El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (1)

El narrador suele dar fe de que su novela es una «verídica historia»; los novelistas que han manejado más documentación suelen aportar, incluso, notas eruditas (el caso extremo es el de Martínez de la Rosa, aunque también Cortada y Navarro Villoslada las añaden) indicando sus fuentes, comentando aspectos lingüísticos, político-sociales y culturales de la época de su novela que resulten extraños[1] o requieran alguna aclaración, o señalando, los más escrupulosos, hasta los más pequeños desvíos de la historia real que se han permitido[2].

Por supuesto, este aspecto depende de cada autor y de su preocupación por la reconstrucción histórica del momento que le ocupa, con grados que van desde lo arqueológico de Doña Isabel de Solís a la casi nula preocupación de los entreguistas, pasando por autores que dejan ver en sus novelas una documentación seria, pero no tan excesiva que ahogue su fantasía[3]. Pero todos por igual señalarán la historicidad de lo que escriben y algunos llegarán a llamarse «historiadores verídicos».

Cronista medievalEn este sentido, un aspecto muy interesante a la hora de aumentar la verosimilitud de lo que se cuenta es el recurso tópico a la crónica o manuscrito que el autor dice seguir al pie de la letra; de esta forma la novela cuenta con «la fidelidad de la historia». Una variante es la técnica de los «papeles hallados»: el narrador-autor (aquí es difícil discernir) ha encontrado, bien en el curso de sus investigaciones, bien por pura casualidad, unos documentos que él se limita a transcribir y editar; de esta forma, la novela no se presenta como suya, sino avalada por la antigüedad de la historia o de una persona de mayor autoridad. Era un recurso habitual de la novela de caballerías, parodiado por Cervantes en el Quijote con la mención del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli[4].


[1] Fernández y González justifica en nota el que una mujer de su Bernardo del Carpio sepa escribir en aquella época; el autor de Amor y rencor sale al paso de quienes podrían calificar de inverosímil el hecho de presentar a una mujer vistiendo y entrando en combate como un hombre.

[2] Escosura, en unas «Advertencias» al final de Ni rey ni Roque, pide disculpas por los posibles fallos históricos dado que, por las especiales circunstancias de composición (confinamiento, exilio, servicio en el ejército y en la Guardia Real), no ha podido consultar mapas o libros de historia, debiendo confiar solo en su memoria. También el autor de Edissa pide perdón por los anacronismos que haya podido introducir.

[3] Y así, abundan las descripciones de armas con sus motes y divisas, vestidos, mobiliario, ceremonias (torneos, justas, nombramiento de caballeros) y, en general, de todos aquellos elementos que contribuyen a la consecución del «color local» más o menos tópico del medievalismo romántico.

[4] Cfr. Martín de Riquer, Aproximación al «Quijote», Madrid, Salvat-Alianza, 1970, pp. 65-67. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, desde su omnisciencia, el narrador controla, como poderoso demiurgo, todos los aspectos de la novela (narración, descripción y diálogos) y se hace presente en sus páginas a cada momento. Lo cual no quita para que a veces decida limitar esa omnisciencia, afirmando no conocer algo (siempre pequeños detalles[1]) y también suprimir algún diálogo poco interesante o alguna descripción que resulta repetitiva o demasiado truculenta. Esta «pereza narrativa» se manifiesta con frases de este jaez: «no es dable describir…», «no hay palabras para mostrar…», «imposible sería pintar…», «no nos detendremos en…», «dejamos a la consideración del lector…», «largo y prolijo fuera retratar…», «sería narración verdaderamente interminable…». Comentaré a continuación algunos ejemplos concretos.

