Semblanza literaria de Federico Urrecha (1855-1930)

A caballo de los siglos XIX y XX se sitúa la figura de Federico Urrecha Segura (San Martín de Unx, Navarra, 1855-Madrid, 1930). Urrecha es uno de esos escritores navarros completamente desconocidos, pese a contar con una producción narrativa y dramática bastante extensa y no exenta de interés. En efecto, es autor de varias novelas: Drama en prosa. Relación contemporánea, Después del combate, El corazón y la cabeza, La hija de Miracielos, El vencejo de Burgaleda o Siguiendo al muerto. Cuenta también en su haber con tres colecciones de relatos: Cuentos del vivac. Bocetos militares (Madrid, 1892; Barcelona, 1906); Cuentos del lunes (Madrid, 1894, con una 2.ª edición: La estatua. Cuentos del lunes, Madrid, h. 1900) y Agua pasada (Barcelona, 1897), que presenta el subtítulo Cuentos, bocetos, semblanzas. Piezas dramáticas suyas son: Genoveva, El primer jefe, Pepito Melaza, Tormento, Tiple ligera y Maniobras militares. Asimismo, escribió una interesante obra teórica titulada El teatro. Apuntes de un traspunte y algunos libros de viaje como Veinte días en Italia o Paisajes de Holanda.

Portada de La estatua, de Federico Urrecha

Las novelas de Urrecha corresponden al estilo folletinesco, y ofrecen menos interés. En cambio, voy a detenerme en el análisis de sus Cuentos del vivac, pues es libro que presenta ciertas notas de originalidad y frescura dentro del panorama cuentístico de la época. Se trata de un volumen que incluye treinta y dos relatos, ilustrados con dibujos de Ángel Pons, que se ambientan mayoritariamente en las guerras carlistas, aunque unos pocos son episodios de la guerra de la Independencia (1808-1814) y otros reflejan escenas revolucionarias de ambiente madrileño (luchas callejeras, combates en las barricadas, etc., sin fecha determinada). Casi todos los relatos están contados por un narrador-protagonista o por un narrador-testigo, formando el conjunto una especie de narración-marco: todas las historias se dicen alrededor del fuego del campamento militar (de ahí el título). Son breves narraciones donde las acciones descritas se trazan con vivas pinceladas (recuérdese que el subtítulo es Bocetos militares); en cuanto al adjetivo militares, ha de entenderse en sentido amplio, pues no todas las viñetas presentan propiamente acciones de guerra, sino también escenas de la vida cotidiana en retaguardia y, en ocasiones, los personajes protagonistas no son soldados y guerrilleros sino ancianos, muchachos y gente del pueblo, en general.

De hecho, las historias más interesantes son en mi opinión aquellas en las que Urrecha acierta a captar los momentos de ternura y humanidad que a veces se producen también en el escenario siempre violento de una guerra. Merece la pena destacar algunos títulos como «El fin de Muérdago», «El ideal del Pinzorro», «Pae Manípulo», «Chipelín», «El vicio del capitán», «Andusté», «Rempuja», «El ascenso de Regojo» o «Pro patria». Tipos como Andusté o el capitán Retama son difíciles de olvidar por sus acciones generosas, referidas sin caer en ningún momento en un fácil sentimentalismo. Igualmente impresionantes resultan otros personajes con final trágico como Muérdago, el Tío Recajo, Pepe Corpa, la Chazarra y la Parrala; esas muertes resultan todavía más dramáticas si se trata de muchachos jóvenes, casi niños, como el Pinzorro o el corneta Santurrias. Mérito de Urrecha es haber sabido pintar unas semblanzas muy bellas e impactantes para el lector en unos relatos cuya brevedad apenas le permite detenerse más que lo imprescindible en la caracterización. El tono narrativo es siempre lineal y sencillo. En cuanto al estilo, lo más destacable es la reproducción de un lenguaje coloquial, basado en vulgarismos morfológicos o sintácticos (expresiones como vusotros, sabís, muchismo, yo vos lo digo, melitar, pa, tamién, diendo ‘yendo’, veréis ustedes, manque, andamos, judía nieve, amos ‘vamos’, quisiera yo verbos ‘veros’, tiemblarían, iluminarias, na…). Muchos de esos rasgos resultan quizá tópicos, pero sirven para caracterizar el habla de unos protagonistas que son en su mayoría tipos humildes (soldados del pueblo, pilletes, prostitutas)[1].

