El poema «Al apóstol san Pedro» de sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660)

La tudelana sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) tomó el hábito de Santa Clara en el convento de su ciudad natal el 25 de agosto de 1633[1]. Por encargo de su confesor, escribió unos Ejercicios espirituales[2] en los que expone una vía de perfeccionamiento interior carente casi por completo de visiones y revelaciones. En el capítulo XXIX de esta obra, folios 150v-157v, figuran recogidos varios poemas suyos («Pónense algunos versos que fervorosa escribió»): son los que comienzan «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has herido…», «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has cumplido…», «Dueño y amante mío…», «De tu divina clemencia…», «A fertilizar el mundo…», «Cuando en la noche mejor…», «Aunque el amor no creció…», «Grande es nuestra dignidad…», «¡Al blanco, al blanco, almas limpias…», «Un enamorado amante…» y «Al que en la cena legal…».

En una entrada anterior ya transcribí la composición dedicada «A la circuncisión del Niño Jesús». Copiaré hoy otro de sus poemas, el dedicado «Al apóstol san Pedro», formado por veinte versos de romance con rima á e más una seguidilla a modo de remate.

SanPedro

Al que en la cena legal[3]
el enamorado amante
ordenó de sacerdote
hoy la Iglesia fiesta le hace[4].
Liberal con él anduvo,
y tan divino trueque hace,
que de pescador de peces
pescador de almas le hace[5].
Prosigue en este favor,
pues le ha entregado unas llaves
con que abra y cierre con ellas
los tesoros de su Padre[6].
Pero tal vez le permite,
porque favores tan grandes
no le causen altiveces,
que una esclavilla le engañe[7];
mas como había de hacer
audiencia de nuestros males
también pasase por ellos
para que nadie le espante.

¡Feliz fue en vos la culpa[8]
pues alcanzasteis,
con el llanto que hicisteis,
bienes tan grandes![9]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La ficha completa del libro es: Ejercicios espirituales que en el discurso de su vida, desde que tuvo uso de razón, hizo y ejercitó con el favor divino la venerable madre sor Jerónima de la Ascensión, religiosa y abadesa que fue del convento de Santa Clara de la ciudad de Tudela, de Navarra. Escribiolos la misma de su mano y letra con viva mortificación suya, por precepto de obediencia de su Provincial el M. R. P. fray Miguel Gutiérrez, letor jubilado y calificador del Santo Oficio de la Inquisición, para consuelo y aliento de las almas pías. Y para mejor inteligencia, hizo el dicho padre la Introdución, que se pondrá al principio. Contiene lo que va en este libro dotrina muy provechosa, no solo para personas que tratan de perfección, sino también para los padres espirituales que las gobiernan y para predicadores. Va dirigido a la soberana Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, protectora de los justos, y abogada de los pecadores, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661.

[3] cena legal: la Última Cena, que se hacía entre los judíos para cumplir con el precepto legal de celebrar la Pascua.

[4] hoy la Iglesia fiesta le hace: la festividad de san Pedro se celebra el 29 de junio.

[5] pescador de almas le hace: tras la pesca milagrosa, Jesús le anuncia a Simón Pedro que será pescador de hombres (Lucas, 5, 8-11), y él y sus compañeros, dejándolo todo, deciden seguir al Maestro.

[6] unas llaves … tesoros de su Padre: estas llaves simbolizan las puertas del cielo y del infierno; Jesús le dijo a Pedro: «Te daré las llaves del Reino de los Cielos, y lo que ates en la tierra quedará atado en los Cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los Cielos» (Mateo, 16, 19).

[7] una esclavilla le engañe: se refiere a la criada de la casa del Sumo Sacerdote que identifica a Pedro como uno de los que iban con Jesús, lo que dará lugar a la triple negación del discípulo (Marcos, 14, 66-72).

[8] Feliz fue en vos la culpa: la expresión felix culpa se aplica más frecuentemente a la caída en pecado de Adán y Eva: con su desobediencia a los mandatos divinos, pecaron, pero esa misma circunstancia de la culpa deja abierta la puerta a la redención de todo el género humano. Aquí se refiere al arrepentimiento de Pedro tras las negaciones.

[9] Incluido en Ejercicios espirituales, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661, fol. 157v.

