Algunas citas sobre el desengaño barroco (1)

Algunas citas de distintos estudiosos nos servirán para apuntalar, desde el punto de vista crítico-teórico —más adelante pasaremos al comentario de los textos literarios— lo relativo al desengaño barroco y su reflejo en la literatura. Comencemos con unas palabras de Luis Rosales, correspondientes a su ensayo El sentimiento del desengaño en la poesía barroca:

Toda época de esfuerzo tiende orgánicamente hacia el reposo. La tensión del espíritu se relaja, y a las formas de vida activas y creyentes suceden otras, escépticas, cansadas. Puede el espíritu evadirse de esta ley. Pero no es fácil la evasión. Cuanto más altas, esforzadas y nobles son las formas de la vida, más difícil es a la sociedad acrecentarlas o mantenerlas. A la tensión creadora del siglo XVI español sucede un largo período de atonía. Con Felipe III todo se inclina, desde el peligro hasta el descanso. Y con Felipe IV sintió el espíritu español que la tensión del esfuerzo que el Conde Duque le obligó a realizar se le iba convirtiendo en desengaño.

El sentimiento del desengaño llenó casi completamente el ámbito del nuevo siglo. Instituciones, formas de vida, costumbres y temas literarios lo reflejan de manera inequívoca. El sentimiento religioso, el sentimiento del amor, el sentimiento del honor se hacen más rígidos y al mismo tiempo se van tiñendo de escepticismo. Esta relajación histórica de nuestro espíritu, en todas sus diversas manifestaciones, debía ser estudiada atenta y amorosamente si queremos llegar a comprender el fenómeno de nuestra verdadera decadencia. Las razones políticas, culturales y sociales, aducidas generalmente por los historiadores, necesitan un punto de partida más hondo, genuino y unificador. Toda decadencia, en el espíritu se origina y a él afecta de manera esencial. En él hay que buscarla. La historia de la nuestra, y quizá de toda decadencia, es la historia del sentimiento del desengaño[1].

San Jeronimo, de Antonio Pereda


[1] Luis Rosales, El sentimiento del desengaño en la poesía barroca, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1966, p. 65.

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Iñigo Arista alzado sobre el pavésDe gran sabor arqueológico es toda la escena del capítulo VIII de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], correspondiente a la coronación de doña Leonor: se describen las calles de Estella adornadas para la ocasión; la composición de las Cortes navarras, con sus tres brazos (el eclesiástico, el nobiliario y el de las «buenas villas»); el juramento de los fueros de Navarra que deben pronunciar los reyes para ser reconocidos como tales, así como el que hacen a su vez los tres brazos del reino; y el alzamiento sobre el pavés de la reina. La minuciosidad del autor llega hasta el extremo de mencionar detalles mínimos, como el de que el fuero exige que el nuevo monarca derrame moneda nueva con su busto y nombre.

La misma preocupación se nota también en el empleo de palabras más o menos técnicas correspondientes a diversas realidades de la época, como la moneda, los oficios y las instituciones jurídicas: cornados, florines de oro, archeros, heraldos, farautes, collazos, pecheros, prebostes, maestre-hostal (así era llamado el mayordomo de palacio), clérigos de botillería… No es que todos estos detalles señalados proporcionen más calidad a una novela histórica; al contrario, para muchos críticos la acumulación de todos estos elementos supone una rémora que dificulta el avance de la acción novelesca propiamente dicha. Así sucede, ciertamente, cuando una acumulación documental indebida, por lo excesivo, llega a ahogar la parte puramente ficticia de la novela; sin embargo, cuando su proporción es adecuada, como en el caso de Navarro Villoslada, sirve para demostrar la preocupación del novelista histórico, que no desea aminorar la sensación de veracidad de sus producciones descuidando o despreocupándose por completo de este aspecto.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El tema del desengaño en el Barroco

Puede afirmarse sin temor a equivocarse que los grandes temas abordados por la literatura son, en realidad, muy pocos en número, y que esos temas responden a las grandes preguntas que se ha hecho el hombre, a lo largo de todos los tiempos, acerca del amor y la amistad, la vida y la muerte, la religiosidad y el deseo de trascendencia… Tales son, en efecto, los grandes temas de la literatura universal. Por supuesto, alrededor de esos temas mayores existen constelaciones de sub-temas, cada uno de ellos con una amplia gama de motivos asociados; pero, en cualquier caso, los grandes núcleos temáticos de la literatura responden a esas inquietudes del hombre (lo que Antonio Machado llamó «los universales del sentimiento») y a esos enigmas de la vida humana.

