El taller narrativo del «Persiles»: ejes estructurantes

Los trabajos de Persiles y SigismundaPues bien, consideremos ahora el Persiles como un amplio y complejo taller de escritura. La primera idea que convendría destacar es que nos encontramos ante una novela perfectamente unificada tanto estructural como semánticamente, ante un relato complejo, sí, pero en el que todas sus partes se integran literariamente, según la idea clásica de unidad dentro de la variedad. ¿Cómo consigue Cervantes que esto sea así?

Tenemos en el Persiles una serie de palabras clave o ejes estructurantes imprescindibles para entenderlo mejor: trabajos, amor, celos, deseo Detengámonos en este último elemento. Hay un momento, en el libro II, capítulo 4, cuando los personajes se hallan en el palacio del rey Policarpo, en el que el narrador afirma: «Todos deseaban, pero a ninguno se le cumplían sus deseos: condición de la naturaleza humana, que, puesto que Dios la crió perfecta, nosotros, por nuestra culpa, la hallamos siempre falta, la cual falta siempre la ha de haber mientras no dejáremos de desear» (p. 729b[1]). Estas palabras las debemos poner en relación con el aforismo que estampa Diego de Ratos en el libro del español: «No desees, y serás el más rico hombre del mundo» (p. 804b). Pero esto es algo difícil de cumplir porque los deseos son infinitos, como en otro lugar se explicita: «En esta vida, los des[e]os son infinitos, y unos se encadenan de otros, y se eslabonan, y van formando una cadena que tal vez llega al cielo, y tal se sume en el infierno» (p. 817b).

Para la pareja protagonista, el deseo más importante es el de llegar a Dios: «Como están nuestras almas siempre en continuo movimiento, y no pueden parar ni sosegar sino en su centro, que es Dios, para quien fueron criadas, no es maravilla que nuestros pensamientos se muden» (p. 760b). Esta idea agustiniana se repite como un leit motiv a lo largo de la novela; en sentido similar se expresa Auristela en IV, 10, en conversación con Periandro: «Nuestras almas, como tú bien sabes, y como aquí me han enseñado [se refiere a la doctrina católica recibida en Roma], siempre están en continuo movimiento y no pueden parar sino en Dios, como en su centro» (p. 817b). El peregrinaje de los cuerpos ha llevado a los protagonistas a Roma; el movimiento de las almas los conduce a Dios[2]. El deseo, en sus distintas acepciones, es uno de los temas estructurantes del Persiles.

Otro de los ejes de la novela sería el binomio barbarie / civilización, bien estudiado por la crítica. Remito para este asunto al estado de la cuestión establecido por Pelorson[3].


[1] Todas las citas del Persiles serán por la edición de Florencio Sevilla Arroyo: Miguel de Cervantes, Obras completas, Madrid, Castalia, 1999.

[2] Para más detalles, ver Jean-Marc Pelorson, El desafío del «Persiles», Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2003, pp. 59-74.

[3] Ver Pelorson, El desafío del «Persiles», pp. 49-58. Remito también a Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

El propósito del «Persiles» y sus principales interpretaciones

Antes de entrar en materia, tal vez no sea ocioso recordar la altísima estima en que Cervantes tuvo esta obra, el «gran Persiles», como la denominó en un par de ocasiones. En efecto, el Persiles es una novela que nacía con voluntad de obra maestra, de inmortalizar a su autor, aunque la posteridad haya decidido que la obra verdaderamente imperecedera de Cervantes no fuera esta, sino el Quijote. Sería precisamente en la dedicatoria al conde de Lemos de la segunda parte donde escribió:

Con esto […] me despido, ofreciendo a Vuestra Excelencia Los trabajos de Persiles y Sigismunda, libro a quien daré fin dentro de cuatro meses, Deo volente, el cual ha de ser o el más malo o el mejor que en nuestra lengua se haya compuesto, quiero decir de los de entretenimiento; y digo que me arrepiento de haber dicho el más malo, porque según la opinión de mis amigos ha de llegar al estremo de bondad posible (Quijote, ed. Rico, p. 623).