El narrador de La campana de Huesca escamotea unas descripciones que dice están en la crónica que sigue (pp. 54-55); el de La conquista de Valencia por el Cid tiene que solicitar la ayuda de Virgilio y de los «trovadores del Tay y del Sena» porque no puede describir la «tierna escena» de la entrevista entre el héroe y doña Jimena[2]. Parece que el encuentro de los amantes ofrece especiales dificultades, pues también se excusa el narrador de El golpe en vago cuando Isabel y Carlos se reúnen definitivamente: «Estas escenas de rara ocurrencia en la vida humana poseen una intensidad, una elevación de sentimientos que no pueden expresar las descripciones» (p. 1117). En Bernardo del Carpio se rehúsa describir una escena de horror (un niño devorado por los lobos, p. 445). No se nos describe un baile aldeano en La heredera de Sangumí por ser muy similar a «lo que vemos en nuestros días» (p. 1138). En Sancho Saldaña, en fin, el narrador menciona un torneo: «Pero como ya se ha descrito muchas veces este género de pasatiempos, y nadie ignora en lo qué consistían, nos contentaremos con decir…» (p. 688).

Torneo

En definitiva, el narrador de la novela histórica romántica española es tan sencillo que apenas ofrece características especialmente interesantes que comentar[3].


[1] Son frecuentes las expresiones del tipo «no podemos asegurar…», «no sé decir…», «sospechamos…», etc. Por ejemplo, en La heredera de Sangumí el narrador señala en nota que ha revuelto varios papeles para saber cuál era el romance que cantaba Matilde, pero que le ha resultado imposible averiguarlo (p. 1169).

[2] Más adelante ocurre algo similar con el encuentro de Jimena con sus hijas después de larga ausencia: «No es posible pintar con el colorido de la verdad esta escena; las almas sensibles adivinarán los transportes y suavísimas conmociones que experimentaron» (pp. 316-317).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (2)

Es muy frecuente la comunicación entre narrador y lector (los dos, como he indicado en la entrada anterior, son ajenos al tiempo de la narración), por medio de frases del tipo «como se imaginará el discreto lector», «si no lo ha olvidado el lector», «como puede suponer quien esto leyere», etc. En ocasiones, el narrador no se refiere a un lector implícito en general, sino que habla concretamente a «los maridos» o a «las lectoras»[1]. A veces finge acompañar al lector mostrándole los personajes, escenarios y acciones de la novela. Esa relación se marca todavía más con el uso y abuso de otras expresiones que van señalando a cada paso la presencia del narrador: «según vimos», «como dijimos»[2], «nuestro héroe», «un viejo conocido nuestro», «como ya señalé hace poco».

Libros antiguos

En definitiva, el narrador se encarga de manejar todos los hilos del relato: nos ofrece al principio un cuadro general con la situación histórica de la época en que sitúa su novela e introduce de vez en cuando pequeños resúmenes para facilitar la ambientación[3]; da la palabra a los personajes para que hablen (normalmente por medio de diálogos largos y un tanto afectados, aunque siempre hay excepciones) o bien se recrea en largas y frecuentes descripciones (del paisaje, de armas, de vestidos) que ralentizan algún tanto el tempo de la novela, acelerado por la sucesión de lances y aventuras; o introduce algún toque de humor (que no son muy frecuentes en este tipo de obras); o abandona a un personaje para seguir a otro[4]; o intercala historias secundarias, a veces con muy poca relación con la principal, o incluye digresiones y afirmaciones generalizadoras de tipo moral, político o literario. Es, en fin, un narrador que deja muy poco margen para la participación activa del lector; como señala Pozzi, el lector implícito de El doncel de don Enrique el Doliente —y su conclusión es válida para las otras novelas— resulta muy sencillo:

Sus conocimientos —determinados de manera explícita por el texto— se reducen a una familiaridad superficial con la vida cotidiana del siglo XIX; ignora por completo cualquier aspecto histórico o cultural del siglo XV. Es, además, un lector corto de memoria y de exigua capacidad inferencial. El narrador le proporciona todo lo necesario para la construcción de la imagen que abarca la obra; en cierto sentido, le entrega una imagen ya digerida e interpretada: le recuerda datos; marca con explicitez los acontecimientos significativos; y comenta su importancia dentro de la trama. El lector añade poco de su parte, queda «sobrecodificado», su papel sobredeterminado y, por lo tanto, carece de libertad en este tipo de novela; se subyuga a la voluntad del narrador, quien constituye la «autoridad suprema»[5].


