«Corpus», un cuento de Gabriel Miró

La incomunicación entre niños y adultos es un tema que encontramos en «Corpus» y «La niña del cuévano»[1], dos cuentos muy interesantes. Dejo el comentario del segundo para una próxima entrada. Al primero ya dedicó un artículo Ernest E. Norden[2], que utilizaré en mi exposición.

«Corpus» (pp. 67-72), que lleva como subtítulo «La fiesta de Nuestro Señor», está fechado en 1908 y presenta como tema algo muy habitual en la producción mironiana: una promesa incumplida o, mejor, la derrota de una expectación; aquí, la que tiene el huérfano Ramonete de ser feliz y disfrutar en la fiesta del Corpus. Norden vio, en efecto, la soledad y la desilusión, la angustia y el desengaño del niño, que tiene una esperanza al principio, pero que la verá frustrada por la incomunicación total con su tía, cuyo amor —amor mal entendido— no puede suplir, o suple mal, el amor de la madre muerta. La enajenación está aquí subrayada por una estructura que Norden califica de «controlada» y «equilibrada».

Corpus-sevilla-cabral

En efecto, el niño Ramonete se pregunta en reiteradas ocasiones qué será Corpus (pp. 68, 69, 71 y 72), sin que los hechos o las palabras de su tía le proporcionen una respuesta adecuada. La incomprensión de la «Señora tía» pondrá de relieve el desamparo del niño huérfano. Más que sentimientos religiosos profundos, la tía se preocupa en sus prácticas devocionales de vieja beata por el qué dirán de los vecinos. Así, Ramonete mostrará de noche sus miedos de niño, pero su tía lo dejará solo para ir a reunirse con «gente devota y picotera» (p. 68) en casa de la mayordoma de la congregación; al día siguiente, la tía lo coloca en un banco de la iglesia guardando el sitio mientras ella charla fuera con sus amigas, etc. Al final Ramonete llegará a la conclusión de que la fiesta ha sido de sus amigos, que han estrenado ropas y han podido comprar limón helado. El relato se estructura en cuatro secuencias separadas tipográficamente por espacios blancos:

1) La primera secuencia marca ya el distanciamiento entre tía y sobrino. Es la noche de la víspera de la festividad. El sobrino cree ver una fantasma, pero la tía se marcha y le deja solo en casa; al volver, Ramonete sigue con la pesadilla y se cae de la cama; el niño la llama angustiado, pero la tía ronca indiferente.

2) Al despertar, ella le insta para que se apresure. El niño sigue sin saber a ciencia cierta qué es Corpus: «¡Corpus, Corpus es! ¡La fiesta de nuestro Señor! ¿Qué será Corpus?» (p. 68).

3) Ya en la iglesia, la tía lo vuelve a abandonar para ir con otras mujeres, sus amigas, a poner la palia nueva; se repite varias veces la pregunta del niño sobre qué será Corpus. Ve que otros amigos estrenan ropas y compran golosinas. Se duerme y la tía le reprende, amenazándole con la indicación de que Nuestro Señor le observa desde la Custodia.

4) Vuelven a casa, pero la tía lo deja solo por tercera vez, ahora para comer con la mayordoma; le preocupa que se diga mal de ellos y le emplaza para la procesión. La tristeza del niño haya eco en la naturaleza: «Y el paisaje le envió toda su tristeza en aquella tarde de la fiesta de Nuestro Señor» (p. 70; Norden destaca las rimas asonantadas internas de esta frase[3]). Los amigos tienen para comprar limón helado a Gregorico, mientras Ramonete sigue repitiendo su cantinela: «¡Corpus, Corpus, Corpus!… ¡La fiesta de Nuestro Señor!» (p. 71). La tía se lo lleva a la procesión, y vuelve a reprenderle por derribar una candela. Al final Ramonete se lamenta, con lógica infantil, de que la fiesta ha sido tan solo de sus amigos. Tiene hambre y miedo, no puede dormirse y rompe a llorar; pero «La señora tía roncaba…» (p. 72, palabras finales que enlazan circularmente con el final de la secuencia primera, aquí con unos puntos suspensivos que, como bien hace notar Norden, parecen significar que esa situación de desamparo se mantendrá siempre igual).

Se trata, como vemos, de un cuento muy bien trabado. Además de las continuas repeticiones de la palabra Corpus en las preguntas que se hace Ramonete, otro elemento estructurante es la presunta intervención del demonio, del Enemigo, al que alude la tía en cuatro ocasiones (cfr. pp. 67, 69, 70 y 72) para explicar los comportamientos negativos del sobrino, al tiempo que le pide se encomiende al buen Ángel[4]. Norden resume con estas palabras las principales características de este cuento:

En «Corpus» Miró utiliza diestramente técnicas estilísticas que enriquecen la fuerza de la prosa. Conduce al lector a la percepción de la naturaleza interior de sus personajes por la estilización de su lenguaje y del que emplea el narrador al hablar de ellos; su estructura hace más explícitas las etapas de la evolución de la actitud de los personajes; y su prosa lírica, que llega a tener características de la poesía en momentos de gran emoción, sugiere matices de sensibilidad que no pueden expresarse de otra manera. «Corpus», una pieza sumamente típica de la prosa mironiana, es un monumento a su reputación como uno de los más grandes estilistas de la prosa española[5].

Hoddie, por su parte, recuerda que en la década de los 20 «Corpus» iba al final de la colección de cuentos «como remate y resumen de la temática» del libro[6], al tiempo que destaca que su tono poético recoge la «esencia de la obra entera»[7].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] E. Ernest Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», en Explicación de textos literarios, vol. VI-1, Sacramento (California), California State University, 1977-1978, pp. 73-79.

[3] La emoción conduce al lirismo; para Norden este es un «cuento de emociones», de ahí que la prosa adquiera cualidades poéticas (cfr. Ernest E. Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», en Explicación de textos literarios, vol. VI-1, Sacramento (California), California State University, 1977-1978, p. 78b).

[4] «Encomiéndate al buen Ángel; mira que recelo que todo eso es el Enemigo que te lo hace ver…» (p. 67, para explicar la visión de la fantasma); «Obra es del Enemigo, hijo, Ramonete, para que no oigamos al señor predicador» (p. 69, cuando el niño se retrasa para atarse la calza); «Reza, hijo, Ramonete, que todo es el Enemigo que te posee…» (p. 70, cuando le entran ganas de orinar); «¿Te mordió alguna sierpe, o es que en verdad te ha poseído el Enemigo?» (p. 72, cuando derriba la candela); y todavía al final: «¡Ay, hijo, Ramonete, rézale al Buen Ángel, y mira no murmures, hijo, no sea que te castigue el Nuestro Señor!…» (p. 72).

[5] Ernest E. Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», en Explicación de textos literarios, vol. VI-1, Sacramento (California), California State University, 1977-1978, p. 79b.

