El subgénero de la comedia de magia

La comedia de magia —continuadora, en cierta manera, de la comedia de santos aurisecular— es uno de los géneros dramáticos más populares del siglo XVIII. Dado que existe bibliografía pertinente (pienso sobre todo en trabajos de Álvarez Barrientos, Caldera o Caro Baroja, entre otros), me limitaré aquí a recordar algunos datos esenciales que sirvan para establecer el contexto literario de la pieza que voy a comentar en próximas entradas, la comedia burlesca Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia.

ComediademagiaDomenech1La comedia de magia, junto con la comedia heroica o militar y la comedia de santos, pertenece al bloque de las denominadas por Luzán «comedias de teatro» (La Poética, Libro II, cap. I), esto es, aquellas de enorme vistosidad que explotan los más diversos recursos escenográficos, el uso de bastidores, de la tramoya y la música, y que presentan continuas mutaciones escénicas. Se trata de un teatro de imaginación concebido expresamente para la diversión del público, cuyo gusto buscan seguir los autores; de ahí que conociera un enorme éxito popular[1], al mismo tiempo que suscitó las diatribas de los preceptistas neoclásicos «por no reducirse [estas obras] a las reglas y por considerarlas restos del oscurantismo y de la tradición»[2]. Su escenografía resultaba muy compleja, pero los efectos empleados no eran un mero adorno, sino una necesidad provocada por las acciones del mago protagonista, «que transforma la realidad según sus necesidades»[3]. Además del aparato de las mutaciones, que buscan impresionar al espectador, pero sin alejarse de una deseada verosimilitud, explotaban otros recursos como el empleo de disfraces y los cambios de personalidad de los personajes. Además, en estas obras la música desempeñaba una función muy destacada[4].

La comedia de magia ocupa buena parte del panorama teatral —español y europeo— del siglo XVIII y fue, en palabras de Mesonero Romanos, áncora de salvación para muchas compañías y teatros. Aunque se prohibieron en 1788, esta medida fue transitoria y muy poco efectiva, y todavía en el siglo XIX conoció momentos de esplendor: la siguieron cultivando autores importantes como Hartzenbusch, Bretón de los Herreros o Tamayo y Baus (aunque la más famosa del periodo decimonónico fue la versión de La pata de cabra preparada en 1828 por Juan de Grimaldi) y, como ha destacado Álvarez Barrientos, a este género debe el drama romántico muchas de sus innovaciones formales y técnicas.

Pues bien, en este contexto de teatro espectacular, de aparato, se inscribe la comedia Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, que analizaré en las próximas entradas[5].


[1] Véanse los datos ofrecidos por René Andioc, Teatro y sociedad en el Madrid del siglo XVIII, Madrid, Castalia / Fundación Juan March, 1976, pp. 36-43.

[2] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, p. 13. Por su parte, Emilio Palacios Fernández, «La comedia de magia», en Francisco Aguilar Piñal (ed.), Historia literaria de España en el siglo XVIII, Madrid, Editorial Trotta / CSIC, 1996, p. 161, ha escrito: «Para los renovadores dieciochescos la comedia de magia era un espectáculo despreciable. Como neoclásicos criticaron la ruptura de la verosimilitud y su amanerado estilo barroco; como hombres ilustrados vieron con malos ojos la presencia de supersticiones y falsas creencias que estaban lejos de su mentalidad racionalista, por más que se enmascararan en su misión lúdica. A los cristianos más estrictos tampoco les gustaba que los viejos resabios de paganismo entraran en litigio con su fe. Por eso no resulta extraño que la comedia de magia fuera víctima de varias condenas oficiales».

[3] Joaquín Álvarez Barrientos, Introducción a su edición de José Cañizares, El anillo de Giges, Madrid, CSIC, 1983, pp. 21-22.

[4] Sobre estas cuestiones, además de la bibliografía específica sobre la comedia de magia recogida en el apartado final, puede consultarse también el trabajo de Emilia Palacios Fernández, «Los adornos de la fiesta: mutaciones, tramoyas, música y sainetes», en El teatro popular español del siglo XVIII, Lleida, Editorial Milenio, 1998, pp. 128-137.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: fuentes históricas

HistoriaCompostelana.jpgEn cuanto a la documentación empleada por el autor, la principal fuente de información histórica la encontró Francisco Navarro Villoslada[1] en la Historia Compostelana, un Registro de los hechos de Diego Gelmírez redactado en vida del obispo por tres canónigos de la catedral de Santiago, que fue editada a principios del siglo XVIII por el Padre Flórez[2]. Las fuentes mencionadas por Navarro Villoslada en las notas, aparte la Historia Compostelana y la historia anónima del monje de Sahagún, contemporánea de la anterior, son Mariana (Historia de España), Sandoval (Descendencia de la Casa de Castro y Crónica del Emperador Alfonso VII), Salazar y Castro, la Historia genealógica de la casa de Lara, el infante don Pedro de Portugal (Libro de Genealogías); y en el apéndice: la Historia de Santo Domingo de la Calzada, Abrahán de la Rioja, de José González de Tejada, la Historia literaria de la Edad Media, de Eustaquio Fernández Navarrete, y el Centón epistolario, del bachiller Fernán Gómez de Cibdarreal.