[1] «Mas pienso que no haya de desagradar a las lectoras el saber que Aznar, a pesar de su crueldad, trató toda su vida amorosísimamente a Castana» (La campana de Huesca, p. 569); «Mi más cándida lectora lo hubiera comprendido», escribe Fernández y González (La mancha de sangre, p. 36), y también Teresa Arróniz y Bosch se dirige en particular a «nuestras lindas lectoras» (El testamento de don Juan I, p. 87).

[2] Es muy frecuente que el narrador emplee el plural de modestia.

[3] El capítulo IV de Edissa es una «Advertencia histórica» sobre la situación de los judíos en aquella época; el primer capítulo de la segunda parte de Pedro de Hidalgo se titula «Breve reseña histórica para el mejor conocimiento de los hechos venideros».

[4] «Mas la ilación de los sucesos nos ha apartado de un personaje a quien debemos seguir aún breves momentos para que no aclare algún punto de alta importancia para el final de esta historia» (Los caballeros de Játiva, p. 279).

[5] Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, p. 142. Me parece acertada su explicación de este fenómeno: «Con la novela histórica comienza el renacimiento decimonónico de la novela y la creación de un nuevo público burgués y pequeño burgués; era de esperar que el entrenamiento del lectorado comenzara con papeles sencillos cuyo desempeño no exigiera un alto grado de competencia literaria» (p. 43). Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La omnisciencia del narrador en la novela histórica romántica española (1)

En la novela histórica romántica española, las técnicas relativas al narrador se pueden clasificar en tres apartados: 1) omnisciencia del narrador y distanciamiento de la historia; 2) afán de verosimilitud; 3) arquitectura del relato: estructura y tempo narrativo[1]. Consideraré en esta entrada algunas cuestiones relacionadas con el primero de ellos.

Hay que comenzar señalando que el narrador de estas novelas históricas es muy convencional y muy poco complicado, demasiado sencillo para lo que estamos acostumbrados a ver hoy día después de las grandes aportaciones de la narrativa moderna. En efecto, se trata de un narrador omnisciente en tercera persona que se sitúa fuera de la historia, fuera del tiempo narrativo, en un momento que es el presente del autor y de sus lectores contemporáneos, para hablarnos de un ayer pasado; así, señala frecuentemente la distancia entre «nuestros días» y «aquellos tiempos» de ignorancia y barbarie, a veces por la mención de ruinas que denotan el paso inexorable del tiempo, o bien mostrando los aspectos coincidentes o discrepantes entre una época y otra.

Libros antiguos

Dicho de otra forma, existe una lejanía muy clara, marcada voluntariamente, entre el emisor y el receptor de un lado y la historia narrada de otro, tal como ha destacado Bergquist:

El autor omnisciente del siglo XIX no viajaba en el tiempo, para colocarse en la misma época de sus personajes, sino que se mantiene siempre en su propia época y observa los siglos anteriores desde allí, posición que tiende a alejar tanto al narrador como al lector del relato[2].


[1] Puede consultarse la tesis de Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, que estudia algunas técnicas narrativas en seis novelas: Los bandos de Castilla, El doncel de don Enrique el Doliente, Sancho Saldaña, El señor de Bembibre, Doña Blanca de Navarra y Amaya. Son también muy interesentes dos trabajos bastante recientes sobre El doncel: Georges Günter, «Estrategias narrativas en El doncel de don Enrique el Doliente», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona. Larra, Espronceda y la novela histórica del Romanticismo, Madrid, Editorial de la Universidad Complutense, 1986, pp. 37-61; y otro sobre Doña Blanca: Enrique Rubio, «Las estructuras narrativas en Doña Blanca de Navarra», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano. Narrativa romantica, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 113-121; también Gabriela Pozzi, «El lector en la novela histórica: El doncel», en Discurso y lector en la novela del siglo XIX (1834-1876), Amsterdam / Atlanta, Rodopi, 1990, pp. 7-43. Para el lenguaje del narrador, ver María Antonia Martín Zorraquino, «Aspectos lingüísticos de la novela histórica española: Larra y Espronceda», en Georges Günter y José Luis Varela (eds.), Entre pueblo y corona, cit., pp. 179-210; y para la relación con el teatro romántico, Ermitas Penas, «Discurso dramático y novela histórica romántica», Boletín de la Biblioteca Menéndez Pelayo, año LXIX, enero-diciembre de 1993, pp. 167-193.

