, exclama al descubrir la estrella en el cielo: «Dios criador; ¡cuál maravilla! / ¡No sé cuál es aquesta estrella! / Agora primas la he veída, / poco tiempo ha que es nacida. / ¿Nacido es el Criador / que es de las gentes señor?» (Antología de la literatura española de los siglos XI al XVI, selección y notas de Germán Bleiberg, Madrid, Alianza Editorial, 1976, p. 759).

Cervantes poeta: sonetos de Gelasia y Elicio

Va el comentario de los dos últimos sonetos que selecciono de La Galatea. Es el primero, el famoso de Gelasia, un buen soneto, de gran tensión poética, construido con una serie de interrogaciones retóricas y un hermosísimo verso final con el que la pastora pondera su entera libertad para amar o no amar[1]. Gelasia protesta contra el «falso amor» (v. 11) y añade una enumeración de sus perniciosos efectos. Para Vicente Gaos, es una de las más logradas composiciones líricas cervantinas y una de las más bellas poesías españolas, injustamente no incluida en las antologías. Pedro Ruiz Pérez ha señalado el contraste bitemático que establece la estructura polar manierista y el rotundo terceto final con la aparición del yo lírico, que rompe la trabada estructura paralelística[2]. Por mi parte, no dejo de preguntarme si la repetición del adjetivo frescas en el segundo verso es voluntaria, con función estilística, o tal vez un error en la transmisión textual (en mi opinión, el verso sonaría mejor evitando esa repetición, con adjetivos distintos aplicados a cada sustantivo: podría ser algo así como «las frescas yerbas y las claras fuentes»).

¿Quién dejará del verde prado umbroso
las frescas yerbas y las frescas fuentes?
¿Quién de seguir con pasos diligentes
la suelta liebre o jabalí cerdoso?

¿Quién, con el son amigo y sonoroso,
no detendrá las aves inocentes?
¿Quién, en las horas de la siesta ardientes,
no buscará en las selvas el reposo,

por seguir los incendios, los temores,
los celos, iras, rabias, muertes, penas,
del falso amor, que tanto aflige al mundo?

Del campo son y han sido mis amores;
rosas son y jazmines mis cadenas;
libre nascí, y en libertad me fundo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 137b)

 Rosas y cadenas

En el soneto de Elicio, el yo lírico, que se encuentra en una situación de peligro en alta mar, amenazado por la tormenta, hace un voto: si sale con vida, dirá que el Amor es un gran bien y que pueden darse por buenos todos sus padecimientos; en el ejercicio amoroso no hay un justo medio, sino que todo es extremo. El soneto se construye con algunos versos paralelísticos, destacando además el quiasmo que articula los versos 10-11.

Si deste herviente mar y golfo insano,
donde tanto amenaza la tormenta,
libro la vida de tan dura afrenta
y toco el suelo venturoso y sano,

al aire alzadas una y otra mano,
con alma humilde y voluntad contenta,
haré que amor conozca, el cielo sienta,
qu’el bien les agradezco soberano.

Llamaré venturosos mis sospiros,
mis lágrimas tendré por agradables
por refrigerio el fuego en que me quemo.

Diré que son de Amor los recios tiros
dulces al alma, al cuerpo saludables,
y que en su bien no hay medio, sino estremo.

(La Galatea, Libro VI, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 141a)


[1] Se trata de un personaje claramente emparentado con la Marcela del Quijote y su discurso sobre la libertad (compárese el verso 14 con las palabras de aquella otra pastora en I, 14: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos», ed. Rico, p. 154). Para ambas mujeres la libertad es la piedra fundamental de su sicología y su ética: «“Libre nací y en libertad me fundo”, canta Gelasia en La Galatea. Y esa libertad irrenunciable se refleja necesariamente en el desembarazo del estilo, en la desnudez de afeites retóricos y literarios —“rosas son y jazmines mis cadenas”, acaba de cantar Gelasia—, en la variabilidad y aparente anarquía del humor, en la falta de prejuicio técnico. Por ese sentimiento hondísimo de libertad, Cervantes creó la novela como género y la mayor novela como ejemplo. Pudo hacer otro tanto con la poesía, si para ello le hubiera asistido la gracia que no quiso darle el cielo. Al menos, él no se paró en barras y se comportó en verso con el mismo desparpajo y el mismo arrojarse por la calle de en medio de su inventora prosa» (Gerardo Diego, «Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, pp. 219-220). Eugenio Florit, «Algunos comentarios sobre la poesía de Cervantes», Revista Hispánica Moderna, XXXIV, 1968, p. 271 lo juzga así: «Soneto que es una bellísima contribución a la poesía de la vida retirada».