Las coplas «Yo soy la serranita…» de sor Ana de San Joaquín (1668-1731)

En varias entradas anteriores me he ocupado de la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y he transcrito algunos de sus poemas, como los que comienzan «Para gloria de Jesús…», «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…» y «Muda elocuencia de amor…». Copiaré hoy otra composición suya, recogida como las anteriores por fray Buenaventura de Arévalo en la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín. Así, en el capítulo XIV, que se presenta bajo el epígrafe «De la ardiente caridad de la Madre Ana de San Joaquín», escribe su biógrafo:

Omito otras repetidas enamoradas respiraciones con que de la abundancia del corazón abundaba la lengua; y porque un excesivo fuego no se puede ocultar sin que se dejen ver algunos incendios, me ha parecido dar al público unos metros en que rompía su pecho abrasado, que no serán ingratos, y por discretos y conceptuosos servirán de espiritual recreo que divierta la seriedad escabrosa de mi estilo.

Y copia a continuación el estribillo «¡Jesús, qué invención, Jesús, que invención…» seguido de las coplas que lo parafrasean, «Yo soy la serranita». En conjunto, se trata de un poema que vuelve a lo divino elementos e imágenes de la poesía tradicional: aquí el alma es la serranilla cuya piel se ha oscurecido de tanto mirar al Sol (Dios).

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También se lamenta la voz lírica de la ausencia del Amado, y de que el amor que siente por ella le haya costado los dolores de la Pasión y la pena de muerte.

Estribillo[2]

¡Jesús, qué invención, Jesús, qué invención
es esta que me hace que entienda de amor!
¡Jesús, qué invención, que estando abrasada
me veo obligada a buscar al Sol!
¡Jesús, qué invención, que quien me cautiva
perdiendo su vida rescate me dio!
¡Jesús, qué invención!

Coplas

Yo soy la serranita[3]
que, de mirar al Sol,
sus rayos me pusieron
trigueño[4] mi color.

Mas, ¿cómo, mi Dios,
estoy en tinieblas
sintiendo tu ardor?

La ausencia de mi Amado
herida me dejó,
y aunque jamás le he visto
el alma me robó.

Por muerta me doy,
pues sin poseerle
ya no vivo yo.

Sabiendo que me ama
sin término su amor,
le busco cuidadosa
en su misma Pasión.

Aquí es mi dolor,
que pena de muerte
le costó mi amor.

Llegose a mí una ciega
y a fe[5] me aseguró,
con un cuerpo de Cristo,
que en un disfraz le vio.

Sin duda, Señor,
andáis en rebozos
porque os halle yo.

Un cierto amigo suyo
lo mismo confirmó,
y admirando el exceso
un Verbum caro echó[6].

Y es admiración
durmiendo descubra
las trazas de un Dios.

Creyendo sus palabras
como la fe de Dios,
llegué a dar en el blanco[7]
objeto de mi amor.

Aquí presa estoy;
libertad no quiero,
que esto busco .




[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Mantengo en este estribillo la disposición tipográfica del original, si bien los versos podrían repartirse de otro modo, como hexasílabos.

[3] Se anota al margen izquierdo: «Cantic. 1».

[4] trigueño: del color del trigo, entre moreno y rubio.

[5] a fe: especie de juramento.

[6] un Verbum caro echó: juega con la frase evangélica Verbum caro factum est (el Verbo se encarnó) y la expresión echar un verbo, que significa echar votos, juramentos, etc. Al margen se anota «Ioan. 1».

[7] en el blanco: nótese el juego, ya que al principio se habla del trigueño color de la serranilla, y ahora da en el blanco, que es Dios.

[8] Esta composición se incluye en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 120-121. Figura recogida en José María Corella, Historia de la literatura navarra, p. 307; y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, pp. 195-197, en ambos lugares sin el estribillo inicial. Por su parte, Manuel Serrano y Sanz, en Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833, tomo II, Madrid, Establecimiento Tipolitográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1903, pp. 327b-328a, lo transcribe parcialmente (solamente copia los dieciocho primeros versos de las coplas, también sin anteponer el estribillo).

