«Caminos de Belén», de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo

Los que soñáis y esperáis
la Buena  Nueva,
abrid las puertas al Niño,
que está muy cerca.

Hoy comienza el Adviento, tiempo de espera y de Esperanza… Un tiempo que nos va acercando, semana a semana, al Portal de Belén. Y para llegar a Belén, muchas son las sendas y las veredas, como certeramente nos muestra este emotivo romancillo de Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo[1], en el que a la gracia y sencillez de la métrica tradicional de arte menor se une la buscada ingenuidad infantil de muchas de sus imágenes.

Caminos de Belén

He aquí el texto de «Caminos de Belén»:

La risa de un niño
que borra el estrés,

la estela de un ángel
de color de fe,

la luna lunera
en oro de ley,

las letras vocales,
a, i, o, u, e,

y todos los números
desde el 1 al 10,

la senda que han hecho
la mula y el buey,

la estrella de plata
sobre la pared,

el cristal de un río
con pato y con pez,

la Paz que un abuelo
dibuja en su piel,

las nubes de guata
que quitan la sed,

el viento velero,
la vía del tren,

cualquier carretera,
en coche o a pie…

… TODOS LOS CAMINOS
LLEVAN A BELÉN[2].


[1] Juan Colino Toledo (Zamora, 1913-Tudela, 2001), «escritor polifacético, pero sobre todo poeta», publicó los poemarios Sonetos a cuatro voces y Por las catorce rutas del soneto. José Javier Alfaro Calvo (Cortes, Navarra, 1947) ha dado a las prensas una decena de libros de poemas, la mitad de ellos dirigidos al público infantil, entre los que cabe destacar el titulado Magiapalabra. Los dos pertenecen al Grupo Literario Traslapuente, de Tudela.

[2] Juan Colino Toledo y José Javier Alfaro Calvo, De hiel y de miel. Villancicos, Tudela, Grupo Literario Traslapuente, 2013, pp. 34-35.

Dos poemas de Julio Martínez Mesanza: «Ciudad de muchas torres» y «Felices las ciudades»

A la memoria de las víctimas de los atentados del 13-N en París

Una de mis lecturas para el reciente viaje a Saint-Étienne (Francia) para participar en el congreso cervantino de los días 12 y 13 de noviembre (coorganizado por CELEC-Université de Saint-Étienne, GRISO-Universidad de Navarra y CHER-Université de Strasbourg) era la antología poética de Julio Martínez Mesanza Soy en mayo, que reúne poemas escritos entre los años 1982 y 2006, correspondientes a los poemarios Europa (1983, 1986, 1988 y 1990), Las trincheras (1996), Fragmentos de Europa (1998) y Entre el muro y el foso (2007). No había leído mucho de Julio Martínez Mesanza, pero tenía muy buenas referencias de su poesía y, en efecto, con la lectura de esta antología descubrí a un magnífico poeta.

Sus versos me acompañaron a la ida a Saint-Étienne y también en el viaje de regreso el sabado 14 de noviembre, fuertemente impactado por los brutales y cobardes atentados terroristas de la noche anterior en París. Sabemos que las obras literarias, y en especial las líricas, admiten una pluralidad interpretativa, en función de muchos factores: la propia subjetividad del receptor o lector, su bagaje de conocimientos previos y su horizonte de expectativas, etc., etc. A mí, en aquel momento de vuelta a casa, conmocionado por los trágicos sucesos ocurridos en la capital de Francia (sin pensar todavía entonces —pero ahora sí— en la necesidad de un nuevo Carlos Martel y una nueva batalla de Poitiers que detengan la expansión por Europa del Califato Omeya, en su actual versión yihadista-terrorista), me parecieron especialmente emotivos (¿y qué otra cosa sino emoción es la poesía, la literatura en general?) dos textos de Martínez Mesanza, «Ciudad de muchas torres» y «Felices las ciudades». Ignoro ahora las razones exactas de su génesis, el contexto en que se escribieron y los motivos de su autor para componerlos. En todo caso, los transcribo hoy aquí por la intensa red de conexiones mentales y de emociones que su lectura suscitó en mí en aquel preciso momento y bajo aquellas concretas circunstancias.