[2] «Y frente a la tensión de ese primer terceto, la sencillez formal de los tres últimos versos, “uno de los mejores tercetos de toda la poesía española”, en opinión de Blecua. En ellos, postergada según el esquema característico del soneto manierista, Cervantes concentra, con una capacidad de economía expresiva reservada únicamente al gran poeta, una apretada síntesis de elementos renacentistas, articulados en torno a una formulación del “Beatus ille” horaciano adecuada a la configuración ofrecida por el contexto de las convenciones de la novela pastoril en que se enmarca» (Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 176).

Cervantes poeta: sonetos de Erastro y Timbrio

Sigo comentando sonetos insertos en la prosa de La Galatea. En el primero de ellos, el yo lírico, cuya voz corresponde a Erastro, pondera su voluntad de seguir amando, su constancia amorosa, pese a las dificultades que encuentra: caminos ásperos, noche cerrada, oscura y fría, falta de fuerzas, cercanía de la muerte. A pesar de todo, tiene fe para seguir firme su difícil camino, calificado como «estrecha vía» (v. 6). El primer terceto introduce una alegoría muy grata a Cervantes, la de la vida (en particular la vida amorosa) como navegación: en medio de los peligros del mar, y puesto casi al borde de la muerte («morir me veo», v. 5), el yo lírico espera llegar a un puerto seguro de salvación, siendo su fe amorosa la luz que le guía, a modo de faro, en la oscuridad.

Por ásperos caminos voy siguiendo
el fin dudoso de mi fantasía,
siempre en cerrada noche escura y fría
las fuerzas de la vida consumiendo.

Y, aunque morir me veo, no pretendo
salir un paso de la estrecha vía;
que en fe de la alta fe sin igual mía,
mayores miedos contrastar entiendo.

Mi fe es la luz que me señala el puerto
seguro a mi tormenta, y sola es ella
quien promete buen fin a mi viaje,

por más que el medio se me muestre incierto,
por más que el claro rayo de mi estrella
me encubra amor, y el cielo más me ultraje.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 108a)

En el segundo soneto de hoy, es Timbrio quien pondera su constancia amorosa, su esperanza bien fundada, su firmeza en el amor: su sentimiento, afirma, no sufrirá ningún cambio, y antes se acabará su vida que su confianza. La piedra de toque para el pecho enamorado es el tormento, y él sigue constante pese a todos los peligros, simbolizados aquí en los monstruos marítimos Scila y Caribdis.

Scila y Caribdis

Encontramos, pues, de nuevo la consideración del amor como una peligrosa navegación, en medio de la tormenta, de la que solo se salvan los que tienen la constancia y la fe de llegar a seguro puerto. Cabe destacar además el hermoso remate del soneto, con dos bellos versos bimembres y la paronomasia de mar / amor.

Tan bien fundada tengo la esperanza,
que, aunque más sople riguroso viento,
no podrá desdecir de su cimiento:
tal fe, tal fuerza y tal valor alcanza.

Tan lejos voy de consentir mudanza
en mi firme amoroso pensamiento,
cuan cerca de acabar en mi tormento
antes la vida que la confianza.

Que si al contraste del amor vacila
el pecho enamorado, no meresce
del mesmo amor la dulce paz tranquila.

Por esto el mío, que su fe engrandece,
rabie Caribdis o amenace Cila,
al mar se arroja y al amor se ofresce.

(La Galatea, Libro V, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 109a-b)

Cervantes poeta: sonetos de Lenio y Damón

Seguimos con el comentario de poemas incluidos en La Galatea. También el de Lenio es un soneto artificioso, basado en la definición, no tanto del amor, sino de las raíces de donde nace el sentimiento amoroso (en la serie enumerativa de los dos cuartetos), caracterizado aquí como quimera (v. 10). En el segundo terceto se añade la idea de la desazón en que vive perpetuamente el alma enamorada, ya que no merece (‘no puede’) morar (‘encontrar descanso’) ni en la tierra ni en el cielo.

