Breves notas sobre la práctica teatral de Antonio y Manuel Machado (3)

Si Lope en su Arte nuevo supo conciliar público y escena, los hermanos Machado se proponen recuperar el teatro clásico aurisecular con el mismo fin. Se trataría de mostrarle al público un posible camino para el teatro a través de la modernización de la comedia nueva, tal como destacó Antonio Machado en una nota previa al estreno de El condenado por desconfiado, de Tirso de Molina:

Averigüemos si la obra que apasionó a nuestros abuelos del siglo XVII, en sus comienzos conserva para nosotros, hombres del siglo XX, algún valor emotivo, si es capaz todavía de cautivar nuestra atención y de movernos al aplauso.

Esta experiencia que los actores del Teatro Español, los insignes Calvo y Muñoz y los refundidores intentarán mañana es, en cierto modo, una aventura no exenta de peligro. La obra será representada sin añadidos, ornato ni rellenos. Se respeta el original del maestro Tirso y se pretende de él que cautive al público actual, cuyos hábitos sentimentales siguen los cauces de la dramática moderna, muy apartados de nuestra dramática del Siglo de Oro[1].

Otros dos títulos de Lope refundidos por los Machado, también con la colaboración de José López y Pérez-Hernández, fueron Hay verdades que en amor y La viuda valenciana. De estas dos piezas hay escasas referencias, solo algunas breves menciones en Los complementarios. Más datos tenemos acerca del estreno de La niña de plata, en el Teatro Lara de Madrid, el 19 de enero de 1926, por la compañía de Lola Membrives (el texto se publicaría en 1929, La Farsa, núm. 97).

HermanosMachadoyLolaMembrives

Esta combinación Lope-hermanos Machado-Membrives obtuvo éxito, y el resultado fue calificado de «arte puro y excelso» por el crítico Rodolfo de Salazar en Blanco y Negro:

En Lara, los exquisitos poetas hermanos Machado han deleitado al público, en unión de Lola Membrives, que reapareció allí al frente de su excelente compañía, notablemente reformada, con una refundición de La niña de plata, de Lope de Vega. ¡Arte puro y excelso! ¿Para qué hablar de las bellezas de la obra, si el nombre del autor lo dice todo y las firmas de Manuel y Antonio Machado son una garantía y Lola Membrives es la protagonista? Confesada nuestra admiración y consignado el aplauso unánime, queda dicho todo[2].


[1] Citada por Alberto Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», en Estudios de la Universidad de Cádiz ofrecidos a la memoria del Profesor Braulio Justel Calabozo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998, p. 383a-b. Interesa destacar que, simultáneamente al estreno de sus refundiciones, los hermanos Machado estaban llevando a las tablas sus piezas originales; así, en 1926 estrenaron Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel; y años después, el éxito de su adaptación de El perro del hortelano vendría a coincidir, aproximadamente, con el de La Lola se va a los puertos.

[2] Reseña en Blanco y Negro, sección de actualidades teatrales, 24 de enero de 1926. Citado por Alberto Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», en Estudios de la Universidad de Cádiz ofrecidos a la memoria del Profesor Braulio Justel Calabozo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998, p. 384a. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Breves notas sobre la práctica teatral de Antonio y Manuel Machado (2)

Una circunstancia que hay que tener en cuenta es la gran demanda de textos que existía en aquel momento para satisfacer las necesidades de los teatros comerciales. Además del valor y el prestigio de imitar a los grandes dramaturgos barrocos, conviene considerar este apremio comercial a la hora de explicar el alto número de refundiciones en la época. Explica Romero Ferrer que

en muchas ocasiones, la refundición respondía más a necesidades de tipo comercial, que a un deliberado interés literario por recuperar una obra o un autor de los llamados clásicos. Con todo ello, a finales del siglo XIX y en los primeros decenios del XX, los dramaturgos y comediógrafos se veían sometidos a un proceso de superproducción que les lanzaba a la búsqueda de soluciones, con las que poder dar respuesta rápida a la fuerte exigencia de textos ­—un número considerable— que se demandaba desde las empresas y las compañías teatrales. La refundición, de igual manera que otras prácticas habituales como la colaboración, la traducción o la adaptación, era una vía que garantizaba el rápido y seguro abastecimiento de una industria —la teatral—, que observaba los textos pretéritos como un potencial de recambio, cuando las necesidades y las circunstancias así lo exigían[1].

Vemos que este aspecto emparienta ese momento en que producen teatro los Machado con la época de Lope, cuando se estaba produciendo la profesionalización del teatro, en las últimas décadas del siglo XVI, y existe la necesidad de abastecer los nuevos corrales de comedias, lugares destinados específicamente para la representación de obras teatrales. Por otra parte, la apuntada necesidad de un pacto del dramaturgo con los gustos del público es la misma idea nuclear que recorre el Arte nuevo de Lope, quien si algo tenía claro era que su triunfo se asentaba en satisfacer el gusto del vulgo[2].

