Argumento de «Rinconete y Cortadillo», novela ejemplar de Cervantes

Recordemos ahora sucintamente el argumento de esta novela, que es la tercera de las incluidas en la colección publicada por Cervantes en 1613 bajo el título de Novelas ejemplares[1]. El relato nos presenta a dos jóvenes aprendices de pícaros, Pedro del Rincón y Diego Cortado, que se encuentran por azar en una venta (la del Molinillo, «en los famosos campos de Alcudia», a la mitad del camino, aproximadamente, entre Toledo y Córdoba). Ambos han salido de sus casas y abandonado sus modestas familias en busca de libertad y aventuras. Los dos muchachos, rotos y desastrados, tras algunas reticencias iniciales, entran pronto en confianza, se cuentan sus respectivas vidas (Rincón es hábil en el manejo de unos naipes marcados, y Cortado se da buena maña con el corte de tijera, es decir, es ladrón), traban amistad (sellada con un fuerte abrazo) y juntos se encaminan hacia Sevilla. Tras una serie de lances de sabor picaresco (todavía en la venta, con los naipes marcados le ganan su dinero a un arriero; al llegar a Sevilla, roban en la maleta de un francés del grupo de caminantes en cuya compañía han hecho la jornada; luego, quitan a un sacristán una bolsa con dinero y un pañuelo), y después de dedicarse a recorrer la ciudad, se informan con un muchacho asturiano sobre el oficio de esportilleros. Al percatarse de las ventajas que tal oficio les proporciona (no se requieren mayores conocimientos, sino solo fuerza física, y además su desempeño les da entrada libre y franca a muchas casas…), los dos compran los útiles necesarios y empiezan a trabajar como mozos de la esportilla. Otro mozo de la esportilla, Ganchuelo, que ha sido testigo del robo de la bolsa y el pañuelo, les indica que, si son ladrones, deben presentarse ante el señor Monipodio, que es el jefe de una «cofradía», de una asociación de ladrones, estafadores, prostitutas y otras gentes de mal vivir, que controla el negocio del crimen en aquel territorio. Desde su llegada a la casa de Monipodio, ambos jóvenes van a ser testigos de todo lo que allí sucede. El relato se transforma ahora en una rápida sucesión de personajes: dos estudiantes, dos esportilleros, un ciego, dos ancianos graves, una vieja beatona, dos bravos, etc., todos los cuales conforman un animado cuadro de costumbres de la vida hampona.

PatiodeMonipodio

Esta es, por ejemplo, la descripción de los dos bravos, todavía anónimos (más adelante conoceremos sus nombres, Chiquiznaque y Maniferro):

Llegaron también de los postreros dos bravos y bizarros mozos, de bigotes largos, sombreros de grande falda, cuellos a la valona, medias de color, ligas de gran balumba, espadas de más de marca, sendos pistoletes cada uno en lugar de dagas, y sus broqueles pendientes de la pretina; los cuales, así como entraron, pusieron los ojos de través en Rincón y Cortado, a modo de que los estrañaban y no conocían (p. xxx).

Todos se han congregado en la casa porque esperan la «audiencia» de su jefe Monipodio, presentado por el narrador con estas palabras:

Llegose en esto la sazón y punto en que bajó el señor Monipodio, tan esperado como bien visto de toda aquella virtuosa compañía. Parecía de edad de cuarenta y cinco a cuarenta y seis años, alto de cuerpo, moreno de rostro, cejijunto, barbinegro y muy espeso; los ojos, hundidos. Venía en camisa, y por la abertura de delante descubría un bosque: tanto era el vello que tenía en el pecho. Traía cubierta una capa de bayeta casi hasta los pies, en los cuales traía unos zapatos enchancletados; cubríanle las piernas unos zaragüelles de lienzo, anchos y largos hasta los tobillos; el sombrero era de los de la hampa, campanudo de copa y tendido de falda; atravesábale un tahalí por espalda y pechos a do colgaba una espada ancha y corta, a modo de las del perrillo; las manos eran cortas, pelosas, y los dedos gordos, y las uñas hembras y remachadas; las piernas no se le parecían, pero los pies eran descomunales de anchos y juanetudos. En efeto, él representaba el más rústico y disforme bárbaro del mundo (p. xxx).

Después de interrogar a los dos nuevos candidatos que le trae Ganchuelo, Monipodio los admite en la congregación y les da los nombres de Rinconete y Cortadillo. En esto llega un alguacil preocupado porque se ha robado en su distrito una bolsa con dineros que pertenecía a un pariente suyo. Monipodio se enfada porque nadie le sabe dar cuentas de ese robo, que parece haber escapado de su control, y Rinconete y Cortadillo entienden en seguida que es mejor entregar la bolsa y el pañuelo del sacristán. Se apunta ya aquí el tema de la venalidad de la justicia: a los rufianes les interesa tener contento a este alguacil, porque habitualmente les ayuda pasando por alto otros muchos robos y delitos.

Aparecen después dos mozas del partido, la Gananciosa y la Escalanta, que se acercan a sus rufianes, los bravos antes descritos, Chiquiznaque y Maniferro. Otro retrato interesante es el de la vieja conocida como la señora Pipota, que compagina sus pequeñas rapiñas con hipócritas prácticas religiosas. Todos los allí reunidos van a darse un banquete, cuyos preparativos se ven interrumpidos por la llegada de otra prostituta, Juliana la Cariharta, que se queja de haber sido maltratada por el Repolido. Poco después es este jaque quien entra «en escena» (utilizo adrede esta expresión, pues el rápido desfile de personajes da cierto aire teatral al relato). Tras vivirse algunos momentos de tensión (enfrentamiento del Repolido con la Cariharta y los otros bravos), Monipodio logra que la cosa no vaya a más y se firmen las paces. Se dejan llevar ahora por la alegría, cantan y beben todos juntos, pero la alegre velada sufre una nueva interrupción cuando uno de los vigilantes apostados en la calle avisa de que se acerca un alcalde con algunos corchetes. Sin embargo, se trata de una falsa alarma: todo queda en un susto, pues los agentes de la justicia pasan de largo sin entrar en la casa.