[6] Pese al final negativo, se puede intuir cierto mensaje esperanzador: «No obstante, se afirma como un valor positivo […] la nostalgia de la plenitud que tal vez nunca se vaya a realizar» (James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, p. 25).

[7] James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, p. 24. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

La presencia de la muerte en «Corpus y otros cuentos» de Gabriel Miró (y 2)

Además de en «Los amigos, los amantes y la muerte» y «Las hermanas», este tema lo encontramos tratado en otros dos cuentos, «El reloj» y «El sepulturero»[1].

«El reloj» (pp. 91-93) es un relato de 1908 cuyo comienzo (en presente de indicativo) parece querer detener el paso del tiempo, que huye inexorablemente:

Hogar es familia unida tiernamente y siempre. El padre, en sus pláticas, es amigo llano de los hijos; mientras la madre, en los descansos de la labor, los mira sonriendo. Una templada contienda entre los hermanos hace que aquél suba a su jerarquía patriarcal y decida y amoneste con dulzura. Viene la paz, y el padre y los hijos se vierten puras confianzas, y toda la casa tiene la beatitud y calma de un trigal en abrigaño de sierra bajo el sol (p. 91).

Todos los muebles y objetos de la casa son testigos del acontecer familiar, pero en especial el viejo reloj, que —como tantos otros objetos y animales en la obra mironiana— se nos presenta personificado[2]. La familia, y sobre todo el padre, lo ha cuidado, como se cuida a un enfermo, durante cuarenta años. Ahora quien enferma es el padre y el reloj, que es la ilusión de su vida, se para también: «Cundió la noticia con misterio desolador de augurio» (p. 92); cuando lo traen reparado, pasado un mes, el padre ya ha fallecido. Las palabras finales del narrador (cuando suena el reloj y los familiares alzan los ojos para «adorar sagrada reliquia», p. 93) retoman las del principio de la p. 92 (donde su tañido se comparaba con el de «un Ángelus aldeano»):

Y del pecho de ébano salieron profundas y templadas las horas, derramándose en todos los recintos y dejando fugaz ilusión de padre vivo… (p. 93).

Reloj de pared

«El sepulturero» (pp. 106-109), relato de 1910, más que al cuento, está próximo a la estampa o al retrato costumbrista de este «hombre aciago» (p. 109) que convive día a día en el cementerio con la muerte; la acción tan solo está algo más animada al final, con la anécdota relativa a la hija. Está enunciado por una primera persona del plural: el narrador y sus amigos buscan la tumba de un amigo; cuando el sepulturero la encuentra, las aguas de lluvia acumuladas hacen que salga a la superficie, flotando sobre ellas, un cadáver semi-descompuesto; sin embargo, la hija del enterrador sigue comiendo, indiferente a la macabra escena que contemplan sus infantiles ojos, su trozo de pan con longaniza[3]:

La niña miraba el cadáver hinchado de las aguas, y engullía pan y longaniza; mucho pan; sólo rosigaba la longaniza para que le durase… (p. 109)[4].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] «Para la familia era este reloj un antepasado o el pecho de un antepasado de todos los relojes de sus mayores, de corazón sonoro y sabia voz» (p. 92); además, se indica explícitamente que el reloj «lo humanizó la piadosa fantasía del padre».

[3] La presunta insensibilidad de esta joven, que ha quedado canija por unas fiebres tercianas, recuerda a la de la niña del cuévano. No deja tampoco de ser irónica la indicación anterior del narrador de que su padre «la sacaba a divertirse».

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: valoración final

El periodista viajero Delibes, que conoció el Chile del segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (1952-1958), supo captar en su estancia la idiosincrasia del país y la forma de ser de sus gentes, y así nos lo transmitió en una serie de notas redactadas en un estilo ágil y ameno. En mi opinión, buena parte de lo que escribió hace algo más de cincuenta años sobre el paisaje y el paisanaje, sigue siendo válido a día de hoy. Su objetivo declarado era, precisamente, quintaesenciar lo que veía: «En mis crónicas he intentado rehuir todo aquello que sea transitorio, mudable o impersonal. Descubrir un país es sacar a flote sus cualidades permanentes» (p. 162)[1]. Un novelista descubre América no es una guía de viaje de Chile; tampoco Delibes se detiene a resumirnos la historia del país ni es detallista en muchos aspectos, llenando sus crónicas de datos farragosos, pero sí nos ofrece unas notas, frescas y espontáneas, con sus impresiones de viaje.

Bandera de Chile

Pero, además de posar esa mirada atenta y certera sobre los aspectos más llamativos o esenciales del país, llevó a cabo un fino análisis de lo que vio; en mi opinión, uno de los aspectos más valiosos de este libro —muy poco conocido en Chile, dicho sea de paso— es que Delibes supo proyectarse hacia el futuro, intuyendo las posibilidades de crecimiento y desarrollo del país, algo que, en aquel momento, quizá no era fácil de adivinar. En efecto, nos habla de «un país joven y en formación» (p. 96); un país todavía subdesarrollado, consumido en aquel momento por la deuda externa y la inflación, pero con un prometedor futuro: «Chile brinda a los ojos del forastero un conjunto de conquistas todavía no organizadas ni jerarquizadas; es como una maleta hecha con prisas; parece que está llena, pero aún caben muchas cosas» (p. 97); y poco después añadía: «Chile será un país completo el día que rellene los huecos de la maleta. Hoy por hoy, el alma le queda un poco chica a su cuerpo joven y vigoroso» (p. 99). Y sobre esto abundaba en el último epígrafe, «Cuestión de rascar», del capítulo XVI, que son las palabras finales, a modo de conclusión, de su libro:

Al viajero que abandona Chile le asalta el presentimiento de que deja atrás un país llamado a ser rico. A uno le invade la convicción de que Chile no da más porque de momento no lo necesita. Hace años a Chile le bastaba con los nitratos, pero el mundo empezó a fabricarlos artificiales y entonces Chile hubo de rascar un poco su caparazón y extraer cobre. El cobre era mucho, aunque no todo, y el chileno rascó un poquito más y alumbró petróleo, carbón, hierro, y hasta oro.

Observando la topografía chilena, especialmente la andina, el viajero tiene la impresión de que el país sacará de allí lo que necesite; es decir, que Chile, en apariencia, constituye una fuente inagotable de recursos. Ocurre, sin embargo, que un desarrollo técnico precisa una técnica previa, y esta técnica previa, a su vez, otra técnica aún más rudimentaria. De aquí que Chile, de momento, haya de poner en manos ajenas la explotación de sus riquezas, con mayor razón si consideramos que no sólo el elemento industrial escasea, sino que también escasea el elemento humano. El día que Chile, repito, se capacite técnicamente y su población se adense, el país será rico; tal vez inusitadamente rico. La conciencia de pobre que hoy tiene el chileno carece de fundamento. Nadie puede decir que su país sea pobre mientras ignore lo que oculta cada metro de la tierra que pisa. Con mayor razón un país como Chile donde cada sondeo verificado ha rendido su fruto.

