El «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» de Quevedo, parodia del mundo caballeresco

Dámaso Alonso dejó escrito que «el poema de las Necedades de Orlando es una deliberada polución del mundo caballeresco»[1]. Es, en efecto, un mundo paródico en el que lo sublime y espiritual queda rebajado por completo, hasta llegar a un territorio carnavalesco en el que predomina lo bajo corporal: la comida, la bebida, la sexualidad más grosera, las enfermedades (venéreas o no), los parásitos, etc. La distancia con los modelos serios (territorio de lo idealizado y cortés) es brutal, y ese «desgarrón del mundo caballeresco» (por decirlo en expresión alonsiana) se produce por la fuerza demoledora de la palabra de Francisco de Quevedo.

Angélica y Medoro, de Antonio ZucchiLos tópicos más refinados quedan, más que rotos, pulverizados en este Poema heroico en virtud de un estilo bajo que, en algunas ocasiones, se da la mano con el sublime, y de ese choque o contraste de estilos —de esa mezcla de monstruosidad y belleza, acudiendo de nuevo a la expresión acuñada por Dámaso Alonso para el Polifemo de Góngora— surge también el humor y la comicidad[2]. Para Sabor de Cortazar, un aspecto básico del grotesco es «el dinamismo, que suele enfatizarse hasta el vértigo. El paso continuo de un plano a otro, de la realidad a la infrarrealidad o a la suprarrealidad, supone movimiento; la acción de lo vivo y de lo inerte también supone movimiento»[3]. Alarcos, por su parte, explica de esta manera ese continuo vaivén estilístico entre el plano noble y el risible:

No son, no, los objetos tratados quienes determinan el paso de un plano a otro y las consiguientes mudanzas estilísticas. La causa hay que buscarla en el alma del poeta. Es un fuerte sentimiento antitético que le lleva a colocar los mismos temas en dos opuestas perspectivas —plano idealista, todo perfección y belleza; plano realista o, mejor, infrarrealista, lleno de fealdades, suciedad y mal olor— y a tratarlos con dos estilos opuestos —estilo elevado, selecto y a menudo preciosista; estilo desenfadado, jocoso, bufo y algunas veces chocarrero[4].

Para hacernos cargo de esa brutal degradación a que Quevedo somete los temas y personajes carolingios, basta con releer las cuatro primeras octavas del poema:

Canto los disparates, las locuras,
los furores de Orlando enamorado,
cuando el seso y razón le dejó a escuras
el dios enjerto en diablo y en pecado,
y las desventuradas aventuras
de Ferragut, guerrero endemoniado,
los embustes de Angélica y su amante,
niña buscona y doncellita andante.

Hembra por quien pasó tanta borrasca
el rey Grandonio, de testuz arisco,
a quien llamaba Angélica la Chasca
hablando a trochimochi y abarrisco.
También diré las ansias y la basca
de aquel maldito infame basilisco
Galalón de Maganza, par de Judas,
más traidor que las tocas de vïudas.

Diré de aquel cabrón desventurado
que llamaron Medoro los poetas,
que a la hermosa consorte de su lado
siempre la tuvo hirviendo de alcagüetas,
por quien tanto gabacho abigarrado,
vendepeines, rosarios, agujetas,
y amoladores de tijeras, juntos
anduvieron a caza de difuntos.

Vosotras, nueve hermanas de Helicona,
virgos monteses, musas sempiternas,
tejed a mi cabeza una corona
toda de verdes ramos de tabernas;
inspirad tarariras y chaconas;
dejad las liras y tomad linternas;
no me infundáis, que no soy almohadas,
embocadas os quiero, no invocadas (vv. 1-32)[5].

Encontramos aquí ya la parodia del mundo caballeresco, del mitológico y del de la Antigüedad clásica: Angélica queda reducida a una «niña buscona y doncellita andante» (v. 8); Galalón es «aquel maldito infame basilisco», «par de Judas» y «traidor» (vv. 14-15); Medoro, un vulgar «cabrón desventurado» (v. 17); las musas, «virgos monteses» (v. 26), adjetivo que hay que poner en relación con el significado de monte ‘mancebía’[6]. Y toda esta reducción paródica se opera por la fuerza incomparable de la palabra, del verbo creador —poético, en el sentido etimológico de la expresión— de Quevedo[7].


[1] Dámaso Alonso, Poesía española. Ensayo de métodos y límites estilísticos, 5.ª ed., Madrid, Gredos, 1966, p. 542.

[2] El tono serio y elevado aparece, por ejemplo, en determinados momentos de la descriptio de Angélica, o cuando la dama explica que prefiere la muerte antes que ser entregada a Ferragut (II, vv. 457 y ss.).

[3] Celina Sabor de Cortazar, «Lo cómico y lo grotesco en el Poema de Orlando de Quevedo», Filología, XII, 1966-1967, p. 129. Y más adelante sigue comentando esa «técnica de vaivén estilístico que caracteriza el poema, combinación sostenida de movimiento y reposo» (p. 132).

[4] Emilio Alarcos García, «El poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Mediterráneo, IV, 1946, p. 57. Opina este crítico que hay dos Quevedos, el «poeta culto» y el «poeta de los pícaros», y dos voces, cada una con su timbre y su tono propios y su peculiar estilo. Pero matiza: «No resulta, sin embargo, un conjunto discorde y abigarrado ni una confusa algarabía. Es, sí, un compositum oppositorum, cuyos elementos, aunque presentados en tajante contraste, se agrupan y organizan bajo una unidad de inspiración e intención. Aunque haya en él elementos no jocosos, el poema es cómico por haber nacido de una intuición cómica y haber sido desarrollado con una intención festiva y al calor de un vivo sentimiento de lo cómico» (p. 58).