Otro episodio tiene que ver con la llegada de un caballero que reclama a Monipodio por un servicio mal prestado por sus rufianes (había encargado que dieran una cuchillada a un enemigo suyo, pero no se ha dado todavía). Monipodio le ofrece algunas explicaciones, que son aceptadas, y todo se arregla. Después repasan la lista de «trabajos» pendientes (cuchilladas, palos…), de los que llevan puntual cuenta en un cuaderno. Luego Monipodio incluye a Rinconete y Cortadillo entre los miembros de la cofradía, asentando sus nombres en el libro de registro, y les asigna una ocupación concreta y un lugar de la ciudad donde desempeñarla, perdonándoles en vista de su ingenio y habilidad el año de noviciado que suelen cumplir todos los novatos.

Nos acercamos ya al desenlace. En el bullicioso patio de Monipodio, los dos jóvenes, Rinconete y Cortadillo, han sido testigos de las buenas ganancias que se pueden obtener formando parte de aquella congregación y de la vida alegre que se dan los ladrones, sus compañeras y la demás gente de este gremio del mal. Las líneas finales del relato nos informan de que pasaron con ellos algún tiempo (el narrador anuncia que contará sus aventuras en una segunda parte); pero asimismo se han dado cuenta de los peligros que los acechan, siempre sujetos a pagar sus delitos con penas de azotes, galeras o muerte si la justicia —una justicia no comprada— los atrapa, por lo que, con buen criterio, finalmente decidirán abandonar la vida delincuente:

Era Rinconete, aunque muchacho, de muy buen entendimiento, y tenía un buen natural; y como había andado con su padre en el ejercicio de las bulas, sabía algo de buen lenguaje, y dábale gran risa pensar en los vocablos que había oído a Monipodio y a los demás de su compañía y bendita comunidad, y más cuando por decir per modum suffragii había dicho per modo de naufragio; y que sacaban el estupendo, por decir estipendio, de lo que se garbeaba; y cuando la Cariharta dijo que era Repolido como un marinero de Tarpeya y un tigre de Ocaña, por decir Hircania, con otras mil impertinencias (especialmente le cayó en gracia cuando dijo que el trabajo que había pasado en ganar los veinte y cuatro reales lo recibiese el Cielo en descuento de sus pecados) a éstas y a otras peores semejantes; y, sobre todo, le admiraba la seguridad que tenían y la confianza de irse al Cielo con no faltar a sus devociones, estando tan llenos de hurtos, y de homicidios, y de ofensas de Dios. Y reíase de la otra buena vieja de la Pipota, que dejaba la canasta de colar hurtada guardada en su casa y se iba a poner las candelillas de cera a las imágenes, y con ello pensaba irse al Cielo calzada y vestida. No menos le suspendía la obediencia y respecto que todos tenían a Monipodio, siendo un hombre bárbaro, rústico y desalmado. Consideraba lo que había leído en su libro de memoria y los ejercicios en que todos se ocupaban. Finalmente, exageraba cuán descuidada justicia había en aquella tan famosa ciudad de Sevilla, pues casi al descubierto vivía en ella gente tan perniciosa y tan contraria a la misma naturaleza; y propuso en sí de aconsejar a su compañero no durasen mucho en aquella vida tan perdida y tan mala, tan inquieta, y tan libre y disoluta. Pero, con todo esto, llevado de sus pocos años y de su poca experiencia, pasó con ella adelante algunos meses, en los cuales le sucedieron cosas que piden más luenga escritura; y así, se deja para otra ocasión contar su vida y milagros, con los de su maestro Monipodio, y otros sucesos de aquellos de la infame academia, que todos serán de grande consideración y que podrán servir de ejemplo y aviso a los que las leyeren (p. xxx).


[1] Reproduzco aquí, con algún leve cambio, unos párrafos de mi introducción a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010. Las citas corresponden a esta edición.

Cervantes y la picaresca: «Rinconete y Cortadillo»

Una primera redacción de Rinconete y Cortadillo[1], la tercera de las Novelas ejemplares, se incluye, junto con El celoso extremeño, en el manuscrito Porras de la Cámara[2], que es posible fechar en torno a 1604 y, como indica García López, «podemos sospechar que Cervantes estuvo en un tris de incorporarlo en la Primera parte del Quijote»[3]. Dado que la influencia del Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (cuya Primera parte se publicó en 1599) es bastante apreciable en esta novela, cabe suponer también que habría sido escrita después de esa fecha, en los primeros años del siglo XVII.

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En efecto, Rinconete y Cortadillo es una narración que adopta varias de las características del relato picaresco inaugurado en 1554 por el anónimo Lazarillo de Tormes y reactualizado en 1599 por el Guzmán, aunque con matices. De hecho, su pertenencia a ese subgénero narrativo ha sido a veces aceptada por la crítica, y en otras ocasiones negada. No cabe duda de que la novela entra en diálogo con los modelos anteriores, Lazarillo y sobre todo Guzmán, pero es igualmente cierto que Cervantes no va a seguir el canon de las narraciones picarescas. Con estas palabras lo explica Zimic:

Rinconete y Cortadillo nace, de hecho, por el estímulo inmediato, poderoso, de Guzmán de Alfarache, pero no por un propósito de imitación o parodia literaria, sino de advertencia crítica, moral sobre los potenciales efectos negativos de su lectura, de su representación de la experiencia picaresca, en lectores desprevenidos. Rinconete y Cortadillo salen de casa por un juvenil deseo emulativo de las andanzas y aventuras de los notorios pícaros de Alemán, de un modo muy semejante a lo que ocurre con D. Quijote respecto a los libros de caballerías. De acuerdo con esta concepción inicial se estructura todo el texto de Rinconete y Cortadillo, lo que explica sus aspectos más esenciales y complejos y, en definitiva, su genial formulación artística, a que también contribuyó la poderosa inspiración que Cervantes encontró en la literatura satírica erasmiana[4].

Por su parte, García López afirma taxativamente que «el relato es inconcebible sin el Guzmán de Alfarache»[5], y apunta que estaría escrito ya en 1604 (el título de la novela se menciona en Quijote, I, 47) y que habría sido revisado con posterioridad a 1609. No cabe ninguna duda de que Cervantes conocía muy bien el molde de la narrativa picaresca; pero en sus relatos va a experimentar con los rasgos característicos del subgénero, empezando por el hecho de que el pícaro protagonista no es uno, sino dos[6]: la pareja formada por Rinconete y Cortadillo, en el caso de esta novela (pero también Carriazo y Avendaño en La ilustre fregona, o Cipión y Berganza en El coloquio de los perros). Además, los jóvenes Rincón y Cortado no van a contar su vida en forma autobiográfica (relato en primera persona), sino que habrá un narrador omnisciente en tercera persona. En fin, como señalara Avalle-Arce, en los acercamientos cervantinos al género picaresco hay lugar para sentimientos positivos como la bondad, la alegría, la esperanza y, sobre todo, la amistad:

Rinconete y Cortadillo tiene un tan vivo trasfondo de retozona alegría juvenil que está en franca y abierta contradicción con las tenebreguras del Guzmán de Alfarache. Sin embargo, la crítica nunca ha vacilado en denominarla una novelita picaresca[7].