El porvenir de Chile está, pues, en rascar. Cuanto más hondo, mejor (p. 168).

A día de hoy, Chile ha alcanzado una notable estabilidad política en democracia y goza de una economía saneada que atrae abundante inversión extranjera; es decir, ha logrado labrarse ese próspero porvenir intuido por Delibes en 1955. Sus palabras de entonces, lejos de ser meramente descriptivas, resultaron casi proféticas[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

La presencia de la muerte en «Corpus y otros cuentos» de Gabriel Miró (1)

En este apartado incluyo cuatro cuentos: «Los amigos, los amantes y la muerte», «Las hermanas», «El reloj» y «El sepulturero»[1]. Examinaremos hoy los dos primeros.

«Los amigos, los amantes y la muerte» (pp. 72-76) es un cuento fechado en 1900 sin apenas acción, en el que domina por completo el elemento introspectivo. El “argumento” es sencillo: un paralítico recibe la visita de sus amigos, en tanto que su hija charla aparte con su novio. La muerte está presente ya desde el título; queda sugerida en el cuerpo de la narración con la entrada en la habitación de una perra, lo que hace recordar a los amigos la muerte de otros animales; y luego, de forma más patente, cuando llega a la casa un sepulturero cargando un ataúd y preguntando por un difunto. En fin, está explícita en el diálogo último entre el novio y Alma, la hija del tullido, especialmente en las palabras del muchacho, que la niega:

—¡No hay muerte! Mira la noche, mira los mundos; ¡qué les importan los féretros ni las lágrimas! Todo sigue. Mira la vida, bella ahora en sus tristezas de nieblas y silencio; bella mañana en su sol, y hasta en el gusano que se deleita con el jugo de una hierba pisada. Si los hombres lo amasen todo y ennoblecieran la vida, quitarían la idea de la muerte; ¡nunca hay muerte! ¡La alegría prende en las almas cuando se sienten amadas, y aman y son eternas!…

Más adelante será el padre quien insista en esa idea: «¡Oh, hijos, no hay muerte!». Sin embargo, el amante ha sentido la presencia de la muerte en la propia mujer amada:

¡Te vi inmóvil como los muertos; blanca, como los muertos, y ya no me mirabas; y yo me sentí hundir en una muerte eterna!… (p. 76)

En efecto, la identificación de Alma con la muerte es constante (ya al comienzo se había indicado que sus manos son «manos de imagen»), y está subrayada por la presencia constante de la luna, testigo del amor de los jóvenes, y la insistencia en los semas del color blanco[2].

Luna, cuervo, muerte

«Las hermanas» (pp. 84-87), del mismo año que el anterior, también es relato marcado por la presencia de la muerte desde sus palabras iniciales: «Fueron tres hermanas y un hermano. Siempre se vieron vestidos de negro». En efecto, juntos recuerdan los distintos lutos llevados por las muertes de varios familiares; se indica además que Koff, el fiel sirviente polaco rescatado de la condición de siervo por el padre de las muchachas, «Asistió a todos los quebrantos y dolor de las muertes» (p. 86). El dolor y el infortunio parecen acompañar a esta familia desde siempre:

Ellas y los padres pasaban como una larga nube de crespón por lo apartado de la ciudad, por las huertas de la cercanía, dejando en las almas un perfume de flor de desgracia (p. 84).

Una ventana a la felicidad parece abrirse con el matrimonio de Pablo, el hermano varón, que trae a su novia para presentarla a sus hermanas. Pero este hecho, lejos de ser una solución para arreglar ese «hogar roto», sumido en desgracias y tristezas, viene a empeorar las cosas. La llegada de la nueva mujer se traduce en «una mirada fría y enemiga» (p. 87), y de nuevo planea sobre todos los personajes la sombra trágica de ese negro cuervo[3], real y metafórico, que siempre les ha acompañado:

Pablo acercó a las huérfanas. Y la amada las besó levemente. Y al separarse, las amadas se buscaron, y muy juntas otra vez se dijeron con la mirada el angustioso desamparo de sus vidas, mientras Koff se alejaba de su aposento, humillando la cabeza, que parecía huir de la pesadumbre de unas alas abiertas siempre sobre aquella casa (p. 87)[4].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] «Apartados en una vidriera, dos jóvenes contemplan la noche que se pierde en un misterio de luna» (p. 73). «El amante recoge en sus ojos la mirada de la mujer, y la lleva dulcemente a la desolación de la noche; y se miran y se aman dentro del infinito de tristeza, de silencio y de luna» (p. 74). Recordaré el comentario de Hoddie sobre el valor de la palabra implícito en este cuento: «Mediante la palabra el amante parece alterar la naturaleza de la realidad: negar la existencia de la muerte y abolirla. Sin embargo, las últimas palabras del cuento revelan que lo citado era expresión de su deseo a la vez que de su miedo a la posible pérdida de su propio ser…, si él se viera privado de la presencia de la amante, otro yo que refleja y corrobora su ser» (James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, p. 33).

[3] Cfr.: «¿Y te acuerdas de una tarde que voló un cuervo, muy despacio, encima de nosotras? […] Yo oigo siempre un chirrido de alas viejas de otro cuervo más grande, más negro; sus alas son enormes y hacen noche en la mañana», señala una hermana (p. 85); «Y yo sentí el peso y lo negro de las alas que yo siempre veo», dice Koff (p. 86).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el habla de Chile

Habla chilenaA lo largo de estas crónicas que terminaría recopilando como libro en Un novelista descubre América, Delibes va recogiendo las palabras, modismos y formas de hablar peculiares que han llamado su atención. Dado que me resulta imposible consignarlas aquí todas, me limitaré a recordar que todas esas expresiones son las que irán tiñendo progresivamente el discurso de su personaje Lorenzo en la novela posterior Diario de un emigrante. Además de remitir a lo escrito por Hernando Cuadrado, Medina-Bocos y Portal[1], destacaré un par de detalles. Por un lado, sus indicaciones sobre el empleo del diminutivo: «La corrección chilena tiene su exteriorización en el uso y abuso del diminutivo. El diminutivo constituye el lubricante de la ejemplar convivencia chilena» (p. 84)[2]. Y luego añade:

El diminutivo imprime suavidad a la expresión que no es tanto indicio de cortesía como de afecto espontáneo. Para el chileno todo el mundo es prójimo, de acuerdo con el Evangelio. Esto no debe interpretarse en el sentido de que la inclinación al diminutivo sea una manifestación envidiable. El chileno llama a su esposa «mi hijita linda», «mi viejita», «mi perrita choca» —rabona. El chileno dice «ahorita» y «hasta lueguito». El chileno le dice al taxista que se detiene prematuramente: «Más allasito, pues». A mí me aconteció en una sala de té:

—¿Tesito?

—Sí.

—¿Solito o con lechesita, «cabayero»?

Incontestablemente, esto es demasiado (p. 85).