Las EtiopicasLa intención declarada de la obra fue «competir con Heliodoro»[1], el autor de las Etiópicas o Teágenes y Cariclea; pero podríamos imaginar que, junto a ese propósito explícito, hay otro latente: competir con Lope de Vega, el gran rival literario, que en 1604 había dado a las prensas El peregrino en su patria[2]. Cervantes, ninguneado por sus contemporáneos como poeta; Cervantes, que hubo de ver cómo el Fénix de los Ingenios se alzaba con el cetro de la monarquía cómica y cerraba el paso a su producción dramática, no podía consentir que se le arrebatase también la gloria de ser el primer narrador de España, y para ello no le bastaba con el éxito cosechado con una obra narrativa eminentemente cómica, paródica, provocante a risa. Cervantes debía batirse también en el terreno de la narrativa seria que tomaba como modelo la novela griega. No olvidemos la gran estimación que de este género se tenía en la época, cuando los preceptistas (por ejemplo el Pinciano, en su Filosofía antigua poética de 1596) equiparan estas novelas de aventuras con la epopeya clásica, es decir, vienen a aceptar que es posible cultivar una épica en prosa[3].

Precisamente es este, como estudiara Riley, uno de los principios básicos sobre los que se asienta la teoría de la novela de Cervantes. Esta consideración nos ayuda a entender mejor las esperanzas depositadas por el ingenio alcalaíno en su Persiles. Es casi un lugar común recordar asimismo el célebre pasaje de Quijote, I, 47 en el que el canónigo toledano esboza su idea —la idea de Cervantes, si consideramos aquí al personaje portavoz del escritor— de lo que había de ser la novela ideal de caballerías: una novela que, despojada de las exageraciones y extravagancias del género caballeresco, conservara sin embargo todos sus atractivos, ofreciendo al escritor un amplio campo para el desarrollo de su imaginación creadora (lo maravilloso) y manteniendo los principios de verosimilitud, unidad dentro de la variedad, decoro y ejemplaridad. Merece la pena recordar ese pasaje:

… y dijo que, con todo cuanto mal había dicho de tales libros, hallaba en ellos una cosa buena, que era el sujeto que ofrecían para que un buen entendimiento pudiese mostrarse en ellos, porque daban largo y espacioso campo por donde sin empacho alguno pudiese correr la pluma, describiendo naufragios, tormentas, rencuentros y batallas, pintando un capitán valeroso con todas las partes que para ser tal se requieren, mostrándose prudente previniendo las astucias de sus enemigos y elocuente orador persuadiendo o disuadiendo a sus soldados, maduro en el consejo, presto en lo determinado, tan valiente en el esperar como en el acometer; pintando ora un lamentable y trágico suceso, ahora un alegre y no pensado acontecimiento; allí una hermosísima dama, honesta, discreta y recatada; aquí un caballero cristiano, valiente y comedido; acullá un desaforado bárbaro fanfarrón; acá un príncipe cortés, valeroso y bien mirado; representando bondad y lealtad de vasallos, grandezas y mercedes de señores. Ya puede mostrarse astrólogo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente en las materias de estado, y tal vez le vendrá ocasión de mostrarse nigromante, si quisiere. […] Porque la escritura desatada destos libros da lugar a que el autor pueda mostrarse épico, lírico, trágico, cómico, con todas aquellas partes que encierran en sí las dulcísimas y agradables ciencias de la poesía y de la oratoria: que la épica tan bien puede escrebirse en prosa como en verso (Quijote, ed. Rico, pp. 549-550[4]).

