GRISO 2011-2012: internacionalización, interdisciplinariedad y nuevas tecnologías

Estamos a las puertas de septiembre, y por tanto del comienzo del nuevo Curso académico, momento adecuado por tanto para hacer balance de la actividad desarrollada por el GRISO durante el Curso 2011-2012. Así pues, quien escribe hoy en la Ínsula es el Secretario del equipo. Internacionalización, interdisciplinariedad y una apuesta decidida por las nuevas tecnologías son tres conceptos que resumen bien la actividad del GRISO a la hora de hacer balance de este año de trabajo.

Durante el Curso académico 2011-2012 el GRISO (Grupo de Investigación Siglo de Oro) de la Universidad de Navarra ha desarrollado una amplia actividad investigadora así como de difusión de la investigación. De acuerdo con el informe correspondiente a esta anualidad (1 de junio de 2011-31 de mayo de 2012), la investigación de los 15 miembros del equipo se resume en 40 artículos en revistas científicas (de los cuales 29 en revistas indexadas JCR Thompson-ISI); 22 libros o monografías; 24 capítulos de libros; 74 ponencias y comunicaciones en congresos; y 21 tesis doctorales en curso.

Las principales líneas de investigación que desarrolla el GRISO son: Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Bances Candamo, Comedias burlescas del Siglo de Oro, Autoridad y poder en el Siglo de Oro o el Proyecto Cervantes 2011-2017. Las investigaciones sobre el teatro aurisecular forman parte del Proyecto TC/12 CONSOLIDER “Patrimonio teatral clásico español. Textos e instrumentos de investigación” del Plan Nacional de I+D+I del Ministerio de Ciencia e Innovación del Gobierno de España. Cabe destacar el amplio desarrollo alcanzado por la Red Europea “Autoridad y poder en el Siglo de Oro”, patrocinada por el Programa de I+D “Jerónimo de Ayanz” del Gobierno de Navarra, proyecto iniciado en colaboración con las universidades de Oxford, Sorbonne Nouvelle-Paris III y Münster, al que se han sumado posteriormente otras 9 universidades y centros de investigación europeos.

Esas áreas de investigación del GRISO se reflejan en las colecciones de libros que publica: “Autos sacramentales completos de Calderón”, con la editorial Reichenberger (Alemania); la “Biblioteca Áurea Hispánica”, la “Biblioteca Indiana” del Centro de Estudios Indianos, las “Comedias completas de Calderón” y las “Obras completas de Tirso de Molina” del Instituto de Estudios Tirsianos, con la editorial Iberoamericana/Vervuert (España/Alemania); los “Anejos de La Perinola”, con la editorial Eunsa; “El Caldero de Oro”, con la editorial Editex, más los “Pliegos volanderos del GRISO”.

GRISO edita además, con periodicidad anual, dos revistas monográficas: La Perinola. Revista de Investigación Quevediana, que cuenta con la calificación de “Excelente” de la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología (FECYT) y está recogida en el “Arts & Humanities Citation Index” de ISI-Web of Science; y el Anuario Calderoniano, en proceso de indexación en la actualidad.

Durante este Curso académico, GRISO ha organizado 15 congresos internacionales que han contado con la participación de un total aproximado de unos 600 asistentes: 4 de ellos se celebraron en Pamplona, en la propia Universidad de Navarra, y los demás en El Burgo de Osma (España), Oxford (Reino Unido), Lisboa (Portugal), Saint-Denis de la Réunion (Francia), Viena (Austria), Olomouc (República Checa), Sibiu (Rumanía), Goa (India), México, DF (México), Bogota y Cali (Colombia). En estos congresos han participado ponentes procedentes de 24 países: Alemania, Armenia, Austria, Brasil, Canadá, Chile, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, India, Israel, Italia, México, Noruega, Países Bajos, Perú, Polonia, Portugal, Puerto Rico, Reino Unido, República Checa, Rumanía y Rusia. Además de su marcado carácter internacional, otro rasgo señero de los congresos organizados por GRISO es la interdisciplinaridad, al estar dedicados a temas relacionados con la lengua y la literatura, pero también historia y sociedad, arte, ciencia y religiosidad, etc., siempre en el marco del Siglo de Oro hispánico.

Otro de los aspectos más destacados de la investigación del GRISO es el impulso que durante este Curso ha recibido el área de Humanidades Digitales, a través del desarrollo de la página web del equipo y de la aplicación a la investigación de las nuevas tecnologías, así como de las redes sociales para su difusión. Hay que mencionar especialmente el entramado de GRISONET / GRISOSFERA, que reúne todas las aplicaciones de la Web 2.0 (página web y blog del GRISO, perfiles en Facebook y Twitter, catálogos de imágenes en Flickr, blogs de investigadores y doctorandos del GRISO, etc). En este sentido, es también muy importante el aporte que GRISO ha realizado a DADUN (el Depósito Académico Digital de la Universidad de Navarra) por medio de la digitalización de más de 700 documentos. A su vez esto permite comprobar cómo todo este proyecto web ha aumentado notablemente la visibilidad de los resultados de investigación del equipo: así, en esta anualidad los archivos del GRISO en DADUN han recibido un total de 76.966 descargas, más del doble que en la anualidad anterior.

En fin, a todo ello hay que sumar la colección de “Publicaciones digitales del GRISO” (con descargas gratuitas de documentos en formato pdf) y la colaboración con Leer-e (www.leer-e.es), en estos momentos en fase inicial de desarrollo, para preparar y distribuir paquetes de libros electrónicos (e-pub) en un proyecto que se presentará bajo el epígrafe genérico de “Textos y estudios del Siglo de Oro”.

Quevedo, personaje de ficción

En este blog ya han ido apareciendo autores del Siglo de Oro como Lope y Cervantes, incluso algunos dramaturgos como Cáncer, Moreto y Matos Fragoso, y antes de que don Francisco de Quevedo frunza el ceño y se enfade por el olvido que se hace de su persona, quiero traerlo a él también a la Ínsula. Pero no voy a comentar ahora ningún aspecto de su vida o su obra, sino que voy a tratar de «Quevedo, personaje de ficción».

