La heroína en la novela histórica romántica

Dama medieval, de John Brett

La protagonista está idealizada al máximo; es una mujer hermosa como un sueño[1] y de bondad sin par, tierna y delicada, rodeada a veces de un aura de tristeza y melancolía —¡cómo no recordar la Beatriz de El señor de Bembibre!, con una voz de dulzura celestial (suele cantar y tocar el arpa); es, en definitiva, «un ángel divino hecho para inspirar amor»He seleccionado, de las muchas posibles, un par de citas para ilustrar este apartado; la primera corresponde a la descripción de la Elvira de Sancho Saldaña; la segunda es el comentario que añade el narrador después de describirnos a la protagonista de La heredera de Sangumí:

Su rostro pálido, y más ajado por el dolor y la penitencia que por los años, pues no parecía tener arriba de veintidós, tenía un no sé qué tan angelical y amoroso, que cautivaba y enamoraba con sus ternuras. Pero el sentimiento que inspiraba era más dulce y respetuoso que ardiente y apasionado. […] Su languidez, la ternura, el corte ovalado de su semblante y, sobre todo, el velo místico, la mágica nube que hacía imaginar que la rodeaba, habría hecho doblar la rodilla al más profano y adorarla como una divinidad (p. 572).

Al ver a Matilde era forzoso concebir en la mente la idea de la dulzura, del cariño, de la amabilidad, de todos aquellos afectos tiernos que son la más inmediata emanación de los cielos; y sentía el alma una irresistible tendencia hacia aquel lánguido y precioso objeto que parecía formado por el Hacedor supremo con el designio de que inspirase el amor (p. 1168).

Esta mujer, toda belleza y bondad, representa a veces el amor salvador típico del Romanticismo (aunque a veces los amantes no alcanzan la felicidad[2]); su papel en la novela suele ser bastante pasivo[3]: es víctima de las circunstancias, que siempre oponen algún tipo de obstáculo al amor que sienten ella y su amado. Por ejemplo, será raptada por un rival; o su padre se opondrá a su inclinación amorosa por haber encontrado un matrimonio más ventajoso; o alguno de ellos profesará y los votos de la orden dificultarán su amor; o ambos amantes pertenecerán a familias rivales enfrentadas con un odio a muerte. A veces se añade el hecho de que uno o los dos enamorados son los últimos representantes de su linaje o estirpe, circunstancia que introduce una nota más de melancolía[4]. Es habitual el refugiarse en un convento, bien para eludir una dificultad, bien al final de la novela, por despecho o para renunciar al mundo[5].


[1] En Los caballeros de Játiva (pp. 106-107), Nuño empieza a contar la leyenda de una princesa, encantada en la Torre del Sol, «cuya extraordinaria hermosura excedía a toda ponderación»; entonces su amo García Romeu le responde: «Es claro que siendo princesa y heroína de cuento no había de tener una belleza vulgar».

[2] El caso más notable del amor como salvación es el que inspira Leonor de Iscar a Sancho Saldaña (cfr., por ejemplo, el diálogo de las pp. 604-605), aunque al final los celos de Zoraida impiden el final feliz.

[3] M. O’Byrne Curtis trata de mostrar, sin embargo, el papel activo de un «yo» femenino en el caso de Beatriz, en la novela de Gil y Carrasco, en su trabajo «La doncella de Arganza: la configuración de la mujer en El señor de Bembibre», Castilla. Estudios de Literatura, 15, 1990, pp. 149-159.