Y algo más adelante añade:

Nueva característica a anotar de la picaresca cervantina, que evidentemente camina al soslayo de los cánones confirmados por Mateo Alemán, es el hecho fundamental de que el acto de narrar […] es siempre producto de la contraposición amistosa entre dos individuos. […] La palabra clave, e insustituible, en el concepto cervantino de picaresca, es amistad. Y por aquí hemos vuelto a otro tipo de desencuentro total con la picaresca canónica, cuyo protagonista (un Lazarillo, un Guzmán) es un ser eminentemente insolidario, enemigo de la sociedad, en cuyos extrarradios tiene que vivir. La amistad no cabe en su mezquino espíritu[8].

En suma, tenemos que Cervantes no escribió ninguna novela picaresca stricto sensu, pero sí obras cercanas a la picaresca con las que innovó el género modificando sustancialmente sus rasgos canónicos. Además, reflexionó sobre la picaresca en diversos pasajes (por ejemplo, a través de la introducción en Quijote, I, 22 del personaje de Ginés de Pasamonte). En el caso de Rinconete y Cortadillo, como ha destacado la crítica, los personajes y la ambientación presentan claros rasgos picarescos, pero no sucede lo mismo con la estructura del relato[9].


[1] Distintos aspectos de la novela han sido abordados en los siguientes trabajos, que ofrezco a modo de bibliografía esencial: Ana Montserrat Arranz Pajares, «Estudio del lenguaje de Rinconete y Cortadillo», Letras de Deusto, 27, 76, 1997, pp. 9-28; María Antonia Bel Bravo, «El mundo social de Rinconete y Cortadillo», en Ignacio Arellano, Carmen Pinillos, Marc Vitse y Frédéric Serralta (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. 3, Prosa, Pamplona /Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 45-54; Bernard P. E. Bentley, «El narrador de Rinconete y Cortadillo y su perspectiva movediza», en Ignacio Arellano, Carmen Pinillos, Marc Vitse y Frédéric Serralta (eds.), Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993), vol. 3, Prosa, Pamplona /Toulouse, GRISO / LEMSO, 1996, pp. 55-66 y «Una lectura emblemática del patio de Monipodio en Rinconete y Cortadillo», en Christoph Strosetzki (ed.), Actas del V Congreso Internacional de la Asociación Internacional Siglo de Oro (AISO), Münster, 20-24 de julio de 1999, Vervuert, Iberoamericana, 2001, pp. 206-214; Stephen Boyd, «Un espacio ejemplar cervantino: el patio de Monipodio en Rinconete y Cortadillo», en Francisco Domínguez Matito y María Luisa Lobato (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. I, pp. 353-364; José Pascual Buxó, «Estructura y lección de Rinconete y Cortadillo», Lavori Ispanistici, II, 1970, pp. 69-96; Gonzalo Díaz Migoyo, «Lectura protocolaria del realismo en Rinconete y Cortadillo», en Antonio Torres Alcalá et al. (eds.), Josep María Solà-Solé: Homage, homenaje, homenatge (Miscelánea de estudios de amigos y discípulos), Barcelona, Puvill, 1984, pp. 55-62; Eleodoro J. Febres, «Rinconete y Cortadillo: estructura y otros valores estéticos», Anales cervantinos, XI, 1972, pp. 97-111; Lilia Elda Ferrario de Orduna, «Rinconete y Cortadillo y las estrategias narrativas en Cervantes», en José Ángel Ascunce Arrieta (coord.), Estudios sobre Cervantes en la víspera de su Centenario, vol. 2, Kassel, Reichenberger, 1994, pp. 483-490; Dian Fox, «The Critical Attitude in Rinconete y Cortadillo», Cervantes, III, 2, 1983, pp. 135-148; Jorge García López, «Rinconete y Cortadillo y la novela picaresca», Cervantes, XIX, 1999, pp. 113-122; María Luisa García-Macho, «La lengua de las Novelas ejemplares: Rinconete y Cortadillo», Anuario de Estudios Filológicos, 32, 2009, pp. 107-122; Alfredo Hermenegildo, «La marginación social de Rinconete y Cortadillo», en Manuel Criado de Val (dir.), La picaresca. Orígenes, textos y estructuras. Actas del I Congreso Internacional sobre la Picaresca, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1979, pp. 553-562; Francisco Rodríguez Marín, «Rinconete y Cortadillo», novela de Miguel de Cervantes Saavedra, 2.ª ed., Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1920; Alberto Sánchez, «Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño: claves narrativas en el contexto literario cervantino», en Imago Hispaniae. Homenaje a Manuel Criado de Val, Kassel, Reichenberger, 1989, pp. 513-535; José Luis Varela, «Sobre el realismo cervantino en Rinconete», Atlántida, VI, 1968, pp. 434-449; Francisco Ynduráin, «Rinconete y Cortadillo: de entremés a novela», Boletín de la Real Academia Española, XLVI, 1966, pp. 321-333; Stanislav Zimic, «Rinconete y Cortadillo en busca de la picaresca», Acta Neophilologica, XXV, 1992, pp. 31-71, y Alicia R. Zuese, «Criminal Eloquence: The World of Communication in Cervantes’s Rinconete y Cortadillo», Revista de Estudios Hispánicos, 1, 2010, pp. 7-30.

[2] Ahí figura bajo el título Novela de Rinconete y Cortadillo, famosos ladrones que hubo en Sevilla, la cual así pasó en el año 1569. En esta versión primitiva se incluía un episodio (el de la Cariharta y el bretón) que, al publicarse las Novelas ejemplares en 1613, se incorporaría a El coloquio de los perros.

[3] García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2005, p. LVII.