En efecto, ya desde fechas muy tempranas, todavía en vida, nuestro autor comenzó a convertirse en una especie de personaje popular y legendario. Él mismo contribuyó a ello al transmitir, por medio de romances y poemas festivos, algunos retratos grotescos suyos, alimentando así la imagen popular de un Quevedo chocarrero, vulgar, procaz, etc., que se ha mantenido durante mucho tiempo, hasta la actualidad …

Como sucede con otros autores de nuestro espléndido Siglo de Oro (Garcilaso, Calderón, Lope, Góngora, Villamediana…), Quevedo ha pasado a convertirse en personaje de ficción protagonista de diversas obras literarias. No me refiero ahora a que sus obras hayan dado lugar a imitaciones, continuaciones, segundas partes, etc. (eso, también), sino a la conversión del escritor de carne y hueso en protagonista de ficción. En futuras entradas iré examinando de forma panorámica las principales obras literarias que nos presentan a estos «Quevedos de la ficción», desde el siglo XVIII hasta nuestros días, en los que el satírico madrileño sigue gozando de muy buena salud ficcional. En este recorrido, dejaré de lado el siglo XVII, en el que no me consta que existan obras en las que Quevedo aparezca convertido en personaje de ficción. Hay, sí, libelos, obras de ataque contra él (El Tribunal de la justa venganza), y podríamos recordar incluso la propia biografía de Tarsia (que contiene numerosos elementos fantasiosos), pero no se trata específicamente de obras de ficción.

La consideración de Quevedo como personaje literario constituye una materia muy amplia, que ha sido abordada, por ejemplo, por Alberto Sánchez en su trabajo «Quevedo, figura literaria»[1], que es una buena aproximación de conjunto al tema. Nos recuerda Sánchez en primer lugar, al hablar de la «Personalidad enigmática de Quevedo», que

La difícil personalidad de Quevedo, transformada en mito popular del humor satírico e incluso grotesco y escatológico, se desfleca en irisaciones legendarias[2].

Y añade que

Desde la primera biografía de Quevedo, compuesta por el abad don Pablo Antonio de Tarsia (Madrid, 1663), se mezclan y confunden los perfiles auténticos con las leyendas y episodios de capa y espada[3].

Con su vida turbulenta, sus tres prisiones, sus variadas pendencias, etc., sigue argumentando Sánchez, no debe extrañarnos que la figura del escritor se haya convertido «en señuelo de libelos y loas, fábulas y cuentos, donde la historia y la poesía se entrecruzan y confunden»[4]. En fin, el genial satírico del Siglo de Oro ha dado lugar a «distintos avatares literarios» en dramas y novelas de los siglos XIX y XX:

La personalidad enigmática de Quevedo se transfigura en personaje literario de variados matices. Vida y creación literaria se intercambian y difunden. Se ha dicho que la mejor novela histórica es la historia misma. Pero en el caso de Quevedo resulta hoy en extremo difícil distinguir los elementos de una y otra, separar lo auténtico de lo imaginado y fabuloso[5].

Tendríamos que distinguir, por tanto, una triple dimensión, al hablar del escritor: el Quevedo histórico / el Quevedo legendario / el Quevedo literario. Por su parte, Felipe Pedraza, en su estudio preliminar a la edición facsímil de la biografía de Tarsia[6], ha escrito que Quevedo

se proyectó hacia el exterior como personaje, se instaló en su doble máscara y a través de ella ha vivido durante siglos. Quevedo, hombre de Dios, filósofo estoico, y Quevedo, hombre del diablo, criatura desvergonzada, han aparecido en poemas líricos y narrativos, en comedias, en dramas históricos, en novelones de capa y espada… desde el siglo XVII a nuestros días. Los autores han llegado a él, como la mariposa del tópico petrarquista, atraídos por las luces y las sombras del personaje, por la máscara de Jano que él mismo forjó con su palabra[7].

A su vez, Celsa Carmen García Valdés[8] señala:

Alrededor de la compleja personalidad de Francisco de Quevedo formó la leyenda un velo que ha oscurecido su verdadera figura a la posteridad. Pero fue gracias a esa leyenda como el gran satírico llegó a ser uno de los personajes preferidos de novelistas y dramaturgos posteriores.
Desde El retraído (1635) de Juan de Jáuregui hasta los actuales bestsellers de Arturo Pérez-Reverte, pasando por El caballero de las espuelas de oro, de Alejandro Casona, son numerosas las obras que tratan distintos aspectos de la vida de Quevedo[9].

Y afirma también lo siguiente:

Quevedo se convirtió pronto en un personaje folclórico a quien se atribuyeron todo tipo de chistes picantes y escatológicos e ingeniosas procacidades que circulaban de boca en boca […] la leyenda popular enseguida hizo a Quevedo protagonista de lances y aventuras caballerescas en las que brilla por su valentía, destreza en las armas y gallardía. […] Esta segunda faceta de las formaciones legendarias creadas alrededor de la personalidad quevediana fue la que interesó a los dramaturgos, especialmente a los dramaturgos románticos, que en algún caso le han tomado como el personaje folclórico popular chocarrero y deslenguado. Y es que la vida de Quevedo o lo que nos ha llegado de ella no carece de aspectos atractivos para un poeta romántico[10].

Estas características que señala García Valdés son las que vamos a encontrar, por ejemplo, en las obras del XIX, todas ellas traspasadas de romanticismo, en dos géneros fundamentales, el drama histórico y la novela histórica.

Pero esta entrada ya se va alargando demasiado, y la materia anunciada habrá de quedar pendiente para una próxima ocasión…


[1] Alberto Sánchez, «Quevedo, figura literaria», en Homenaje a Luis Morales Oliver, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986, pp. 563-585. Ver también Narciso Alonso Cortés, «Quevedo en el teatro», Revista de la Biblioteca, Archivo y Museo, año VI, enero de 1929, núm. 21, pp. 1-22. Reproducido en Quevedo en el teatro y otras cosas, Valladolid, Imprenta del Colegio Santiago, 1930, pp. 5-43.