De las otras dos colecciones de cuentos de Urrecha, merecen recordarse algunos títulos, especialmente de Cuentos del lunes: «Gran velocidad» (una madre espera a su hijo que vuelve de la guerra de Cuba, pero el tren que lo trae descarrila y solo hay una víctima mortal…); «El tirano de Morboso» (que presenta a un anarquista de buen corazón, en el marco de su vida familiar); «El naufragio de la Gaviota» (narra el amor de un marinero por una muchacha apodada La Gaviota, que termina marchándose con el señorito que la ha seducido); «Fiesta en la sombra» (narración lírica, sin apenas acción, que describe la Nochebuena de una niña ciega frente al Nacimiento); «Traqueotomía» (el hijo de un médico muere cuando su padre le está operando); en fin, otras narraciones de tono dramático son «La Catralilla» e «Hijo de viuda». Un tomo antológico con algunos de estos relatos de Federico Urrecha no sería nada desdeñable.


[1] Para un análisis más detallado ver Carlos Mata Induráin, «Los Cuentos del vivac de Federico Urrecha», Lucanor. Revista del cuento literario, 15, diciembre de 1998, pp. 41-65.

Las «Novelas ejemplares» de Cervantes

En los veinte años que median entre la aparición de La Galatea en 1585 y la impresión de la Primera parte del Quijote en 1605, Cervantes no publica nuevos títulos pero compone, probablemente, algunas de las Novelas ejemplares[1], que aparecerán en forma de libro en 1613 (en Madrid, por Juan de la Cuesta).

Portada de las Novelas ejemplares

Esta colección de doce novelas cortas estaba en lo más alto de la estimativa literaria de Cervantes y, además, tuvo un éxito enorme: a lo largo del siglo XVII se alcanzaron las sesenta ediciones, incluidas las traducciones. En el prólogo con que las encabeza, además de ofrecernos su famoso autorretrato, su autor se jacta de ser el primero que ha novelado en español, y explica a qué se refiere exactamente:

Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana, que las muchas novelas que en ella andan impresas, todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, no imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró, y las parió mi pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa.

Recordemos que la palabra novela (del italiano novella, en contraposición a romanzo ‘novela extensa’) significaba ‘cuento, relato breve’ y que era éste un género tenido hasta entonces en poca estima. Cervantes tiene razones para sentirse orgulloso, pues es él quien introduce la palabra en español y crea de alguna manera el género. Antes, en la Edad Media y el Renacimiento, existían obras como El Conde Lucanor de don Juan Manuel o El patrañuelo de Joan de Timoneda que coleccionaban historias y, por supuesto, se habían escrito otras novelas cortas, pero todas eran traducciones e imitaciones del italiano. Cervantes también recibe el influjo de la novela corta italiana (Boccaccio[2] y sus imitadores del siglo XVI como Bandello o Erizzo), pero —como ha destacado la crítica— innova esta materia en varios puntos: así, enriquece las historias con diversos episodios y peripecias; busca la nacionalización de asuntos y personajes; concede gran importancia al diálogo, que da soltura a la narración; elimina muchos elementos maravillosos y sobrenaturales; por el contrario, introduce la vida real, humanizando los relatos, haciéndolos verosímiles.

¿Por qué Cervantes aplica a sus novelas el calificativo de ejemplares? Es un tema que ha hecho correr bastante tinta. Recordemos sus palabras exactas en el prólogo:

Heles dado el nombre de ejemplares, y si bien lo miras, no hay ninguna de quien no se pueda sacar algún ejemplo provechoso; y si no fuera por no alargar este sujeto, quizá te mostrara el sabroso y honesto fruto que se podría sacar, así de todas juntas como de cada una de por sí.

Algunos críticos consideran que, en efecto, Cervantes es sincero al declarar este propósito moralizador, mientras que para otros sus palabras son las de un hipócrita que sólo está buscando eludir sin problemas la acción de la censura[3], pues de hecho hay en algunas de las novelas pasajes bastante escabrosos y expresiones subidas de tono. Estas palabras de Jorge García López resultan bastante reveladoras:

Y es que para los días de Cervantes, la expresión «novelas ejemplares» apuntaba a un contrasentido obvio. La novella estaba constituida por la posteridad literaria del Decamerón. Narraciones llenas de sensualidad y procacidad, donde adulterio y concubinato parecen campar por sus respetos para solaz del lector; muy poco ejemplarizantes para la España postridentina de finales del siglo XVI, bajo el efecto de la condena que el Concilio había lanzado contra la literatura obscena y en concreto contra la obra de Boccaccio[4].

No olvidemos además que las dos novelas incluidas en el manuscrito Porras de la Cámara (Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño) fueron muy retocadas antes de pasar a la imprenta, quizá por la «autocensura» de un Cervantes que a la altura de 1613 había alcanzado cierto reconocimiento (es protegido del cardenal Sandoval y del Conde de Lemos) y prefiere mostrarse prudente para no poner en peligro su reputación y su éxito[5]. Ahora bien, tampoco es un autor que haga moralina en sus textos y, como bien ha indicado Arellano,

sus novelas no añaden de modo pegadizo una ejemplaridad de receta: ricas en ambigüedades, en situaciones complejas, en variados reflejos de la misma complicación que muestra la realidad de los hombres y de la sociedad humana, su ejemplaridad queda abierta a la interpretación del lector, a quien el arte cervantino (y ese es uno de sus rasgos definitorios) prohíbe simplificar[6].