En el caso de la época barroca, uno de los temas literarios más importante es el del desengaño. En un sentido amplio cabe afirmar que Barroco y desengaño son, de alguna manera, palabras sinónimas. En efecto, dentro del amplio campo de la literatura barroca, concretamente en el terreno de la literatura de tono moral o de contenido religioso, uno de los más podemos núcleos temáticos que podemos distinguir es el del desengaño. En efecto, el desengaño forma parte de la visión del mundo en el Barroco, que en buena medida se percibe como crisis y pesimismo. Existe un sentimiento de amenaza e inestabilidad, una sensación generalizada de crisis (que se muestra en muchos aspectos de la vida, y con múltiples raíces: políticas, militares, religiosas y, a veces, personales), lo que lleva en algunos autores barrocos al rechazo del mundo, a la renuncia de todo lo mundano (es el caso de la solución ascética): junto al desengaño, estos escritores cantarán la vanidad de la vida, la fugacidad de todo lo terreno, aparecerá el escepticismo; plantearán en sus obras el conflicto entre la realidad y la apariencia (la vida es sueño, los sentidos son engañosos, toda la belleza es caduca, etc.).El sueño del caballero, de Antonio de Pereda

La reconstrucción arqueológica en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Llamo reconstrucción arqueológica al trabajo llevado a cabo por el novelista para conseguir una acertada ambientación en lo que se refiere a la descripción de costumbres, instituciones, armas, mobiliario, etc. de la época novelada. El «color local» así conseguido contribuye, igual que la mención de hechos históricos que acabo de comentar, a aumentar la veracidad de la novela histórica.

La preocupación arqueológica de Francisco Navarro Villoslada[1] es muy seria y la apreciamos, por ejemplo, en la minuciosa descripción de los vestidos de los personajes. El autor puntualiza siempre calidades y materiales: por ejemplo, doña Leonor viste de brocado azul y manto, y más tarde su luto consiste en «un ligero y gracioso tocado de gasa negra con azabaches, que le bajaban muy cerca del cuello»; unos caballeros llevan «finas telas de lana y de brocado»; don Alfonso da al leproso «un gabán de riquísimo brocado, con vueltas y forro de piel de nutria»; un personaje se toca con «gorra milanesa»; las botas de otro son «de cordobán»; un tercero viste «un ropón de lana burda con capucha». Véase esta completa descripción del traje de don Alfonso:

Traía un traje corto de brocado carmesí, un gabán airoso de paño negro forrado de pieles de armiño, que volvían en ancho cuello por la espalda hasta terminar en punta por delante, y del tahalí encarnado pendiente una espada corta con rica empuñadura. Derribábanse las negras melenas de un bonete con vueltas de escarlata, que formaba en medio un pequeño pico, en el cual brillaba un cintillo de piedras.

ArmaduraLas armas también son descritas con detalle: se alude a la costumbre de colocar motes o divisas en los escudos, se habla de las insignias de las órdenes del Lebrel Blanco y de la Buena Fe, instituidas por Carlos III, o se mencionan detalles heráldicos a propósito de los escudos del Conde de Foix y del de Lerín. La descripción de la armadura de don Alfonso es de lo más minuciosa, pues se enumeran prácticamente todas sus piezas:

Era completa su armadura. Tenía celada, y no borgoñona, sino entera; gola, peto con ristre y espaldar; escarcelas y quijotes; brazales, guanteletes, espada sin guarda desde la cruz al pomo, para que sirviese como manopla, puñal y daga. Fuera del caballo, del escudo y de la lanza, que tal vez había dejado en la portería del convento, tenía todas las piezas que los fueros exigían al infanzón que recibiese gajes del rey por mesnadero.

Respecto al mobiliario, sabemos que el salón del Conde de Lerín tiene «bancos y sillones de encina» y un «sillón de vaqueta»; se habla también de «un sitial de ébano, con todo primor tallado» o de «un hermoso libro de vitela matizado de prolijas y delicadas miniaturas»; se describe una «litera morisca de primorosos dorados y celosías» de Catalina… El narrador introduce muchos otros detalles sobre la decoración de los salones del castillo de Orthez, sobre la habitación del monje cronista y la de la penitente o sobre el gabinete de Leonor.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Publicaciones póstumas de Lope de Vega

Al año siguiente de la muerte del Fénix, en 1636, el doctor Juan Pérez de Montalbán, da a las prensas su Fama póstuma a la vida y muerte del doctor frey Lope de Vega Carpio, breve biografía y recopilación de numerosos «elogios panegíricos» de muy diversos autores[1].

