Valoración de «El ruido del sol», de José María Sanjuán

Como hemos podido apreciar en las entradas anteriores, todos estos cuentos de El ruido del sol tienen como protagonistas a toreros, ya se trate de espadas profesionales, ya de simples maletillas y aficionados. El libro de José María Sanjuán se asemeja a otros de Ignacio Aldecoa, tanto por el hecho de reunir diversos relatos centrados en un oficio, como por la ternura con que quedan retratados los personajes más desvalidos.

Corrida de toros

En efecto, en todos ellos la acción —cuando la hay— se centra más que en los toreros triunfadores, en los fracasados, en aquellos que no han podido llegar, o en los que llegaron pero ya han visto cómo pasaba su hora. Y más que desde el momento culminante de la corrida, de las diversas suertes taurinas (que en ningún momento se describen), estos cuentos de El ruido del sol se enfocan muchas veces desde la perspectiva de la espera, lenta y angustiosa, de los toreros en sus habitaciones de hotel. Sanjuán sabe captar muy bien la atmósfera asfixiante que —física y moralmente— agobia a estos personajes (el calor, la humedad, las amistades interesadas, etc.), al tiempo que proporciona a sus relatos un marcado y nostálgico tono lírico, muy evocador y sugerente.

1615, Lope difamado por una mujer

El 20 de abril de 1615 fecha Lope el manuscrito autógrafo de El galán de la Membrilla, y estrena también ese año Santiago el Verde[1]. El 9 de junio está en Toledo; por una carta al duque de Sessa se deduce que ha llegado allí escapando de una mujer, quizá una antigua amante, que lo difama y persigue con fines deshonestos:

Yo, Señor Excelentísimo, llegué aquí huyendo de las ocasiones en que la lengua de una mujer favorecida infame puede poner a un hombre de mi hábito. Y respondiendo también a la objeción tácita de que no se huye bien del peligro acercándose a él, como yo arriba reprehendo, digo: que siendo, como fue, testimonio, no le puede correr mi conciencia aunque no quede libre mi reputación; pero en confianza de que los que me conocen están desengañados, quise huir del mayor mal, aunque diese de ojos en el que era menos. Presumo, Señor, que como hombre acabado al mundo se persuaden fácilmente a tan mal gusto, como quien ya no los podía hallar mayores, ignorando que el dinero nunca fue viejo, ni las diligencias con mujer ingratas. A los conjuros de Vuestra Excelencia no hallo otra respuesta, aunque siendo tales, bien me holgara que los acreditaran juramentos: pues plegue a Dios, Señor, que si después de mi hábito he conocido mujer deshonestamente, que el mismo que tomo en mis indignas manos me quite la vida sin confesión antes que ésta llegue a manos de Vuestra Excelencia, y créame que no le encubriera pensamiento, porque fuera vilísimo linaje de ingratitud no confesarme con un Señor de tal entendimiento, con un príncipe que me llama su amigo, y con un dueño solo que tengo en el mundo para mi amparo y protección. Presupuesta esta verdad por infalible, sí, por vida de Vuestra Excelencia y del Conde mi Señor, que Dios guarde muchos años: no hay más causa a mis ausencias que huir la persecución de una mujercilla que escribe aquí me persigan, como lo han hecho, dándome vayas de noche en cuadrillas, judíos desta ciudad con quien ella tiene conocimiento; así me lo dicen los que las oyen, que yo duermo en parte que es imposible; con otras cosas que diré a Vuestra Excelencia cuando le bese las manos; y en materia de la tal mujer, no importa que Vuestra Excelencia haga conceto de alguna mocedad, pues siendo seglar no fue prodigio; aunque para mí sí lo es que haya en el mundo quien apetezca una mujer (dejando la profesión) tan desatinadamente fea, que en su cara se han vaciado fariseos para las procesiones, y en su alma necedades para matar entendimientos.

En realidad, el contacto continuo con la farándula y los cómicos, gente de malísima reputación, constituye un peligro que atenta gravemente contra su dignidad sacerdotal.

