«Soneto a la Virgen María, al pie de la Cruz», de Dionisio Ridruejo

Vaya para hoy, Viernes Santo, este soneto de Dionisio Ridruejo (Burgo de Osma, Soria, 1912-Madrid, 1975). Ridruejo, perteneciente a la Generación de 1936, puede adscribirse a la corriente de «poesía arraigada». Su obra poética está formada por los siguientes títulos: Plural (Segovia, Imprenta El Adelantado, 1935), Primer libro de amor (Barcelona, Yunque, 1939), Poesía en armas (Madrid, Ediciones Jerarquía, 1940), Fábula de la doncella y el río (Madrid, Editora Nacional, 1943), Sonetos a la piedra (Madrid, Editora Nacional, 1943), En la soledad del tiempo (Barcelona, Montaner y Simón, 1944), Poesía en armas. Cuaderno de la campaña de Rusia (Madrid, Afrodisio Aguado, 1944), Elegías (1943-1945) (Madrid, Adonais, 1948), En once años. Poesías completas de juventud (1935-1945), Madrid, Editora Nacional, 1950), volumen con el que fue Premio Nacional de Literatura 1950, Hasta la fecha. Poesías completas (1934-1959) (Madrid, Aguilar, 1961), Cuaderno catalán (Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1965), 22 poemas. Antología (Buenos Aires, Losada, 1967), Casi en prosa (1968-1972) (Madrid, Ediciones de la Revista de Occidente, 1972) y En breve. Hojas de un cancionero inédito (Málaga, Litoral, 1975).

Como buen representante del garcilasismo poético de posguerra, Ridruejo cultiva las estrofas clásicas, especialmente el soneto. Un buen ejemplo de su maestría en este terreno lo tenemos en este soneto dedicado al inmenso dolor de la Virgen María al ver morir a su hijo en la Cruz (con los motivos clásicos del Stabat Mater o de la Mater Dolorosa):

Andrea Mantegna, Crucifixión. Museo del Louvre (París, Francia)
Andrea Mantegna, Crucifixión. Museo del Louvre (París, Francia).

Toda la tierra, estremecida y grave,
bajo la sangre fiel que la levanta,
sufre en tu misma entraña donde canta
en siete heridas[1] tu agonía suave.

La lenta flor de tu mirada sabe,
cuando a los yertos miembros se adelanta,
hacerse hiedra de su triste planta[2]
y erguir los cielos con fervor de ave.

Bajo la Cruz —sin venas que la guarden—
llega hasta ti la savia enaltecida
donde el tiempo remedia sus rigores.

Y estás, ante los astros que no arden,
pariendo, Virgen, nuestra misma vida
como pariste a Dios, mas con dolores[3].


[1] siete heridas: alusión a los siete Dolores de María, a saber: la profecía de Simeón en la presentación de Jesús en el Templo (Lucas, 2, 22-35), la persecución de Herodes y la huida a Egipto (Mateo, 2, 13-15), Jesús perdido en el Templo por tres días (Lucas, 2, 41-50), María encuentra a Jesús cargado con la Cruz (Vía Crucis, 4.ª estación), la Crucifixión y Muerte de Nuestro Señor (Juan, 19, 17-30), el Descendimiento —María recibe a Jesús bajado de la Cruz— (Marcos, 15, 42-46) y el entierro de Jesús. La Virgen de los Dolores es una advocación de la Virgen María, también conocida como Virgen de la Amargura, Virgen de la Piedad, Virgen de las Angustias o La Dolorosa. La iconografía la representa con siete espadas o puñales travesando su corazón.

[2] hacerse hiedra de su triste planta: alusión al motivo emblemático clásico de la hiedra aferrada al árbol (encina, olmo…), en señal de profundo amor o amistad. Para más detalles remito a Aurora Egido, en Víctor García de la Concha (dir.), Homenaje a Quevedo, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1982, pp. 213-232.

