Lope de Vega y Tirso de Molina

Tirso de Molina

Tirso de Molina es uno de los seguidores más importantes de la fórmula de Lope, y uno de sus grandes admiradores[1]. En distintas ocasiones defiende con entusiasmo la comedia nueva, y a su principal inventor. No viene a cuento recoger aquí la teoría dramática de Tirso, donde se evidencia su cercanía al teatro del maestro, pero merece la pena citar algún pasaje de La villana de Vallecas, donde alaba como primera en su género la comedia de Lope El asombro de la limpia Concepción (o La limpieza no manchada): «De Lope; que no están bien / tales musas sin tal Vega», y sobre todo el extenso pasaje de La fingida Arcadia, inspirada en La Arcadia de Lope, y que incluye una serie de juicios sobre distintas obras lopianas, a cual más elogioso:

ÁNGELA.- Pluma de Lope de Vega
la fama se deja atrás.

LUCRECIA.- ¡Prodigioso hombre! ¡No sé
qué diera por conocelle!
A España fuera por velle,
si a ver a Salomón fue
la celebrada etiopisa.

ÁNGELA.- Compara con proporción
que no es Lope Salomón.

LUCRECIA.- Lo que su fama me avisa,
lo que en sus escritos leo,
lo que enriquece su tierra,
lo que su espíritu encierra
y lo que velle deseo,
mi comparación excusa;
y a él le da más alabanza
lo que por su ingenio alcanza
que a esotro su ciencia infusa.
[…]

LUCRECIA.- Yo, después acá que estoy
en el español idioma
ejercitada, si a Roma
a Tulio por padre doy
de la latina elocuencia,
y al Boccaccio en la toscana,
a Lope en la castellana
no le hallo competencia.
Más de un desapasionado
me ha dicho de su nación
que en la prosa a Cicerón
estilo y gracia ha imitado,
y a Ovidio en la suavidad
y lisura de sus versos
sonoros, limpios y tersos,
confirmando esta verdad
con lo que en sus libros hallo.

ÁNGELA.- Si él ese favor oyera,
¡qué bien le correspondiera!,
¡qué bien supiera estimallo!

LUCRECIA.- ¿Agradece?

ÁNGELA.- Aunque hay alguno
que apasionado lo niega,
es tan fértil esta vega
que paga ciento por uno.
Pero ¿qué piensas hacer
con tantos libros aquí?

LUCRECIA.- Todos son suyos y ansí,
ya que no le puedo ver,
mientras gasto bien los ratos
que recreo en su lección,
si los libros suyos son,
veré a Lope en sus retratos.

ÁNGELA.- Con tanto libro parece
estudio éste, y no jardín.

(Están todas las obras de Lope en un estante.)

LUCRECIA.- Mejor dirás camarín
que al alma deleite ofrece.

ÁNGELA.- Aquéste es el Labrador
de Madrid
, primero fruto
de Lope.

LUCRECIA.- Hermoso tributo
que a un tiempo da fruto y flor.

ÁNGELA.- Es divino.

LUCRECIA.- De justicia,
lo primero a Dios se debe;
por eso quiere que lleve
Lope el cielo su primicia.

ÁNGELA.- No ha escrito él otro mejor.

LUCRECIA.- Imitó, discreto, en él
a la ofrenda que hizo Abel,
si Caín dio lo peor.

ÁNGELA.- Ésta es la Angélica bella.

LUCRECIA.- ¿Que Ariosto se le compara?
¡Valientes octavas!

ÁNGELA.- Rara
habilidad, y con ella
la Dragontea compite
del rayo de Ingalaterra.

LUCRECIA.- Escribe en la paz la guerra
lo que la pluma permite.

ÁNGELA.- Mira en un cuerpo pequeño
mil almas.

LUCRECIA.- Bien le sublimas.

ÁNGELA.- Éste se llama Las rimas
de Lope.

LUCRECIA.- Son como el dueño.
¡Qué canciones, qué sonetos,
qué églogas, qué elegías!
Las noches gasto y los días
en meditar sus concetos.
¡Si viviera Gracilazo,
celebrárale más bien!

ÁNGELA.- Ésta es la Jerusalén.

LUCRECIA.- No la iguala la del Taso.
Mira sus octavas llenas
de sentencias y dotrinas.
Sabio en las letras divinas,
pues no escribe verso apenas
sin allegar un autor,
y hallarás en cualquier parte,
entre las veras de Marte,
mezcladas burlas de Amor.