«Muda elocuencia de amor…», glosa de Ana de San Joaquín (1668-1731)

En un par de entradas anteriores me refería a la carmelita descalza Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y transcribía sus poemas «Para gloria de Jesús…» y «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…». Copiaré hoy otra composición suya, la que comienza «Muda elocuencia de amor…» y glosa el estribillo «Con un continuo gemido…», recogida por su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, en la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, al igual que las anteriores. En el capítulo XIII, «De cómo ejercitaba la virtud de la esperanza la Madre Ana», se indica que la glosa se incluye como cierre de una carta suya del año 1716 en la que «abre su pecho en vivas ansias de ver a Dios», con la indicación añadida por ella misma de que «En esta coplilla paso mi vida»:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Y comenta fray Buenaventura antes de copiar la glosa:

Amorosos suspiros, dulces coloquios y tiernos lamentos explica en métricos acentos; que si el amor enseña la música [Plutarco, se apostilla al margen], también es maestro que dicta la poesía, como sabemos de muchas almas enamoradas de aquella suma infinita belleza. Sirva entre otras muchas de único ejemplar mi seráfica Teresa; porque en las mayores avenidas de amor, viéndose ausentes de su bien, se desahogan en versos las abundancias del corazón. Y si el canto de la tórtola es el gemido, como sabe el erudito, aplicándose los empleos de la tórtola usó con propiedad de los gemidos la madre Ana. Más glosa merecía la cuartilla, a que no pudiendo satisfacer mi prosa, busqué delicadas consonancias de la pluma más florida en toda erudición sagrada, y olvidada de la profana, que desempeñase la curiosidad más ingeniosa y descifrase toda la alma de la cuartilla en estas conceptuosas décimas.

En los cuarenta versos que glosan los cuatro del estribillo, el alma queda equiparada a una tórtola que lamenta la ausencia de su amado (Dios). Es imagen tradicional en la lírica amorosa, aquí vuelta a lo divino. La paloma, en efecto, es símbolo bien conocido de la fidelidad amorosa.

Paloma-blanca-en-vuelo.jpg

He aquí el estribillo con su glosa:

Con un continuo gemido
anhelo a ver vuestro rostro,
que a vuestra tórtola ausente
solo el gemir es socorro.

Muda elocuencia de amor
halla el pecho en su fatiga
para que el afecto diga
la expresión de su dolor.
Así, facundo[2] el rigor
de mi corazón herido,
toda en ansias me liquido[3]
cuando tu deidad ausente
solo la digo elocuente
con un continuo gemido.

Imán de mi amor tu cielo
me trae en dulce violencia,
atormentando la ausencia
la actividad de mi anhelo;
afanada en el desvelo,
pegado al polvo mi rostro,
amante humilde me postro
protestando[4] en mis sollozos
que solo en eternos gozos
anhelo a ver vuestro rostro.

¡Oh, si el invierno erizado
de este rigor[5] se pasase
y la voz dulce escuchase
la tórtola de su amado;
pero si amor, retirado,
aun mi tormento consiente,
dejad, Señor, que lamente
tanta ausencia, pues lo mismo
será mirar al abismo
que a vuestra tórtola ausente.

Al recordar tu belleza
mi corazón se derrama,
líquida cera, a la llama[6]
de vuestra ardiente fineza;
del quebranto a la grandeza
ni aun leve suspiro ahorro,
pues del estadio que corro
de inefable sentimiento,
para aliviar el tormento
solo el gemir es socorro[7].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] facundo: elocuente, decidor.

[3] me liquido: me consumo.

[4] protestando: afirmando, manifestando.

[5] rigor: el rigor del invierno es imagen tópica en la poesía amorosa.

[6] llama: otra imagen tradicional, tanto en la poesía amorosa petrarquista como en la poesía ascético-mística (san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús…).

[7] Esta composición se incluye en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc., Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736, pp. 107-108. Figura recogida en José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 307; y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 194-195. Por su parte, Manuel Serrano y Sanz, en Apuntes para una biblioteca de escritoras españolas desde el año 1401 al 1833, tomo II, Madrid, Establecimiento Tipolitográfico Sucesores de Rivadeneyra, 1903, p. 327b, trae la glosa pero no copia el estribillo previo.