«Ciudad de muchas torres»

Durante muchos años construyeron
sólidas torres. Las hicieron altas:
torres de ataque y torres defensivas
y al combate civil se acostumbraron.
Después la emulación y el oro escaso
buscaron los más pobres materiales.
A menudo caía alguna torre:
también se acostumbraron al escombro.
Al atacar la ley sobre edificios
de aquel lugar absurdo me expulsaron.
Cuando por vez primera vi de lejos
aquella proliferación de torres
que ninguna muralla protegía,
me hizo reír un símbolo evidente.
Desde entonces dedico mis esfuerzos
a investigar la causa de esas torres,
a componer libelos infamantes
y a preparar mi hueste mercenaria[1].

Torre-Eiffel1_Beso

«Felices las ciudades»

Felices las ciudades que conservan
indemnes sus iglesias, y felices
las que, después del siglo, las consagran.
Ninguno dijo en ellas: «Dios no existe,
y si existe, no cuida de nosotros;
mirad, si no, la muerte de los niños,
que le culpa o le niega, y la injusticia
y la tristeza avasallando el mundo».
Felices porque su esperanza vive
y les hizo decir humildemente:
«La culpa del dolor es sólo nuestra»[2].

Notre-Dame_de_Paris_Flores


[1] Julio Martínez Mesanza, Soy en mayo (Antología 1982-2006), selección y prólogo de Enrique Andrés Ruiz, Sevilla, Renacimiento, 2007, p. 67.

[2] Julio Martínez Mesanza, Soy en mayo (Antología 1982-2006), p. 107.

«El genio y el idioma», sonetillo cervantino de Lope Hernández

Al ilustre cervantista Emmanuel Marigno,
buen colega y mejor amigo,

por su amabilísima hospitalidad en este segundo coloquio cervantino
de la Université Jean Monnet de Saint-Étienne

Copiaré hoy aquí, sin necesidad de mayor comento, este breve poema (un sonetillo, con esquema de rima abba abba ccd eed) de Lope Hernández dedicado a «El genio y el idioma», valga decir a Cervantes y la lengua española. Sirva este sencillo homenaje lírico al ingenio complutense (con sus catorce octosílabos de ágil ritmo, que recuerda algo —y aun algos— la efectista facilidad versificatoria de José Zorrila) como un cariñoso reconocimiento también al Dr. Emmanuel Marigno por haber vuelto a acogernos en la Université Jean Monnet de Saint-Étienne, con su acostumbrada gentil cortesía, para el Coloquio Internacional «Cervantès et don Quichotte depuis le XXIe siècle / Cervantes y don Quijote desde el siglo XXI» (o «Cervantes 2», según su personal nomenclatura).

Del autor de la composición, el citado Lope Hernández, no me ha sido posible recabar demasiados datos bio-bibliográficos. Intuyo, aunque no lo puedo dar por seguro, que se trata del mismo Lope Hernández, «poeta salmantino que se proclama a sí mismo enemigo de la prisa», cuyo poemario Claridad. Sonetos (Madrid, Magisterio Español, 1967, con prólogo de Federico Carlos Sainz de Robles), queda reseñado brevemente en el ABC de Madrid del miércoles 17 de enero de 1968, edición de la mañana, p. 56, columna c. La anónima reseña indica que

Hasta setenta sonetos sobre los más variados temas componen este volumen, Claridad —quinto de los editados de este autor—, en el que se percibe, desde la primera a la última página, un fino espíritu poético y un hábil dominador de la mecánica del verso.