[3] como pariste a Dios, mas con dolores: según algunos Padres de la Iglesia, la Virgen María no sufrió dolores al dar a luz a Jesús, si bien la Iglesia no se ha definido al respecto. Aquí, en este nuevo “parto” de Cristo a la vida eterna, María sí sufre dolores. El poema lo encuentro recogido con variantes (sobre todo en el primer cuarteto) en Fernando Salas Pineda, «Lo recitó el poeta…», Anales de las cofradías de Almería, 11 de abril de 2020: «Toda la tierra, estremecida, cabe / bajo la sangre fiel que la levanta, / y sufre en esta herida que quebranta / con siete espadas tu agonía grave. // La lenta flor de tu mirada sabe, / cuando a los yertos miembros se adelanta, // hacerse hiedra de su triste planta // y erguir los cielos con fervor de ave. // Bajo la cruz, sin venas que la guarden, // llega hasta ti la savia enaltecida / donde el tiempo remedia sus rigores. // Y estás, ante los astros que no arden, / pariendo, Virgen, nuestra propia vida / como pariste a Dios, más [sic] con dolores».

«Pecado», de Rafael Morales

Vaya para hoy, Miércoles Santo, el soneto «Pecado», de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005). El texto expresa la condición pecadora del hablante lírico («He pecado, Señor», v. 5), que se dirige en apóstrofe a Dios, consciente de su condición de «polvo vano» (v. 12), «tan humano» (v. 14).

Polvo humano

Oh, Dios mío, Dios mío. Tu ira azota
en mi carne de hombre. Por mis venas
tus látigos restallan, y me suenas
como un trueno en mi sangre más remota.

He pecado, Señor, y en cada gota
de la sangre que llevo muerdes, truenas,
hundes fieros cuchillos y me llenas
de un huracán que de tus llagas brota,

que ruge por mi pecho, que restalla,
abriéndose en la estrella de mi mano
como una enorme ola de metralla.

Sopla, Señor, sobre mi polvo vano,
avéntame cual polvo de batalla.
Mas no… ¡Perdón!… Al fin, soy tan humano…[1]


[1] Cito por Poesía española contemporánea. Antología (1939-1964). Poesía religiosa, selección, prólogo y notas de Leopoldo de Luis, Madrid / Barcelona, Ediciones Alfaguara, 1969, p. 215.

«No me mueve, mi Dios, para odiarte…», soneto de Vicente Gaos

Este soneto es el segundo texto del díptico titulado «Faut-il sʼabêtir?» de la sección «Variaciones hipotéticas», de Concierto en mí y en vosotros (San Juan de Puerto Rico, Universidad de Puerto Rico, 1965). La formulación del primer verso —que, en primera instancia, pudiera resultar sorprendente— va cobrando su verdadero sentido conforme se va desarrollando el soneto. Como comenta Lucía Cotarelo Esteban, en este poema de Gaos —como en los de otros poetas de posguerra— «aflora la necesidad de una esperanza sólida, el deseo fervoroso de una voz paternal, de un abrazo tranquilizador que aplaque en la noche el temor»[1]. Obvio es decir que el hipotexto sobre el que se construye es el famoso soneto anónimo del siglo XVI «No me mueve, mi Dios, para quererte…», una de las grandes cimas de la poesía religiosa española, cuyo primer verso antepone Gaos como lema.

Salvador Salí, Le Christ (El Cristo). Cristo de San Juan de la Cruz (1951). Kelvingrove Art Gallery and Museum (Glasgow, Reino Unido).
Salvador Salí, Le Christ (El Cristo). Cristo de San Juan de la Cruz (1951).
Kelvingrove Art Gallery and Museum (Glasgow, Reino Unido).

No me mueve, mi Dios, para quererte…
Anónimo

No me mueve, mi Dios, para odiarte,
el cielo que me tienes escondido
ni me mueve el infierno, no temido
—¿qué más infierno ya?— para rogarte

que me muevas, Señor. Pon de tu parte
lo que puedas, si puedes. Descreído,
aunque en la luz te vea, ¿qué sentido
pueden tener el sol, la vida, el arte…?

Muéveme, pues, y llámame, aunque quiera
mi pensamiento, mi razón ignara
no oírte. Dime, oh Dios, que no es quimera

la esperanza, la fe, y aunque así fuera,
engáñame —¿no puedes tal vez?— para
poder dormir, soñar hasta que muera[2].


[1] Lucía Cotarelo Esteban, «Vivencia nietzscheana de la divinidad en la poesía de posguerra», en Sergio Antoranz López y Sergio Santiago Romero (coords.), La recepción de Nietzsche en España. Literatura y pensamiento, Bern, Peter Lang, 2018, p. 174.