Simplificando mucho, podríamos afirmar que hay dos grandes líneas de interpretación del Persiles por parte de la crítica, que —en teoría— no son necesariamente excluyentes o contradictorias: por un lado, están aquellos estudiosos que consideran el Persiles un libro serio, moralizante, portavoz de la ideología contrarreformista, los cuales insisten fundamentalmente en sus valores alegóricos (Casalduero, Vilanova, Avalle-Arce…); en el extremo contrario se sitúan los que consideran que se trata de un libro de entretenimiento[5]. Estos críticos ponen de relieve lo que hay en la novela de construcción narrativa, de juego, de distanciamiento, de ironía (en definitiva, se centran en el Persiles como taller de escritura similar al Quijote)[6].


[1] «Los Trabajos de Persiles, libro que se atreve a competir con Heliodoro, si ya por atrevido no sale con las manos en la cabeza» (prólogo a las Novelas ejemplares).

[2] Recordemos también el Clareo y Florisea de Núñez de Reinoso y la Selva de aventuras de Jerónimo de Contreras. Para el contexto de la novela griega, ver Antonio Vilanova, «El peregrino andante en el Persiles de Cervantes», Boletín de la Academia de Buenas Letras de Barcelona, 22, 1949, pp. 97-159; Stanislav Zimic, «El Persiles como crítica de la novela bizantina», Acta neophilologica, 3, 1970, pp. 49-64; Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; Emilia Inés Deffis de Calvo, «El cronotopo de la novela española de peregrinación: Miguel de Cervantes», Anales cervantinos, 28, 1990, pp. 99-106; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la edad de oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Ver Edward C. Riley, Teoría de la novela en Cervantes, trad. de Carlos Sahagún, Madrid, Taurus, 1962, p. 94.

[4] Ver Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970, p. 169.

[5] Así lo calificó el propio Cervantes, circunstancia que Riley explica así: «Lo llama obra de “entretenimiento”, pues aunque con él trató de dignificar la novela, pretendía, además de esto, que su último libro fuese una obra de alcance popular. El Persiles es una obra bizantina de ambiente contemporáneo y un libro de caballerías actualizado» (Teoría de la novela en Cervantes, p. 96).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

El «Persiles» de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco

Los_trabajos_de_Persiles_y_Sigismunda_(1617)Si Los trabajos de Persiles y Sigismunda ha sido, durante mucho tiempo, uno de los libros menos estudiados y peor entendidos de Cervantes, en las últimas décadas el panorama crítico ha cambiado notablemente, hasta el punto de poder afirmarse que la novela póstuma del ingenio complutense goza hoy día de una excelente salud. Recordemos que, si bien la obra alcanzó un rotundo éxito —superior incluso al del Quijote— en el momento de su aparición (con seis ediciones en 1617 y varias traducciones en los años inmediatos), más tarde cayó en un profundo olvido que duraría siglos[1].

El interés por ella empezó a recuperarse en el siglo XX: hitos importantes fueron la edición de 1914 de Schevill y Bonilla dentro de las Obras completas de Cervantes y la de Avalle-Arce en Castalia en 1969[2]; desde entonces, el interés se ha intensificado y hoy contamos con una exhaustiva edición crítica —la de Carlos Romero, en Cátedra, con un buen arsenal de notas y apéndices, que había alcanzado ya una tercera edición en 2003—, a lo que debemos añadir la publicación en los últimos años de varias monografías[3]. Como último detalle de ese renovado interés podemos mencionar la reciente celebración, en septiembre de 2003 y en Lisboa, del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas, con el Persiles como tema central. En definitiva, parece claro que estamos asistiendo a una profunda revalorización de la obra que pudiéramos considerar el testamento literario de Cervantes, y las entradas que le voy a dedicar quieren insistir en esa revalorización, poniendo de manifiesto su riqueza y también su complejidad narrativa.