También señala en la novela que la mejor fuente para empaparse del espíritu de la época son los romances y los libros de caballerías. De la misma forma, la parte novelesca responde a las tradiciones existentes sobre el incendio del castillo de Altamira. En resumidas cuentas, el novelista utilizó las principales fuentes que le brindaba la historiografía de su época, pero sin desdeñar tampoco el aporte de los documentos literarios y las leyendas de la tradición[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: el enredo y las industrias de los personajes (1)

Muchos son los hilos de enredo que forman el ovillo argumental de La celosa de sí misma[1]. En efecto, son varias las industrias que maquina el ingenio de los personajes (el ingenio de Tirso, en definitiva) en esta pieza esencialmente cómica. Palabras como ardid, engaño, ingenio, confusión, quimera, locura, burla, traza, picardía, sutilezas, fingir, burlar, hechizos, chanzas, desvelos, transformación, laberintos, pandilla ‘trampa, fullería’, expresiones del tipo «mentirosa jornada», «juego de manos» o alusiones a los engaños y hechizos de Circe, puestas en boca de distintos personajes, subrayan ese carácter industrioso de la acción. La propia palabra enredo —o su plural, enredos— se repite con cierta frecuencia y, de hecho, son varios los que se fraguan y desarrollan en el transcurso de la comedia. Tanto es así que, mediado el acto tercero, en un momento en que la acción está ya completamente embrollada, los propios personajes de la comedia comentan en alusión metateatral:

MELCHOR.- ¿Será posible que haya
historia como la mía,
en cuantas dan alabanza
a poéticas ficciones?

VENTURA.- ¡Oh, qué comedia tan brava
hiciera, a ser yo poeta,
si escribiera aquesta traza! (p. 1149).

El acto primero, además de proporcionarnos el planteamiento, en torno a esa misteriosa tapada de la que don Melchor tan solo alcanza a ver una mano, tiene la función de retratar la corte madrileña como un lugar especialmente adecuado para todo tipo de engaños.

Madrid

Esos engaños los vamos a ver ejemplificados en los dos actos siguientes en la historia particular de los amores de don Melchor, doña Magdalena y doña Ángela. En efecto, en la primera jornada[2] Madrid queda descrito como una bella ciudad donde todo es «agradable confusión» y donde las cosas con frecuencia no son lo que parecen; como advierte el agudo Ventura a su amo, la corte es una especie de Jordán rejuvenecedor donde las casas más antiguas amanecen al día siguiente remozadas, los pícaros se convierten con facilidad en condes (no condes, pero sí dos falsas condesas vamos a encontrar luego) y las damas más añosas se transforman en gráciles doncellas por obra y gracia del «solimán albañil» y otros afeites. Para don Melchor, Madrid es un «hermoso abismo / de hermosura y de valor» (p. 1062); don Sebastián indica que es una «Babilonia», «nuestro Babel» (pp. 1063 y 1064) donde se prodigan con facilidad «amores y engaños» (p. 1065); y más adelante afirma taxativamente don Alonso: «Esta corte / es toda engaños y hechizos» (p. 1122)[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] La acción de la comedia transcurre en tres días sucesivos, y la concentración temporal (con la acumulación de numerosas peripecias en corto espacio de tiempo) contribuye también a la comicidad.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

«Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia», una comedia de magia burlesca

No son muchos los datos de que disponemos acerca de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, aparte de los que proporciona la propia obra, que se encuentra en el manuscrito 16.515 de la Biblioteca Nacional de España (Madrid). El subtítulo nos aclara que se trata de una Comedia nueva de magia, burlesca, en tres jornadas para tres personas y que está «Compuesta por dos ingenios». Va fechada además «En Madrid, año de 1805». Tras la indicación de la fecha, sigue una «Introducción» (72 versos de romance con rima -é a) en la que se explican algunas circunstancias de su redacción. De ser ciertos los datos que ahí se contienen, tenemos que un ingenio compuso con «traviesa idea» una «pieza burlesca» para «un recreo casero». Las dos primeras jornadas de esa obra se perdieron y otro autor que encontró la tercera escribió de nuevo las anteriores, logrando así «formar / una comedia completa».

La introducción, que responde en parte a la función de la captatio benevolentiae de los espectadores, insiste además en dos puntos importantes: por un lado, la pertenencia de la obra al género de la comedia de magia (se enumeran algunos de los recursos escenográficos que luego vamos a encontrar); por otro, su propósito eminentemente lúdico: «a vuestra atención mi ingenio / por divertiros intenta / una nueva travesura / presentar de una comedia»; se dice que las aventuras aquí recogidas «es preciso que diviertan»; se invita a los espectadores a que «admitan la diversión» y disfruten del jocoso humor de la pieza…, etc. Es esta una cuestión importante, en la que insistirán también los propios personajes de la obra.

Los catálogos y repertorios bibliográficos no ofrecen datos relevantes sobre esta pieza: desconocemos los nombres de los dos supuestos autores —si en realidad fueron dos, y no se trata de una superchería— y tampoco sabemos si la obra llegó a representarse públicamente (quizá sí tuvo alguna puesta en escena privada, para «un recreo casero», como se dice en la introducción). Por otra parte, la calidad literaria de Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia no es muy alta, pero sí resulta una obra muy interesante por las pistas que nos da acerca de la recepción de los temas cervantinos, y en particular del personaje de don Quijote, que va a ser presentado aquí como mera figura ridícula[1].

DonQuijote

En sucesivas entradas, voy a centrar mi análisis en tres apartados: en primer lugar, ofreceré unos pocos datos sobre el género de la comedia de magia, en que se inscribe esta pieza; a continuación, iré comentando los bloques en que puede deslindarse la acción de la comedia; y, en un último apartado, resumiré los principales aspectos dignos de comentario en cuanto a estructura, personajes, recursos escénicos y rasgos estilísticos[2].