En segundo lugar, por lo que tiene de pequeño glosario, merecería la pena copiar íntegro (pero no puedo hacerlo) el epígrafe titulado «Un diccionario de goma», del capítulo final. Veamos un extracto:

El lenguaje chileno abunda en expresiones muy gráficas y características. Por ejemplo, el chileno rara vez dice «sí». El chileno dirá cualquier cosa antes de decir «sí» a secas, tal vez porque él es demasiado expresivo para contentarse con monosílabos. El chileno dirá «cómo no», «ya está», «al tiro» o «claro», pero nunca dirá que «sí». Después que cumpla o que no cumpla ya es harina de otro costal. Desde luego, incumplir una promesa no le cuesta demasiado. De ordinario, el criollo aborrece las ataduras y los compromisos. Pero volvamos a nuestro cuento. Otra expresión no obligada en Chile es la de «gracias» o «muchas gracias». El chileno prefiere decir «muy amable» o «muy gentil», con lo que no sólo agradece, sino que paga la fineza. El chileno inevitablemente da de más.

En otro orden de cosas me han llamado la atención expresiones populares como la de que «el tren anda como las huifas», para resaltar su impuntualidad; una fiesta de «pata y quincha», que equivale a nuestro «tirar la casa por la ventana»; «recién viene llegando» por «acaba de llegar»; «encontrar la Virgen en un trapito», para expresar un golpe de fortuna; «harto encachado» por «buen mozo», y «nos sacamos la cresta» por nuestro «nos rompimos la crisma». Junto a esto, me sorprendió el «dejémoslo no más», mágico talismán chileno para rehuir el trabajo, la discusión, la conversación, etc. El «dejémoslo no más» podemos considerarlo representativo del carácter inhibitorio, indolente, del criollo.

Al lado de estos giros típicos, existen vocablos chilenos sonoros y graciosos, como «guata» (barriga), «pololear» (flirtear), «pichanguita» (cosa insignificante) y «niña de mano» (sirvienta). Entre todos los más usados y, sin duda ninguna, los más gráficos son «tincar», «siútico» y «fome». Decir en Chile «me tinca» equivale a decir en España «me da en la nariz». Al chileno «le tinca» que mañana va a llover o que pasado le tocará la lotería. «Siútico» es más que «cursi». La palabra es muy ambiciosa y por demás expresiva. A mí me resulta una palabra eufónica y que no podía significar otra cosa que lo que significa. Acontece lo mismo que con «fome» (desgarbado, sin gracia, desangelado), que ya en sí porta una falta notable de vida, de sal, de vibración verdaderamente delatora. En suma, el chileno, como es de ley, habla el castellano y, como es de ley, no se resigna a vivir entre los estrechos límites señalados por el Diccionario de la lengua (pp. 164-166)[3].


[1] Ver Luis Alberto Hernando Cuadrado, «El español de América a través de Valle-Inclán, Cela y Delibes», Anales de Literatura Hispanoamericana, 15, 1986, pp. 11-21; Amparo Medina-Bocos, Estudio preliminar a Miguel Delibes, Diario de un emigrante, Barcelona, Destino, 1997, pp. I-LXV; Marta, «Diario de un emigrante, una lectura sobre falsilla», en Estudios sobre Miguel Delibes, Madrid, Universidad Complutense de Madrid, 1983, pp. 203-213.

[2] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

La sociedad chilena en «Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: tipos y costumbres (y 2)

Muchos y variados son los aspectos de la sociedad chilena que, con mayor o menor extensión, son abordados por el periodista viajero: cuestiones económicas, como la inflación (pp. 80 y 162-163)[1], la producción de cobre (p. 78), la constatación de la existencia de una clase media (pp. 72-73, 79…) o el alto nivel de vida de Santiago (pp. 162 y ss.); la generosidad y el sentimiento de solidaridad, ejemplificado en la organización de los bomberos voluntarios (pp. 93-94); aspectos negativos del país como las elevadas tasas de analfabetismo y de mortalidad infantil (p. 97) o la indisciplina, que no se aprecia, sin embargo, en el ejército, la política y la enseñanza (pp. 95-96); las prácticas y creencias supersticiosas (como el culto a las animitas y las capillitas), que se dan sobre todo en las clases bajas; o las predicaciones y cantos de los canutos, que vio en Talagante (pp. 97-99). Su conclusión, en este terreno, es que la espiritualidad chilena pasa por un momento crítico: el catolicismo está adormecido y como falto de vibración, la moral relajada y la institución familiar en situación poco estable, de forma que el protestantismo y el agnosticismo han hecho allí su presa (pp. 98-99). Tampoco faltan algunos comentarios sobre la prensa chilena (p. 99).

En el capítulo X esboza la descripción de algunos tipos populares de Chile, en particular el roto[2] (rufián, persona ordinaria de baja extracción social) y el huaso[3] (el campesino). Del roto escribe:

El ‘roto’, con tener para un trago, para apostar unos pesos en las carreras y para un pedazo de pan, se da por satisfecho. Ni es ambicioso, ni la civilización se traduce para él en un aumento del número de necesidades. La sumisión le irrita; en general rechaza todo aquello que huela a disciplina (p. 94).

Monumento al Roto chileno

Y así caracteriza al huaso:

El «huaso» es el campesino chileno; una especie de «gaucho» de otras latitudes. Tipo apuesto, altanero, de indumenta pintoresca y ademanes de gran señor. Lo más convincente del «huaso» es que no se trata de un hombre disfrazado para asombro y satisfacción de turistas. […] El «huaso» es un tipo fresco, flamante, recién estrenado. Uno se asoma al campo y ve aproximarse un jinete arrogante que se descubrirá ante el forastero con un amplio ademán, muy versallesco, y le dará cortésmente el «buen día» o las buenas tardes. Este hombre, tiene, sin duda, un cierto aire de caballero andaluz. No obstante, su vestimenta es más abigarrada: sombrero alón negro o gris, camisa de colores llameantes, chaquetilla abotonada a un lado, faja ancha, polícroma; pantalón ceñido y zapato de alto tacón («taco lechero» para el criollo), rematado por una espuela del diámetro de una naranja. El «huaso» suele llevar, además, sobre los hombros un poncho o chamanto de tonos ardientes. En suma, el «huaso» es el más apropiado aditamento de la campiña chilena (pp. 110-111).

Huaso chileno

A Delibes le llamó la atención la pureza racial de Chile, cuyos habitantes mantienen características físicas incontaminadas. Al indio aborigen, el araucano, está dedicado el capítulo XIV, y la impresión es muy negativa, como ya anuncia el título: «El ocaso del indio araucano». El periodista visitó Maquehua, la reducción india de Temuco, donde pudo constatar que «el indio chileno no conserva ya otra ambición que la de dejarse morir» (p. 138), para concluir que su extinción es cuestión de años: «la raza languidece, oprimida por el collar asfixiante de la civilización» (p. 139).