Los títulos de las doce novelas ejemplares son: La gitanilla, El amante liberal, Rinconete y Cortadillo, La española inglesa, El licenciado Vidriera, La fuerza de la sangre, El celoso extremeño, La ilustre fregona, Las dos doncellas, La señora Cornelia, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros (estas dos últimas unidas sin solución de continuidad). Tal es su orden de aparición en el volumen, pero no sabemos mucho de la génesis y las fechas de composición exactas de estos textos[7]. Sí tenemos el dato de que dos de ellas, Rinconete y Cortadillo y El celoso extremeño, figuran en el manuscrito Porras de la Cámara, que se puede datar hacia 1604. Cervantes pudo escribir quizá alguna más en ese período que va de 1585 (La Galatea) a 1605 (Primera parte del Quijote), mientras que las restantes estarían redactadas entre 1605 y 1613. En cuanto a su disposición en el volumen, González de Amezúa opinaba que Cervantes buscó mezclar asuntos y temas para conseguir la tan valorada variedad que suponía un ameno deleite, una entretenida lectura[8].

Por lo que toca a los intentos de clasificación, la crítica ha manejado tradicionalmente el binomio realismo / idealismo, polos entre los que fluctúa toda la obra cervantina. Así, las ejemplares podrían dividirse en dos grupos: las novelas realistas, en las que predomina la observación de la realidad (El celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo, El casamiento engañoso y El coloquio de los perros); y las idealistas, en las que se pone mayor énfasis en la imaginación (El amante liberal, La española inglesa, La ilustre fregona, La fuerza de la sangre, Las dos doncellas y La señora Cornelia). Pero hay otras que están a medio camino entre realidad e idealidad, de ahí que se las haya calificado como ideorrealistas (El licenciado Vidriera o La gitanilla).

En las novelas idealizantes encontramos héroes sin tacha que reúnen en sus personas belleza física y moral. Los enamorados muestran un absoluto respeto a la mujer, con un amor siempre intachable, que resulta a veces demasiado frío y convencional. Además, se ha señalado como principal defecto la falta de consistencia de los personajes y la escasa pintura de la realidad: son novelas faltas de vida y de color. En las realistas, no hay por lo general una trama amorosa, ni idealización romántica. Tampoco hay un hilo conductor o un argumento propiamente dicho: se trata más bien de una sucesión de cuadros, sin un desenlace claro (sólo El celoso extremeño tiene una trama completa), que permite la descripción de hombres y cosas. Suele comentarse que las novelas más perfectas son las menos «ejemplares» desde el punto de vista moral. En cualquier caso, las mejores de la colección son, sin duda alguna, La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño y el doblete formado por El casamiento engañoso y El coloquio de los perros[9].

Juan Bautista Avalle-Arce ha destacado las nuevas fronteras para la picaresca deslindadas por Cervantes en algunas de las ejemplares como La gitanilla, Rinconete y Cortadillo, La ilustre fregona o El coloquio de los perros. Tradicionalmente el pícaro es un personaje solitario e insolidario, en cuyos sentimientos no tienen cabida el amor ni la amistad. En cambio, la narrativa «picaresca» cervantina nunca es en primera persona (la autobiografía era un rasgo canónico del género), sino un contrapunto entre dos personas, y la amistad que se traba entre los personajes redime de la sordidez de la vida humana; además, en esta formulación el desarrollo del amor y la fortuna sustituye al puro determinismo que opera en el molde clásico de la picaresca. En Cervantes, el yo del pícaro no campea en libertad imponiendo sus puntos de vista, sino que la vida se vive para fuera, en relación de intercambio con otras personas. Ciertamente, el alcalaíno no escribió nunca una novela picaresca canónica, pero sí practicó diversas respuestas al modelo tradicional; no mostró un rechazo categórico del género, sino que realizó meditadas aproximaciones[10].


