Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (3)

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada[1]. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285).

Dulcinea del Toboso

Pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Don Quijote y las labradoras del Toboso

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

Azotes de Sancho Panza para desencantar a Dulcinea


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Arquitectura del relato en la novela histórica romántica española

Me refiero aquí a cómo están divididas externamente estas novelas, para comentar en la próxima entrada algunos aspectos estructurales como son la presencia de digresiones e historias intercaladas y el ritmo narrativo.

Las novelas se suelen dividir en capítulos de mediana extensión; a veces, primero en partes, tomos o libros y después en capítulos (en ocasiones, el autor tardaba un tiempo en dar cada volumen; por ejemplo, las tres partes de Doña Isabel de Solís aparecieron en los años 1837, 1839 y 1846).

Doña Isabel de Solís, de Martínez de la Rosa

No es raro que cada capítulo tenga título propio o vaya encabezado con una cita a modo de lema[1]. Existen también unos clichés para acabar un capítulo y empezar otro: «dejemos a… y volvamos con…», «veamos qué sucedía mientras tanto en…», etc. Así:

Dejémosles entregados en los preparativos de su audaz pensamiento […] y penetremos por un instante en el interior de la plaza sitiada, a donde nos llevan otros acontecimientos (Los héroes de Montesa, p. 182).

Pero contra nuestro intento, se ha dilatado tanto este capítulo que es fuerza dejar para otro la conversación de los dos personajes… (La campana de Huesca, p. 91)[2].



[1] Tienen título propio los capítulos de La campana de Huesca, Pedro de Hidalgo, Don García Almorabid, Bernardo del Carpio, Los caballeros de Játiva, El lago de Carucedo (cada una de las tres partes), Doña Blanca, Doña Urraca, Amaya, El testamento de don Juan I y Doña Isabel de Solís; van encabezados por citas los de La campana de Huesca, El doncel, Jaime el Barbudo, Ni rey ni Roque, El lago de Carucedo, La heredera de Sangumí y Sancho Saldaña; en el caso de la traducción de Gómez Arias anteceden a cada capítulo unas líneas con el resumen de la acción.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (2)

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada[1]. Será entonces cuando realice una penitencia de amor y le escriba una hermosísima carta. Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Dulcinea, el amor ideal de don Quijote

En la Primera Parte, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, con algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha; la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal; y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

Sobre los títulos en la novela histórica romántica española

Fijaré ahora mi atención en un aspecto de la obra literaria muy poco estudiado habitualmente, los títulos[1]. De los títulos de las novelas, se puede destacar una clara preferencia por la mención del protagonista, ya con su nombre propio (Jaime el Barbudo, Sancho Saldaña, Doña Isabel de Solís, Gómez Arias, Bernardo del Carpio, Don García Almorabid, Pedro de Hidalgo, Doña Blanca de Navarra, Doña Urraca de Castilla…), ya con una expresión que a él se refiere (El señor de Bembibre, El doncel de don Enrique el Doliente, La heredera de Sangumí).

La heredera de Sangumí, de Juan Cortada

Otros títulos anuncian el tema de la novela: Los bandos de Castilla, Cristianos y moriscos, La campana de Huesca, Amor y rencor; o bien, combinan nombre de protagonista y tema: La conquista de Valencia por el Cid, El rapto de doña Almodis, Edissa o Los israelitas de Segovia, Amaya o Los vascos en el siglo VIII. Con referencias espaciales solo encuentro El lago de Carucedo. Existen, en fin, títulos más enigmáticos, que no cobran todo su sentido hasta no leer la novela, como El golpe en vago, Ni rey ni Roque o Ave, Maris Stella.