En este sentido, al hablar del Persiles como paradigma del arte narrativo barroco, pretendo destacar la compleja construcción levantada por Cervantes, haciendo gala de su maestría narrativa, que se manifiesta en un hábil manejo de numerosos recursos técnicos y estructurales: no en balde en esta su última novela intenta llevar a la práctica su particular teoría narrativa, concretada en una novela de aventuras ideal. Suele repetirse, y con toda razón, que Cervantes se convierte con el Quijote en el creador de la novela europea moderna. Sin embargo, a ese proceso de renovación del género novelístico contribuye también el Persiles, una pieza que probablemente se ha ido escribiendo, en distintos periodos, coincidiendo o alternando con la redacción de la primera parte del Quijote, las Ejemplares y la segunda parte del Quijote, en esa década prodigiosa que va de 1605 a 1615. El Persiles es una obra rica en contenido ideológico, pero no menos rica también en su expresión artística; y aunque en cualquier obra literaria el fondo y la forma sean en última instancia inseparables, quisiera destacar —lo iremos viendo en los próximos días— algunos aspectos de la complejidad narrativa de la obra[4].


[1] Ver Rafael Osuna, «El olvido del Persiles», Boletín de la Real Academia Española, 48, 1968, pp. 55-75.

[2] Otros trabajos importantes de esas fechas fueron los siguientes: Carlos Romero, Introduzione al «Persiles» di Miguel de Cervantes, Venezia, Consiglio Nazionale delle Ricerche, 1968; Alban K. Forcione, Cervantes, Aristotle and the «Persiles», Princeton, Princeton University Press, 1970 y Cervantes’ Christian Romance. A Study of «Persiles y Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1972; Juan Bautista Avalle-Arce y Edward C. Riley (eds.), Suma cervantina, Londres, Tamesis, 1973; y Joaquín Casalduero, Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975.

[3] Ver, sobre todo, Diana de Armas Wilson, Allegories of Love: Cervantes’ «Persiles and Sigismunda», Princeton, Princeton University Press, 1991; Emilio Orozco Díaz, Cervantes y la novela del Barroco (del «Quijote» de 1605 al «Persiles»), edición, introducción y notas de José Lara Garrido, Granada, Universidad de Granada, 1992; Stephen Harrison, La composición de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Madrid, Pliegos, 1993; Aurora Egido, Cervantes y las puertas del sueño: estudios sobre «La Galatea», el «Quijote» y el «Persiles», Barcelona, PPU, 1994; Amy R. Williamsen, Co(s)mic Chaos. Exploring «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Newark, Juan de la Cuesta, 1994; Julio Baena, El círculo y la flecha: principio y fin, triunfo y fracaso del «Persiles», Chapel Hill, Department of Romance Languages-University of North Carolina, 1996; Isabel Lozano Renieblas, Cervantes y el mundo del «Persiles», Alcalá de Henares, Centro de Estudios Cervantinos, 1998; Maria Alberta Sacchetti, Cervantes’ «Los trabajos de Persiles y Segismunda»: a Study of Genre, Rochester, Tamesis, 2001; Jean-Marc Pelorson, El desafío del «Persiles», Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2003; y Jean-Pierre Sánchez (coord..), Lectures d’une œuvre. «Los trabajos de Persiles y Sigismunda» de Cervantes, Nantes, Éditions du Temps, 2003. La bibliografía, por supuesto, se ha seguido acumulando en los años posteriores.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «El Persiles de Cervantes, paradigma del arte narrativo barroco», en Ignacio Arellano y Eduardo Godoy (eds.), Temas del Barroco hispánico, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, pp. 197-219.

Mueren Micaela de Luján y Juana de Guardo, y reaparece Jerónima de Burgos

Por esas fechas, más o menos, debió de morir también la amante de Lope, Micaela de Luján[1]. Durante un tiempo se cierran los teatros por la muerte de la reina Margarita. Su esposa Juana sigue enferma, y finalmente fallecería el 13 de agosto de 1613, a los pocos días de dar a luz a Feliciana. «El dolor por la esposa perdida es breve y pasajero, como tantos sentimientos de Lope», apostilla Felipe Pedraza. En la Epístola a Amarilis escribe:

Feliciana el dolor me muestra impreso
de su difunta madre en lengua y ojos;
de su parto murió, triste suceso.