[2] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 563.

[3] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[4] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[5] Sánchez, «Quevedo, figura literaria», p. 564.

[6] Felipe B. Pedraza Jiménez, «Prólogo» a Pablo Antonio de Tarsia, Vida de don Francisco de Quevedo y Villegas (Facsímil de la edición príncipe, Madrid, 1663), reproducción facsimilar cuidada por Melquíades Prieto Santiago, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, 1997, pp. VII-XXXIII.

[7] Pedraza, «Prólogo», pp. X-XI.

[8] Celsa Carmen García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», La Perinola, 8, 2004, pp. 171-185.

[9] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», p. 171.

[10] García Valdés, «Con otra mirada: Quevedo personaje dramático», pp. 171-172.

«La adúltera penitente», comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso

La adúltera penitente, Santa Teodora, de tres ingenios, Jerónimo de Cáncer, Agustín Moreto y Juan de Matos Fragoso, se publicó en la Parte nona de comedias escogidas de los mejores ingenios de España (Madrid, Gregorio Rodríguez por Mateo de la Bastida, 1657). No es el único caso de colaboración entre estos tres dramaturgos, que juntos compusieron también otras obras como Caer para levantar (1662) o El bruto de Babilonia (1668)[1].

La acción de esta comedia hagiográfica sucede en Alejandría. Filipo ama a Teodora, que se ha casado —por presiones familiares— con el rico Natalio. La dama vive triste porque una sombra lasciva la acosa todas las noches incitándola a que premie el amor constante de su galán, Filipo, que dos años después todavía sigue pretendiéndola. Esa visión la envía el Demonio, que quiere perder las almas de Teodora y Filipo. Una industria urdida por el criado Morondo para sacar a Natalio de casa y la ayuda del propio Demonio —que ahuyenta a unos ladrones que pretendían escalar la casa— proporcionan a Filipo la ocasión para gozar, con violencia, de Teodora. Una vez satisfecho su deseo, deja abandonada a la mujer, retirándose a vivir como bandido en el monte. Teodora huye de casa y marcha a un convento, donde, vistiendo el hábito varonil y acompañada por el gracioso Morondo, se hace pasar por fray Teodoro.

Por su parte, el deshonrado Natalio busca a su esposa para, matándola, satisfacer su venganza. Teodora-fray Teodoro hace varios milagros (amansa a un león, consigue que los árboles la ayuden a cantar cuando es expulsada del coro del convento…). El Demonio, mientras tanto, la sigue asediando, pero todas sus asechanzas chocan con la firme virtud de la penitente, que recibe ayuda del Cielo siempre que la solicita, y al final ha de reconocerse vencido por ella. Teodora y un Filipo ya arrepentido de sus pasados errores siguen vistiendo el hábito religioso y llevan una vida de dura penitencia hasta que la protagonista alcanza una muerte santa, como anuncia al final un ángel. Natalio, al ver los prodigios que obra el Cielo, considera lo sucedido «dichosa venganza» de su agravio.

Como podemos apreciar por este apretado resumen argumental, esta pieza hagiográfica maneja —como es habitual en el género[2]técnicas y recursos propios de la comedia de capa y espada: amores, galanteos y enredos varios, honor conyugal en peligro, deseos de venganza del marido ultrajado, disfraz varonil de la protagonista, humor del gracioso (Morondo, el criado de Filipo), etc.

Para quien desee más detalles, he analizado la construcción de esta pieza en mi trabajo «La adúltera penitente, comedia hagiográfica de Cáncer, Moreto y Matos Fragoso», en Marc Vitse (ed.), Homenaje a Henri Guerreiro. La hagiografía entre historia y literatura en la España de la Edad Media y del Siglo de Oro, Madrid / Frankfurt, Iberoamericana / Vervuert, 2005, pp. 827-846, centrando mi análisis en tres apartados: el elemento religioso, el elemento sobrenatural y su espectacularidad y el elemento profano, según el esquema propuesto por Elma Dassbach en su estudio sobre la comedia hagiográfica[3].


[1] Cáncer se acercó en otra ocasión al género de la comedia de santos, con El mejor representante, San Ginés (1668), comedia hagiográfica escrita con Pedro Rosete Niño y Antonio Martínez de Meneses.

[2] Ver Javier Aparicio Maydeu, «A propósito de la comedia hagiográfica barroca», en Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993, vol. I, pp. 141-152.

[3] Ver Elma Dassbach, La comedia hagiográfica del Siglo de Oro español: Lope de Vega, Tirso de Molina y Calderón de la Barca, New York, Peter Lang, 1997, donde el lector interesado encontrará más bibliografía sobre el subgénero hagiográfico. La historia de Santa Teodora se incluye en la Leyenda dorada de Jacobo de la Vorágine.

Enseñanzas de Juan de Mairena / Antonio Machado sobre la sencillez expresiva

Como es sabido, Juan de Mairena fue uno de los muchos heterónimos apócrifos utilizados por Antonio Machado, quien en uno de sus proverbios de Nuevas canciones aconsejaba: «Busca a tu complementario, / que marcha siempre contigo, / y suele ser tu contrario». El otro frente al yo, el apócrifo, el complementario, son conceptos claves en buena parte de la obra de Machado. Como bien explica Muñoz Millanes, esta noción de «lo apócrifo» es central en Juan de Mairena, y añade que se trata de un concepto «bastante complejo y elusivo»[1].

