Contexto literario de Navarro Villoslada

Francisco Navarro Villoslada[1] puede ser incluido en la nómina de los escritores románticos, con alguna ligera matización. En primer lugar, es un romántico rezagado, especialmente si tenemos en cuenta que su obra más importante, Amaya, plagada todavía de reminiscencias románticas, no llegó hasta la década de los 70, cuando el Romanticismo, como movimiento literario, era ya historia pasada. Es además un romántico de signo conservador, cercano a la tendencia que representan un Chateaubriand, o un Zorrilla en el caso de España, frente a la más exaltada o liberal, cuyos máximos exponentes serían lord Byron o Espronceda. Y un romántico regionalista, por los temas, personajes y escenarios de muchos de sus escritos.

Sir Walter ScottComo novelista histórico, su nombre se agrupa con los de Martínez de la Rosa, Cánovas del Castillo, Castelar o Amós de Escalante por ser todos ellos autores que escriben unas obras bien documentadas, casi eruditas, que incluyen a veces prolijas notas explicativas. En España, ese género de la novela histórica triunfa en los años 30 y 40 de la pasada centuria merced al éxito alcanzado por Walter Scott con Ivanhoe, The Talisman y las Waverley Novels. La imitación de esas obras era garantía casi segura de éxito editorial, razón que llevó a multitud de seguidores —en toda Europa— a copiar los patrones establecidos por el maestro escocés. De esta forma, el magisterio de Scott convirtió a la novela histórica, que ya contaba con varios y ricos antecedentes en épocas pasadas, en un género literario moderno. Los novelistas españoles, y lo mismo los dramaturgos, encontraron en la historia, fundamentalmente la nacional, un inagotable filón de temas y personajes para sus argumentos. En el caso de la novela, fueron primero las meras traducciones de Scott; más tarde llegaron las imitaciones; y, por último, las producciones originales.

Algunos de los títulos más destacados del género serían: Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830),de Ramón López Soler; La conquista de Valencia por el Cid (1831), de Estanislao de Cosca Vayo; Sancho Saldaña o El castellano de Cuéllar (1834), de José de Espronceda; El doncel de don Enrique el Doliente (1834), de Mariano José de Larra; Ni rey ni Roque (1835), de Patricio de la Escosura; El golpe en vago (1835), de José García de Villalta; Doña Isabel de Solís (1837), de Francisco Martínez de la Rosa; El templario y la villana (1840), de Juan Cortada y Sala; y, en fin, la que ha sido considerada unánimemente por la crítica como la mejor obra del conjunto, El señor de Bembibre (1844), de Enrique Gil y Carrasco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Una valoración de la novela histórica romántica española

Como valoración global de la novela histórica romántica española cabe decir que su importancia no reside tanto en su calidad (que no es muy alta, salvo en contadas excepciones; ya hemos visto que unos mismos recursos tópicos se repiten hasta la saciedad en distintas novelas) como en su cantidad: la producción de novela histórica española, verdaderamente copiosa, consigue inundar de novelas nuestro país y consolida de esta manera la afición por lo novelesco en España. De la misma forma que sin la producción narrativa de los treinta primeros años del XIX no se entiende la novela histórica romántica, sin esta novela histórica no se podría explicar tampoco el magnífico florecimiento de la novela realista en los últimos treinta años del siglo.

Libros antiguos

Se podría añadir que este peculiar subgénero narrativo deja apuntados algunos aspectos importantes (lo regional, el tratamiento de la naturaleza), aunque la tarea de elevarlos literariamente a cimas más altas estará reservada, sin duda alguna, para los grandes escritores realistas del último tercio del siglo XIX[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La naturaleza en la novela histórica romántica (y 3)

Queda, en fin, decir algo de El señor de Bembibre. Enrique Gil y Carrasco consigue en esta novela, no solo plasmar el paisaje del Bierzo, sino además mostrárnoslo en relación con el estado anímico de sus personajes[1], sobre todo de Beatriz; en efecto, el paisaje va cambiando con el paso de las estaciones, al tiempo que asistimos al lento pero inexorable desarrollo de su enfermedad (muy bien descrito por tratarse del mismo mal que padecía el autor), hasta que al final la naturaleza se renueva en primavera, en tanto que termina por consumirse el último aliento de vida de la protagonista.

