Antecedentes de la novela histórica: las crónicas medievales

Por lo que respecta a la historiografía medieval, la Primera Crónica General o Estoria de España incorpora ya, por su valor histórico, prosificaciones de los cantares de gesta sobre Bernardo del Carpio, Fernán González, los infantes de Lara, el Cid, el cerco de Zamora, Mainete… en las que se incluyen aventuras novelescas, procedentes de novelitas versificadas o de cuentos en prosa, elementos dispares que se integran en un cuerpo «histórico». A la cuarta parte de la Grand e general Estoria pertenece la historia novelada de Alejandro Magno, la Estoria de Alexandre el Grand. También nos interesan de esta segunda crónica del taller alfonsí las páginas dedicadas a la historia de Troya, materia aprovechada después en múltiples versiones: Historia troyana polimétrica, Sumas de la historia troyana, etc. Fuera de la Península, encontramos también esta mezcla de historia y ficción en la importante Historia de los reyes de Bretaña, de Godofredo de Monmouth, obra que daría lugar a las principales novelas del ciclo artúrico.

Historia de los reyes de Britania

En general, en todas las obras historiográficas medievales (crónicas, anales, genealogías…) la historia se presenta fuertemente novelizada, adornada con la invención de elementos míticos y fabulosos, y con explicaciones pseudocientíficas de los hechos; en ellas se da el mismo tratamiento a Aquiles y Eneas que a Alejando Magno o Julio César; el lector de los siglos XII y XIII aceptaba todo el relato como cierto, con sus inverosimilitudes y fantasías. No existía una conciencia histórica plena, rigurosamente científica, que permitiera deslindar claramente lo cierto y lo fabuloso, lo histórico y lo legendario, de ahí que la frontera entre verdad y poesía se presente en estas obras difuminada. En realidad, se da en ellas una visión poética de la historia, género que constituye todavía, como en la antigüedad clásica, un arte literario[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica: las obras del mester de clerecía

Respecto a las obras cultas del mester de clerecía, el Poema de Fernán González relata las luchas de este conde castellano con los reyes de León y de Navarra; lo histórico se mezcla aquí con lo legendario al explicarse la independencia del condado de Castilla por la deuda, aumentada «al gallarín doblado», que el rey leonés contrajo con Fernán González al comprarle su caballo y su azor.

El Libro de Alexandre, de mediados del siglo XIII, es una biografía de Alejandro de Macedonia aderezada con elementos fantásticos. El tema era tradicional, pues ya en el siglo III d. C. un escritor de Alejandría, el denominado Pseudo Calístenes, había escrito la Novela de Alejandro, obra que transformaba en mito la biografía de Alejandro Magno, mezclando con los datos históricos gran cantidad de episodios fabulosos e irreales. Igualmente, la vida y las hazañas del rey de Macedonia figuran en la cuarta parte de la General Estoria de Alfonso X.

Incipit del Libro de Alexandre

Por último, el Poema de Alfonso Onceno, de Rodrigo Yáñez, es un libro que narra hechos históricos contemporáneos, con pocos elementos legendarios o ficticios: es una crónica escrita hacia 1348 sobre el reinado de Alfonso XI de Castilla y León. Los principales sucesos históricos en él contenidos son el sitio de Tarifa y la batalla del Salado; por el contrario, figuran como elementos legendarios las profecías puestas en boca del mago Merlín[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Antecedentes de la novela histórica en la literatura española: la épica

La novela histórica moderna nace en el siglo XIX —según hemos visto en entradas anteriores— con Walter Scott y, en el caso de España, con sus imitadores. Sin embargo, cabe rastrear en la literatura española algunos posibles antecedentes de ese peculiar modo de narrar en el que se mezcla historia y ficción. En efecto, son muchas las obras en las que, de una forma u otra, encontramos una amalgama de ambos elementos, aunque esto no quiera decir, ni mucho menos, que la novela histórica del XIX descienda directamente de las producciones que a continuación voy a mencionar[1]. Guillermo Zellers ya dejó indicado que los orígenes de la novela histórica pueden buscarse desde los comienzos mismos de la literatura, y que

los elementos de ficción e historia en conjunto se encuentran en las epopeyas, en las crónicas, en traducciones de leyendas árabes y otras orientales, en cuentos de caballerías de fondo histórico y en unas pocas obras a las cuales se puede aplicar correctamente el nombre de «novelas históricas»[2].