[1] Don Quijote es personaje llevado a las tablas desde fechas muy cercanas a la publicación de la novela cervantina, siempre como figura ridícula. Así, sobre él escribieron comedias Guillén de Castro (Don Quijote de la Mancha, publicada en la Parte primera de sus comedias, Valencia, 1621); y, con el mismo título, Calderón de la Barca (perdida) y Matos Fragoso. Igualmente, Antonio José de Silva escribió un Don Quijote y Francisco José Montero Nayo una farsa jocoseria titulada Don Quijote renacido. Don Quijote aparecía también como figura grotesca en bailes y mascaradas, y tenemos también Los invencibles hechos de Don Quijote de la Mancha, entremés de Francisco de Ávila, publicado en la Octava parte de las Comedias de Lope de Vega, Barcelona, 1617 (incluido en la Colección de Cotarelo, núm. 52, pp. 198-203). A este respecto, ver Miguel Herrero, Entremés de don Quijote, Madrid, Revista bibliográfica y documental (Suplemento 1), 1948; Francisco García Pavón, Teatro menor del siglo XVII, Madrid, Taurus, 1964, pp. 127-152; Ricardo Senabre, «Una temprana parodia del Quijote: Don Pascual del Rábano», en Antonio Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (eds.), Estudios sobre literatura y arte dedicados al Profesor Emilio Orozco Díaz, Granada, Universidad de Granada, 1979, vol. III, pp. 349-361 (estudia ese Entremés de las aventuras del caballero Don Pascual del Rábano, ms. 16.785 de la BNM). René Andioc y Mireille Coulon, en Cartelera teatral madrileña del siglo XVIII (1708-1808), Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 1996, p. 696 nos informan de que el 11 de julio de 1768 se representó en el Teatro del Príncipe Don Quijote, sainete desconocido de Ramón de la Cruz. Gregorio Torres Nebrera ha estudiado la presencia de «Don Quijote en el teatro español del siglo XX», en Cervantes y el teatro, Madrid, Ministerio de Cultura / INAEM, 1992 (Cuadernos de teatro clásico, núm. 7), pp. 93-140, y recoge bibliografía como Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Ed. Millá, 1947.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Don Quijote de la Mancha, resucitado en Italia, comedia de magia burlesca», Anales cervantinos, XXXV, 1999, pp. 309-323. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: la reconstrucción arqueológica

La reconstrucción «arqueológica» de la época novelada es muy lograda, porque el autor, Francisco Navarro Villoslada[1], presta mucha atención a la descripción de vestidos, armas, edificios y mobiliario. Cuando la reina visita a Ramiro en su prisión, se nos indica que aparece «en cabellos, sin tocas y sin manto, con una simple túnica blanca de manga larga y recogida en pliegues a la cintura por un ceñidor de hilos de oro». Don Ataúlfo aparece el día de su boda «ricamente vestido de túnica y manto de escarlata recamada de oro con bárbara profusión, si no con gusto delicado»; y su caballo lleva una «gualdrapa de seda recamada de oro». Con detalle se describe asimismo el traje del Conde de Lara:

El vestido, tan airoso como rico, componíase de una túnica de lana blanca con orlas de oro, bajo las cuales se descubrían los elegantes pies calzados de borceguíes puntiagudos, y las espuelas de oro que sonaban a cada paso. En una de sus blancas y femeniles manos, adornada de anillos, tenía un birrete negro con cintillos que, colocado en la cabeza, apenas le llegaría a la frente. Un tahalí rojo, del cual pendía la espada, marcaba el delicado talle de tan apuesto galán.

Más tarde la reina se refiere a su costumbre de vestir al estilo oriental y de bañarse como los infieles, y anota el autor: «Al paso que algunos monarcas y principales caballeros de aquel tiempo vestían públicamente trajes musulmanes, estaban prohibidos los baños». La misma minuciosidad se observa en la descripción del pobre traje de mendigo que viste Pelayo. Cuando el narrador describe el arnés del Conde de Lara explica que «comenzábanse a ver entonces completas armaduras de hojas de hierro que reemplazaban a las de malla». El detallismo del narrador aparece de nuevo en la descripción de las armas de sus soldados:

Entró en la ciudad el Conde de Lara armado de punta en blanco, caballero en un hermoso corcel normando y rodeado de escuderos y pajes, que deslumbraban por el lujo de sus arreos y por las brillantes armaduras que ostentaban. Cotas de hierro bruñido o de escamas y de malla con golpes de plata, garzotas y penachos de todos colores, blancas sobrevestas con franjas doradas, gualdrapas de pesada sedería y paramentos de hierro empavonado con labores y filetes de oro, escudos con las calderas jaqueladas, con serpientes por asas, capacetes brillantes y celadas enteras, lanzas con pendoncillos, formaban un conjunto magnífico, que contrastaba notablemente con el modesto acompañamiento que trajo el Conde de los Notarios cuando algunas horas antes llegó con el mismo objeto de libertar a la Reina.

Caballero medieval

Igualmente se reflejan en la novela algunas instituciones y leyes de la época, las comidas, los usos y costumbres, etc., que transmiten una imagen de la rudeza, la incultura y la crueldad generalizadas en aquel tiempo. Sobre la parte histórica de la novela y la reconstrucción de aquella sociedad medieval ha escrito Zellers:

Navarro Villoslada recita historia verídica. […] Pocos autores de la época moderna se han compenetrado con la Edad Media con mano tan hábil como Navarro Villoslada. Lo abarca todo, costumbres, clérigos, cortesanos, villanos, y los resucita de una manera que hace creer que nos hemos remontado al siglo xii. Además, es sumamente justo con todos estos tipos y enlaza sus acciones con el hilo del cuento de una manera que recuerda el admirable procedimiento de Scott[2].


[1] Para más detalles remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Guillermo Zellers, La novela histórica romántica en España (1828-1850), Nueva York, Instituto de las Españas, 1938, p. 123. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto III)

Examinaremos en esta entrada los bloques escénicos que se pueden deslindar en el acto III de La celosa de sí misma de Tirso de Molina[1].