Primavera, de Anastasia Woron

Y, aunque otros autores se le adelantan en el tratamiento del paisaje regional, nadie consigue unas descripciones tan acabadas como las suyas[2]. De las muchas citas posibles, elijo simplemente una:

El otoño había sucedido a las galas de la primavera y a las canículas del verano, y tendía ya su manto de diversos colores por entre las arboledas, montes y viñedos del Bierzo. Comenzaban a volar las hojas de los árboles: las golondrinas se juntaban para buscar otras regiones más templadas, y las cigüeñas, describiendo círculos alrededor de las torres en que habían hecho su nido, se preparaban también para su viaje. El cielo estaba cubierto de nubes pardas y delgadas por medio de las cuales se abría paso de cuando en cuando un rayo de sol, tibio y descolorido. Las primeras lluvias de la estación que ya habían caído, amontonaban en el horizonte celajes espesos y pesados, que adelgazados a veces por el viento y esparcidos entre las grietas de los peñascos y por la cresta de las montañas figuraban otros tantos cendales y plumas abandonados por los genios del aire en medio de su rápida carrera. Los ríos iban ya un poco turbios e hinchados, los pajarillos volaban de un árbol a otro sin soltar sus trinos armoniosos, y las ovejas corrían por las laderas y por los prados recién despojados de su yerba, balando ronca y tristemente. La naturaleza entera parecía despedirse del tiempo alegre y prepararse para los largos y obscuros lutos del invierno (pp. 203-204).

Al final Beatriz, ya muy delicada, se retira a una quinta cercana al lago de Carucedo donde «debía aguardar el fallo de su vida y de su suerte»; allí su alma admira la belleza del paisaje en torno y, levantando los ojos al cielo, ruega para que «a orillas de aquel lago apacible y sereno comenzase una nueva era de salud, de esperanza y de alegría que apenas se atrevía a fingir en su imaginación» (p. 338). Pero no puede ser así, y ella misma lo reconoce, una vez perdida ya toda la confianza en recuperarse:

—Y sin embargo, mi ensueño era bien puro y bien hermoso: puro y hermoso como ese lago en que se mira el cielo como en un espejo, y como esos bosques y laderas llenas de frescura y de murmullos. No seré yo quien sobreviva a las pompas de este año. ¡Necia de mí que pensaba que la naturaleza se vestía de gala como mi alma de juventud para recibir a mi esposo, cuando solo se ataviaba para mi eterna despedida! (p. 375).

En definitiva, aunque el sentimiento de la naturaleza es, cuantitativamente, «poco propio de la novela histórica»[3], cuando aparece llega a constituir, en opinión de Felicidad Buendía, «uno de los elementos más bellos» de estas obras; entonces, las descripciones se dividen en dos grandes apartados: por un lado, los tópicos románticos de ruinas y nocturnos; por otra parte, los paisajes característicos de la patria chica de cada autor:

La Naturaleza en la novela histórica se presenta también como una naturaleza-tipo, más o menos idealizada conforme a los tópicos establecidos por maestros del género o por tópicos tradicionales o de escuela. Por otra parte, existe también la Naturaleza que representa paisajes o lugares concretos, específicos, parajes amados por el escritor, porque en ellos discurrió su infancia, porque en ellos se sucedieron los mejores momentos de su vida o porque en ellos soñó y sintió. Por este camino se avanza hacia el pintoresquismo, con su atuendo colorista de los cuadros de costumbres[4].


[1] Esto se apuntaba ya, aunque en menor medida, en El lago de Carucedo: «El cielo estaba cubierto de pardas nubes, el aire caliente y espeso. […] Otra no menor tempestad, empero, rugía en el alma del desdichado» (p. 248).

[2] Además de Azorín, El paisaje de España visto por los españoles, Madrid, Espasa-Calpe, 1943, puede consultarse el artículo de Benito Varela Jácome, «Paisaje del Bierzo en El señor de Bembibre», Boletín de la Universidad de Santiago de Compostela, año 1947, núms. 49-50, pp. 147-162.

[3] Reginald F. Brown, La novela española (1700-1850), Madrid, Dirección General de Archivos y Bibliotecas, 1953, p. 30.

