Personajes femeninos del «Quijote»: el ámbito del hogar (1)

Frente a Dulcinea, la amada ideal que mueve el actuar del caballero, tenemos las mujeres representantes del hogar[1]. Es decir, las mujeres que están en la órbita del hidalgo manchego, la otra cara del personaje: Alonso Quijano es un solterón empedernido, mas en su ambiente familiar se halla marcado por la presencia del ama y la sobrina (personajes aparentemente estáticos, pero que andan urdiendo continuamente el regreso de don Quijote a casa).

La sobrina y el ama de don Quijote

Son dos mujeres innominadas (el nombre de la sobrina, Antonia Quijana, lo sabremos al conocer el testamento de su tío) que representan la tradición del hogar. Su comportamiento es en apariencia manso, pero en realidad son mujeres que manipulan la situación. Unamuno opina que resultan personajes funestos y a la sobrina, en concreto, la califica como una «gallinita de corral», pues considera que es el prototipo de la mujer hispánica que mata en el hombre cualquier atisbo de heroísmo o de sueño.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Dos poemas a San Francisco Javier

En el día de la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real, copio un par de composiciones sobre su figura, en castellano y en euskera:

HIMNO DE SAN FRANCISCO JAVIER[1]

No le empujó soñar de aventurero
ni la ambición de avaro mercader;
buscando a Dios, de pie sobre el velero,
bogando va Francisco de Javier.

Nunca tu Cruz dejaba a otras banderas
ir más allá por tierra y por mar;
águila audaz, se alzó entre las primeras;
danos, Javier, tu afán de conquistar.

Las almas son más preciosas perlas
de las que el sol de Oriente hace brillar.
Nunca jamás, al ir a recogerlas,
Javier temió las iras de la mar.

India y Japón imperios son pequeños
para saciar su ardiente corazón,
y al desgarrar los hombres sus ensueños
roto estalló aquel volcán de amor.

San Francisco Javier

EUZKALDUNEN (JABIER)[2]

Euzkaldunen lore berdin gabea
zuri gaude —arren samiñetan
Entzun Jabier —erritaren otoia
Jainkoagan dezu al bizia.

Entzun Jabier Loyolaren bitartez
Jaungoiko onak esandako itzak
ez mundua, begira goi-zerua
au daukazu betiko zoria.

Jaunarentzat sutan dezu biotza
lur guzia beretzat nai dezu.
Piztu Jabier xure gar bizi orretan
maitasunez, gure biotz auek.

Gurutzea, gure zeru bidea
gurutzean gure Jaun Maitea.
Mundu ontan beti izango nekea
gero goian zorion betea.

Zaitugunez gure jarrai bidea
rrakutzi egizko bidea.
Goian degu azken gabe pakea
Jainkoagan zorion betea.


[1] Recogido en Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, San Sebastián, 1967, núm. 102, p. 88.

[2] Cantos litúrgicos. Eusko-eleiz-abestiak, núm. 260, p. 146.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (y 4)

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160)[1].

Don Quijote vencido por el Caballero de la Blanca Luna

Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

En definitiva, la presencia de Dulcinea es verdaderamente notable, hasta el punto de que podemos afirmar que el Quijote es, entre otras muchas cosas, una maravillosa y romántica historia de amor.

Dulcinea del Toboso


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Estructura y tempo narrativo en la novela histórica romántica española

Son bastante frecuentes las digresiones y afirmaciones de carácter general, las historias y los versos intercalados[1], las descripciones largas y tediosas[2] y los diálogos pesados (aunque hay también buenos dialoguistas, como López Soler o Navarro Villoslada). Las historias y relatos intercalados suelen estar introducidos normalmente por los propios personajes; además de ralentizar la acción, sirven ya para explicar sucesos anteriores que ayudan a conocer mejor algún aspecto de la novela, ya simplemente para crear un ambiente de leyenda, de misterio o de medievalismo, en cuyo caso son más independientes respecto de la trama central. Todos estos elementos remansan notablemente la acción de la novela, que si no correría desbocada por la sucesión ininterrumpida de lances y aventuras.