El testamento de la esposa da cuenta de la apurada situación económica por la que atravesaba la familia: falta de dinero, joyas empeñadas, etc. Viudo por segunda vez, pobre y mayor, Lope recogerá tiempo después en la casa de la calle de Francos a Marcela y Lopito, los hijos tenidos con Micaela de Luján. Pasados diez días de la muerte de su mujer se le concede el privilegio para publicar en Aragón las Rimas sacras.

Rimas sacras, de Lope de Vega

A mediados de septiembre de 1613 Lope está en la comitiva que acompaña a Felipe III a Segovia, Burgos y Lerma, para colaborar en los espectáculos cortesanos, y allí convive con la actriz Jerónima de Burgos que era, en palabras de Pedraza, «su amante intermitente desde 1607». En carta del 23 de septiembre escribe al de Sessa:

Yo, señor, lo he pasado bien con mi huéspeda Jerónima; aquí he visto los señores rondar mi casa; galanes vienen, pero con menos dinero del que habíamos menester, sacando el de Cantillana. Ya me mandan bajar al coche… Jerónima estaba presente al escribir a Vuestra Excelencia y me manda le envíe muchos besamanos; por ser de dama y tan servidora de Vuestra Excelencia los envío, aunque más le quisiera enviar lo que han costado estas fiestas.

De 1613 son también los manuscritos de La dama boba (28 de abril), escrita para la compañía dirigida por Jerónima de Burgos y su esposo Pedro de Valdés, y La burgalesa de Lerma (30 de noviembre). Ese mismo año publica Contemplativos discursos y Segunda parte del desengaño del hombre, títulos significativos que apuntan a una senda, la del arrepentimiento y desengaño, que Lope va a recorrer —o a intentar recorrer, al menos— en los años sucesivos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Muere Carlos Félix, hijo predilecto de Lope

A principios de 1612 la salud del Fénix flaquea y, además, sufre una caída[1]. Declara en el proceso de beatificación de san Isidro Labrador. Su esposa Juana malpare un hijo y marcha a Toledo a reponerse. En abril de ese año el duque de Sessa ya estaba de regreso en Madrid, y las cartas que Lope le dirige dan viva cuenta de su vida familiar. Así, sabemos que en el verano de ese mismo año está enfermo con calenturas, y lo mismo su hijo Carlos Félix:

Su criado de Vuestra Excelencia, Carlitos, está con tercianas dobles, muy trabajoso; no come nada; si allá hay alguna jalea, mande Vuestra Excelencia a Bermúdez que la envíe.

Y en otra:

La salud de Carlos deseo, porque tenga Vuestra Excelencia otro Lope de Vega que le quiera como yo, aunque le sea de tan poco provecho como su padre.

Dedica a este hijo amado Los pastores de Belén (1612).

Pastores de Belén, de Lope de Vega

El 27 de abril data el manuscrito de El bastardo Mudarra. En el verano o el otoño de ese año moriría Carlitos, enfermo otra vez de calenturas, lo que deja inundado de tristeza al Fénix, cuyo dolor paternal se hace explícito en su entrañable elegía A la muerte de Carlos Félix:

Este de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, ¡oh, Rey eterno!,
ofrezco humildemente a vuestras aras;
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno,
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

[…]

Y vos, dichoso niño, que en siete años
que tuvistes de vida, no tuvistes
con vuestro padre inobediencia alguna,
corred con vuestro ejemplo mis engaños,
serenad mis paternos ojos tristes,
pues ya sois sol donde pisáis la luna;
de la primera cuna
a la postrera cama
no distes sola un hora
de disgusto, y agora
parece que le dais, si así se llama
lo que es pena y dolor de parte nuestra,
pues no es la culpa, aunque es la causa, vuestra.

[…]

Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío,
cuando marchitas las doradas venas,
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra, aunque traspuesto al cielo.

