Los sonetos de «El perro del hortelano» de Lope de Vega (acto II)

De los nueve sonetos que incluye El perro del hortelano[1], tres se localizan en el acto segundo. Ya en entradas anteriores he mencionado la función que desempeñan estas composiciones, que contribuyen a la caracterización psicológica de los personajes. Así, en el quinto soneto de la obra, vv. 1794-1807, «¡Qué mal que finge amor quien no le tiene…», Marcela, sola en escena, ofrece un bello monólogo interior en el que analiza su situación y su estado de ánimo (manifiesta su decepción amorosa). Es una situación de ironía dramática, en el sentido de que el espectador tiene más información que el personaje; sabe, concretamente, que Teodoro se inclina a volver con ella. Marcela, en sus versos, expresa que tiene honor y quiere curarse con otro amor:

¡Qué mal que finge amor quien no le tiene!
¡Qué mal puede olvidarse amor de un año,
pues mientras más el pensamiento engaño,
más atrevido a la memoria viene!

Pero si es fuerza y al honor conviene,
remedio suele ser del desengaño
curar el propio amor amor extraño,
que no es poco remedio el que entretiene.

Mas, ¡ay!, que imaginar que puede amarse
en medio de otro amor es atreverse
a dar mayor venganza por vengarse.

Mejor es esperar que no perderse,
que suele alguna vez, pensando helarse,
amor con los remedios encenderse.

Diana y Marcela, escena de El perro del hortelano

El sexto soneto, vv. 2120-2133, «¿Qué me quieres, amor? ¿Ya no tenía…», es aquel en el que Diana, sola en escena, plantea de nuevo el binomio de su tensión amor vs honor, con el elemento añadido de los celos. El texto es una invectiva contra el amor y los celos, en el que destacan las imágenes del humilde barco contrapuesto al poder del mar; y, sobre todo, la especialmente bella del arco en tensión que puede llegar a quebrarse, es decir, la idea de que el honor puede hacer que aquel se rompa si sigue tensando la cuerda:

¿Qué me quieres, amor? ¿Ya no tenía
olvidado a Teodoro? ¿Qué me quieres?
Pero responderás que tú no eres,
sino tu sombra, que detrás venía.

¡Oh, celos! ¿Qué no hará vuestra porfía?
Malos letrados sois con las mujeres,
pues jamás os pidieron pareceres
que pudiese el honor guardarse un día.

Yo quiero a un hombre bien, mas se me acuerda
que yo soy mar y que es humilde barco,
y que es contra razón que el mar se pierda.

En gran peligro, amor, el alma embarco,
mas si tanto el honor tira la cuerda,
por Dios, que temo que se rompa el arco.

En fin, en el soneto séptimo, vv. 2246-2259, «Si aquesto no es amor, ¿qué nombre quieres…», Teodoro, solo, se hace consciente de que Diana le quiere. Tras los bofetones que le ha dado la condesa, comprende que ella le ama y sufre. Es eco del episodio del dar la mano en la caída del primer acto; como escribe Marie Roig Miranda, «se trata en los dos casos de tocar al ser amado»[2]:

Si aquesto no es amor, ¿qué nombre quieres,
amor, que tengan desatinos tales?
Si así quieren mujeres principales,
furias las llamo yo, que no mujeres.

Si la grandeza excusa los placeres
que iguales pueden ser en desiguales,
¿por qué, enemiga, de crueldad te vales,
y por matar a quien adoras, mueres?

¡Oh, mano poderosa de matarme!
¡Quién te besara entonces, mano hermosa,
agradecido al dulce castigarme!

No te esperaba yo tan rigurosa,
pero si me castigas por tocarme,
tú sola hallaste gusto en ser celosa[3].


[1] Ver Luis F. González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, ed. de Manuel Criado de Val, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 541-545, y Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. de Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 893-906, con la que coincido plenamente y cuyas ideas aprovecho en mi comentario de los nueve sonetos. Ver también William L. Fichter, «Recent Research on Lope de Vega’s Sonnets», Hispanic Review, 6, 1938, pp. 21-34, y Peter N. Dunn, «Some Uses of Sonnets in the Plays of Lope de Vega», Bulletin of Hispanic Studies, 34, 1957, pp. 213-222. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.

[2] Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», p. 900.

