Los cuentos de José María Sanjuán: «La camisa amarilla»

«La camisa amarilla» (pp. 141-147)[1] tiene como motivo una de las supersticiones de los toreros, el mal fario de ese color[2]. José, alias Almonteño, ha recibido esa mañana la visita de un extranjero que llevaba una camisa amarilla; y, al hacer el paseíllo, vuelve a verlo en el tendido.

Camisa amarilla

El final deja en suspenso el desenlace, aunque hace presagiar la desgracia: «Y presintió que quizá ya no volvería más a desandar el terreno y la arena que ahora pisaba…» (p. 147).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

[2] Este color aparecía ya en un pasaje de «El silencio está lleno de ruidos», p. 104.

Luchas interiores de Lope de Vega

Lope de VegaPero en la nueva vida de Lope no todo el tiempo es para el estudio y la oración, como daba a entender en sus versos[1]. Efectivamente, a pesar de su nueva condición sacerdotal, sigue su servilismo con el duque de Sessa, que insiste para que el escritor continúe al frente de sus tercerías y haciéndose cargo de la redacción de sus billetes amorosos. Una de las cartas que Lope le manda es buena prueba de su lucha interior; ocurre que su confesor, fray Martín de San Cirilo (a quien dedicaría las Rimas sacras) le ha negado la absolución al confesarse, y por eso le escribe a su mecenas:

… no se canse en venir aquí a la noche, pues bien puedo como a tan gran señor y dueño mío hablar tan claro; que como cada día confieso este escribir estos papeles, no quisieron el de San Juan absolverme si no daba la palabra de dejar de hacerlo; y me aseguraron que estaba en pecado mortal; heme entristecido de suerte que creo no me hubiera ordenado si creyera que había de dejar de servir a Vuestra Excelencia en alguna cosa, mayormente en las que son tan de su gusto. Si algún consuelo tengo es saber que Vuestra Excelencia escribe tanto mejor que yo, que no he visto en mi vida quien le iguale; y pues esto es verdad infalible, y no excusa mía, suplico a Vuestra Excelencia tome este trabajo por cuenta suya, para que yo no llegue al altar con este escrúpulo, ni tenga cada día que pleitear con los censores de mis culpas; que le prometo que me aventaja tanto en lo que escribe, como en el haber nacido hijo de tan altos príncipes. No había osado jamás decir esto a Vuestra Excelencia por mi amor inmenso y mis infinitas obligaciones, trampeando cada día lo mejor que podía el modo de confesarme; ya ha llegado a no ser posible menos. Vuestra Excelencia es dueño de un entendimiento claro y de un corazón generoso; mire lo que quiere hacer de mí, que es tanto lo que le debo y le quiero, que dejo a su juicio cuanto iba a decir aquí.

Y también:

… le vuelvo a suplicar a Vuestra Excelencia por la sangre que Dios derramó en la cruz, no me mande que en esto le ofenda ni le parezca que es pequeño pecado haber sido yo el conservador de esta amistad […], que es rigor grande que me escriba que hago mi gusto; yo no hago sino el de Dios. […] Yo no he engañado a Vuestra Excelencia, que ha muchos días que le dije la causa, y estos no son escrúpulos, sino pecados para no hallar gracia de Dios, que es lo que ahora deseo.

El de Sessa recompensará sus desvelos dándole un beneficio eclesiástico (una prestamera) en el pueblo cordobés de Alcoba.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El extraño»

Un torero comenta con otros personajes la faena de esa tarde en «El extraño» (pp. 133-139)[1]. Como en varios otros relatos del libro, el ambiente se hace pesado, asfixiante por el calor. Todos los amigos que se arriman a él lo elogian sin medida; al final pide consejo a otro, en su opinión más sabio que los demás, y éste le dice que ha estado francamente mal. Entonces todos los entusiastas callan.

Faena

Se trata, pues, de una nueva reflexión sobre la adulación que rodea al torero exitoso, que ya se apuntaba en «El triunfador».