[5] Manejo la edición de Malfatti: Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, introducción, texto crítico y notas por María E. Malfatti, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, que cito con ligeros retoques. He consultado también, aprovechando sus espléndidas notas, el texto de Arellano y Schwartz, que reproducen solo el Canto I en Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 635-676. De entre la bibliografía reciente sobre esta obra, destacaré el trabajo de Marcial Rubio Árquez, «Modelos literarios y parodia quevedesca: algunas notas sobre el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado», La Perinola. Revista Anual de investigación quevediana, 20, 2016, pp. 203-220.

[6] Por eso la voz lírica pide a las Musas que le tejan «verdes ramos de tabernas», y no de poético laurel.

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Aspectos satíricos y carnavalescos del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», Rivista di Filologia e Letterature Ispaniche, III, 2000, pp. 225-248. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

El «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» de Quevedo y la materia orlandesca

El referente serio de este Poema heroico[1] de Francisco de Quevedo —muy poco heroico, en realidad, como en seguida tendremos ocasión de comprobar— es el idealizado mundo caballeresco de la Corte carolingia y las rivalidades de los caballeros cristianos y moros. En ese mundo idealmente ennoblecido, los paladines son siempre valientes y generosos; las damas, dechados de belleza y virtudes; el Emperador y los reyes, representantes de Dios en la tierra y ejemplo de mesura, justicia y gravedad. Dos de los grandes temas, codificados y que nunca pueden faltar, son la valentía de los paladines y el amor de esos caballeros y sus damas.

La belle dame sans merci, de FrankDicksee

Pues bien, en las versiones burlescas (el texto de Quevedo y las dos comedias burlescas mencionadas en una entrada anterior, Las bodas de Orlando y Angélica y Medoro), ese mundo caballeresco queda brutalmente degradado: los caballeros, lejos de ser valientes, huyen cobardemente ante el enemigo y «se ciscan» literalmente de miedo, e incluso llegan a ofrecer su dama al rival amoroso para que la goce; las damas, por su parte, quedan rebajadas al nivel de lo prostibulario, pues se muestran dispuestas a entregar sus encantos al que más pague (enlazando, por otra parte, con el tópico satírico de la mujer pidona, tan flagelada de continuo por Quevedo); el emperador Carlo Magno aparece en estas versiones paródicas como un viejo legañoso y con almorranas[2] —enfermedad nada heroica— y, pese a su edad, acuciado aún por el deseo al contemplar la belleza de Angélica. No reluce en estos textos el brillo de las armas ni del oro, las joyas o los ricos vestidos; por el contrario, los mejores adornos de esta especie de «Corte de los milagros» son las liendres y otros parásitos, las bubas causadas por la sífilis[3] y otras enfermedades varias. Los caballeros, pobres y desharrapados, rotos, remendados, mal vestidos y peor comidos, no tienen reparo en empeñar la lanza o la espada para sacar algunas monedas[4] (enlazando aquí también con otro tópico, el del hidalgo pobre, también muy fatigado en la literatura aurisecular). Son personajes que viven obsesionados por la comida, la bebida y una sexualidad harto primaria: es normal que prefieran una buena pitanza a las galanterías de los amores platónicos y corteses, y que expresen sus sentimientos amorosos (mejor, pseudoamorosos) con metáforas y términos de comparación procedentes del campo léxico de lo culinario y gastronómico. Son, además, unos verdaderos borrachuzos que se entretienen jugando a los naipes, a la taba… Es este, en fin, un mundo de damas pidonas y caballeros cornudos.

Los personajes protagonistas del Poema heroico (a los que cuadran perfectamente los calificativos de peleles, títeres, muñecos, fantoches, grotescas marionetas cuyos hilos maneja Quevedo a su antojo[5]) no tienen cara o cabeza sino cholla, testa, testuz, jeta (cfr. los vv. 10, 275, 325 y II, v. 92), y tampoco piernas sino patas, zancas o zancajos (cfr. los vv. 401-402, 596[6]); se alude también sin pudor a sus gruesas panzas, y cuando un caballero es herido en ella se le ve el mondongo (II, vv. 258-260). El séquito imperial de Carlo Magno es una gurullada (v. 377), compuesta aquí, no por los famosos Pares de Francia, sino por vulgares matasietes y valentones (también lindos, como el inglés Astolfo). Estos paladines no comen, sino que engullen; no beben, sino que sorben tragazos; no hablan, sino que gruñen; no gritan, sino que braman y aúllan[7].


[1] Manejo la edición de Malfatti: Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, introducción, texto crítico y notas por María E. Malfatti, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, que cito con ligeros retoques. He consultado también, aprovechando sus espléndidas notas, el texto de Arellano y Schwartz, que reproducen solo el Canto I en Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 635-676. De entre la bibliografía reciente sobre esta obra, destacaré el trabajo de Marcial Rubio Árquez, «Modelos literarios y parodia quevedesca: algunas notas sobre el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado», La Perinola. Revista anual de investigación quevediana, 20, 2016, pp. 203-220.

[2] Leemos en los vv. 421-422 de Angélica y Medoro: «… que al ocio no se dieran estas canas / a no tener jaqueca y almorranas».

[3] En los vv. 1-2 de Angélica y Medoro se llama a la desventurada Francia «reino infeliz de bubas», en referencia chistosa al mal francés.

[4] Eso es lo que piensa hacer Astolfo: «Y viendo acaso que la lanza de oro / de cierto al pino se quedó arrimada, / sin saber el encanto, por decoro, / por compañera se la da a su espada. / Mírala, y dice: “Aquí llevo un tesoro: / de molde me vendrá para empeñada; / no la pienso probar en los guerreros: / antes pienso romperla en los plateros» (II, vv. 601-608).

[5] Celina Sabor de Cortazar, «Lo cómico y lo grotesco en el Poema de Orlando de Quevedo», Filología, XII, 1966-1967, p. 133, escribe: «Quevedo capta gestos y actitudes y convierte a sus personajes en muñecos, en fantasmas articulados, sin sensibilidad, sin alma, privados del poder de trasmitir emoción alguna. Hay en ellos una rigidez que los hace actuar como autómatas».