[4] Los Puigvert en El templario y la villana, el linaje de Iscar en Sancho Saldaña, la casa de Cervera en El rapto de doña Almodis, los Pérez de Ongayo en Ave, Maris Stella; en El señor de Bembibre Álvaro y Beatriz son también los últimos representantes de sus familias.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El héroe en la novela histórica romántica

En la novela histórica tradicional, lo más frecuente es que los personajes principales sean inventados, en tanto que los históricos reales, si aparecen, quedan en un segundo plano; y es lógico si pensamos en la dificultad añadida de tener que ceñirse a un carácter bien conocido por otras fuentes, no pudiendo recurrir a la imaginación sin el riesgo de falsear la novela. El protagonista masculino viene a ser, por tanto, el típico «héroe medio» de Scott aunque, como siempre, puede haber excepciones (Martínez de la Rosa o Navarro Villoslada, entre otros, colocan en un primer plano de sus novelas a personajes históricos importantes). Puede tratarse del típico héroe romántico, caracterizado por la soledad y melancolía de su persona, enfrentado a unas circunstancias adversas y a un destino fatal que le conduce irremisiblemente a la muerte o a la frustración de todas sus esperanzas (los modelos más acabados serían Sancho Saldaña, en la novela de Espronceda, y Macías, en El doncel de don Enrique el Doliente).

Sátira del suicidio romántico, de Leonardo Alenza

Se trata, por tanto, de un «héroe pasivo», según la definición de Ana L. Baquero:

Por héroe pasivo debe entenderse, en el concreto género que estudiamos, el personaje que queda configurado desde su nacimiento por las circunstancias que lo rodean. Esto es: lo que importa es la acción que pesa sobre el héroe y no la individualidad y personalidad del mismo[1].


[1] Ana L. Baquero Escudero, «Cervantes y la novela histórica romántica», Anales cervantinos, XXIV, 1986, pp. 180-181. Esta característica ya fue señalada por Amado Alonso, Ensayo sobre la novela histórica. El Modernismo en «La gloria de Don Ramiro», Buenos Aires, Instituto de Filología, 1942, p. 174. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Superficialidad de los análisis psicológicos en la novela histórica romántica

Los personajes de la novela histórica presentan, en general, muy poca profundidad psicológica; son figuras de un solo trazo y aparecen caracterizados de una vez para siempre: en cuanto se nos ofrece su primera descripción, ya sabemos cómo van a actuar y reaccionar a lo largo de toda la novela. Es clara la división del mundo novelesco en dos grupos, «los buenos», muy buenos, y «los malos», muy malos. De esta forma, los personajes se convierten muchas veces en meros tipos, estilizados hacia el bien o hacia el mal, sin que exista un término medio:

El personaje romántico —explica Navas Ruiz— suele ser de una sola pieza, sin inflexiones psicológicas, sin contradicciones: todo su comportamiento responde siempre a una esencia. El traidor actúa en traidor, el caballero en caballero, el bueno como bueno. Si se hiciera una distinción entre carácter o elementos psicológicos de un personaje considerado diacrónicamente, y tipo o elementos psicológicos considerados sincrónicamente, fijados definitivamente en un momento, cabría decir que el romanticismo ha creado tipos, no caracteres[1].

Por supuesto, hay autores que saben matizar psicológicamente a sus personajes por medio de detenidos análisis e introspecciones, sin caer necesariamente en ese maniqueísmo. Pero lo habitual es que exista un héroe y una heroína con una serie de personajes que les brindan su ayuda, y un malvado traidor o antihéroe con sus correspondientes secuaces. Los protagonistas suelen tener patronímicos eufónicos (Álvaro, Rodrigo, Alfonso, Ramiro, Lope, Carlos; Beatriz, Elvira, Isabel, Inés, Leonor, Blanca son nombres frecuentes).

El beso, de Francesco Hayez

Igualmente, su descripción física coincide con la psicológica: en principio, pues, belleza y bondad van unidas, de la misma forma que aparecen juntos el mal y la fealdad[2]. Amor, celos, odio, venganza[3], ambición y honor serán los sentimientos que muevan a unos y a otros.