[3] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Los sonetos de «El perro del hortelano» de Lope de Vega (acto I)

Comentaba en una entrada anterior que El perro del hortelano destaca, desde el punto de vista métrico, por la abundancia de sonetos, nada menos que nueve en total: cuatro en el primer acto, tres en el acto segundo y dos en el tercero. Y que estos sonetos sirven para subrayar líricamente algunos momentos de especial intensidad en los que los personajes (Diana, Teodoro y Marcela) miran a su interior y analizan sus sentimientos[1]. Recordaré hoy los sonetos del primer acto.

1) Primer soneto, vv. 325-338, «Mil veces he advertido en la belleza…». Diana, sola, expresa la tensión amor / honor que vive en su interior. Los once primeros versos son líricos (expresan su sentimiento), mientras que los vv. 12-14 manifiestan un deseo. Copio el texto completo del soneto:

Mil veces he advertido en la belleza,
gracia y entendimiento de Teodoro,
que, a no ser desigual a mi decoro,
estimara su ingenio y gentileza.

Es el amor común naturaleza,
mas yo tengo mi honor por más tesoro;
que los respetos de quien soy adoro
y aun el pensarlo tengo por bajeza.

La envidia bien sé yo que ha de quedarme,
que si la suelen dar bienes ajenos,
bien tengo de qué pueda lamentarme,

porque quisiera yo que, por lo menos,
Teodoro fuera más, para igualarme,
o yo, para igualarle, fuera menos.

Diana y Teodoro, escena de El perro del hortelano

2) Soneto segundo, vv. 551-564. Es el papel de Diana (supuestamente escrito por una amiga suya) que lee Teodoro, «Amar por ver amar, envidia ha sido…». Ella confiesa su amor y trata de explicar el origen del mismo, así como sus celos:

«Amar por ver amar, envidia ha sido,
y primero que amar estar celosa
es invención de amor maravillosa
y que por imposible se ha tenido.

De los celos mi amor ha procedido
por pesarme que, siendo más hermosa,
no fuese en ser amada tan dichosa
que hubiese lo que envidio merecido.

Estoy sin ocasión desconfïada,
celosa sin amor, aunque sintiendo;
debo de amar, pues quiero ser amada.

Ni me dejo forzar ni me defiendo;
darme quiero a entender sin decir nada;
entiéndame quien puede; yo me entiendo.»

3) Soneto tercero, vv. 757-770. Papel de Teodoro que lee Diana, «Querer por ver querer, envidia fuera…», en respuesta al anterior: si hay celos, argumenta el secretario, es que antes hubo amor. Plantea la dicotomía decir / entender, e introduce el importante motivo del «hablar callando»:

«Querer por ver querer, envidia fuera,
si quien lo vio, sin ver amar no amara,
porque si antes de amar no amar pensara,
después no amara puesto que amar viera.

Amor, que lo que agrada considera
en ajeno poder, su amor declara;
que como la color sale a la cara,
sale a la lengua lo que al alma altera.

No digo más, porque lo más ofendo
desde lo menos, si es que desmerezco
porque del ser dichoso me defiendo.

Esto que entiendo solamente ofrezco;
que lo que no merezco no lo entiendo,
por no dar a entender que lo merezco.»

4) Cuarto soneto, vv. 1173-1186, de Teodoro solo: «¿Puedo creer que aquesto es verdad? Puedo…»; expresa su confusión y sus dudas tras la «caída» de Diana, y muestra que se ha resuelto a atreverse a luchar por la condesa, aunque sabe perfectamente que es injusto dejar a Marcela. Como destaca Roig Miranda, este soneto tiene una función dramática, pues anuncia una acción (Teodoro va a probar suerte, va a seguir su fortuna), y al mismo tiempo es un texto lírico (sus dudas y pensamientos, y el recuerdo culpable de Marcela, que rechaza):

¿Puedo creer que aquesto es verdad? Puedo,
si miro que es mujer Dïana hermosa.
Pidió mi mano, y la color de rosa,
al dársela, robó del rostro el miedo.

Tembló; yo lo sentí; dudoso quedo.
¿Qué haré? Seguir mi suerte venturosa;
si bien, por ser la empresa tan dudosa,
niego al temor lo que al valor concedo.

Mas dejar a Marcela es caso injusto;
que las mujeres no es razón que esperen
de nuestra obligación tanto disgusto.

Pero si ellas nos dejan cuando quieren
por cualquiera interés o nuevo gusto,
mueran también como los hombres mueren[2].