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En suma, en un momento de notable crisis teatral los hermanos Machado, en sus reflexiones teóricas y, sobre todo, en su práctica teatral, volvieron la vista al teatro español del Siglo de Oro y revalorizaron los textos clásicos. Los dos juntos, y con la colaboración de José López y Pérez-Hernández, acometieron varias refundiciones: la primera es El condenado por desconfiado, de Tirso, pieza estrenada en el Teatro Español de Madrid, el 2 de enero de 1924, por la compañía de Ricardo Calvo y Muñoz (el texto saldría publicado en 1930, en La Farsa, núm. 145). Cito de nuevo a Romero Ferrer, quien explica muy bien el entronque con el gusto popular:

Con este estreno, iniciaban los Machado una campaña que pretendía la revalorización escénica del teatro clásico español, dentro de un contexto mucho más amplio y ambicioso, en el que se buscaban las directrices de una renovación en las tablas. Una renovación que observaba la comedia áurea, simultáneamente, como un campo nada desdeñable para la experimentación y la investigación teatrales, y, también, como una plataforma provista de recursos, mecanismos y actitudes, en los que se unía al prestigio literario de los textos, la total solvencia y eficacia comunicativa con un público popular[3].


[1] Alberto Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», en Estudios de la Universidad de Cádiz ofrecidos a la memoria del Profesor Braulio Justel Calabozo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998, p. 382a-b.

[2] Recordemos los famosos versos del Arte nuevo: «Y escribo por el arte que inventaron / los que el vulgar aplauso pretendieron, / porque, como las paga el vulgo, es justo / hablarle en necio para darle gusto» (vv. 45-48).

[3] Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», p. 383a. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

Breves notas sobre la práctica teatral de Antonio y Manuel Machado (1)

En entradas anteriores he comentado algunos aspectos de las opiniones de Mairena/Machado en lo que guarda relación con el Barroco literario español. Pasemos ahora de la teoría a la praxis, y concretamente a la praxis dramática, para examinar qué puntos de conexión observamos con el teatro del Siglo de Oro[1].

HermanosMachado

Comenzaré recordando que la práctica teatral de los hermanos Machado conecta claramente con el teatro clásico español: no es solo que ambos reflexionen sobre ese teatro, o que adapten en forma de refundiciones algunas de sus piezas, sino que además, cuando escriban su teatro original, será fácil encontrar en él claras huellas y ecos del teatro aurisecular. Es algo que ha puesto de relieve Alberto Romero Ferrer:

Los hermanos Machado emprenden una cierta revalorización teórica y práctica del teatro clásico español entre 1924 y 1931, de la mano de una serie de refundiciones de Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca. Se trataba, en todo caso, de una labor solidaria con sus respectivas apreciaciones de la tradición literaria española, uno de cuyos pilares debía situarse en el teatro del Siglo de Oro. En síntesis, para ambos poetas, ahora dramaturgos, el texto clásico suponía, además de un excelente material dramático, uno de los mecanismos más eficaces para la reactivación del panorama teatral de los años veinte, justo en unos momentos para los que se predicaba la crisis más absoluta de Talía. Los clásicos, desde un punto de vista teatral, para Antonio y Manuel Machado, suponían un nítido exponente de simbiosis entre tradición, renovación y vanguardia[2].

En efecto, los años 1920-1936 son años de crisis para el teatro. Azorín, Valle-Inclán o Unamuno, entre otros, intentaron diferentes vías de renovación de la escena española. Los hermanos Machado otra: para regenerarla usaron las refundiciones de piezas clásicas, situándose en una línea en la que también estaban por aquellos años Enrique Díez-Canedo, Cipriano de Rivas Cherif, la Revista de Occidente, García Lorca con La Barraca y Margarita Xirgu, que habían defendido una vuelta a la gran dramaturgia barroca[3].


[1] Sobre el teatro de los hermanos Machado, ver Manuel H. Guerra, El teatro de Manuel y Antonio Machado, Madrid, Mediterráneo, 1966; Miguel Ángel Baamonde, La vocación teatral de Antonio Machado, Madrid, Gredos, 1976; Jesús Rubio Jiménez, «Los hermanos Machado y el teatro: algunos artículos olvidados», Ínsula, núm. 423, 1982, p. 10; y Alberto Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», en Estudios de la Universidad de Cádiz ofrecidos a la memoria del Profesor Braulio Justel Calabozo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998, pp. 381-388; para su relación con el teatro barroco, ver Mariano de Paco de Moya, «El teatro de los Machado y Juan de Mairena», en Homenaje al profesor Muñoz Cortés, Murcia, Universidad de Murcia, 1977, vol. 1, pp. 463-478; Luciano García Lorenzo, «Antonio Machado ante el teatro barroco», en Antonio Machado hoy (1939-1989), ed. Paul Albert, Madrid, Casa de Velázquez/Fundación Antonio Machado, 1994, pp. 227-233; y Antonio Puente Mayor, «Ecos del barroco en el teatro de los hermanos Machado: Desdichas de la fortuna o Julianillo Valcárcel», en ¿De qué se venga don Mendo? Teatro e intelectualidad en el primer tercio del siglo XX. Actas del congreso internacional conmemorativo del 125 aniversario del nacimiento de Pedro Muñoz Seca, coord. Alberto Romero Ferrer y M. Marieta Cantos Casenave, El Puerto de Santa María, Fundación Pedro Muñoz Seca, 2004, pp. 481-488.