Sor Jerónima de la Ascensión (1605-1660) y su poema «A la circuncisión del Niño Jesús»

La corriente de poesía ascético-mística con nombre femenino está representada, en la Navarra del siglo XVII, por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín, a la que ya dediqué un par de entradas previas comentando sus poemas «Para gloria de Jesús…» y «¡Oh, Jesús, dulce memoria!…»; y por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión, cuya figura evocaré brevemente hoy[1]. Nacida en Tudela en 1605, durante su juventud estuvo dirigida espiritualmente por el padre jesuita Francisco González Medrano; tomó el hábito de Santa Clara en el convento de su ciudad natal el 25 de agosto de 1633.

Tudela (Navarra)

Según recogen sus biógrafos, dentro del claustro dio permanentes muestras de gran virtud, especialmente la de la resignación. Llegó a ser abadesa de la comunidad y, por encargo de su confesor, escribió unos Ejercicios espirituales[2], obra comenzada el 7 de noviembre de 1650 en la que expone una vía de perfeccionamiento interior carente casi por completo de visiones y revelaciones, y en la que se incluyen algunos versos suyos. Falleció en su convento tudelano el 11 de octubre de 1660.

En efecto, en los folios 150v-157v de sus Ejercicios espirituales figuran recogidos varios poemas suyos (capítulo XXIX, «Pónense algunos versos que fervorosa escribió»): son los que comienzan «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has herido…», «Amor, amor, amor, / ¡y qué bien has cumplido…», «Dueño y amante mío…», «De tu divina clemencia…», «A fertilizar el mundo…», «Cuando en la noche mejor…», «Aunque el amor no creció…», «Grande es nuestra dignidad…», «¡Al blanco, al blanco, almas limpias…», «Un enamorado amante…» y «Al que en la cena legal…». Se trata de versos sencillos que, como afirma fray Miguel Gutiérrez, compuso «sin haber estudiado el arte poética». De todos ellos, transcribiré aquí la composición dedicada «A la circuncisión del Niño Jesús»:

Aunque el amor no creció,
porque siempre fue ab eterno,
¿quién nos ha amado infinito
sin poder ser más ni menos?

Hoy se ven mayores muestras
dando su pequeño cuerpo
porque el cuchillo ejecute
la ley que es para los reos.

No atiende a lo que parece,
que quiere más mi remedio
que su propia estimación,
que es condición de su pecho.

Jesús por nombre le ponen
porque no sea manifiesto,
que aunque pecador parece,
no es sino Redentor nuestro.

Es Jesús la melodía
y panal que da recreo,
que así le llamó Bernardo,
el regalado del cielo.

Jesús enamorado,
Jesús divino,
Jesús que das vida,
¡ay, Jesús mío![3]


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] La ficha completa del libro es: Ejercicios espirituales que en el discurso de su vida, desde que tuvo uso de razón, hizo y ejercitó con el favor divino la venerable madre sor Jerónima de la Ascensión, religiosa y abadesa que fue del convento de Santa Clara de la ciudad de Tudela, de Navarra. Escribiolos la misma de su mano y letra con viva mortificación suya, por precepto de obediencia de su Provincial el M. R. P. fray Miguel Gutiérrez, letor jubilado y calificador del Santo Oficio de la Inquisición, para consuelo y aliento de las almas pías. Y para mejor inteligencia, hizo el dicho padre la Introdución, que se pondrá al principio. Contiene lo que va en este libro dotrina muy provechosa, no solo para personas que tratan de perfección, sino también para los padres espirituales que las gobiernan y para predicadores. Va dirigido a la soberana Reina de los Ángeles, María Señora nuestra, protectora de los justos, y abogada de los pecadores, Zaragoza, en la imprenta de Miguel de Luna, 1661.

[3] Cito por Antología de poetisas líricas, tomo II, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1915, pp. 23-24.

«¡Oh, Jesús, dulce memoria!…», poema de Ana de San Joaquín (1668-1731)

En una entrada anterior me refería a la carmelita descalza Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1] y transcribía su romance «Para gloria de Jesús…».

Villafranca (Navarra)

Copiaré hoy otra de sus composiciones, incluida también en la obra de su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, quien nos habla de su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, titulado «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No habiendo de hacer capítulo separado de su devoción al santísimo nombre de Jesús, que con el admirable de María grabó en el rallo del pecho para fijarlo en su corazón, a que también adoraba todos los días con otros cinco psalmos, y con ejercicio cuotidiano de bastante trabajo como ya se ha dicho, no puede haber lugar más a propósito para poner una obrita poética a este nombre admirable, que por la Sagrada Escritura que contiene se hace en una mujer casi increíble, pero el original de su letra queda en mi poder, y es como se sigue[3].