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

1. Cuitas de don Melchor y tercería interesada de Quiñones

a) Don Melchor y Ventura, de camino, se preparan para volver a León: «Ventura, no más cautelas, / no más amor de camino» (p. 1129), comenta el cuitado galán, y le pide que empeñe su sortija. El criado le aconseja que vuelva con doña Magdalena, pero él sigue pensando que no es tan hermosa como la condesa ausente. O, en su defecto, con su vecina, doña Ángela, pero también le parece un monstruo en comparación con su adorada desconocida.

b) Sale Santillana, que le trae un billete de la condesa, con dos mil escudos, dulces y algo de ropa blanca. En la carta le pide que no se vaya a León, pues sus bodas eran fingidas. Don Melchor decide regresar a la Victoria. Sigue una escena humorística con Santillana, que no se deja besar ni abrazar por el criado.

c) Quiñones y doña Ángela. La dueña explica que la condesa no partió a Italia: todo fue un engaño para probar si el galán la quería. Quiñones se ofrece para hacer de tercera: le indica que vaya de luto a la Victoria y se haga pasar por condesa tapada. De esta forma se arreglarán los matrimonios a su gusto: doña Ángela y don Melchor, doña Magdalena y don Sebastián, don Jerónimo y la condesa. La criada actúa en su provecho propio, pues de esta forma todos ellos le quedarán obligados.

2. Dos condesas enlutadas

a) Don Luis felicita a don Melchor por casar con la condesa. Él está triste porque don Sebastián ha pedido a doña Magdalena. Comenta que está dispuesto a soportar los celos que le causa su primo, pero no los de otros hombres. Ventura les avisa de la llegada de la condesa.

b) Sale doña Ángela de luto y tapada, como si fuese la condesa. Don Melchor le pide que se descubra, y Ventura se da cuenta de que no es la misma tapada. Sale Magdalena también enlutada; enfadada al verlo con otra, hace que se vuelve a Italia. Doña Ángela también hace que se va, aunque se queda y enseña como prenda el bolsillo que le ha proporcionado Quiñones. Doña Magdalena descubre un ojo, que don Melchor reconoce. Disputan ambas mujeres sobre cuál de ellas es la condesa verdadera.

c) Salen don Jerónimo y don Sebastián, y las dos damas se despiden para no ser conocidas por sus hermanos. «Bercebú con ellas vaya», comenta Ventura (p. 1148). Los dos caballeros, desdeñosos, fingen no ver a don Melchor y hacen planes para casarse entre sí los cuatro hermanos: don Jerónimo y doña Ángela, don Sebastián y doña Magdalena.

3. Nuevos recados, celos en la reja y final feliz

a) Santillana dice a don Melchor que su ama le pide vaya a verla esa noche, a la una, a casa de doña Magdalena. Pero ¿a cuál de las dos condesas sirve Santillana?, se pregunta el leonés. «Eso, averígüelo Vargas», le responde Ventura (p. 1151).

b) Doña Magdalena y Quiñones. La dama sigue celosa de sí misma y aun celosa de tres mujeres: ella, la dama de la Victoria y la supuesta condesa.

c) Don Melchor y Ventura de noche. Doña Magdalena, arriba en la ventana, espera a su amante enemigo. Don Melchor habla con ella y trata de besar su mano, pero como la reja está muy alta, se sube a las espaldas de Ventura, hasta que este lo derriba, porque pesa mucho. Doña Magdalena, fingiendo ser la condesa, le explica que tiene que marcharse, pero le pide que se case con su amiga. El galán promete hacerlo porque ella lo solicita, aunque su prometida le sigue pareciendo fea. La supuesta condesa, celosa de sí misma, se enfada porque bastan unas pocas palabras para que cambie su afecto y olvide su amor para volver con su antigua novia, y acto seguido don Melchor se retracta, asegurando que doña Magdalena es un monstruo. La dama cambia la voz, fingiendo que llega doña Magdalena en ese instante. Y, por supuesto, también como Magdalena está enfadada con el galán, por las palabras que le acaba de escuchar, negando su belleza y llamándola monstruo.

d) Todos los personajes van a coincidir sobre las tablas para la escena final. Don Alonso, don Luis, don Sebastián y don Jerónimo toman la calle a los rondadores, para descubrir que se trata de don Melchor. Don Alonso le reprocha que hable así a su hija, a escondidas, pudiendo hacerlo tranquilamente en casa como prometido suyo; el leonés dice que ronda la casa, no por Magdalena, sino por la condesa. Llega doña Ángela, afirmando ser ella la famosa condesa. Don Sebastián protesta. Sale también doña Magdalena y dice que es la condesa, «si en el título fingida, / en la sustancia de veras» (p. 1163). Don Melchor reconoce su mano, verdadera piedra de toque en este misterio. Además, la dama presenta como testigos a Quiñones y Santillana. Aclaradas satisfactoriamente las cosas, doña Magdalena casará con don Melchor, don Jerónimo con doña Ángela y Ventura con Quiñones. Don Luis y don Sebastián quedan sin pareja. Con la mención del título en el ultílogo y el deseo de Tirso de que la pieza haya agradado al auditorio, termina la comedia[2].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

El fondo histórico de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Abundan en la novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos que, en su conjunto, nos proporcionan una idea muy completa y acertada de la época en que sucede la acción. El autor no especifica el año concreto en que esta ocurre, pero por distintas indicaciones que va dando podemos deducir que se trata del año 1115 o 1116. Doña Urraca describe con notable exactitud la situación histórica del reino de Galicia —dividido en bandos enfrentados— tras la muerte del rey Alfonso VI; y, dentro de ese contexto general, la formación de una hermandad por parte de los burgueses de Santiago contra su obispo, don Diego Gelmírez[2].