Murallas de Ávila

En el verano de 1615 va a Ávila y consigue una capellanía instituida en la iglesia de San Segundo por su antiguo protector, el obispo don Jerónimo Manrique de Lara. Sus 150 ducados de renta contribuyen a aliviar algo sus muchas necesidades económicas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El último tercio»

Cierra la colección de El ruido del sol «El último tercio» (pp. 179-186)[1], relato que va encabezado por una cita de Hemingway. Laurel, mozo de estoques, ayuda a vestirse al maestro Manuel, al que antes le iban mejor las cosas: su habitación se llenaba de amigos y aficionados, pero hora no acude absolutamente nadie. Esa tarde tampoco toca pelo, igual que las anteriores, pero el torero piensa, como siempre, que todavía le queda alguna oportunidad, que el triunfo se presentará mañana…

Torero

El final, de nuevo, niega esa falsa esperanza: «Y Laurel sabía que no había ya ningún día que se llamara así» (p. 186). Para Manuel no hay ya mañana, como tampoco lo había para Pascual, de «Mañana será un hermoso día»; para Rayo, de «No es bueno volver a empezar»; para José, de «La camisa amarilla», etc.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope y las polémicas anticulteranas (1613-1614)

Por otra parte, es este un momento (1613-1614) en el que Lope está inquieto por Góngora y la nueva poesía culta[1]. En esos años se difunden por la corte en forma manuscrita el Polifemo y las Soledades, e inmediatamente surgen admiradores y detractores del nuevo estilo. Frente a las aspiraciones de Lope de ser el príncipe de los poetas líricos se alza ahora la figura y la voz de un genial poeta cordobés. Como escribe Carreño, «Góngora es la sombra que nubla fatalmente su aureola de gran poeta indiscutido».

El año de 1614 se publica el Quijote de Avellaneda, continuación apócrifa de la primera parte cervantina de 1605. Sale a nombre de Alonso Jerónimo de Avellaneda, seudónimo que esconde a alguna persona que formaba parte, sin duda, del círculo de amigos letrados de Lope, enemistado con Cervantes. En otra entrada analizo con más detalle la enemistad con Góngora y Cervantes y todas estas polémicas.

Quijote de Avellaneda

En ese mismo año, por la beatificación de Santa Teresa, Lope es secretario de la justa poética. Pasa el resto del año en Madrid, y sigue escribiendo para el teatro. El 3 de noviembre de 1614 se da una fiesta en el jardín del palacio del duque de Lerma, y se representa El premio de la hermosura.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Mañana será un hermoso día»

En «Mañana será un hermoso día» (pp. 169-177)[1] el joven Pascual va de noche, a la luz de la luna, a tentar unas reses. Entre paréntesis se van consignando las reflexiones de su monólogo, y el narrador augura la desgracia que le espera en su arriesgado empeño: «Había en el aire una sombra inquietante, de acecho y aventura, de silencio comprimido, de lucha contenida, de tragedia solitaria» (p. 171).

Torero de luz de luna

Pascual consigue dar unos pasos a un toro, pero es cogido. Cuando a la mañana siguiente encuentran su cuerpo, el jinete se lamenta, no de la suerte del muchacho, sino de que esa aventura le ha estropeado varios toros, ya no aptos para la lidia. De nuevo el título cobra tintes de ironía trágica, una vez conocido el desenlace: para el pobre maletilla, sencillamente, no habrá mañana.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope publica sus «Rimas sacras» (y 3)

Encontramos asimismo en las Rimas sacras el desengaño del amor mundano con todas sus bellezas, que son falsas y efímeras, vanidad de vanidades[1]. Por ejemplo, en el soneto dedicado «A una calavera», con su estremecedor final:

Vanitas, de Philippe de Champaigne

Esta cabeza, cuando viva, tuvo
sobre la arquitectura destos huesos
carne y cabellos, por quien fueron presos
los ojos que, mirándola, detuvo.