La composición tiene rima de romance, con la salvedad de que en la tirada se van alternando las coplas de versos octosílabos con otras de hexasílabos, manteniéndose en todos ellos la rima aguda é:

¡Oh, Jesús, dulce memoria!,
¿quién no se admira de que
al pronunciar este nombre
el alma absorta no esté?

Es tan regalado
este nombre, que
en este destierro
ya no hay más que ver.

No hay trabajo que no temple,
pues cuando el ánimo fiel
apenas ha pronunciado
Jesús, sin pena se ve.

Yo, sin ser teatina,
me muero por él
y su compañía[4]
me asienta muy bien.

Desde el oriente al ocaso[5]
alabanzas se le den
a este nombre, que admirable
en todo el mundo se ve.

Diga en los Cantares[6]
la Esposa también
que óleo derramado
este nombre es.

Cielos y tierra se rinden[7],
y hasta el infierno también
hace doblar las rodillas
confesando su poder.

Santo es y terrible[8],
y por eso es bien
aprenda a temerlo
quien quiere saber.

Tanto gozo el alma siente
cuando le nombra con fe,
que parece no hay más gloria
mientras no le llega a ver.

Si este nombre adoro
con amor fïel,
dichosa en la muerte
sin duda seré[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 174. El Padre Arévalo se sorprende del amplio manejo de erudición bíblica en la monja («se hace en una mujer casi increíble»), en alusión a las referencias a distintos textos bíblicos, cuyas referencias se añaden en nota al pie del poema.

[4] teatina … compañía: fácil juego de palabras; la hablante no es teatina (nombre aplicado en la época a los jesuitas), no es por tanto de la Compañía, pero disfruta en cualquier caso de la compañía de Jesús.

[5] Ps. 112.

[6] Cantic. I.

[7] Paul. ad Philipen. 2.

[8] Ps. 110.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 174-175. Mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro. Las cuatro notas con referencias a pasajes bíblicos están igualmente en el original.

«Para gloria de Jesús…», romance de sor Ana de San Joaquín (1668-1731)

En la Navarra del siglo XVII, contamos con ejemplos de poesía ascético-mística con nombre femenino: esta corriente estaría representada por la clarisa sor Jerónima de la Ascensión (Tudela, 1605-1660) y por la carmelita descalza sor Ana de San Joaquín (Villafranca, 1668-Tarazona, 1731)[1]. Me referiré hoy brevemente a esta segunda. Hija de Juan Jiménez de Maquirriain y Antonia de la Rosa, recibió una cuidada educación y tomó el hábito el 16 de abril de 1697, en el convento de Santa Ana del Carmen de Tarazona. Su biógrafo, fray Buenaventura de Arévalo, nos refiere su vida ejemplar y sus arrebatos místicos[2]. Manuel Iribarren nos recuerda: «Escribió poesías y algunas cartas espirituales. No carecen de mérito literario sus Coplas, en las que se pone de manifiesto humildemente, como a media voz, su gran amor a Cristo»[3]. Por su parte, José María Corella escribe:

Plasmó en cuartillas gran parte de sus accesos místicos y fervorosos trances, legándonos una colección de cartas espirituales y cierto número de coplas y poesías. Sus versos tienen un recio sabor teresiano, y sobresale en ellos una gran dulzura, un profundo sentimiento y una reposada paz interior[4].

En el capítulo XXI de la Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, que se presenta bajo el epígrafe «Fue la Madre Ana de San Joaquín perpetua aficionada de la Pasión de Jesús», escribe el Padre Arévalo:

No se satisfacía su enamorado corazón con desahogar su pecho tan repetidas veces en prosa, sino que por aficionar con más tractivo usaba de la poesía, cuando no podía ocultar toda la avenida de la sagrada llama. Van estas coplillas, que aunque no son todas de este capítulo, han de apreciarse por lo chistoso y sazonado[5].