Así pues, haré una referencia a esos posibles antecedentes de la novela histórica decimonónica, destacando características generales, y sin pretender que esta enumeración sea exhaustiva. Habría que comenzar hablando de la épica, de las crónicas medievales y de las obras del mester de clerecía.

La epopeya es propiamente la primera forma literaria inspirada por la historia. Y se pueden encontrar algunos puntos de contacto entre épica y novela histórica: la descripción de armas, batallas, combates singulares, embajadas y ceremonias de investidura de caballeros; la escasa presencia del pueblo (aunque en la novela histórica aparece un mundo algo más diferenciado socialmente); o la comunicación entre narrador y receptor (oyente en el caso de la épica, lector en el de la novela). Otros elementos menores de la épica como la lucha fronteriza o el enfrentamiento familiar entre miembros de un mismo clan reaparecen también en la novela histórica. Sin embargo, en la obra épica el héroe está mitificado, es un personaje nacional que ocupa el puesto central de la historia, en tanto que en la novela histórica casi nunca pasa de ser un «héroe medio» que concilia los dos extremos en lucha; aquí lo histórico queda en un segundo plano, y las relaciones entre lo público y lo privado, lo social y lo individual, son bien distintas.

Por otra parte, es conocida la teoría de Georg Lukács según la cual la novela cumple en la moderna sociedad burguesa el mismo papel que la épica en la antigua; en este sentido, la novela histórica vendría a ser la «épica moderna»: «La novela histórica clásica hizo patentes en forma ejemplar las leyes generales de la gran poesía épica»[3]. También para Vladimir Svatoñ la novela es un género problemático que constantemente está «volviendo la vista a la epopeya»[4], aspecto este que ha sido negado por María de las Nieves Muñiz: «Si el hombre moderno existe en el horizonte de la historia, ello […] no acerca más la novela a la epopeya»[5].

En cuanto a la mezcla de historia y ficción en la épica, convendría recordar que la epopeya castellana es muy verista o «realista», a diferencia de la de allende los Pirineos, más dada a incluir elementos fantásticos y maravillosos. Menéndez Pidal destacó la historicidad del Cantar de mio Cid, que se ciñe con bastante fidelidad a los sucesos acaecidos: acción, personajes, pensamientos y sentimientos corresponden en lo esencial a la realidad histórica (frente al desfigurado Cid, altanero e insolente, que hallaremos en los romances y en otras obras del ciclo de las mocedades). En fin, el Cantar de mio Cid es poético como documento histórico y es histórico como poema literario[6].

Primer folio del Cantar de mio Cid


[1] Como señala Juan Ignacio Ferreras, «la novela histórica que comienza en el primer tercio del siglo XIX no debe nada a los sin duda honrosos y honrados antecedentes nacionales de la misma; creer que existe un novelar histórico que viene de Las guerras civiles de Granada para acabar, pongamos por caso, en El doncel, de Larra, es un disparate crítico, o lo que es lo mismo, una curiosidad erudita» (El triunfo del liberalismo y la novela histórica, Madrid, Taurus, 1976, p. 70).

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, pp. 9-10.

[3] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 441.

[4] Vladimir Svatoñ, «Lo épico en la novela y el problema de la novela histórica», Revista de Literatura, LI, 101, 1989, pp. 5-20: «Por su concentración en el destino de la comunidad popular la llamada novela histórica está más cerca de la novela epopeya que de la historiografía racionalista» (p. 20).

[5] María de las Nieves Muñiz, La novela histórica italiana. Evolución de una estructura narrativa, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1980, 30. Cf. el capítulo I, «De la épica a la novela histórica» (pp. 21-52).

[6] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Walter Scott, padre de la novela histórica

Si quisiéramos esbozar un brevísimo panorama de la novela histórica, podría resumirse en tres grandes fases: unos antecedentes más o menos cercanos antes de Scott; Scott y toda una multitud de imitadores en el siglo XIX; y la novela histórica post-scottiana del siglo XX, más diversificada en sus técnicas y estructuras.