[4] Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996, p. 85. Para la relación Cervantes-Alemán ver Joseph V. Ricapito, «Cervantes y Mateo Alemán, de nuevo», Anales cervantinos, XXIII, 1985, pp. 1-7; y Monique Joly, «Cervantes y la picaresca de Mateo Alemán: hacia una revisión del problema», en Jean Canavaggio (ed.), La invención de la novela, Madrid, Casa de Velázquez, 1999, pp. 269-276. Para la influencia de Erasmo en España y en Cervantes, ver Marcel Bataillon, Erasmo y España: estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI, México, Fondo de Cultura Económica, 1979 y Antonio Vilanova, Erasmo y Cervantes, Barcelona, Lumen, 1989.

[5] García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, p. LVII.

[6] Para la tradición de los dos amigos, ver Juan Bautista Avalle-Arce, «Una tradición literaria: el cuento de los dos amigos», Nueva Revista de Filología Hispánica, XI, 1957, pp. 1-35; y Francisco Ayala, «Los dos amigos», Revista de Occidente, X, 1965, pp. 287-306.

[7] Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, p. 592.

[8] Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», p. 594.

[9] Reproduzco aquí, con algunos ligeros cambios, unos párrafos de mi introducción a Miguel de Cervantes, Novelas ejemplares (La gitanilla. Rinconete y Cortadillo), ed. de Carlos Mata Induráin, Madrid, Editex, 2010.

«El amante liberal», novela ejemplar de Cervantes: argumento y valoración

En la colección de doce relatos que forman las Novelas ejemplares, El amante liberal ocupa el segundo lugar, después de La gitanilla y antes de Rinconete y Cortadillo. Con respecto a su datación, y a la vista de los recuerdos autobiográficos del cautiverio y la cercanía con Los baños de Argel, la crítica se ha inclinado por considerar temprana la fecha de su redacción. Cabría pensar que la novela publicada en 1613 es una reelaboración, hecha hacia 1610-1612, de una pieza más antigua, tal como escribe Jorge García López: «En conjunto, pues, predomina el recuerdo sentimental de una vivencia lejana y asumida. Ahí creemos reconocer las trazas de un relato antiguo, recuperado —y quizá reescrito— para redondear la colección de 1613»[1].

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El amante liberal responde al patrón de la novela bizantina o de aventuras griegas y se encuadra, por tanto, entre las novelas de corte idealista de las Ejemplares. Como es habitual en este tipo de obras, la trama es bastante complicada y se aprecia la influencia italiana en lo que respecta a las técnicas narrativas. Cuenta la historia de Ricardo y Leonisa, dos jóvenes sicilianos, naturales de la ciudad de Trápana, que son cautivados en una razia de corsarios turcos; al final, ambos recobrarán la libertad, pero será tras el desarrollo de una trama llena de peripecias: naufragio del bajel de Leonisa, cautividad de ambos, enredos amorosos diversos, combate final entre galeotas turcas, etc. Cuando se produce su apresamiento, Ricardo está enamorado de Leonisa, pero ella le desdeña, atendiendo a lo dispuesto por su familia, que ha decidido su matrimonio con Cornelio, descrito como un lindo (todo esto se lo explica Ricardo a su amigo Mahamut, un renegado, en las primeras páginas de la novela). Los dos fueron capturados al mismo tiempo, pero iban en distintas embarcaciones; la de Leonisa naufragó y Ricardo la dio por muerta. Sin embargo, la joven sobrevivió y fue comprada por un mercader judío, que la ha llevado hasta Nicosia con la esperanza de que se la compre Alí Bajá, el gobernador saliente, o bien Hazán Bajá, que viene a sustituirlo en el cargo.

De la hermosa joven se enamoran (o más bien arden en deseos de gozar su belleza) primero el propio mercader judío; luego, los dos gobernadores, el entrante y el saliente, que inmediatamente quedan prendados de ella al admirar su belleza, y también un cadí viejo (el relato pondrá de relieve los «torpes deseos», el «apetito lascivo» de estos personajes musulmanes). Alí Bajá y Hazán Bajá ofrecen la elevada suma que el mercader judío pide por la cautiva y se enfrentan entre sí; para que la disputa no vaya a más, el cadí decide que la muchacha sea llevada a Constantinopla y ofrecida como regalo al Gran Señor (el Gran Turco), y sentencia que, mientras ello se realiza, quedará recogida en su casa. En realidad, lo hace porque él también se ha prendado de la hermosura de la muchacha. Sea como sea, en medio de todos sus trabajos y adversidades, Leonisa consigue mantener intacta la entereza de su honor. El renegado Mahamut, un palermitano amigo de Ricardo, logra que su amo el cadí lo compre y lo lleve a su casa, lo que permite el reencuentro con Leonisa (a la que Ricardo, recordemos, creía muerta en el naufragio). Por otra parte, Halima, la esposa del anciano cadí, que es hija de griegos cristianos, se prenda del joven Ricardo, que ahora usa el nombre fingido de Mario. El cadí decide emprender el viaje a Constantinopla con la secreta intención de gozar de Leonisa y quedarse con ella; excusará su entrega al Gran Turco diciendo que la joven ha fallecido durante el viaje. En su proyectado plan, esto le permitirá al mismo tiempo deshacerse de su esposa Halima: la matará y dirá que el cuerpo que arrojan al mar es el de la cautiva cristiana.

En la parte final de la novela, los dos gobernadores se hacen a la mar en sendas galeotas y salen al encuentro del bajel del cadí, al que atacan. Aprovechando el destrozo que se causan entre sí las fuerzas turcas, Ricardo, Mahamut y otros cristianos logran hacerse con el control de su embarcación y hunden la otra, dejando marchar al cadí en su propio barco. Recobrada la libertad, Ricardo y Leonisa retornan a Trápana; allí, delante de sus familias y de todos los principales de la ciudad, incluido el gobernador, Ricardo quiere hacer gala de su liberalidad (a esto alude el título) y decide entregar a Leonisa a Cornelio, el afeminado pretendiente con el que la familia de la doncella había dispuesto su matrimonio:

—Ves aquí, ¡oh Cornelio!, te entrego la prenda que tú debes de estimar sobre todas las cosas que son dignas de estimarse; y ves aquí tú, hermosa Leonisa, te doy al que tú siempre has tenido en la memoria. Ésta sí quiero que se tenga por liberalidad, en cuya comparación dar la hacienda, la vida y la honra no es nada (p. 157).