[6] Angélica es una doncellita (v. 8); Ferragut llama a Argalía caballerito (II, v. 342); él es calificado poco después de espiritado matasiete (II, v. 348), etc.

[7] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Aspectos satíricos y carnavalescos del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», Rivista di Filologia e Letterature Ispaniche, III, 2000, pp. 225-248. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Introducción al «Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado» de Quevedo

Quevedo_PoemaHeroicoEn esta y en sucesivas entradas trataré de ejemplificar algunos aspectos de la poesía satírico-burlesca de Francisco de Quevedo analizando algunos pasajes del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado. Me centraré sobre todo en el Canto I[1], y muy especialmente en su arranque, donde se da una mayor intensificación de elementos satírico-burlescos[2], que son los que ahora más me interesan. No me detendré en el estudio de las fuentes del texto ni en la comparación con los modelos serios (aspecto este ya bien estudiado por autores como Malfatti, Caravaggi, Alarcos García o Rubio Árquez[3]), pero sí pondré en relación el poema quevediano con algunos pasajes de dos comedias burlescas que tienen el mismo objeto: la parodia de temas y personajes del ciclo carolingio y, especialmente, los de Angélica y Medoro. Me refiero a Las bodas de Orlando y a Angélica y Medoro[4], dos comedias burlescas anónimas en las que encontraremos algunas semejanzas temáticas e incluso algunas notables coincidencias textuales. Se trata de textos que pertenecen al mismo ámbito de la literatura satírico-burlesca y manejan unos recursos expresivos muy similares.

Estas piezas forman parte de un conjunto de literatura orlandesca más amplio. Entre las obras españolas más importantes, podemos recordar Las lágrimas de Angélica, de Luis Barahona de Soto; de Lope, La hermosura de Angélica y la comedia Angélica en el Catay; El Bernardo de Bernardo de Balbuena; o la zarzuela de Bances Candamo Cómo se curan los celos y Orlando furioso[5]; existe además otra pieza de igual título, Angélica y Medoro, de José de Cañizares, y, también con el mismo título, se conserva una mojiganga manuscrita[6]. No olvidemos tampoco los romances sobre los personajes de Angélica, Medoro, Rugero, etc.[7] Por supuesto, otro importante acercamiento burlesco lo constituye el romance de Góngora «En un pastoral albergue»[8]; y Quevedo trata de nuevo el mismo tema, con crudo realismo, en «Burla el poeta de Medoro, y Medoro de los Pares»[9]. Para la influencia de Ariosto y su Orlando furioso en España son fundamentales los trabajos de Chevalier[10].

El Poema heroico quevediano, escrito «con verso suelto y con estilo brujo» (v. 80)[11], retrata una Corte del emperador Carlo Magno que pudiéramos calificar con propiedad de carnavalesca. Y, en buena medida, los recursos que el autor emplea entroncan con la estética del «mundo al revés» que caracteriza a la literatura jocosa relacionada con el Carnaval, estética compartida también por las comedias burlescas. Para explicar cómo funcionan esos elementos humorísticos y paródicos, en suma, cómo actúan los mecanismos de la risa y la comicidad, se hará necesaria la reconstrucción de los códigos históricos y literarios vigentes en la época y, además, el conocimiento de los recursos de la agudeza conceptista[12].

A lo largo de sucesivas entradas, iré ejemplificando, en primer lugar, la parodia general de temas, personajes y motivos (universo degradado, ruptura del decoro, inversión de los valores serios, etc.); en segundo término, comentaré algunas categorías de la jocosidad disparatada (agudeza verbal y conceptista) que se hacen presentes en elementos microtextuales del poema quevediano[13].


[1] Manejo la edición de Malfatti: Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, introducción, texto crítico y notas por María E. Malfatti, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, que cito con ligeros retoques. He consultado también, aprovechando sus espléndidas notas, el texto de Arellano y Schwartz, que reproducen solo el Canto I en Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 635-676.

[2] Para estos elementos satírico-burlescos y grotescos, ver Emilio Alarcos García, «El poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Mediterráneo, IV, 1946, pp. 25-63; y Celina Sabor de Cortazar, «Lo cómico y lo grotesco en el Poema de Orlando de Quevedo», Filología, XII, 1966-1967, pp. 95-135. Para esta estudiosa, «grotesco es la palabra clave del arte del Orlando. […] En buena parte de su poesía satírica se advierten intentos de aplicación de las normas del grotesco; pero en el Orlando estas, sistematizadas con clarividencia sorprendente, logran el buscado y estremecedor efectismo» (pp. 98-99). Más adelante habla del «universo grotesco del Orlando» (p. 117). Ver también María Azucena Gómez Otero, «El humor quevediano en el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado: dirigido al hombre más maldito del mundo», en Jorge Figueroa Dorrego, Celia Vázquez García, Cristina Larkin Galiñanes y Martín Urdiales Shaw (coords.), Estudios sobre humor literario, Vigo, Servizo de Publicacións da Universidade de Vigo, 2001, pp. 275-282. Un análisis más superficial en Jorge García de Asla, Laura Paloma Jiménez Escribano y Carmen Moreno Rueda, «Francisco de Quevedo: Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Ab Initio. Revista digital para estudiantes de Historia, año 2, núm. 2, 2011, pp. 81-110.