[1] La bibliografía sobre las Novelas ejemplares es muy extensa. Aspectos generales relativos a ellas pueden verse, entre otros muchos estudios, en Francisco A. de Icaza, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, sus críticos, sus modelos literarios, sus modelos vivos y su influencia en el arte, Madrid, Imp. Clásica Española, 1915; Agustín González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española, Madrid, CSIC, 1956-1958, 2 vols.; Joaquín Casalduero, Sentido y forma de las «Novelas ejemplares», Madrid, Gredos, 1974; Ruth S. El Saffar, Novel to Romance. A Study of Cervantes’ «Novelas ejemplares», Baltimore / Londres, The John Hopkins University Press, 1974; Joseph V. Ricapito, Cervantes’s «Novelas ejemplares»: Between History and Creativity, Purdue, West Lafayette, Purdue University Press, 1996; Stanislav Zimic, Las «Novelas ejemplares» de Cervantes, Madrid, Siglo XXI de España, 1996; Alicia Parodi, Las Ejemplares, una sola novela: la construcción alegórica de las «Novelas ejemplares» de Miguel de Cervantes, Buenos Aires, Eudeba, 2002; Jesús G. Maestro, Las ascuas del Imperio. Crítica de las «Novelas ejemplares» de Cervantes desde el materialismo filosófico, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2007; y Katerina Vaiopoulos, De la novela a la comedia: las «Novelas ejemplares» de Cervantes en el teatro del Siglo de Oro, Vigo, Editorial Academia del Hispanismo, 2010.

[2] Ver Emilio Alarcos, «Cervantes y Boccaccio», en Homenaje a Cervantes, Valencia, Mediterráneo, 1950, vol. II, pp. 195-235.

[3] Ver Frances Luttikhuizen, «¿Fueron censuradas las Novelas ejemplares?», Cervantes, XVII, 1997, pp. 165-173.

[4] Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, Barcelona, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores / Centro para la Edición de los Clásicos Españoles, 2005, p. XCIV.

[5] Ver Geoffrey Stagg, «The Refracted Image: Porras and Cervantes», Cervantes, IV, 2, 1984, pp. 139-153.

[6] Ignacio Arellano, Cervantes: breve introducción a su obra, Delhi, Confluence International, 2005, p. 60.

[7] Para la cronología de las Novelas ejemplares, ver la síntesis de Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, pp. LVI-LXV.

[8] Ver González de Amezúa y Mayo, Cervantes, creador de la novela corta española.

[9] Para el género y los intentos de clasificación de las Novelas ejemplares, ver Jorge García López, prólogo a su edición de las Novelas ejemplares, pp. LXV-LXXXIII.

[10] Para la relación de Cervantes con la picaresca, remito sobre todo a Américo Castro, «Lo picaresco y Cervantes», Revista de Occidente, XI, 1926, pp. 349-361; Carlos Blanco Aguinaga, «Cervantes y la picaresca. Notas sobre dos tipos de realismo», Nueva Revista de Filología Hispánica, XI, 1957, pp. 313-342; Peter N. Dunn, «Cervantes De/Re-Constructs the Picaresque», Cervantes, II, 2, 1982, pp. 109-132; Joaquín Casalduero, «Cervantes rechaza la pastoril y no acepta la picaresca», Bulletin of Hispanic Studies, LXI, 1984, pp. 283-285; Joseph V. Ricapito, «Cervantes y Mateo Alemán, de nuevo», Anales cervantinos,XXIII, 1985, pp. 1-7; Lilia E. Ferrario de Orduna, «En torno a la novela picaresca y a las Novelas ejemplares: acerca de Rinconete y Cortadillo y de la Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza», en Philologica hispaniensia: in honoren Manuel Alvar, vol. 3, Literatura, Madrid, Gredos, 1986, pp. 309-314; Helen H. Reed, «Theatricality in the Picaresque of Cervantes», Cervantes, VII, 1987, pp. 71-84; Juan Bautista Avalle-Arce, «Cervantes entre pícaros», Nueva Revista de Filología Hispánica, XXXVIII, 2, 1990, pp. 591-603; Jorge García López, «Rinconete y Cortadillo y la novela picaresca», Cervantes, XIX, 1999b, pp. 113-122; Monique Joly, «Cervantes y la picaresca de Mateo Alemán: hacia una revisión del problema», en J. Canavaggio (ed.), La invención de la novela, Madrid, Casa de Velázquez, 1999, pp. 269-276; y Anthony A. Zahareas, «La función de la picaresca en Cervantes», en Cervantes en Italia. Actas del X Coloquio Internacional de la Asociación de Cervantistas (Academia de España, Roma, 27-29 de septiembre de 2001), ed. Alicia Villar Lecumberri, Palma de Mallorca, Asociación de Cervantistas, 2001, pp. 459-472.

Vida y obras de fray Diego de Estella (1524-1578)

La prosa ascético-mística está representada, en el caso de los escritores navarros, por fray Diego de Estella, Pedro Malón de Echaide y Leonor de Ayanz. A estos tres autores en castellano se les sumará, ya en el siglo XVII, Pedro de Axular, cuyo idioma de expresión es el vascuence. No sin cierta exageración escribía José Zalba que

Junto a los nombres de los Luises de Granada y de León, de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y Fr. Juan de los Ángeles, que tanto sublimaron la mística y la ascética, tenemos en Navarra dos que no desmerecen de aquéllos: son el franciscano Fr. Diego de Estella y el agustino Fr. Pedro Malón de Echaide[1].