Y reproduce además unas palabras de su presentador, Sainz de Robles, que se corresponden bien con las características del texto que hoy nos ocupa:

Poeta de siempre y para siempre, Lope Hernández es fiel devoto practicante de las reglas ortodoxas del juego poético y se somete jubiloso a la melodía, a la rima, al ritmo, a la claridad y a la emoción…

El sonetillo «El genio y el idioma» se presta, sin duda alguna, a una declamación de tono elocuente y “cuasi teatral”; algo, por otra parte, aplicable igualmente a buena parte de este tipo de poemas panegíricos, que vuelven siempre sobre los consabidos tópicos de la vida y la obra de Cervantes (dechado de cristiana caballerosidad española, valeroso y heroico soldado, cautivo en Argel pero libre de espíritu, «ingenio soberano» y «entendimiento divino», modelo, en fin, para todos en el uso literario del idioma patrio. He aquí el texto de la composición:

Miguel de Cervantes

Tu vida, de caballero;
tu conciencia, de cristiano,
y la herida de tu mano,
gloria de bravo guerrero.

Tu cuerpo fue prisionero;
tu espíritu, libre y sano,
y tu ingenio soberano,
del bien decir, el primero.

De las letras el camino
tu entendimiento divino
sembró con genial semilla…

Que en Don Quijote se encierra
la más bella de la tierra,
que es el habla de Castilla[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 75, pero introduzco algún leve retoque en la puntuación.

Los sonetos de «El perro del hortelano» de Lope de Vega (acto II)

De los nueve sonetos que incluye El perro del hortelano[1], tres se localizan en el acto segundo. Ya en entradas anteriores he mencionado la función que desempeñan estas composiciones, que contribuyen a la caracterización psicológica de los personajes. Así, en el quinto soneto de la obra, vv. 1794-1807, «¡Qué mal que finge amor quien no le tiene…», Marcela, sola en escena, ofrece un bello monólogo interior en el que analiza su situación y su estado de ánimo (manifiesta su decepción amorosa). Es una situación de ironía dramática, en el sentido de que el espectador tiene más información que el personaje; sabe, concretamente, que Teodoro se inclina a volver con ella. Marcela, en sus versos, expresa que tiene honor y quiere curarse con otro amor:

¡Qué mal que finge amor quien no le tiene!
¡Qué mal puede olvidarse amor de un año,
pues mientras más el pensamiento engaño,
más atrevido a la memoria viene!

Pero si es fuerza y al honor conviene,
remedio suele ser del desengaño
curar el propio amor amor extraño,
que no es poco remedio el que entretiene.

Mas, ¡ay!, que imaginar que puede amarse
en medio de otro amor es atreverse
a dar mayor venganza por vengarse.

Mejor es esperar que no perderse,
que suele alguna vez, pensando helarse,
amor con los remedios encenderse.

Diana y Marcela, escena de El perro del hortelano

El sexto soneto, vv. 2120-2133, «¿Qué me quieres, amor? ¿Ya no tenía…», es aquel en el que Diana, sola en escena, plantea de nuevo el binomio de su tensión amor vs honor, con el elemento añadido de los celos. El texto es una invectiva contra el amor y los celos, en el que destacan las imágenes del humilde barco contrapuesto al poder del mar; y, sobre todo, la especialmente bella del arco en tensión que puede llegar a quebrarse, es decir, la idea de que el honor puede hacer que aquel se rompa si sigue tensando la cuerda:

¿Qué me quieres, amor? ¿Ya no tenía
olvidado a Teodoro? ¿Qué me quieres?
Pero responderás que tú no eres,
sino tu sombra, que detrás venía.

¡Oh, celos! ¿Qué no hará vuestra porfía?
Malos letrados sois con las mujeres,
pues jamás os pidieron pareceres
que pudiese el honor guardarse un día.

Yo quiero a un hombre bien, mas se me acuerda
que yo soy mar y que es humilde barco,
y que es contra razón que el mar se pierda.

En gran peligro, amor, el alma embarco,
mas si tanto el honor tira la cuerda,
por Dios, que temo que se rompa el arco.

En fin, en el soneto séptimo, vv. 2246-2259, «Si aquesto no es amor, ¿qué nombre quieres…», Teodoro, solo, se hace consciente de que Diana le quiere. Tras los bofetones que le ha dado la condesa, comprende que ella le ama y sufre. Es eco del episodio del dar la mano en la caída del primer acto; como escribe Marie Roig Miranda, «se trata en los dos casos de tocar al ser amado»[2]:

Si aquesto no es amor, ¿qué nombre quieres,
amor, que tengan desatinos tales?
Si así quieren mujeres principales,
furias las llamo yo, que no mujeres.