[3] Ver María E. Malfatti, Introducción a Francisco de Quevedo, Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, Barcelona, Sociedad Alianza de Artes Gráficas, 1964, pp. 9-52; Giovanni Caravaggi, «Il Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado, di F. de Quevedo», Letterature Moderne, XI, 1961, pp. 325-342; Emilio Alarcos García; «El poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Mediterráneo, IV, 1946, pp. 25-63; y Marcial Rubio Árquez, «Modelos literarios y parodia quevedesca: algunas notas sobre el Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando enamorado», La Perinola. Revista Anual de investigación quevediana, 20, 2016, pp. 203-220. Remito también al trabajo de Marta González Miranda, «La compositio en el canto I del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», en María Luisa Lobato y Francisco Domínguez Matito (eds.), Memoria de la palabra. Actas del VI Congreso de la Asociación Internacional Siglo de Oro, Burgos-La Rioja, 15-19 de julio de 2002, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2004, vol. II, pp. 929-942.

[4] Para la primera, cfr. Javier Huerta Calvo, Una fiesta burlesca del Siglo de Oro: «Las bodas de Orlando» (comedia, loa y entremeses), Viareggio, Mauro Baroni Editore, 1998; la segunda está en Comedias burlescas del Siglo de Oro, tomo II, ed. del GRISO dirigida por Ignacio Arellano, Madrid, Iberoamericana, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2001.

[5] Ver Francisco Antonio de Bances Candamo, Cómo se curan los celos y Orlando furioso, ed. de Ignacio Arellano, Ottawa, Dovehouse Editions Canada, 1991.

[6] Se conserva el autógrafo de la obra de Cañizares, Ms. 16.902 de la BNE; y el texto de la mojiganga, Ms. 14.856 de la BNE.

[7] Agustín Durán, Romancero general o Colección de romances castellanos anteriores al siglo XVIII, Madrid, Atlas, 1945, núms. 406-416.

[8] Luis de Góngora, Romances, ed. crítica de Antonio Carreira, Barcelona, Quaderns Crema, 1998, núm. 50, pp. 81-102.

[9] Es el núm. 259 de Un Heráclito (núm. 704 en la edición de Blecua).

[10] Ver Maxime Chevalier, L’Arioste en Espagne (1530-1650). Recherches sur l’influence du «Roland furieux», Bordeaux, Institut d’Études Ibériques et Ibero-Américaines; y Los temas ariostescos en el Romancero y la poesía española del Siglo de Oro, Madrid, Castalia, 1968; y también Reyes Carbonell, «Algunas notas al Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Estudios (Pittsburg), I, 1951, pp. 13-19; y Oreste Macrì, «L’Ariosto e la letteratura spagnola», Letterature moderne, 1952, 3/V, pp. 3-31.

[11] Alarcos explica esas expresiones en función del conjunto del poema: «Entonces, con verso suelto se aludiría a la agilidad y soltura con que corren los endecasílabos, plegándose fácilmente, garbosamente al variable ritmo del sentimiento del poeta. Y con estilo brujo se mentaría aquel frenético impulso que lanza la expresión, como bruja en aquelarre, a una bacanal jocoseria de gestos y contorsiones, de saltos y piruetas» (Emilio Alarcos García, «El poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado», Mediterráneo, IV, 1946, p. 63).

[12] Para esta cuestión son esenciales los trabajos clásicos de Blanca Periñán, Poeta ludens: disparate, perqué y chiste en los siglos XVI y XVII, Pisa, Giardini Editori, 1979; y de Maxime Chevalier, Quevedo y su tiempo. La agudeza verbal, Barcelona, Crítica, 1992.

[13] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Aspectos satíricos y carnavalescos del Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado de Quevedo», Rivista di Filologia e Letterature Ispaniche, III, 2000, pp. 225-248. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

Cronología de Francisco de Quevedo (1580-1645)

Quevedo

1580 Nace en Madrid, el 17 de septiembre (Lozano Cabezuelo adelanta la fecha a la noche del 13 al 14), en el seno de una familia hidalga oriunda de la Montaña de Santander (es decir, de mediana condición social y económica). Su padre, Pedro Gómez de Quevedo, es escribano real y secretario de la reina Ana de Austria, esposa de Felipe II, y su madre, María de Santibáñez, dama de la reina. Ese mismo año, Portugal se incorpora a España.

1586 Muere su padre, y su madre pasa al servicio de la infanta Isabel Clara Eugenia. Quevedo entra bajo la tutoría de Agustín de Villanueva, miembro del Consejo de Aragón (sigue familiarizándose con el ambiente palaciego en que siempre habría de vivir).

1596 Después de haber estudiado con los jesuitas en el Colegio Imperial de Madrid (1592-1596), ingresa en la Universidad de Alcalá. Se conservan sus inscripciones en Súmulas, Lógica, Física y Matemáticas.

1599 Debió de recibir su título de bachiller el 4 de octubre de ese año, pero no lo recogería hasta el 1 de junio de 1600.

1600 Después de demostrar que había seguido un curso de Filosofía natural y de Metafísica, recibe la licenciatura en Arte. Tiene una gran formación humanística y filosófica; domina las lenguas clásicas y también el francés y el italiano. Se matricula en la Facultad de Teología, pero sus estudios se ven truncados al abandonar la ciudad.

1601 Marcha a Valladolid y reanuda en esa Universidad sus estudios de Teología. Allí inicia su carrera poética y también su larga y feroz enemistad con Góngora. Mantendrá correspondencia con el humanista flamenco Justo Lipsio, hasta la muerte de este en 1606. La estancia de Quevedo en la Corte vallisoletana se prolonga hasta 1605, y en ella obtendrá un empleo por mediación de la duquesa de Lerma. Llegó a recibir las órdenes menores, pero no siguió la carrera sacerdotal.

1603 Figura con dieciocho poemas en la célebre antología de Pedro de Espinosa Flores de poetas ilustres, aprobada ese año, aunque impresa en 1605. Ya ha escrito la Vida de Corte y la Premática que este año de 1600 se ordenó.

1605 Vuelve a Madrid con la Corte. Frecuenta las academias y tertulias literarias. Comienza a redactar los Sueños. Ya ha escrito probablemente El buscón y parte de las obras festivas. Se imprimen algunos romances suyos en la segunda parte del Romancero general de Miguel de Madrigal. Por estas fechas se fragua su enemistad con el famoso maestro de esgrima Luis Pacheco de Narváez, al que ridiculiza en público.