Aquí la rosa de la boca estuvo,
marchita ya con tan helados besos;
aquí los ojos de esmeralda impresos,
color que tantas almas entretuvo.

Aquí la estimativa en que tenía
el principio de todo el movimiento;
aquí de la las potencias la armonía.

¡Oh, hermosura mortal, cometa al viento!,
donde tan alta presunción vivía
¿desprecian los gusanos aposento?


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «No es bueno volver a empezar»

«No es bueno volver a empezar» (pp. 163-168)[1] presenta a Rayo, un mal torero, ya viejo y acabado, que acude a su amigo Carlos, camarero, para que le preste algo de dinero; éste consiente, aunque le advierte que le iría mejor si dejase de intentarlo como espada y entrase de subalterno en alguna cuadrilla.

Banderillero

En suma, una nueva evocación nostálgica y tierna del torero fracasado, que lo ha intentado, pero que no ha sabido llegar a lo más alto o mantenerse allí.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope publica sus «Rimas sacras» (2)

El amor a Dios, el dolor de haberle ofendido y el arrepentimiento (que parece sincero) se plasman en las Rimas sacras en bellísimos sonetos intensamente emotivos[1]. Por ejemplo el famoso que comienza «No sabe qué es amor quien no te ama…»:

No sabe qué es amor quien no te ama,
celestial hermosura, Esposo bello;
tu cabeza es de oro, y tu cabello
como el cogollo que la palma enrama.

Tu boca como lirio que derrama
licor al alba; de marfil tu cuello;
tu mano el torno y en su palma el sello
que el alma por disfraz jacintos llama.

¡Ay, Dios!, ¿en qué pensé cuando, dejando
tanta belleza y las mortales viendo,
perdí lo que pudiera estar gozando?

Mas si del tiempo que perdí me ofendo,
tal prisa me daré, que un hora amando
venza los años que pasé fingiendo.

JesucristoO este otro, también bastante conocido dentro del corpus lírico del Fénix:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno escuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el yelo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate agora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos» respondía,
para lo mismo responder mañana!


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Las cenizas de todos nosotros»

El siguiente relato incluido en El ruido del sol es «Las cenizas de todos nosotros» (pp. 149-161)[1]. Cecilio, alias Juanete III, sale de la cárcel de un pueblo y la gente lo señala como el torero del domingo, «el del miedo». Todos sus hermanos han tenido mala suerte en el toreo: Juanete I cayó en una novillada nocturna; Juanete II sufrió la amputación de un pie, porque le cambiaron un buen toro que le había tocado en el lote. El padre, que quiere fundar una dinastía taurina, reprocha a su hijo su cobardía al negarse a torear (razón por la que lo habían metido en el calabozo): «¡Has acabado con todos nosotros!, ¡has terminado con nuestras cenizas…!» (p. 161).

Torero

Pero, en realidad, lo que ha hecho ha sido salvar su vida, sin exponerla inútilmente en el ejercicio de un trabajo para el que no siente la más mínima vocación.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope publica sus «Rimas sacras» (1)

Todos estos años de zozobras, de vaivenes de la carne al espíritu… y vuelta a la carne, de grandes pecados y grandes arrepentimientos, culminarían en lo literario con la impresión, en 1614, de sus Rimas sacras, colección poética en la que Lope hace balance de su situación, se humilla ante Dios y pide compungido perdón por su descarrío, del que ahora se da plena cuenta[1]:

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.

Cuando miro los años que he pasado
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.

Entré por laberinto tan extraño
fiando al débil hilo de la vida
el tarde conocido desengaño;

mas de tu luz mi escuridad vencida,
el monstro muerto de mi ciego engaño,
vuelve a la patria la razón perdida.

Rimas sacras, de Lope de VegaEstas Rimas sacras son, pues, el resultado lírico de esa honda crisis espiritual:

Yo me muero de amor, que no sabía
—aunque diestro en amar cosas del suelo—,
que no pensaba yo que amor del cielo
con tal rigor las almas encendía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.