Hoy repasaré la vida y obras del primero de ellos, fray Diego de Estella.

Fray Diego de Estella

La situación que conoció Estella en el siglo XVI, tras las guerras civiles y episodios bélicos de la centuria anterior en Navarra, era de bonanza. Existía en la ciudad un estudio de Gramática y funcionaba una imprenta instalada a instancias de Miguel de Eguía. Tal sería el lugar de nacimiento del franciscano fray Diego de Estella (Estella, 1524-Salamanca, 1578), conocido especialmente como autor del Libro de la vanidad del mundo. Su nombre en el siglo era Diego de San Cristóbal-Ballesteros y Cruzat de Ortiz Eguía y Jaso. Estudió en la Universidad de Toulouse, cuyas aulas frecuentaban muchos estudiantes navarros, y Teología en Salamanca, donde coincidió con fray Luis de León y Francisco de Vitoria. Teólogo de Felipe II, se incorpora a su Corte entre 1565 y 1569 y en ella fue predicador y consultor. Más tarde se distanció del monarca por el dispendio que suponían las obras de El Escorial.

Sus obras escritas en castellano son Tratado de la vida, loores y excelencias del glorioso Apóstol y bienaventurado Evangelista San Juan (Lisboa, 1554), Libro de la vanidad del mundo (Toledo, 1562; Salamanca, 1574 y Salamanca, 1576) y Meditaciones devotísimas del amor de Dios (Salamanca, 1576); mientras que entre sus títulos latinos se cuentan In Sacrosanctum Jesu Christi Domini Nostri Evangelium secundum Lucam Enarrationes (Salamanca, 1574-1575); Modus concionandi et explanatio in Psalmum centesimum trigesimum sextum (Super Flumina) (Salamanca, 1576).

En su Libro de la vanidad del mundo, que fray Diego dedica a doña Juana, infanta de las Españas y princesa de Portugal, reflexiona el franciscano sobre las frivolidades mundanas, que son «vanidad de vanidades». La obra consta de tres partes, de cien capítulos cada una. Cien son también las Meditaciones devotísimas del amor de Dios, que Menéndez y Pelayo, «tan adverso de ordinario a los escritores navarros» en opinión de Zalba[2], elogia indicando que son «un braserillo de encendidos afectos». A juicio de su editor moderno, se trata de «uno de los libros más hondos, más regalados y elocuentes que se han escrito en castellano»[3]. Ricardo León ha destacado, en efecto, su alegría vehemente y su impulso lírico, frente al «seco y prolijo tratado» de «amarga sabiduría» que es el Libro de la vanidad del mundo, obra sin embargo de fray Diego mucho más popular y difundida:

Las Meditaciones devotísimas —opina— constituyen un florilegio teológico, una filosofía del Amor, pero no en forma abstracta, según los procedimientos de la Escuela, sino al modo espontáneo, artístico y familiar, henchido de emoción, extasiado en el sentimiento de la naturaleza, lleno de imágenes sensibles, con que gustan expresar sus amartelados pensamientos los discípulos del Santo de Asís. Obra a la vez de ciencia y de arte, de poesía y de piedad, es un breviario para todas las almas, lo mismo para aquellas que siguen caminos de perfección como para esotras avezadas a los aires del siglo y que han menester para probar tales manjares, para asimilar tan altas doctrinas, el exquisito aderezo, la culta elegancia de una sabrosa conversación. Cada una de estas cien Meditaciones ofrece un tema espiritual enunciado con candorosa sencillez y desenvuelto libremente como al través de una amorosa plática, de una tierna divagación, a los pies del Amado celestial. Charlando así, con todos los donaires, los requiebros, las copiosas figuras, las exclamaciones ardientes, las mil felices comparanzas de esta lengua española que parece inventada por los ángeles para el amor de Dios y de los hombres, va Fray Diego de Estella engarzando en los puntos de su pluma los más finos diamantes, los más sutiles conceptos de esa eterna Filosofía de la voluntad en que el genio español se anticipó en los siglos a las más agudas aspiraciones del presente[4].

Llama la atención también sobre su actualidad y la riqueza de su contenido. En suma, a lo largo de las cien meditaciones, desde la primera («Cómo todo lo criado nos convida al amor del Criador») hasta la última («De la gloria que alcanzarán los que aman a Dios»), fray Diego pondera los beneficios del amor a Dios y de sus recompensas, en una prosa natural y elegante.