Sir Walter Scott

Walter Scott ha sido calificado, con razón, como padre de la novela histórica. Situar la acción en épocas pasadas se hacía, ya lo he mencionado en otras entradas, desde mucho tiempo atrás, aunque cuidando poco la descripción detallada y exacta del ambiente pretérito y la vinculación entre la trama novelesca y el fondo histórico, que aparecía como algo postizo. Pero es Scott quien, partiendo de la tradición narrativa inglesa del siglo XVIII e influido por las tesis del historiador Macaulay, crea el patrón y deja fijadas las características de lo que ha de ser la fórmula tradicional del nuevo subgénero narrativo. Scott, «el Cervantes de Escocia», es ante todo un gran narrador, un escritor que sabe contar historias. En sus novelas históricas destaca en primer lugar la exactitud y minuciosidad en las descripciones de usos y costumbres de tiempos ya pasados, pero no muertos; su pluma consigue hacer revivir ante nuestros ojos ese pasado, mostrándonoslo como algo que tuvo una actualidad; y no solo eso, sino también como un pasado que influye de alguna manera en nuestro presente, es decir, muestra el pasado como «prehistoria del presente», según la terminología de Georg Lukács.

El escritor escocés sabe interpretar las grandes crisis, los momentos decisivos de la historia inglesa: momentos de cambios, de fricciones entre dos razas o culturas, de luchas civiles (o de clases, según Lukács); y lo hace destacando la complejidad de las fuerzas históricas con las que ha de enfrentarse el individuo. No altera los acontecimientos históricos; simplemente, muestra la historia como «destino popular» o, de otra forma, ve la historia a través de los individuos.

Aunque la crítica moderna considera unánime que sus mejores novelas son aquellas que menos se alejan en el tiempo, esto es, las de ambiente escocés (y entre ellas, sobre todo, El corazón de Mid-Lothian), la que más influyó en la novela histórica romántica fue, sin duda alguna, Ivanhoe (en menor medida, El talismán y Quintin Durward).

Ivanhoe, de Walter Scott

Ivanhoe nos traslada a un mundo de ensueño, a una Edad Media idealizada, que la actitud escapista de muchos románticos tomaría después como escenario de sus narraciones. En esa novela podemos encontrar además casi todos los recursos scottianos que serían asimilados posteriormente por los novelistas históricos de toda Europa[1].


[1] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Aparición del subgénero novela histórica: el caso de España

En el caso concreto de España, lo que fue la Revolución francesa para toda Europa lo supuso el cúmulo de circunstancias de los años 30[1].

La Libertad conduciendo al pueblo, por Delacroix

En efecto, por esas fechas se alían poderosos factores de tipo político, social y cultural —cambio de régimen tras la muerte de Fernando VII, enfrentamiento civil con la primera guerra carlista, persecución de religiosos, regreso de los exiliados, tímido ascenso de la burguesía, desaparición de la censura, triunfo del Romanticismo, moda de las novelas de Scott, etc.— que facilitan la consolidación del género novelesco y, en concreto, el triunfo de la novela histórica en nuestro país.

Fernando VII, por Vicente LópezNinguna de estas circunstancias por separado puede explicar dicho fenómeno perfectamente, es decir, sin pecar de simplista; sí, en cambio, la conjunción de todas ellas[2].


[1] Cfr. Vicente Lloréns, El Romanticismo español, Madrid, Castalia, 1989, pp. 229-230.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Aparición del subgénero novela histórica en Europa

Según Georg Lukács[1], la novela histórica clásica nace a principios del siglo XIX como consecuencia de una serie de circunstancias histórico-sociales, viniendo a coincidir aproximadamente con la caída del imperio de Napoleón Bonaparte en 1815; de hecho, Waverley, la primera novela de Walter Scott, es de 1814.

Waverley, de Walter Scott

Existen, por supuesto, algunas novelas de tema histórico anteriores, como las denominadas «antiquary novels» inglesas de la segunda mitad del XVIII, pero en ellas no encontramos la voluntad de reconstruir el pasado; solo son históricas en su apariencia externa, pues la psicología de los personajes y las costumbres descritas corresponden a la época de sus autores. Scott, partiendo de la novela de sociedad, crea la novela histórica moderna (y dignifica literariamente todo el género novelesco) en un momento en que se dan en Europa una serie de circunstancias socio-políticas que facilitan su nacimiento.