[4] Felicidad Buendía, «La novela histórica española (1830-1844)», estudio preliminar en su Antología de la novela histórica española (1830-1844), Madrid, Aguilar, 1963, p. 21. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La naturaleza en la novela histórica romántica (2)

También Juan Cortada y Sala da entrada en sus novelas al regionalismo; así, en El templario y la villana con algunas descripciones del paisaje catalán (en las pp. I, 86; II, 89; II, 91-92) y de los elementos tópicos del decorado romántico como la noche y la luna (I, 50; II, 5-6), la tristeza del ocaso (I, 88-89), la melancolía de la naturaleza en paralelo con la de los corazones (II, 108), la llegada de la primavera coincidiendo con los momentos de esperanza para los amantes (II, 169). Y en La heredera de Sangumí, la tormenta (p. 1206), el paisaje en primavera (p. 1250), la noche en calma (p. 1258), la luna (p. 1161; y, al final de la novela, como testigo de la muerte de los dos amantes, Gualterio[1] y Matilde, y del suicidio del paje Ismael).

Sancho Saldaña de Espronceda es quizá la novela en que con más frecuencia se muestra la naturaleza en relación con los sentimientos de los personajes; es muy frecuente mostrar la calma del paisaje frente a la desesperación de la vengativa Zoraida, cegada por el despecho de Saldaña y por sus celos de Leonor. Citaré dos pasajes, uno para ejemplificar este aspecto y otro en que el narrador hace referencia expresamente a esa oposición:

La noche tranquila como el lago del valle, la luna bañando en luz pacífica las extendidas llanuras que de las torres se descubrían, el aire sin ruido, el campo sin ecos, el castillo lóbrego y en silencio, la hora ya muy adelantada, el reposo y el sueño en que estaban sumergidos los demás vivientes, todo parecía convidar al descanso y ella sola no sosegaba, y ni su espíritu ni su cuerpo cesaban en su agitación. […] Cuando ella contemplaba la calma que reinaba a su alrededor, aquella misma paz aumentaba su inquietud lejos de tranquilizarla (p. 557).

Entre tanto, la mañana despuntaba ya en el Oriente, como si la calma y la serenidad de la Naturaleza se deleitasen en servir de contraste con las pasiones de los hombres, pintando el cielo del color del alba y derramando por la haz de la tierra toda la luz y la alegría de una alborada de estío (p. 584).

Además de la naturaleza en calma, de las noches serenas, de la presencia de la luna, abundan en esta novela las descripciones de tempestades, coincidiendo con los momentos en que se desatan las pasiones más violentas de los protagonistas (celos, odio, venganza).

The_Shipwreck, de Turner

Pero el testimonio más interesante, por lo que tiene de romántico, es el de un trovador que se extasía admirando la hermosura de una descomunal tormenta:

El poeta, entre tanto, sin acordarse del peligro que le rodeaba, contemplaba absorto a la luz de los relámpagos el trastorno sublime y la confusa belleza de la tempestad. Ya veía rasgarse el cielo en llamas y descubrir a sus ojos otros mil cielos ardiendo, ya seguido de espantosos truenos lanzarse el rayo en los aires brillantes como las armas de mil guerreros, ya imaginaba en los bramidos del huracán los cantos de guerra de un ejército numeroso (p. 534)[2].


[1] Además de tratarse de un nombre que «suena» a Edad Media, ¿será este personaje, protagonista de la segunda novela de Cortada, un pequeño homenaje al maestro Walter Scott?

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La naturaleza en la novela histórica romántica (1)

La descripción del paisaje tiene distinta importancia en cada una de estas novelas. En principio, y como siempre, los entreguistas se despreocupan de la naturaleza, que desaparece de sus obras casi por completo. En el lado contrario tenemos a un Gil y Carrasco que llega al primor en la descripción del paisaje del Bierzo en su novela, El señor de Bembibre, aunque hay otros autores de novela histórica anteriores a él que también han fijado su atención en el paisaje de sus regiones (especialmente, el valenciano Vayo y el barcelonés Cortada). Por lo demás, son frecuentes las típicas menciones románticas de ruinas, nocturnos (la luna, sobre todo)[1] y tempestades; suele ser interesante la visión de la naturaleza, agitada o en calma, en relación de contraste o de semejanza con el estado anímico de algún personaje[2].

Pareja mirando la luna, de C. D. Friedrich

Voy a dedicar unas líneas a aquellas novelas en las que la naturaleza ocupa un lugar más destacado.