[2] Vicente Gaos, Poesías completas, II (1958-1973), León, Institución «Fray Bernardino de Sahagún», 1974, pp. 138-139.

«Olvidaos», de Vicente Gaos

Vaya para este Miércoles de Ceniza el poema de Vicente Gaos (Valencia, 1919-Valencia, 1980)​ titulado «Olvidaos», que pertenece a su libro Mitos para tiempo de incrédulos (Madrid, Ágora, 1964), el cual resultó ganador del Premio Ágora de ese año[1]. El texto no precisa de mayor comento. Señalaré, únicamente, que la formulación del primer verso («Olvida, hombre») vuelve del revés la frase «Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris» (las dos primeras palabras no están en Génesis, 19, 3).

Ceniza y cruz

Quia pulvis es et in pulverem reverteris

Olvida, hombre…

Olvida que eres ceniza
y has de convertirte en ceniza.

Olvídate de ese miércoles
y del in pulverem reverteris.

Pues aunque seas ceniza y polvo,
hay vida, amor, belleza en torno.

Es verdad: belleza, amor, vida,
fugitivas flores de un día.

Pero flores, sí. Mientras dure
la magia cierta de su perfume,

olvídate del polvo y la muerte.
Más vale que no recuerdes

lo que con memoria o sin ella
llamará algún día a tu puerta.

Ahora ciérrala. Abre el balcón,
que te penetre y embriague el sol.

Míralo bien: cierra los párpados,
y que el sol te salve del caos.

Al final verás que es lo mismo
vivir y morir, el domingo

que el miércoles. Cuando llegue
cenicienta y fría la muerte,

acógela conforme, tranquilo,
seguro de haber vivido.

Con la memoria de una vida
que desoyó la profecía

funeral, que no se perdió
en el miedo y duda de Dios.

Cuando sientas el gusto amargo
de la ceniza en la boca, trágalo,

apúralo. Al llegar la muerte,
abre la puerta y tiéndete, duérmete.

… No recuerdes.


[1] Se publicó también en Cuadernos de Ágora, núms. 83-84, septiembre-octubre de 1963, pp. 25-26. Y está recogido asimismo en Vicente Gaos, Poesías completas, II (1958-1973), León, Institución «Fray Bernardino de Sahagún», 1974, pp. 90-92, donde se integra en la sección II, «Tema y variaciones de la nada», de Concierto en mí y en vosotros. Aquí, tanto en el lema como en el v. 5 se lee equivocadamente «in pulvis reverterem».

«Perdido en tu nombre», de Luis Rosales

En este blog han quedado recogidas ya varias composiciones navideñas de Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992), pertenecientes todas ellas a su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). Así, pueden leerse aquí las tituladas «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo vino al mundo la oración», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Callar…», «Villancico de la falta de fe», «Villancico de las estrellas altas», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes» y «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron».

Pues bien, para hoy 3 de enero —fiesta del Santísimo Nombre de Jesús—copiaré su poema «Perdido en tu nombre», incluido en el mismo poemario. Joaquín Juan Peñalva comenta al respecto que

es una décima donde se aborda el tema del nombre de Dios, motivo recurrente en algunos poetas de esta cuerda. Lo que aparece aquí es la interpelación de un yo poemático a la luz de la Navidad, a la que solicita ayuda para hacerse un lugar junto al Padre; se produce, por tanto, una interiorización del sentimiento de la Navidad que logra trascender la dimensión descriptiva presente en la composición[1].

Nombre de Jesús

Y dice así:

Luz navideña del cielo,
dale al alma certidumbre
si perdió con la costumbre
la libertad y el anhelo;
y si al mortal desconsuelo
tus divinas manos son
la tierra de promisión
donde Dios levanta al hombre:
para perderme en tu nombre
¡da espacio a mi corazón![2]


[1] Joaquín Juan Peñalva, La revista «Escorial»: poesía y poética. Trascendencia literaria de una aventura cultural en la alta posguerra, tesis doctoral, Alicante, Universidad de Alicante, 2004, pp. 323-324.

[2] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 243. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. En la de 1964 el número subía hasta los 31. En las Obras completas forman el libro, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 composiciones, donde este es la última, la 39. En la edición de 1964 era también la que cerraba el volumen, la 31, con una variante en el v. 3 («si perdió por la costumbre»).