En efecto, con la Revolución francesa y las posteriores guerras napoleónicas, se crean los primeros grandes ejércitos de masas y el pueblo comienza a tomar conciencia de su importancia histórica. Además, estas luchas despertarán el sentimiento nacionalista en los territorios sometidos, lo que conducirá a una exaltación del pasado nacional y a un interés creciente por los temas históricos. Así pues, Scott vive en una época de profundos cambios y, de hecho, también situará sus novelas en momentos críticos de la historia inglesa. Que las situaciones de grandes crisis históricas son especialmente favorables para suscitar la aparición de una filosofía de la historia es un hecho unánimemente destacado por pensadores y críticos[2].

Toda una serie de factores facilita, por consiguiente, el nacimiento de la novela histórica europea. Sin embargo, para María Isabel Montesinos hay que retrasar hasta después de 1848 la verdadera repercusión en la literatura de la novela histórica de Scott: si bien es cierto, en su opinión, que con la Revolución francesa la burguesía ha tomado conciencia de su función histórica, no será en cambio hasta después de las revoluciones del año 48 cuando esta burguesía se convierta en sujeto activo real del proceso histórico y se incorpore también de forma definitiva al papel de protagonista de la novela[3].


[1] Cf. Georg Lukács, «Las condiciones histórico-sociales del surgimiento de la novela histórica», en La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, pp. 15-29, al que sigo en lo fundamental aquí.

[2] «Las épocas de mayor turbulencia social, las situaciones históricas más caóticas y conflictivas conllevarían una mayor exigencia y demanda de historización, es decir, de organización narrativa para una desbordante avalancha de vivencias que el individuo no alcanza entera o perfectamente a asimilar o entender y que está pidiendo a gritos historia» (Ignacio Soldevilla-Durante, «Esfuerzo titánico de la novela histórica», Ínsula, núms. 512-513, 1989, p. 8).

[3] Cfr. María Isabel Montesinos, «Novelas históricas pre-galdosianas sobre la guerra de la Independencia», en Mercedes Etreros, María Isabel Montesinos y Leonardo Romero (eds.),  Estudios sobre la novela española del siglo XIX, Madrid, CSIC, 1977, p. 13.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Breve definición de la novela histórica

Como resumen de lo dicho en entradas anteriores, podemos concluir que la novela histórica es un subgénero narrativo (obra de ficción, por tanto) en cuya construcción se incluyen determinados elementos y/o personajes históricos. Ahora bien, no existe ninguna peculiaridad de tipo estructural que nos permita distinguir una novela histórica de otro tipo de novela. Así lo reconoce Georg Lukács:

Si observamos, pues, seriamente el problema de los géneros, solo podremos plantear la cuestión del siguiente modo: ¿cuáles son los hechos vitales sobre los que descansa la novela histórica y que sean específicamente diferentes de aquellos hechos vitales que constituyen el género de la novela en general? Si planteamos así la pregunta, creo que únicamente podemos responder así: no los hay[1].

También Mariano Baquero Goyanes, al hablar de la novela policiaca como un tipo de narración que cuenta con una estructura bien determinada, señala que no ocurre lo mismo con la novela histórica, sino que esta aprovecha todas las estructuras del género novelesco:

La novela policíaca, antes que una especie literaria, es sobre todo una estructura. […] Una novela histórica quedará siempre definida por unos determinados aspectos que la diferencian de otras modalidades novelescas; pero, de hecho, no posee la fijación estructural que es propia de la novela policíaca. (En el género de la novela histórica caben las más dispares estructuras. Compárense, por ejemplo, la de Quo Vadis? de Sienkiewicz, y la de Los Idus de Marzo, de T. Wilder.)[2].

En definitiva, lo que hace histórica a una novela es una cuestión de contenido, de tema o argumento. En cualquier caso, pese a la ausencia de una fijación estructural bien determinada, la novela histórica se sigue cultivando y continúa estando de moda, hasta el punto de constituir para algún crítico una posible vía de salvación para el género novelesco en decadencia:

El retorno cíclico a la novela histórica […] es un gesto de los pocos que aún pueden salvar a la novela de su naufragio en la categoría de los géneros pasados, como la epopeya, que le precedió en el declive. Mientras periódicamente logre salir a flote y tomar bocanadas de oxígeno histórico, la novela podrá mantenerse a dos aguas. Como Anteo, la novela recobra energías cuando vuelve a hacer pie en sus orígenes historiales[3].