Un vano, descuidado pensamiento,
una loca, altanera fantasía,
un no sé qué, que la memoria cría,
sin ser, sin calidad, sin fundamento;

una esperanza que se lleva el viento,
un dolor con renombre de alegría,
una noche confusa do no hay día,
un ciego error de nuestro entendimiento,

son las raíces proprias de do nasce
esta quimera antigua celebrada
que amor tiene por nombre en todo el suelo.

Y el alma qu’en amor tal se complace,
meresce ser del suelo desterrada,
y que no la recojan en el cielo.

(La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 31a)

En el segundo soneto que comento hoy, el yo lírico, el pastor Damón, canta la crueldad de la desdeñosa Amarili. En el primer cuarteto encontramos el tópico neoplatónico del retrato de la amada impreso en el alma del amante, con la contraposición de semas que connotan ‘blandura’ / ‘dureza’ (blanda cera / duro mármol). El primer terceto apela a la imagen emblemática de la vid y el olmo enlazados para simbolizar la unión del amor y la esperanza[1], mientras que en el segundo —rematado con un bello verso trimembre— aparece el motivo clásico del llanto sin fin del amante.

 Emblema de la vid y el olmo enlazados

Más blando fui que no la blanda cera,
cuando imprimí en mi alma la figura
de la bella Amarili, esquiva y dura
cual duro mármol o silvestre fiera.

Amor me puso entonces en la esfera
más alta de su bien y su ventura;
y agora temo que la sepultura
ha de acabar mi presumpción primera.

Arrimóse el amor a la esperanza
cual vid al olmo y fue subiendo apriesa;
mas faltóle el humor, y cesó el vuelo:

no el de mis ojos, que por larga usanza,
Fortuna sabe bien que jamás cesa
de dar tributo al rostro, al pecho, al suelo.

(La Galatea, Libro II, en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 41b)


[1] Véase para este motivo Aurora Egido, «Variaciones sobre la vid y el olmo en la poesía de Quevedo: “Amor constante más allá de la muerte”», en Víctor García de la Concha (ed.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232; y también Ignacio Arellano, «Visiones y símbolos emblemáticos en la poesía de Cervantes», Anales cervantinos, 34, 1998, pp. 169-212.

Cervantes poeta: un soneto de Galatea en «La Galatea»

GalateaLa clasificación de la poesía cervantina podría hacerse por temas, géneros y estilos: poesía seria (amorosa, pastoril…), poesía satírico-burlesca, etc. O en función de las formas métricas utilizadas (poesía tradicional castellana vs. poesía italianizante). O bien atendiendo a su forma de publicación, con cuatro núcleos fundamentales: poesía incorporada a su narrativa, poesía inserta en su teatro, poemas sueltos y, aparte, el Viaje del Parnaso. Sea como sea, puede afirmarse que la poesía de Cervantes constituye un muestrario de los principales temas y preocupaciones presentes en el conjunto de su obra: el amor, la mujer, el mundo pastoril, la guerra y las armas, la libertad, la amistad, la reflexión sobre la literatura, la alegoría y el simbolismo, temas circunstanciales, etc. Pues bien, en sucesivas entradas del blog iré reproduciendo algunos poemas cervantinos, que irán acompañados por un breve comentario explicativo.

Comenzaremos hoy con un soneto de Galatea incluido en La Galatea (1585), novela pastoril de Cervantes en la que encontramos por definición genérica la mezcla de prosa y verso[1]. Entre las poesías abundan los sonetos. Este de Galatea es un texto muy artificioso, con un marcado estilo manierista[2], que se basa en series cuatrimembres continuadas: fuego … abrasa … consuma / lazo … aprieta … ciña / yelo … enfría … yele / flecha … hiere … mate (en los cuartetos);  fuego / ñudo / nieve / flecha y fuego / lazo / dardo / yelo (en los tercetos):

Afuera el fuego, el lazo, el yelo y flecha
de amor, que abrasa, aprieta, enfría y hiere;
que tal llama mi alma no la quiere,
ni queda de tal ñudo satisfecha.

Consuma, ciña, yele, mate; estrecha
tenga otra la voluntad cuanto quisiere,
que por dardo, o por nieve, o red no’spere
tener la mía en su calor deshecha.

Su fuego enfriará mi casto intento,
el ñudo romperé por fuerza o arte,
la nieve deshará mi ardiente celo,

la flecha embotará mi pensamiento;
y así no temeré en segura parte
de amor el fuego, el lazo, el dardo, el yelo[3].