1607 Escribe el Sueño del alguacil endemoniado.

1608 Escribe el Sueño del Infierno.

1609 Envía el 1 de abril una carta a don Pedro Girón, duque de Osuna, junto con el Discurso de la vida y tiempo de Focílides, iniciando así una fiel relación de amistad con el aristócrata. Su situación económica es apurada. Comienza el pleito en torno al censo que había heredado de su madre en la Torre de Juan Abad (Ciudad Real), que no terminaría hasta 1631.

1610 El Padre Antolín Montojo niega el permiso para imprimir el Sueño del Juicio final.

1611 Viaja a Toledo (donde residían Tamayo de Vargas y el Padre Mariana) por el pleito de la Torre de Juan Abad.

1612 En la Torre de Juan Abad dedica a Osuna El Mundo por de dentro.

1613 Son años de intensísima actividad literaria. El 3 de junio envía a su tía Margarita de Espinosa el Heráclito cristiano. El 12 remite al teólogo fray Lucas de Montoya las Lágrimas de Hieremías castellanas. Hacia fines de octubre está en Palermo, al servicio del duque de Osuna, que es virrey de Sicilia. La estancia en Italia supone una clave en su evolución personal (vive las intrigas de la enrevesada política italiana: Italia es uno de los escenarios de la rivalidad entre Francia y España) y, además, mantiene contactos con los poetas e intelectuales del momento.

1615 En verano es elegido embajador por el Parlamento siciliano para traer al rey los donativos ordinarios y extraordinarios, y otro donativo especial para el duque de Uceda.

1616 Recibe el hábito de Santiago y una pensión de cuatrocientos ducados. El duque de Osuna consigue el virreinato de Nápoles y, en septiembre, Quevedo se reúne con él en esa ciudad.

1617 Visita al Papa en Roma, en misión encomendada por Osuna. Viaja a España en mayo.

1618 Defiende al duque de Osuna ante el Consejo de Estado de los cargos de complicidad en la conjuración de Venecia. Regresa a Nápoles, pero no es muy bien recibido por Osuna.

1619 Regreso definitivo a España.

1621 Escribe el Sueño de la Muerte. Proceso contra el duque de Osuna. Destierro de Quevedo a la Torre de Juan Abad. Muere Felipe III: sube al trono Felipe IV y a la privanza Olivares. Quevedo deposita en el nuevo valido sus esperanzas para la regeneración de España y obtiene el favor de la camarilla real.

1622 Se traslada a Villanueva de los Infantes (Ciudad Real). Remite a «doña Mirena Riqueza» el Sueño de la Muerte.

1623 Regresa a la Corte, amistado con el privado, el conde-duque de Olivares, con quien confía que llegarán reformas y proyectos regeneradores.

1624 Muere el duque de Osuna en prisión y le dedica unos famosos sonetos, como el que comienza «Faltar pudo su patria al grande Osuna…». Acompaña al rey en su viaje a Andalucía.

1625 Publica Cartas del caballero de la Tenaza.

1626 Acaba el Cuento de cuentos. Se publican El buscón y la Política de Dios.

1627 Se publican en Barcelona sus Sueños y discursos, y en Zaragoza Desvelos soñolientos.

1629 Dedica al Conde-Duque su edición de las obras de fray Luis de León, que publica como antídoto contra la «pestífera» poesía gongorina.

1630 Escribe El chitón de las tarabillas.

1631 Escribe Marco Bruto y Aguja de navegar cultos. Se publican en Madrid sus Juguetes de la niñez y travesuras del ingenio. Pacheco de Narváez denuncia a la Inquisición El buscón y otras obras de Quevedo.

1634 Se casa con doña Esperanza de Mendoza, pero el matrimonio fracasará al poco tiempo. Publica la Introducción a la vida devota de San Francisco de Sales y La cuna y la sepultura.

1635-1639 Vive retirado esos años en la Torre de Juan Abad.

1636 Se separa de su mujer. Trabaja en Virtud militante y dedica a don Álvaro de Monsalve La hora de todos.

1639 Es detenido en casa del duque de Medinaceli en Madrid y, confinado a León, se le encarcela en el convento de San Marcos.

1643 Al producirse la caída del conde-duque de Olivares, es puesto en libertad y puede trasladarse a Madrid, aunque ya muy enfermo y quebrantado.

1644 Dedica la Vida de San Pablo a don Juan Chumacero.

1645 En enero se traslada a Villanueva de los Infantes, y allí muere el 8 de septiembre, en una celda del convento de Santo Domingo[1].


[1] La bibliografía sobre Quevedo es muy abundante. Una magnífica aproximación a su vida y obra puede verse en Ignacio Arellano, Francisco de Quevedo, Madrid, Síntesis, 2006. El Grupo de Investigación Siglo de Oro (GRISO) de la Universidad de Navarra edita desde 1997 La Perinola. Revista anual de investigación quevediana (ISSN: 1138-6363), donde el lector interesado encontrará la bibliografía más completa y actualizada sobre el escritor.

El soneto «Crueles extremos de amor a la hermosa Pandora» de Julián de Medrano

Otra de las composiciones líricas incluidas en la miscelánea La silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro (1583) es el poema que figura bajo el epígrafe de «Crueles extremos de amor a la hermosa Pandora», el cual forma parte de la sección «Versos pastoriles de Julio M. sentidos y harto graciosos»[1]. Se trata de un soneto con estructura de rima ABBA ABBA CDE CDE que se construye en torno a conocidos tópicos de la lírica amorosa[2], concretamente los extremos contrarios que la pasión amorosa produce en el hablante lírico:

Yo busco paz y nunca estoy quïeto,
ardo en el fuego y hecho estoy un hielo,
estando en tierra subo al alto cielo,
abrazo todo el mundo y nada aprieto.