[1] Ver Luis F. González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, ed. Manuel Criado de Val, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 541-545, y Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 893-906, con la que coincido plenamente y cuyas ideas aprovecho en estos comentarios de los nueve sonetos. Ver también William L. Fichter, «Recent Research on Lope de Vega’s Sonnets», Hispanic Review, 6, 1938, pp. 21-34, y Peter N. Dunn, «Some Uses of Sonnets in the Plays of Lope de Vega», Bulletin of Hispanic Studies, 34, 1957, pp. 213-222. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.

[2] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Función de la métrica en «El perro del hortelano» de Lope de Vega: los nueve sonetos

Hay un detalle importante relacionado con la métrica de El perro del hortelano que hace que esta no sea una comedia típica. Si leemos la pieza, o si simplemente revisamos su esquema métrico, nos daremos cuenta de la abundancia de sonetos (nueve en total), lo que nos hace pensar en su carácter artificioso: hay cuatro en el primer acto, tres en el acto segundo y dos en el tercero. Es, de hecho, la obra de Lope con más sonetos. Pues bien, esos nueve sonetos sirven para hilvanar un fino análisis psicológico de los protagonistas, de su interior[1].

En efecto, con una estructura perfecta, esas nueve composiciones líricas insertas al medio de la acción dramática permiten un acercamiento al sentir íntimo de los tres personajes nucleares. Frida Weber de Kurlat destacó, tiempo atrás, la estructura perfecta del acto I, con sus cuatro sonetos, de los cuales dos son juegos de ingenio. Los nueve sonetos (la obra de Lope que más sonetos tiene, ya lo he indicado) son soliloquios emotivos en los que los amantes analizan sus estados de ánimo; el soneto es, en palabras suyas, «una forma de máxima concentración dramática comunicada al auditorio»[2]. Por su parte, Roig Miranda ha escrito:

Los sonetos de El perro del hortelano son numerosos, pero nunca son «borra / para hinchir vacíos de [la comedia]», sino que forman parte intrínseca de ella. Si son numerosos, es porque hay muchos momentos importantes en la obra, momentos de tensión, en que el personaje no sabe qué hacer, en que el espectador necesita saber en qué situación u opinión está aquél, las posibilidades que ve de seguir más adelante. Lope sabe colocarlos en momentos clave; sabe también variar su introducción (después de octosílabos o endecasílabos). Además, los dos sonetos escritos prolongan su papel dramático más allá del momento en que se leen[3].

Destaca además esta estudiosa que la mayoría de ellos «podrían existir fuera de la comedia, como hermosos poemas de amor»[4]; provocan un placer estético, tanto más cuanto estos nueve sonetos «tienen que ver con el tema amoroso y lo presentan bajo gran variedad de matices: pudor, miedo, pasión, celos, invectivas, y esa variedad es parte del placer estético experimentado a través de la forma armoniosa»[5].

Diana y Teodoro, escena de El perro del hortelano

Por su parte, en su artículo «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», Luis F. González-Cruz insiste en la importancia del último soneto, que subraya el fin trágico de Marcela. Para este crítico hay dos finales, dos desenlaces: uno feliz (para Diana y Teodoro), que es el de la peripecia externa propiciado por el enredo de Tristán; y otro infeliz (para Marcela), que es el que apunta el último de los sonetos[6].

Hay, por supuesto, otros aspectos de la versificación que podrían destacarse: los pretendientes usan las octavas reales o los endecasílabos sueltos (versos enjundiosos, cuando se tratan temas graves, como el matrimonio de un noble); para los diálogos amorosos se emplean décimas y redondillas; la prosa aparece en una ocasión, cuando Diana, enojada, se declara explícitamente por medio de la carta que dicta a su secretario: del juego lírico de los sonetos se pasa a la prosa vulgar y directa, le habla «en román paladino»[7]; el relato de Tristán es en romance, etc. Todo ello responde, grosso modo, a los usos habituales de la polimetría del teatro español del Siglo de Oro, cuyas funciones principales (es decir, la necesidad de ajustar cada forma métrica a una determinada función, lo cual se cumple en la práctica algunas veces… y otras no) esbozó, muy esquemáticamente, el propio Lope en el Arte nuevo de hacer comedias en este tiempo, pieza incluida en la edición de 1609 de sus Rimas[8].