Sin embargo, inmediatamente se corrige, porque se da cuenta de que él no puede disponer de algo que no es suyo:

—¡Válame Dios, y cómo los apretados trabajos turban los entendimientos! Yo, señores, con el deseo que tengo de hacer bien, no he mirado lo que he dicho, porque no es posible que nadie pueda mostrarse liberal de lo ajeno. ¿Qué jurisdición tengo yo en Leonisa para darla a otro? O ¿cómo puedo ofrecer lo que está tan lejos de ser mío? Leonisa es suya, y tan suya, que, a faltarle sus padres, que felices años vivan, ningún opósito tuviera a su voluntad (pp. 157-158).

Leonisa, convencida ahora por el comportamiento de Ricardo, decide mostrarse agradecida y declara su amor por el joven, de forma que todo termina felizmente en boda. Casarán también Halima y Mahamut, reconciliados ambos con la Iglesia:

Todos, en fin, quedaron contentos, libres y satisfechos, y la fama de Ricardo, saliendo de los términos de Sicilia, se estendió por todos los de Italia y de otras muchas partes, debajo del nombre del amante liberal, y aún hasta hoy dura en los muchos hijos que tuvo en Leonisa, que fue ejemplo raro de discreción, honestidad, recato y hermosura (p. 159).

El amante liberal es uno de los relatos menos valorados de la colección de Novelas ejemplares. Como principales defectos se han señalado lo estereotipado de la narración, con personajes planos que no cambian en el transcurso de la acción (o que apenas lo hacen: Ricardo sí madura durante su cautiverio; valga decir que, como Cervantes, aprendió a tener paciencia en las adversidades…); el exceso de lances y peripecias (la ventura o fortuna zarandea continuamente a los personajes) y lo inverosímil de muchos de los episodios; a ello se suma también lo extenso de algunos parlamentos (lo que va en detrimento de la acción; esos largos discursos son necesarios, precisamente, para contar acciones ocurridas anteriormente y que unos personajes refieren a otros); en fin, se critica asimismo el propio excesivo idealismo. En última instancia, como he señalado, se llega a un final feliz, con el triunfo del amor (y de la libertad) sobre todas las adversidades. El amor, la hermosura y la virtud (la liberalidad de Ricardo) obtienen su merecida recompensa.

Esta es la valoración que la novela mereció a Juan Luis Alborg:

La mayoría de los críticos conviene en suponer que ésta fue una de las primeras novelas escritas, y también la más floja de la serie. Por su tema se emparenta con las comedias cervantinas de cautivos, y en buena parte aprovecha una vez más abundantes recuerdos y experiencias de la vida militar y marítima del autor y de su estancia en Argel, aunque la acción no tiene lugar aquí sino en Turquía, y los protagonistas no son españoles sino sicilianos. Digamos de pasada que esta novela y La señora Cornelia son las únicas Ejemplares con escenarios y personajes extranjeros. El amante liberal pertenece inequívocamente al grupo de las de corte italiano. Su asunto consiste en las complicadas peripecias de dos jóvenes enamorados, Ricardo y Leonisa, prisioneros de los turcos, que vencen todas las asechanzas amorosas de que son objeto en el cautiverio y logran al cabo la libertad. La excesiva inverosimilitud de muchos pasajes y el exaltado romanticismo, no menos excesivo, del protagonista, son los fallos más destacados de esta novela, que no carece tampoco de aspectos positivos, entre ellos las bellas descripciones de la vida del mar y la innegable amenidad que se origina de la movida acción del relato[2].

Más recientemente ha escrito Jorge García López:

El segundo relato no es más que una «novela bizantina», y ahí reside gran parte de su valor: reducir la dilatada peripecia de Heliodoro a la suma de unas breves páginas. Unas pinceladas —desde un inicio in medias res— que bastan a Cervantes para poner en pie todos los resortes del romance clásico: pocos de ellos faltan en el hipotético inventario de procedimientos; pero también a la inversa: inunda el relato corto, realista, con procedimientos afines al romance. Por si fuera poco, introduce variaciones apreciables sobre el consabido esquema bizantino: el crecimiento anímico de los personajes, la consagración de la peripecia novelesca como aventura psicológica. Ricardo entiende, al fin, que el amor no puede ser más que una donación conscientemente libre de la voluntad. Por otra parte, el autor emplaza a sus héroes en escenarios geográficos conocidos, familiares al lector de la época, actualizando el relato clásico, incorporándolo a la experiencia presente. Aunque no esboza descripciones: su geografía se limita a un inventario de topónimos. Aparece ahí alguna significativa confusión: el autor no había conocido el Mediterráneo oriental[3].

En definitiva, El amante liberal es un relato idealista, escrito en el molde de la novela bizantina. Con comienzo in medias res (lamentación de Ricardo ante las ruinas de Nicosia) y vaga ambientación en el Mediterráneo oriental (para crear la ambientación geográfica Cervantes, más que dar descripciones precisas, ofrece una mera enumeración de topónimos), esta novela protagonizada por los jóvenes Ricardo y Leonisa incluye, como ya quedó indicado, ecos autobiográficos del cautiverio en Argel de su autor. De hecho, uno de los aspectos positivos destacados por la crítica es la detallada descripción del mundo musulmán (organización política y administrativa, ceremonias religiosas, clases sociales, costumbres, vestidos, etc.)[4].


[1] Jorge García López, en su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Crítica, 2001, p. 110, nota. Ver para más detalles sobre la datación de la novela las pp. LVI-LVII de su prólogo. Todas las citas serán por esta edición.

[2] Juan Luis Alborg, Historia de la literatura española, II, Época barroca, 2.ª ed., 4.ª reimp., Madrid, Gredos, 1983, p. 103.

[3] García López, en su edición de las Novelas ejemplares, p. 109, nota. Y añade: «Por lo demás, Cervantes esgrime capítulos de su propia vida: “rellena” la forma clásica de experiencia viva. La evocación de Argel presta materiales al relato, avecindándolo a alguna pieza dramática primitiva (Los baños de Argel), donde aparecen personajes comunes, y a una de las novelas intercaladas en el primer Quijote (El capitán cautivo)» (p. 109).

[4] Sobre esta cuestión, ver ahora Sabyasachi Mishra, «El mundo islámico en El amante liberal de Cervantes», Hipogrifo. Revista de literatura y cultura del Siglo de Oro, 6.2, 2018, pp. 167-173.