Yo tengo libertad y estoy sujeto,
espero, desespero, duermo y velo,
aborréscome[3] y tengo de mí duelo,
y muero y vivo, ved qué extraño efecto[4].

Soy ciego y veo, mudo y voy gritando,
la muerte llamo y temo su venida,
nunca trabajo ni descanso un hora[5],

y aunque al parescer[6] canto, estoy llorando,
igualmente aborrezco muerte y vida.
¡Ved en qué extremo estoy por vos, Pandora![7]

Hielo y fuego

Como podemos apreciar, antítesis y paradojas tratan de ser la expresión poética del carácter contradictorio del amor, idea que encontramos desarrollada también en algunos conocidos sonetos-definición de este sentimiento, como «Desmayarse, atreverse, estar furioso…» de Lope de Vega[8], «Determinarse y luego arrepentirse…» del conde de Villamediana[9] o «Es hielo abrasador, es fuego helado…» de Francisco de Quevedo[10].


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Para las teorías amorosas vigentes en la literatura del Siglo de Oro, ver especialmente Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996. Puede consultarse también el trabajo clásico de Joseph G. Fucilla, Estudios sobre el petrarquismo en España, Madrid, Instituto «Miguel de Cervantes», 1960; o el libro de María Pilar Manero Sorolla, Imágenes petrarquistas en la lírica española del Renacimiento. Repertorio, Barcelona, PPU, 1990. También resulta de utilidad la monografía de Ignacio Navarrete, Los huérfanos de Petrarca. Poesía y teoría en la España renacentista, versión española de Antonio Cortijo Ocaña, Madrid, Gredos, 1997… entre otra mucha bibliografía posible.

[3] aborréscome: nótese que luego, en el v. 13, leemos aborrezco.

[4] efecto: pero ha de pronunciarse efeto, con simplificación del grupo consonántico culto, para lograr la rima consonante con sujeto.

[5] un hora: una hora.

[6] parescer: forma con conservación del grupo culto -sc-.

[7] La Silva curiosa de Julián de Medrano, caballero navarro, en que se tratan diversas cosas sotilísimas y curiosas, muy convenientes para damas y caballeros en toda conversación virtuosa y honesta. Dirigida a la muy alta y serenísima reina de Navarra su Señora, en París, impreso en casa de Nicolás Chesneau, en la calle de Santiago, a la insignia du Chesne verd, 1583, pp. 132-133. En mi transcripción del texto de la princeps, modernizo las grafías sin relevancia fonética y la puntuación y regularizo el uso de mayúsculas y minúsculas. Incluí este soneto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 37-38 y también en mi artículo «Versos pastoriles y amorosos de Julián de Medrano», Río Arga. Revista de poesía, núm. 92, cuarto trimestre de 1999, p. 30. Mercedes Alcalá Galán, «La silva curiosa de Julián de Medrano». Estudio y edición crítica, New York, Peter Lang, 1998, p. 167, lo trae conservando las grafías antiguas, según el criterio aplicado al conjunto de la obra.

[8] Lope de Vega, Rimas humanas y otros versos, ed. y estudio preliminar de Antonio Carreño, Barcelona, Crítica, 1998, núm. 163 (Soneto 126 de las Rimas), p. 285. Anota el editor a propósito de este soneto del Fénix: «A partir de la enumeración (enumeratio) y a modo de un extenso circunloquio, se establece una definición del amor a base de binomios, de simetrías bipolares, de opuestos y contrarios. Infinitivos, sustantivos y formas adjetivales establecen un clímax retórico y enumerativo». Tras mencionar otros textos similares, recuerda que ya Gracián en Agudeza y arte de ingenio había llamado la atención sobre este discurso de las «ponderaciones de contrariedad». Estructura similar tiene el soneto 61 de las Rimas (núm. 61, p. 196), «Ir y quedarse, y con quedar partirse…», pero para la definición de ausencia.

[9] Juan de Tassis, Conde de Villamediana, Poesía impresa completa, ed. de José Francisco Ruiz Casanova, Madrid, Cátedra, 1990, núm. 98, p. 174. Este soneto se refiere específicamente a los efectos de amor.

[10] Francisco de Quevedo, Poesía original completa, ed., introducción y notas de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, núm. 375, p. 366, con el epígrafe «Soneto amoroso difiniendo el amor». Ver también el núm. 367, p. 362 («Osar, temer, amar y aborrecerse…») y el núm. 371, p. 364 («Tras arder siempre, nunca consumirse…»).

«Don Francisco de Quevedo», soneto de Armando Soriano Badani

Armando Soriano Badani

Nacido en Cochabamba el año 1923, Armando Soriano Badani es un destacado literato boliviano contemporáneo (poeta, novelista, cuentista…). Licenciado en Derecho y Ciencias Políticas y en Filosofía y Letras (en la Universidad Mayor de San Andrés), más tarde cursó en París Altos Estudios Sociales. Perteneció al grupo «Gesta Bárbara» (1944). Fue director del suplemento literario del periódico Hoy y miembro del Consejo Nacional de Cultura de Bolivia. Ha trabajado como abogado y catedrático universitario. Como diplomático, ha sido embajador de Bolivia ante la OEA en Washington. Académico de número de la Academia Boliviana de la Lengua, actualmente reside y trabaja en La Paz. Entre otras importantes distinciones, Soriano Badani cuenta en su haber con el Premio de Literatura Pro-Arte, el Premio a la Cultura del Club de La Paz y el Premio de Cultura de la Fundación Manuel Vicente Ballivián.

Armando Soriano Badani es autor de obras ensayísticas y de investigación como El cuento boliviano, 1900-1937 (1964), El cuento boliviano, 1938-1967 (1969), Antología del cuento boliviano (1972 y 1992), El Illimani en la literatura (1976), Poesía boliviana (1977), Pintores bolivianos contemporáneos (1994) o Ensayos sobre cultura boliviana (2007).