[1] Hay bibliografía sobre esta cuestión: ver especialmente los trabajos de Luis F. González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, ed. Manuel Criado de Val, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 541-545, y de Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 893-906, con la que coincido plenamente y cuyas ideas aprovecho en estos comentarios de los nueve sonetos. Ver también William L. Fichter, «Recent Research on Lope de Vega’s Sonnets», Hispanic Review, 6, 1938, pp. 21-34, y Peter N. Dunn, «Some Uses of Sonnets in the Plays of Lope de Vega», Bulletin of Hispanic Studies, 34, 1957, pp. 213-222.

[2] Frida Weber de Kurlat, «El perro del hortelano, comedia palatina», Nueva Revista de Filología Hispánica, 24, 1975, p. 358.

[3] Roig Miranda, «Los nueve sonetos…», p. 905.

[4] Roig Miranda, «Los nueve sonetos…», p. 906.

[5] Roig Miranda, «Los nueve sonetos…», p. 906.

[6] Ver González Cruz, «El soneto…», especialmente pp. 541 y 545.

[7] Como certeramente explica Weber de Kurlat («El perro del hortelano, comedia palatina», p. 360), «ha desaparecido la forma poética noble y prestigiosa, el soneto, remplazado por una prosa sin adornos que va directamente a los términos de la situación en ese momento del desarrollo de la comedia». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.

[8]  Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Un soneto a Cervantes» de Rubén Darío

Este poema de Rubén Darío se publicó originalmente en la revista Helios (Madrid), IX, 1903, p. 37, con dedicatoria «A Ricardo Calvo». En 1904 se reprodujo en tres revistas de Hispanoamérica, con el título «A Cervantes»[1] y, finalmente, al año siguiente quedó recogido en Cantos de vida y esperanza. Los Cisnes y otros poemas (Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos y Bibliotecas, 1905). Es, junto con la «Letanía de nuestro señor don Quijote», escrita expresamente para el III Centenario del Quijote en 1905, uno de los textos cervantinos más conocidos del poeta nicaragüense.

Miguel de Cervantes Saavedra

El texto de este soneto (cuyos versos séptimo, undécimo y duodécimo son heptasílabos, en la línea de experimentación métrica propia del Modernismo) dice así:

Horas de pesadumbre y de tristeza
paso en mi soledad. Pero Cervantes
es buen amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y reposa mi cabeza.

Él es la vida y la naturaleza,
regala un yelmo de oros y diamantes
a mis sueños errantes.
Es para mí: suspira, ríe y reza.

Cristiano y amoroso y caballero,
parla como un arroyo cristalino.
¡Así le admiro y quiero,

viendo cómo el destino
hace que regocije al mundo entero
la tristeza inmortal de ser divino![2]


[1] Para más detalles remito a Jorge Eduardo Arellano (ed.), Rubén Darío. Don Quijote no debe ni puede morir (páginas cervantinas), Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2005, p. 21.

[2] Cito, con ligeros retoques en la puntuación, por Rubén Darío, Cantos de vida y esperanza. Edición homenaje, Salta, Editorial Biblioteca de Textos Universitarios, 2006, pról. y ed. de Íride M. Rossi de Fiori et al., poema XVIII, p. 159. Está incluido también en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 46.

«Ínsula», de Felipe Cortines Murube

Felipe Cortines Murube (Los Palacios y Villafranca, Sevilla, 1883-1961) es un escritor adscrito al Modernismo poético, autor de poemarios como De Andalucía. Rimas (1908), El poema de los toros (1910), Nuevas rimas (1911) y Del levantamiento por la tradición de España (1936). Publicó también relatos de viajes y algunas novelas. Hoy nos interesa recordar una composición poética suya, un soneto, que constituye una evocación de Sancho Panza y su gobierno de la Ínsula Barataria. Dice así:

Un costal de malicias y refranes
llamaba don Quijote a su escudero[1],
el gran Panza, el famoso marrullero,
prez de los castellanos ganapanes.

Como premio a sus múltiples afanes
Sancho ganó la Ínsula primero,
y al regirla, un maligno curandero
no le dejó comer[2]: sufrió desmanes.

Sube al mando el humilde guardacabras
porque, al fin, aquel sandio[3] sin oficio
era un hombre gracioso en sus palabras.