[2] Alberto Romero Ferrer, «Clásicos después de los clásicos: las refundiciones dramáticas de Manuel y Antonio Machado», en Estudios de la Universidad de Cádiz ofrecidos a la memoria del Profesor Braulio Justel Calabozo, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1998, p. 381a.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Lope de Vega, entre Antonio Machado y Juan de Mairena, con el Arte nuevo al fondo», Rilce. Revista de Filología Hispánica, 27.1, 2011, pp. 119-143 (número monográfico dedicado a El «Arte nuevo» de Lope y la preceptiva dramática del Siglo de Oro: teoría y práctica, coordinado por J. Enrique Duarte y Carlos Mata).

San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Genaro Xavier Vallejos y José María Pemán

A modo de conclusión de esta serie de entradas dedicadas a las piezas dramáticas sobre San Francisco Javier de Genaro Xavier Vallejos y José María Pemán, añadiré unas palabras comparando ambas obras[1]. En el caso de Volcán de amor, obra escrita en ocasión del Centenario de la canonización de 1922, podemos decir que el propósito que guía a su autor es la exaltación misional, mientras que en El Divino Impaciente prevalece el mensaje ideológico-propagandístico, quizá no buscado deliberadamente, pero derivado de la conflictiva situación de la España de 1933[2]. Las dos coinciden en exaltar el afán evangelizador de San Francisco Javier (mostrando, por ejemplo, sus debates con los brahmanes de la India) y en presentar la figura de don Álvaro de Ataide como villano antagonista. En líneas generales, las dos obras se ajustan a los hechos históricos conocidos —que conforman el telón de fondo sobre el que se presentan sus respectivas acciones—, pero entran en ellas diversas licencias, permitidas en una obra literaria.

Desde el punto de vista dramático, la pieza de Vallejos se caracteriza por su mayor unidad dramática, que va unida a una concentración de la acción en el tiempo y en el espacio, mientras que la de Pemán está formada por una sucesión de escenas independientes entre sí (el autor confiesa que dudó si subtitular el drama retablo o estampas, «por su técnica un poco deslabazada»[3]): hay más variedad en los escenarios (París, Roma, Lisboa, India, Japón, Sanchón…) y abarca un periodo de tiempo mucho más amplio. Volcán de amor está escrita en su mayor parte en prosa, con algunos pocos pasajes en verso (los versos se utilizan para subrayar algunos momentos de especial intensidad dramática o emotiva), mientras que El Divino Impaciente, todo en verso, ofrece un aire de sonora musicalidad, en la línea del teatro de Zorrilla, Marquina o Villaespesa, pero posee también una notable intensidad lírica. Una diferencia significativa estriba en el hecho de que en la pieza de Vallejos, pensada para ser representada en colegios, seminarios, casas de formación, etc., no intervienen mujeres, todos los papeles son masculinos, mientras que en la de Pemán, nacida para su estreno en los circuitos comerciales, se añade una trama amoroso-sentimental a través del personaje de Leonor, prometida y luego esposa de Atayde.

En cualquier caso, estas son las dos obras más importantes del siglo XX que se han acercado a la figura señera de San Francisco Javier, el santo navarro más universal, que encarna el prototipo de misionero y que sigue siendo a día de hoy un personaje que constituye un modelo válido tanto para creyentes como no creyentes, pues simboliza unos valores morales y unos criterios de vida que tienen plena vigencia[4].

San Francisco Javier en Goa


[1] Comparación ya apuntada en Ignacio Elizalde, Navarra en las literaturas románicas (española, francesa, italiana y portuguesa), tomo III, Siglos XVIII, XIX y XX, Pamplona, Diputación Foral de Navarra, 1977, pp. 453-454.

[2] Las dos obras pueden leerse juntas en esta edición: Genaro Xavier Vallejos, Volcán de Amor, y José María Pemán, El Divino Impaciente, prólogo de Alfredo López Vallejos, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003.

[3] Introducción a El Divino Impaciente, en Obras de José María Pemán, tomo IV, Teatro, Madrid, Edibesa, 1997, p. 17.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (y 3)

Como hemos podido ver en las entradas anteriores, en El Divino Impaciente[1] de Pemán se plantea la misma oposición entre Javier y Atayde que ya encontrábamos en Volcán de amor de Genaro Javier Vallejos. Una idea repetida a lo largo del drama es, precisamente, que los mercaderes, llevados del interés material y con un comportamiento sin escrúpulos, pueden desacreditar el laborioso trabajo de los misioneros. La distinta visión que de los indios tienen unos y otros, mercaderes y religiosos, apunta en un diálogo (Acto II, Cuadro Primero) entre don Martín Alonso de Sousa, Atayde y Javier:

ATAYDE.- Solo de tu mano
depende, Padre Javier,
mi ida a Oriente.