Y reproduce a continuación un gracioso romance que comienza «Para gloria de Jesús…», y después añade otro cuyo primer verso es «¡Oh, Jesús, dulce memoria…». Va aquí, con algunas breves notas explicativas, el texto del primero:

Santa Ana y San Joaquín con la Virgen María

Para gloria de Jesús
y de San Joaquín, su abuelo,
recreación con ayuno
tengo yo en Jueves lardero[6].

Y por tanto quiero dar
las buenas tardes en verso
a un monje que lleve Dios
si él es de ningún provecho.

Cuanto ha que no me regala,
ya con paciencia lo llevo,
y lo que más siento es
que no tome mis consejos.

Apuesto que, aunque ha estado
en la Misión, que no ha hecho
la fija resolución
de gastar mejor el tiempo

retirándose algún rato
y mirando con sosiego
las llagas, golpes y heridas
que en Jesús su amor hicieron.

De paso, ya lo aseguro
que lo hará, pero yo quiero
que se detenga y no ande
a coger el puesto luego.

Ya podía estar cansado
de lo mucho que maceo[7],
y pues me sufre que yo hable,
ponga allí ese sufrimiento,

perseverando algún rato
sin esperar más efecto
que hacer de Dios el querer,
gastando en esto aquel tiempo.

De San Joaquín me ha venido
esta vena de hacer versos[8],
y así no pido perdón
de aquestos atrevimientos.

Lo que pido es que se aumenten
el amor y los deseos
de serle más fiel devoto,
porque si no, reñiremos[9].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, religiosa carmelita descalza en el convento religiosísimo de Santa Ana de la ciudad de Tarazona. Escrita por el padre maestro Buenaventura Arévalo, carmelita observante. Quien la dedica al excelentísimo señor don Francisco Fernández de la Cueva y de la Cerda, duque de Alburquerque, marqués de Cuéllar y Cadreita, etc. (Pamplona, Josef Joaquín Martínez, 1736).

[3] Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 84.

[4] José María Corella Iráizoz, Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino, Pamplona, Ediciones Pregón, 1973, p. 153. Reproduzco tres poemas suyos («Con un continuo gemido…», «Yo soy la serranilla…» y «Del divino amor herida…») en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 193-198.

[5] Fray Buenaventura de Arévalo, Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, p. 173.

[6] Jueves lardero: con este nombre se conoce en diversas partes de España al jueves en que comienzan las fiestas del Carnaval; el adjetivo lardero deriva del latín lardarius, que significa ʽtocinero’, porque en el Carnaval se comen muchos alimentos grasos.

[7] maceo: bromeo; poner mazas a los perros y otros animales era una de las diversiones típicas del Carnaval.

[8] De San Joaquín me ha venido / esta vena de hacer versos: no apuro el significado exacto de esta referencia; la religiosa se llama Ana de San Joaquín, y en la época eran frecuentes los versos dedicados a Santa Ana y San Joaquín, los padres de la Virgen María y abuelos de Jesús. Quizá se refiera a esta circunstancia. Por ejemplo, en La gitanilla de Cervantes Preciosa canta un romance dedicado a Santa Ana.

[9] Incluido en Vida ejemplar y doctrinal de la Venerable Madre Ana de San Joaquín, pp. 173-174. Se trata de un romance con rima é o, pero mantengo la distribución de los versos del original, agrupados de cuatro en cuatro a modo de coplas.

«En la festividad de los Santos Reyes», de Santa Teresa de Jesús

Copio para hoy, festividad de la Epifanía del Señor, otro villancico del ciclo navideño de Santa Teresa de Jesús. En nota al pie indica su editor moderno, el Padre Tomás Álvarez, que «Los doce primeros versos se conservan autógrafos en el carmelo de Savona (Italia)». La mención de Llorente en el v. 21 nos sitúa en un contexto pastoril. Los pastores, en efecto, se disponen a llevar al Dios humanado sus presentes («Llevémosle dones / de grande valor», vv. 13-14), sabiendo en cualquier caso que el mayor regalo que pueden ofrecerle es su amor y adoración: «Dale el corazón, / y yo esté empeñada», vv. 25-26).

Adoración, de Gentile

Pues la estrella
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Vamos todas juntas
a ver el Mesías,
pues vemos cumplidas
ya las profecías.
Pues en nuestros días,
es ya llegada,
vaya con los Reyes
la mi manada.