¡Pero cuántos hoy son corregidores,
y solo alegan este vil servicio:
ser lacayos de apócrifos señores![4]

José Moreno Carbonero, Festín de Sancho Panza en la Ínsula Barataria


[1] Un costal de malicias y refranes / llamaba don Quijote a su escudero: «… que toda esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y malicias» (Quijote, II, 43).

[2] un maligno curandero / no le dejó comer: se refiere al doctor Pedro Recio de  Agüero o doctor Tirteafuera (por ser natural de este lugar de Ciudad real), «médico insulano y gobernadoresco» (Quijote, II, 45) que mata de hambre a Sancho Panza.

[3] sandio: tonto, necio.

[4] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 44.

Cervantes poeta: el soneto de Policarpa en el «Persiles»

Es el tercero de los cuatro sonetos incluidos en el Persiles, y se encuentra en el Libro II, capítulo 3. Se intercala en un pasaje en que conversan Sinforosa, la hija del rey Policarpo, y Auristela, ambas decaídas, enfermas, por los efectos del amor que sienten por Periandro. El soneto desarrolla, en concreto, la imagen tópica del amor como enfermedad (aquí se habla de «generoso ardor», v. 5; «doliente ánima», v. 9; «enferma voz», v. 10; «calentura», v. 12; «señales», v. 14) y proclama la necesidad de silencio y secreto (condición imprescindible en el código del amor cortés). De la misma forma que la calentura, síntoma de una enfermedad física, causa señales en la boca, el ardor amoroso hace hablar al enamorado, viene a decir el soneto.

Amor como enfermedad

La voz lírica, dirigiéndose a un interlocutor poético de nombre Cintia, le aconseja que rompa ese silencio: ‘Si no te has desengañado y has recuperado la libertad, habla’. Pero en realidad el mensaje va claramente dirigido a Sinforosa, animándola a que declare su amor[1]. Desde el punto de vista formal, destaca el carácter bimembre del verso tercero («da riendas al dolor, suelta la vida») y la construcción en quiasmo del undécimo («decir la lengua lo que al alma toca»).

Cintia, si desengaños no son parte
para cobrar la libertad perdida,
da riendas al dolor, suelta la vida,
que no es valor ni es honra el no quejarte.

Y el generoso ardor que, parte a parte,
tiene tu libre voluntad rendida,
será de tu silencio el homicida
cuando pienses por él eternizarte.

Salga con la doliente ánima fuera
la enferma voz, que es fuerza y es cordura
decir la lengua lo que al alma toca.

Quejándote, sabrá el mundo siquiera
cuán grande fue de amor tu calentura,
pues salieron señales a la boca[2].


[1] Y así, el soneto va a servir para determinar a la hija del rey Policarpo a seguir revelando a Auristela todo el deseo en que arde: «Ninguno como Sinforosa entendió los versos de Policarpa, la cual era sabidora de todos sus deseos, y, puesto que tenía determinado de sepultarlos en las tinieblas del silencio, quiso aprovecharse del consejo de su hermana, diciendo a Auristela sus pensamientos, como ya se los había comenzado a decir» (ed. Romero Muñoz, p. 295).

[2] Persiles, II, 3, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 295

Cervantes poeta: el soneto del enamorado portugués Sosa Coitiño en el «Persiles»

Inserto en el capítulo noveno del Libro I del Persiles, el tema central de este soneto —que se vale de una imagen marinera para simbolizar los riesgos y padecimientos del amor[1]— es la ponderación de la constancia. En efecto, se maneja el tópico del ejercicio amoroso, de la vida en general, como navegación (ya nos ha aparecido esta alegoría náutica en varios otros sonetos cervantinos). Se trata de un soneto de temática amorosa, que encaja perfectamente en el plano de la historia personal de Manuel de Sosa Coitiño, enamorado portugués que se mantiene firme en el ejercicio amoroso hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte. El yo lírico defiende que el amante debe seguir firme su rumbo amoroso, sin desviarse de su derrota ni dar marcha atrás, por muchos que sean los peligros que lo amenacen, e incluso aunque falte la esperanza de llegar a seguro puerto. El amor, se explica, es enemigo de la mudanza, y ningún amor que no se aquilate con la firmeza en la adversidad —verdadera piedra de toque de su calidad— puede tener buen fin («próspero suceso», v. 13).