La vega del Parnaso, de Lope de Vega

En fin, en 1637 aparecen póstumas su égloga Filis y La vega del Parnaso. Este libro sale con la autorización de Luis de Usátegui, marido de Feliciana (la hija de Lope), quien lo dedicará al duque de Sessa, aludiendo a «la afición que Vuestra Excelencia ha mostrado siempre a los escritos de Frey Lope Félix de Vega Carpio, mi señor, y las mercedes que en su vida recibió de esas generosas manos». De carácter recopilatorio (además de algunas comedias incluye sus últimos poemas), Lope había estado trabajando en esta obra los últimos años de su vida, y ya en 1633 había anunciado su preparación. Por ello, puede considerarse La vega del Parnaso como su testamento literario.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Leonor de Trastámara, Condesa de FoixAl comenzar la segunda parte de la novela de Francisco Navarro Villoslada[1], se ha producido un salto temporal, y la acción se sitúa en el año 1479. Doña Leonor es reina gobernadora, pues su padre se sigue titulando rey de Aragón y de Navarra. La situación de guerra civil se mantiene: el Conde de Lerín continúa siendo el caudillo del bando beamontés, en tanto que mosén Pierres de Peralta y don Felipe de Navarra, mariscal del reino, encabezan el de los agramonteses. El segmento histórico más importante de esta segunda parte se corresponde con la coronación de la reina doña Leonor de Navarra, verificada el 28 de enero de 1479, tras la muerte en Barcelona de don Juan II, y su corto reinado, pues murió el 12 de febrero. Navarro Villoslada respeta esas dos fechas históricas, pero cambia el lugar de la coronación, que no se verificó en Estella, sino en Tudela; además, hace coincidir la muerte de doña Leonor con el aniversario de la muerte de la Princesa de Viana, cosa que no se corresponde exactamente con la realidad histórica si damos por buena la fecha de 2 de diciembre de 1464 para el fallecimiento de doña Blanca.

Existen alusiones a muchos otros sucesos y personajes históricos que van salpicando las páginas de la novela: el matrimonio de doña Blanca con don Enrique de Castilla, Príncipe de Asturias (el futuro Enrique IV); la boda de doña Magdalena, hermana del rey francés Luis XI, con el joven Gastón de Foix, y la muerte de este en un torneo celebrado en Liburne; la paz alcanzada en Cataluña, con el nombramiento del hijo de don Juan II, Fernando (con el tiempo el Católico) como Príncipe de Gerona; la sorpresa de Pamplona, ocurrida en 1471; el matrimonio del Conde de Lerín con una hija natural de don Juan II; la excomunión de mosén Pierres de Peralta por haber dado muerte al obispo de Pamplona don Nicolás de Chávarri; el asesinato de Felipe de Navarra a manos del Conde de Lerín, etc. Son datos que refuerzan el fondo histórico de la novela, aun sin ser la parte principal de la misma, pequeñas noticias que van esmaltando la narración y que contribuyen a dar al conjunto un aire de verosimilitud.

Por otra parte, al final de la obra, en unas páginas que funcionan como epílogo, se mencionan los sucesos históricos posteriores relativos al reino de Navarra, que culminarían con la pérdida de su secular independencia: la muerte de Francisco Febo, el reinado de Catalina de Foix y Juan de Albret y la conquista del reino por las tropas de Fernando el Católico al mando del Duque de Alba, con la consiguiente incorporación a la Corona de Castilla[2].


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Las últimas palabras de la novela son: «Pero de estos sucesos hablaremos, con el favor de Dios, en otra obra». Navarro Villoslada quiso, en efecto, redactar otra novela histórica sobre la conquista de Navarra, que no llegó a culminar, pero de la que se conservan distintas versiones en su archivo bajó el epígrafe común de Pedro Ramírez.

El entierro de Lope de Vega

Al funeral de Lope de Vega acude todo Madrid[1]. La procesión da un rodeo para pasar por el convento de sor Marcela, su hija, que así lo ha solicitado. El Fénix es enterrado solemnemente en la parroquia de San Sebastián.