[2] Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, p. 29. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Aspectos estructurales de la novela histórica romántica española

La novela histórica romántica española no es muy complicada en lo que al manejo de técnicas se refiere; no existen —no pueden existir en este momento incipiente de la novela moderna— grandes complicaciones narrativas; es más, el escritor de este subgénero histórico cuenta con una larga serie de recursos repetidos una y otra vez en estas novelas a modo de clichés, muchos de los cuales están tomados de las novelas de Walter Scott. Pues bien, son estos recursos y técnicas lo que voy a estudiar en las próximas entradas, separándolos en cuatro grandes grupos, según correspondan al narrador, a la caracterización de los personajes, a la intriga o al tratamiento del tiempo y el espacio.

El corpus de obras que he manejado para tratar de establecer los recursos de la novela histórica romántica española está formado por cerca de una treintena de títulos[1]:

-Alcalá y Menezo, Ángel, Pedro de Hidalgo o El castillo de Tíscar, 2.ª ed., prólogo de Juan de Mata Carriazo, Sevilla, Editorial Católica Española, 1945.

-Andrés Tomé, Calixto de, Edissa o Los israelitas de Segovia, Cuenca, Imprenta de Manuel Mariana, 1875.

-Arróniz y Bosch, Teresa, El testamento de don Juan I. Novela histórica original, 2.ª ed., Madrid, Imprenta de Salustiano Ríos y C.ª, 1855.

-C., G. de, Amor y rencor o sea Pachecos y Palomeques, Barcelona, Imprenta de Juan Oliveres, 1833.

-Campión, Arturo, Don García Almorabid. Crónica del siglo XIII, Tolosa, Casa editorial de Eusebio López, 1889.

-Cánovas del Castillo, Antonio, La campana de Huesca, prólogo de Serafín Estébanez Calderón, Madrid, Tipografía de Manuel G. Hernández, 1886.

-Cortada y Sala, Juan, El templario y la villana, Barcelona, Imprenta de Brusi, 1840, 2 tomos.

-Cortada y Sala, Juan, La heredera de Sangumí. Romance épico del siglo XII, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1123-1278.

-Cortada y Sala, Juan, El rapto de doña Almodis, Barcelona, Don Juan Francisco Piferrer, 1836.

-Escalante, Amós de, Ave, Maris Stella, en Obras escogidas de don Amós de Escalante, II, Madrid, Atlas, 1956 (BAE, 94), pp. 5-162.

-Escosura, Patricio de la, Ni rey ni Roque. Episodio histórico del reinado de Felipe II, año 1595, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 753-881.

-Espronceda, José de, Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar. Novela histórica original del siglo XIII, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 489-751.

-Estébanez Calderón, Serafín, Cristianos y moriscos. Novela lastimosa, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1595-1627.

-García de Villalta, José, El golpe en vago. Cuento de la decimaoctava centuria, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 883-1121.

-Fernández y González, Manuel, Bernardo del Carpio. Leyenda histórica original, Madrid, publicada bajo la dirección de don Joaquín Morales, 1858.

-Fernández y González, Manuel, La mancha de sangre. Novela original, 2.ª ed., Madrid, Imprenta de don Fernando Gaspar, editor, 1858.

-Gil y Carrasco, Enrique, El lago de Carucedo. Tradición popular, en Obras completas de Enrique Gil y Carrasco, II, Madrid, Atlas, 1954 (BAE, 74), pp. 219-250.