En varios pasajes, Mairena / Machado reflexiona acerca del Barroco literario, y la principal crítica que le hace se centrará precisamente en su retoricismo alambicado, en su hueca palabrería. Estas ideas mairenianas —machadianas, en el fondo— sobre la necesaria sencillez de la expresión literaria las podríamos ilustrar con varios pasajes de Juan de Mairena, pero quiero recordar tan solo dos ejemplos destacables. En el capítulo I, «Habla Juan de Mairena a sus alumnos», leemos lo siguiente (son unas palabras que suelen recordarse con frecuencia):

—Señor Pérez, salga usted a la pizarra y escriba: «Los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa».
El alumno escribe lo que se le dicta.
—Vaya usted poniendo eso en lenguaje poético.
El alumno, después de meditar, escribe: «Lo que pasa en la calle».
Mairena. —No está mal[2].

Esta misma idea, la necesidad de huir del barroquismo, de la expresión grandilocuente y retórica, la desarrolla Machado en el capítulo V, que se presenta bajo el epígrafe «(Ejercicios poéticos sobre temas barrocos)»:

Lo clásico —habla Mairena a sus alumnos— es el empleo del sustantivo, acompañado de un adjetivo definidor. Así, Homero llama hueca a la nave; con lo cual se acerca más a una definición que a una descripción de la nave. En la nave de Homero, en verdad, se navega todavía y se navegará mientras rija el principio de Arquímedes. Lo barroco no añade nada a lo clásico, pero perturba su equilibrio, exaltando la importancia del adjetivo definidor hasta hacerle asumir la propia función del sustantivo[3].

Y en el capítulo XXXVII, bajo el titulillo «(Amplificación superflua)», leemos:

—Darete el dulce fruto sazonado del peral en la rama ponderosa.
—¿Quieres decir que me darás una pera?
—¡Claro![4]

Sin duda, Machado no gustaba de expresiones perifrásticas del tipo «crestadas aves / cuyo lascivo esposo vigilante / doméstico es del sol nuncio canoro» (Góngora, Soledad primera, vv. 292-294). Rechaza tajantemente a través de su Mairena el culto a la dificultad, a lo difícil artificial, el uso de imágenes rebuscadas que solo sirven, en su opinión, para disfrazar conceptos fríos. Por el contrario, en la escritura poética deben prevalecer las intuiciones. Por eso para él el Barroco, por lo general, no tiene la gracia y sencillez de lo espontáneo (le gustan, eso sí, los autores populares, cercanos al pueblo, o mejor dicho, que son voz del pueblo: especialmente Cervantes y Lope de Vega).

Pero esto constituye ya materia para una entrada futura…


[1] José Muñoz Millanes, «En torno a Juan de Mairena», en Silva. Studia philologica in honorem Isaías Lerner, coord. Isabel Lozano-Renieblas y Juan Carlos Mercado, Madrid, Castalia, 2001, p. 487.

[2] Antonio Machado, Juan de Mairena. Sentencias, donaires, apuntes y recuerdos de un profesor apócrifo (1936), ed. de Pablo del Barco, Madrid, Alianza Editorial, 2004, p. 53.

[3] Antonio Machado, Juan de Mairena, ed. cit., pp. 76-77.

[4] Antonio Machado, Juan de Mairena, ed. cit., p. 237.

Sobre la Historia literaria de Navarra

Tradicionalmente se ha venido repitiendo un tópico que hablaba de la poco significativa aportación de Navarra al mundo de las letras, tópico falso, porque han sido muy numerosos los escritores navarros que —como tendrá oportunidad de comprobar quien siga este blog— en distintas épocas y lenguas nos han legado una obra literaria extensa y, en ocasiones, de muy considerable calidad. La reiteración de este tópico quizá responda a cierto complejo de inferioridad que a veces apunta en el carácter de los navarros. O tal vez haya tenido que ver en ello el desprecio con que en ocasiones se han mirado los estudios de ámbito local (recuérdese, por ejemplo, las connotaciones negativas de que siempre ha estado teñido al adjetivo provinciano), especialmente por parte de aquellos que ignoran que también desde una perspectiva local (no necesariamente localista) puede uno elevarse y entroncar con los valores superiores de lo universal.

En este sentido, una de las razones de peso que propiciaban la circulación de esa idea equivocada era la inexistencia de una Historia de la literatura en Navarra, rigurosa y completa, que abordase el estudio exhaustivo de los distintos géneros, épocas, autores y obras. Esa era precisamente la laguna que ha pretendido llenar el proyecto de investigación titulado Historia literaria de Navarra. Desde los orígenes hasta nuestros días, que durante varios años hemos desarrollado en la Universidad de Navarra el Dr. Ángel Raimundo Fernández González (†) y quien esto escribe, por medio de los trabajos del Equipo HILINA (Historia Literaria de Navarra).

En efecto, hasta fechas bastante recientes eran muy pocos los trabajos que se habían dedicado al estudio panorámico de la historia literaria de Navarra (son más numerosas, por supuesto, las aportaciones específicas sobre determinados autores y obras). Entre los más destacados, podemos mencionar como pionero el artículo del erudito José Zalba titulado «Páginas de la historia literaria de Navarra», que se publicó en la revista Euskalerriaren Alde, XIV, 1924, pp. 345-355 y 368-374.

Este trabajo ofrece una serie de breves apuntes sobre diversos escritores navarros, desde los orígenes medievales hasta los primeros años del siglo XX: «De otros autores más modernos —escribía atinadamente Zalba— pudiéramos hablar, pero siguiendo la costumbre de dejar que el tiempo pese un poco los juicios críticos, ponemos punto final a estos apuntes».

Un segundo intento serio lo constituyó el libro de Manuel Iribarren Escritores navarros de ayer y de hoy (Pamplona, Editorial Gómez, 1970), que presenta el formato de diccionario, con breves entradas para cada autor recogidas por orden alfabético.

Pese a sus limitaciones, esta obra permite la consulta rápida de los datos esenciales acerca de diversos literatos navarros.