[…]

Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,
que hasta el sueño fastidia,
sin que la fiera envidia
de la virtud a los umbrales duerma,
del tiempo triunfaréis, porque no alcanza
donde cierran la puerta a la esperanza!

[…]

Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude
mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena
que no quedáis adonde todo es pena.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope, las academias literarias y un atentado frustrado

En otoño del 1611 Lope asiste a la Academia del conde de Saldaña, de la que lo hacen secretario[1]. En 1612 frecuenta otra reunión literaria, la Academia del Parnaso, que más tarde será conocida por el nombre de «Selvaje», por estar bajo el patrocinio de don Francisco de Silva y Mendoza, hermano del duque de Pastrana. En una carta al de Sessa, fechada el 2 de marzo de 1612, escribe Lope:

Las Academias están furiosas; en la pasada se tiraron los bonetes dos licenciados; yo leí unos versos con unos anteojos de Cervantes que parecían huevos estrellados mal hechos.

Anteojos

La salud de su esposa Juana empeora; y sufre un intento de asesinato, que el propio escritor relata a Sessa con estas palabras:

Y perdone Vuestra Excelencia el escribirle así y de tan mala letra, que estoy metido en una gran refriega, porque viniendo de los Descalzos el lunes a las ocho de la noche, me dieron muchas cuchilladas, sin que pudiera desenvolverme; no me hirieron, que los que ven mi capa lo juzgan a milagro; antes la persona que intentó lo que digo cayó en unas piedras y dejó allí mucha sangre, de donde se entiende que yo estaba inocente y él engañado. Hase alborotado el lugar, como si yo fuera cosa de consideración con él, y visitádome jueces.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope en 1611: ataques literarios y otros problemas

Luis de GóngoraEn 1611 Góngora recibe en Córdoba la noticia de que el 26 de septiembre Lope ha ingresado en la Venerable Orden Tercera de San Francisco[1]. Ocurre que en Madrid han quemado a dos de sus miembros por homosexuales, y el cordobés no desperdicia la ocasión para zaherir de nuevo a su enemigo:

Si esto es verdad, aconsejarle quiero
que su ingenio tercero y peregrino
en cosa que es tan vil no dé ni tope.

Porque si da en ser puto, de tercero,
tomando lo nefando por divino,
dirán luego en Castilla: «Esto es de Lope.»

Como ha destacado la crítica, nuestro escritor intentará por estas fechas un difícil equilibrio entre el compromiso cortesano y la escritura dramática. Firma el autógrafo de Barlán y Josafá el primero de febrero de 1611. Disminuyen los ingresos y se ve obligado a vender una casa en la calle de Majaderitos. Las estrecheces económicas le obligan a pedir continuamente al duque de Sessa: desterrado este por unos meses en Valladolid, Lope le pone al día de los principales sucesos de la corte.

Pero a los problemas económicos se suman otras desgracias. Su esposa Juana está con frecuencia enferma, tal como reflejan algunas de esas cartas al duque:

Aquí paso, Señor Excelentísimo, mi vida con este mal importuno de mi mujer, ejercitando actos de paciencia que, si fuesen voluntarios como precisos, no fuera aquí su penitencia menor que principio de purgatorio.

Nuevas diligencias se hacen para la salud de doña Juana; resuélvense los médicos en hacelle una fuente; yo la quisiera en mi huerto, que por falta de agua se me ha secado.

En el verano de 1611 sufre una nueva crisis religiosa. Publica Forma breve de rezar con los misterios de la vida, pasión y glorificación de Jesucristo y escribe los Cuatro soliloquios de Lope de Vega Carpio, que saldrán al año siguiente en Valladolid. El largo subtítulo de esta obra resulta bien revelador: Llanto y lágrimas que hizo arrodillado delante de un crucifijo, pidiendo a Dios perdón de sus pecados, después de haber recibido el hábito de la Tercera Orden de Penitencia del seráfico Francisco. Es obra importantísima para cualquier pecador que quiera apartarse de sus vicios y comenzar vida nueva.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope y la casa de la calle de Francos

Los años 1609-1610 los pasa Lope viajando entre Toledo y Madrid. Siguiendo en la senda de la vida piadosa, el 24 de enero de 1610 ingresa en la Congregación del Oratorio de las Trinitarias Descalzas[1]. El duque de Sessa le protege con dineros y dádivas, pero sigue escribiendo para ganarse el sustento; así, el 5 de abril data el manuscrito de La hermosa Ester.