Pero, además, casi todas las novelas tienen algún subtítulo muy interesante: abunda el de Novela histórica original o Novela original española (para mostrar que no son meras imitaciones o traducciones), pero también hay una Leyenda histórica original, un Romance épico, una Tradición popular, una Novela lastimosa y hasta un Cuento[2] (recordemos que en la época las fronteras entre algunos subgéneros literarios eran difusas). Doña Urraca de Castilla se subtitula Memorias de tres canónigos, lo que apunta ya desde el título al recurso a la crónica mencionado en una entrada anterior[3].


[1] Ver Kurt Spang, «Aproximación semiótica al título literario», en Investigaciones semióticas, I, Madrid, CSIC, 1986, pp. 531-541.

[2] Así se subtitula El golpe en vago, pese a sus más de doscientas páginas a doble columna en la edición de Buendía.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Dulcinea, ideal amoroso del caballero don Quijote (1)

Hemos visto en la entrada anterior de esta serie cómo en la acción del Quijote adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos[1]. El más importante de todos ellos es Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplatónicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43).

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’.

Aldonza / Dulcinea

A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras.

Don Quijote y Dulcinea

Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (y 3)

Doña Blanca de Navarra, de Navarro VillosladaPero es Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada, la novela en la que se hace mayor uso de este recurso tópico. En efecto, el narrador de Doña Blanca se considera a sí propio un cronista («No podemos conformarnos con el modesto papel de cronistas…», p. 198) que hace alarde de su «exactitud histórica» (p. 100); y el libro que estamos leyendo es, supuestamente, una crónica, según se indica en las pp. 150 y 280 y en los títulos de los capítulos II, XVIII («Que debía dar comienzo a la segunda parte de esta crónica…») y II, XXI («De cómo el autor vuelve a la ermita, adonde tornan también otros personajes de nuestra crónica»). Para escribir la primera parte de esta «historia», el narrador afirma seguir varias crónicas —por supuesto, ficticias—, en particular una de un monje de Irache, que se caracteriza por su supersticiosa credulidad en fantasmas. Pero aún hay más; en la segunda parte de la novela se incluye como personaje de ficción al propio monje de Irache; así lo indica el título del capítulo II, I: «Entra el lector en relaciones con un santo varón, a quien sólo conoce por sus escritos»[1].

Se trata, en definitiva, de técnicas para crear la ilusión de verdad y rigor histórico, utilizadas prácticamente por todos los novelistas históricos, incluso en el caso de aquellos que apenas se han documentado[2].


[1] Las alusiones a la crónica en esta novela son frecuentísimas; las más importantes se localizan en las pp. 14, 28, 46, 56, 75, 150, 155, 157, 158, 164-165, 201 y 401.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Los personajes femeninos del «Quijote»

El universo de personajes femeninos en el Quijote está constituido por una serie de tipos, muchos de los cuales provienen de géneros precedentes (la novela de caballerías, la de aventuras sentimentales, la morisca, el romancero, la poesía petrarquista, etc.)[1]. Sin embargo, en la novela cervantina los tipos dejan de ser simples imitaciones sin vida ya que adquieren rasgos definitorios y sello de humanidad. Las mujeres del Quijote, en efecto, van más allá de la tipicidad: son mujeres de carne y hueso, cada una con un conflicto personal profundamente humano, cada una con sus pasiones, anhelos, dolores…

Dulcinea

En general, el Quijote nos transmite una visión positiva de la mujer, y las historias amorosas que se exponen suelen tener un final feliz (tras vivir, eso sí, los enamorados un largo y doloroso proceso de pruebas). Los personajes femeninos presentes en la obra de Cervantes forman un mosaico amplio de clases sociales: mujeres que van desde las «mozas del partido» de la venta donde será armado caballero don Quijote hasta la ideal Dulcinea del Toboso, modelo de amada platónica, pasando por la esperpéntica pero bondadosa Maritornes, las pastoras Marcela y Leandra, la morisca Zoraida, la Duquesa y las damas de su Corte como Altisidora, la «sin par» Teresa Panza, las damas barcelonesas, etc., etc. En suma, como se ha dicho alguna vez, hay en el Quijote mujeres con aroma a incienso y mujeres que huelen a ajos, cortesanas (en los dos sentidos de la palabra), labradoras, aventureras, mujeres de su hogar, etc.