Como creador literario, ha escrito tres libros de cuentos, a saber Rumbo de la fatalidad (1989), Visiones de vida (1998) y Unos pasos por el cielo (2003). En el año 2004 publicó su primera novela, titulada Escondida en mis sueños. En cuanto a su trayectoria poética, hasta el año 2000, Raúl Alcázar Velasco la ha resumido con estas palabras:

La caudalosa inspiración de Armando Soriano Badani, el poeta ilustrado y sentimental, se ha cristalizado en siete poemarios, publicados desde 1969 hasta el 2000.

En los cuatro primeros: Alba rota, Perfil del atardecer, Agonía de las viñas y Perennidad de los [en]sueños, los temas y su tratamiento son diversos, con predominio de la poesía amatoria, mientras que en los tres últimos el poeta especifica el motivo y elige la forma. Así, en La huella transparente el núcleo es Bolivia, los poemas históricos y patrióticos; en Rebelión de los anhelos presenta sesenta Décimas al amor y a la ausencia y en Caleidoscopio, treinta sonetos de amor[1].

En la contracubierta del volumen leemos este somero resumen de los temas que abordan los poemas aquí recopilados:

Los seis libros de poesía[2] reunidos en este volumen rescatan treinta años de la prolífica e inspirada consagración de Armando Soriano Badani a la expresión del amor en todas sus manifestaciones: el que profesa por la mujer amada, el que evoca la memoria histórica de su Patria, el que descubre la belleza del paisaje, el que extrae de la música y la pintura alimento para el espíritu. Sus versos, labrados en el rigor de las formas clásicas, son una fervorosa exaltación de la condición humana y un tributo a la sencilla dignidad de la poesía.

Con posterioridad a la recopilación de su Obra poética 1969-2000 (2001), Soriano Badani ha publicado nuevos títulos poéticos, como Fuego incesante (2002) o Lumbre de invierno (2005).

Pues bien, de entre su producción poética, quiero destacar hoy un soneto suyo dedicado a «Don Francisco de Quevedo», que constituye una somera semblanza del genial satírico madrileño, con evocación de su estilo y el recuerdo de alguna de sus obras clave, como El buscón.

Quevedo

Este es el texto de ese poema dedicado a Francisco de Quevedo:

El corrosivo genio de su pluma
trasciende en la nobleza de su estilo
desde el distante ayer color de bruma
hasta el presente diáfano intranquilo.

Atrevido lenguaje cruel exhuma
la picaresca con festivo filo
y su numen satírico es la suma
de invectiva social de refocilo.

Intacta está su imagen, prez y altura,
vivo el retrato del Buscón Don Pablos
vagamundo travieso en la aventura.

Y la gracia picante de vocablos,
brilla en sus ojos de inmortal bravura
que hieren fieros como dos venablos[3].


[1] Ver para más detalles de cada poemario Raúl Alcázar Velasco, «La poesía de Armando Soriano Badani», estudio preliminar a Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, pp. 7-14. La cita corresponde a la p. 7.

[2] En realidad son siete: Alba rota (1969), Perfil del atardecer (1976), Agonía de las viñas (1985), Perennidad de los ensueños (1991), La huella transparente (1997), Rebelión de los anhelos (1997) y Caleidoscopio (2000).

[3] Tomo el texto de Armando Soriano Badani, Obra poética 1969-2000, La Paz, Plural Editores, 2001, p. 110. Mantengo la puntuación y el uso de las mayúsculas del original.

Lope de Vega y la polémica de la «Spongia»

Otro episodio significativo del clima de la república literaria en lo que a Lope se refiere es el enfrentamiento en torno al escrito de la Spongia[1]. En 1617 causa revuelo en el mundillo literario un libelo que con el título de Spongia había preparado Pedro Torres Rámila, un latinista de Alcalá de Henares, con la colaboración, parece, de otros enemigos de Lope, como Cristóbal Suárez de Figueroa. No se conservan ejemplares de la Spongia (o esponja que pretendía borrar toda la obra de Lope, como si fuera una mancha), al parecer destruidos por los amigos de Lope, pero quedan referencias en la respuesta que estos le hicieron, la Expostulatio Spongiae, acumulación de elogios del Fénix, debidos a las plumas de Paravicino, el Príncipe de Esquilache, Jiménez Patón, Quevedo, Espinel y otros muchos amigos de Lope. Los ataques de Torres Rámila a La Arcadia, La hermosura de Angélica, La Jerusalén, las comedias o el Isidro, acusaban a Lope de ignorar las reglas clásicas y de decir tonterías.

Odore enecat suo

Algunos años después, en La Filomena (1621), Lope culmina su venganza ridiculizando al autor de la Spongia en la competencia que entablan el ruiseñor (figura de Lope) y el tordo graznador (figura de Torres Rámila), un tordo «negro y no lustroso», «de plumas de otras aves envidioso», presumido, ignorante, bárbaro «que ni en latín ni en español sabía», gramático mísero, etc. Defiende Lope su obra y repasa sus títulos de gloria y sus méritos en una larga exposición en la que pone de relieve la mediocridad y envidia de su oponente, que resulta al fin condenado por los dioses a eterno silencio en pena de su delito. Lope no tenía sin duda la bilis exaltada de Quevedo o el venenoso ingenio de Góngora, pero Torres Rámila no era enemigo para el Fénix, dueño y señor del idioma, capaz de ahogar a la Spongia y a miles de libelos y libelistas en una inundación de poesía. Y a diferencia de lo que sucedía con Góngora, a este tordo latinista Lope no le tenía miedo.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Quevedo