Alfonso I de Aragón, el BatalladorAcierta el novelista al situar la acción durante el borrascoso reinado de doña Urraca (1109-1126), el cual, a juicio de los historiadores, constituye una de las épocas más turbulentas de toda la historia del reino de Castilla y León. Refleja acertadamente la división de Galicia en tres bandos: los partidarios de la reina; los de su esposo, el rey de Aragón y Navarra, Alfonso el Batallador; y los del príncipe Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y su primer marido, el conde Raimundo de Borgoña. Las primeras alusiones a los bandos aparecen ya en la conversación mantenida en el primer capítulo entre don Arias y el paje Ramiro. De esta forma nos enteramos de que el joven príncipe Alfonso Raimúndez es apoyado por el obispo de Santiago, Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava (así fue en realidad: ambos deseaban su entronización porque, tratándose de un rey niño, ellos disfrutarían de la regencia durante su minoría de edad). El Batallador, por su parte, contó con el apoyo de la ciudad de Lugo, que veía con recelo el rápido ascenso de su rival, Santiago. Los valedores de la reina fueron, en fin, el conde don Pedro de Lara y don Gutierre Fernández de Castro (y además, en el plano novelesco, don Ataúlfo de Moscoso); sin embargo, aunque tres coronas ceñían su frente (las de Castilla, León y Galicia), doña Urraca tuvo muy poco poder efectivo.

El príncipe don Alfonso, alejado por su madre de Galicia para que no entrase en contacto con sus partidarios, envió desde Extremadura una carta a Gelmírez en la que recordaba al prelado que a él le correspondía el reino, según una cláusula testamentaria de su abuelo Alfonso VI, y le pedía que lo coronase. En efecto, esa disposición obligaba a su hija doña Urraca a entregar el reino de Galicia a su hijo en el momento en que contrajese segundas nupcias; como la reina se había casado con el Batallador, el reino pertenecía de iure a Alfonso Raimúndez. La novela da rendida cuenta de toda esta situación. Es en el libro primero donde se produce una concentración de todos los datos históricos necesarios para ayudar al lector a entender el trasfondo de la acción; una vez logrado este objetivo, los otros tres libros desarrollarán la trama novelesca, eso sí, siempre sobre el fondo histórico ya esbozado con detalle anteriormente.

Por lo que toca a la formación de la hermandad contra el obispo Gelmírez, conviene recordar antes de nada que Compostela era una ciudad única en la España medieval, gracias al auge que conoció por el Camino de Santiago; en palabras de Sánchez Albornoz, se trataba de «la única ciudad del reino leonés puramente mercantil y clerical»[3]; pero estaba enclavada en el riñón de una Galicia señorial. En este sentido, el obispo de Santiago no solo era el máximo representante eclesiástico, sino también un poderoso señor «feudal»: tenía vasallos, ejercía autoridad sobre media Galicia, podía batir moneda propia, estaba exento del servicio de guerra y corte que se debía al rey y poseía riquezas sin cuento (se acuñó entonces la frase «Episcopus Sancti Jacobi, baculus et ballista», para expresar la unión del poder temporal y espiritual en su persona). Por todo ello, los intereses de don Diego Gelmírez colisionaban con las pretensiones de los burgueses de la ciudad, que querían autogobernarse (deseaban un régimen de autonomía municipal basado en los gremios y el concejo).

Por tanto, Gelmírez fue considerado por los compostelanos como un enemigo de sus libertades burguesas, y en los años 1116 y 1117 se produjeron dos rebeliones urbanas; los conjurados formaron una hermandad contra el obispo, de la que nombraron «abadesa» o cabeza a la reina doña Urraca, enfrentada con Gelmírez por ser este uno de los principales apoyos de su hijo Alfonso. El pueblo la eligió pensando que con su ayuda podría sacudirse a su vez el poder señorial del prelado; pero más tarde, al ver que la reina contemporizaba y pactaba con Gelmírez, se volvió contra ella: en la primavera de 1117 los habitantes de Santiago prenden fuego a la catedral y Gelmírez y doña Urraca tienen que refugiarse en la torre de las Campanas o de las Señales, que es incendiada también. El obispo pudo escapar encubierto con la capa de un pobre, pero la reina fue alcanzada por una pedrada y quedó tumbada, con los vestidos revueltos, en medio de un lodazal. Una vez fuera de la ciudad, doña Urraca no perdonó tan grave ofensa, y sus tropas aplastaron con dureza la rebelión. Estos últimos sucesos de 1117 no se refieren en la novela.

Navarro Villoslada presenta en primer plano a algunos personajes históricos importantes: la reina doña Urraca, Diego Gelmírez, el Conde de Lara, Gutierre Fernández de Castro; hay otros personajes históricos aludidos, que no intervienen directamente en la acción novelesca, como el príncipe don Alfonso o el rey Alfonso el Batallador. Se modifica un tanto el carácter de Diego Gelmírez, al que presenta únicamente como pacífico prelado (es decir, sin su faceta histórica de señor «feudal»). En cuanto a doña Urraca, el autor mantiene su fama de liviana que se le atribuye tradicionalmente (por sus amoríos con los condes de Candespina y de Lara)[4].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver José Barreiro Somoza, «La violencia antiseñorial de los burgueses compostelanos: reacción frente a la política de Gelmírez de control de las instituciones urbanas», en El señorío de la iglesia de Santiago de Compostela (siglos ix- xiii), La Coruña, Ed. de la Diputación Provincial, 1987, pp. 273-301; y María Carmen Pallares Méndez y Ermelindo Portela Silva, «Las revueltas compostelanas del siglo xii: un episodio en el nacimiento de la sociedad feudal», en Ramón Villares Paz (ed.), La ciudad y el mundo urbano en la historia de Galicia, Santiago, Facultad de Xeografía e Historia / Tórculo Edicións, 1988, pp. 89-99.