Sin embargo, el gran mérito de fijar una primera historia literaria de nuestra tierra le corresponde a José María Corella Iráizoz, con su trabajo Historia de la literatura navarra. Ensayo para una obra literaria del viejo Reino (Pamplona, Ediciones Pregón, 1973), que se completa además con una pequeña antología de textos, una bibliografía y sendos índices onomástico y toponímico. Otras aportaciones posteriores se deben a Fernando González Ollé, a través de sus rigurosos y eruditos trabajos monográficos y, en especial, con su acertada síntesis Introducción a la historia literaria de Navarra (Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989), que por desgracia alcanza solo hasta finales del siglo XIX.

Ambos investigadores, Corella Iráizoz y González Ollé, sumaron esfuerzos para ofrecer una «Introducción literaria» en las pp. 93-127 del libro Tierras de España. Navarra (Barcelona-Madrid, Noguer / Publicaciones de la Fundación Juan March, 1988); González Ollé se encargó del apartado titulado «De la Edad Media al siglo XIX» y Corella Iráizoz resumió lo relativo a «El siglo XX».

Por su parte, José Luis Martín Nogales contribuyó con su monografía Cincuenta años de novela española (1936-1986): escritores navarros, Barcelona, PPU, 1989. Otro estudioso, Félix Maraña, debe ser recordado por su trabajo «Pamplona y otros relatos. Del paisaje literario de un territorio del norte (1900-1994)», recogido en las pp. 244-259 del libro colectivo Pamplona-Iruña (San Sebastián, Sendoa, 1996), un panorama bastante completo, aunque limitado al siglo XX.

A su vez, José María Romera Gutiérrez es autor de la entrada «Literatura» de la Gran Enciclopedia Navarra (Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990), vol. II, pp. 80-83, y de otro panorama de igual título incluido en las pp. 169-200 del libro de varios autores Navarra (Madrid, Editorial Mediterráneo, 1993). Emilio Echavarren y Tomás Yerro dieron a las prensas dos tomos antológicos de Escritores navarros actuales (Pamplona, Gobierno de Navarra / Ayuntamiento de Pamplona, 1990), valiosos por reunir numerosos textos de varios autores contemporáneos con sus correspondientes fichas bio-bibliográficas.

José María Larrea Muxica y Periko Díez de Ultzurrun se han aproximado a los escritores navarros en vascuence con su trabajo en dos volúmenes Nafarroako euskal idazleak (Pamplona, Pamiela, 1987 y 1994). En fin, dejando aparte otras aportaciones modernas (entre ellas las de nuestro propio Equipo HILINA), quiero destacar una monografía más reciente debida a Iñaki Iriarte López: Tramas de identidad. Literatura y regionalismo en Navarra (1870-1960), Madrid, Biblioteca Nueva, 2000.

Algunos de estos investigadores ya habían puesto de manifiesto en sus páginas el olvido del estudio de la literatura escrita en Navarra. Por ejemplo, se lamentaba Zalba en 1924:

Como si un hado funesto persiguiera la suerte de Navarra, si poco se conoce de su historia externa, política y religiosa, es muchísimo más lo que se ignora de su cultura. Si para los mismos navarros son desconocidos los nombres de sus escritores, ¿qué mucho que en las historias de la literatura española no pocas veces se les arranque del suelo nativo para trasplantarlos a otro? Cierto que nuestro pueblo más se ha distinguido en ejecutar grandes proezas, acometer arriesgadas empresas y correr extrañas aventuras, pero tampoco lo es menos que ha influido tanto en el terreno científico como en el literario, al lado de los demás de la península, como quedará consignado en estos brevísimos apuntes.

Corella Iráizoz, por su parte, escribía en 1973:

Creo que no está de más indicar aquí que entre nosotros, en Navarra, la literatura no ha sido muy bien estimada. Véase, si no, la casi total despreocupación que entre los navarros ha habido por conocer, estudiar y airear nuestros valores literarios.

Pues bien, paliar en la medida de lo posible las consecuencias negativas de ese olvido ha sido uno de los objetivos prioritarios del Equipo HILINA. Pensábamos que un cambio significativo podría conseguirse por medio de investigaciones y publicaciones que persiguieran como objetivos ineludibles el rigor, la exhaustividad y, en definitiva, la máxima calidad científica, tanto a través de estudios teóricos de carácter monográfico como con ediciones cuidadas de los textos literarios más interesantes y representativos de los autores navarros. Creemos que una completa Historia literaria de Navarra —todavía en fase de elaboración— servirá para dar a conocer el patrimonio literario de Navarra y, al mismo tiempo, constituirá una rigurosa obra de referencia (con datos, bibliografía, estados de la cuestión sobre cada autor o género literario, etc.) y un importante punto de partida para ulteriores investigaciones monográficas. Al mismo tiempo hemos pretendido recuperar con ediciones o reediciones la producción literaria de aquellos autores navarros interesantes, pero relegados al olvido por distintas circunstancias (inexistencia en el mercado de sus textos, razones extraliterarias…).

De todo ello (semblanzas de los autores navarros y comentarios de sus obras, glosas de las investigaciones más recientes acerca de ellos, etc.) se irá dando puntual noticia en este blog.

«Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra»

El epígrafe que da entrada a esta ídem del blog es, claro está, toda una declaración de intenciones: «Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…». Con estas palabras que tan claramente parafraseaban las del Credo y cuya difusión tuvo que perseguir la Inquisición española, ponderaban las gentes del siglo XVII la valía poética del Fénix de los Ingenios. También, para alabar cualquier cosa buena, se decía: «Es de Lope». Y cuenta la anécdota que cierto día una mujer, viendo pasar un vistoso entierro, en el que una incontable multitud de gente acompañaba al féretro, exclamó, queriendo indicar su magnificencia: «Este entierro ¡es de Lope!». Sin embargo, la frase habitualmente empleada en sentido metafórico, era en aquella ocasión literalmente cierta: se trataba del entierro de Lope de Vega, que había nacido en Madrid, en 1562, y que en Madrid moriría en 1635. Entre esos dos años, una vida dedicada por entero a la literatura, y una vida convertida, también, en muchas ocasiones, en literatura.