El poema sirve a Galatea para mostrar su rechazo del sentimiento amoroso, al afirmar categóricamente que el amor jamás la tendrá sujeta (puede compararse con otro soneto de la misma obra, el de Gelasia que comienza «¿Quién dejará del verde prado umbroso / las frescas yerbas y las frescas fuentes? »).

Portada de La Galatea (1585)


[1] Para las funciones poéticas en La Galatea, véase Alicia Pérez Velasco, El diálogo verso-prosa en «La Galatea» de Cervantes, Ann Arbor (Michigan), UMI, 1991; Marcella Trambaioli, «La utilización de las funciones poéticas en La Galatea», Anales cervantinos, XXXI, 1993, pp. 51-73; y José Manuel Trabado Cabado, Poética y pragmática del discurso lírico: el cancionero pastoril de «La Galatea», Madrid, CSIC-Instituto de la Lengua Española, 2000. Los poemas de La Galatea los ha editado exentos Alfonso Martín Jiménez, Poemas de «La Galatea», Dueñas (Palencia), Simancas, 2002, dos vols.

[2] Para el manierismo de la poesía cervantina, véase José Miguel Caso González, «Cervantes, del Manierismo al Barroco», en Homenaje a José Manuel Blecua, Madrid, Gredos, 1983, pp. 141-150; y Pedro Ruiz Pérez, «El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 165-177.

[3] Miguel de Cervantes, La Galatea, Libro I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 25b.

Federico García Lorca: resumen biográfico (de 1933 a 1936)

1933-1936 Los últimos años

1933 Estreno de Bodas de sangre en el Teatro Beatriz de Madrid, y de Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín en el Teatro Español. Se publica en México la «Oda a Walt Whitman».

1933-1934 Triunfal estancia en Argentina y Uruguay. En Buenos Aires da conferencias y asiste a las clamorosas representaciones de Mariana Pineda, Bodas de sangre y La zapatera prodigiosa. Conoce a Pablo Neruda. Bodas de sangre alcanza un gran éxito, sobrepasando las cien representaciones. Estancia en Montevideo, donde pronuncia varias conferencias. Regresa a España en el mes de mayo. Muere en la plaza de toros de Manzanares (Ciudad Real) su amigo el torero Ignacio Sánchez Mejías. Continúan las representaciones de La Barraca. Pasa a limpio el original de Diván del Tamarit. Estreno triunfal de Yerma en Madrid por la compañía de Margarita Xirgu.

Federico García Lorca

1935 Publica el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías. Trabaja en Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Estancia en Barcelona, donde da conferencias y asiste a las representaciones de Yerma y Bodas de sangre. Estrena Doña Rosita la soltera y trabaja en los Sonetos. La compañía de Lola Membrives estrena La zapatera prodigiosa en el Teatro Coliseum de Madrid.

1936 Concluye La casa de Bernarda Alba, que no se representará hasta 1945, en Buenos Aires. Participa en un homenaje a Luis Cernuda. El 13 de julio sale de Madrid hacia Granada. El 18 de julio se produce el Alzamiento militar contra el gobierno de la República. El 16 de agosto es detenido. En la madrugada del 18 de agosto es asesinado en el camino de Víznar a Alfacar (Granada). Deja inédita e inconclusa una abundante obra. Se publican después de su muerte Primeras canciones.

Algunos problemas que plantea la poesía de Cervantes

Al tratar de valorar la capacidad lírica de Cervantes, nos enfrentamos con algunos problemas o dificultades, que me obligan a añadir las siguientes consideraciones:

1) Por un lado, la comparación inevitable con su prosa (la del Quijote, sobre todo), cuya calidad cimera hace que quede oscurecido o en un segundo plano de interés —y de atención por parte de la crítica— el resto de su producción[1] (las demás novelas que no son el Quijote, el teatro y la poesía).