El 7 de septiembre lo encontramos avecindado en Madrid. En efecto, compra a Juan Ambrosio de Leiva una casa con patio en la calle de Francos (hoy de Cervantes), donde se instala con su familia legítima. El precio es de 9.000 reales (el equivalente a los beneficios obtenidos por la venta de 18 comedias, valoradas en 500 reales cada una); paga 5.000 reales al contado, y el resto en dos plazos de cuatro meses.

Casa de Lope de Vega en Madrid

En la entrada figura esta inscripción: «Parva propria magna. / Magna aliena parva» («Que propio albergue es mucho, aun siendo poco / y mucho albergue es poco, siendo ajeno», traduciría Calderón esa máxima latina en La viña del Señor). Allí dispone de un pequeño jardín, con cuyo cuidado se entretiene, tal como escribe en la epístola octava de la Filomena (1621), titulada El jardín de Lope de Vega. Al licenciado Francisco de Rioja, en Sevilla:

Que mi jardín, más breve que cometa,
tiene solo dos árboles, diez flores,
dos parras, un naranjo, una mosqueta.

Aquí son dos muchachos ruiseñores,
y dos calderos de agua forman fuente
por dos piedras o conchas de colores.

Huerto de la casa de Lope

En esa casa de su propiedad reúne sus modestas posesiones, y vive un ideal de aurea mediocritas, de dorada medianía. Durante veinticinco años esta casa será su refugio y atalaya, y en ella podrá dedicarse al estudio y la escritura literaria.

Escritorio de Lope de Vega

En una carta a Sessa, de un 23 de diciembre, pero sin año, escribe:

Finalmente, cuando me quiten mi casilla, mi quietud, mi güertecillo y estudio, me queda Vuestra Excelencia; que este bien no me le pueden quitar ni el poder, ni el tiempo, ni la codicia, ni la muerte…

En estos otros versos de su Epístola al doctor Matías de Porras (un médico amigo suyo y presidente de Audiencia en Perú) revela un tierno detalle de la vida familiar:

Llamábanme a comer; tal vez decía
que me dejasen, con algún despecho:
así el estudio vence, así porfía.

Pero de flores y de perlas hecho,
entraba Carlos a llamarme, y daba
luz a mis ojos, brazos a mi pecho.

Tal vez que de la mano me llevaba
me tiraba del alma, y a la mesa
al lado de su madre me sentaba.

Como vemos, Lope sabe hacer poesía de una mínima escena cotidiana como esta en que el niño lleva de la mano a su padre, que estaba enfrascado en su trabajo, para sentarlo a la mesa con los demás. Y el Fénix sigue escribiendo para mantener a su familia: el 8 de junio se le pagan 300 reales por los autos compuestos para las fiestas madrileñas del Corpus.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope, poeta popular y poeta de corte

El año de 1609 es importante también en el terreno literario: además de Los quince misterios del Rosario de Nuestra Señora, publica Jerusalén conquistada y una nueva edición de sus Rimas, en la que añade el famoso Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo[1]. En este texto, que fue una disertación ante la Academia de Madrid, defiende el Fénix su ruptura con el arte (los preceptos) y expone de forma sucinta los principios de su teoría dramática, derivados de su exitosa praxis teatral.