Un soneto a «Marcela» de María del Pilar Contreras

Comentaba en una entrada anterior que María del Pilar Contreras y Alba (Alcalá la Real, Jaén, 1861-Madrid, 1930), escritora y compositora, es autora de un tríptico de sonetos dedicado a «Mujeres del Quijote», dedicados a Dulcinea, Marcela y Maritornes. Hace unos días transcribimos aquí el titulado «Dulcinea». Copiaré hoy el segundo de ellos, el dedicado a «Marcela»:

Marcela1

En un fondo de luz, ricos pinceles
perfilan sus contornos ideales;
pastora en su pensil, los manantiales
su belleza sin par retratan fieles.

Sus labios, que al hablar destilan mieles,
producen en las almas hondos males;
sus ojos de miradas celestiales
a fuerza de ser bellos son crueles.

De su vida el idilio de ventura
turba el amor que enardecido siente
la funesta atracción de su hermosura;

y al salir de la lucha victoriosa,
Marcela encarna la expresión viviente
de la virtud triunfante y valerosa[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 41, pero introduzco algún leve retoque en la puntuación.

Un soneto a «Dulcinea» de María del Pilar Contreras

María del Pilar Contreras y Alba (Alcalá la Real, Jaén, 1861-Madrid, 1930) fue una fecunda escritora en poesía, teatro y prensa, además de compositora. Entre sus obras se cuentan sus seis volúmenes de Teatro para niños (1910), el sainete Ensayo general (1911), Niños y flores (1913), zarzuela en un acto y en verso para párvulos, Los caprichos de doña Casimira, o las tres apariciones (1917), comedia lírica en tres actos, Muñecos y muñecas, o las niñas en el bazar (1917), zarzuela en un acto y en verso, o Qué cosas tienes, Benita (1917), juguete cómico lírico. Tras su matrimonio con Agustín Rodríguez Martín, vicecónsul del Perú, pasó a firmar sus obras como María del Pilar Contreras de Rodríguez.

En su producción poética se cuenta un himno «A Cervantes» y un tríptico de sonetos dedicado a «Mujeres del Quijote», dedicados a Dulcinea, Marcela y Maritornes. Reproduzco hoy el primero de ellos, «Dulcinea»:

Dulcinea

Mujer soñada que la mente crea
para que amor le rinda pleitesía,
la vista en su belleza se extasía
y el alma en sus virtudes se recrea.

Al surgir en el mundo de la idea
toda pureza y luz, toda poesía,
le da el genio inmortal de la hidalguía
el nombre original de Dulcinea.

Para solaz de espíritus perdura,
encarnado en su ser, el simbolismo
sublime del amor, y su figura

por la llama del arte engrandecida
es suprema expresión del idealismo
y es la ilusión, encanto de la vida[1].


[1] Tomo el texto de Enrique Vázquez de Aldana, Cancionero cervantino. En el cuarto centenario de don Miguel de Cervantes Saavedra, Madrid, Ediciones Stvdivm de Cultura, 1947, p. 40, pero introduzco algún leve retoque en la puntuación. Además, en el verso sexto enmiendo la lectura «todo poesía»: prefiero «toda poesía», como «toda pureza y luz», ya que se sigue refiriendo a Dulcinea.

El díptico de sonetos «La canción de Altisidora», de José Restrepo Rivera

El colombiano José Restrepo Rivera, más conocido por su faceta como artista plástico (pintor, dibujante y paisajista) que como literato, nació en Envigado, en el departamento de Antioquia, el 21 de febrero de 1886 y murió en Medellín el 3 de diciembre de 1958. El 29 de abril de 1916 —es decir, en el contexto de las celebraciones del III Centenario de la muerte de Cervantes—, apareció publicado en el número 284-285 de la revista El Gráfico de Bogotá un díptico de sonetos titulado «La canción de Altisidora», cuyo contenido explica así David Jiménez:

Los dos sonetos de Restrepo Rivera sobre el episodio de los amores fingidos de Altisidora parecen inspirados por una frase de don Quijote en el capítulo 44 de la segunda parte, cuando la duquesa le ofrece cuatro doncellas de las más hermosas para servirle. El caballero responde que ha levantado una muralla entre sus deseos y su honestidad. El primer soneto se refiere a los deseos: exhorta a don Quijote a echar abajo la muralla y permitir que, aunque engañosos, alborocen su espíritu y pongan fin a su desvelo. El segundo lo anima a mantener en alto la muralla, pues el goce sensual será breve frente a la eternidad del amor. La muralla es Dulcinea[1].

AltisidoraydonQuijote

He aquí el texto de los dos sonetos:

I

Hidalgo sin amor y sin ventura,
que ante los puntos de tus medias verdes
en un abismo de dolor te pierdes,
humillando la escuálida figura.

Depón, cuitado, tu dolor, ahora
que cantando se llega hasta tus rejas
ese alado decir de amantes quejas
con que te miente amor Altisidora.

Lírico engaño que tu pecho expande
y tu esforzado espíritu alboroza,
poniendo grato fin a tu desvelo.

¡Mentira sabia y luminosa y grande,
como es sabia y es grande y luminosa
esta mentira azul del vasto cielo![2]

II

¡Mas no, señor hidalgo! El breve gozo
no exaltará tu ánimo, que ausente
está el Amor, y la encendida mente
y el noble corazón, en el Toboso.

Que mente y corazón jamás rendida
verán tu fama al lisonjero ruego;
ni han de vencer al paladín manchego
el dulce engaño o la canción mentida…

Que si es dulce el engaño y es hermosa
la que te miente amor, otra es tu dama,
¡oh, Señor del Ensueño y de la Idea!,

otro el anhelo que tu sed rebosa,
y otro el fuego divino en que se inflama
tu locura triunfante: ¡Dulcinea![3]


[1] En «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 278.

[2] esta mentira azul del vasto cielo: esta formulación recuerda el último terceto del soneto de «uno de los Argensola»  (¿Bartolomé o Lupercio?) titulado «A una mujer que se afeitaba y estaba hermosa», que dice así: «Porque ese cielo azul que todos vemos, / ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande / que no sea verdad tanta belleza!».

[3] Tomo el texto de «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», pp. 277-278, citándolo con ligeros retoques.