Iglesia de San Sebastián de Madrid

El fervor popular es inmenso. El testimonio de un contemporáneo, Francisco Ximénez de Urrea, indica que «hubo muchas mujeres. Acabaron [el entierro] a las dos de la tarde, y a las cinco de la mañana no se podía entrar en la iglesia». De nuevo es Pérez de Montalbán quien ofrece en su relato detalles muy puntuales, tanto del entierro como de las honras fúnebres celebradas en los días posteriores:

Tratose de su entierro, de que se encargó el señor Duque de Sessa, como su dueño y albacea, y como tan magnánimo príncipe, y determinose para el martes siguiente a las once. Repartiéronse muchas limosnas de misas, que es la más importante honra para el que yace. Convocose todo el pueblo sin convidar a ninguno; vinieron cofradías, luces, religiosos y clérigos en cantidad, la Orden de los Caballeros del hábito de San Juan, la de los Terceros de San Francisco, la Congregación de los Familiares [del Santo Oficio] y la de los Sacerdotes de Madrid, compitiendo piadosamente sobre quién había de honrar sus hombros con llevar su cuerpo, y consiguiolo la Venerable Congregación de los Sacerdotes. Empezose el entierro según estaba prevenido, y fue tan dilatado, que estaba la cruz de la parroquia en San Sebastián y no había salido el cuerpo de su casa, con ser tanto el distrito y haber rodeado una calle a petición de Soror Marcela de Jesús, religiosa de la Trinidad descalza y muy cercana deuda del difunto, que gustó de verle. Las calles estaban tan pobladas de gente, que casi se embarazaba el paso al entierro, sin haber balcón ocioso, ventana desocupada ni coche vacío. Y así, viendo una mujer tanta grandeza, dijo con mucho donaire: «Sin duda este entierro es de Lope, pues es tan bueno.» Iban con luto al remate del acompañamiento don Luis de Usátigui, yerno de Lope, y un sobrino suyo en medio del señor Duque de Sessa y de otros grandes señores, títulos y caballeros. Llegaron a la iglesia, recibioles la Capilla Real con música. Díjose la misa con mucha solemnidad, y al último responso, viéndole quitar del túmulo para llevarle a la bóveda, clamó la gente con gemidos afectuosos. Depositose en el tercero nicho por orden del señor Duque de Sessa, con permisión del doctor Baltasar Carrillo de Aguilera, cura propio de la parroquia de San Sebastián, y con declaración de la justicia por el secretario Juan de Piña. Vaciole en cera la cabeza Antonio de Herrera, excelentísimo escultor de Su Majestad, y despidiéronse los amigos, llorando la soledad que les hacía Lope, como quien echa menos una joya que le han hurtado.

Prosiguiéronse las honras hasta el novenario, con la misma costa y autoridad de música y cera que el primer día, y dilatose el funeral último ocho días porque estaba ausente el Padre Fray Ignacio de Vitoria y era el elegido para el sermón, con mucho gozo suyo y de todos los discretos, que a una voz dijeron que tal orador merecía tal difunto, y tal difunto era digno de tal orador. Entretanto que se esperaba este gran día, quiso la Venerable Congregación de los Sacerdotes cumplir con los honores de su hermano amantísimo. Aderezose la iglesia de San Miguel lo mejor que se pudo, sin exceder las órdenes limitadas en la premática. Cubriéronse de luto los bancales del coro, donde asistían los congregantes con sobrepellices, en compañía del licenciado Josef de las Cuevas, su capellán mayor. Acudió gran número de gente, hasta no caber más en la iglesia, con muchos señores que, a lisonja del señor Duque de Sessa y a devoción de Lope, se convidaron ellos mismos. Dijo la misa de pontifical don Fray Gaspar Prieto, obispo de Alguer y electo en Elna. Y predicó el sermón el doctor Francisco de Quintana, de quien me holgara, si fuera posible en mi amor, ser hoy su mayor enemigo, para ponderar sin sospecha de pasión alguna la pureza en el lenguaje, la cordura en el asumpto, la profundidad en los pensamientos, la ternura en las admiraciones, y sobre todo el hablar a propósito, cumpliendo siempre con su entendimiento y su voluntad, que cuando se juntan, todo se acierta.