Zalba elogiaba la prosa de fray Diego afirmando tajante que aventaja a la de fray Luis de León «en precisión y variedad de la frase, y en estas cualidades, así como en la claridad y facilidad, a ninguno reconoce ventaja»[5]. Pero no es el único crítico en mostrarse tan entusiasta: «Todas las obras del P. Estella son notabilísimas por la alteza de sus conceptos y la hermosura de su expresión literaria, de tal modo que no hallo reparo cierto en poner a su autor a la par de los más insignes místicos de su época», ha escrito Catalina García. Y, por su parte, E. Ochoa refiere:

El estilo de este ascético no brilla por la pompa ni por la elegancia, sino por la pureza y corrección. Tal vez peca de monótono, defecto común de nuestros autores místicos; mas, como quiera, es entre ellos uno de los más justamente apreciados, no sólo por su erudición y alta doctrina, sino también por la excelencia de su lenguaje[6].


[1] José Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, p. 350.

[2] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[3] Ricardo León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas del Amor de Dios hechas por fray Diego de Estella de la orden de San Francisco y ahora nuevamente impresas, Madrid, Imprenta de Miguel Albero-Renacimiento, 1920, p. IX.

[4] León, «Prólogo» a Meditaciones devotísimas, pp. XI-XII.

[5] Zalba, «Páginas de la historia literaria de Navarra», p. 351.

[6] Hay una edición moderna de las Meditaciones devotísimas (1920), por Ricardo León, y otras del Modo de predicar y Modus Concionandi (1951) y del Libro de la vanidad del mundo (1980), debidas estas dos últimas a Pío Sagüés Azcona, con interesantes estudios preliminares. En 2002 Iñaki Pérez Ibáñez preparó un Florilegio de las Meditaciones y la Vanidad del mundo (Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2002), con un prólogo titulado «Fray Diego de Estella, un franciscano predicador, místico y asceta». Ver además Carlos Mata Induráin, «Un acercamiento a fray Diego de Estella (1524-1578)», Pregón Siglo XXI, núm. 26, Invierno de 2005, pp. 29-32.

Semblanza literaria de Manuel Iribarren

De entre los escritores navarros de la primera posguerra, merece la pena destacar de forma especial la figura de Manuel Iribarren Paternáin (Pamplona, 1902-1973), cuya producción narrativa arranca en realidad de los años 30. La vocación literaria despertó muy pronto en él, manifestándose en el doble terreno del periodismo y la literatura. Su aprendizaje literario fue el de un autodidacta y él mismo escribió que se había formado «independientemente en los libros y en la vida». Como periodista colaboró en importantes diarios y revistas del panorama nacional, con artículos que «destacan por la plenitud de su estilo y la agudeza de su visión» y que le valieron, entre otros galardones, el premio «Domund» del año 1953. A la arena literaria saltó en el año 1932 con una primera novela, Retorno, que obtuvo un gran éxito de crítica: columnistas de reconocido prestigio como Enrique Díez-Canedo, Benjamín Jarnés, J. López Prudencio, Melchor Fernández Almagro, José María Salaverría o Roberto Castrovido reseñaron la obra dedicándole encendidos elogios y saludando la aparición de un auténtico novelista. Su carrera teatral la inauguró en 1936 con el estreno de La otra Eva, que obtuvo también una gran acogida por parte del público y de la crítica; esta habló del descubrimiento en Manuel Iribarren de un «indudable valor dramático». Formó parte del grupo de literatos que se reunió en Pamplona en torno a la revista Jerarquía (Pemán, Yzurdiaga, d’Ors, Pascual…) y más tarde fue colaborador asiduo de Pregón. Durante un tiempo ejerció el cargo de director de la revista Príncipe de Viana y después trabajó como empleado en la Diputación de Navarra.

Manuel Iribarren Paternáin

Manuel Iribarren fue ganador de numerosos premios, que jalonan su carrera literaria y nos hablan del reconocimiento que obtuvo en su momento: su Romance sobre la guerra civil fue premiado en un certamen convocado en Barcelona en 1943; los sonetos «A mi madre» alcanzaron el triunfo en los Juegos Florales de Cataluña en 1945; El capitán de sí mismo le valió el primer premio en el certamen nacional organizado con motivo del IV Centenario de la aprobación del libro de Ejercicios de San Ignacio de Loyola; fue Premio Nacional de Teatro en 1952 por La otra Eva y con el Misterio de San Guillén y Santa Felicia ganó el Premio Nacional de Literatura de 1965; en fin, quedó finalista del Premio Vicente Blasco Ibáñez con la novela Las paredes ven. Igualmente, su ensayo Escritores navarros de ayer y de hoy resultó ganador en los III Juegos Florales de Sangüesa.