Llevémosle dones
de grande valor,
pues vienen los Reyes,
con tan gran hervor.
Alégrese hoy
nuestra gran Zagala,
vaya con los Reyes
la mi manada.

No cures, Llorente,
de buscar razón,
para ver que es Dios
aqueste garzón.
Dale el corazón,
y yo esté empeñada:
vaya con los Reyes
la mi manada[1].


[1] Cito por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1376.

«Al Nacimiento de Jesús», villancico de Santa Teresa

Vaya para el día de Año Nuevo este villancico pastoril dialogado de Santa Teresa de Jesús. Como bien anota el Padre Tomás Álvarez, los nombres de los pastores que hablan o se mencionan (Gil, Bras, Menga, Llorente) son los tradicionales en la poesía pastoril castellana. Y añade el dato de que «Todo el poema se conserva autógrafo: los primeros once versos, en el carmelo de Florencia; los restantes en el carmelo de Savona (Italia)». Como es habitual en este tipo de poemas, al tiempo que se canta el Nacimiento de Jesús se anuncia ya su pasión y muerte redentora de toda la humanidad:

Adoración, Bonifacio Veronese

Hoy nos viene a redimir
un Zagal, nuestro pariente,
Gil, que es Dios omnipotente.

—Por eso nos ha sacado
de prisión a Satanás;
mas es pariente de Bras,
y de Menga, y de Llorente.
¡Oh, que es Dios omnipotente!

—Pues si es Dios, ¿cómo es vendido
y muere crucificado?
—¿No ves que mató el pecado,
padeciendo el inocente?
Gil, que es Dios omnipotente.

—Mi fe, yo lo vi nacido
de una muy linda Zagala.
—Pues si es Dios, ¿cómo ha querido
estar con tan pobre gente?
—¿No ves que es omnipotente?

Déjate de esas preguntas,
muramos por le servir,
y pues Él viene a morir,
muramos con Él, Llorente,
pues es Dios omnipotente[1].


[1] Cito, con algún ligero retoque, por Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., preparada por Tomás Álvarez, Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1371. 

La Tolosa y la Molinera del «Quijote», evocadas por Sagrario Torres

Don Quijote llega a la venta

En su poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), al que ya dediqué alguna entrada anterior, Sagrario Torres evoca líricamente la figura de las dos mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta —para él castillo— en la que terminará siendo armado caballero por escarnio a manos de su socarrón ventero (Quijote, I, 2-3). Recordemos el pasaje en cuestión:

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada […] se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando[1].

El poema de Sagrario Torres se localiza en el apartado «Intermedio» de su poemario y va precedido, a modo de lema, por una cita de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:

Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas […] ¡Pobres mujeres que, sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.

La glosa unamuniana contextualiza perfectamente el poema de Torres. En efecto, sus versos evocan bellamente la transformación que se opera en las mozas del partido al contacto con don Quijote, hombre soñador que con su presencia y su trato caballeroso eleva y purifica (adoncella, escribe hermosamente Unamuno) a las dos mujeres de la venta: «Las miraste en dulcísimo respeto, / con inmensa ternura. / […] / Y te fuiste, Quijote, / dejándoles un nombre ennoblecido». El mero hecho de tratarlas con dignidad y respeto redime a las mozas de la sordidez de su dura vida, tal como reflejan estos otros bellísimos versos de Sagrario Torres: «De luz y de perfume / se sintieron envueltas, / ingrávidas, limpísimas». Y todavía más: el trato dispensado por «el Amador andante» no solo las ennoblece puntualmente, sino que puede llegar a tener una trascendencia todavía mayor, pues tal encuentro puede decidir a las mozas a emprender un cambio de vida (así parece sugerirlo, al menos, el final del poema: «Y pensaron la huida»).

Este es el texto completo de la composición, que no lleva un título específico:

QUIJOTE:

Las nodrizas celestes
que atraviesan los mundos,
escriben los destinos
desde la aurora de las cunas.

Rondan los edificios,
planean hasta posarse en los tejados,
corren por las barandillas,
atisban los balcones y los abren.

Se acercan a los predestinados
con sus pechos de nueces
abiertas y lechosas,
y aquellos elegidos beben.

Las nodrizas les soplan
en sus frentes tiernísimas,
les ungen y les marcan con la huella
que no verán ni sus progenitores.