El lunes siguiente, a las ocho de la mañana, con el deseo de oír al Padre Ignacio de Vitoria, estaba ocupada toda la iglesia, sin que faltase príncipe grande, caballero entendido, cortesano curioso y hombre de buenas letras, unos llevados de la obligación y otros traídos de la curiosidad. Vino la Capilla, cantó el introito. Salió a decir la misa el doctor don Cristóbal de la Cámara y Murga, obispo de Salamanca, si bien el tumulto de la gente ni dejó atender a la misa ni dio lugar a escuchar la música. Púsose en el púlpito el sutilísimo agustino de nuestros tiempos, con muy buena gana de hacer alarde, como lo hizo, de su voluntad en alabanza de un varón tan famoso y en lisonja de un auditorio tan lucido. Mas fue tanto el ruido de los mal acomodados, la inquietud de los que llegaron tarde, el cansancio de los que fueron temprano, el aprieto de algunos y el calor de todos, que no dejó gozar universalmente de la doctísima oración, si bien los que la oyeron bastaron a informar a los demás de lo agudo de sus conceptos, de lo extraño de sus novedades, de lo noticioso de sus letras, de lo gallardo de sus acciones y de lo eminente de sus idiomas, y después lo harán a mejor luz los caracteres de plomo vaciado en la inmortalidad de la estampa.

Al siguiente día dispuso la piadosa Cofradía de los Representantes los honores funerales, con tanto lucimiento como gasto. Vistiose de pontifical para celebrar el mayor sacrificio don Fray Micael de Abellán, obispo de Siria. Cantó la Capilla Real como siempre, sin faltar ninguno de los mejores, con que hicieron la iglesia cielo, y predicó el muy reverendo Padre Fray Francisco de Peralta, antorcha angélica de su sagrada religión de predicadores, y predicador tan felice en esta ocasión, que aun la muda retórica del silencio no basta a ponderarle, porque oró tan a propósito de los méritos del sujeto, tan a medida del gusto de los señores, tan conforme al talento de los doctos, tan bastante al melindre de los entendidos, tan copioso al afecto de los apasionados y tan ajustado al genio de los vulgares, que no pudiendo los unos y los otros sufrir tanto género de sutilezas sin pagárselas de contado, introdujeron en el templo un género de ruido devoto y un linaje de rumor ponderativo, cuyas inquietas admiraciones empezaron en aplausos públicos y acabaron en vítores disimulados. Con que se dio fin a sus exequias, pero no a sus honras, pues ahora las harán eternas con sus elogios panegíricos los divinos Apolos de Manzanares, a imitación del tracio Orfeo, que a pie llevaba tras sí los montes con la dulcísima consonancia de sus himnos.

Sin embargo, el Consejo de Castilla prohibió el homenaje previsto por el Ayuntamiento de Madrid, por la razón que apunta Felipe Pedraza:

Sin duda, las altas esferas no perdonaron al poeta, ni aun después de muerto, la vida irregular que había llevado.

El duque de Sessa, que había costeado las honras fúnebres, incumple en cambio su promesa de edificarle un mausoleo en sus estados, y en alguna de las muchas revueltas del tumultuoso siglo XIX sus restos desaparecen, mezclados con otros en el osario de la parroquia de San Sebastián.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Historia y ficción en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Una novela histórica se construye con una mezcla de elementos ficticios y de elementos históricos: las proporciones serán en cada caso distintas, pero en todas ellas cierto segmento de la historia novelesca se identificará con cierto segmento de la historia real. Por supuesto, el resultado final de esa mezcla será siempre una obra perteneciente a la Literatura, no a la Historia; en consecuencia, al novelista histórico no se le ha de pedir el mismo rigor científico que al historiador. Ahora bien, si el novelista es mínimamente riguroso —y Navarro Villoslada lo es en alto grado—, puede llegar a transmitir con sus novelas, no solo el placer estético de una obra de ficción, sino además una visión acertada de aquella época en la que ha situado su acción. Es decir, puede proporcionar al lector ciertos conocimientos históricos (la historia es maestra de la vida, según acuñación clásica), y animarle quizá a un mejor conocimiento de los hechos del pasado, sirviéndole de acicate para acudir a fuentes historiográficas.