La palabra fisonomía se repite casi hasta la saciedad en estas novelas; debemos recordar que están de moda las fisiologías, así como los estudios de frenología y craneoscopia (Gall, Lavater): «Rara fisonomía era la del reverendo viajero. […] El mismo Lavater no hubiera fácilmente decidido si era nuestro hombre un bendito o un desesperado», leemos en El golpe en vago (p. 892). Espronceda recomienda que consulten el tratado de Gall aquellos lectores que no crean que puede adivinarse la forma de ser de las personas en la expresión de sus caras (p. 586; ver también las pp. 635, 653 y 706). Los sintagmas «sonrisa sardónica» o «gesto diabólico» son característicos para pintar con dos palabras la expresión de los personajes negativos. La escasez de penetración psicológica puede descubrirse, por ejemplo, en estas palabras en las que se nos cuenta cómo García Almorabid llora por un instante la muerte de su hija para olvidarse de ello al momento:

La condición de aquellos hombres avezados a la vida de la caza y de la guerra era brava y dura; en ella sobrenadaban muchas influencias, heredadas de la primitiva barbarie, modificada, pero no extinguida aún, por el cristianismo y los sentimientos caballerescos. Las almas eran, por lo general, incapaces de persistir en la pena; recibido el golpe y pagado el primer tributo a la humanidad, producíase la reacción y volvían a su tensión ordinaria que era la insensibilidad. El arrebato del dolor paternal fue violento, y rápido en la misma medida; don García no tardó en encauzarlo, recluyéndolo en lo más hondo del corazón. Se alzó del suelo afligido, pero no desesperado. […] Se sentía más inexorable y sin escrúpulos: aquella inmensa desgracia acababa de cortar el postrero y flojo lazo que lo unía al bien (Don García Almorabid, pp. 192-193)[4].


[1] Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español, Salamanca, Anaya, 1970, p. 32.

[2] Ver Antonio Prieto, «Introducción» a Enrique Gil y Carrasco, El señor de Bembibre, Madrid, EMESA, 1974, p. 8.

[3] La venganza será el motor principal de muchos personajes: Aznar Garcés quiere vengar la muerte de su hermano en La campana de Huesca; en Ave, Maris Stella el catalán Serra odia al Rebezo porque mató a su hermano y tiene jurada su venganza; en Sancho Saldaña la venganza de Zoraida, cegada por los celos, propiciará el fatal desenlace; los celos de Aixa, en Doña Isabel de Solís, al saber que Albo-Hacén ama a la cautiva cristiana, mueven también la acción; Bermudo vive para vengarse de Gómez Arias en esa novela; en El templario y la villana Gregorio jura vengarse porque Teresa no le ama, etc.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Las digresiones en la novela histórica romántica española

Las digresiones del narrador pueden ser de lo más variado; puede tratarse de afirmaciones generales de validez universal sobre la condición del hombre, sobre la amistad, sobre el amor, introducidas a propósito de un hecho particular que protagoniza un personaje de la novela. Por ejemplo, en Ni rey ni Roque, Juan desea que el tiempo pase deprisa para que llegue el momento de volver a ver a su amada; entonces el narrador añade:

Triste condición la del hombre, que con ridícula inconsecuencia desea abreviar el curso de su corta vida por acelerar tal época de placer que acaso nunca llega (p. 815).

Ni rey ni Roque, de Patricio de la Escosura

Otros ejemplos:

Que la unión de los príncipes con sus pueblos, así como la de los amantes, puede quizá soldarse, una vez rota, pero nunca queda tan firme (Doña Isabel de Solís, p. 1415).

Nada prueba tanto el poder de la virtud como el homenaje que la tributa el vicio, y el hombre más criminal es el que admira más la inocencia, y el más corrompido suele ver con enfado las costumbres estragadas de los demás, y gusta tanto del candor que, a veces, ya que no puede hallarlo en las personas que le rodean, exige al menos las apariencias (Sancho Saldaña, p. 526).