Que Lope hizo de la vida literatura y de la literatura vida es algo que han destacado todos los estudiosos que han hablado sobre él. Morby, por ejemplo, ha escrito que Lope fue «siempre dado a explotar literariamente en forma reconocible los incidentes de su vida»[1]. Cómo no recordar, por ejemplo, los romances y sonetos pastoriles y moriscos inspirados por sus amores con Elena Osorio, en los que el poeta se encubre bajo el seudónimo de Zaide: «Mira, Zaide, que te digo / que no pases por mi calle…». También debemos mencionar, por supuesto, La Dorotea, obra en la que un Lope maduro rememora literariamente ese gran amor de juventud, y en la que el personaje de don Fernando afirma: «Porque amar y hacer versos todo es uno; que los mejores poetas que ha tenido el mundo al amor se los debe» (acto IV, escena I). Y en los versos finales de un soneto en respuesta a Lupercio Leonardo de Argensola escribe Lope:

¿Que no escriba decís, o que no viva?
Haced vos con mi amor que yo no sienta,
que yo haré con mi pluma que no escriba.

Añade el citado crítico, Morby:

Como ocurre con frecuencia en la época, en Lope hay siempre algo de histrión y, como en todo el gremio, algo de espectador de su propio histrionismo. No por eso es insincero, pues a diferencia del representante profesional, cuando sufre, sufre de veras e intensamente; pero es observando y midiendo sus penas, como para adecuar a la causa el ademán… y el vestido, ya pellico, ya albornoz, con que se disfraza a medias[2].

Las citas similares podrían multiplicarse fácilmente. Así, José Manuel Blecua señala:

Ningún poeta español ha tenido tanta capacidad como Lope de Vega para transformar su propia vida en auténtica poesía, y lo curioso, a su vez, es que además tuvo conciencia muy clara de este fenómeno. Lope fue capaz de poetizar desde su propio nacimiento a la huida de su hija Antonia Clara al final de su vida. Desde sus primeros amores a los últimos, pasando por numerosos sucesos familiares y amistosos, reflejados en sus epístolas, todo lo contará el genial escritor en versos bellísimos, y por eso José F. Montesinos pudo decir que Lope es el mejor poeta de circunstancias de toda nuestra lírica[3].

Por su parte, Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy afirman:

En el conjunto de esta obra destaca la profunda capacidad de Lope para escribir poesía; todo cuanto vive o imagina lo pasa ágilmente y con fluido desenfado a la escritura poética. […] Lope ajusta su vida con la literatura en grado extremo»[4].

Igualmente, Antonio Villacorta Baños ha puesto de relieve su entrega total a la vida, su entrega sin reservas al amor y a la literatura:

Su entrega y adhesión al amor, al amor entendido sobre todo con un sentido profano, aunque también al “espiritual o divino”, no tiene reservas. Como dice en una de sus obras: “yo amo por fuerza de estrella y sigo mi inclinación”. La generosidad de Lope en el amor es tan extrema que lejos de guarecerse en el caparazón de la huida o defenderse, vuelve a él una y otra vez, con la misma ingenuidad inicial, enamorándose de distintas mujeres con el ímpetu de una juventud indemne. Es como si la angustia, el desequilibrio, el temor al fracaso, el desdén, la fricción de una convivencia malsana, la imposible fidelidad, e incluso el desprecio explícito y el abandono, que de todo eso hubo en sus amores, fueran mil veces preferibles al silencio de la indiferencia o al vacío de la soledad. Su entrega es total, sin trabas ni reservas, arrebatada. Para lograr el amor que desea se humilla, suplica, implora y acosa, sin temor al fracaso. Pero sumergido Lope en las aguas confusas del amor todos los sentidos se le avivan. Además, sus emociones le enloquecen, y la emoción en él es un estado desequilibrado de conciencia[5].

Sí, lo digo alto y claro: Creo en Lope de Vega todopoderoso, poeta del cielo y de la tierra…, y por ello el Fénix se hará presente, con mucha frecuencia, en este blog insular y barañario.


[1] Edwin S. Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, Madrid, Castalia, 1968, p. 10.

[2] Morby, estudio preliminar a su ed. de Lope de Vega, La Dorotea, p. 15.

[3] José Manuel Blecua, introducción a su ed. de Lope de Vega, Obras poéticas, Madrid, Planeta, 1983, p. IX.

[4] Francisco López Estrada y María Teresa López García-Berdoy, estudio preliminar a El remedio en la desdicha, Barcelona, PPU, 1991, pp. 19-20.

[5] Antonio Villacorta Baños, Las mujeres de Lope de Vega, Madrid, Aldebarán, 2000, pp. 12-13.

Breve semblanza de Francisco Navarro Villoslada (1818-1895)

Francisco Navarro Villoslada[1] (nacido y muerto en Viana, Navarra, 1818-1895) fue un destacado literato, político y periodista español del siglo XIX. Fue tres veces diputado (resultó elegido por Estella en 1857 y por Pamplona en 1865 y 1867), salió senador por Barcelona en las elecciones de 1871 y ejerció durante un tiempo, entre finales de 1869 y principios de 1870, el cargo de secretario personal del duque de Madrid, don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII en la nomenclatura carlista). Fue uno de los más destacados publicistas de la causa carlista.

También dejó notar su presencia activa en el periodismo, ya que fue colaborador, redactor, fundador o director (y hasta propietario, en algún caso) de numerosas publicaciones como El Correo NacionalEl Arpa del Creyente, el Semanario Pintoresco EspañolEl Siglo PintorescoEl Español y su Revista LiterariaLa EspañaEl Padre Cobos y El Pensamiento Español, por citar solo las más importantes. En ambos terrenos, la política y el periodismo, defendió siempre Navarro Villoslada las ideas tradicionalistas, que son la piedra angular en la construcción de su pensamiento.