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope de Vega, entre el estudio y la oración

Lope es nombrado clérigo de Evangelio, pero el grado tarda en llegar, así que vuelve a Madrid para llevarse a Toledo a su hija Marcela[1]. Seguramente es ahora cuando recoge en la casa madrileña de Francos a los hijos supervivientes tenidos con Micaela de Luján: Marcela y Lopito. Finalmente, con la salud algo quebrantada, es ordenado de presbítero en Toledo el 24 de mayo de 1614. A primeros de junio ya está de vuelta en Madrid, donde canta misa en el convento de los Carmelitas Descalzos.

Convento de los Carmelitas Descalzos en Madrid

En una epístola dirigida A don Antonio Hurtado de Mendoza resume su jornada diaria, repartida entre el estudio y el oratorio:

Entre los libros me amanece el día,
hasta la hora que del alto cielo
Dios mismo baja a la bajeza mía,
y cuando nuestra luz con pies de hielo
la noche eclipsa, lo que al rezo sobra
su parte, con las musas me desvelo…

Y Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, ponderará el modélico vivir durante años del sacerdote Lope:

Con este concierto de vida pasó Lope muchos años, viviendo siempre con tanta atención a su conciencia, con tanto respeto a su estado, con tanto despego al siglo, con tanto afecto a la virtud, con tanto descuido de su vida y con tanto cuidado de su muerte, que parece que la deseaba o la suponía muy cerca, porque con mucho tiempo hizo su testamento.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El aire sabe a caliente»

En «El aire sabe a caliente» (pp. 119-132)[1] nos presenta Sanjuán a El Candi y Valero, dos toreros que actúan en ínfimas corridas de pueblos; los dos se alojan en casa de María hasta la hora de la corrida. En el relato va alternando el presente (el torero herido sobre la cama, luego muerto) con el pasado (se cuenta cómo fue cogido en la corrida del pueblo).

Cogida de torero, Manolo Prieto

El alcalde y un amigo acuden a ver al herido, pero María los rechaza, porque ellos son quienes han permitido que saliese una vaca resabiada; también ellos fueron los responsables de la muerte de su hermano, en circunstancias similares. A lo largo del relato se reitera como un leitmotiv ese sabor caliente del aire: «El aire sabe a caliente y resulta sofocante» (p. 123); «Y todo sabía a caliente» (p. 127); «El aire sabe a caliente, casi se mastica» (p. 131), y lo mismo en las palabras finales:

Y al cerrar la puerta se recuesta sobre la madera y siente que el corazón le golpea aceleradamente. Una nube de calor le vela sus ojos. Arriba, bajo el dintel de la puertecilla del cuarto, Valero mira el cuerpo rígido y siente, más que antes, el peso del aire. Agobiante. Caliente (p. 132).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Lope se prepara para el sacerdocio

El escritor recibiría, en efecto, las órdenes menores en Madrid, en marzo de 1614, y el día 12 marchaba a Toledo para ordenarse de presbítero[1].

Toledo

Pero Lope es incorregible, y mientras espera en la imperial ciudad para ordenarse, se aloja… ¡en casa de su antigua amante Jerónima de Burgos!, tal como le cuenta al duque de Sessa:

Aquí me ha recibido y aposentado la señora Gerarda con muchas caricias. Está mucho menos entretenida y más hermosa. Besa los pies de Vuestra Excelencia y me manda le escriba mil recados.

[…]

Mi vida es esta; y los pasos, de la posada a la iglesia; rezar dos horas, que ya me obligan, y a la noche hablar un rato, mientras llega la del sueño, con algún amigo; y porque quien todo lo niega todo lo confiesa, también me divierto de mis tristezas con la amiga del buen nombre, que ya tiene esto de gusto para Vuestra Excelencia, porque no hay cosa que suene a los oídos de quien ama como el nombre de lo que quiere, aunque sea en sujeto ajeno.

[…]

La tal persona [Jerónima] está fresca y buena.