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, exigente y mordaz, debió de respetar a Lope, aunque se despachó sin medida contra Montalbán, tan estrechamente ligado al Fénix[1]. De su amistad dan muestra los elogios mutuos que se dirigen. En una carta de enero de 1622 Lope trata a Quevedo de «gran don Francisco de Quevedo» («Oí un romance del gran don Francisco de Quevedo un día en que trataban desta materia con ingenioso estilo, diciendo que los calvos se reían de los teñidos, y los lampiños de los barbados, con otras cosas que fundaban bien las diferencias de las opiniones»). En el Laurel de Apolo la alabanza a Quevedo parece menos formularia que en otros casos:

Al docto don Francisco de Quevedo
llama por luz de tu ribera hermosa,
Lipsio de España en prosa
y Juvenal en verso,
con quien las musas no tuvieron miedo
de cuanto ingenio ilustra el universo
ni en competencia a Píndaro y Petronio
como dan sus escritos testimonio.
Espíritu agudísimo y süave,
dulce en las burlas y en las veras grave,
príncipe de los líricos que él solo
pudiera serlo si faltara Apolo.

Quevedo, por su parte, corresponde con otra serie de ditirambos, entre los que copiamos como ejemplos el soneto laudatorio a El peregrino en su patria y la aprobación a las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (otra aprobación la hizo Valvivielso):

Las fuerzas, Peregrino celebrado,
afrentará del tiempo y del olvido
el libro que, por tuyo, ha merecido
ser del uno y del otro respetado.

Con lazos de oro y yedra acompañado,
el laurel con tu frente está corrido
de ver que tus escritos han podido
hacer cortos los premios que te ha dado.

La envidia su verdugo y su tormento
hace del nombre que cantando cobras,
y con tu gloria su martirio crece.

Mas yo disculpo tal atrevimiento,
si con lo que ella muerde de tus obras
la boca, lengua y dientes enriquece.

Aprobación

Por mandado de los señores del Supremo Consejo de Castilla he visto este libro cuyo título es Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos, escrito con donaires, sumamente entretenido sin culpar la gracia en malicia, ni mancharla con el asco de palabras viles, hazaña de que hasta agora no he visto que puedan blasonar otras tales sino éstas. El estilo es no solo decente, sino raro, en que la lengua castellana presume vitorias de la latina, bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre. Son burlas que de tal suerte saben ser doctas y provechosas, que enseñan con el entretenimiento y entretienen con la enseñanza, y tales que he podido lograr la alabanza en ellas, no ejercitar la censura…

Más confusas y problemáticas o francamente negativas son las relaciones que tiene Lope con otros significados ingenios de su tiempo, como iremos viendo en las próximas entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

El soneto de Quevedo «Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera»

Este soneto de Francisco de Quevedo pertenece a su cancionero amoroso Canta sola a Lisi y la amorosa pasión de su amante y se presenta bajo el epígrafe «Ofrece a Lisi la primera flor que se abrió en el año». El texto me interesa especialmente porque supone un planteamiento innovador, en el contexto de la serie que estamos analizando: aparece el tema de la brevedad de la belleza (ver especialmente el primer terceto, con léxico y motivos usuales), pero se renueva al afirmar el yo lírico que la flor podrá superar su destino efímero, podrá eternizarse («adquiera en larga vida eterna aurora», v. 14) prendida en el cabello de la amada. Escriben Lía Schwartz e Ignacio Arellano en nota a su edición:

El ofrecimiento de la primera flor que se abre en la estación se presenta como homenaje a la amada, cuya descripción, con metáforas que comparan sus facciones a rosas, lirios o claveles, es tópica. La imagen de la flor, además, connota la brevedad de la vida y el carácter efímero de la belleza; el soneto, pues, está relacionado, semánticamente, con las recreaciones del carpe diem o del collige, virgo, rosas, sin constituir estrictamente una imitación de estos motivos.

Por lo demás, el soneto destaca por su notable elaboración retórica (hipérbaton en el verso inicial, anáfora del deíctico esta en los vv. 1-5, paronomasia calores / colores en los vv. 2-3, juego de derivación Lógrese / mal logre en los vv. 12-13, etc.).

Niña con flores en el pelo

Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera
flor que ha osado fiar de los calores
recién nacidas hojas y colores,
aventurando el precio a la ribera;

esta, que estudio fue a la primavera,
y en quien se anticiparon esplendores
de el sol, será primicia de las flores,
y culto con que la alma te venera.

A corta vida nace destinada,
sus edades son horas; en un día
su parto y muerte el cielo ríe y llora.

Lógrese en tu cabello, respetada
de el año; no mal logre lo que cría;
adquiera en larga vida eterna aurora[1].


[1] Es el núm. 108 de Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, ed. de Lía Schwartz e Ignacio Arellano, Barcelona, Crítica, 1998, p. 175.

La letrilla de Quevedo «A un rosal»

La letrilla lírica de Francisco de Quevedo «A un rosal» (se construye como un apóstrofe al mismo) reitera los mismos tópicos que venimos examinando en poemas anteriores de distintos autores: la poca duración de la belleza y frescura de sus flores, que no pasa de un día («si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir», vv. 7-8; «si es tus mantillas la aurora, / es la noche tu mortaja», vv. 21-22). Y, como consecuencia, la enseñanza del desengaño encerrada en el estribillo: de nada sirve vanagloriarse de tan efímera belleza, pues las rosas, perdida su lozanía, pronto quedarán reducidas a espinas.

Rosal

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aun no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol
en un día o en un sol;
desde el Oriente al ocaso,
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja
que tu calidad mejora:
si es tus mantillas la aurora,
es la noche tu mortaja.
No hay florecilla tan baja
que no te alcance de días;
y de tus caballerías,
por descendiente de la alba,
se está rïendo la malva,
cabellera de un terrón.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son[1].

Espinas


[1] Es el núm. 207 de Francisco de Quevedo, Poesía original completa, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, p. 233, donde figura bajo el epígrafe de «Letrilla lírica».