Maritornes

Cervantes nos transmite en sus obras acabados retratos femeninos, y esto, su acertada percepción del mundo de las mujeres, se ha explicado a veces considerando la importancia que tuvieron en su vida, tanto su madre y sus hermanas como las mujeres que amó. Si bien el entorno vital del escritor fue durante mucho tiempo predominantemente masculino (milicia, cautiverio en Argel, vida trashumante como alcabalero real…), su biografía está también marcada por notables presencias femeninas: su madre, que le animó a frecuentar los libros; su esposa Catalina de Salazar, con la que casa en 1584, sin que al parecer llegaran a formar un matrimonio muy feliz; su amante Ana Franca; su hija natural, Isabel; sus hermanas y sobrina, apodadas despectivamente «las Cervantas», etc. Como indica Héctor Márquez, no hay un personaje femenino de la vida real de Cervantes que se pueda relacionar directamente con el Quijote; sin embargo, su experiencia vital y su conocimiento de los diferentes estratos de la sociedad se dejan notar claramente en la caracterización de todos sus personajes.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (2)

El lago de Carucedo, de Gil y CarrascoSon muy frecuentes las alusiones a la crónica en La campana de Huesca; el narrador dice haberla encontrado a orillas de las alamedas de la Isuela y se presenta como «humilde copista de esta crónica»[1], aunque completa su información con otros papeles sueltos. Ni rey ni Roque es una historia sacada de unos rollos de pergamino que el narrador simplemente transcribe y entrega a un editor para que los dé al público. Los caballeros de Játiva es el fruto de las investigaciones, durante un verano, en una biblioteca. En El lago de Carucedo un viajero escucha al barquero la historia, que está escrita en los papeles de don Atanasio, el cura[2].

Otras veces, se combina el seguimiento de una crónica y la investigación personal del narrador-autor. Veamos por ejemplo estas palabras de la conclusión de Sancho Saldaña:

Hasta aquí la crónica de que hemos extractado esta historia que, si bien la creemos agradable, no la juzgamos exenta de defectos, y sobre todo no nos satisface la manera que el cronista tiene de satisfacer ciertas dudas. También hemos notado algunos olvidos, y quizá haya algunas contradicciones; pero como nuestro deber era compilar y no corregir, nos hemos conformado en un todo con el original. Con todo, como si se concluyese aquí la historia quedaría tal vez disgustado el lector por no saber qué se hicieron algunos personajes de ella, nosotros, a fuerza de escrutinios e investigaciones, hemos hallado algunas noticias que vamos a comunicarle (p. 751)[3].


[1] «La tarea del copista se ha limitado a descifrar y poner en claro los confusos pergaminos donde por tantos siglos ha estado desconocida esta crónica, y a descargar el estilo de voces y frases ha mucho ausentes de los labios de los españoles» (p. 7).

[2] «Pareciole a nuestro viajero por extremo curioso el manuscrito, y acortando ciertas sutilezas escolásticas que el buen don Atanasio no había economizado a fuer de buen teólogo, lo adobó y compuso a su manera. Como es muy amigo nuestro y sabemos que no lo ha de tomar a mal nos atrevemos a publicarle» (p. 223). Otro ejemplo: «Estos acontecimientos, consignados en una vieja y carcomida crónica, son los que vamos a escribir, no con elegancia ni prolijidad, sino concienzuda y fielmente, entresacando los hechos de sus roídas hojas, como las abejas extraen la miel del cáliz perfumado de las flores» (El testamento de don Juan I, p. 9).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes del «Quijote»: Roque Guinart y Antonio Moreno

En fin, dos personajes interesantes que aparecen en la parte final de la novela, cuando don Quijote se acerca a Barcelona, son Roque Guinart y Antonio Moreno[1]. El primero de ellos está construido sobre la base de un personaje real, Perot Roca Guinarda, famoso bandolero de la época que actuaba en la provincia de Barcelona. En este episodio lo vemos como un bandolero bueno que hace justicia por su propia cuenta, una especie de «desfacedor de agravios modernos», rasgo que lo acerca a don Quijote, quien siente cierta admiración hacia él.