Se ha tratado de justificar este episodio diciendo que, si Lope está en contacto en Toledo con Jerónima de Burgos, es para favorecer el interés amoroso que el de Sessa siente por la cómica, no por razones personales, es decir, no como galán. Pero con todos los antecedentes señalados, tal explicación resulta poco creíble. El solo hecho de convivir en la misma casa que su antigua amante, cuando estaba a punto de recibir la dignidad sacerdotal, era ya de por sí una idea, cuando menos, bastante peregrina…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «Un día es un día»

«Un día es un día» (pp. 107-118)[1] nos presenta a varios personajes: Andrés, Curro, Pedro y Campos. Éste, un picador maduro, y los otros miembros de la cuadrilla, más jóvenes, marchan a Francia, donde torea el matador al que sirven (que hace el viaje en otro coche).

Fernando Botero, La corrida

Cuando paran en un bar a tomar algo, ven que el coche del torero está aparcado a la puerta de una elegante villa. Sus comentarios sugieren que el maestro estará acompañado de alguna hermosa mujer, porque —como indica el título— un día es un día.


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

1614, nueva crisis religiosa de Lope

Lope de VegaEn el año de 1614, doblada ya la cincuentena, una nueva crisis de conciencia lleva a Lope a ordenarse sacerdote[1]. Algunos críticos califican esta decisión de loca y descabellada, pero otros biógrafos, como por ejemplo Entrambasguas, rechazan que tal decisión obedezca a un impulso momentáneo y frívolo, o que el escritor la tome por asegurar el bienestar económico. Sería más bien el resultado de un lento desarrollo psicológico. Pérez de Montalbán, en la Fama póstuma, la explica como consecuencia del desengaño sufrido tras la muerte de su esposa Juana de Guardo:

Sintió la madre la falta de su hijo [Carlos Félix] con tan verdadera fatiga, que nunca volvió en su antigua salud y a la primera enfermedad murió en ocho días, que una calentura sobre una pesadumbre de derecho pide la mortaja. Quizá para más bien de la difunta y para mayor desengaño de Lope, que viendo en aquella profanada belleza desteñida la púrpura de sus mejillas, ajada la nieve de su frente, macilento el color de su semblante, quebrados los cristales de sus ojos, traspilladas las perlas de sus dientes, helados los marfiles de sus miembros y desconocidas las señas de sus faiciones, se resolvió a no admitir tercero casamiento y a buscar nuevo modo de vida humana que le asegurase la divina. Para cuyo efeto dejó de raíz cuantos estorbos le pudieran embarazar en el siglo, retirose de las ocasiones más leves, trató solo del remedio de su alma; solicitó el hábito de la Sagrada Orden Tercera, entró en la congregación del Caballero de Gracia, acudió al servicio de los hospitales, ejercitose en muchas obras de misericordia, visitó el templo de Nuestra Señora de Atocha, de quien era muy apasionado, los sábados por voto y todos los días por devoción, y últimamente, resuelto a lo mejor se fue a Toledo y volvió sacerdote.

El propio Lope rememora su decisión de ordenarse sacerdote en su Epístola al doctor Matías de Porras:

Aunque con tanta indignidad cobarde,
el ánimo dispuse al sacerdocio,
porque este asilo me defienda y guarde.

Paso la vida en soledades tristes,
creciendo de mis males el aumento
desde los bienes que perder me vistes,

si bien el nuevo oficio me da aliento,
que si por él no fuera, de mis años
cayera por la tierra el fundamento.

Y en la epístola a Amarilis, le escribe:

Dejé las galas que seglar vestía;
ordeneme, Amarilis, que importaba
el ordenarme a la desorden mía.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Los cuentos de José María Sanjuán: «El silencio está lleno de ruidos»

«El silencio está lleno de ruidos» (pp. 97-106)[1] comienza con una nota de luminosidad, que estará presente a lo largo de todo el relato, como un leitmotiv: «Blanco. Todo era, aproximadamente, blanco. Las paredes, las sábanas, la luz delgada y suave que se filtraba por los ventanales» (p. 99). El matador y su mozo de espadas Juan esperan.