ÁNGELA.- Aquéste es el Peregrino.

LUCRECIA.- Más lo es quien lo escribió.

ÁNGELA.- ¡Qué bien faltas enmendó,
siguiendo el mismo camino
de aquel Luzmán y Arborea,
cuyas Selvas de aventuras
por Lope quedan escuras!

LUCRECIA.- ¡Qué bien los autos emplea
que mezclados en él van!
¡Qué elegantes, qué limados!

ÁNGELA.- Y más bien acomodados
que los que mezcló Luzmán.
Los pastores de Belén
son éstos.

LUCRECIA.- Si labrador
fue con Isidro, pastor
sabe Lope ser también.

ÁNGELA.- Resucitó villancicos
en su mocedad cantados,
y agora en Belén honrados
entre amorosos pellicos.
Todas éstas son comedias.

LUCRECIA.- Décima séptima parte
ha impreso.

ÁNGELA.- No hay que espantarte,
que no son aun las medias
que tiene escritas.

LUCRECIA.- Pues ¿cuántas
ha compuesto?

ÁNGELA.- Novecientas.

LUCRECIA.- Si los años no le aumentas,
¿dónde hay vida para tantas?

ÁNGELA.- Ésta es verdad conocida
en España.

LUCRECIA.- Yo le diera
por cada una, si pudiera,
Ángela, un año de vida.

ÁNGELA.- A novecientos llegara,
siendo otro Matusalén.

LUCRECIA.- En él se lograran bien.

ÁNGELA.- En este último repara,
que es La Filomena.

LUCRECIA.- Canta
Lope aquí por Filomena,
de suerte que ya es sirena,
si ave fue, pues nos encanta.
Pero, para echar el resto
al nombre que le hace claro,
y afrentar al Sanazaro
en La Arcadia que ha compuesto,
metafóricos amores
en la otra Arcadia mira,
sus sutilezas admira,
ten envidia a sus pastores;
que yo, creyendo que piso
márgenes de su Erimanto,
si con Belisarda canto,
lloro celos con Anfriso.
No sé divertir los ojos
de sus versos y sus prosas,
de sus quejas sentenciosas,
de sus discretos enojos.
De día ocupa mi mano,
de noche mi cabecera…

Es difícil hallar en otra obra literaria de la época una loa tan ferviente de cualquier escritor. Sin embargo, aunque por boca de Ángela se asegure que Lope agradece la admiración que se le tributa, con Tirso no parece haber sido muy generoso. En su aprobación a la Cuarta parte de comedias tirsianas escribe lo menos que puede con términos bastante convencionales y poco efusivos:

La Cuarta parte de las comedias del maestro Tirso de Molina, que por mandado y comisión de V. A. he visto, no tiene cosa en que ofenda ni a nuestra fe ni a las buenas costumbres. Muestra en ellas su autor vivo y sutil ingenio en los conceptos y pensamientos, y en la parte sentencia grave sus estudios en todo género de letras con honestos términos tan bien considerados de su buen juicio. Puede seguramente V. A. siendo servido concederle la merced que pide para que salga a luz y le gocen todos. Este es mi parecer. En Madrid, 10 de marzo de 1635 años.

Y en una carta de julio de 1615 apunta directamente contra la comedia de Don Gil de las calzas verdes:

Perdía el tal hombre el juicio de celos, porque había averiguado que se echaba con San Martín, y prometía no ir con ella a Lisboa, con tantos desaires, voces y desatinos, que se llegaba más auditorio que ahora tienen con Don Gil de las calzas verdes, desatinada comedia del mercedario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Cervantes (y 2)

Si Lope había leído el Quijote recién impreso (en 1604), poco hubieron de gustarle, en efecto, las palabras del canónigo (Quijote, I, capítulo 48) sobre las comedias de su tiempo, que eran sobre todo las comedias de Lope[1]:

Pero lo que más me le quitó de las manos y aun del pensamiento de acabarle fue un argumento que hice conmigo mesmo, sacado de las comedias que ahora se representan, diciendo: «Si estas que ahora se usan, así las imaginadas como las de historia, todas o las más son conocidos disparates y cosas que no llevan pies ni cabeza, y, con todo eso, el vulgo las oye con gusto, y las tiene y las aprueba por buenas, estando tan lejos de serlo, y los autores que las componen y los actores que las representan dicen que así han de ser, porque así las quiere el vulgo, y no de otra manera, y que las que llevan traza y siguen la fábula como el arte pide no sirven sino para cuatro discretos que las entienden, y todos los demás se quedan ayunos de entender su artificio, y que a ellos les está mejor ganar de comer con los muchos que no opinión con los pocos, deste modo vendrá a ser mi libro al cabo de haberme quemado las cejas por guardar los preceptos referidos, y vendré a ser el sastre del cantillo». Y aunque algunas veces he procurado persuadir a los actores que se engañan en tener la opinión que tienen y que más gente atraerán y más fama cobrarán representando comedias que sigan el arte que no con las disparatadas, ya están tan asidos y encorporados en su parecer, que no hay razón ni evidencia que dél los saque.

Cervantes y Lope de Vega, historia de una enemistad, de Felipe Pedraza

Que entre Cervantes y Lope había una tensa amistad muy precaria se trasluce en otros testimonios, como el del prólogo del Quijote apócrifo, en el que Avellaneda acusa a Cervantes de atacar a Lope envidiosamente:

… pero quéjese de mi trabajo por la ganancia que le quito de su segunda parte, pues no podrá por lo menos dejar de confesar tenemos ambos un fin, que es desterrar la perniciosa lición de los vanos libros de caballerías, tan ordinaria en gente rústica y ociosa, si bien en los medios diferenciamos, pues él tomó por tales el ofender a mí, y particularmente a quien tan justamente celebran las naciones más extranjeras, y la nuestra debe tanto por haber entretenido honestísima y fecundamente tantos años los teatros de España con estupendas e innumerables comedias, con el rigor del arte que pide el mundo y con la seguridad y limpieza que de un ministro del Santo Oficio se debe esperar…

A lo que responde Cervantes en el prólogo de la segunda parte del Quijote, con palabras que suenan a ironía, pues ciertas ocupaciones de Lope, si bien eran continuas, no podían calificarse de «virtuosas»:

He sentido también que me llame envidioso, y que como a ignorante me describa qué cosa sea la envidia; que en realidad de verdad, de dos que hay, yo no conozco sino a la santa, a la noble y bien intencionada; y siendo esto así, como lo es, no tengo yo de perseguir a ningún sacerdote, y más si tiene por añadidura ser familiar del Santo Oficio; y si él lo dijo por quien parece que lo dijo, engañose del todo en todo, que del tal adoro el ingenio, admiro las obras y la ocupación continua y virtuosa.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques. Ver, entre otros trabajos, Felipe B. Pedraza Jiménez, Cervantes y Lope de Vega: historia de una enemistad y otros estudios cervantinos, Barcelona, Octaedro, 2006.

Lope de Vega y Cervantes (1)

Es interesante examinar en particular qué tipo de relación liga a Lope con otros grandes escritores de su tiempo, como son Cervantes, Tirso de Molina, Góngora y Calderón[1]. Comencemos examinando las relaciones con el autor del Quijote.

Cervantes y Lope de Vega

Entre Lope y Cervantes las cosas nunca estuvieron muy claras. Hay entre los dos una corriente subterránea, que aflora cuando se descuidan, de rivalidad, poco aprecio y algo de envidia mutua. Cervantes debió de ver con dolor y frustración que su propuesta teatral era ignorada por los autores y el público, mientras triunfaba la de Lope, que en el fondo siempre le pareció superficial y hasta disparatada. La lectura de algunos textos evidenciará sin necesidad de muchos comentarios este vaivén ambiguo de admiración y desprecio que se establece entre los dos genios. En el prólogo a las Ocho comedias y ocho entremeses incluye Cervantes este elogio para Lope, que parece forzado en el marco de la oposición de ambos estilos teatrales:

Compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese prueba de pepinos ni de otra cosa arrojadiza; […] tuve otras cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias y entró luego el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica: avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes. Llenó el mundo de comedias propias, felices y bien razonadas, y tantas, que pasan de diez mil pliegos los que tiene escritos; y todas (que es una de las mayores cosas que puede decirse) las he visto representar, u oído decir, por lo menos, que se han representado…

Y en el Viaje del Parnaso lo llama poeta insigne:

Llovió otra nube al gran Lope de Vega,
poeta insigne a cuyo verso o prosa
ninguno le aventaja ni aun le llega.