Las digresiones pueden ser, por ejemplo, alegatos en defensa del Romanticismo (en el capítulo segundo del libro II de Ni rey ni Roque); reflexiones sobre la Reconquista (Doña Isabel de Solís, II, 15); afirmaciones de tono moral (muy frecuentes en Edissa, cuyo autor ya nos advierte en la «Dedicatoria» que su intención es apartar a la juventud española de las malas lecturas y animarla a la virtud); comentarios sobre la presencia de extranjeros en la ciudad de Barcelona (La heredera de Sangumí, p. 1250); pero las más interesantes son las actualizaciones o referencias al hoy del autor utilizando el pasado para criticar aspectos políticos o sociales del presente. Veamos como muestra estas dos citas de Sancho Saldaña cargadas de intención:

Criado desde niño al lado de Saldaña y educado en el crimen, ambicioso por naturaleza y astuto, traidor y maligno por instinto, sabía tomar cuantas formas exteriores le acomodaban y encubría bajo la lindeza de su rostro y la flexibilidad de sus facciones la más refinada perversidad. […] Su amor propio producía en él los mismos efectos que la pasión más desenfrenada, no perdonando medio alguno para lograr su intento y satisfacer su orgullo o su venganza. Su ambición le hacía mirar con odio a cuantos eran más que él, y él solo era paje de lanza; en fin, sus dotes eran dignas de cualquier proteo político de nuestros días (p. 623).

En este momento gran fuerza de soldados cayó sobre los alborotadores con aquel encarnizamiento con que los satélites que usan la librea del despotismo acometen siempre, con razón o sin ella, a sus indefensos hermanos (pp. 739-740).

A veces el narrador pide permiso para alejarse del hilo central de la historia: «Permítasenos hacer aquí una corta digresión…» (El golpe en vago, p. 1030); o bien se disculpa por haber introducido alguna, como el de La campana de Huesca, que después de extenderse en una consideración sobre los nobles y los plebeyos, señala:

Pero nos apartamos de nuestro propósito; extractando estamos una crónica novelesca, que no componiendo discursos políticos (p. 510)[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Estructura y tempo narrativo en la novela histórica romántica española

Son bastante frecuentes las digresiones y afirmaciones de carácter general, las historias y los versos intercalados[1], las descripciones largas y tediosas[2] y los diálogos pesados (aunque hay también buenos dialoguistas, como López Soler o Navarro Villoslada). Las historias y relatos intercalados suelen estar introducidos normalmente por los propios personajes; además de ralentizar la acción, sirven ya para explicar sucesos anteriores que ayudan a conocer mejor algún aspecto de la novela, ya simplemente para crear un ambiente de leyenda, de misterio o de medievalismo, en cuyo caso son más independientes respecto de la trama central. Todos estos elementos remansan notablemente la acción de la novela, que si no correría desbocada por la sucesión ininterrumpida de lances y aventuras.

Tempo narrativo

A la presencia de esos factores —y no a la aparición de profundos análisis introspectivos de los personajes, como sucederá después en la novela realista— se debe el hecho de que el tempo de estas novelas no sea tan rápido como se podría esperar. Por supuesto, no se puede generalizar respecto al ritmo narrativo, ya que en una producción tan extensa hay de todo, desde las novelas —unas pocas— en que las prolijas descripciones hacen pesada la lectura, con un tempo demasiado lento, hasta las que poseen un ritmo digamos «cinematográfico» (por la rapidez con que se suceden los acontecimientos), que son las más numerosas[3]. Lo difícil es conseguir, como hace Gil y Carrasco en El señor de Bembibre, un equilibrio entre la acción y la descripción del paisaje. Suele ser habitual también que la novela se cierre con un epílogo o capítulo final en que se cuenta la suerte corrida por los personajes principales[4].