JAVIER.- Bien, hermano:
¿pero irás como cristiano o
irás como mercader?
Porque si en mí está el lograr
la licencia, me resisto
a que traspases el mar
para desacreditar,
ante los negros, a Cristo.

DON MARTÍN.- (Acercándose a Javier y Atayde, cuyo diálogo ha oído.)
Cuando ese ardor que hoy le embarga,
le pase, Padre, a la larga
ya verá que los infieles
no sirven más que en la carga
de galeras y bajeles.
Solo hay que ver prisioneros
en ellos.

JAVIER.- Con esas leyes
de egoísmos altaneros,
lo que hagan los misioneros
lo desharán los virreyes.

DON MARTÍN.- Son unos pobres paganos,
sin religión.

JAVIER.- Son hermanos;
siguen la ley natural…
Acaso muchos cristianos
no pueden decir igual.
Ellos viven al mandar
de su instinto, como potros.
Saben creer o matar…
¡pero no saben andar
a medias, como vosotros!
Si los voy a bautizar
es por hacerlos más sanos,
mas cuenten que, con mis manos,
os bautizara lo mismo
si hubiera un otro bautismo
para los malos cristianos (pp. 222-224).

Ignacio-Valdés-y-Albarca-San-Francisco-Javier-Predicando-a-los-Indios

En otro orden de cosas, merece la pena destacar la escena del Acto II, Cuadro Segundo en la que Javier sale a mendigar por las calles de Malaca acompañado de un coro de niños que repiten cantando la doctrina aprendida (esta era una práctica habitual en la predicación del santo: enseñar a los niños, que a su vez transmitían luego a sus familiares el mensaje recibido):

VOCES LEJANAS DE NIÑOS.- (Con tono salmodioso, parecido al de las coplas de los campanilleros.)

Se encontraba la Virgen María
en el oratorio haciendo oración;
por la puerta se le ha entrado un ángel
vestido de blanco que parece un sol.

LA VOZ DEL PADRE JAVIER.- (Lejos.) ¡Una limosnita, hermanos!
¡No se me hagan de rogar!
¡Ayuden todos a dar
a Cristo nuevos cristianos!

(Toques de campanillas, cada vez más cercanos.)

PADRE COSME.- ¡El Padre Javier!

MANSILLA.- El mismo.
Allí viene mendigando,
con sus niños, y cantando
versillos del catecismo.

VOCES DE NIÑOS.- (Más cerca.) Dios te salve —le dijo—, María,
llena eres de gracia a los ojos de Dios:
entre las mujeres bendita Tú eres
y bendito el fruto de tu Encarnación.

(Toques de campanilla.)

PADRE COSME.- ¡Qué lindas voces de oro!

[…]

(Entra el Padre Javier por la derecha. Trae la sotana sucia y desgarrada. Una campanilla en una mano. Le rodea un grupo de niños, algunos negros y otros de tipo malayo.)

JAVIER.- (No bien ha entrado, antes de acercarse al grupo de los que ya estaban en escena, despide a los niños dándoles a besar la mano.)

Y ahora, hijos míos, volad
a vuestra casa… Y ¡cuidado
con el juego!

(Cuando ya han salido todos todavía se dirige hacia ellos.)

¡Y recordad
las cosas que os he enseñado! (pp. 250-252)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (2)

El Divino Impaciente[1] se presenta bajo el subtítulo de Poema dramático en verso, dividido en un prólogo, tres actos y un epílogo. Es una pieza bastante extensa y, como se indica en las ediciones impresas, «por necesidades de adaptación escénica, [el texto] se representa con notables abreviaciones». Examinemos someramente la acción. El Prólogo ocurre en el Colegio de Santa Bárbara de París. Varios estudiantes comentan la expansión portuguesa y española por el mundo, lo que da pie para que apunte ya el carácter ambicioso de Javier, quien siente envidia de no haber sido el primero en llegar a las Indias. Después, los estudiantes traman una burla a Javier y al «santón cojitranco de Loyola», introduciendo una mujer en el colegio. Ignacio comenta que espera «milagros de santidad» por parte de Javier si es capaz de domar su vanidad. Asimismo, se anticipan ya aquí los futuros roces entre Javier y Atayde.

La acción del Acto I ocurre en Roma, en la Casa de la Compañía de Jesús. Se decide que Javier irá como misionero con Mascareñas por la enfermedad de Bobadilla. Destaca el famoso romance de los consejos que ofrece Ignacio a Javier antes de partir, parlamento que comienza «Yo te bendigo, Javier…».

San Ignacio y San Francisco Javier

El Cuadro Primero del Acto II nos traslada a Lisboa, al Palacio Real. Atayde también quiere ir a la India, lo que sirve para plasmar la oposición entre los motivos que guían a los misioneros y a los mercaderes. Se da la noticia de que Javier ha sido nombrado Nuncio Apostólico de Su Santidad y se introduce la trama amorosa relacionada con Leonor, la prometida de Atayde (Javier lo obliga a que se case con ella antes de partir). El Cuadro Segundo nos sitúa en Malaca y en él apuntará el carácter seductor del Oriente. Por el diálogo inicial se nos informa de la llegada del santo a la India y de sus primeras misiones, en las que se ayuda de los niños para extender su predicación; más tarde se nos refiere el milagro consistente en la resurrección de un niño. Sigue, por otra parte, su enfrentamiento con Atayde (de nuevo la oposición misioneros/mercaderes, que recorre la obra a modo de leitmotiv), quien planifica una trampa para acabar con el jesuita.