Hay muchos otros detalles relacionados con la sociedad, las gentes y sus costumbres que no puedo sino mencionar. Así, en el capítulo XI aborda lo relacionado con la gastronomía, «tan compleja como contradictoria», como los platos típicos (los locos, las humitas, el caldillo de congrio, los erizos, el curanto, las cholgas…), la costumbre de las onces (meriendas) o la afición por las agüitas (infusiones); del capítulo XII, dedicado, también de forma monográfica, a la caza y la pesca, solo me interesa destacar ahora el recuerdo del personaje Lorenzo: «Si de algo me arrepiento es de haberme despedido de mi amigo Lorenzo, protagonista de mi último libro Diario de un cazador, sin haberle traído a darse una vueltecita por estas tierras» (p. 121). Pero la mirada de Delibes desciende en estas crónicas a detalles menores; habla de la abundancia de perros errabundos («en general, en Chile los perros no tienen dueño», p. 166, y ver también la p. 97); en el epígrafe «Los grandes estímulos del criollo» (pp. 85-89) se refiere al vino, el café y los juegos de azar; menciona el tono ceremonioso en los tratamientos entre padres e hijos (p. 166); alude a la situación de la mujer, que tiene abundante presencia en la administración (p. 167), etc.[4]


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Quizá Delibes pudo conocer la novela mundonovista El roto (1920), de Joaquín Edwards Bello.

[3] Al hablar del huaso, añade una mención a la cueca, el baile nacional chileno. Otro personaje mencionado es el cogotero (asaltante, ladrón que emplea la violencia).

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Corpus y otros cuentos» de Gabriel Miró: principales temas

Centrándonos ya en el aspecto temático, podría afirmarse que el tema central sobre el que versan los relatos de Corpus y otros cuentos[1] —aunque existan en torno a él otros subtemas asociados— es la alienación humana, en distintos aspectos, cuestión que ha estudiado con detalle James H. Hoddie en un capítulo de su libro Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró[2]. Ya en la introducción del mismo escribía que: «Los cuentos de Miró son tal vez la mejor expresión del sentimiento de alienación que comparten personajes, narrador y, según puede suponerse, autor». A continuación indicaba que cada cuento o grupo de cuentos plantea situaciones conflictivas para las cuales se ofrecen algunas posibles soluciones:

Desafortunadamente, tales soluciones nunca resultan adecuadas para satisfacer la sensibilidad del personaje o la del narrador preocupado por la justicia o por armonizar su sentimiento con el de otros seres humanos con quienes quisiera sentirse en solidaridad. […] Aunque los personajes mironianos fracasan y quedan en ridículo, lo que importa por encima de todo es el deseo insatisfecho y el impulso no realizado. Este sentimiento de alienación convertido en expresión lírica, expresión de la nostalgia de lo que hubiera podido ser, es la esencia de la obra, su mensaje clave.

Y en el capítulo dedicado específicamente al tema de la alienación en los cuentos, manifiesta Hoddie que estas narraciones ofrecen la consideración de dos temas relacionados entre sí, a saber, la «la hostilidad del ambiente en que vive el hombre y la alienación que experimentan los personajes al ver sus valores e ideales en un conflicto serio con otros seres humanos»[3]. Tiene también razón el mencionado crítico al afirmar que el personaje principal, el protagonista de cada relato, es «un ser de sensibilidad superior, o por lo menos más aguda que la de la masa de los seres humanos»[4], circunstancia que hace que su conflicto con las realidades del mundo circundante sea todavía más marcado.

Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró

En efecto, el tema general subyacente en Corpus y otros cuentos es esa enajenación, que procede las más de las veces de la incomunicación entre las personas o, en suma, de la falta de amor entre las personas, motivo recurrente en toda la producción mironiana. Ahora bien, para un acercamiento general a esos relatos, cabe distribuirlos en grupos atendiendo a la presencia de distintos subtemas. En lo que sigue, haré un rápido repaso de todos ellos, centrándome en el comentario más detenido de los más interesantes de cada tipo y apuntando —al mismo tiempo que los temas, motivos y símbolos— algunas técnicas estructurales empleadas por el autor. En otra entrada recapitulatoria ofreceré unos someros apuntes sobre el lenguaje y el estilo, aspectos estos importantísimos en el estudio de cualquier obra de Miró, pero que no constituyen en esta ocasión el objeto principal de mi trabajo.

Ya he indicado que la alienación humana, manifestada en sus diversos modos y motivada por variadas causas, es el núcleo temático central de todos o de la mayoría de los trece relatos que forman el libro Corpus y otros cuentos. Alrededor de ese núcleo, existe una constelación de temas y subtemas menores, asociados por lo general entre sí: la muerte, la violencia física y psicológica, la crueldad con los animales, la injusticia social, la crítica de una falsa religiosidad, hipócrita y beatona, etc. Es posible una ordenación de los relatos en cuatro apartados: 1) unos están marcados de forma muy clara por la presencia de la muerte; 2) en otros se manifiesta la incomunicación entre el mundo de los niños y el de los adultos; 3) otro tercer grupo muestra con diversos matices la alienación de personajes adultos o su enfrentamiento con un mundo hostil; y 4) hay otros cuentos de mayor valor simbólico, en los que podemos percibir además un tono más claramente reflexivo por parte del narrador (identificado con el autor). Los examinaré por separado en próximas entradas[5].


[1] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[2] James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», en Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, pp. 23-34.

[3] Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», p. 23.

[4] Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», p. 23.

[5] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.

La sociedad chilena en «Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: tipos y costumbres (1)

Pero pasemos ya, en nuestra breve glosa de Un novelista descubre América de Miguel Delibes, del paisaje al paisanaje. Una de las primeras notas que capta el viajero recién llegado es la descompensación en la distribución de la población chilena: habla, en efecto, Delibes de la «macrocefalia» de Chile (dos millones de habitantes concentrados en la capital, sobre un total de seis), y apunta que es un país que está pidiendo un premio a la natalidad, es decir, que precisa con urgencia un aumento demográfico:

Chile es un país que necesita importar hombres o fabricarles a marchas forzadas. La salud de Chile se robustecerá cuando su organismo acumule grasas. Seis millones de seres en un territorio de su extensión constituye un indicio incontestable de anemia (p. 160)[1].