[1] En Ave, Maris Stella se incluye la historia del Rebezo; en Edissa, la de Maliba; en Gómez Arias, la de Bermudo y Anselma; en Sancho Saldaña, las de la maga y Zoraida (así como algunas poesías); en Doña Urraca, las del alférez Olea y el conde Peranzules; en Ni rey ni Roque, el «Manuscrito de Inés»; en La mancha de sangre, la historia leída por Eleanora con «La última voluntad de un moribundo»; en Doña Isabel de Solís, unos romances para descanso del lector, así como la historia de la princesa encantada; romances intercalados los hay también en La conquista de Valencia por el Cid, versos en La campana de Huesca y El doncel, y canciones en Cristianos y moriscos.

[2] En general, el estilo de la novela histórica tiende a los períodos largos, con frases muy extensas, salvo en el caso de los entreguistas, que abusan de las oraciones cortas y yuxtapuestas y del punto y aparte.

[3] Hay que tener en cuenta además que en las novelas escritas para ser publicadas por entregas ese factor tiene repercusiones en la estructura, ya que el autor debe terminar el pliego en un momento culminante de la acción, para que el interés del lector se mantenga y ansíe comprar la siguiente entrega.

[4] Así, en La campana de Huesca, La conquista de Valencia por el Cid, Cristianos y moriscos, El testamento de don Juan I, Doña Blanca de Navarra, El señor de Bembibre, Sancho Saldaña y Ave, Maris Stella; en las dos últimas se declara que se añade para que los lectores no queden descontentos sin saber qué fue de los protagonistas. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Arquitectura del relato en la novela histórica romántica española

Me refiero aquí a cómo están divididas externamente estas novelas, para comentar en la próxima entrada algunos aspectos estructurales como son la presencia de digresiones e historias intercaladas y el ritmo narrativo.

Las novelas se suelen dividir en capítulos de mediana extensión; a veces, primero en partes, tomos o libros y después en capítulos (en ocasiones, el autor tardaba un tiempo en dar cada volumen; por ejemplo, las tres partes de Doña Isabel de Solís aparecieron en los años 1837, 1839 y 1846).

Doña Isabel de Solís, de Martínez de la Rosa

No es raro que cada capítulo tenga título propio o vaya encabezado con una cita a modo de lema[1]. Existen también unos clichés para acabar un capítulo y empezar otro: «dejemos a… y volvamos con…», «veamos qué sucedía mientras tanto en…», etc. Así:

Dejémosles entregados en los preparativos de su audaz pensamiento […] y penetremos por un instante en el interior de la plaza sitiada, a donde nos llevan otros acontecimientos (Los héroes de Montesa, p. 182).

Pero contra nuestro intento, se ha dilatado tanto este capítulo que es fuerza dejar para otro la conversación de los dos personajes… (La campana de Huesca, p. 91)[2].



[1] Tienen título propio los capítulos de La campana de Huesca, Pedro de Hidalgo, Don García Almorabid, Bernardo del Carpio, Los caballeros de Játiva, El lago de Carucedo (cada una de las tres partes), Doña Blanca, Doña Urraca, Amaya, El testamento de don Juan I y Doña Isabel de Solís; van encabezados por citas los de La campana de Huesca, El doncel, Jaime el Barbudo, Ni rey ni Roque, El lago de Carucedo, La heredera de Sangumí y Sancho Saldaña; en el caso de la traducción de Gómez Arias anteceden a cada capítulo unas líneas con el resumen de la acción.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Sobre los títulos en la novela histórica romántica española

Fijaré ahora mi atención en un aspecto de la obra literaria muy poco estudiado habitualmente, los títulos[1]. De los títulos de las novelas, se puede destacar una clara preferencia por la mención del protagonista, ya con su nombre propio (Jaime el Barbudo, Sancho Saldaña, Doña Isabel de Solís, Gómez Arias, Bernardo del Carpio, Don García Almorabid, Pedro de Hidalgo, Doña Blanca de Navarra, Doña Urraca de Castilla…), ya con una expresión que a él se refiere (El señor de Bembibre, El doncel de don Enrique el Doliente, La heredera de Sangumí).