La copiosa obra de Manuel Iribarren puede repartirse en cuatro apartados: novela, ensayo, teatro y poesía, si bien la producción narrativa constituye el bloque más interesante de su caudal literario. Dentro de la producción ensayística de Manuel Iribarren cabe recordar los siguientes títulos: Una perspectiva histórica de la guerra en España, 1936-1939 (Madrid, Editorial García Enciso, 1941); El Príncipe de Viana. Un destino frustrado (Madrid, Espasa Calpe, 1948); Los grandes hombres ante la muerte (Barcelona, Montaner y Simón, 1951, con una segunda edición en 1966); Navarra. Ensayo de biografía (Madrid, Editora Nacional, 1956, en la colección «Las tierras de España»); y Pequeños hombres ante la vida (Barcelona, Montaner y Simón, 1966, obra pensionada por la Fundación March). Además es autor de algunos de los folletos de la serie «Navarra. Temas de Cultura Popular» publicados en los años 60-70 por la Diputación Foral de Navarra: El paisaje (núm. 16); Príncipe de Viana (núm. 58); Mosén Pierres de Peralta (núm. 94) y En la órbita francesa (núm. 170). Una mención especial merece en este apartado su obra Escritores navarros de ayer y de hoy (Pamplona, Gómez, 1970), valioso repertorio de los literatos de nuestra región.

La obra poética de Manuel Iribarren incluye un Romance (1943) sobre la guerra civil, dividido en tres partes, «El alzamiento», «La lucha» y «La victoria»; unos sonetos «A mi madre» (1945), publicados en Pregón, y varias composiciones más (hasta un total de ochenta y ocho) que reunió para su publicación bajo el epígrafe de Antología imposible, libro que no alcanzó a ser editado y en cuyo prólogo se definió como «francotirador de la poesía». Entre sus obras inéditas quedó también otra, que llegó a anunciarse en preparación, titulada Invierno (Diario lírico en cuatro estaciones).

Sus piezas dramáticas son La otra Eva, comedia en un prólogo y tres actos (estrenada en el Teatro Español de Madrid el 19 de mayo de 1936 y publicada en Madrid, Ediciones Alfil, 1956); La advenediza, drama en tres actos estrenado en el Teatro Principal de Burgos el 9 de mayo de 1938; El capitán de sí mismo. Retablo escénico (Pamplona, Gómez, 1950), que evoca la vida de San Ignacio de Loyola y su conversión de capitán de milicias a soldado de Cristo al frente de la Compañía de Jesús. El Misterio de San Guillén y Santa Felicia (Pamplona, Morea, 1964, con una reedición moderna de 1994) fue el texto literario que fijó para ser representado anualmente en Obanos, como así se hizo entre 1965 y 1977, de forma ininterrumpida. Fue Manuel Iribarren hombre interesado por el mundo del teatro, como prueban las numerosas piezas inéditas, comedias y tragedias, conservadas por su familia, por ejemplo Sol de invierno, La gran mascarada, Santa diablesa, Entre mendigos, Hoy como ayer, A gusto de todos, Buscando una mujer, Cuando la comedia terminó…, El huésped, La ilusa admirable o Una aventura en la noche.

En fin, su producción narrativa está formada por Retorno (1932, con una 2.ª ed. revisada de 1946), La ciudad (1939), Encrucijadas (1952), El tributo de los días (1968), Símbolo (1939), San Hombre (1943), Pugna de almas (1944) y Las paredes ven (1970). Son novelas interesantes pero, para no prolongar excesivamente esta entrada, dejaremos pendientes su análisis para una próxima ocasión.

Primera aproximación a Pérez Galdós

Ayer terminaba de releer Tormento, de Benito Pérez Galdós, que ha sido, sin duda, una de las mejores lecturas del verano. La acción se centra en el conflicto que se le plantea a Amparo Sánchez Emperador, joven a la que se le presenta la posibilidad de abandonar su chata vida de estrecheces y sometimiento por medio del matrimonio con el indiano rico don Agustín Caballero, pero que vive atenazada por el peso de la culpa, pues en el pasado había sido seducida por el sacerdote don Pedro Polo. La novela se estructura en torno a una serie de binomios: culpa e inocencia, pecado y arrepentimiento, civilización y barbarie, sociedad y naturaleza… Inolvidable es también el retrato de otros personajes que reaparecen en el universo de las novelas contemporáneas de Galdós, como Francisco Bringas, su esposa Rosalía Pipaón de la Barca, Felipe Centeno, o el escritor de folletines José Ido del Sagrario, entre otros.

Pero no es mi objetivo analizar ahora esta novela, sino ofrecer unas simples notas, a modo de primera aproximación, a la figura de Pérez Galdós, uno de los grandes novelistas del siglo XIX (no solo de la literatura española, sino universal), maestro en el arte de contar, comparable con Cervantes como narrador e inventor de ricos mundos ficticios.