El soneto «Quijote y Sancho» de Carlos E. Restrepo

El autor de este poema, Carlos Eugenio Restrepo Restrepo (Medellín, 1867-Medellín, 1937), fue presidente de Colombia entre los años 1910 y 1914. Conservador moderado, fundador y dirigente de Unión Republicana, Restrepo ejerció laboralmente como abogado y desempeñó diversos cargos públicos a lo largo de su carrera política, pero no cuenta en su haber con obras literarias.  Como señala David Jiménez,

Carlos E. Restrepo figura en la historia de Colombia como político y presidente de la República, no como poeta. Su soneto «Quijote y Sancho» carece de todo interés si se lee exclusivamente como una repetición de los tópicos ya exhaustos del loco sublime y el burdo escudero. El giro que toma el poema al referirse a un «nuevo» Sancho, «el sajón rudo», permite reinterpretarlo como una versión del arielismo de comienzos del siglo XX. Don Quijote, encarnación del idealismo, el honor y el espíritu desinteresado y heroico, sería el símbolo del espíritu latino, contrapuesto a los valores sanchopancescos de la cultura sajona. La intervención norteamericana en la separación de Panamá puede haber servido como pretexto histórico para estos versos[1].

El soneto vuelve una vez más sobre la tradicional dicotomía idealismo / materialismo encarnada por don Quijote y Sancho. En su último terceto alude a los azotes que el escudero debía darse «en ambas sus valientes posaderas» con el fin de librar a Dulcinea de su supuesto encantamiento. El texto es como sigue:

¡Oh Quijote inmortal, loco sublime
a quien el miedo avasallar no pudo,
ciñe el casco otra vez, toma el escudo,
alza el penacho y el lanzón oprime!

El ideal bajo la carne gime:
abate al nuevo Sancho, al sajón rudo
y tras heroico batallar sañudo
los fueros del espíritu redime.

Sancho es el interés y tú la idea;
él traficante vil, tú caballero;
tú buscas el honor, él la pitanza.

¡Haz que en pro de la eterna Dulcinea
humillado te sirva de escudero
y se azote la carne Sancho Panza![2]

Gueli-Zorzhev-Don-Quijote-y-Sancho-Panza


[1] En «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», selección y comentarios de David Jiménez con la colaboración de Bibiana Castro, Literatura: teoría, historia, crítica, 7, 2005, p. 255.

[2] Publicado originalmente en Cervantes en Antioquia. En el cuarto centenario del nacimiento de don Miguel de Cervantes Saavedra, Medellín, Universidad de Antioquia, 1947, p. 209. Recogido en «Don Quijote en la poesía colombiana. Antología», p. 255, por donde cito, con ligeros retoques (suprimo las tildes en tóma, álza, opríme, abáte, redíme y pró).

«Caballero andante», una evocación quijotesca de Antonio Silvera Arenas

Traigo hoy al blog una breve evocación quijotesca, «Caballero andante», del poeta colombiano Antonio Silvera Arenas:

Nació en Barranquilla en el año 1965. Estudió la carrera de Estudios Literarios en la Universidad Nacional de Colombia, orientando sus reflexiones en estudios medievales y del renacimiento. Cursó la especialización en Literatura del Caribe, en la Universidad del Atlántico. Es profesor de literatura en universidades de Barranquilla, en donde vive actualmente. […] Es autor de Mi sombra no es para mí (1990), Selección de poemas (1992), Edad de hierro / Mi sombra no es para mí (1998) y de poemas publicados en revistas colombianas. Aparece en dos antologías: Antología de poesía colombiana, de Rogelio Echavarría, e Inventario a contraluz. Por el valor estético de su primer libro, en el año 1993 fue seleccionado como becario en el encuentro de escritores menores de 30 años, denominado Foro Joven, realizado en Mollina, Málaga, España[1].

El texto del poema, que por su sencillez no requiere mayor comentario, reza así:

Es bueno a veces
ensillar el decrépito caballo
y vestir nuestra triste figura
con la vieja armadura del abuelo.

Es bueno a veces…
Aunque nadie comprenda
nuestra empresa
y hasta la noble Dulcinea
se burle sin piedad de nuestros sueños[2].

DonQuijote2.jpg


[1] Datos bio-bibliográficos del autor incluidos en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, selección, prólogo y notas de Fabio Jurado Valencia, Bogotá, Común Presencia Editores, 2011, p. 387.

[2] Texto del poema recogido en Poesía colombiana. Antología 1931-2011, p. 390.

La comicidad escénica en el «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila

Además de la verbal, la comicidad escénica del entremés[1] es notable, y así lo subrayan las distintas acotaciones, que nos hablan de vestidos y accesorios ridículos. Escenas que se prestan especialmente a la gestualidad exagerada son la pelea con el arriero, que se defiende con un caldero del ataque de la lanza quijotesca; el sueño —hemos de suponer que profundo— de Sancho Panza mientras su amo se da a la lírica, y luego su despertar sobresaltado; la acción de ser armado caballero don Quijote por el ventero, que debemos imaginar igualmente grotesca; o la ridícula entrada de la supuesta Dulcinea acompañada de otros supuestos caballeros («cuatro pícaros de figurillas») con el consiguiente besamanos.

Don Quijote es armado caballero

Veamos algunos ejemplos de estas dicascalias:

Sale el ventero con una estaca en la mano (acot. inicial).

Hácense a un lado el Ventero y su Mujer y salen a lo pícaro don Quijote de la Mancha y Sancho Panza, su escudero, lo más ridículo que ser pudiere, y don Quijote salga con una lancilla y morrión de papel (acot. tras v. 30).

Sale el Ventero con unas armas de esparto o de guadamací, de modo que provoquen la risa (acot. tras v. 167).

Échase a dormir a un lado en el suelo Sancho Panza, y anda don Quijote alrededor de las armas, a modo de velarlas (acot. tras v. 200).

Sale el Arriero con el caldero y tropieza en las armas y desbarátaselas (acot. tras v. 227).

Dale [don Quijote] con la lanza al Arriero, y él repara el golpe con el caldero (acot. tras v. 241).

Levántase alborotado [Sancho Panza] (acot. tras v. 248).

Vuelve a salir el Ventero con un estoque viejo (acot. tras v. 275).

Dale tres golpes con el estoque y levántase don Quijote (acot. tras v. 297).

Toquen atabalillos, y salen los Músicos delante, y detrás dellos cuatro pícaros de figurillas, y otros cuatro con un palio hecho de una manta vieja, y debajo dél Marina, la moza del ventero, vestida a lo ridículo (acot. tras v. 311).

Van llegando [los caballeros] y besándole la mano [a don Quijote] con mucha cortesía (acot. tras v. 325).