Lope corresponde en el Laurel de Apolo, silva VIII:

… la fortuna envidiosa
hirió la mano de Miguel Cervantes,
pero su ingenio en versos de diamantes
los de plomo volvió con tanta gloria
que por dulces, sonoros y elegantes
dieron eternidad a su memoria…

Pero en una carta de agosto de 1604 a un amigo de Valladolid no es tan complaciente:

De poetas no digo: buen siglo es éste. Muchos están en cierne para el año que viene, pero ninguno hay tan malo como Cervantes, ni tan necio que alabe a Don Quijote. […] «A sátira me voy mi paso a paso»… cosa para mí más odiosa que mis librillos a Almendárez y mis comedias a Cervantes.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón

Juan Ruiz de Alarcón es el blanco de numerosas sátiras en el Siglo de Oro, fácil por su condición de jorobado, que da pie a infinitas comparaciones burlescas[1]. Quevedo destaca en el ejercicio denigratorio, pero Lope no es mucho más misericordioso en la dedicatoria a Cristóbal Ferreira de Los españoles en Flandes, donde se refiere a los señalados por la naturaleza como gente de mala condición, perversa y mala; alusión a Ruiz de Alarcón ha de ser el ataque a los poetas ranas «en la figura y en el estrépito» y a los gibones envidiosos. Verdad es que Ruiz de Alarcón también le dirigió sus pullas al Fénix en Los pechos privilegiados, aludiendo a sus amoríos con Marta de Nevares:

Culpa a un viejo avellanado
tan verde que, al mismo tiempo
que está aforrado de martas,
anda haciendo madalenos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega y Quevedo

Francisco de Quevedo

Francisco de Quevedo, exigente y mordaz, debió de respetar a Lope, aunque se despachó sin medida contra Montalbán, tan estrechamente ligado al Fénix[1]. De su amistad dan muestra los elogios mutuos que se dirigen. En una carta de enero de 1622 Lope trata a Quevedo de «gran don Francisco de Quevedo» («Oí un romance del gran don Francisco de Quevedo un día en que trataban desta materia con ingenioso estilo, diciendo que los calvos se reían de los teñidos, y los lampiños de los barbados, con otras cosas que fundaban bien las diferencias de las opiniones»). En el Laurel de Apolo la alabanza a Quevedo parece menos formularia que en otros casos:

Al docto don Francisco de Quevedo
llama por luz de tu ribera hermosa,
Lipsio de España en prosa
y Juvenal en verso,
con quien las musas no tuvieron miedo
de cuanto ingenio ilustra el universo
ni en competencia a Píndaro y Petronio
como dan sus escritos testimonio.
Espíritu agudísimo y süave,
dulce en las burlas y en las veras grave,
príncipe de los líricos que él solo
pudiera serlo si faltara Apolo.

Quevedo, por su parte, corresponde con otra serie de ditirambos, entre los que copiamos como ejemplos el soneto laudatorio a El peregrino en su patria y la aprobación a las Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (otra aprobación la hizo Valvivielso):

Las fuerzas, Peregrino celebrado,
afrentará del tiempo y del olvido
el libro que, por tuyo, ha merecido
ser del uno y del otro respetado.

Con lazos de oro y yedra acompañado,
el laurel con tu frente está corrido
de ver que tus escritos han podido
hacer cortos los premios que te ha dado.

La envidia su verdugo y su tormento
hace del nombre que cantando cobras,
y con tu gloria su martirio crece.

Mas yo disculpo tal atrevimiento,
si con lo que ella muerde de tus obras
la boca, lengua y dientes enriquece.