Tempo narrativo

A la presencia de esos factores —y no a la aparición de profundos análisis introspectivos de los personajes, como sucederá después en la novela realista— se debe el hecho de que el tempo de estas novelas no sea tan rápido como se podría esperar. Por supuesto, no se puede generalizar respecto al ritmo narrativo, ya que en una producción tan extensa hay de todo, desde las novelas —unas pocas— en que las prolijas descripciones hacen pesada la lectura, con un tempo demasiado lento, hasta las que poseen un ritmo digamos «cinematográfico» (por la rapidez con que se suceden los acontecimientos), que son las más numerosas[3]. Lo difícil es conseguir, como hace Gil y Carrasco en El señor de Bembibre, un equilibrio entre la acción y la descripción del paisaje. Suele ser habitual también que la novela se cierre con un epílogo o capítulo final en que se cuenta la suerte corrida por los personajes principales[4].


[1] En Ave, Maris Stella se incluye la historia del Rebezo; en Edissa, la de Maliba; en Gómez Arias, la de Bermudo y Anselma; en Sancho Saldaña, las de la maga y Zoraida (así como algunas poesías); en Doña Urraca, las del alférez Olea y el conde Peranzules; en Ni rey ni Roque, el «Manuscrito de Inés»; en La mancha de sangre, la historia leída por Eleanora con «La última voluntad de un moribundo»; en Doña Isabel de Solís, unos romances para descanso del lector, así como la historia de la princesa encantada; romances intercalados los hay también en La conquista de Valencia por el Cid, versos en La campana de Huesca y El doncel, y canciones en Cristianos y moriscos.

[2] En general, el estilo de la novela histórica tiende a los períodos largos, con frases muy extensas, salvo en el caso de los entreguistas, que abusan de las oraciones cortas y yuxtapuestas y del punto y aparte.

[3] Hay que tener en cuenta además que en las novelas escritas para ser publicadas por entregas ese factor tiene repercusiones en la estructura, ya que el autor debe terminar el pliego en un momento culminante de la acción, para que el interés del lector se mantenga y ansíe comprar la siguiente entrega.

[4] Así, en La campana de Huesca, La conquista de Valencia por el Cid, Cristianos y moriscos, El testamento de don Juan I, Doña Blanca de Navarra, El señor de Bembibre, Sancho Saldaña y Ave, Maris Stella; en las dos últimas se declara que se añade para que los lectores no queden descontentos sin saber qué fue de los protagonistas. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (3)

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada[1]. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285).

Dulcinea del Toboso

Pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Don Quijote y las labradoras del Toboso

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

Azotes de Sancho Panza para desencantar a Dulcinea


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Arquitectura del relato en la novela histórica romántica española

Me refiero aquí a cómo están divididas externamente estas novelas, para comentar en la próxima entrada algunos aspectos estructurales como son la presencia de digresiones e historias intercaladas y el ritmo narrativo.

Las novelas se suelen dividir en capítulos de mediana extensión; a veces, primero en partes, tomos o libros y después en capítulos (en ocasiones, el autor tardaba un tiempo en dar cada volumen; por ejemplo, las tres partes de Doña Isabel de Solís aparecieron en los años 1837, 1839 y 1846).

Doña Isabel de Solís, de Martínez de la Rosa

No es raro que cada capítulo tenga título propio o vaya encabezado con una cita a modo de lema[1]. Existen también unos clichés para acabar un capítulo y empezar otro: «dejemos a… y volvamos con…», «veamos qué sucedía mientras tanto en…», etc. Así:

Dejémosles entregados en los preparativos de su audaz pensamiento […] y penetremos por un instante en el interior de la plaza sitiada, a donde nos llevan otros acontecimientos (Los héroes de Montesa, p. 182).

Pero contra nuestro intento, se ha dilatado tanto este capítulo que es fuerza dejar para otro la conversación de los dos personajes… (La campana de Huesca, p. 91)[2].