Santiago de Chile

En otro lugar, en el capítulo XIII, señala algunas diferencias entre el norte y el sur del país, o entre el santiaguino y el provinciano, que no puedo detenerme a comentar ahora[2]. Copiaré tan sólo el arranque de ese capítulo:

Frente al santiaguino que, ganado por esa infantil vanagloria característica de los moradores de las grandes ciudades, considera que fuera de Santiago de Chile, Chile no merece dar un paso, el viajero tiene razones para afirmar lo contrario; es decir, que Chile, con su personalidad y su pujanza, su fisonomía y su esencia, se encuentra, precisamente, fuera de la capital. Santiago no cierra Chile. Al santiaguino le cuesta arrancar de Santiago como al madrileño le cuesta arrancar de Madrid. Está imantado por el viejo prejuicio antiprovinciano, tan infundado como vacuo; prejuicio más extendido en el nuevo que en el viejo mundo, tal vez porque las pequeñas poblaciones americanas, en lo que a confortabilidad se refiere, se hallan todavía a un nivel muy por bajo del de sus correspondientes capitales. Mas Santiago —como Buenos Aires o como Río— no puede darnos la síntesis del país cuya capitalidad ostenta; resulta insuficiente para definírnosle. Todas las grandes ciudades, tanto del mundo antiguo como del nuevo, exhalan un vaho cosmopolita que en fuerza de general deja de ser característico. Son urbes heterogéneas que alían factores de signo no sólo distinto sino dispar, fenómeno que se acentúa en estas ciudades sin tradiciones, crisoles donde se han fundido razas llegadas de todos los rincones del mundo (pp. 127-128).

Y aunque las referencias las encontramos diseminadas a lo largo de estas páginas, hay dos capítulos, el VIII y el IX, dedicados en su conjunto a retratar el carácter de los chilenos. La primera impresión, e impresión muy positiva, es «esa cordialidad efervescente, notoria en todos los sectores y rincones del país» (p. 17); el periodista afirma taxativamente que «Uno entra en Chile como en su propia casa» (p. 17); añade que «la cordialidad chilena constituye una virtud contagiosa» (p. 161); y, en suma, dictamina que el español no se siente extranjero en Chile, país en el que el sentimiento hispánico es muy vivo. Otra de las notas características del carácter chileno es la absoluta despreocupación, que apunta también aquí y allá. Por ejemplo:

El chileno, normalmente reacio a cualquier forma de previsión, gasta alegremente el dinero de hoy y el que espera conseguir mañana. Hay países que viven de su pasado y países que viven para el futuro apretándose el cinturón. Chile no aspira sino a vivir el presente; lo que pasó ayer no le interesa; lo que está por venir no le preocupa (p. 73).

Y, especialmente, en el epígrafe dedicado a «La maravillosa imprevisión chilena»:

En general podemos decir que el chileno se muestra refractario a cualquier forma de previsión. El chileno nace con la mano abierta. En la vida he visto un país donde el crédito cuente con tantos y tan apasionados partidarios. El dinero aquí no corre, vuela. El chileno gasta lo que tiene hoy y lo que espera conseguir mañana; su actitud, para un europeo consciente y forzosamente administrado, resulta de una prodigalidad irresponsable. Mas lo cierto es que el chileno rara vez se coge los dedos. El país responde; quien trabaja, gana dinero; se trata, en suma, de una naturaleza agradecida. Uno puede llegar hasta donde precisa y luego dejarlo. En todo caso, bien se puede asegurar que un billete chileno recorre mayor número de bolsillos en veinticuatro horas que cualquier billete europeo en una semana (pp. 79-80)[3].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Los apartados de este capítulo, que va dedicado «A mi amigo Julio Beiner, que me guió por el sur de Chile», se titulan: «La zona del nitrato y el cobre», «Siempre hay más sur» y «Prusianos con poncho chileno».

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

«Un novelista descubre América», de Miguel Delibes: el escenario físico (Santiago y otras ciudades)

Una de las primeras reflexiones del viajero Delibes es que Sudamérica constituye un continente aún por descubrir para el europeo (pp. 11-12)[1]. Lo era, sin duda, para él en el momento de emprender su viaje. Los cuatro primeros capítulos no me interesan ahora, en tanto en cuanto no se centran en Chile, sino que se refieren a las diversas escalas (el apeadero de la isla de la Sal, Natal, Río de Janeiro, Montevideo, Buenos Aires y Mendoza), y se cierran con la descripción del impresionante paso de los Andes. Ya en Chile, Delibes comienza por constatar la importancia de la cordillera, que no es solo una mera referencia geográfica, sino algo que marca al país y tiene su reflejo en el carácter de sus gentes: «Los Andes articulan la geografía chilena; recorren el país de norte a sur imprimiéndole una peculiar fisonomía», escribe (p. 56); y luego: «los Andes imprimen carácter al país. […] La cordillera es una constante geográfica; la espina dorsal del país» (p. 58). Nada tiene de extraño que una de las primeras descripciones sea la de una excursión al pueblo de Farellones (pp. 58-60), en la región metropolitana, a más de 3.000 metros de altitud, precisamente para familiarizarse con la cordillera, bellamente presentada como «la sorpresa vertical de los Andes» (p. 51).

Farellones, Chile

En ese primer encuentro con la geografía chilena, tampoco podían faltar algunos comentarios sobre la alargada extensión del territorio. En el capítulo VI escribe, jugando con la frase hecha:

Chile es un país que, como corresponde a su ascendencia araucana, ha colocado sus provincias en fila india. Podría decirse de Chile que es un país tan estrecho, tan estrecho, que no tiene más que norte y sur. Nordistas y sureños convergen en Santiago y son dos temperamentos tallados por dos opuestas formas de vida: el desierto, la mina, arriba; la agricultura y la ganadería, al sur. Entre norte y sur existen, como es de ley, sus diferencias; entre este y oeste no caben diferencias; se caerían al mar (p. 61).

En otro lugar anota: «Chile es tan largo, que por mucho que uno baje siempre queda más sur» (p. 131); e insiste más adelante: «Chile es el país del mundo que tiene más sur; digamos, más o menos, dos mil kilómetros de sur» (138). Sur del país donde, por cierto, y así lo constata el periodista, abundó la colonización por parte de alemanes (pp. 133-135). Desde el primer momento queda patente el interés que despierta en él el territorio que recién está empezando a descubrir:

Para uno, modesto escritor y como tal de una ignorancia enciclopédica, Chile, en la perspectiva, era poco más que los nitratos, el bombardeo de Valparaíso y La Araucana, al alcance de los niños. Basta asomarse aquí para que uno advierta la injusticia de tan somero concepto. Chile es un país que humana y geográficamente encierra un enorme interés. De todo cuanto nos atraiga o sorprenda iremos hablando poco a poco. De momento, importa conocer que «Chilli», en idioma aymará, significa «donde acaba la Tierra», y no deja de ser emocionante esto de sentarse uno a la máquina en el extremo del mundo (pp. 62-63).

El epígrafe «Una inquieta geografía», que parece un guiño a la obra clásica de Benjamín Subercaseux Chile o una loca geografía, introduce el tema de los terremotos (deja constancia de que ha temblado la tierra tres veces en dos semanas), comentando con gracejo que la de Chile es una geografía única en el mundo… pero no inmutable. Ese tono humorístico continúa en el pasaje en el que Delibes afirma que en Chile los maestros lo tienen muy fácil a la hora de enseñar geografía a sus alumnos e inculcarles los conceptos de volcán, cordillera, lago, desierto…: les basta con asomarse a la ventana e ir señalando (pp. 63-64). Y es que Chile tiene de todo «para dar y tomar», y por supuesto también terremotos o sismos. Tras explicar las características de tres tipos diferentes, concluye en ese mismo tono desenfadado: «En suma, Chile puede jactarse, entre otras cosas, de poder despachar seísmos a gusto del consumidor» (p. 66). El capítulo VII está dedicado a la capital, Santiago:

A Santiago le ocurre un poco lo que a esas comedias mediocres bien presentadas; a la obra se la come el decorado. En la capital de Chile la decoración es tan importante que sería preciso haber edificado una ciudad excepcionalmente vistosa para evitar ser eclipsada. Y Santiago no es una ciudad vistosa, siquiera sea una ciudad alegre y grata de vivir (p. 69).