El «Villancico que llaman del aviador», de Federico Muelas

Otro poeta que ha compuesto originales villancicos es Federico Muelas (Cuenca, 1910-Madrid, 1974), perteneciente a la Generación del 36. De profesión farmacéutico, fundó la revista El Bergantín, si bien prefirió vivir alejado de la vida literaria pública. Su producción lírica está formada por títulos como Aurora de voces altas (1934), Entre tu vida y mi sueño (1934), Pliegos de cordel (1936), Vuelo y firmeza (1936), Temblor (1941), Cantando entre cielo y sangre (1941), Rodando en tu silencio (1964), Los villancicos de mi catedral (1967), Cuenca en volandas (1967) o Ángeles albriciadores (1971), entre otros, a los que cabe sumar otros volúmenes póstumos como la recopilación de Poesía (1979) o Poesía secreta (2000), que incluye los libros Ardiente huida y El libro de las arengas, escritos ambos en los años 50 bajo el influjo estético del surrealismo.

En el blog ya hemos dado entrada a otras composiciones navideñas suyas como «Por atajos y veredas», el «Villancico que llaman unos del aserrín y otros del Niño Carpintero», el «Villancico que llaman de la partera», el «Villancico que llaman de la llegada de los Reyes Magos» o el «Villancico nana de los tres Reyes». Añado hoy otra composición, el «Villancico que llaman del aviador», que se inserta en una serie habitual de representantes de distintos gremios u oficios que visitan el Portal de Belén. Lo más notable de este poema es que —siguiendo un motivo frecuente en la poesía de Navidad desde los tiempos clásicos— se mezcla el anuncio del nacimiento del Niño-Dios con el futuro sufrimiento de su Pasión y Muerte en la cruz, anticipada aquí en la figura del avión.

Cristo y avión-cruz

El texto es como sigue:

—¡Un arcángel!…
                                        Asombrados
le miraban los pastores.
Sobre la paz de los prados
trepidaban los motores.

—Tu pájaro es, aviador,
una cruz que vuela… Un día
pilotaré mi dolor
desde una cruz.
                             Sonreía
yerto, en su cuna, el Señor[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 247.

«De cómo vino al mundo la oración», de Luis Rosales

Hoy, en la tierra, nace el Amor.
Hoy, en la tierra, nace Dios.

Luis Rosales (Granada, 1910-Madrid, 1992) es uno de los poetas españoles que más bellamente y con mayor intensidad ha cantado la Natividad del Señor, sobre todo en su poemario Retablo sacro del Nacimiento del Señor (Madrid, Escorial, 1940; 2.ª ed. corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, ambas ediciones con ilustraciones de José Romero Escassi). Ya en años anteriores han salido en este blog algunos de los hermosos y sentidos poemas de este Retablo sacro de Rosales, como los titulados  «De cómo fue gozoso el Nacimiento de Dios Nuestro Señor», «De cómo al contemplar por vez primera los ojos de su hijo, nació una estrella nueva», «De cuán graciosa y apacible era la belleza de la Virgen Nuestra Señora», «Callar…», «Villancico de la falta de fe», «Villancico de las estrellas altas», «Donde se cuenta que en el Portal, humilde, le adoraron tres Reyes» o «De cómo estaba la luz ensimismada en su Creador cuando los hombres le adoraron».

Niño Jesús entre la nieve

Para hoy, para esta Nochebuena en la que celebramos la Buena Nueva de que Dios viene al mundo haciéndose carne mortal para redimir al género humano, copiaré este otro soneto, «De cómo vino al mundo la oración», procedente del mismo libro. En la construcción del poema emplea Rosales una imaginería metafórica de significado transparente, que no requiere comentario, y lo remata con un rotundo verso bimembre. Dice así:

De lirio en oración, de espuma herida
por el paso del alba silenciosa;
de carne sin pecado en la gozosa
contemplación del niño sorprendida;

de nieve que detiene su caída
sobre la paja que al Señor desposa;
de sangre en asunción junto a la rosa
del virginal regazo desprendida;

de mirar levantado hacia la altura
como una fuente con el agua helada
donde el gozo encontró recogimiento;

de manos que juntaron su hermosura
para calmar, en la extensión nevada,
su angustia al hombre y su abandono al viento[1].