Carlos d´Evreux y Trastámara, Príncipe de VianaComo suele ser habitual, en esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1] los datos históricos esenciales se acumulan en los primeros capítulos, donde se ofrece un cuadro panorámico de la época para que el lector pueda hacerse una idea general de la misma y situar correctamente a los personajes. El marco histórico es aquí la guerra entre los bandos navarros de beamonteses (partidarios del Príncipe de Viana, Carlos, y luego de su hermana doña Blanca) y agramonteses (que apoyaron a Juan II, rey de Aragón), y ya desde la primera página del libro se alude a «las guerras intestinas en que estaba ardiendo a la sazón el reino de Navarra». Carlos, nieto de Carlos III el Noble, era el legítimo heredero al trono navarro al morir su madre doña Blanca; pero esta, en una cláusula de su testamento, dejó estipulado que no se proclamase rey sin contar con el permiso de su padre; en vista de que don Juan II retuvo injustamente en su poder el reino, incluso después de sus segundas nupcias con Juana Enríquez, el joven Príncipe de Viana hubo de debatirse entre el respeto filial y sus evidentes derechos, optando finalmente por el alzamiento armado. Carlos contó con el apoyo de los castellanos, interesados en el enfrentamiento entre padre e hijo, lo que contribuyó a que las discordias se prolongasen en Navarra durante cuarenta años.

Los beamonteses, que proclamaron rey a don Carlos, estaban encabezados por don Luis de Beaumont, Conde de Lerín. Su gran rival, cabeza del bando agramontés, era mosén Pierres de Peralta (el Joven), Condestable de Navarra, vasallo del rey don Juan. En la novela, se menciona la muerte del Príncipe de Viana, envenenado por orden de su madrastra y de su hermana doña Leonor. Todo esto es, más o menos, histórico: hoy en día parece probado que don Carlos murió de muerte natural, enfermo de tuberculosis; pero su muerte fue cuando menos sospechosa y durante mucho tiempo se especuló con su posible envenenamiento; algunos historiadores acogieron la idea y, por tanto, no tiene nada de extraño que Navarro Villoslada aprovechase para su obra la versión más dramática y novelesca.

Carlos, Príncipe de VianaLa muerte del Príncipe de Viana aparece aludida varias veces en la novela, pero el núcleo central del argumento lo constituye el fin de su hermana doña Blanca, heredera del título, de los derechos a la Corona navarra y también de las desgracias de don Carlos. La princesa doña Blanca fue enviada por su padre, Juan II, al castillo de Orthez, en el Bearn, en abril de 1462 con la excusa de que allí se concertaría su boda con el Duque de Berry, hermano del rey de Francia. Se trataba en realidad de todo lo contrario: de que permaneciese en poder de los Condes de Foix, don Gastón IV y doña Leonor, para que no pudiese contraer matrimonio, pues, siendo entonces ella la legítima heredera del trono, la descendencia que hubiese podido tener sería un obstáculo para los planes de don Juan. En la realidad, antes de su traslado a Francia doña Blanca permaneció recluida en varios castillos; en la novela, Navarro Villoslada finge la poco verosímil circunstancia de que la princesa ha decidido vivir en Mendavia disfrazada de labradora. También añade el autor el lance novelesco que supone su liberación temporal por parte de Jimeno. Doña Blanca vivió dos años encerrada en Orthez, para morir el 2 de diciembre de 1464; en cambio, el novelista sitúa su muerte a los pocos días de su llegada, concentrando temporalmente todos los acontecimientos de la novela, lo que sin duda proporciona mayor dramatismo a la acción.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Muere Lope de Vega en 1635

El alma de Lope está cansada, muy cansada[1]. Será ya muy poco lo que escriba, y no alcanzará a ver publicada la Parte veintiuna de sus comedias, que saldría póstuma. Nos acercamos al final de sus días. El 25 de agosto de 1635 sufre un desmayo que le obliga a guardar cama. Al día siguiente firma y rubrica su testamento como «frey Lope Félix de Vega Carpio, presbítero, de la sagrada religión de San Juan», en el que deja por heredera universal a su hija Feliciana. El 27, a las cinco y media de la tarde, Lope muere después de setenta y tres años y nueve meses de una densa y apasionante vida, repleta de amores y de literatura.