[1] Tienen título propio los capítulos de La campana de Huesca, Pedro de Hidalgo, Don García Almorabid, Bernardo del Carpio, Los caballeros de Játiva, El lago de Carucedo (cada una de las tres partes), Doña Blanca, Doña Urraca, Amaya, El testamento de don Juan I y Doña Isabel de Solís; van encabezados por citas los de La campana de Huesca, El doncel, Jaime el Barbudo, Ni rey ni Roque, El lago de Carucedo, La heredera de Sangumí y Sancho Saldaña; en el caso de la traducción de Gómez Arias anteceden a cada capítulo unas líneas con el resumen de la acción.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (2)

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada[1]. Será entonces cuando realice una penitencia de amor y le escriba una hermosísima carta. Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Dulcinea, el amor ideal de don Quijote

En la Primera Parte, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, con algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha; la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal; y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Sobre los títulos en la novela histórica romántica española

Fijaré ahora mi atención en un aspecto de la obra literaria muy poco estudiado habitualmente, los títulos[1]. De los títulos de las novelas, se puede destacar una clara preferencia por la mención del protagonista, ya con su nombre propio (Jaime el Barbudo, Sancho Saldaña, Doña Isabel de Solís, Gómez Arias, Bernardo del Carpio, Don García Almorabid, Pedro de Hidalgo, Doña Blanca de Navarra, Doña Urraca de Castilla…), ya con una expresión que a él se refiere (El señor de Bembibre, El doncel de don Enrique el Doliente, La heredera de Sangumí).

La heredera de Sangumí, de Juan Cortada

Otros títulos anuncian el tema de la novela: Los bandos de Castilla, Cristianos y moriscos, La campana de Huesca, Amor y rencor; o bien, combinan nombre de protagonista y tema: La conquista de Valencia por el Cid, El rapto de doña Almodis, Edissa o Los israelitas de Segovia, Amaya o Los vascos en el siglo VIII. Con referencias espaciales solo encuentro El lago de Carucedo. Existen, en fin, títulos más enigmáticos, que no cobran todo su sentido hasta no leer la novela, como El golpe en vago, Ni rey ni Roque o Ave, Maris Stella.

Pero, además, casi todas las novelas tienen algún subtítulo muy interesante: abunda el de Novela histórica original o Novela original española (para mostrar que no son meras imitaciones o traducciones), pero también hay una Leyenda histórica original, un Romance épico, una Tradición popular, una Novela lastimosa y hasta un Cuento[2] (recordemos que en la época las fronteras entre algunos subgéneros literarios eran difusas). Doña Urraca de Castilla se subtitula Memorias de tres canónigos, lo que apunta ya desde el título al recurso a la crónica mencionado en una entrada anterior[3].


[1] Ver Kurt Spang, «Aproximación semiótica al título literario», en Investigaciones semióticas, I, Madrid, CSIC, 1986, pp. 531-541.

[2] Así se subtitula El golpe en vago, pese a sus más de doscientas páginas a doble columna en la edición de Buendía.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (1)

Hemos visto en la entrada anterior de esta serie cómo en la acción del Quijote adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos[1]. El más importante de todos ellos es Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplatónicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43).

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’.

Aldonza / Dulcinea

A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras.

Don Quijote y Dulcinea

Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (y 3)

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaPero es Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada, la novela en la que se hace mayor uso de este recurso tópico. En efecto, el narrador de Doña Blanca se considera a sí propio un cronista («No podemos conformarnos con el modesto papel de cronistas…», p. 198) que hace alarde de su «exactitud histórica» (p. 100); y el libro que estamos leyendo es, supuestamente, una crónica, según se indica en las pp. 150 y 280 y en los títulos de los capítulos II, XVIII («Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica…») y II, XXI («De cómo el autor vuelve a la ermita, adonde tornan también otros personajes de nuestra crónica»). Para escribir la primera parte de esta «historia», el narrador afirma seguir varias crónicas —por supuesto, ficticias—, en particular una de un monje de Irache, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fantasmas. Pero aún hay más; en la segunda parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio monje de Irache; así lo indica el título del capítulo II, I: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo conoce por sus escritos»[1].

Se trata, en definitiva, de técnicas para crear la ilusión de verdad y rigor histórico, utilizadas prácticamente por todos los novelistas históricos, incluso en el caso de aquellos que apenas se han documentado[2].


[1] Las alusiones a la crónica en esta novela son frecuentísimas; las más importantes se localizan en las pp. 14, 28, 46, 56, 75, 150, 155, 157, 158, 164-165, 201 y 401.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.