[1] Cito por Luis Rosales, Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, pp. 224-225. La edición de 1940 del Retablo sacro del Nacimiento del Señor incluía quince poemas navideños. La de 1964 añadía otros quince, además de introducir correcciones en los poemas aparecidos en la primera edición. En las Obras completas forman el volumen, ahora titulado Retablo de Navidad, un total de 39 poemas, donde este aparece con el número 11. En la edición de 1964, donde se lee sin variantes, era el número 9.

El soneto «A un esqueleto de muchacha» de Rafael Morales

Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005), escritor perteneciente a la primera generación poética de la posguerra, se dio a conocer en las páginas de la revista Escorial y obtuvo el Premio Nacional de Literatura en 1954. Su producción lírica está formada por los siguientes títulos: Poemas del toro (1943), El corazón y la tierra (1946), Los desterrados (1947), Poemas del toro y otros versos (1949), Canción sobre el asfalto (1954), Antología y pequeña historia de mis versos (1958), La máscara y los dientes (1962), Poesías completas (1967), La rueda y el viento (1971), Obra poética (1943-1981) (1982), Prado de serpientes (1982), Entre tantos adioses (1993), Obra poética completa (1943-1999) (1999), Poemas de la luz y la palabra (2003) y Obra poética completa (1943-2003) (2004).

«A un esqueleto de muchacha» cierra la sección «Madre tierra», de su poemario El corazón y la tierra (1946)[1] y reelabora «A una calavera» de Lope de Vega, contundente soneto de desengaño barroco incluido en sus Rimas sacras. El texto es, por tanto, como explicita el propio Morales, un «Homenaje a Lope de Vega». Su editor moderno, José Paulino Ayuso, explica en nota al pie el texto que se ha tomado como base:

Se refiere el poeta al soneto de Lope de Vega: «A una calavera», cuyos primeros versos dicen: «Esta cabeza, cuando viva, tuvo / sobre la arquitectura de estos huesos / carne y cabellos, por quien fueron presos / los ojos que, mirándola, detuvo». Luego el poeta moderno imita otros recursos, como la anáfora de los versos 5, 7, 9 y 11: «Aquí la rosa de la boca estuvo… aquí los ojos de esmeralda impresos… Aquí la estimativa que tenía… aquí de las potencias la armonía» (Obras poéticas de Lope de Vega, ed. de José M. Blecua, Barcelona, Planeta, 1983). Para «cabello undoso», véase F. de Quevedo: «Afectos varios de su corazón fluctuando en las ondas de los cabellos de Lisi»[2].

La principal diferencia con el hipotexto barroco es que mientras que Lope se ciñe a cantar la calavera, Morales se refiere a todo el esqueleto de la joven, con enumeración —que sigue el habitual orden descendente de la descriptio puellae— de diversos elementos, a saber, frente, mejilla, pecho, mano, brazo, cuello, cabeza, cabello, pierna y pie.     

Paul Delvaux, La conversation (1944)
Paul Delvaux, La conversation (1944)

Homenaje a Lope de Vega

En esta frente, Dios, en esta frente
hubo un clamor de sangre rumorosa,
y aquí, en esta oquedad, se abrió la rosa
de una fugaz mejilla adolescente.

Aquí el pecho sutil dio su naciente
gracia de flor incierta y venturosa,
y aquí surgió la mano, deliciosa
primicia de este brazo inexistente.

Aquí el cuello de garza sostenía
la alada soledad de la cabeza,
y aquí el cabello undoso se vertía.

Y aquí, en redonda y cálida pereza,
el cauce de la pierna se extendía
para hallar por el pie la ligereza[3].


[1] Puede verse una «Pequeña historia de El Corazón y la Tierra» en Rafael Morales, Antología y pequeña historia de mis versos, Madrid, Escelicer, 1958, pp. 65-70.

[2] José Paulino Ayuso, en su edición de Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), Madrid, Cátedra, 2004, p. 154.

[3] Cito por Rafael Morales, Obra poética completa (1943-2003), ed. de José Paulino Ayuso, p. 154.

«Al gozo de Nuestra Señora cuando se supo Madre de Dios», de Rafael Morales

La Virgen sueña caminos,
está a la espera.
La Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

Vaya para hoy, tercer domingo de Adviento (tiempo de espera y de esperanza), este bello soneto de Rafael Morales (Talavera de la Reina, Toledo, 1919-Madrid, 2005) centrado en la Encarnación del Verbo, que —en su sencillez poética— no requiere de mayor comento.

Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid)
Bartolomé Esteban Murillo, La Anunciación (c. 1660). Museo del Prado (Madrid).

Igual que la caricia, como el leve
temblor del vientecillo en la enramada,
como el brotar de un agua sosegada
o el fundirse pausado de la nieve,

debió ser, de tan dulce, tu sonrisa,
oh, Virgen Santa, Pura, Inmaculada,
al sentir en tu entraña la llegada
del Niño Dios como una tibia brisa.

Debió ser tu sonrisa tan gozosa,
tan tierna y tan feliz como es el ala
en el aire del alba perezosa,

igual que el río que hacia el mar resbala,
como el breve misterio de la rosa
que, con su aroma, toda el alma exhala[1].


[1] Cito por la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, p. 72.

«Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales

Aunque ya han pasado los Reyes y las vacaciones tocan a su fin, seguimos todavía —hasta el domingo— en el tiempo litúrgico de la Navidad, y por eso quiero recordar uno de los textos que quedó mencionado en una entrada anterior y estaba pendiente de ser recogido aquí. Me refiero al «Diálogo entre Dios Padre y el Ángel de la Guarda del Niño, que regresaba de Belén», de Luis Rosales, perteneciente a su Retablo sacro del Nacimiento del Señor (no figura en la edición original de Madrid, Escorial, 1940, pero se incorpora en la segunda edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964).

Se trata de un breve romance (veinte versos con rima é e) en el que Dios Padre se interesa por la situación en Belén (pregunta al ángel por la mula, la paja, la Virgen, la nieve y el niño). Y aunque todas las respuestas del ángel enuncian algún aspecto negativo, la conclusión de Dios Padre es que «Todo está bien», y acalla la tímida protesta del ángel con un nuevo «Todo está bien» (valga entender que todo se ajusta a lo previsto en sus designios divinos). Como es frecuente en las composiciones de temática navideña desde la época clásica, se anticipa en el momento del nacimiento de Jesús su futura pasión (aquí en los vv. 7-8, cuando el ángel cuenta que la paja del pesebre se extiende bajo el cuerpo del recién nacido «como una pequeña cruz / dorada pero doliente»).

Niño Jesús con nieve

—¿La mula?

              —Señor, la mula
está cansada y se duerme;
ya no puede dar al niño
un aliento que no tiene.

—¿La paja?

              —Señor, la paja
bajo su cuerpo se extiende
como una pequeña cruz
dorada pero doliente.

—¿La Virgen?

                 —Señor, la Virgen
sigue llorando.

                 —¿La nieve?
—Sigue cayendo; hace frío
entre la mula y el buey[1].

—¿Y el niño?

              —Señor, el niño
ya empieza a mortalecerse[2]
y está temblando en la cuna
como el junco en la corriente.

—Todo está bien.

                     —Señor, pero…

—Todo está bien.

Lentamente
el ángel plegó sus alas
y volvió junto al pesebre[3].


[1] buey: en posición de rima (verso par) del romance; podemos considerarlo una licencia, o bien añadir una -e paragógica (bueye).

[2] mortalecerse: no figura este verbo en el DRAE, ni lo encuentro documentado tampoco en el CORDE. Sea o no un neologismo de Rosales, se trata de una sugerente creación léxica: el niño Jesús (que, siendo Dios, ha asumido la naturaleza humana, mortal) empieza ya a mortalecerse, a ʻacercarse a la muerteʼ, en primer lugar porque está desprotegido, aterido de frío, y podría morir; pero, sobre todo, porque morir para redimir a todo el género humano es su destino.

[3] Cito por Obras completas, vol. I, Poesía, Madrid, Trotta, 1996, p. 242, donde es el poema número 37 de Retablo de Navidad. En Retablo sacro del Nacimiento del Señor, 2.ª edición, corregida y aumentada, Madrid, Editorial Universitaria Europea, 1964, pp. 59-60, es el poema número 28 y el texto presenta algunas variantes: los vv. 3-4 son «tal vez no sepa mañana / que ha nacido para siempre»; el v. 6 es «no parece paja y duele»; y en el v. 8 el segundo adjetivo es «crujiente» en vez de «doliente». El texto ha sido musicado y cantado por Antonio Mata.