Novelas históricas


[1] Georg Lukács, La novela histórica, trad. de Jasmin Reuter, México, Era, 1977, p. 298.

[2] Mariano Baquero Goyanes, Estructuras de la novela actual, Madrid, Castalia, 1989, p. 153.

[3] Ignacio Soldevilla Durante, «Esfuerzo titánico de la novela histórica», Ínsula, núms. 512-513, 1989, p. 8. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

Novela histórica vs. Episodio nacional

Otra cuestión interesante que podríamos considerar al tratar de las novelas históricas es la siguiente: ¿qué distancia temporal entre el presente del autor y la historia narrada es necesaria? La crítica ha señalado una separación mínima de unos cincuenta años[1], que, en cualquier caso, no deja de ser una cifra arbitraria. Para Juan Ignacio Ferreras, las novelas históricas pueden construirse de tres formas distintas, por lo menos: «o alejándolas en el tiempo y llegando a lo que pudiéramos llamar novela arqueológica; o alejándose hasta la generación de los abuelos; o, finalmente, escribiendo acerca de la actualidad histórica contemporánea o muy presente»[2].

Creo que sería útil establecer una distinción entre novela histórica y «episodio nacional contemporáneo», reservando este término para aquellas obras que no alejan demasiado su acción en el tiempo, esto es, para aquellas que novelan acontecimientos históricos vividos —o que pudieron llegar a ser vividos— por el autor, como sucede con las cinco series de Episodios Nacionales de Pérez Galdós, en las que se recogen los acontecimientos de la historia de España desde unos años antes de la guerra de la Independencia (la batalla de Trafalgar) hasta la Restauración borbónica[3].

Trafalgar, de Pérez Galdos


[1] Cf. Biruté Ciplijauskaité, Los noventayochistas y la historia, Madrid, José Porrúa Turanzas, 1981, p. 13.

[2] Juan Ignacio Ferreras, La novela en el siglo XVII, Madrid, Taurus, 1987, pp. 56-57.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

La novela histórica, género híbrido

Así pues, vemos que aquí radica uno de los principales peligros de este tipo de narración; por su propia naturaleza, la novela histórica es un género híbrido, mezcla de invención y de realidad. Por un lado, le exigimos a este tipo de obras la reconstrucción de un pasado histórico más o menos remoto, para lo cual el autor debe acarrear una serie de materiales no ficticios; la presencia en la novela de este andamiaje histórico servirá para mostrarnos los modos de vida, las costumbres y, en general, todas las circunstancias necesarias para nuestra mejor comprensión de aquel ayer. Pero, a la vez, el autor no debe olvidar que en su obra todo ese elemento histórico es lo adjetivo, y que lo sustantivo es la novela. Y esta es una piedra de toque fundamental a la hora de decidir si una determinada obra es una novela histórica o no: la ficcionalidad, ya que el resultado final de esa mezcla de elementos históricos y literarios no es una obra correspondiente a la historia, sino a la literatura, es decir, una obra de ficción.

Historia y novela histórica

Todo esto hace que la novela histórica sea un subgénero relativamente complicado. De hecho, la dificultad mayor para el novelista histórico residirá en encontrar un equilibrio estable entre el elemento y los personajes históricos y el elemento y los personajes ficcionales, sin que uno de los dos aspectos ahogue al otro[1]. Si peca por exceso en su labor reconstructora del pasado, la novela dejará de serlo para convertirse en una erudita historia anovelada; por el contrario, si por defecto, la novela será histórica únicamente de nombre, por situar su acción en el pasado y por introducir unos temas y unos personajes pseudohistóricos.


[1] Umberto Eco distingue, en este sentido, tres formas de acercarse literariamente al pasado histórico: el «romance», que toma simplemente el pasado como fabuloso telón de fondo, como base para dejar volar la fantasía; la «novela de capa y espada», al estilo de Dumas, en la que se inventan personajes y hechos sobre un fondo histórico más o menos real; y la «novela histórica», cuyos personajes, aunque fingidos, se comportan como lo harían los personajes reales de aquella época (Umberto Eco, Apostillas a «El nombre de la rosa», Barcelona, Lumen, 1984, pp. 80-81).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.