TOLOSA y MOLINERA. Ellas nacieron
como la flor arriba de los tallos.

En precioso saltar
—su fresca voz, la boca de la risa—,
iban por los limpios regatos de las peñas
persiguiendo vilanos y calandrias.

Dientes de su niñez descantillaron
el duro pan.

Echaron en sus cestas restos de las vendimias.

Y fueron al cercao. Y ahecharon el trigo.
Y trabaron la harina del escaso comer.

Y dijeron adiós a las carretas.
Y algunos acechaban aquel luciente
y palmeral cabello.

Chapas de alcantarilla les cerraron
su alegre corazón.
Emborracharon a sus cuerpos
para anestesia de los golpes.

Enfrente de sus ojos ya no estaban
las serenas llanuras, fulgores de sus cielos,
sino hombres doblados de lujuria sobre ellas.

Bubas internas taponaron aquel hondón
hecho para otras ilusiones.

Solícitas, humildes, te ciñeron espada,
te calzaron espuela,
con la emoción con que se toca
el borde del vestido de un ser predestinado.

Las miraste en dulcísimo respeto,
con inmensa ternura.

De sus bocas huyó la risotada.
Les vino un ademán sereno.
Fueron dignísimas al punto.

Se quedaron suspensas, silenciosas.
En comunicación estaban sin hablarse.

Te miraron, y un rubor no sentido
se extendió por sus rostros.

Una ola el pecho les movía.
Un estallido de conocimiento
apareció en sus mentes.

Canales agitados sintieron por sus venas.
Flores en su arenal.

Su memoria borraba escenas que vivieron,
los cuerpos de los hombres.
Un mismo pensamiento les unía.

Y te fuiste, Quijote,
dejándoles un nombre ennoblecido.

Admiradas como nunca lo fueran,
preferidas de ti,
envueltas en aquella dulzura indefinible,
vieron marchar al Hombre enflaquecido,
dos veces Caballero.

Sus manos reprimían
golpes del corazón.
El sueño no les llegó esa noche
con grosero dormir.

Atrancaron la puerta. Abrieron el ventano.

De luz y de perfume
se sintieron envueltas,
ingrávidas, limpísimas.

A lo lejos, en medio de la noche,
rezaba y se perdía el Amador andante.

La Tolosa recordó su promesa al Caballero:
«Dondequiera que ella estuviese,
le serviría y le tendría como señor»[2].

Y pensaron la huida[3].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradelas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 48-49.

[2] Compárese con el texto cervantino: «Hecho esto, [el ventero] mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción […]. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienhaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndoles nuevos servicios y mercedes» (Quijote, I, 3, pp. 60-61; el destacado en itálica es mío).

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, pp. 36-39. Es el poema II de la sección «Intermedio», y le siguen dos sonetos (pp. 40-41) «En homenaje a la Tolosa y la Molinera». Para el contenido y la estructura global de Íntima a Quijote, puede verse otra entrada del blog.

El poema «¡Oh, Hermosura que excedéis…» de Santa Teresa de Jesús

Para hoy 15 de octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, transcribo sin mayor comentario uno de los poemas compuestos por la «andariega de Dios», por aquella santa «trazadora de versos» que tan bien supo cantar, en el molde tradicional del verso de arte menor castellano, el amor de la Divinidad:

Santa Teresa de Jesús

¡Oh, Hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir, dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.

¡Oh ñudo que ansí juntáis
dos cosas tan desiguales!
No sé por qué os desatáis,
pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser
con el Ser que no se acaba.
Sin acabar, acabáis;
sin tener que amar, amáis;
engrandecéis nuestra nada[1].


[1] Cito con algún ligero retoque por Francisco Montes de Oca, Ocho siglos de poesía en lengua castellana, 17.ª ed., México, D. F., Editorial Porrúa, 1998, p. 149. Además de algún ligero retoque en la puntuación, en el v. 9 cambio su lectura «atada» por «atado». El P. Tomás Álvarez, en su edición de Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1363, anota a pie de página «Es uno de los primeros poemas compuestos por la Santa. Sobre su origen véanse las cartas de Teresa a su hermano Lorenzo: 2.1.1577 y 17.1.1577, donde dejó constancia la autora del origen místico del poema».