Si la grandeza excusa los placeres
que iguales pueden ser en desiguales,
¿por qué, enemiga, de crueldad te vales,
y por matar a quien adoras, mueres?

¡Oh, mano poderosa de matarme!
¡Quién te besara entonces, mano hermosa,
agradecido al dulce castigarme!

No te esperaba yo tan rigurosa,
pero si me castigas por tocarme,
tú sola hallaste gusto en ser celosa[3].


[1] Ver Luis F. González-Cruz, «El soneto: esencia temática de El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Lope de Vega y los orígenes del teatro español. Actas del I Congreso Internacional sobre Lope de Vega, ed. de Manuel Criado de Val, Madrid, Edi-6, 1981, pp. 541-545, y Marie Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», en El Siglo de Oro en escena. Homenaje a Marc Vitse, ed. de Odette Gorsse y Frédéric Serralta, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail / Consejería de Educación de la Embajada de España en Francia, 2006, pp. 893-906, con la que coincido plenamente y cuyas ideas aprovecho en mi comentario de los nueve sonetos. Ver también William L. Fichter, «Recent Research on Lope de Vega’s Sonnets», Hispanic Review, 6, 1938, pp. 21-34, y Peter N. Dunn, «Some Uses of Sonnets in the Plays of Lope de Vega», Bulletin of Hispanic Studies, 34, 1957, pp. 213-222. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Un refrán, tres personajes, nueve sonetos: El perro del hortelano, de Lope de Vega», en Carlos Mata Induráin, Lygia Rodrigues Vianna Peres y Rosa María Sánchez-Cascado Nogales (eds.), Lope de Vega desde el Brasil. En el cuarto centenario del «Arte nuevo» (1609-2009), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2012, pp. 103-137.

[2] Roig Miranda, «Los nueve sonetos de El perro del hortelano de Lope de Vega», p. 900.

[3] Esta entrada forma parte del Proyecto «Autoridad y poder en el teatro del Siglo de Oro. Estrategias, géneros, imágenes en la primera globalización» (FFI2014-52007-P), del Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Los «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» de Antonio Bórquez Solar

Como escribe Juan Uribe-Echevarría, «El poeta y fervoroso cervantista chileno Antonio Bórquez Solar (1874-1938) dedicó dos sonetos panegíricos a su maestro»[1]. Bórquez Solar, natural de Ancud (provincia de Chiloé, región de Los Lagos), alternó su dedicación al periodismo (dirigió los diarios El Progresista y El Ateneo) con el cultivo de la poesía. Su producción lírica, que cabe adscribir al Modernismo, incluye títulos como Campo lírico (1900), Amorosa vendimia (1901), La floresta de los leones (1907), Dilectos decires (1912), La leyenda de la estrella solitaria (1919) o La diamantina fortaleza (1929), entre otros. Para el teatro, el escritor chilote compuso algunos dramas como Carrera (1921) y El trovador paladín (1928), y en el terreno de la narrativa aportó la novela La belleza del demonio: la Quintrala (1914).

Sus «Sonetos en alabanza de Cervantes hechos por el propio don Quijote» son dos composiciones puestas en boca de la creatura cervantina que, frente al olvido que conoce su creador en vida, vaticina su gloria futura y, además, la unión de ambos en la inmortalidad de la fama. Los textos de los sonetos rezan así:

I

Mi Señor y mi Padre, ¡oh, Cervantes!
Al morir, con el pie sobre el estribo
hacia la eternidad, es justo que antes
te dé mi acción de gracias, pues que vivo.

Más fuerte que los bronces y diamantes,
sellada en un troquel el más altivo,
irá tu alma a los siglos más distantes,
plena de este ideal que yo concibo.

Porque sólo yo soy tu creatura,
y como tú también amo y espero
una vida ideal mucho más pura.