Aprobación

Por mandado de los señores del Supremo Consejo de Castilla he visto este libro cuyo título es Rimas del Licenciado Tomé de Burguillos, escrito con donaires, sumamente entretenido sin culpar la gracia en malicia, ni mancharla con el asco de palabras viles, hazaña de que hasta agora no he visto que puedan blasonar otras tales sino éstas. El estilo es no solo decente, sino raro, en que la lengua castellana presume vitorias de la latina, bien parecido al que solamente ha florecido sin espinas en los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno, prerrogativa que no ha concedido la fama a otro hombre. Son burlas que de tal suerte saben ser doctas y provechosas, que enseñan con el entretenimiento y entretienen con la enseñanza, y tales que he podido lograr la alabanza en ellas, no ejercitar la censura…

Más confusas y problemáticas o francamente negativas son las relaciones que tiene Lope con otros significados ingenios de su tiempo, como iremos viendo en las próximas entradas.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, Guillén de Castro y Mira de Amescua

También de Guillén de Castro y de Antonio Mira de Amescua habla positivamente Lope de Vega[1]. Alaba en distintas cartas el ingenio de ambos, y en la silva II del Laurel de Apolo loa

el vivo ingenio, el rayo,
el espíritu ardiente
de don Guillén de Castro,
a quien de su ascendente
fue tan feliz el astro
que despreciando jaspe y alabastro
piden sus versos oro y bronce eterno.

Guillén de Castro

Y también la «inexhausta vena / de hermosos versos y conceptos llena» del doctor Mira de Amescua… de cuya comedia La rueda de la Fortuna se burla, sin embargo, en carta a Sessa de agosto de 1604, donde consigna algunas prácticas curiosas del público toledano, al que se le había prohibido silbar con escándalo, y que no pudiendo hacer ruidos con la boca, los hacía con el trasero:

… representa Morales; silba la gente; unos caballeros están presos porque eran la causa desto; pregonose en el patio que no pasase tal cosa, y así apretados los toledanos por no silbar, se peen, que para el alcalde mayor ha sido notable desacato, porque estaba este día sentado en el patio. Aplacó esto porque hizo La rueda de la Fortuna, comedia en que un rey aporrea a su mujer, y acuden muchos a llorar este paso, como si fuera posible.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, María de Zayas y Vicente Espinel

A la escritora María de Zayas elogia con grandes extremos de inmortal ingenio en la silva VIII del Laurel de Apolo[1].

Vicente Espinel

Gran respeto y cariño profesó a Vicente Espinel, a quien trató a menudo de maestro, y de quien se confesó discípulo, con gran satisfacción del autor del Marcos de Obregón, en cuyo prólogo leemos:

Con el divino ingenio de Lope de Vega, que como se rindió a sujetar sus versos a mi corrección en su mocedad, yo en mi vejez me rendí a pasar por su censura y parecer…

Lope, en carta de julio de 1617, escribe por su parte al duque de Sessa: «merece Espinel que Vuestra Excelencia le honre, por hombre insigne en el verso latino y castellano, fuera de haber sido único en la música».


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Lope de Vega, José de Valvivielso y Luis Vélez de Guevara

Buenas relaciones mantuvo Lope con muchos poetas: por ejemplo, con José de Valvivielso, sacerdote y autor de poesías religiosas y excelentes autos sacramentales, que debía de ser uno de los pocos poetas de buen carácter, ameno y bondadoso, a juzgar por los testimonios de sus contemporáneos[1]. En su cargo de censor de libros redactó cerca de cincuenta dictámenes amables y elogiosos. Según dice Montalbán en la Fama póstuma, Valvivielso fue uno de los amigos que asistían a Lope en la hora de la muerte y consolaban sus últimas congojas.

Luis Vélez de Guevara también pertenecía al círculo de amistades. Lope llega a intervenir como mediador en algunos problemas que tuvo Vélez con su mecenas, el conde de Saldaña, al cual había enviado una carta impertinente, según evidencia la que Lope escribe a Saldaña en noviembre de 1608 en la que disculpa a su amigo poeta:

Mirada, Señor Excelentísimo, como suena esta carta, digna fuera del castigo a que la sentenciara cualquiera que no fuere a sus principios, cuya fuente (que es el amor agraviado de Luis Vélez) está clarísima, si bien este arroyuelo de ringlones turbios se ha escurecido pasando por las yerbas y céspedes de la afición ofendida, que en razón de serlo osa y se atreve a igualarse a la grandeza de su dueño, más para demostración de su íntimo sentimiento que porque descompuesto intente volver a Vuestra Excelencia las palabras; que ningún cuerdo tiró flechas al cielo, de donde ellas mismas se vuelven con mayor furia. Del amor dijeron muchos que tenía respuestas como oráculo. Esta carta se ha de entender así, conde mi señor, y no juzgando sus razones por la superficie, que penetrando a las entrañas de las palabras bien se conoce que son celosas, y celos ¿cuándo no han sido hijos de Amor? […] Tiznado dirá Vuestra Excelencia que viene este amor de Luis Vélez en esta carta, y que son amores negros, como los de Etiopia, que aunque negros son hombres. Mas ¿cómo han de venir menos, siendo de un esclavo suyo, que por solo estar herrado ha errado en esto? La benignidad (como Vuestra Excelencia sabe mejor) es un gran atributo en Dios, a quien han de imitar tan grandes príncipes, que quien no sabe perdonar se iguala al mismo que le pudo ofender, pues se confiesa ofendido, y quien perdona hace el más generoso acto que cabe en naturaleza.[…] Luis Vélez ama su virtud, su entendimiento y su vida extraordinariamente. Cesen enojos, príncipe de los señores y señor de los príncipes, y déme desde aquí sus manos para besárselas en nombre de Luis Vélez, mientras él va a humillarse a esos pies que han dado más de algún paso en su remedio; que yo le buscaré y le jabonaré, y aun le echaré en colada, para que vaya tan limpio a esos ojos como lo ha de estar quien ha de asistir al sol, cuya claridad no perdona los átomos.

Luis Vélez de Guevara

En otra ocasión envía a Sessa una copla de Vélez de Guevara sobre los amores de Jerónima de Burgos con los actores Juan de San Martín y Salvador Ochoa, elogiando su ingenio y compartiendo las burlas:

Esta copla de Luis a Jerónima de Burgos y San Martín, su galán, me ha dado gusto, y así la envío a Vuestra Excelencia, como melón bueno, y ruego a Dios me le guarde cien mil años.

Jerónima, no se escapa
de caduco vuestro humor,
pues dejáis un Salvador
por un San Martín sin capa.
Mas para saber, en fin,
si sois puerca, echad un cerco,
y sabréis que a cada puerco
la viene su San Martín.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

«La amiga del Rey» de Eduardo Galán (y 9)

A modo de conclusión, podemos señalar que en esta pieza de Eduardo Galán, La amiga del Rey[1], son varios los puntos de interés. Por un lado, la relación sentimental del rey y la Calderona; y, anexo a este, el conflicto de María Calderón como mujer y futura madre. Por otro, siguiendo en el plano amoroso, el triángulo formado por la reina, el embajador francés y doña Elvira. Un tercer núcleo de interés es el retrato del conde-cuque de Olivares.Felipe IVEn general, cabe destacar la calidad de la recreación histórica (la época de Felipe IV está evocada con notable acierto, tanto en los datos históricos como en los intra-históricos: el ambiente y las costumbres de la vida cotidiana, etc.), sin olvidar lo que hay en la pieza de enredo y humor (elementos no totalmente ausentes), las alusiones a temas y realidades contemporáneas y las reminiscencias literarias: la Celestina, la literatura picaresca, el teatro del Siglo de Oro en general, y El caballero de Olmedo en particular, etc. No en balde Eduardo Galán es un magnífico conocedor de la historia y la literatura del Barroco. Todos estos aspectos unidos convierten a La amiga del Rey en una obra muy pretenciosa (ya lo puso de manifiesto Fernández Insuela), tanto por la intensidad del retrato histórico que el autor traza como por el perfecto funcionamiento dramático de la acción y de los personajes. Quizá el autor haya cargado demasiado las tintas en los retratos de Olivares y el rey, pero esas son licencias permitidas en un drama histórico: aquí se trabaja sobre un pie forzado, pero quedan al dramaturgo algunos márgenes de maniobra para elaborar su ficción. Como es lógico, ni al drama ni a la novela histórica debemos pedirles la misma exactitud que exigiríamos a un manual de historia.


[1] Cito por Eduardo Galán Font, La amiga del Rey, introducción de Antonio Fernández Insuela, Murcia, Universidad de Murcia, 1996. Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Los dramas históricos de Eduardo Galán: La posada del Arenal y La amiga del Rey», en José Romera Castillo y Francisco Gutiérrez Carbajo (eds.), Teatro histórico (1975-1998): textos y representaciones. Actas del VIII Seminario Internacional del Instituto de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías de la UNED (Cuenca, UIMP, 25-28 de junio, 1998), Madrid, Visor Libros, 1999, pp. 339-351.