En La conquista de Valencia por el Cid, que es novela muy temprana, de 1831, Estanislao de Cosca Vayo nos ofrece varias descripciones de la naturaleza en torno a la ciudad sitiada: amaneceres, tormentas, la noche, la luna, el mar, los jardines y la huerta de Valencia… Se convierte así en el primer novelista histórico que capta un paisaje regional español. El propio autor se refiere expresamente a ello en el prólogo:

Hemos procurado bosquejar con cuanta exactitud nos ha sido posible no solo algunos de los singulares usos de los valencianos, sino también la fertilidad y belleza de sus campiñas (p. 225).

En Doña Isabel de Solís, de Francisco Martínez de la Rosa, también aparecen algunas descripciones de la vega granadina (por ejemplo, en el capítulo II, 13), o se muestra la calma de la primavera en contraste con la agitación que produce el segundo cerco de Alhama (II, 28), o la melancolía del mar (II, 35) y de la luna (al final ya, con Zoraya enferma, en III, 48). Y, como es lógico, abundan las descripciones de los distintos recintos del Palacio de la Alhambra (I, 18; I, 31; II, 3) y de la ciudad de Granada[3] en general (III, 24; III, 38). En cualquier caso, la presencia de la naturaleza no es, en proporción, muy grande, pues se trata de una novela muy larga[4].


[1] Gustaban los románticos de la noche, como indican estas palabras que leemos en El golpe en vago: «El sol oculta con su luz las maravillas de la creación que la noche descubre» (p. 1007).

[2] Es frecuente, por ejemplo, que en el momento de cometerse un crimen estalle una violenta tempestad. Por ejemplo, cuando Azeari mata a Raúl y Blanca, en Don García Almorabid, se indica: «La naturaleza, cómplice de la sangrienta escena, cubrió los ruidos del asesinato con el estrépito del huracán que soplaba y las resonancias de los truenos lejanos» (p. 187). Lo mismo sucede cuando García Romeu asesina a su suegro en Los héroes de Montesa (p. 214).

[3] Granadino era Martínez de la Rosa y, en la Advertencia de la Primera parte de su novela, afirma que, deseando escribir una novela sobre algún tema de la historia nacional, no quiso comenzar su redacción hasta no encontrarse en España; pero que, una vez vuelto a Granada, no le resultó difícil encontrar el tema y la inspiración en la historia de la cautiva cristiana, en el marco de la conquista de aquel reino por los Reyes Católicos.

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Saltos temporales en la novela histórica romántica

Es frecuente en estas novelas que se nos cuente primero un hecho y después se vuelva atrás para dar su explicación[1], sobre todo en aquellas novelas de corte más folletinesco que enredan al máximo la acción (por ejemplo, Bernardo del Carpio). En cualquier caso, el manejo del tiempo está en manos del narrador, y así se declara explícitamente en algunas ocasiones:

Han pasado unos días desde los sucesos relatados en el capítulo anterior. De intento, merced a nuestras facultades de novelista, hemos dejado pasar estos días desde el anterior capítulo al presente, por ahorrarnos la difícil empresa de describir la inmensa alegría que hubo en Quesada… (Pedro de Hidalgo, p. 246; la cursiva es mía).

Nuestros lectores se servirán volver atrás con nosotros y recordar el día en que María y su desdichada madre salieron aceleradamente de Carucedo, sin que supiésemos quiénes eran, a dónde iban, ni qué propósitos eran los suyos (El lago de Carucedo, p. 246).

Paso del tiempo

Mas el asunto de esta veleidad antojadiza del señor de la torre de Cortiguera, su origen y nacimiento tienen interés tal que piden ser minuciosa y sosegadamente relatados. A cuyo propósito conviene retroceder poco tiempo en nuestra historia y referir sucesos que llenaron sus días anteriores a aquel en que le dimos comienzo (Ave, Maris Stella, pp. 34-35).

No nos tomaremos el trabajo de seguir al amo ni al criado en todo su camino, sino que dejándolo en claro, trasladaremos la escena, de un golpe de pluma, al día siguiente, en el momento de oscurecer… (Ni rey ni Roque, p. 795; cursiva mía).