Dentro ya del terreno de la literatura, Navarro Villoslada suele ser recordado fundamentalmente como un romántico rezagado que se sumó a la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott. Publicó Doña Blanca de Navarra, en 1847, y Doña Urraca de Castilla, en 1849; después, tras un paréntesis de casi treinta años en los que se vio envuelto en el torbellino de la política y el periodismo, apareció su obra más famosa, Amaya o los vascos en el siglo VIII (1879).

Pero Navarro Villoslada también produjo obras pertenecientes a otros géneros literarios: fue novelista de folletín, poeta (épico y lírico), dramaturgo, autor costumbrista, cuentista… Novelas no históricas son Las dos hermanasEl Antecristo o Historia de muchos Pepes; de sus artículos costumbristas destacan los titulados «El canónigo», «El arriero» y «La mujer de Navarra»; «La luna de enero», «Aventuras de un filarmónico» y «Mi vecina» son algunos divertidos cuentos, mientras que «La muerte de César Borja» y «El castillo de Marcilla» pertenecen al género de la leyenda histórica. Como autor dramático, se dedicó tanto a la comedia de asunto serio (La prensa libre) o de tono humorístico (Los encantos de la voz), sin desdeñar tampoco el drama histórico (Echarse en brazos de Dios) e incluso cierta incursión en la zarzuela (escribió el libreto de La dama del rey, al que puso música otro navarro, Emilio Arrieta). A todo ello habría que añadir sus poesías y otras obras menores, biografías y traducciones.

Navarro Villoslada fue el autor al que dediqué mi tesis doctoral, defendida allá por el lejano año de 1994, y con toda seguridad volverá a aparecer en otras entradas de este blog…


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Con San Francisco Javier en Goa

Inauguro con esta entrada una serie que tendrá continuidad en el blog, «Con San Francisco Javier en…». En efecto, el influjo y la presencia del Santo navarro y universal, Apóstol de las Misiones, copatrón de Navarra junto con San Fermín, se extiende por numerosos rincones de todo el planeta…

Una buena forma de comenzar la serie es con el recuerdo de la visita a la Goa Antigua (Old Goa) del pasado mes de diciembre de 2011. En efecto, haciéndolo coincidir con la festividad del Santo (que se celebra el 3 de diciembre), GRISO convocó el Congreso Internacional «San Francisco Javier, navarro universal, y la empresa jesuita. Elementos, conflictos y asimilaciones de dos mundos culturales / St. F. Xavier from Navarre to the World: the Jesuit Mission. Elements, Conflicts, and Assimilations of two Cultures», patrocinado por el Gobierno de Navarra, el cual tuvo lugar en el International Centre Goa (Dona Paula, Panaji, Goa) los días 1-3 de diciembre de 2011. El enlace del congreso puede verse en:

http://www.unav.es/congreso/javier-india-2011/

San Francisco Javier (o Goencho Saib, el Señor de Goa, como allí lo denominan) es admirado por muchos indios, no solo cristianos, y su fiesta resulta sumamente popular. Era tanta la afluencia de gente el día grande de su fiesta, que en esta ocasión, al comprobar lo lento que avanzaban las largas colas de peregrinos, desistimos de acercarnos al sepulcro en el interior de la basílica del Bom Jesus, donde se conserva el cuerpo incorrupto del Santo.

En su lugar, pudimos asistir a la misa celebrada en el exterior:

Y pudimos ver las ofrendas florales que hacían los devotos a distintas imágenes del Santo:

Para dejar constancia de nuestra «navarridad», quise que mi hijo Jeff, que me acompañaba en este viaje, me hiciera esta foto, con la bandera de Navarra y la basílica al fondo:

El nombre de San Francisco aparece, claro está, en numerosos puestecillos de venta de artículos religiosos y objetos de recuerdo:

Pero se extiende también a muchas otras actividades, incluidas las gastronómicas:

En ese animado mercadillo de los alrededores de la basílica Jeff se pudo comprar, y a muy buen precio, algunos recuerdos típicamente goanos: la camiseta del Barça de Iniesta y la de Messi de la selección argentina (estos son, ay, los efectos de la famosa globalización…).

En fin, el pasado 3 de diciembre en Goa tuvimos una bonita experiencia y pudimos disfrutar de una feliz fiesta de San Francisco Javier, como deseaba a todos los peregrinos este cartel del Departamento de Turismo del Estado de Goa:

Semblanza de Dulcinea

En el año 2005, con motivo del Centenario de la Primera Parte del Quijote, escribí también una pequeña semblanza de Dulcinea que me pidieron para Euskonews, la cual puede verse en el siguiente enlace:

http://www.euskonews.com/0344zbk/gaia34402es.html

Recupero ahora ese texto para el blog, y es como sigue:

En Don Quijote de la Mancha[1] adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos[2]. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplatónicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)[3].

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo[4]— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»[5], reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-287).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.


[1] Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-676. Esta disponible en: https://www.academia.edu/1472697/_Ella_pelea_en_mi_y_vence_en_mi_Dulcinea_ideal_amoroso_del_Caballero_de_la_Voluntad
[2] Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.
[3] Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998.
[4] A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

[5] Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

Don Quijote o el ideal de amor, justicia y libertad

Recupero aquí un texto que, bajo el mismo título, «Don Quijote o el ideal de amor, justicia, y libertad», salió publicado en La Estafeta de Navarra el 24 de abril de 2005. Una versión anterior, «Don Quijote o sus tres ideales», había aparecido en La Gaceta de los Negocios, el 28 de octubre de 2004. El estilo de redacción es quizá algo recargado y empalagoso, fruto de la exaltación propia del Centenario… pero «Sustento, en fin, lo que escribí», que diría Lope, y aquí lo reproduzco tal cual.