[3] Claudio Sánchez Albornoz, «Compostela», en Estudios sobre Galicia en la temprana Edad Media, La Coruña, Fundación Barrié de la Maza, 1981, p. 417.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto II)

Examinaremos en esta entrada los bloques escénicos del acto II de La celosa de sí misma[1]. Veamos:

1. Ardides de doña Magdalena y mentiras de Santillana

a) Sale doña Magdalena de luto bizarro, con Quiñones. Comenta que al principio estaba feliz de amar a don Melchor, porque admiraba sus buenas cualidades, pero ahora que va a ser su esposo le resultan enfadosas, pues le causan sospechosos recelos. En concreto, le molesta que viniera a casarse y se fuera con la primera desconocida que le enseñó una mano; y como esa mano era la suya, resulta que siente celos de sí misma. Decide que acudirá a la Victoria como prometió, para poner en práctica los «ardides / de mi amor» (p. 1099): irá con luto y en una silla distinta para que nadie la reconozca.

b) Don Melchor y Ventura. Este se lamenta de que su amo se haya enamorado de una mano, y piensa que la desconocida dama que prometió venir solamente lo hará si intuye que puede sacarles más dinero. Don Melchor comenta que doña Magdalena no le agrada, pues le pareció demasiado fría. Pero si la dama desconocida es fea, posibilidad que le hace ver Ventura, volverá con su prometida, «que si no es hermosa, es rica» (p. 1191).

c) Salen doña Magdalena y don Luis. Este se queja de que los mantos privan a los hombres de admirar la belleza de las damas. Él está interesado en que la tapada entre en relaciones con don Melchor, ya que así le dejará libre a doña Magdalena.

Mujer tapada

d) Doña Magdalena y don Melchor. Ella le reprocha que ama y se casa con una tal Magdalena, «noble, cuerda, hermosa y rica» (p. 1005). Don Melchor protesta diciendo que la belleza de esa Magdalena no tiene ni punto de comparación con la de su mano, y le pide descubra el rostro. Asegura que se irá de casa de su prometida, y que la cederá a don Luis.

e) Ventura interroga a Santillana. Este escudero viejo finge que doña Magdalena es la condesa de Chirinola. Simultáneamente, la tapada enseña los ojos, primero uno, luego otro, a don Melchor, quien confiesa que los de su novia no son tan hermosos. La supuesta condesa les da una sortija.

2. Doña Ángela contraataca

a) Don Sebastián y doña Ángela. Don Sebastián, que ama a doña Magdalena, tiene celos de don Melchor; y doña Ángela, que ama a don Melchor, también está celosa de su vecina. Los dos hermanos traman un plan para estorbar que se casen: don Sebastián dirá que doña Magdalena le dio el sí de esposa. Si es preciso, buscará testigos falsos entre criados y amigos para que acrediten el embuste. Además, él tiene más dinero que el otro: «Don Melchor es muy galán, / pero más lo es el dinero», comenta doña Ángela (p. 1114).

b) Ventura y doña Ángela. Ella le entrega una sortija y el criado, loco de contento al ver que le llueven las alhajas, elogia esta mano perfecta que da y no pide. La dama le pregunta si sería ella rival para la esposa de don Melchor. Ventura le confiesa que su amo ya no ama a doña Magdalena, sino a la condesa del Bolsillo (así la llama[2]), y doña Ángela queda celosa, ahora de esa supuesta condesa. Pero el criado la tranquiliza: como su amo está enamorado de una mano y de un ojo, bastará con que ella le enseñe la nariz, el hocico y la dentadura para desbancar a la rival, comenta humorísticamente.

c) Doña Magdalena, con otro vestido, y Quiñones. Ella sigue estando celosa de sí misma: está quejosa porque don Melchor la ama como dama misteriosa, y la desama como Magdalena, es decir, adora su mano y sus ojos según vaya tapada o no. Insiste en que está envidiosa de sí, sintiendo «el cuchillo de los celos» (p. 1121).

d) Doña Ángela, don Sebastián, don Jerónimo y don Alonso. Don Sebastián cuenta que el leonés está comprometido para casarse con una condesa. Don Alfonso, el padre de doña Magdalena, dice que buscará otro consorte para ella. Don Sebastián se ofrece, con sus seis mil ducados de renta, y propone al mismo tiempo que su hermana case con don Jerónimo.

e) Acompañado de Ventura, se presenta don Melchor, a quien interesa despedirse de su prometida y quedar libre para casar con la condesa. Don Alonso, don Jerónimo, don Sebastián y doña Ángela le dan parabienes por su nuevo matrimonio y lo abandonan tras despedirse con cortantes réplicas. Tampoco Quiñones quiere saber nada con Ventura. Doña Magdalena, por su parte, dice al leonés que la Condesa, que es amiga suya, marcha a Italia para casarse con su primo Enrico, y que ella se va a casar con otro. Don Melchor queda corrido, abandonado por todos: tendrá que irse de Madrid, pues las dos mujeres (su prometida Magdalena y la misteriosa dama de la Victoria, convertida en condesa) le dejan[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

[2] Considero que hay que editar «condesa del Bolsillo» así, con mayúscula, como si se tratase de un título nobiliario.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183.

Argumento de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

La reina Urraca I de LeónLa acción de Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] se sitúa en el reino de Galicia, hacia el año 1116. El territorio está dividido en tres bandos: el de la reina doña Urraca de Castilla y de León, el de su marido Alfonso el Batallador, rey de Aragón y de Navarra, y el de Alfonso Raimúndez, hijo de doña Urraca y de su primer esposo, el conde Raimundo de Borgoña. Según una cláusula del testamento de Alfonso VI, el reino correspondería a su nieto, el joven Alfonso, si su madre contrajese segundas nupcias, cosa que ya ha acontecido. Don Alfonso Raimúndez, el legítimo heredero, intenta hacer valer su derecho al trono, y su reivindicación es apoyada por el obispo de Santiago, don Diego Gelmírez, y por el conde don Pedro de Trava.