El escenario es, claro está, la cordillera de los Andes, «una escenografía deslumbrante» que resulta visible desde casi todos los puntos de la ciudad, y que se completa con los cerros de San Cristóbal y Santa Lucía. Delibes añade que «la ciudad, como complejo arquitectónico, no es hermosa y ofrece unos contrastes extremosos» (p. 70). Menciona las principales calles del centro, con edificaciones de dos pisos o uno solo (no se pueden construir más altas por los terremotos), lo que hace que sea una ciudad muy extensa, con perspectivas desahogadas y grandes arterias, en las que llama la atención la abundancia de transportes de superficie (trolebuses, colectivos, tranvías, expresos, micros, liebres, etc.), que imprimen a la capital un ritmo vertiginoso. Constata las diferencias entre los barrios residenciales, ubicados en la parte alta de la ciudad, y las poblaciones callampas llenas de guaguas y rotos. Santiago le parece una ciudad destartalada y sucia, en la que predomina el tono gris ahumado de los edificios y francamente mejorable con muy poca inversión (nota, por ejemplo, que las tareas municipales están desatendidas). Señala, de nuevo con humor: «Las obras son tantas, tan lentas y tan aparatosas, que uno duda si se estará construyendo la ciudad o se estará demoliendo» (p. 74). Es, por otra parte, una ciudad llena de vendedores ambulantes y rotos, en la que sorprende que el centro no esté ocupado por bancos, sino por fuentes de soda, salas de té, cines, agencias de viaje, notarios y pastelerías. En cualquier caso, la valoración de conjunto para el viajero es que Santiago resulta una ciudad de ambiente cordial y hospitalario, donde el español no se siente extranjero.

El capítulo XV se centra en la descripción de Valparaíso y Concepción, que son para Delibes los pilares provincianos de Chile (recordemos que fueron las otras dos ciudades, además de Santiago, donde Delibes dictó conferencias). Valparaíso —afirma— es una ciudad que en modo alguno defrauda al viajero: «Aquí reside el atractivo de Valparaíso: no en estar montada sobre una cadena de cerros, sino en estar montada en el aire, garbosamente, con una suerte de alacritud, de equilibrio de ‘mírame y no me toques’, realmente encantador» (p. 149). Para el periodista viajero todo el carácter de la ciudad deriva «de su pobreza ondulada, de sus cerros superpoblados, en un abigarramiento de chafarrinón» (p. 149), de la multitud de casas modestas pintadas de todos los colores, «en promiscuidad anárquica, unas encima de otras» (p. 150). En suma: «La estética de Valparaíso reside en su absoluta falta de estética; en su carencia de orden y concierto» (p. 150). A diferencia de Santiago, «la perla del Pacífico» no es una ciudad que se extiende, sino una ciudad que se eleva y que refleja su armonía en el mar. Delibes no escapa a «la gracia un tanto etérea de Valparaíso», y nos transmite su especial belleza a la caída del sol: «Valparaíso, en la noche, es una sucesión escalonada de minúsculas luces, una barahúnda de candelitas inmóviles, un altar de Jueves Santo, pero sin geografía; un prodigio, en suma, de fuegos fatuos verticales» (p. 151). Aunque alude brevemente a los alrededores (Viña del Mar, «San Sebastián chileno»), Delibes pretende sobre todo transmitir el espíritu de una ciudad, famosa por sus ascensores y ya no tanto por su puerto (que mantiene una actividad moderada), pero en cualquier caso volcada hacia el mar. Como sentencia acertadamente, «El océano constituye la razón y el destino de Valparaíso» (p. 153). Más breve es la descripción de Concepción que, ubicada en la desembocadura del Bío-Bío, es «una ciudad recoleta, introvertida, cultural y botánica» (p. 155). Reconstruida tras el terremoto de 1939, Delibes nos la muestra como cuna de la cultura chilena, especialmente por el impulso de su Universidad. Por supuesto, el periodista es consciente de que su conocimiento de un país tan extenso va a resultar muy limitado, y señala que hay muchas otras ciudades interesantes que no ha podido conocer en su viaje[2].


[1] Cito por Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno), Madrid, Editora Nacional, 1956, corrigiendo sin indicarlo algunas erratas evidentes. Más tarde, el texto quedaría refundido en Por esos mundos. Sudamérica con escala en las Canarias (Barcelona, Destino, 1961). Ahora puede verse en el volumen VII de las Obras Completas de Delibes, Recuerdos y viajes (Barcelona, Destino, 2010).

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Delibes describe Chile: a propósito de Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno) (1956)», en María Pilar Celma Valero y José Ramón González García (eds.), Cruzando fronteras: Miguel Delibes entre lo local y lo universal, Valladolid, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Valladolid, 2010, pp. 285-294; y la versión revisada y ampliada de ese trabajo, «Miguel Delibes y la huella periodística de su viaje a Chile en 1955: Un novelista descubre América (Chile en el ojo ajeno)», Nueva Revista del Pacífico, núms. 56-57, 2011-2012, pp. 79-98.

Los cuentos de Gabriel Miró

Aunque en la abundante bibliografía sobre Gabriel Miró[1] (Alicante, 1879-Madrid, 1930) existen algunos títulos dedicados específicamente al estudio de sus cuentos (pienso sobre todo en los trabajos de Baquero Goyanes, Hoddie, Norden, Rodríguez Puértolas, Torres Nebrera, Díez de Revenga y Lozano Marco[2]), no cabe duda de que este apartado de la producción literaria del escritor alicantino ha suscitado menos atención por parte de la crítica, en comparación con la dedicada a sus obras mayores, sus novelas.

Gabriel Miró

No obstante, los trece relatos escritos entre 1899 y 1908 que forman el libro Corpus y otros cuentos[3] (1908), además de tener suficiente calidad e interés en sí mismos, compendian muchas de las preocupaciones temáticas y de las peculiaridades técnicas y estilísticas que caracterizarán las producciones de madurez de Miró. Así lo destacaba Norden, a finales de los años 70:

Los estudios sobre la prosa de Gabriel Miró han tendido a pasar por alto sus cuentos para concentrarse en sus novelas. Esta indiferencia crítica frente a sus narraciones breves es desafortunada porque entre éstas se encuentran algunas de sus obras más exquisitas. Su estilo rico tal vez se saborea mejor en sus piezas cortas donde su intensidad es complementada por la unidad de efecto […] Los cuentos de Miró son representativos de su prosa en general y exhiben, en forma condensada, los temas y técnicas que se repiten con frecuencia a lo largo de sus novelas[4].