Así pues, de la misma forma que el narrador decide a qué personaje debemos acompañar, también a su voluntad maneja el tiempo, como hemos visto; y lo mismo sucede con el espacio:

Rogamos al condescendiente lector que se prevenga a dar otro salto desde la sierra de Crevillente a la antigua capital siete veces coronada del florido reino de Murcia. Y no es nuestro ánimo hacerle divagar por sus calles y encrucijadas, sino introducirlo de pronto en un aposento sombrío… (Jaime el Barbudo, p. 118).

Pero mis lectores que, sin duda, querrán saber lo que Abén-Mahomad iba a buscar en aquella casa, y como viniendo conmigo no necesitan que la puerta esté abierta para entrar, pasaremos sin que aquel viejo gruñón nos vea, y nos enteraremos de lo que allí pasó. Y por si acaso algún lector meticuloso teme entrar, no sea que el viejo del ropón le quiebre las tres costillas que pretendió quebrar a Abén-Mahomad, yo contaré lo que allí vimos y oímos todos los que, valerosamente y por arte de encantamiento, entramos (Pedro de Hidalgo, p. 52; cursiva mía)[2].


[1] Así, el capítulo VI de Jaime el Barbudo se títula «Aclaración de los precedentes».

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El tiempo y el espacio en la novela histórica romántica

Poco se puede decir del tratamiento del tiempo y el espacio de las novelas históricas románticas españolas; no cumplen una función estructurante, sino que aparecen únicamente como el escenario y el momento históricos en que se va a desarrollar la acción, normalmente en el marco de una Edad Media muy idealizada y convencional, pese a los esfuerzos mayores o menores de documentación (menores en los entreguistas). El autor suele ofrecer un cuadro histórico general y pequeñas notas históricas. Ya he hablado en una entrada anterior de los elementos descriptivos de la novela de terror que pasan a la histórica, así como del pretendido «color local». Lo más notable es, sin duda alguna, la visión de la naturaleza, que no ocupa mucho lugar en estas novelas, pero que a veces alcanza altas cotas de interés, como enseguida veremos.

Besalú

Por lo que toca al tiempo, ya señalé también la distancia entre narrador e historia, con la alternancia de un pasado lejano (el tiempo de la narración) y el presente del autor-narrador. A veces en la novela aparece cierto desorden temporal y el narrador, que maneja a su voluntad todos los hilos del relato, hace volver atrás al lector para atar cabos o explicar algo sucedido anteriormente; puede ocurrir que él mismo reconozca lo inconexo de su relato como ocurre, por ejemplo, en Sancho Saldaña[1]; pero cabe también que achaque el defecto al manuscrito que está siguiendo:

Ya el lector inteligentísimo habrá comprendido por qué fue la extraña desaparición de Aznar, de que dimos cuenta en el capítulo XXVIII de esta verídica historia. El cronista muzárabe suele hacer cosas como ésta, que es dejar de explicar los sucesos cuando tienen lugar; y luego, al cabo de tiempo, hacer de modo que mal o bien se entiendan, sin ponerse a decirlo claramente (La campana de Huesca, pp. 553-54; se trata del inicio del capítulo XXXIII)[2].


[1] «Pero dejando esto aparte […], seguiremos el hilo de nuestro cuento, si es que lo tiene tan enmarañada madeja» (p. 691).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Empleo del fuego para crear incidentes dramáticos en la novela histórica romántica

Se trata de un recurso bastante socorrido en los novelistas románticos españoles, que tiene su precedente más claro en el incendio del castillo de Torquilstone en Ivanhoe de Walter Scott. Así, en Doña Isabel de Solís será el incendio del Real durante el sitio de Granada; en Los héroes de Montesa arde ese pueblo en medio de una batalla; en Gómez Arias, el pueblo de Alhacén; en La heredera se produce un incendio en el asalto a Balaguer; en Sancho Saldaña arde el bosque en que se refugian los bandidos; El templario y la villana termina con el desplome de la torre del castillo de Rocafort, devorada por las llamas; en Don García Almorabid, además del incendio de la Nabar-Erría, Pedro de Oyan-Ederra quema a su mujer e hijos cegado por los celos.

Castillo en llamas

Navarro Villoslada hace uso de este procedimiento en sus dos primeras novelas: en Doña Blanca, arde el castillo del conde de Lerín, y Jimeno se encarga de salvar de las llamas a la joven Catalina; en Doña Urraca es pasto del fuego el castillo del usurpador Ataúlfo de Moscoso, que muere abrasado, al igual que su nodriza Gontroda. En Ave, Maris Stella no es el fuego, sino el agua (la crecida de un río) lo que provoca la destrucción del palacio de las señoras de Quijas[1].