Que al fin hemos de ver que yo no muero,
que detrás de mi última aventura
apacientan el lobo y el cordero.

Busto de Miguel de Cervantes

II

Yo te alabo, Señor, pues que has de verte
en bronces inmortales esculpido.
Te aclamarán las gentes de tal suerte,
que igual que un semidiós serás tenido.

Junto contigo venceré a la muerte,
y a tu inmortalidad iré yo unido…
Te alabo, pues, Señor, que se convierte
en tu gloria perenne el de hoy tu olvido.

Tal vez, y sin tal vez, no haya mañana,
en el planeta, ni una raza sola
que no ame en ti la lengua castellana…

¡Escucho ya las voces resonantes,
que al aclamarte a ti, Patria Española,
gloria del mundo llaman a Cervantes![2]


[1] Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 125.

[2] Reproduce los textos Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), pp. 125-126, indicando en nota que «Aparecen estos sonetos en la Antología Escolar Hispano-Americana e Iniciación Literaria. Tomo I de J. C. Zorrilla de San Martín, S. J. (Pág. 297)». Mantengo las mayúsculas (Señor, Padre, Patria Española) tal como figuran en la antología de Uribe-Echevarría.

Un soneto a Cervantes de Washington Espejo

Cervantes, por Manuel Wssel de GuimbardaContinuamos la serie de evocaciones poéticas de don Miguel de Cervantes con este soneto escrito en alejandrinos del poeta chileno Washington Espejo, el cual se publicó el 12 de octubre de 1947 (año del centenario del natalicio del escritor) en el periódico La Nación de Santiago de Chile. Washington Espejo (1884-1952), poeta y contador que fue director de la revista En viaje, es autor de algunos libros como los titulados Del largo camino (1938), Canto al romance castellano (1939), Canto perdido (1942), Nada nuevo (1944), Poemas del hombre (1945) y Sonetos (1945). Su poema dedicado a Cervantes insiste en ideas tópicas bien conocidas: pobreza, cautiverio, amargos sinsabores, falta de recompensas por los servicios prestados, que no le impidieron a este «Moisés del castellano» (v. 14) escribir la Biblia del español, en la que sus dos personajes centrales, don Quijote y Sancho Panza, quedan convertidos en resumen antagónico y complementario de lo ideal y lo pragmático que anida en el alma del ser humano. El soneto reza así:

¡Oh, Miguel de Cervantes, señor desconocido,
en Alcalá de Henares, en Lepanto en Argel!
Porque ibas a la gloria, te retrató el olvido;
fue preciso el acíbar para la eterna miel.

De sueños coronado, de la pobreza ungido,
cada esperanza tuyo tuvo una risa cruel.
Venciste el cautiverio, mutilado, rendido,
… y tu patria tampoco miró al soldado fiel.

¡Oh, Miguel de Cervantes, gran errabundo triste!
En celda de injusticia, como ruin o liviano,
tu Quijote y tu Sancho… con qué dolor sentiste!

Y al partir en sus almas lo real del ser humano,
la Biblia de tu idioma con tu gracia escribiste,
¡gran Miguel de Cervantes! ¡Moisés del castellano![1]


[1] Tomo el texto de Juan Uribe-Echevarría, Cervantes en las letras hispano-americanas (Antología y crítica), Santiago de Chile, Ediciones de la Universidad de Chile, 1949, p. 158.

La Tolosa y la Molinera del «Quijote», evocadas por Sagrario Torres

Don Quijote llega a la venta

En su poemario Íntima a Quijote (Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986), al que ya dediqué alguna entrada anterior, Sagrario Torres evoca líricamente la figura de las dos mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta —para él castillo— en la que terminará siendo armado caballero por escarnio a manos de su socarrón ventero (Quijote, I, 2-3). Recordemos el pasaje en cuestión:

Estaban acaso a la puerta dos mujeres mozas, destas que llaman del partido, las cuales iban a Sevilla con unos arrieros que en la venta aquella noche acertaron a hacer jornada […] se llegó a la puerta de la venta y vio a las dos destraídas mozas que allí estaban, que a él le parecieron dos hermosas doncellas o dos graciosas damas que delante de la puerta del castillo se estaban solazando[1].