En este año 2005 estamos conmemorando el IV Centenario del Quijote (de su primera parte, publicada en 1605; la segunda se añadiría en 1615), obra cumbre de la literatura hispánica y universal que cuenta con traducciones a todas las lenguas cultas. En el siglo XVII el libro tuvo una recepción eminentemente cómica (la historia de un hidalgo loco y su simplón escudero, especie de bufones ridículos objetos de numerosas bromas, más o menos crueles, que hacen reír a todos); pero luego cada generación ha proyectado sobre él sus peculiares inquietudes, de forma que sobre el Quijote se han ido acumulando interpretaciones muy diversas: ha sido leído como la última novela de caballerías, como constatación del fracaso del sueño heroico español, como síntesis del conflicto idealismo / realidad, en clave esotérica…; y don Quijote, además de modelo de experiencia vital, ha sido considerado un héroe cargado de un profundo simbolismo. Todo esto nos habla de la enorme riqueza de sentido del Quijote, obra que además, por su complejidad técnica y narrativa (juego con los distintos niveles de ficción, metaliteratura, perspectivismo, ironía, ambigüedad…), inaugura la novela moderna. Muchas son, por tanto, las razones para acercarse de nuevo (o por primera vez) al inolvidable texto de Cervantes.

Don Quijote es, junto con don Juan y la Celestina, uno de los grandes mitos aportados por España a la literatura universal. Héroe de enorme hondura, presenta una personalidad compleja, en la que destaca su impulso de actuación y la coherencia de su proyecto vital, su autenticidad. Personaje «adánico» que nace a una nueva vida cuando se encuentra ya en plena madurez, sale a los anchos campos de Castilla a forjar su destino personal de caballero andante, a hacer realidad sus sueños. Sueños de amor, de justicia y de libertad, una triada de sentimientos por los que Alonso Quijano el bueno se transforma en don Quijote de la Mancha, por los que el hidalgo manchego sueña ser y es verdadero y real caballero andante (por más que la caballería la haya recibido «por escarnio» de manos de un pícaro y socarrón ventero). Por todos esos sueños que don Quijote atesora en su corazón no le dolerán las derrotas y los molimientos, los golpes y las magulladuras, las burlas y las incomprensiones de las gentes con las que va topando en su vagar. Porque él se deja guiar tan solo por la luz deslumbradora del ideal. Porque en su largo caminar nuestro genial loco-cuerdo o cuerdo-loco soñará siempre con cielos azules y horizontes despejados. Porque andará en persecución de una quimera que sabe que jamás alcanzará, pero siendo consciente también de que lo bello y lo sublime está precisamente en esa búsqueda. Porque cada paso que da le acerca a esa alta, lejana e imposible utopía. Y esa es su derrota y su victoria, su fracaso y la causa de su gloria imperecedera, su eterna y magistral lección (de don Quijote, de Cervantes): la de un hombre que sale a luchar por los caminos de las Españas (en realidad, los caminos del universo entero) en pos de un ideal de amor, de justicia y de libertad.

¡Qué magnífica enseñanza la que nos brinda Cervantes a través de su inmortal criatura! Que los hombres —cualquier hombre, todos los hombres— son libres y han de luchar siempre por hacer realidad sus sueños, aunque el camino para lograr ese objetivo esté alfombrado de derrotas y amarguras. Porque el de don Quijote no es, ciertamente, un camino de rosas. Es, más bien, un camino de abrojos y espinas. Y en ese su largo y penoso peregrinar, Alonso Quijano se hace don Quijote y, tras recorrer el sendero de sus aventuras, retorna a su innominado lugar natal para ser de nuevo Alonso Quijano y morir cuerdo en su cama, acunado en el calor del hogar, rodeado de su familia y sus amigos. Y muere cuerdo, sabedor de que «en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño». Sin embargo, él supo hacer realidad su destino personal de caballero andante, precisamente porque jamás tuvo miedo a hacerlo realidad; porque nunca le amedrentaron las dificultades; porque jamás temió enfrentarse con la dura realidad con la que continuamente chocaban sus sueños de gloria y sus fantasías caballerescas, que no eran quimeras, sino ideal.

Don Quijote se ha hecho fuerte en todas estas andanzas, como se hace fuerte quien se enfrenta con el hierro a cuerpo descubierto, porque de ese hacer frente con el cuerpo y el espíritu desnudos al hierro —al hierro-yerro del no-amor, de la injusticia, de la falta de libertad— uno sale bien forjado en su temple… o roto. Y así sale Alonso Quijano de todas sus luchas, roto como hombre y templado como caballero andante, como don Quijote de la Mancha, en suma, como héroe. Y esa es la enseñanza: que todo hombre que lucha por un hermoso ideal es un héroe que jamás podrá ser vencido, aunque sufra, una tras otra, mil derrotas. Que podrá ser derrotado pero no vencido en su fuero interno, aunque sus huesos queden molidos y rotos en descomunales batallas con molinos de viento, cueros de vino o rebaños de ovejas.

Quijotadas, pensarán algunos. Pero ¡ojalá nuestras vidas estuviesen repletas de tales quijotadas! Porque don Quijote, igual que Cervantes, sale al camino haciendo uso de su libertad, y en ese ejercicio de su libertad sufre y goza, padece y es herido, tiene altibajos de alegría y pesar. Y comparte con su amigo (no solo escudero) Sancho Panza deliciosos diálogos sobre todo lo divino y lo humano. Y lo vemos en ese constante tira y afloja entre el sueño y la realidad, el sueño caballeresco que eleva su alma y la hace volar por las altas regiones del ideal, y el peso de la cruda realidad que lo aherroja y lo pega a la tierra. Pero don Quijote, igual que Cervantes, sabe hacer suyo el bello verso de Gelasia, una de las pastoras de La Galatea: «libre nascí y en libertad me fundo». Libre. Y también justiciero. Y enamorado además. Así es como vemos a don Quijote en la portentosa novela cuyo Centenario ahora celebramos: como irrepetible personaje literario, que es a un mismo tiempo símbolo y hombre de carne y hueso, con las mismas pulsiones humanas que nosotros; pero, sobre todo y ante todo, como el dueño de un corazón valiente que, con denuedo, hace realidad sus sueños. Como un verdadero y auténtico caballero eterno del ideal que sale en busca de aventuras y de ventura.