Este es el fondo histórico de la novela, sobre el que se acumulan los elementos novelescos: Ramiro, un pajecillo del obispo, había sido enviado con un mensaje a Extremadura, a la Corte de don Alfonso Raimúndez; allí conoció a una bella dama, doña Elvira de Trava, por la que siente un cariño especial. Creyéndose enamorado, y viendo crecer en su pecho la ambición, pide al obispo, a su regreso a Santiago, que le arme caballero tal como le había prometido, pero Gelmírez se niega; hay para ello una razón de peso: la supuesta madre de Ramiro le ha confesado antes de morir que el paje no es su verdadero hijo (lo encontró recién nacido en un bosque y lo sustituyó por su hijo, muerto a la sazón). Ramiro es apresado por los partidarios de la reina y conducido a su presencia; al ver al paje, nace en doña Urraca un sentimiento amoroso; pero no se trata esta vez de un nuevo devaneo de la soberana (que tiene fama de liviana, ya que se le conocen al menos dos amantes, el Conde de Candespina y don Pedro de Lara); más bien al contrario: doña Urraca desea ahora volver a comportarse como mujer honrada; y es que Ramiro le recuerda mucho a don Bermudo de Moscoso, un rico-hombre del que, siendo todavía princesa, estuvo enamorada con una pasión pura, y al que se cree muerto desde hace veinte años. Este don Bermudo había rechazado el amor de la reina porque estaba casado en secreto con doña Elvira de Trava —la dama recientemente conocida por Ramiro—, y ellos dos son los verdaderos padres del joven.

Además, don Bermudo vive, encerrado por su hermano Ataúlfo, apodado el Terrible, en un calabozo del castillo de Altamira. Doña Elvira, por obedecer a su hermano, el poderoso don Pedro de Trava, está a punto de casarse con don Ataúlfo, que la ama desesperadamente, pero se entera a tiempo de que su primer marido está vivo y logra providencialmente que el matrimonio no se consume. Las tropas de la reina y del obispo asaltan el castillo de Altamira, muere Ataúlfo, Bermudo es liberado, recobra sus estados y se reúne con su esposa y su hijo Ramiro (que se llama, en realidad, Gonzalo). Al mismo tiempo, el príncipe don Alfonso es coronado rey de Galicia[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

«La celosa de sí misma» de Tirso de Molina: resumen de la acción (acto I)

La celosa de sí misma[1] constituye una buena muestra del ingenio cómico de Tirso de Molina, que voy a estudiar en el doble plano de la comicidad «en obras» (es decir, la comicidad de situación y la escénica), por un lado, y la comicidad «en palabras» o verbal, por otro[2]. Antes de entrar en materia, resumiré por «bloques escénicos» la acción de la comedia; luego (en próximas entradas) comentaré los hilos principales del enredo, estudiaré los dos planos de la comicidad enunciados en el título y, en fin, me detendré en la consideración del personaje protagonista, don Melchor.

La celosa de sí misma, de Tirso de Molina

Estos serían los bloques escénicos que podemos deslindar en el acto I:

1. Don Melchor, prendado de una mano en la Victoria

a) Aparecen don Melchor y su criado Ventura, de camino, pues acaban de llegar a Madrid; comentan que la corte es una «agradable confusión» y se admiran de la bizarría de sus casas. Por su diálogo nos enteramos de que don Melchor viene de León a casarse con una mujer que aporta sesenta mil ducados de dote, mientras que él, caballero pobre, solo trae doscientos escudos. Don Melchor expresa su deseo de casar con una mujer rica, pero quiere que reúna además en su persona belleza y virtud. Como es día de fiesta, se acercan a la iglesia de la Victoria para oír misa, mientras siguen comentando que Madrid constituye un abismo de hermosura y valor.

b) Don Jerónimo y don Sebastián, vecinos de casa, hacen amistad y charlan de sus cosas: don Jerónimo comenta que su hermana está prometida a un pariente leonés que llega a la corte. Por su parte, don Sebastián, que pretende un hábito, le habla de Ángela, su hermana sevillana.

c) Don Melchor y Ventura. El primero relata a su criado que ha contemplado en misa una bellísima imagen de mujer; en realidad, solo le ha visto la mano, cuando ella se quitó el guante para santiguarse. También vio que un hombre robaba el bolsillo a la hermosa. Ahora espera la salida de la dama para vislumbrar de nuevo su mano, cuando se acerque a tomar el agua bendita.

d) Salen de misa doña Magdalena y Quiñones. Don Melchor se declara a la dama y es rechazado porque —se excusa ella— no es ni el lugar ni la ocasión. No obstante, el leonés pide a doña Magdalena que se descubra. Ventura, por su parte, se dirige a la criada Quiñones, en humorística acción paralela, y la dueña le da un cachete. Don Melchor explica a la dama que le han cortado el bolsillo y le entrega el suyo, como si fuese el robado que él ha encontrado, insistiendo en que se descubra. Como se muestra tan importuno, la dama ordena a su criada que coja el bolsillo para que se vaya y las deje en paz, aunque sabe que no es el suyo. Promete volver al día siguiente por si aparece el verdadero dueño, y muestra la mano desnuda, sin guante, como señal para poder ser conocida.

e) Ventura reprocha a su amo el haber dado doscientos escudos por ver una mano, comentando festivamente que la broma le ha costado cara, a cuarenta escudos por dedo. Además, se han quedado sin blanca, lo que está mal en un galán que viene a pretender en la corte. Entonces don Melchor saca el bolsillo de la dama, que hizo devolver al ladrón, y juntos examinan su contenido.