Lope de Vega y Juan Pérez de Montalbán

Si atendiéramos a los grados de admiración mostrados por Lope, Juan Pérez de Montalbán habría de ocupar el primer puesto[1].

Juan Pérez de Montalbán

El padre de Juan, Alonso Pérez, era importante impresor y editor que tenía relación muy estrecha con Lope de Vega, muchas de cuyas obras salen en las prensas de Pérez o bajo su responsabilidad de editor (las partes de comedias 11, 12, 13, 14, 16, 18, 19 y 20, La Filomena, La Circe, La Dorotea, Rimas humanas y divinas, y hasta la Fama póstuma, impresa en 1636).

La presencia de Lope en la vida del joven Juan Pérez y el trato familiar que debió de existir se suman a la indudable admiración que siente el discípulo por el maestro, lo que da pie a burlas como las de Quevedo, quien en la feroz Perinola contra Montalbán llama a este «retacillo de Lope de Vega».

Sin poner en duda la parte de originalidad que le corresponda a una obra muy estimable, como la que se debe a la pluma de Montalbán, la influencia de Lope es muy importante (aunque no la única). En numerosos documentos, dedicatorias, cartas, etc. se trasluce esta amistad y el aprecio mutuo, cada uno en su nivel, que unió a ambos.

Notables elogios de Montalbán incluye en la dedicatoria de La francesilla, texto con toda la pedantería cultista de la que hace gala Lope a menudo, en el que profetiza a Montalbán grandes resultados de su ingenio:

… aumentó mi afición al ingenio de vuestra merced el día que en el Real Monasterio de las Descalzas de Madrid […] defendió aquellas conclusiones y respondió a los argumentos de tan insignes varones con tanta valentía, que si antes amaba a vuestra merced por las obligaciones que reconozco a su padre, ahora le amo a él por vuestra merced […] Las artes se llamaron liberales porque convienen al hombre libre, por opinión de Séneca, Hoc est (dice el filósofo) sapientem, sublimem, fortem, magnanimun caetera pusilla, et puerilia sunt. Pero vuestra merced nos da tales esperanzas, que se puede entender de su natural virtud de sus pocos años lo que dijo San Agustín, que Juventus et senium simul esse possunt in animo, y por eso dijo también Ausonio…

Lope aprueba con grandes elogios los Sucesos y prodigios de amor de Montalbán, y lo incluye también en el Laurel de Apolo (silva VII), aunque en este tipo de textos es difícil separar lo que de sincero podía haber entre la retórica convencional del género. Pero de todos los abundantes materiales que no hace al caso copiar aquí se desprende de forma indudable el afecto y la admiración que fundamentan estas relaciones. Quizá hubiera esperado Montalbán el apoyo de Lope en la furiosa polémica en torno al Para todos, ridiculizado por Quevedo hasta los extremos más crueles, pero Lope tenía que maniobrar difícilmente para no dañar sus buenas relaciones con Quevedo, que era mal enemigo, y prefirió quedarse al margen.

Pero sea como fuere es obvio que Montalbán admiraba y quería a Lope, y siempre lo manifestó hasta la compilación de la Fama póstuma, que se inicia con una biografía que es más bien una hagiografía de Lope, y en la que se pueden leer encomios incesantes del Fénix: Montalbán se califica de jardinero cuidadoso «deste literario Retiro»

para lisonja de los cuatro trozos del orbe donde está esparcida la inmortalidad de su fama y para que sepan todos el amor verdadero que siempre le tuve, venerándole por mi amigo y por mi maestro, pues lo fue de todos […] alcanzó por sus aciertos un modo de alabanza que aun no pudo imaginarse de hombre mortal, pues creció tanto la opinión de que era bueno cuanto escribía, que se hizo adagio común para alabar una cosa de buena, decir que era de Lope. […]

Lope de Vega solo monta más que todos los poetas juntos […] el más insigne varón que han conocido y venerado entrambos mundos […] A los últimos acentos de la Fama póstuma, que aunque indigno coronista de tan gran héroe escribí a persuasión de mis obligaciones, luego que me templó el dolor de mi sentimiento la segura esperanza de su muerte felice, todos los ingenios de Europa previnieron a un tiempo mismo las lágrimas al dolor, los suspiros a la pena, los afectos a la voluntad y los conceptos a la pluma para cantar y llorar juntamente la memoria y la ausencia del más raro varón que nació al mundo…


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.