El poema de Sagrario Torres se localiza en el apartado «Intermedio» de su poemario y va precedido, a modo de lema, por una cita de la Vida de Don Quijote y Sancho de Miguel de Unamuno:

Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas […] ¡Pobres mujeres que, sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.

La glosa unamuniana contextualiza perfectamente el poema de Torres. En efecto, sus versos evocan bellamente la transformación que se opera en las mozas del partido al contacto con don Quijote, hombre soñador que con su presencia y su trato caballeroso eleva y purifica (adoncella, escribe hermosamente Unamuno) a las dos mujeres de la venta: «Las miraste en dulcísimo respeto, / con inmensa ternura. / […] / Y te fuiste, Quijote, / dejándoles un nombre ennoblecido». El mero hecho de tratarlas con dignidad y respeto redime a las mozas de la sordidez de su dura vida, tal como reflejan estos otros bellísimos versos de Sagrario Torres: «De luz y de perfume / se sintieron envueltas, / ingrávidas, limpísimas». Y todavía más: el trato dispensado por «el Amador andante» no solo las ennoblece puntualmente, sino que puede llegar a tener una trascendencia todavía mayor, pues tal encuentro puede decidir a las mozas a emprender un cambio de vida (así parece sugerirlo, al menos, el final del poema: «Y pensaron la huida»).

Este es el texto completo de la composición, que no lleva un título específico:

QUIJOTE:

Las nodrizas celestes
que atraviesan los mundos,
escriben los destinos
desde la aurora de las cunas.

Rondan los edificios,
planean hasta posarse en los tejados,
corren por las barandillas,
atisban los balcones y los abren.

Se acercan a los predestinados
con sus pechos de nueces
abiertas y lechosas,
y aquellos elegidos beben.

Las nodrizas les soplan
en sus frentes tiernísimas,
les ungen y les marcan con la huella
que no verán ni sus progenitores.

TOLOSA y MOLINERA. Ellas nacieron
como la flor arriba de los tallos.

En precioso saltar
—su fresca voz, la boca de la risa—,
iban por los limpios regatos de las peñas
persiguiendo vilanos y calandrias.

Dientes de su niñez descantillaron
el duro pan.

Echaron en sus cestas restos de las vendimias.

Y fueron al cercao. Y ahecharon el trigo.
Y trabaron la harina del escaso comer.

Y dijeron adiós a las carretas.
Y algunos acechaban aquel luciente
y palmeral cabello.

Chapas de alcantarilla les cerraron
su alegre corazón.
Emborracharon a sus cuerpos
para anestesia de los golpes.

Enfrente de sus ojos ya no estaban
las serenas llanuras, fulgores de sus cielos,
sino hombres doblados de lujuria sobre ellas.

Bubas internas taponaron aquel hondón
hecho para otras ilusiones.

Solícitas, humildes, te ciñeron espada,
te calzaron espuela,
con la emoción con que se toca
el borde del vestido de un ser predestinado.

Las miraste en dulcísimo respeto,
con inmensa ternura.

De sus bocas huyó la risotada.
Les vino un ademán sereno.
Fueron dignísimas al punto.

Se quedaron suspensas, silenciosas.
En comunicación estaban sin hablarse.

Te miraron, y un rubor no sentido
se extendió por sus rostros.

Una ola el pecho les movía.
Un estallido de conocimiento
apareció en sus mentes.

Canales agitados sintieron por sus venas.
Flores en su arenal.

Su memoria borraba escenas que vivieron,
los cuerpos de los hombres.
Un mismo pensamiento les unía.

Y te fuiste, Quijote,
dejándoles un nombre ennoblecido.

Admiradas como nunca lo fueran,
preferidas de ti,
envueltas en aquella dulzura indefinible,
vieron marchar al Hombre enflaquecido,
dos veces Caballero.

Sus manos reprimían
golpes del corazón.
El sueño no les llegó esa noche
con grosero dormir.