-Gil y Carrasco, Enrique, El señor de Bembibre. Novela original, ed. de Jean-Louis Picoche, Madrid, Castalia, 1986.

-Larra, Mariano José de, El doncel de don Enrique el Doliente. Historia caballeresca del siglo XV, ed. de José Luis Varela, Madrid, Cátedra, 1984.

El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra

-López Soler, Ramón, Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne. Novela original española, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 37-217.

-López Soler, Ramón, Jaime el Barbudo, ed. de Enrique Rubio Cremades y María de los Ángeles Ayala Aracil, Sabadell, Caballo-Dragón, 1988.

-Martínez de la Rosa, Francisco, Doña Isabel de Solís, reina de Granada. Novela histórica, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 1279-1593.

-Navarro Villoslada, Francisco, Doña Blanca de Navarra. Crónica del siglo XV, Madrid, Giner, 1975.

-Navarro Villoslada, Francisco, Doña Urraca de Castilla. Memorias de tres canónigos. Novela histórica original, Madrid, Apostolado de la Prensa, 1945.

-Navarro Villoslada, Francisco, Amaya o los vascos en el siglo VIII. Novela histórica, San Sebastián, Ttarttalo Ediciones, 1991.

-Perales, Juan Bautista, Los caballeros de Játiva. Los héroes de Montesa, Valencia, Librería de Pascual Aguilar, 1878.

-Trueba y Cossío, Telesforo de, Gómez Arias o Los moros de las Alpujarras, traducción libre de Mariano Torrente Madrid, Oficina de Moreno, 1831.

-Vayo, Estanislao de Cosca, La conquista de Valencia por el Cid. Novela histórica original, en Felicidad Buendía (ed.), Antología de la novela histórica romántica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, pp. 219-320.

Evidentemente, solo podré ejemplificar cada característica con una o dos citas, remitiendo a veces a otros lugares para más ejemplos[2].


[1] Citaré de forma abreviada, solo con el título de la novela y el número de página, que corresponde siempre a la edición señalada en este corpus.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

«Ivanhoe», de Walter Scott, modelo para la novela histórica romántica española

Ivanhoe, de Walter ScottDe todas las novelas de Walter Scott, fue Ivanhoe, sin duda alguna, la que más influyó en España. Por un lado, sitúa su acción en una lejana e idealizada Edad Media en la que encontraremos castillos, templarios, el recuerdo de la cruzada, bandidos generosos, torneos, hermosas damas, un juicio de Dios y un rey que se comporta como un caballero andante, es decir, toda una serie de variados elementos que ayudarán, en el nivel temático, a mantener el interés del lector. Pero encontraremos sobre todo otra serie de recursos que pasarán a ser patrimonio común de todos los cultivadores del género histórico.

Algunos de esos recursos son la descripción detallada de armas y vestidos; la descripción de agüeros y supersticiones; la posibilidad que se le ofrece a la heroína de ingresar en un convento para rehuir un matrimonio no deseado (el de Rowena con Athelstane; también Rebeca, al final, huye a una especie de retiro al no poder obtener el amor de Ivanhoe); el enfrentamiento de razas dispares (sajones, normandos y judíos); juramentos y votos (el de Cedric de no dar más de tres pasos más allá de su trono para recibir a personas que no tengan sangre real sajona; su palabra empeñada a Ricardo para concederle el favor que quiera pedirle); el empleo del fuego para provocar situaciones dramáticas (incendio del castillo de Torquilstone), etc.[1]


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

López Soler, introductor de Walter Scott en España

Dejando aparte algunos antecedentes muy claros como el Ramiro, conde de Lucena (1823) de Rafael Húmara y Salamanca[1], Jicotencal (publicada anónima en Filadelfia, en 1826[2]) y las novelas escritas en Inglaterra y en inglés por Telesforo de Trueba y Cossío[3] (The Castilian, Gómez Arias), puede considerarse que la primera novela histórica española moderna es Los bandos de Castilla, de Ramón López Soler.