Lope de Vega

Pérez de Montalbán en su Fama póstuma relata con prolijos detalles estas postrimerías de la biografía lopesca. Cedámosle a él la palabra:

Había de morir Lope muy presto, y su corazón, que profeta lo adivinaba, enviábale los suspiros adelantados, porque tuviese los desengaños prevenidos, pues a diez y ocho del mismo mes, viernes, día de San Bartolomé, se levantó muy de mañana, rezó el oficio divino, dijo misa en su oratorio, regó el jardín y encerrose en su estudio. A mediodía se sintió resfriado, ya fuese por ejercicio que hizo en refrescar las flores, o ya, como afirman los mismos de su casa, por otro más alto ejercicio hecho tomando una disciplina, costumbre que tenía todos los viernes en memoria de la Pasión de Cristo Nuestro Señor, y averiguado con ver, en un aposento donde se retiraba, salpicadas las paredes y teñida la disciplina de reciente sangre. Así la virtud suele disimularse en los que son buenos, sin hacer ruido ni andar melancólicos ni mal vestidos, que la virtud no está reñida con el aseo que se queda en el término de la modestia. Y si la mortificación es indicio de la santidad, también es instrumento de paliar los vicios la hipocresía. Con sentirse indispuesto Lope y tener licencia para comer carne por un corrimiento que padecía en los ojos, comió de pescado, que era tan observante católico, que hacía escrúpulo, aunque lo mormurase su achaque, de faltar a las órdenes de la Iglesia. Estaba convidado para la tarde para unas conclusiones de medicina y filosofía, que defendió tres días el doctor Fernando Cardoso, gran filósofo y muy noticioso de las buenas letras, en el Seminario de los Escoceses; y hallose en ellas, donde le dio repentinamente un desmayo, que obligó a llevarle entre dos de aquellos caballeros a un cuarto del doctor don Sebastián Francisco de Medrano, muy amigo suyo, que está dentro del mismo seminario, donde sosegó un poco hasta que en una silla le trujeron a su casa. Acostose, llamaron los médicos, que, informados de que había comido unos huevos duros y unos fideos guisados, presumiéndole embarazado del estómago, le dieron un minorativo para purgalle, y luego, porque la calentura lo pedía, le sangraron, si bien le descaeció la falta de la sangre, aunque no era buena. Pasó acaso por la misma calle el doctor Juan de Negrete, médico de cámara de Su Majestad, que este título y sus aciertos son buenas señas de su talento, de su ciencia y de su experiencia, y diciéndole que estaba Lope de Vega indispuesto, le entró a ver, no como médico, porque no era llamado, sino como amigo que deseaba su salud. Tomole el pulso, viole también la fatiga del pecho, reconoció la calidad de la sangre y previno el suceso, diciéndole con mucha blandura que le diesen luego el Santísimo Sacramento, porque servía de alivio al que había de morir y de mejoría al que había de sanar. «Pues V. M. lo dice —respondió Lope muy conforme—, ya debe de ser menester», y volviose del otro lado a pensar bien lo que le esperaba.