El Cuadro Primero del Acto III ocurre en Macassar: Javier dialoga con el jefe indio encargado de asesinarlo, según el plan ideado por Atayde, y debate también con un brahmán: según enseña, todos los indios, sean parias o brahmanes, son iguales. Tras lograr desenmascarar a Atayde, predica su mensaje evangélico entre los indios. El Cuadro Segundo (que se suprime en la representación) se ambienta en el muelle de Malaca y nos muestra a Javier a punto de marchar hacia Japón, mientras que en el Cuadro Tercero el autor nos lo presenta ya en Funay: los jesuitas se enfrentan a los bonzos japoneses y aparecen dispuestos al martirio.

En fin, el Epílogo traslada la acción al Castillo de Javier, en Navarra, pero el dramaturgo crea a través de la iluminación otro espacio dramático, que es la playa de Sanchón, donde tiene lugar la muerte del santo[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«El Divino Impaciente» (1933) de José María Pemán (1)

El gaditano José María Pemán (1897-1981) fue poeta, narrador, dramaturgo, ensayista, orador[1]… Para el teatro compuso algunos dramas históricos como Cuando las Cortes de Cádiz (1934), Cisneros (1934), La Santa Virreina (1939) o Metternich (1942), además de la pieza que ahora nos interesa, con la que arrancó su carrera teatral. El Divino Impaciente fue estrenado en el Teatro Beatriz de Madrid el día 22 de septiembre de 1933 y alcanzaría un éxito inmenso de crítica y público, tanto en España como en Europa e Hispanoamérica. En 1934, cuatro compañías lo representaban simultáneamente por toda España y al publicarse como libro las ventas superaron, en un solo año, los cien mil ejemplares. Además, obtuvo el Premio «Espinosa Cortina», que la Real Academia Española concede cada cinco años a la mejor comedia del quinquenio.

José María Pemán

La génesis de la obra la evoca con detalle el propio escritor en la «Confesión general» que sirvió de Introducción a sus Obras Completas. El Padre benedictino Rafael Alcocer había llegado a Cádiz para dictar una conferencia, y con ese motivo Pemán y él tuvieron ocasión de mantener largas conversaciones:

… la charla recayó sobre el teatro religioso. Hablamos de Claudel, de las ideas de Maritain en Art et Scholastique y, sobre todo, de los «juegos y milagros», tan sabrosos y medievales, de Henri Gheon. Me incitaba él a intentar algo parecido en España, y traía encargo del empresario teatral Manuel Herrera Oria de decirme que estaba a mi disposición para montar cualquier obra que yo hiciese en ese sentido. Yo objetaba la conveniencia de injertar toda esa modernidad en nuestra vieja tradición, puesto que la teníamos tan larga e interesante como es la de nuestras «comedias de santos». Luego repasamos temas. Se habló de San Ignacio, de San Juan de la Cruz, de San Francisco de Borja. Yo me incliné por San Francisco Javier. Le encontraba la ventaja de que la movilidad de su vida aseguraba ya, aun en manos de un inexperto, la movilidad dramática… De este modo nació la primera idea de El Divino Impaciente[2].

Pemán siempre negó que su obra tuviera una intencionalidad ideológico-política, es decir, que fuera deliberadamente oportunista y polémica, aunque es evidente que el tema y la acción que presenta no se podían considerar desligados de las circunstancias de persecución religiosa que se vivían en el país en 1933. Afirma, en efecto, que no nació como un desafío a los enemigos de España y de Dios, sino que estaba escrita «con una ingenua voluntad de arte pacífico y puro»[3], si bien acepta que el ambiente político-religioso de aquel entonces favoreció el enorme éxito que alcanzó. Además, en esa misma «Confesión general» evoca Pemán detalles muy interesantes relacionados con el estreno. Por ejemplo, el consejo que dio a Alfonso Muñoz, el actor que hacía el papel de San Francisco Javier, indicándole que debía recitar los versos como si fueran los de un capitán o hidalgo del Siglo de Oro, como los del Tenorio: «Muñoz dio a su personaje un acento de humanidad, de intrepidez, que ganó al público»[4]. Y también apunta algunas de las razones del éxito de una obra que le salió «inesperadamente teatral», como por ejemplo la versificación, que es «fácil, redonda, fluida»[5]. Graciosa es la confesión de que alguna vez comentó en la intimidad que El Divino Impaciente era de algún modo «el Tenorio de las beatas», y también su comentario de que acudió a ver la obra todo el «público de teatro» y todo el «público de novena»[6].