Los bandos de Castilla

Y es que Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne es la primera novela histórica española auténticamente efectiva, pues aunque no es la primera que se escribe en España y en español tomando como asunto el pasado nacional, sí que es la primera en manifestar expressis verbis la intención de crear, imitando conscientemente a Scott, una escuela novelesca nueva, labor en la que sería seguido el autor. Sus palabras al comienzo del «Prólogo» no pueden ser más claras:

La novela de Los bandos de Castilla tiene dos objetos: dar a conocer el estilo de Walter Scott y manifestar que la historia de España ofrece pasajes tan bellos y propios para despertar la atención de los lectores como las de Escocia y de Inglaterra. A fin de conseguir uno y otro intento hemos traducido al novelista escocés en algunos pasajes e imitádole en otros muchos, procurando dar a su narración y a su diálogo aquella vehemencia de que comúnmente carece, por acomodarse al carácter grave y flemático de los pueblos para quienes escribe. Por consiguiente, la obrita que se ofrece al público debe mirarse como un ensayo, no solo por andar fundada en hechos poco vulgares de la historia de España, sino porque aún no se ha fijado en nuestro idioma el modo de expresar ciertas ideas que gozan en el día de singular aplauso[4].


[1] Puede consultarse Vicente Lloréns, «Sobre una novela histórica: Ramiro, conde de Lucena (1823)», Revista Hispánica Moderna, XXXI, 1965, pp. 286-293.

[2] Esta obra se confundió durante algún tiempo con Xicotencal, príncipe americano, de Salvador García Bahamonde, publicada en Valencia en 1831; hoy sabemos que son novelas bien distintas, y hay bibliografía al respecto: D. W. McPheeters, «Xicoténcalt, símbolo romántico y republicano», Nueva Revista de Filología Hispánica, X, 3-4, julio-diciembre de 1956, pp. 403-411; José Rojas Garcidueñas, «Jicotencal, una novela hispanoamericana precursora del romanticismo español», Anales del Instituto de Investigaciones Estéticas (México), 1956, 24, pp. 53-76; Luis Leal, «Jicotencal. Primera novela histórica en castellano», Revista Ibero-americana de Literatura, XXV, enero-julio de 1960, núm. 44, 9-32; Silvia Benso, «Xicoténcalt: para una representación del pasado tlaxcalteca», en Romanticismo 3-4. Atti del IV Congresso sul Romanticismo Spagnolo e Ispanoamericano, Génova, Universidad de Génova, 1988, pp. 145-148; Mercedes Baquero Arribas, «La conquista de América en la novela histórica del Romanticismo: Xicotencal, príncipe americano», Cuadernos Hispanoamericanos, 1990, núm. 480, pp. 125-132, entre otros trabajos. Como puede observarse, hay distintas variantes en la transcripción gráfica del nombre de este personaje americano.

[3] Cf. Vicente Lloréns, Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra (1823-1834), 2.ª ed., Madrid, Castalia, 1968, pp. 260-284.

[4] Cito por la edición de Felicidad Buendía, Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 44.

Marco cronológico de la novela histórica romántica española

Los bandos de Castilla, de López SolerNo obstante, aunque existen los antecedentes dieciochescos citados en la entrada anterior, y algunos más en la década de los 20 del XIX, considero que la producción propiamente dicha de la novela histórica romántica española comienza en 1830, con la publicación de Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne, de Ramón López Soler. Antes se podrían buscar algunos antecedentes más entre las novelas contenidas en las siguientes colecciones: Colección de varias historias (1760-1780), de Hilario Santos Alonso; otra del mismo título de Manuel Josef Martín (1771-1781); Lecturas útiles y entretenidas (1800), de Atanasio Céspedes y Monroy; Mis pasatiempos (1804), de Cándido María Trigueros; y El Decamerón español (1805), de Vicente Rodríguez de Arellano.