Rimas (1609) de Lope de Vega

Entre 1604-1617 van a salir en Madrid y Zaragoza varias partes de sus comedias. Desde la Parte IX (1617), dedicada al duque de Sessa, Lope decidirá tomar las riendas en la publicación de sus piezas dramáticas, para evitar los abusos de la piratería. En el prólogo señala: «Viendo imprimir cada día mis comedias de suerte que era imposible llamarlas mías […], me he resuelto imprimirlas por mis originales». Ya en la epístola Al contador Gaspar de Barrionuevo, Lope se quejaba de que salían estragadas cuando otros las daban a las prensas, llevándose los beneficios que a él le corresponden:

Imprimo, al fin, por ver si me aprovecha
para librarme desta gente, hermano,
que goza de mis versos la cosecha.

Cogen papeles de una y otra mano,
imprimen libros de mentiras llenos;
danme la paja a mí, llévanse el grano.

Veréis a mis comedias (por lo menos
en unas que han salido en Zaragoza)
a seis renglones míos, ciento ajenos.

Por las mismas fechas, en el prólogo a El peregrino en su patria (1604), había escrito también:

Mas ¿quién teme tales enemigos? Ya para mí lo son los que con mi nombre imprimen ajenas obras. Agora han salido algunas comedias que, impresas en Castilla, dicen en Lisboa; y así quiero advertir a los que leen mis escritos con afición —que algunos hay, si no en mi patria, en Italia y Francia y en los Indias, donde no se atrevió a pasar la envidia— que no crean que aquéllas son mis comedias, aunque tengan mi nombre.

Lope está escindido entre su doble faceta de poeta popular y poeta de corte. Porque, además del teatro para los corrales, escrito para satisfacer el gusto del vulgo, Lope cultiva también la épica, que era el género poético más estimado por la preceptiva: con sus grandes poemas aspira a obtener el reconocimiento de los cultos y a ser considerado el máximo poeta nacional. Así, también en el año de 1609 da a conocer su Jerusalén conquistada, poema extenso a imitación del Tasso, con un total de unos 22.000 versos. En ausencia de Lope, corregirá las pruebas de imprenta su amigo Medinilla.

Jerusalén conquistada, de Lope de Vega


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Crisis religiosa de Lope y vuelta al hogar

Lope, que el 25 de julio de 1608 interviene en la justa toledana en honor del Santísimo Sacramento, va a sufrir por estos años una profunda crisis religiosa[1]. El hasta entonces esclavo de las pasiones ingresa ahora en la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento en el oratorio de Caballero de Gracia (1609), y al año siguiente se adscribirá al oratorio de la calle del Olivar. Es nombrado además familiar del Santo Oficio de la Inquisición (así se titulaba ya en 1607, y sería sin duda un cargo obtenido por la mediación del duque de Sessa).

Escudo de la Inquisición

Y vuelto, en fin, al redil del hogar, junto a su esposa Juana y sus hijos legítimos, se consagra a la vida familiar. En la Epístola al doctor Matías de Porras rememora ese retorno a la tranquilidad conyugal y doméstica:

Ya, en efecto, pasaron las fortunas
de tanto mar de amor, y vi mi estado
tan libre de sus iras importunas,

cuando amorosa amaneció a mi lado
la honesta cara de mi dulce esposa,
sin tener de la puerta algún cuidado;

cuando Carlillos, de azucena y rosa
vestido el rostro, el alma me traía,
cantando por donaire alguna cosa.

Y en un soneto cantará las excelencias y felicidades del matrimonio:

Quien no sabe del bien del casamiento
no diga que en la tierra hay gloria alguna,
que la mujer más necia e importuna
la vence el buen estilo y tratamiento.

Trasladar a los brazos soñoliento
un hijo en bendición desde la cuna
es la más rica y próspera fortuna
que puede descansar el pensamiento.

Necedad es sembrar tierras ajenas;
conoce el pajarillo el huevo extraño
y el amante engañado el hijo apenas.

Óigame aquel que se llamare a engaño:
los hombres hacen las mujeres buenas,
y solo por su culpa viene el daño.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.