Torero vistiéndose de luces

En estilo «indirecto libre», el narrador presenta los pensamientos y temores del matador, que ve y oye cosas que su compañero no. De nuevo Sanjuán sabe captar con finura y maestría la angustia de esas horas de tensa espera del maestro en su habitación del hotel, antes de la corrida:

Se dejó caer en la cama y estiró bien las piernas. Otra vez el vacío, aquel espeso silencio. Pero en el fondo del silencio creía escuchar los ruidos de pisadas, de voces, de canciones que subían en espiral desde la calle y luego se metían en la habitación con la luz blanca y finísima (p. 103).


[1] Citaré por José María Sanjuán, El ruido del sol, 2.ª ed., Barcelona, Destino, 1971 (colección Áncora y Delfín, núm. 372), prólogo de José María Pemán.

Clavileño y la burla a Otáñez: la relación entre ambos episodios y su función

Las coincidencias entre ambos episodios no se refieren solo a la estructura general (persona o personas engañadas para realizar un falso vuelo mágico en un caballo de madera), sino también a pequeños detalles, como por ejemplo el hecho de que ambas escenas ocurran en un jardín —el de los Duques, el de Leonardo— en la oscuridad de la noche (o de la tarde-noche). En ambas obras, el episodio del vuelo mágico se inserta en un contexto general de burla (burlas en el palacio ducal, burlas constantes en El astrólogo fingido). La función de ambos pasajes es parecida, aunque con matices.

En el caso del Quijote, los agentes de la burla son los Duques y sus acompañantes, guiados por el insano afán de reírse a costa de sus curiosos huéspedes, don Quijote y Sancho. En la obra de Calderón, la burla a Otáñez prepara el desenmascaramiento del falso astrólogo don Diego; la credulidad del montañés, corto de mollera y de genio —puede decirse que es el único personaje que no engaña a nadie; Sancho, también rústico, le aventaja sin embargo por su clarividente sentido común—, es total y queda absolutamente convencido de que ha volado hasta su región natal aunque no se haya movido un centímetro del banco donde lo atara Morón (nótese que aquí la burla ocurre entre dos criados, entre dos agentes primarios de la comicidad). En cambio en el Quijote Sancho no se traga el anzuelo de la engañifa, en modo alguno se cree la linda patraña de Clavileño, y al final se burlará socarronamente de quienes quisieron burlarlo; el episodio sirve para desenmascarar el cruel juego de los Duques, quienes no pueden revelar la verdad: que el vuelo mágico ha sido en realidad una farsa bien orquestada. También don Diego, el falso astrólogo, es de alguna manera un burlador burlado, porque al final de la obra sus embelecos resultan castigados.

Clavileño

La reminiscencia del episodio de Clavileño de El astrólogo fingido es, sin duda alguna, un guiño y un homenaje a Cervantes por parte de Calderón, que aprovecha magníficamente las posibilidades dramáticas y espectaculares que le brindaba el episodio narrativo. Los dos autores supieron plasmar genialmente en sus respectivas creaciones el gran problema barroco —y universal— del choque entre el mundo de la realidad y el de la ficción, la verdad y la mentira, lo que es y lo que parece ser (lo que Oppenheimer llamó «el tema de la realidad oscilante»[1]). El juego, el fingimiento, los equívocos y la burla son en ambos casos los ejes fundamentales del enredo, y así, no extrañará que uno de los personajes calderonianos, Quiteria, advierta a doña Violante: «Tus desengaños verán / que todo es mentira y juego» (p. 145b)[2].


[1] Ver Max Oppenheimer, «The Burla in Calderón’s El astrólogo fingido», Philological Quarterly, vol. XXVII, number 3, 1948, pp. 246.

[2] Cito por Pedro Calderón de la Barca, El astrólogo fingido, en Obras completas, tomo II, Comedias, ed. de Ángel Valbuena Briones, Madrid, Aguilar, 1956, pp. 127-162. Ahora contamos con la edición crítica de las dos versiones de El astrólogo fingido por Fernando Rodríguez-Gallego, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2011.