Por otra parte, algunas de las novelas que se escriben por estas fechas combinan elementos de la novela histórica y de la denominada «novela gótica»; de hecho, Guillermo Carnero considera que los conceptos de «novela gótica» y «drama gótico» deben ser incorporados al estudio de nuestra literatura, «aunque ésta no ofrezca el rico repertorio y las manifestaciones canónicas de otras, y debamos en ocasiones limitarnos a hablar de literatura con elementos góticos».

En cuanto al límite final de la producción[1], puede fijarse aproximadamente en 1870, fecha en que Pérez Galdós tiene ya escrita La Fontana de Oro; esta novela, El audaz y, sobre todo, las cinco series de los Episodios Nacionales constituyen una nueva forma, más moderna y realista, de entender la novelización de la historia española, si bien es cierto que se siguen escribiendo novelas históricas con características románticas años después de 1870. Por esta razón prefiero emplear la denominación de «novela histórica romántica» y no la de «novela histórica del Romanticismo español»[2].


[1] Para el conjunto de esta producción, ver especialmente Juan Ignacio Ferreras, El triunfo del liberalismo y de la novela histórica (1830-1870), Madrid, Taurus, 1976; también Antonio Ferraz Martínez, La novela histórica contemporánea del siglo XIX anterior a Galdós, Madrid, Servicio de Reprografía de la Universidad Complutense de Madrid, 1992, 2 vols.; Franklin García Sánchez, Tres aproximaciones a la novela histórica romántica española, Ottawa, Dovehouse Editions Canada, 1993; María-Paz Yáñez, La historia, inagotable temática novelesca. Esbozo de un estudio sobre la novela histórica española hasta 1834 y análisis de la aportación de Larra al género, Berna, Peter Lang, 1991; y Guillermo Zellers, La novela histórica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938; y un estado de la cuestión en Leonardo Romero Tobar, Panorama crítico del romanticismo español, Madrid, Castalia, 1994, pp. 369-388.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La ambientación histórica en «El caballero del Cid» de José Luis Olaizola

Aunque la novela no resulta farragosa en la inclusión de datos históricos, sí que transmite al lector los necesarios para que se haga cargo de la situación en aquel momento: se ofrece, por ejemplo, una explicación de la enemistad del Cid con el conde García Ordóñez (p. 73), que es «el más feroz enemigo que tuvo nunca el Campeador»; se dan datos, también, sobre la relación entre el Cid y el rey Alfonso VI.

La jura en Santa Gadea

Así, fue la derrota de don Alfonso en Sagrajas lo que le hizo pensar en la necesidad de recurrir al Cid en su lucha contra los almorávides, dispensando al vasallo de la ira regia; se alude a la posterior reconciliación en Toledo, cuando el Cid muerde la hierba del prado (acto de sumisión vasallática que recoge el Cantar de mio Cid); se pone de manifiesto la división de Al-Andalus en reinos de taifas, con reyes enfrentados entre sí, que han de pagar parias al Cid para que sea su protector; se alude al relajo de la corte de Toledo (pp. 88-89) y, en el otro lado, a la ola puritana que supuso la llegada de los almorávides, encabezados por el emir Ben Yussuf; se incluyen datos sobre la mesnada del Cid, que alcanza primero la cantidad de mil hombres, para aumentar luego hasta los siete mil; y, en fin, se introducen otras alusiones al conde Berenguer de Barcelona (una de las hijas del Cid, María, terminará casando con un sobrino suyo), al proyecto de conquista del Levante peninsular, etc.