2. Un rival bien acogido

a) Llega don Luis, primo de don Melchor, quien le presenta a su cuñado, don Jerónimo. Este se lamenta de que el leonés se apease en un mesón, en lugar de dirigirse directamente a su casa, y se va a avisar a su hermana.

b) Don Luis y don Melchor. Don Luis pide noticias de León. Por su parte, cuenta que es rico, pues salió con un mayorazgo. Don Melchor sabe que su primo amaría a doña Magdalena, su prometida, de no mediar él. Don Luis dice noblemente que sacará del pecho la imagen de la dama «aunque me cueste la vida, / con la ausencia o con el tiempo» (p. 1085), y que se marchará a Toledo. Sin embargo don Melchor, que desea verse libre para cortejar a la misteriosa dama de la mano, le invita a continuar en sus pretensiones con doña Magdalena.

3. Doña Magdalena, celosa de sí misma

a) Doña Magdalena y Quiñones. La dama reconoce que ha quedado enamorada del forastero galán y desea que el novio que le traen de León sea, si no tan perfecto, por lo menos amante y discreto como el desconocido.

b) Ama y criada reciben la visita de don Sebastián y doña Ángela, los vecinos de arriba. Doña Ángela es retratada como una hermosura cruel que rehúsa el matrimonio.

c) Don Alonso, el padre de doña Magdalena, le presenta a su esposo, don Melchor. Sabe que el primo leonés no es rico, pero sí noble, y él aprecia más la sangre que la riqueza. Doña Magdalena lo reconoce enseguida como el forastero galán de la Victoria, pero don Melchor a ella no (ha mudado de traje), pese a que su criado Ventura le asegura que es la misma mujer: en comparación con la desconocida, esta le parece fea. A su vez, don Jerónimo queda enamorado de doña Ángela, la hermana de don Sebastián. El acto se remata con las cuitas de Ventura por los doscientos escudos perdidos[3].


[1] Todas las citas de La celosa de sí misma corresponden a: Tirso de Molina, Obras completas, III, Doce comedias nuevas, ed. de María del Pilar Palomo e Isabel Prieto, Madrid, Fundación Castro, 1997, pp. 1055-1164. Otra edición moderna es: Tirso de Molina, La celosa de sí misma, ed. de Gregorio Torres Nebrera, Madrid, Cátedra, 2005. Más antigua es la edición de Blanca de los Ríos, en Obras dramáticas completas, tomo II, Madrid, Aguilar, 1962. Ver también, de entre la bibliografía más reciente, los trabajos de: Philippe Meunier, «Pour un espace “à la lettre” dans La celosa de sí misma de Tirso de Molina», Cahiers du GRIAS, 1, 1993, pp. 153-174; Luis Vázquez, «La originalidad ingeniosa de La celosa de sí misma de Tirso en relación con el manuscrito previo de Remón Tres mujeres en una», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 325-338; Bernardo Sánchez Salas, La celosa de sí misma, Madrid, Compañía Nacional de Teatro Clásico, 2003; Blanca Oteiza, «El lenguaje poético y dramático de Tirso. A propósito de El burlador de Sevilla y La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 37-55; Felipe B. Pedraza Jiménez, «La celosa de sí misma: comedia urbana y fantasía erótica», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 155-173; José María Ruano de la Haza, «Tirso a escena: la construcción del personaje de Don Melchor, en La celosa de sí misma», Cuadernos de Teatro Clásico, 18, 2004, pp. 175-191; Marc Vitse, «De La jalouse d’elle même de Boisrobert a La celosa de sí misma de Tirso de Molina», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), Tirso, de capa y espada. Actas de las XXVI Jornadas de teatro clásico de Almagro, 8, 9 y 10 de julio de 2003, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2004, pp. 97-126; Gemma Gómez Rubio, «Sobre la representación de La celosa de sí misma», en Felipe B. Pedraza Jiménez, Rafael González Cañal y Elena E. Marcello (eds.), El corral de comedias, espacio escénico, espacio dramático. Actas de las XXVII Jornadas de teatro clásico de Almagro, 6, 7, 8 de julio de 2004, Almagro (Ciudad Real), Universidad de Castilla-La Mancha / Festival de Almagro, 2006, pp. 205-210; Charles Victor Ganelin, «Confusing Senses and Tirso de Molina’s La celosa de sí misma», Bulletin of Spanish Studies: Hispanic Studies and Research on Spain, Portugal and Latin America, vol. 90, núms. 4-5, 2013 pp. 619-638; Robert L. Turner, «Reality and Illusion in La celosa de sí misma: The Doubling of Identity», Bulletin of the comediantes, vol. 66, núm. 1, 2014, pp. 55-74; Rocío Arana Caballero, «La mujer amada, ¿quimera o realidad? El caso de La celosa de sí misma», de Tirso de Molina», Revista de Estudios Hispánicos, 2.1, 2015, pp. 137-148; y Françoise Gilbert y Teresa Rodríguez-Saintier, Comédies du Siècle dʼor: Lope de Vega, «El acero de Madrid». Tirso de Molina, «La celosa de sí misma», Neuilly-sur-Seine, Atlande, 2024.

[2] Cfr. la teoría sobre la «risa en obras y palabras» expuesta por López Pinciano en la epístola nona de su Philosofía antigua poética, ed. de Alfredo Carballo Picazo, Madrid, CSIC, 1953, vol. III, pp. 33-44.

[3] Para más detalles sobre la comedia remito a Carlos Mata Induráin, «Comicidad “en obras” y “en palabras” en La celosa de sí misma», en Ignacio Arellano, Blanca Oteiza y Miguel Zugasti (eds.), El ingenio cómico de Tirso de Molina. Actas del II Congreso Internacional, Pamplona, Universidad de Navarra, 27-29 de abril de 1998, Madrid / Pamplona, Instituto de Estudios Tirsianos, 1998, pp. 167-183. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).