Atrancaron la puerta. Abrieron el ventano.

De luz y de perfume
se sintieron envueltas,
ingrávidas, limpísimas.

A lo lejos, en medio de la noche,
rezaba y se perdía el Amador andante.

La Tolosa recordó su promesa al Caballero:
«Dondequiera que ella estuviese,
le serviría y le tendría como señor»[2].

Y pensaron la huida[3].


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico con la colaboración de Joaquín Forradelas, estudio preliminar de Fernando Lázaro Carreter, 2.ª ed. corregida, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 48-49.

[2] Compárese con el texto cervantino: «Hecho esto, [el ventero] mandó a una de aquellas damas que le ciñese la espada, la cual lo hizo con mucha desenvoltura y discreción […]. Don Quijote le preguntó cómo se llamaba, porque él supiese de allí adelante a quién quedaba obligado por la merced recebida, porque pensaba darle alguna parte de la honra que alcanzase por el valor de su brazo. Ella respondió con mucha humildad que se llamaba la Tolosa, y que era hija de un remendón natural de Toledo, que vivía a las tendillas de Sancho Bienhaya, y que dondequiera que ella estuviese le serviría y le tendría por señor. Don Quijote le replicó que, por su amor, le hiciese merced que de allí adelante se pusiese don y se llamase «doña Tolosa». Ella se lo prometió, y la otra le calzó la espuela, con la cual le pasó casi el mismo coloquio que con la de la espada. Preguntole su nombre y dijo que se llamaba la Molinera y que era hija de un honrado molinero de Antequera; a la cual también rogó don Quijote que se pusiese don y se llamase «doña Molinera», ofreciéndoles nuevos servicios y mercedes» (Quijote, I, 3, pp. 60-61; el destacado en itálica es mío).

[3] Sagrario Torres, Íntima a Quijote, Madrid, Asociación de Escritores y Artistas Españoles, 1986, pp. 36-39. Es el poema II de la sección «Intermedio», y le siguen dos sonetos (pp. 40-41) «En homenaje a la Tolosa y la Molinera». Para el contenido y la estructura global de Íntima a Quijote, puede verse otra entrada del blog.

«A Miguel de Cervantes», de Manuel del Palacio

La figura de Manuel del Palacio y Simó (Lérida, 1831-Madrid, 1906) resulta bien conocida: destacó como periodista y dramaturgo, pero especialmente como poeta satírico. Los rasgos más notables que se aprecian en su poesía son la facilidad versificatoria y el marcado tono festivo, que le convirtieron en un autor muy popular. Cuando Clarín indicó que en la España de su tiempo solamente había dos poetas y medio, se refería a Ramón de Campoamor y Gaspar Núñez de Arce (los dos poetas) y a Manuel del Palacio (el medio)[1]. Liberal en sus inicios políticos, más tarde se hizo conservador. En 1892 ingresó en la Real Academia Española.

Estatua de Cervantes en Toledo

Entre sus obras que recopilan sus versos se cuentan títulos como Cabezas y calabazas: retratos al vuelo de las notabilidades en política, en armas, en literatura, en artes, en toreo y en los demás ramos del saber y de la brutalidad humana (1863), Cien sonetos políticos, filosóficos, biográficos, amorosos, tristes y alegres (1870), Veladas de otoño (1884), Melodías íntimas (1884) o Chispas (1894). De su producción poética, entresaco hoy su composición dedicada «A Miguel de Cervantes», ocho quintillas que ponen de manifiesto su habilidad versificatoria en las que nos ofrece la siguiente evocación del autor del Quijote:

Soldado, pobre, poeta,
sufrido, alegre, leal,
hallo en tu existencia inquieta
la encarnación más completa
del carácter nacional.

Sin mirar a dónde vamos,
sin ver lo que queda en pos,
quimeras cual tú soñamos
y al imposible aspiramos
puesta la esperanza en Dios.

Y de este o del otro modo,
rugiendo en el Sinaí,
o blasfemando en el lodo
nos parecemos a ti
menos en ingenio, en todo.