Como en otras novelas ambientadas en la Edad Media, abundan las referencias a creencias supersticiosas: la Paciana es aficionada a los sueños y la astrología y, de hecho, traza la carta astral de Efrén, que armoniza a Venus y Júpiter; cierta importancia alcanza un sueño que ha tenido Efrén, en el que vio un caballo zaino (es el que monta el Cid cuando se conocen y el que aquel terminará regalándole) y una doncella con una cruz al cuello (es Rucayya, la muchacha de la que se va a enamorar): el sueño se hace realidad en el momento en que sale a cabalgar llevando a la joven a la grupa. También podemos mencionar el personaje de Ermelinda la gallega, una sanadora que ha fijado el centro de gravitación del Cid de forma tal, que nunca le puede alcanzar el hierro de sus enemigos (pp. 67 y 94). También se recogen otros augurios y profecías: así, el judío Elifaz vaticinó al Cid un futuro prometedor por donde se levanta el sol; o, cuando Efrén parte con otros caballeros a enfrentarse en duelo con Abid Muzzafar, una bandada de cuervos les cruza por el lado izquierdo, algo interpretado como un mal agüero.

Rodrigo y Jimena en «El caballero del Cid», de José Luis Olaizola

La novela de Olaizola nos va retratando a un Cid buen guerrero y buen estratega, que es un cumplido caballero, «el más notable caballero del orbe conocido» (p. 70), que está llamado a ser modelo de caballero cristiano por los siglos de los siglos. En una época en la que abundan los caballeros iletrados, el Cid es una excepción, pues sabe escribir en romance, latín y árabe (pp. 89-90). Además, su autoridad de mando militar se ve reforzada en los consejos con sus conocimientos de Derecho, en los que está muy versado.

Es, claro, una persona que se debe al honor: para él, se afirma, el honor de cualquiera de sus caballeros vale más que todos los reinos de España juntos, «pues el honor era patrimonio del alma y el alma era de Dios» (p. 129), según había aprendido del abad de Cardeña (se adelantó, pues, unos siglos con esta formulación el buen dom Sisebuto a Pedro Crespo, el famoso personaje calderoniano de El alcalde de Zalamea). Igualmente, «en lo que afectaba a la palabra dada, el Campeador era irreductible» (p. 126). Sin embargo, don Rodrigo es sensible ante el dolor ajeno y se interesa por personajes desventurados como el joven Efrén: «Cuentan las crónicas que, aun siendo tan aguerrido para la vida, era muy tierno en lo que atañía a determinados aspectos de las personas» (p. 128). En definitiva, tanto para sus amigos como para sus enemigos, el Cid era un guerrero sin igual, el más famoso y cumplido adalid de la cristiandad.

Hay también algunas referencias al personaje de Jimena. La sanadora Ermelinda le cuenta a Efrén cómo el Cid conoció a la joven Eximina y cómo se hicieron sus desposorios (pp. 96-97).

El Cid y doña Jimena

Después de casados, doña Jimena aconseja sabiamente al Cid acerca de los matrimonios de sus hijas, sobre la necesidad de conquistar Valencia… y es por ello muy respetada entre los caballeros de su mesnada. Se la describe como una mujer con señorío y atractiva en su madurez (p. 118), y se introduce algún detalle humorístico, a propósito de su afición a tomar baños, al afirmarse que

obligaba a hacer otro tanto a su egregio esposo, y sobre este extremo los otros caballeros, pese al respeto que debían a su señor, se permitían algunas chanzas, pues resultaba insólito que quien tanto poderío tenía sobre tantas gentes hubiera de plegarse al capricho de tomar aguas como si fuera un doncel en vísperas de sus nupcias (pp. 118-119).

La galería de personajes de la novela no es demasiado amplia, pero incluye varios otros interesantes: la Lince, pérfida y astuta mujer cuya actuación perjudicará seriamente a Efrén; el ermitaño Juan, que también acabará formando parte de las mesnadas del Cid; la viuda Zaynab y su bella hija Aisa, con la que casa Maksan (ambas están interesadas en que el viejo confiese dónde se encuentra el tesoro); Abid Muzzafar, el malvado de la novela, que asesina vilmente a Maksan y la Paciana y da tormento a Efrén (en su mirada, se nos dice, se percibe la pasión por la muerte y la destrucción); el judío Ben Elifaz, que administra sabiamente los bienes del Cid; algunos de los hombres del Cid como Minaya, el conde Pedro Peláez, Martín Antolínez, o el abad de Cardeña dom Sisebuto.