¿Qué es la novela histórica?

¿Qué es la novela histórica? ¿Qué requisitos debe reunir una novela para poder aplicarle el adjetivo histórica? ¿Qué es lo que hace que podamos reunir bajo esa etiqueta obras tan dispares como Ivanhoe y La cartuja de Parma, Guerra y paz y El último mohicano, El señor de Bembibre y Bomarzo?

El último mohicano, de Fenimore Cooper

Todos tenemos una noción más o menos precisa de qué cosa sea una novela histórica, y poseemos intuitivamente la certeza de si tal novela es histórica o no lo es. Pero a la hora de plantearse una definición genérica la cuestión no es tan sencilla[1]. La característica más evidente es que todas las novelas mencionadas, tan diferentes entre sí, sitúan su acción (ficticia, inventada) en un pasado (real, histórico) más o menos lejano. Esta es una primera aproximación, aunque todavía demasiado vaga y general, que viene a coincidir con una definición aportada por Felicidad Buendía:

Definir la novela histórica en un sentido estricto supone decir de ella sencillamente que desarrolla una acción novelesca en el pasado; sus personajes principales son imaginarios, en tanto que los personajes históricos y los hechos reales constituyen el elemento secundario del relato[2].

En otra entrada me referiré con más detalle a los personajes de la novela histórica. De momento, podría añadirse para nuestra definición provisional otra característica: para que una novela sea verdaderamente histórica debe reconstruir, o al menos intentar reconstruir, la época en que sitúa su acción, tal como propugna Amado Alonso:

En este sentido, novela histórica no es sin más la que narra o describe hechos y cosas ocurridos o existentes, ni siquiera —como se suele aceptar convencionalmente— la que narra cosas referentes a la vida pública de un pueblo, sino específicamente aquella que se propone reconstruir un modo de vida pretérito y ofrecerlo como pretérito, en su lejanía, con los especiales sentimientos que despierta en nosotros la monumentalidad[3].

Salambó, de FlaubertOcurre, sin embargo, que si señalamos como condición sine qua non para que una novela sea histórica la reconstrucción arqueológica de una época pretérita, su número se reduce notablemente, ya porque no todas logran esa reconstrucción, ya porque las que lo consiguen pierden muchos puntos como novelas. Bien sabido es que Flaubert, refiriéndose a su novela Salammbô, reconoció que al final había levantado un pedestal demasiado grande (la reconstrucción de Cartago) para una estatua que se le quedó chica (la caracterización psicológica de la protagonista). Ramón Solís Llorente afirma que «debe haber una intención en el autor de presentar una época, de aprovechar la ambientación de la novela para dar a conocer la realidad histórica de un momento determinado»[4]. Del mismo modo, Francisco Carrasquer insiste claramente en esta característica:

Porque si es un subgénero de la novela, la novela histórica tiene que ser y no puede ser otra cosa que novela. No «ante todo» o «sobre todo» novela, sino novela de arriba abajo. Después de ser novela, solo después, puede mojarse, teñirse o colorearse de histórica. Pero este adjetivo no puede sustantivarse, so pena de dejar de ser literatura[5].


[1] No pretendo ahora una definición completa, pero considero conveniente, antes de seguir hablando de novela histórica, aportar brevemente algunas ideas al respecto.
[2] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 16-17.
[3] Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, pp. 143-144. A título de curiosidad indicaré que esta característica se menciona en la definición del DRAE (20.ª ed., 1992): «Novela histórica. La que se constituyó como género en el siglo XIX, desarrollando su acción en épocas pretéritas, con personajes reales o ficticios, y tratando de evocar los ambientes, costumbres e ideales de aquellas épocas».
[4] Ramón Solís Llorente, Génesis de una novela histórica, Ceuta, Instituto Nacional de Enseñanza Media, 1964, p. 41.

[5] Francisco Carrasquer, «Imán» y la novela histórica de Sender, London, Tamesis Books Limited, 1970, p. 70. Y añade: «Pero no basta con referirnos al pasado para que nuestra novela pueda llamarse histórica. Ese pasado ha de sernos conocido o cognoscible, ha de estar registrado, cronicado, ha de ser histórico». Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Retrospectiva sobre la evolución de la novela histórica», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 13-63; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 11-50.