En efecto, lo primero que hay que decir es que Benito Pérez Galdós[1] (Las Palmas de Gran Canaria, 1843-Madrid, 1920) fue un gran novelista, eso que llamamos un novelista integral (o, dicho de otra forma, «un escritor ávido de materia novelable»; Menéndez Pelayo afirmó que su novelística constituye «un sistema de observación y de experiencia»). El pensamiento de Galdós se construye sobre una ideología liberal progresista y anticlerical, que se reflejará en sus obras. Fue un gran agitador moral, como otros autores de finales del siglo XIX o que vivieron a caballo de los siglos XIX y XX (como lo será también, por ejemplo, Unamuno). Fue asimismo un periodista nato, cronista de la actualidad española del momento.

Era el décimo hijo del matrimonio formado por don Sebastián Pérez, teniente coronel del ejército, y doña Dolores Galdós. Niño reservado, aficionado a observar la vida más que a protagonizarla, en sus años escolares se mostró aficionado a la música, el dibujo y los libros. Siendo muchacho, tuvo un amorío con su prima Sisita. Para apartarla de ella, en el otoño de 1862 sus padres lo envían a estudiar Derecho a Madrid, ciudad de la que habría de ser el más ávido y profundo observador. «Su contacto con el krausismo fue en estos años crucial para su futuro como escritor: un movimiento intelectual que pretendía reformar el país mediante la educación, basándose en el respeto al individuo y en la creencia de sus posibilidades de mejora, no podía sino atraerle», escribe Germán Gullón[2]. Don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza, le alentó para que escribiera novelas. «Su conocimiento de la capital —afirma Gullón— le convirtió en heredero de don Ramón de Mesonero Romanos»[3]. Fue asiduo de cafés como el Universal, el de Fornos y el Suizo, «universidades» que suplían su ausencia de la Facultad. Frecuenta además las redacciones de los periódicos y los teatros. Sobre dramas y comedias, sobre música y otros asuntos escribió en La Nación y El Debate, asistiendo al Ateneo y alternando las lecturas de los clásicos (lee con voracidad) con las de románticos y costumbristas (Mesonero Romanos, Ramón de la Cruz, Leandro Fernández de Moratín, Dickens, Balzac, Stendhal, Dostoiewski…)[4].

Tuvieron poca importancia sus intervenciones en política. Se adscribió al progresismo, cuyo jefe, Sagasta, lo llevó a ser diputado. En efecto, fue elegido diputado a Cortes por Guayama (Puerto Rico) en 1886 (diputado «cunero»), aunque nunca pronunció palabra en el Parlamento. A principios del siglo XX adopta posiciones más avanzadas: se declara republicano y llega a establecer contactos con los socialistas. Así, en 1907 encabezó la candidatura de la Conjunción Republicano-Socialista por Madrid. En 1914 fue elegido candidato republicano por su ciudad natal. Pero la radicalización de sus ideas va acompañada de un espíritu cada vez más tolerante (fue amigo de Pereda y Menéndez Pelayo, tradicionalistas, y admiró a Cánovas; Alfonso XIII y él se dispensaron mutua simpatía). Fue académico de la Real Academia Española y mantuvo relaciones amorosas, generalmente discretas, con mujeres como Concha-Ruth Morell, Lorenza Cobián (madre de su hija), Emilia Pardo Bazán, la actriz Concha Catalá y Teodosia Gandarias, su último gran amor.

Los últimos diez años de su vida fueron bastante tristes: pierde la vista, conoce graves dificultades económicas, sus enemigos impiden que se le otorgue el Premio Nobel… Moriría en Madrid en 1920, cuando dominaba un injusto menosprecio de su obra.

La dedicación de Pérez Galdós a la literatura fue titánica; su producción, ingente, tanto en cantidad como en calidad. Tendremos ocasión de comprobarlo en futuras entradas de este blog.


[1] La bibliografía sobre el escritor es muy abundante. Una biografía completa es la de Pedro Ortiz-Armengol, Vida de Galdós, Barcelona, Crítica, 2000.

[2] Germán Gullón, «Pérez Galdós, Benito», en Ricardo Gullón (dir.), Diccionario de Literatura Española e Hispanoamericana, Madrid, Alianza Editorial, 1993, p. 1242a.

[3] Germán Gullón, «Pérez Galdós, Benito», p. 1242a.

[4] Escribe Germán Gullón, «Pérez Galdós, Benito», p. 1242ab: «La obra de Dickens, de quien tradujo Pickwick papers, ha sido considerada como un ingrediente esencial en la creación galdosiana y en su capacidad para presentar las diversas capas sociales, estableciendo conexiones entre la historia, la situación social, la geografía urbana y el carácter del individuo».