Navegación amorosa

Por otra parte, en el macrocontexto de la narración, se ajusta asimismo de forma espléndida a la situación que viven los personajes en ese instante, cuando van navegando en medio de un mar amenazador de borrascas y están rodeados de peligros por todas partes, algunos visibles, otros imprevisibles[2]. Buen ejemplo, de nuevo, de soneto manierista, con tema doble (amor y navegación) y bellas series trimembres en el primer cuarteto (especialmente bello y cadencioso es el primer verso).

Mar sesgo, viento largo, estrella clara,
camino, aunque no usado, alegre y cierto,
al hermoso, al seguro, al capaz puerto
llevan la nave vuestra, única y rara.

En Scilas ni en Caribdis no repara
ni en peligro que el mar tenga encubierto,
siguiendo su derrota al descubierto,
que limpia honestidad su curso para.

Con todo, si os faltara la esperanza
del llegar a este puerto, no por eso
giréis las velas, que será simpleza.

Que es enemigo amor de la mudanza
y nunca tuvo próspero suceso
el que no se quilata en la firmeza[3].


[1] El soneto maneja la alegoría tópica de la nave de amor, guiada en esta ocasión por la «limpia honestidad» (v. 8). Romero (en su edición del Persiles, p. 196, nota 13) remite como fuente al soneto CLXXXIX de Petrarca. Para las poesías del Persiles, véase J. Ignacio Díez Fernández, «Funciones de la poesía en Los trabajos de Persiles y Sigismunda», Dicenda. Cuadernos de Filología Hispánica, 14, 1996, pp. 93-112; para los sonetos, en concreto, Carlos Mata Induráin, «Algo más sobre Cervantes poeta: a propósito de los sonetos del Persiles», en Alicia Villar Lecumberri (ed.), Peregrinamente peregrinos. Actas del V Congreso Internacional de la Asociación de Cervantistas (V-CINDAC), Barcelona, Asociación de Cervantistas / Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, 2004, vol. I, pp. 651-675.

[2] Joaquín Casalduero creía ver concentrado en este soneto todo el sentido de la novela, de acuerdo con su interpretación alegórica del conjunto (Sentido y forma de «Los trabajos de Persiles y Sigismunda», 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1975, pp. 46 y 49). En efecto, la historia de Sosa Coitiño sirve de lección para Auristela y Periandro; véase Carlos Mata Induráin, «Bodas místicas vs bodas humanas en el Persiles de Cervantes: Sosa Coitiño y Leonora Pereira, contrapunto de Periandro y Auristela», en Ignacio Arellano y Jesús M.ª Usunáriz (eds.), El matrimonio en Europa y el mundo hispánico. Siglos XVI y XVII, Madrid, Visor Libros, 2005, pp. 95-112. Francisco Ynduráin señala que el soneto «viene a dar realce a una situación de sentimientos levantados», destacando que es un pasaje en que va unido sentimiento y canto («La poesía de Cervantes: aproximaciones», Edad de Oro, IV, 1985, p. 226). Por su parte, Pedro Ruiz Pérez escribe: «Su soneto, además de hacer gala de un lirismo inhabitual en las poesías sueltas de Cervantes, resulta, por otra parte, un ejemplo perfecto de estructura manierista, tal como los señala Orozco en algunos sonetos gongorinos» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, p. 171).

[3] Los trabajos de Persiles y Sigismunda, I, 9, ed. de Carlos Romero Muñoz, 2.ª ed. revisada y puesta al día, Madrid, Cátedra, 2002, p. 196

Cervantes poeta: soneto de don Antonio en La entretenida

Lo declama don Antonio, hermano de Marcela y enamorado de otra dama de igual nombre, al comienzo de la tercera jornada de La entretenida. Se construye con un motivo tópico asociado al del amor, el de los celos. Los dos cuartetos y el primer terceto muestran cómo muere y renace en primavera la naturaleza; en cambio, el segundo terceto establece el contrapunto en el plano amoroso: si el amante muere tras verse atacado por «la infernal rabia de los celos» (v. 14), ya jamás podrá renacer. Pondera, en definitiva, el poder abrasador de los celos, que eran considerados en la época hijos bastardos del amor[1].

 Árbol desnudo

En la sazón del erizado invierno,
desnudo el árbol de su flor y fruto,
cambia en un pardo desabrido luto
las esmeraldas del vestido tierno.

Mas, aunque vuela el tiempo casi eterno,
vuelve a cobrar el general tributo,
y al árbol seco, y de su humor enjuto,
halla con muestras de verdor interno.