La heredera de Sangumí, de Juan Cortada

Otros títulos anuncian el tema de la novela: Los bandos de Castilla, Cristianos y moriscos, La campana de Huesca, Amor y rencor; o bien, combinan nombre de protagonista y tema: La conquista de Valencia por el Cid, El rapto de doña Almodis, Edissa o Los israelitas de Segovia, Amaya o Los vascos en el siglo VIII. Con referencias espaciales solo encuentro El lago de Carucedo. Existen, en fin, títulos más enigmáticos, que no cobran todo su sentido hasta no leer la novela, como El golpe en vago, Ni rey ni Roque o Ave, Maris Stella.

Pero, además, casi todas las novelas tienen algún subtítulo muy interesante: abunda el de Novela histórica original o Novela original española (para mostrar que no son meras imitaciones o traducciones), pero también hay una Leyenda histórica original, un Romance épico, una Tradición popular, una Novela lastimosa y hasta un Cuento[2] (recordemos que en la época las fronteras entre algunos subgéneros literarios eran difusas). Doña Urraca de Castilla se subtitula Memorias de tres canónigos, lo que apunta ya desde el título al recurso a la crónica mencionado en una entrada anterior[3].


[1] Ver Kurt Spang, «Aproximación semiótica al título literario», en Investigaciones semióticas, I, Madrid, CSIC, 1986, pp. 531-541.

[2] Así se subtitula El golpe en vago, pese a sus más de doscientas páginas a doble columna en la edición de Buendía.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (y 3)

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaPero es Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada, la novela en la que se hace mayor uso de este recurso tópico. En efecto, el narrador de Doña Blanca se considera a sí propio un cronista («No podemos conformarnos con el modesto papel de cronistas…», p. 198) que hace alarde de su «exactitud histórica» (p. 100); y el libro que estamos leyendo es, supuestamente, una crónica, según se indica en las pp. 150 y 280 y en los títulos de los capítulos II, XVIII («Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica…») y II, XXI («De cómo el autor vuelve a la ermita, adonde tornan también otros personajes de nuestra crónica»). Para escribir la primera parte de esta «historia», el narrador afirma seguir varias crónicas —por supuesto, ficticias—, en particular una de un monje de Irache, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fantasmas. Pero aún hay más; en la segunda parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio monje de Irache; así lo indica el título del capítulo II, I: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo conoce por sus escritos»[1].

Se trata, en definitiva, de técnicas para crear la ilusión de verdad y rigor histórico, utilizadas prácticamente por todos los novelistas históricos, incluso en el caso de aquellos que apenas se han documentado[2].


[1] Las alusiones a la crónica en esta novela son frecuentísimas; las más importantes se localizan en las pp. 14, 28, 46, 56, 75, 150, 155, 157, 158, 164-165, 201 y 401.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (2)

El lago de Carucedo, de Gil y CarrascoSon muy frecuentes las alusiones a la crónica en La campana de Huesca; el narrador dice haberla encontrado a orillas de las alamedas de la Isuela y se presenta como «humilde copista de esta crónica»[1], aunque completa su información con otros papeles sueltos. Ni rey ni Roque es una historia sacada de unos rollos de pergamino que el narrador simplemente transcribe y entrega a un editor para que los dé al público. Los caballeros de Játiva es el fruto de las investigaciones, durante un verano, en una biblioteca. En El lago de Carucedo un viajero escucha al barquero la historia, que está escrita en los papeles de don Atanasio, el cura[2].

Otras veces, se combina el seguimiento de una crónica y la investigación personal del narrador-autor. Veamos por ejemplo estas palabras de la conclusión de Sancho Saldaña:

Hasta aquí la crónica de que hemos extractado esta historia que, si bien la creemos agradable, no la juzgamos exenta de defectos, y sobre todo no nos satisface la manera que el cronista tiene de satisfacer ciertas dudas. También hemos notado algunos olvidos, y quizá haya algunas contradicciones; pero como nuestro deber era compilar y no corregir, nos hemos conformado en un todo con el original. Con todo, como si se concluyese aquí la historia quedaría tal vez disgustado el lector por no saber qué se hicieron algunos personajes de ella, nosotros, a fuerza de escrutinios e investigaciones, hemos hallado algunas noticias que vamos a comunicarle (p. 751)[3].