[1] Sobre el autor pueden verse los trabajos de Gonzalo Álvarez Chillida, José María Pemán. Pensamiento y trayectoria de un monárquico (1897-1941), Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1996 y José María Pemán: un contrarrevolucionario en la crisis española del siglo XX, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma, 1991; Manuel Bustos Rodríguez (ed.), Pemán en su tiempo (1897-1981), Cádiz, Academia Provincial de Bellas Artes, 1997; Joaquín Calvo Sotelo, «José María Pemán (1897-1981)», Boletín de la Real Academia Española, año LXVIII, tomo LXI, septiembre-diciembre de 1981, pp. 351-363; Marisa Ciriza, Biografía de Pemán, Madrid, Editora Nacional, 1974; Joaquín Entrambasaguas, «José María Pemán», Cuadernos de Literatura Contemporánea, núm. 8, 1943, pp. 153-156; y Eusebio Ferrer Hortet, José María Pemán: 83 años de España, prólogo de Luis María Anson, Madrid, Palabra, 1993, además del volumen colectivo En torno a Pemán, Cádiz, Diputación Provincial de Cádiz, 1974; para su teatro, Nicolás González Ruiz, «El teatro de José María Pemán», Cuadernos de Literatura Contemporánea, 8, 1943, pp. 181-186, y acerca de El Divino Impaciente, Javier Tusell y Gonzalo Álvarez Chillida, «Un éxito teatral: El divino impaciente», en Pemán: un trayecto intelectual desde la extrema derecha hasta la democracia, Barcelona, Planeta, 1998, pp. 33-36, y Mariano de Paco de Moya, «El estreno de El Divino Impaciente de José María Pemán», en Antonio Lara (coord.), Homenaje a Elena Catena, Madrid, Castalia, 2001, pp. 385-394. Citaré por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Introducción a El Divino Impaciente, en Obras de José María Pemán, tomo IV, Teatro, Madrid, Edibesa, 1997, p. 16.

[3] Introducción a El Divino Impaciente, p. 17.

[4] Introducción a El Divino Impaciente, p. 22.

[5] Introducción a El Divino Impaciente, p. 27.

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (y 4)

El Epílogo de Volcán de amor[1] sitúa la acción en la isla de Sanchón, a la que el Padre Francisco ha llegado en un junco de pescadores. Ahora está enfermo en la arena, mientras varios niños chinos rezan por él un «Ave María». Sigue encendido en amor divino (cfr. la p. 131), y se lamenta: «¡Y tener ahora / que rendir la vida / a las mismas puertas!» (p. 132). Llega Duarte, avisando de la venida de Pereira: el Virrey ha desposeído del gobierno a don Álvaro. El Padre Francisco se dirige a Dios: «Soy tu siervo, Señor» (p. 134); desearía más peleas y más labores en su nombre, pero está fatigado, rendido de cansancio; se reclina y queda recostado «en ademán sublime. Su rostro se reanima con misteriosa vida» (acotación en p. 135). Y, mirando a la cercana costa de la China, declama su parlamento final, con el que concluye la obra:

Aún te veo, tierra, esperanza mía…
Allí, mi esperanza… aquí, mi agonía…
Y en medio… la lengua bravía del mar,
en medio, la muerte que viene a llamar.
¡Mis hijos del alma!, a todos os veo…
¡Ay!, mi voz no alcanza cuanto mi deseo…
Me muero… Las olas que vienen y van,
las olas os cuenten mi postrer afán
y os digan que en este desierto paraje,
pensando en vosotros, consumé mi viaje.
No lloréis, mis hijos, porque yo no vaya.
Seguid esperando firmes en la playa.
Otros sembradores, detrás de mis huellas,
vienen ya como una bandada de estrellas.
¿No los veis? Ya se acercan.
¡Qué luz deslumbradora!
¡Se acabó la tiniebla!
¡Ya despierta la aurora…!
¿Cuántos venís?… ¡A cientos!
¡Señor, espera…, espera…!

(Desfalleciendo.)

                        Déjame que los cuente… Déjame antes que muera
que les muestre el camino que me cerraste a mí…
Que ellos lleven allí
estos afanes míos, de mi agonía presos…
Y entre tanto, Señor,
que bajo esta colina que ha de cubrir mis huesos,
hasta mis huesos sean un volcán de tu amor.

                      (Muere.) (pp. 135-136).

MuerteFranciscoJavier

La acción de Volcán de amor es sencilla y se encamina exclusivamente a elogiar la actividad misional del santo navarro, poniendo de relieve, en concreto, su deseo incumplido de predicar la fe de Jesucristo en el inmenso imperio de la China. A lo largo de toda la obra cobra importancia el desarrollo de las metáforas o imágenes implícitas en el título: volcán, fuego, abrasar…, que subrayan esa locura de la cruz, ese amor divino que ardía en el pecho del Apóstol de las Indias y el Japón. Por lo demás, el universo dramático de los personajes se divide maniqueamente en dos bloques, los buenos, muy buenos (el santo, Pereira, Duarte, Visva Mithas, Kadilah…) y los malos, muy malos (don Álvaro, Kanna, Abul-Bemar). Cabe destacar también la búsqueda por parte del autor de cierto exotismo patente no solo en los nombres geográficos, algunos de obligada mención (Triwalaor, Meliapur, Malaca, Sanchón…) o en la onomástica (dioses indios, brahmanes), sino también en la intercalación de algunas palabras originarias de lenguas orientales (pettisa, vaiscías, bakulas, sarong…).