En suma, el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de Francisco de Ávila constituye una temprana adaptación teatral del Quijote, interesante por dar comienzo a las versiones dramáticas de la novela cervantina en el teatro breve. Estamos ante uno de los primeros hitos de la que será una fructífera descendencia. La obra, adaptación libre del modelo, toma como punto de partida diversos sucesos de la Primera Parte (en especial los capítulos I, 2-3), pero también se aprecian influencias de la Segunda (la traza del ventero para que Marina desempeñe el papel de Dulcinea y el chiste verbal con los superlativos en –ísimo). En fin, la parodia —parodia de una parodia— se sustenta en una comicidad continuada, notable tanto en el plano verbal como en el escénico[2].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

La comicidad verbal en el «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» de Francisco de Ávila

Varios de los personajes del Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de Francisco de Ávila[1], incluido don Quijote, usan términos vulgares como reconcomio, bodigo (v. 72), zarandajas (v. 143), regüeldo (v. 165), gargajo (v. 256) o frases hechas y expresiones coloquiales como irse con los diablos (v. 2), va de cuenta (v. 30), quedar a escuras (v. 127), tener las tripas hechas rajas (v. 144), estar hecho un estafermo (v. 199), dormir la zorra entre esos trigos (v. 237), todo saldrá después en la colada (v. 254), ser bienvenida como el agua de mayo (v. 305), ser un contento (v. 309), sol de hebrero (v. 344). El lenguaje coloquial se refuerza con insultos: borracho (vv. 228, 236, 243), vil andante (v. 229), necio (v. 284); algún juramento: por vida de Sancho (p. 252); y un refrán: «Piquen al pueblo, amigos, que aquí hay pulgas» (v. 95).

En cualquier caso, el apartado más productivo es el de las dilogías y juegos de palabras, como este basado en la homofonía de Mancha (topónimo) / mancha:

DON QUIJOTE.- Con eso dejaré nombre en la Mancha.

SANCHO.- Hartas manchas tenemos sin que busques
otra mancha mayor para dejalla (vv. 76-78).

Otra dilogía se basa en las distintas acepciones de velar (v. 283), en un pasaje en el que se juega con ‘velar las armas’ y ‘velar a los muertos’, significado operativo porque Sancho dice que están «muertos de hambre». Similar es el juego dilógico de tragar la tierra ‘desaparecer’ y ‘morir’ (vv. 262-263). Otro chiste verbal surge a propósito de la palabra cadena; don Quijote la ofrece como recompensa tópica a un criado, pero Sancho la entiende en otro sentido:

DON QUIJOTE.- Si esta grandeza alcanzo, Sancho Panza,
al cuello te he de echar una cadena.

SANCHO.- ¡Plegue a Dios que algún día no me vea,
por tu temeridad y tu locura,
metido en una sarta de galeotes,
rapadita la barba y los bigotes! (vv. 270-275).

Galeotes

Más interesante es la dilogía de caballero (‘caballero andante’ y ‘miembro de la nobleza’), pues el sentido en que interpreta Sancho la palabra introduce un indudable elemento de crítica social[2]:

VENTERO.- ¿A qué se obliga el noble caballero
que se tiene por tal?

DON QUIJOTE.- A muchas cosas.

SANCHO.- A no pagar jamás lo que debiere,
a gastar, mal gastado, el mayorazgo;
a jugar, a putear, a darse a vicios,
y no emplearse nunca en buenas obras (vv. 286-291).

Otro recurso verbal es la onomástica burlesca: como vimos, los caballeros que forman la ficticia corte de Dulcinea son el Señor de Sarna, Cangilón de Capadocia, el gran Condestable Papandujo y el Almirante de Modorra. La mención de cada uno de esos nombres da paso a un chiste. Del primero se especifica que es «sangre ilustre del Sabañón barbado» (v. 327). En Cangilón de Capadocia no hay que descartar la alusión sexual a través de la disociación capado; de él se dice que «come muy bien […] morcillas», o sea, que es literalmente un «príncipe de la sangre» (hay chistes similares en algunas comedias burlescas). También la mención de Papandujo se completa con un chiste de Sancho: «Pues échenle entre pajas, no se pierda» (v. 336), ya que papandujo es «pasado de maduro, como sucede en las frutas» (DRAE).

Otro apartado notable de comicidad verbal viene dado por la inclusión de rimas jocosas y esdrújulas: don Quijote / cogote (vv. 60-61); y, en el baile final, don Quijote / almodrote (vv. 312-313 y 349-350) y poco más adelante bigote / don Quijote / almodrote (vv. 356-358). Además, debemos mencionar el soneto pseudo-amoroso de rimas esdrújulas ridículas que declama el caballero, en el que apreciamos también alguna creación verbal jocosa (ándigo por ando, en rima con rostro pándigo):

DON QUIJOTE.- Paredes tenebrosas y escurísimas,
rejas de hierro fuerte y celebérrimo,
escuchad, si queréis, mi mal intérrimo,
si es que estáis a mi pena piadosísimas.
Pero, ¡ay de mí!, que os hallo muy altísimas
y tengo aqueste pecho tan pulquérrimo,
que, aunque quiera llorar mi mal acérrimo,
os hallo siempre crueles y durísimas.
Decidle de mi parte al sol clarífico
de aquesa bella infanta por quien ándigo
de la misma color que están los dátiles,
que me muestre su pecho más magnífico,
que no es razón que tenga el rostro pándigo
quien goza de unas luces tan errátiles (vv. 201-214).

Otro interesante juego se da con los superlativos en –ísimo:

DON QUIJOTE.- … en mí tendréis un rey aplacentísimo.

SANCHO.- Y en mí tendréis un flaco escuderísimo (vv. 341-342),

donde creo que es patente la influencia de un célebre pasaje de la Segunda Parte del Quijote. En efecto, el empleo humorístico del sufijo superlativo en –ísimo recuerda el momento en que Sancho, tras la intervención de la dueña Dolorida (que usa las formas poderosísimo, hermosísima, discretísimos, cuitísima, Manchísima, escuderísimo…), introduce muchos otros superlativos cómicos, aplicando también el sufijo a adjetivos, a sustantivos e incluso a un verbo:

—El Panza […] aquí está, y el don Quijotísimo asimismo, y, así, podréis, dolorosísima dueñísima, decir lo que quisieridísimis, que todos estamos prestos y aparejadísimos a ser vuestros servidorísimos (II, 38, p. 940)[3].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Ver Alfredo Baras Escolá, «Una lectura erótica del Quijote», Cervantes: Bulletin of the Cervantes Society of America, 12.2, 1992, pp. 79-89, p. 85.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).