[1] «La tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles» (p. 7).

[2] «Pareciole a nuestro viajero por extremo curioso el manuscrito, y acortando ciertas sutilezas escolásticas que el buen don Atanasio no había economizado a fuer de buen teólogo, lo adobó y compuso a su manera. Como es muy amigo nuestro y sabemos que no lo ha de tomar a mal nos atrevemos a publicarle» (p. 223). Otro ejemplo: «Estos acontecimientos, consignados en una vieja y carcomida crónica, son los que vamos a escribir, no con elegancia ni prolijidad, sino concienzuda y fielmente, entresacando los hechos de sus roídas hojas, como las abejas extraen la miel del cáliz perfumado de las flores» (El testamento de don Juan I, p. 9).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (1)

El narrador suele dar fe de que su novela es una «verídica historia»; los novelistas que han manejado más documentación suelen aportar, incluso, notas eruditas (el caso extremo es el de Martínez de la Rosa, aunque también Cortada y Navarro Villoslada las añaden) indicando sus fuentes, comentando aspectos lingüísticos, político-sociales y culturales de la época de su novela que resulten extraños[1] o requieran alguna aclaración, o señalando, los más escrupulosos, hasta los más pequeños desvíos de la historia real que se han permitido[2].

Por supuesto, este aspecto depende de cada autor y de su preocupación por la reconstrucción histórica del momento que le ocupa, con grados que van desde lo arqueológico de Doña Isabel de Solís a la casi nula preocupación de los entreguistas, pasando por autores que dejan ver en sus novelas una documentación seria, pero no tan excesiva que ahogue su fantasía[3]. Pero todos por igual señalarán la historicidad de lo que escriben y algunos llegarán a llamarse «historiadores verídicos».

Cronista medievalEn este sentido, un aspecto muy interesante a la hora de aumentar la verosimilitud de lo que se cuenta es el recurso tópico a la crónica o manuscrito que el autor dice seguir al pie de la letra; de esta forma la novela cuenta con «la fidelidad de la historia». Una variante es la técnica de los «papeles hallados»: el narrador-autor (aquí es difícil discernir) ha encontrado, bien en el curso de sus investigaciones, bien por pura casualidad, unos documentos que él se limita a transcribir y editar; de esta forma, la novela no se presenta como suya, sino avalada por la antigüedad de la historia o de una persona de mayor autoridad. Era un recurso habitual de la novela de caballerías, parodiado por Cervantes en el Quijote con la mención del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli[4].


[1] Fernández y González justifica en nota el que una mujer de su Bernardo del Carpio sepa escribir en aquella época; el autor de Amor y rencor sale al paso de quienes podrían calificar de inverosímil el hecho de presentar a una mujer vistiendo y entrando en combate como un hombre.

[2] Escosura, en unas «Advertencias» al final de Ni rey ni Roque, pide disculpas por los posibles fallos históricos dado que, por las especiales circunstancias de composición (confinamiento, exilio, servicio en el ejército y en la Guardia Real), no ha podido consultar mapas o libros de historia, debiendo confiar solo en su memoria. También el autor de Edissa pide perdón por los anacronismos que haya podido introducir.

[3] Y así, abundan las descripciones de armas con sus motes y divisas, vestidos, mobiliario, ceremonias (torneos, justas, nombramiento de caballeros) y, en general, de todos aquellos elementos que contribuyen a la consecución del «color local» más o menos tópico del medievalismo romántico.

[4] Cfr. Martín de Riquer, Aproximación al «Quijote», Madrid, Salvat-Alianza, 1970, pp. 65-67. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.