Si nos fijamos en los personajes, en Volcán de amor asistimos, sobre todo, a la contraposición de dos caracteres, San Francisco Javier y don Álvaro de Ataide. En efecto, Javier concibe los territorios por los que pasa (India, Molucas, Japón…) como tierra de misión, mientras que Ataide los considera meramente como un mercado, «tierra de aventura». El santo se muestra en todo momento como padre de sus hijos, llevado siempre por su ansia de conquistar más almas para Dios; en cambio, a Ataide solo le impulsa el ansia de mercadear y queda caracterizado como «un traficante sin alma». Algo muy similar sucederá en la obra de José María Pemán, El Divino Impaciente, que es diez años posterior, que analizaremos próximamente[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (3)

El acto tercero de Volcán de amor[1] se sitúa en Malaca, en una pieza en la factoría de los mercaderes chinos junto a la lonja del puerto. Don Álvaro, que acaba de cerrar un negocio con dos comerciantes, recibe al Padre Francisco, cuyo único pensamiento sigue siendo convertir a los chinos; tan solo falta para poder embarcar el permiso del gobernador, que no es otro que don Álvaro. Pero este, cegado por la codicia, los detiene con la excusa de que debe honrar debidamente al embajador Pereira. Entonces, señalándose el corazón, dice el santo: «aquí […], aquí tengo otro sol que revienta por derramar afuera su luz y su fuego, y, como no le dejan, todo se me revierte desde lo más hondo y no lo puedo resistir» (p. 96). Desde este punto se insistirá en esa imagen de la fiebre —real y metafórica— que le abrasa cuerpo y espíritu.

FranciscoJavier_SatisEst

A continuación, un grupo de indígenas malayos acude al santo para pedirle que no los abandone; destaca por su originalidad la canción que entonan para encantar las serpientes[2]. Llega don Diego, que trae una carta del Virrey autorizando la embajada; don Álvaro cree que a Pereira le guía tan solo su impulso de mercader, y desea la embajada para él: «Es un traficante sin alma», resume Pereira (p. 104). Mientras, el Padre Francisco sigue soñando con la China y lamentándose de la detención:

Jesús mío, me llamas desde China hace mucho tiempo y la codicia de los hombres me cierra el camino. Y yo entre tanto, preso aquí, me desgarro y me consumo en este afán. Con esta ansia, cada vez más grande, me has traído hasta las puertas de China; y ahora… ¿me vas a dejar aquí, viéndoles morir para que sea mayor mi tormento? No me des castigo tan horrible. No te pido descanso ni galardón. ¡Solo te pido almas! ¡Almas! Oigo sus voces; me traspasan las entrañas; ¡qué angustia, Dios mío! (pp. 104-105).

Se dirige a Pereira, insistiendo en que le abrasa ese intenso fuego misionero; y pide a Dios le quite la vida pues, sabedor de que los chinos no tienen quien les predique, ya no puede soportar tanto dolor. Indica la acotación: «Aunque todo este apóstrofe es muy exaltado, apártese del Santo todo ademán fingido, declamatorio, artificioso; que solo resalte en sus palabras la intensidad del divino amor» (p. 105). Sigue otro monólogo del santo, sobre el fuego que le abrasa, en el que la emoción le hace llorar. Luego le explica a Duarte: «Lloro por mis hijos de China como llorabas Tú, Señor, por los tuyos de Jerusalén» (p. 108). Duarte, ante el vil comportamiento de su amo don Álvaro, le ataca, pero el Padre Francisco lo defiende de nuevo: «No se puede ir allá por caminos torcidos. Si el comienzo de nuestra jornada había de ser un charco de sangre, nunca sea» (p. 112). Para tratar de convencer al gobernador y obtener su permiso, el santo resume su vida (cfr. las pp. 112-113: su nacimiento en el seno de una familia noble, su salida de Navarra, su paso por París, el descubrimiento de su vocación religiosa y misionera…). Ahora un hombre tan solo le detiene, interponiéndose como obstáculo cuando apenas unas pocas millas de mar le separan de la China, y ese hombre, reprocha a don Álvaro, es con su conducta doblemente traidor, a Dios y al rey.