2) Por otra parte, el juicio negativo de sus contemporáneos: sin duda, a muchos de ellos les escoció el éxito obtenido en 1605 por el advenedizo Cervantes, y sus jóvenes rivales en la república de las letras no estaban dispuestos a conceder también al maduro escritor su reconocimiento como buen poeta. Lope, en carta de 4 de agosto de 1604 al duque de Sessa, escribía: «Muchos poetas hay en jerga, pero ninguno tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote». Pedro de Espinosa no lo incluyó en sus Flores de poetas ilustres (Valladolid, 1605). Melo lo llamó «Poeta infecundo, cuanto felicísimo prosista». Esteban Manuel de Villegas, en la segunda parte de sus Eróticas (1618), consignaba estos versos: «Irás del Helicón a la conquista / mejor que el mal poeta de Cervantes, / donde no le valdrá ser quijotista». Habría que sumar a estas otras diatribas de Cristóbal Suárez de Figueroa, de Vicente Espinel y de Baltasar Gracián. En cambio en el Laurel de Apolo, de 1631, Lope rectifica su juicio y se permite elogiar a quien en vida fue uno de sus mayores rivales literarios, ya fallecido varios años atrás:

En la batalla donde el rayo Austrino,
hijo inmortal del Águila famosa,
ganó las hojas del laurel divino
al rey del Asia, en la campaña undosa,
la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
no su ingenio, que en versos de diamantes,
los de plomo volvió con tanta gloria,
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria,
porque se diga que una mano herida
pudo dar a su dueño eterna vida.

3) Podemos sumar a esto algunas afirmaciones del propio Cervantes, dichas irónicamente, pero tomadas la mayor parte de las veces al pie de la letra, como el famoso terceto del Viaje del Parnaso al que aludía en una entrada anterior o el prólogo a sus Ocho comedias, donde recoge la opinión corriente de que «de mi prosa se podía esperar mucho, pero que del verso, nada» (en Obras completas, ed. Sevilla Arroyo, p. 878a).

Portada de Viaje del Parnaso (1614)

También en el escrutinio de la biblioteca de don Quijote, al encontrar el barbero un ejemplar de La Galatea, afirma el cura: «Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos» (Quijote, I, 6, ed. Rico, p. 86). Pero, sea como sea, no nos queda duda de que Cervantes apreciaba notablemente su obra poética, a tenor de versos como los siguientes:

Aquel que de poeta no se precia,
¿para qué escribe versos y los dice?
¿Por qué desdeña lo que más aprecia?

Jamás me contenté ni satisfice
de hipócritos melindres. Llanamente
quise alabanzas de lo que bien hice.

(Viaje del Parnaso, IV, vv. 337-342, ed. Herrero García, pp. 261-262)

4) Otra cuestión distinta es el arcaísmo de la poesía de Cervantes; estamos, en efecto, ante un autor que se incorpora tarde, con mucho retraso, al mundillo literario de su época: Julián Marías, en su libro Cervantes clave española, ha puesto de relieve que nuestro autor fue, cronológicamente, un hombre del XVI, pero un escritor del XVII (por la fecha de publicación de sus principales obras, acumuladas en esa «década prodigiosa» que va de 1605 a 1615[2]). No obstante, con relación a su poesía, Gerardo Diego señala que Cervantes es por su estilo y maneras un poeta muy siglo XVI, muy 1560, aunque esos textos líricos suyos se dan a conocer mucho más tarde. Hay, en efecto, en el Cervantes poeta —y lo mismo en el Cervantes dramaturgo— un desfase motivado por los más de diez años que pasa fuera de España (sirviendo como soldado y cautivo en Argel). Además, cuando por fin regresa a España y se incorpora al quehacer literario, está surgiendo ya otra generación de escritores, en la que van a brillar con luz propia poetas de la talla de Lope, Góngora o Quevedo.

5) En fin, la poesía de Cervantes constituye un corpus poco estudiado y, en ocasiones, mal entendido. Ya vimos que, entre la crítica, ha tenido defensores apasionados y acérrimos detractores. Algunos textos poéticos suyos se conocen mucho (por ejemplo, su celebérrimo soneto al túmulo de Felipe II que comienza «Voto a Dios que me espanta esta grandeza…») mientras que otros han quedado en el más completo olvido. Un par de detalles significativos: Quintana no seleccionó a Cervantes en los cuatro volúmenes de sus Poesías selectas castellanas, desde el tiempo de Juan de Mena a nuestros días (Madrid, 1830); y tampoco Menéndez Pelayo incluyó ninguna composición cervantina en sus Cien mejores poesías líricas de la lengua castellana.