Don Quijote y los bandoleros de Roque Guinart

Roque Guinart conduce hasta Barcelona a nuestro caballero andante y lo deja en manos de su amigo Antonio Moreno, un noble menor que será otro de sus burladores, contribuyendo a la progresiva degradación del personaje: él ha preparado el recibimiento burlesco de don Quijote en la ciudad.

Don Quijote entrando en Barcelona

Además, en su casa don Quijote consultará la cabeza encantada y asistirá a un sarao de damas; y, por último, será su guía en la ciudad y en su compañía visitará la imprenta donde están componiendo el Quijote apócrifo y, más tarde, las galeras.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

El afán de verosimilitud en la novela histórica romántica española (1)

El narrador suele dar fe de que su novela es una «verídica historia»; los novelistas que han manejado más documentación suelen aportar, incluso, notas eruditas (el caso extremo es el de Martínez de la Rosa, aunque también Cortada y Navarro Villoslada las añaden) indicando sus fuentes, comentando aspectos lingüísticos, político-sociales y culturales de la época de su novela que resulten extraños[1] o requieran alguna aclaración, o señalando, los más escrupulosos, hasta los más pequeños desvíos de la historia real que se han permitido[2].

Por supuesto, este aspecto depende de cada autor y de su preocupación por la reconstrucción histórica del momento que le ocupa, con grados que van desde lo arqueológico de Doña Isabel de Solís a la casi nula preocupación de los entreguistas, pasando por autores que dejan ver en sus novelas una documentación seria, pero no tan excesiva que ahogue su fantasía[3]. Pero todos por igual señalarán la historicidad de lo que escriben y algunos llegarán a llamarse «historiadores verídicos».

Cronista medievalEn este sentido, un aspecto muy interesante a la hora de aumentar la verosimilitud de lo que se cuenta es el recurso tópico a la crónica o manuscrito que el autor dice seguir al pie de la letra; de esta forma la novela cuenta con «la fidelidad de la historia». Una variante es la técnica de los «papeles hallados»: el narrador-autor (aquí es difícil discernir) ha encontrado, bien en el curso de sus investigaciones, bien por pura casualidad, unos documentos que él se limita a transcribir y editar; de esta forma, la novela no se presenta como suya, sino avalada por la antigüedad de la historia o de una persona de mayor autoridad. Era un recurso habitual de la novela de caballerías, parodiado por Cervantes en el Quijote con la mención del historiador arábigo Cide Hamete Benengeli[4].


[1] Fernández y González justifica en nota el que una mujer de su Bernardo del Carpio sepa escribir en aquella época; el autor de Amor y rencor sale al paso de quienes podrían calificar de inverosímil el hecho de presentar a una mujer vistiendo y entrando en combate como un hombre.

[2] Escosura, en unas «Advertencias» al final de Ni rey ni Roque, pide disculpas por los posibles fallos históricos dado que, por las especiales circunstancias de composición (confinamiento, exilio, servicio en el ejército y en la Guardia Real), no ha podido consultar mapas o libros de historia, debiendo confiar solo en su memoria. También el autor de Edissa pide perdón por los anacronismos que haya podido introducir.

[3] Y así, abundan las descripciones de armas con sus motes y divisas, vestidos, mobiliario, ceremonias (torneos, justas, nombramiento de caballeros) y, en general, de todos aquellos elementos que contribuyen a la consecución del «color local» más o menos tópico del medievalismo romántico.

[4] Cfr. Martín de Riquer, Aproximación al «Quijote», Madrid, Salvat-Alianza, 1970, pp. 65-67. Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.