Don Álvaro le dice entonces que puede partir, pero Pereira no; sin embargo, esto no sirve de nada, porque el misionero solamente podría predicar al amparo de la embajada oficial (pues hay decretada pena de muerte para todos los extranjeros que pongan sus pies en la China). El santo se arrepiente ahora de su supuesto orgullo y cree que son sus propios pecados los que le cortan el camino; el brazo que sostiene el crucifijo se le desmaya:

¡Apártate, amor de mi alma! ¡No me atrevo a mirarte…! Pero, ¿adónde iré sin Ti? ¡No puedo vivir más…! Todo lo abandoné, Divino Salvador, por venir a buscarte almas en estas tierras, y ahora… mis pecados me apartan de Ti… ¡Señor… luz de mi alma! ¿También Tú me vas a desamparar? Vete, Señor, pero dime adónde me he de volver y dime qué he de hacer con este fuego que me abrasa el alma… ¡que Tú encendiste para abrasar el mundo…! Estrellas del cielo por donde me miraban sus divinos ojos, ¡apagaos! ¡Ya no le veré más! Voces de las aves y de los vientos y de las olas del mar, ¡ya no me repetiréis más las palabras que Él os decía para mí!… Y pues de nada me sirven ya, quítame, Señor, los ojos, y déjame ciego, sordo, mudo; y quítame esta vida que es un martirio sin Ti (p. 116).

Se le nubla la vista, queda sin fuerzas y, entre visiones, se le aparecen los montes de su tierra, el castillo natal, su capilla, y en ella un Santo Cristo sangriento[3]. Sigue una nueva exhortación lírica, en la que se explicita el título de la obra:

¡Ya voy! ¡Ya voy! ¡Es la China…!

                        (La figura del Santo se ilumina con un nimbo sobrenatural.)

Ya voy, hijos míos, los que Dios me diera.
Ya voy, que no sufre mi alma más espera.

[…]

¡Hijos de mi alma!, hincad las rodillas.
Se acerca al Imperio vuestro Emperador:
la sangre de Cristo, ¡mi volcán de amor…! (pp. 118-119).

Y Vallejos cierra el acto poniendo en boca de San Francisco Javier el tan famoso como bellísimo soneto anónimo «No me mueve, mi Dios, para quererte…», que, en efecto, ha sido atribuido —entre otros muchos posibles autores— al santo navarro[4].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] «Mingaya / Dungaya / Petaya / Lahí, lahí, lahí, / Pengayaré, / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Lalaqué, lalaqué, babayé, / Perampampué / Lahí, lahí, lahí, / Perampampuán / Perampampué» (p. 99).

[3] El autor anota al pie: «Recojo en este pasaje la tradición del sudor de sangre que sudó el milagroso Cristo moribundo del Castillo de Xavier, los viernes del último año de la vida del santo» (p. 118).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.

«Volcán de amor» (1922) de Genaro Xavier Vallejos (2)

La acción del segundo acto de Volcán de amor[1] ocurre en Meliapur, ciudad llamada por los cristianos Santo Tomé; en concreto, en el parador de los mercaderes portugueses cerca del puerto. Ha pasado un día desde el final de la jornada anterior. Se nos indica que el gran sacerdote Visva Mithas se ha bautizado y se llama ahora Alfonso; y lo mismo ha hecho Kadilah, con el nombre de Antonio de Santa Fe. Pereira avisa a don Álvaro de que él y el misionero van a embarcar para Goa: van a China en embajada del rey de Portugal don Juan III. Don Álvaro se refiere irónicamente a esa misión: «A él solo la China, los chinas, las almas, la conversión de los pecadores, la vida perdurable…» (p. 68). Habla así porque ha vislumbrado el gran negocio comercial que puede realizarse al amparo de esa embajada oficial a la China (cfr. p. 69) y se siente invadido por la codicia, lo que le lleva a detener a Pereira y encerrarlo en su castillo de Malaca.

ViajesSanFranciscoJavier2

Después don Álvaro recibe la visita de Kanna, quien le ofrece el valioso collar que ambicionaba con la única condición de que ajusticie a los dos brahmanes bautizados, Visva Mithas y Kadilah. En esto llega el Padre Francisco con los dos indios. Duarte, arrepentido ya de los excesos de su amo, previene al santo de los malvados planes de don Álvaro. Pero el Padre, sencillo y confiado, no termina de creer cierta la maldad del gobernador, a quien indica:

Advierto que nuestros oficios se parecen mucho. Vos, buscando siempre la honra del Rey, sin descuidar la de Dios; yo, siempre buscando la honra de Dios, que nunca será en perjuicio de la del Rey (p. 79).

Javier reitera la noticia de que van al imperio de la China: el embajador será Diego Pereira y él, bajo su amparo, podrá predicar la fe católica. Duarte le avisa otra vez del peligro que corren los nuevos bautizados, pero ya es tarde. Don Álvaro, enfadado por las intromisiones de su escudero, se lanza al ataque y hiere de muerte con su espada a Alfonso, aunque Antonio consigue huir. El acto se remata con unas palabras del jesuita: «¡Caín! ¿Qué has hecho de tu hermano?», y la acotación explicita: «La voz del Santo queda vibrando como un anatema» (p. 86)[2].


[1] Cito por la edición de Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, con prólogo de Alfredo López Vallejos.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «San Francisco Javier en el teatro español del siglo XX: Volcán de amor (1922) de Vallejos y El divino impaciente (1933) de Pemán», en Ignacio Arellano, Alejandro González Acosta y Arnulfo Herrera (eds.), San Francisco Javier entre dos continentes, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2007, pp. 133-150.