[1] Escribe Gerardo Diego: «Ahora bien, es muy fácil decir: Vamos a juzgar la poesía de Cervantes en sí misma, olvidando quién fue su autor. Es muy fácil decirlo, pero resulta imposible realizarlo. Y esta imponente sombra del Cervantes verdaderamente grande se proyecta sobre su poesía, falsea su luz y nos mantiene siempre frente a ella inquietos y problemáticos. Y no es solo la sombra de una obra fraterna y grandiosa. Es también que Cervantes, Miguel de Cervantes Saavedra, se mantiene tan incorporado, tan corpóreo, tan indesarraigable en sus versos que de ningún modo podemos olvidarle. No hay más que un Cervantes. Y este Cervantes de los versos le sentimos y palpamos tan vivo y caliente como al entrañable amigo de los prólogos, dedicatorias, adjuntas y confidencias en prosa» («Cervantes y la poesía», Revista de Filología Española, XXXII, 1948, p. 217).

[2] Véase Julián Marías, Cervantes clave española, Madrid, Alianza Editorial, 2003, pp. 61-73.

Federico García Lorca: resumen biográfico (de 1925 a 1932)

1925-1928 Publicaciones y vida pública

1925 Termina Mariana Pineda. En primavera tiene lugar su primera estancia en Cadaqués, en casa de la familia Dalí.

1926 Realiza numerosas excursiones, principalmente por las Alpujarras, con Manuel de Falla. La familia adquiere la Huerta de San Vicente, en la Vega granadina, donde pasa frecuentes temporadas. La Revista de Occidente publica su «Oda a Salvador Dalí». Lee en el Ateneo de Valladolid poemas de sus libros en preparación (Suites, Canciones, Cante jondo y Romancero gitano).

1927 Publica el libro Canciones. Segunda estancia en Cataluña. La compañía de Margarita Xirgu estrena Mariana Pineda en el Teatro Goya de Barcelona. El grupo de L’Amic de les Arts (S. Gasch, J. V. Foix, L. Montanya, S. Dalí…) organiza, en las Galerías Dalmau de Barcelona, una exposición de sus dibujos. La compañía de Margarita Xirgu estrena Mariana Pineda en el Teatro Fontalba de Madrid. Conoce a Vicente Aleixandre. En diciembre, el Ateneo de Sevilla, en ocasión del Homenaje a Góngora, organiza una lectura de Federico García Lorca, Dámaso Alonso, Jorge Guillén, Gerardo Diego, Juan Chabás, José Bergamín y Rafael Alberti. Conoce a Luis Cernuda y Joaquín Romero Murube.

1928 Un grupo de intelectuales granadinos, dirigidos por Federico García Lorca, funda la revista Gallo, de la que se publicarán dos números. Publica en la Revista de Occidente su primer Romancero gitano. Publica, de modo parcial, la «Oda al Santísimo Sacramento del altar». Lee en la Residencia de Estudiantes la conferencia «Canciones de cuna españolas».

 Federico García Lorca

1929-1932 Entre América y España

1929 Segunda edición de Canciones. Estreno de Mariana Pineda en Granada. En junio sale para los Estados Unidos, vía París-Londres, en compañía de Fernando de los Ríos, arribando a Nueva York. Se matricula en la Universidad de Columbia. Frecuenta teatros, cines, museos y se apasiona por el jazz. Veranea en Vermont, huésped de Philip Cummings, y luego en Catskill Mountains, con Ángel del Río. De vuelta a Nueva York se instala en el John Jay Hall de la Universidad de Columbia, donde permanecerá hasta enero de 1930. Comienza a trabajar en lo que será Poeta en Nueva York, escribe el guión de Viaje a la luna y empieza El público.

1930 Pronuncia algunas conferencias en la Universidad de Columbia y en el Vassar College. El torero Ignacio Sánchez Mejías y la cantante La Argentinita le visitan en Nueva York. Invitado por la Institución Hispano-Cubana de Cultura marcha a La Habana, donde pronuncia varias conferencias y termina El público. De vuelta en España, estrena en Madrid la versión breve de La zapatera prodigiosa.

1931 Publica algunos poemas de Poeta en Nueva York y Poema del cante jondo. Termina Así que pasen cinco años. Dirige y funda con Eduardo Ugarte el teatro universitario ambulante La Barraca. Conferencia y lectura de poemas de Poeta en Nueva York en la Residencia de Señoritas de Madrid.

1932 Conferencias en Valladolid, Sevilla, Salamanca, La Coruña, San Sebastián y Barcelona. Escribe Bodas de Sangre. Exposición de dibujos en el Ateneo Popular de Huelva. Primera salida de La Barraca, que representa obras del teatro clásico español en varios pueblos de la Península.

Ir a los años 1898-1924

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