[1] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Uso de prendas y objetos simbólicos en la novela histórica romántica

Medallón con retrato de damaEs frecuente que los personajes utilicen prendas (un anillo, una piedra preciosa, una banda o cinta, un retrato, una cruz, un guante…) para reconocerse entre ellos, como salvoconducto, como gajes de un duelo o para conceder un favor a quien las presente[1]. Citaré solo unos ejemplos: en Don García Almorabid, Azeari reconoce al amante de su hija por un relicario de oro; en El señor de Bembibre, Beatriz recibe la trenza y la sortija que entregó a Álvaro, al que ahora cree muerto; el Cid luce al alancear un toro en La conquista de Valencia la cruz que le ha dado Jimena para que pueda reconocerlo, a pesar de ocultar su personalidad.

Y todavía se pueden citar más ejemplos: el retrato de la reina, presentado oportunamente en Gómez Arias delante de ella, sirve para salvar la vida del protagonista, pues ha empeñado su palabra en conceder cualquier gracia que se le pida a quien lo muestre; en Sancho Saldaña, Jimeno y Usdróbal intercambian una sortija de oro y un relicario con un fragmento de la Vera Cruz en señal de su desafío[2].


[1] Recuérdese en la novela del escocés el relicario y la cadena de oro que intercambian Ivanhoe y Bois-Guilbert como gajes del torneo, el guante de Rebeca como prenda para su campeón, la armadura y el caballo que recibe Ivanhoe del judío Isaac por la ayuda prestada o la trompa que Robín entrega a Ricardo.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Disfraces y cambios de nombres en la novela histórica romántica

Para ocultar la personalidad de los personajes se recurre frecuentemente al empleo de disfraces[1], lo que les permite escapar de alguna prisión o entrar sin peligro en terreno enemigo. Estas novelas están pobladas de «incógnitos», caballeros las más de las veces a los que, por distintas razones, no interesa darse a conocer en un torneo, en una batalla o en la corte, hasta que se produzca la anagnórisis, que tendrá lugar en el último momento —pues como señala un personaje de Walter Scott en El corazón de Mid-Lothian, «el final de la incertidumbre es la muerte del interés»—. Es lo que ocurre, por ejemplo, con el noble Pedro Martínez de Oyan-Ederra, que vive como un proscrito bajo el nombre de Azeari (en Don García Almorabid).

En algunas obras, hay verdaderos especialistas en el arte de trocar un disfraz por otro (así, el criado Chato en El golpe en vago); ni siquiera los reyes escapan a la tentación de vestirse un disfraz (en La campana de Huesca, el rey Ramiro se disfraza de monje para visitar al abad sin ser reconocido). No son frecuentes, aunque alguno hay, los casos de mujeres disfrazadas de varón (en Amor y rencor, Juana viste unas armas negras para pelear, al lado de su amado, contra sus propios hermanos, en el combate en que se va a decidir su suerte).

Amaya o los vascos en el siglo VIIIEn ocasiones, no es el uso de disfraces, sino la utilización de nombres distintos para un mismo personaje lo que produce la identificación tardía del mismo (en Amaya, de Navarro Villoslada, el vasco Asier, el judío Aser y el godo Eudón resultan al fin la misma persona). En general, cuanto más folletinesca es la novela, más se abusa de esos recursos de ocultación de la personalidad. Es lo que ocurre, entre las novelas examinadas, con Bernardo del Carpio y Edissa; en esta última la trama se complica de forma exagerada: el malvado Eliasib, también llamado Aialah, y que después responderá por el nombre de Pablo, mata a Teonila, que en realidad no es Teonila, sino su hija Miriam; Eliasib tiene otra hija llamada Judit, pero en la novela utiliza el nombre de Edissa; todo esto nos lo cuenta un ermitaño, que al final no es tal, sino una mujer llamada Maliba, esposa de Eliasib y madre de las dichas Miriam y Judit. En fin, todo un enredo[2].


[1] En Ivanhoe, los soldados normandos se disfrazan de sajones para raptar a lady Rowena; Wamba entra al castillo disfrazado de abad y cambia el hábito por las ropas de su señor Cedric para que este pueda escapar.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.