Mariano Baquero Goyanes[5], sin centrarse exclusivamente en los relatos de Corpus y otros cuentos, estudió la cuestión de la indeterminación genérica de las narraciones de Miró. En su artículo repasaba los distintos nombres dados por el escritor a sus relatos breves: cuentos, novelas cortas, estampas, fábulas, consejas, leyendas, figuras, glosas, viñetas, tablas…, circunstancia que podría explicarse por la tendencia modernista o neomodernista a la fusión de las artes: Miró intentaría en sus piezas cortas «conseguir una significativa traslación literario-pictórica»[6].

Destacaba Baquero Goyanes el «especial tono que, tantas veces, presentan los cuentos mironianos»[7], pues en muchos de ellos lo descriptivo predomina sobre lo argumental, de forma que sus narraciones son muchas veces “estampas” estáticas, a veces sin connotación cuentística alguna. De ahí que la consideración de Miró como cuentista sea paradójica: por un lado, su naturaleza lírica y meditativa, su indudable sensibilidad literaria, le capacitaba para ser un «excelente cuentista»[8], pero, por contra, su excesiva tendencia hacia lo lírico-meditativo, «como algo capaz de resolverse en estático descriptivismo, suponía un riesgo de completo alejamiento del cuento» (p. 134).

Por su parte, Rodríguez Puértolas indicó en otro trabajo que en estos trece cuentos están ya presentes los rasgos del «gran estilo» de Miro: paisajismo plástico, detallismo expresivo, sensualidad enfermiza… Destacaba igualmente el tono mórbido y el sentimiento decadentista, que se traduce en «una casi complacencia en la descripción del dolor, la crueldad, la tristeza, que conduce, por fin, a un pesimismo que podemos llamar cósmico»[9]. El autor tiene conciencia de la necesidad de amor entre los hombres y conciencia también de la inexistencia de ese amor en el mundo, «o al menos de la incapacidad para el amor de muchos seres humanos» (p. 154)[10]. «Y en este universo de dolor, la presencia continua, ominosa, de la muerte» (p. 156). Rodríguez Puértolas finalizaba su artículo subrayando el carácter modernista, por los temas y por el estilo, de estos relatos, citando varios pasajes que evocan a Darío, Rueda y Valle-Inclán[11].


[1] Además de los trabajos específicos sobre Corpus y otros cuentos, me han resultado de utilidad algunos estudios generales sobre Miró, a saber: Francisco Márquez Villanueva, La esfinge mironiana y otros estudios sobre Gabriel Miró, Alicante, Instituto de Cultura Juan Gil-Albert / Diputación Provincial de Alicante, 1990; Antonio Porpetta, El mundo sonoro de Gabriel Miró, Alicante, Fundación Caja del Mediterráneo, 1996; Vicente Ramos, El mundo de Gabriel Miró, 2.ª ed., Madrid, Gredos, 1970; y Carlos Sánchez Gimeno, Gabriel Miró y su obra, Valencia, Castalia, 1960.

[2] Ver Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», en Homenaje a Gabriel Miró, Alicante, Caja de Ahorros Provincial, 1979, pp. 123-148; James H. Hoddie, «El tema de la alienación en algunos cuentos», cap. I de su libro Unidad y universalidad en la ficción modernista de Gabriel Miró, Madrid, Orígenes, 1992, pp. 23-34; Ernest E. Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», en Explicación de textos literarios, vol. VI-1, Sacramento (California), California State University, 1977-1978, pp. 73-79; Julio Rodríguez Puértolas, «Decadentismo, pesimismo, modernismo: los cuentos de Gabriel Miró», en Homenaje a Gabriel Miró, Alicante, Caja de Ahorros Provincial, 1979, pp. 149-159; Gregorio Torres Nebrera, Introducción a Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995, pp. 11-59; Francisco Javier Díez de Revenga, Introducción a Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, Madrid, Castalia, 2004, pp. 7-49 (con una bibliografía selecta en pp. 53-57); y Miguel Ángel Lozano Marco, «Corpus y otros cuentos (1908-1915)», en su introducción a Gabriel Miró, Obras completas, vol. II, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007, pp. XXI-XXI.

[3] Citaré por Gabriel Miró, Corpus y otros cuentos, en Obras completas, 5.ª ed., Madrid, Biblioteca Nueva, 1969. Hay otras ediciones modernas, por ejemplo: Corpus y otros cuentos, ed. de Gregorio Torres Nebrera, en Obra completa, vol. 7, Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo / Instituto de Estudios Juan Gil-Albert, 1995; Corpus y otros cuentos, ed. de Francisco Javier Díez de Revenga, Madrid, Castalia, 2004; y Corpus y otros cuentos, en Obras completas, vol. II, ed. y prólogo de Miguel Ángel Lozano Marco, Madrid, Fundación José Antonio de Castro, 2007.

[4] Norden, «Elementos estilísticos del “Corpus” de Gabriel Miró», p. 73a.

[5] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», pp. 123-148. Para la relación entre cuentos y artículos periodísticos, cfr. Marta E. Altisent, Los artículos de Gabriel Miró en la prensa barcelonesa, 1911-1920, Madrid, Pliegos, 1992; para los “cuentos” intercalados en las piezas narrativas mayores de Miró, cfr. Enrique Rubio Cremades, «Cuentos interpolados en el “corpus” novelístico de Gabriel Miró», en Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco (eds.), Literatura de Levante, Alicante, Fundación Cultural Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1993.

[6] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 130.

[7] Mariano Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 130.

[8] «El talante poético y meditativo de Miró, su extraordinaria capacidad descriptiva, su tan profundo sentido de la emoción temporal del instante y del tiempo pasado, su gusto por determinados temas y formas, temas de niños, de animales, manejo de símbolos, de alegorías, de parábolas, todo ello facultaba prodigiosamente al autor para el género más acorde con tales rasgos o circunstancias: el cuento» (Baquero Goyanes, «Los cuentos de Gabriel Miró», p. 148), aunque su extrema sensibilidad le lleva a traspasar las estrictas fronteras del género y a cultivar modalidades próximas de la narrativa corta.

[9] Rodríguez Puértolas, «Decadentismo, pesimismo, modernismo: los cuentos de Gabriel Miró», p. 154.

[10] A continuación citaba tres ejemplos de crueldad con los animales: la perra de «Los amigos, los amantes y la muerte», el insecto que mata la niña del cuévano y los pájaros y el cuervo maltratados en «El señor maestro».

[11] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Corpus y otros cuentos, de Gabriel Miró. Análisis temático y estructural», en Miguel Ángel Lozano y Rosa María Monzó (coords.), Actas del I Simposio Internacional «Gabriel Miró», Alicante, Caja de Ahorros del Mediterráneo, 1999, pp. 313-332.