Tú, al fin, cautivo en Argel
o silbado en el corral
por muchedumbre crüel,
dejaste un libro inmortal
y un mundo pintado en él.

Nosotros sin el quebranto
de privaciones y encierros,
dejaremos en mal canto
la historia de nuestros yerros
escrita con nuestro llanto.

Por eso a tu polvo inerte
bien es que luz se demande,
pues vivimos de tal suerte
que hay que robarlo a la muerte
para tener algo grande.

Luz te pedimos, Miguel,
y juntando en este día
con su palma tu laurel,
por un libro como aquel
suspira la patria mía.

Que la discordia tenaz
crece aquí loca y audaz
desde que no da la tierra
Quijotes para la guerra
ni Sanchos para la paz[2].


[1] Palacio contestó al autor de La Regenta con el folleto titulado Clarín entre dos platos (1889).

[2] Cito, con algún leve cambio en la puntuación, por Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, pp. 102-103.

El soneto «Cervantes» de Ángel del Arco

Ángel del Arco y Molinero (Granada, 1862-1925), historiador y arqueólogo, fue autor de diversas obras literarias. Al terreno de la narrativa pertenecen la leyenda histórica La algarada de Lucena (1886), la leyenda heroica El rey mártir (1893) y otros títulos como Andrea (1886) o Juana la Violetera (1892). Publicó también unas Siluetas granadinas (1892). Como autor teatral escribió un juguete cómico en un acto y en prosa, Sólo para hombres (1891). En el ámbito de la poesía, dio a las prensas Hojas y flores. Poesías originales (1884), el canto épico La reconquista de Málaga (1888), Dos poesías (1896) y Laureles: obras poéticas (1902), y editó además un Romancero de la conquista de Granada (1889).

Miguel de Cervantes

De su producción poética nos interesa rescatar hoy su soneto «Cervantes», que dice así:

Cegados por el vértigo de gloria,
soñando un ideal de honor y ciencia,
los pueblos sufren rasgos de demencia
que se cuentan por siglos en la Historia.

Buscó la vanidad fama ilusoria;
y roto el freno ya de la prudencia,
surgió un genio de recta inteligencia
que atacó su locura transitoria.

Su sarcástica risa dio al olvido
delirios del honor, sacando a flote
el genio nacional, mal comprendido;

y de nuestras locuras como azote
desde entonces resuena en nuestro oído
la eterna carcajada del Quijote[1].


[1] Poema recogido en Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 20.

El poema «¡Oh, Hermosura que excedéis…» de Santa Teresa de Jesús

Para hoy 15 de octubre, festividad de Santa Teresa de Jesús, transcribo sin mayor comentario uno de los poemas compuestos por la «andariega de Dios», por aquella santa «trazadora de versos» que tan bien supo cantar, en el molde tradicional del verso de arte menor castellano, el amor de la Divinidad:

Santa Teresa de Jesús

¡Oh, Hermosura que excedéis
a todas las hermosuras!
Sin herir, dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis,
el amor de las criaturas.

¡Oh ñudo que ansí juntáis
dos cosas tan desiguales!
No sé por qué os desatáis,
pues atado fuerza dais
a tener por bien los males.

Juntáis quien no tiene ser
con el Ser que no se acaba.
Sin acabar, acabáis;
sin tener que amar, amáis;
engrandecéis nuestra nada[1].


[1] Cito con algún ligero retoque por Francisco Montes de Oca, Ocho siglos de poesía en lengua castellana, 17.ª ed., México, D. F., Editorial Porrúa, 1998, p. 149. Además de algún ligero retoque en la puntuación, en el v. 9 cambio su lectura «atada» por «atado». El P. Tomás Álvarez, en su edición de Santa Teresa, Obras completas, 16.ª ed., Burgos, Monte Carmelo, 2011, p. 1363, anota a pie de página «Es uno de los primeros poemas compuestos por la Santa. Sobre su origen véanse las cartas de Teresa a su hermano Lorenzo: 2.1.1577 y 17.1.1577, donde dejó constancia la autora del origen místico del poema».