Torna el pasado tiempo al mismo instante
y punto que pasó: que no lo arrasa
todo, pues tiemplan su rigor los cielos.

Pero no le sucede así al amante,
que habrá de perecer si una vez pasa
por él la infernal rabia de los celos.

(La entretenida, Jornada III, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)


[1] Comenta Pedro Ruiz Pérez: «Su primer verso, “En la sazón del erizado invierno”, introduce un tema tan barroco como el del tiempo y su paso inexorable, pero, a la postre, recibirá un tratamiento decididamente manierista, ya que es dispuesto como tema secundario respecto del principal, “la infernal rabia de los celos”, y recibe, sin embargo, un tratamiento cuantitativamente más importante. Este rasgo, consistente en destacar y dar primacía al tema secundario sobre el principal, lo señala Orozco como propio de la pintura y de la poesía, y constituye para él un inequívoco rasgo de manierismo» («El manierismo en la poesía de Cervantes», Edad de Oro, IV, 1985, pp. 171-172).

Cervantes poeta: el «soneto fregonil» de Ocaña

Pulsa Cervantes el registro cómico con este «soneto fregonil» de versos de cabo roto, correspondiente también a La entretenida. Lo declama el celoso lacayo Ocaña, que está enamorado de la criada Cristina, la cual tiene otros dos pretendientes, el paje Quiñones y el criado de Cardenio, Torrente. Gustaba mucho Cervantes de estos versos de cabo roto (aquí lo son no solo al final, sino también al medio), y de esas rimas truncas agudas (baste recordar los poemas de los preliminares del Quijote). Es, en suma, una buena muestra de la gracia y el humor cervantinos en poesía.

Cupido disparando, de Rafael

Que de un lacá- la fuerza poderó-,
hecha a machamartí- con el trabá-,
de una fregó- le rinda el estropá-,
es de los cie- no vista maldició-.

Amor el ar- en sus pulgares to-,
sacó una fle- de su pulí- carcá-,
encaró al co-, y diome una flechá-,
que el alma to- y el corazón me do-.

Así rendí-, forzado estoy a cre-
cualquier mentí- de aquesta helada pu-,
que blandamen- me satisface y hie-.

¡Oh de Cupí- la antigua fuerza y du-,
cuánto en el ros- de una fregona pue-,
y más si la sopil se muestra cru-!

(La entretenida, Jornada II, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1079b)

Cervantes poeta: el soneto de Cardenio en La entretenida

Soneto de la comedia La entretenida, de tema mitológico (una recreación del mito de Ícaro): la voz lírica pondera la calidad de sus atrevidos pensamientos, que suben altos; y aunque vaticina que podrán caer en el mar del temor, asegura asimismo que su nombre no caerá en el olvido. El soneto ha sido visto como expresión del voluntarismo del estudiante Cardenio, que contrasta con su inacción en el plano de la acción dramática (su intención de conquistar a Marcela); al decir de Galanes, internaliza el mito de Ícaro a la manera cervantina: «el eje del soneto podrá ser la audacia icariana, lugar común en la literatura de los siglos XVI y XVII, pero su blanco es la justificación hazañosa del ser, el voluntarismo o libertad de labrarse su propio destino el hombre y la mujer aunque lo ejecutado resulte en un desastre personal»[1].

Ícaro

Este es el texto del soneto:

Vuela mi estrecha y débil esperanza
con flacas alas, y aunque sube el vuelo
a la alta cumbre del hermoso cielo,
jamás el punto que pretende alcanza.

Yo vengo a ser perfecta semejanza
de aquel mancebo que de Creta el suelo
dejó, y, contrario de su padre al celo,
a la región del cielo se abalanza.

Caerán mis atrevidos pensamientos,
del amoroso incendio derretidos,
en el mar del temor turbado y frío;

pero no llevarán cursos violentos,
del tiempo y de la muerte prevenidos,
al lugar del olvido el nombre mío.

(La entretenida, Jornada I, en Obras completas, ed. de Florencio Sevilla Arroyo, Madrid, Castalia, 1999, p. 1064b)


[1] Ver Adriana Lewis Galanes, «El soneto “Vuela mi estrecha y débil esperanza”: texto, contextos y entramado intertextual», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, pp. 675-691; la cita, en p. 677.