Despidiose el doctor, y advirtió que tuviesen cuidado con él, porque estaba acabando. Con esto vino a la noche, con la solemnidad que suele, el Viático santísimo del cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo, que recibió con reverencia y lágrimas de alegría, agradeciéndole la visita, pues así le daba a entender que, como quien quiere honrar al huésped que espera, le sale al camino y le acompaña hasta llevarle a su palacio, así su Divina Majestad venía a recibirle hasta dejarle en las celestes moradas de su eterna gloria. Quedó más sosegado por dos horas, pero luego se conoció el peligro evidente y le trujeron el último remedio de la Santa Extremaunción. Recibiola, llamó a su hija, echola su bendición y despidiose de sus amigos, como quien se partía para una jornada tan larga. Consolose mucho con el maestro Josef de Valdivielso, porque, ayudándole en aquella congoja, le dijo en pocas palabras muchas razones que le sirvieron de dotrina y de alivio. Preguntó por el Padre Fray Diego Niseno, a quien quería y reverenciaba juntamente, por haberle tratado muchos años y haber leído todos sus escritos, y por el Padre Maestro Juan Baptista de Ávila, de la Compañía de Jesús, porque quien en vida le advirtió como docto de muchas cosas importantes a su salvación y a su crédito, mejor lo haría en la muerte como religioso y como entendido. Mas no logró su justo deseo, por estar entonces el Padre Niseno ausente, y el Padre Ávila enfermo en la cama. Encargó al señor Duque de Sessa, como a su dueño y su testamentario, que siempre le asistía sin faltarle un punto, el amparo de su hija, doña Feliciana de la Vega. Aconsejó a todos la paz, la virtud y el cuidado de sus conciencias. Díjome a mí que la verdadera fama era ser bueno, y que él trocara cuantos aplausos había tenido por haber hecho un acto de virtud más en esta vida, y volviéndose a un Cristo crucificado, le pidió con fervorosas lágrimas perdón del tiempo que había consumido en pensamientos humanos, pudiendo haberle empleado en asumptos divinos; que aunque mucha parte de su vida había gastado en autos sacramentales, historias sagradas, libros devotos, elogios de los santos y alabanzas de la Virgen Santísima y del Niño recién nacido en todas sus fiestas, quisiera que todo lo restante de su ocupación fuera semejante a esto. Resignó en las manos de Dios su voluntad; prometió no ofenderle jamás, aunque viviera muchos años; arrepintiose de haberle ofendido dolorosamente; confesó que era el mayor pecador que había nacido en el mundo; hizo un acto de contrición en que tuvieron más parte las lágrimas que las razones; llamó en su ayuda los santos de su devoción; invocó la piedad de la Virgen sacratísima de Atocha, a quien pidió que, pues había sido siempre su valedora, que lo fuese también entonces, y pues tenía en sus brazos al Juez de su causa, que intercediese por él al darle la sentencia. Dejáronle reposar un poco, porque dio a entender que se fatigaba; pasó la noche con inquietud y amaneció el lunes ya levantado el pecho, y tan débil, que la falta de la respiración no le dejaba formar las palabras, si bien tuvo siempre libres las potencias y muy prompto el sentido para responder a los que en aquel aprieto asistían a sus últimas congojas, que eran siempre el señor Duque de Sessa, el señor don Rafael Ortiz, recibidor de la Orden de San Juan, don Francisco de Aguilar, el Maestro Josef de Valdivielso, el doctor Francisco de Quintana, el licenciado Josef de Villena, el secretario Juan de Piña, don Luis Fernández de Vega, Alonso Pérez de Montalbán, su confesor, muchos religiosos de todas órdenes y el Reverendísimo Padre Provincial, Fray Juan de Ocaña, que con su espíritu, como de predicador tan grande, le esforzaba para que pasase aliviado aquel preciso y temeroso trance. En efecto, oyendo psalmos divinos, letanías sagradas, oraciones devotas, avisos católicos, actos de esperanza, profesiones de fe, consuelos suaves, cristianas aclamaciones y llantos amorosos, los ojos en el cielo, la boca en un crucifijo y el alma en Dios, espiró la suya al eco del dulcísimo nombre de Jesús y de María, que a un mismo tiempo repitieron todos.


[1] El texto de esta entrada está extractado del libro de Ignacio Arellano y Carlos Mata Induráin Vida y obra de Lope de Vega, Madrid, Homolegens, 2011. Se reproduce aquí con ligeros retoques.

Argumento de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (segunda parte)

Blanca II de NavarraVeamos ahora el argumento de la segunda parte de esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], Quince días de reinado. Han pasado quince años desde 1464, pero las guerras civiles siguen siendo el azote del menguado reino de Navarra. Doña Leonor de Foix, una vez eliminados los dos «obstáculos» que se interponían en su camino hacia el trono (sus dos hermanos mayores, don Carlos y doña Blanca), es ya la heredera, aunque mientras vive su padre Juan II solamente puede ostentar el cargo de gobernadora general o lugarteniente del rey. Al morir este en 1479, doña Leonor es coronada, pero durante la ceremonia una mujer le vaticina que su reinado durará únicamente quince días. Se trata de Inés, que reaparece ahora como la penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella: sigue enamorada de Jimeno, aunque sabe que es el suyo un amor sin esperanza, y se limita a procurarle toda la ayuda que necesita allí donde se encuentre por mediación de sus amigos, los judíos. Jimeno se presenta en esta segunda parte haciéndose llamar don Alfonso de Castilla, misterioso personaje que se ha convertido en el favorito de la reina (que, por supuesto, no le reconoce); tiene trazado un plan de venganza contra doña Leonor que consiste en suministrarle un veneno en dosis tal que venga a fallecer precisamente el día del aniversario de la muerte de doña Blanca. Sin embargo, Inés le convence para que desista de esta idea, dejando el castigo en manos de la Providencia, por lo que Jimeno se limita a hacer sufrir a doña Leonor con sus continuos desdenes.

En efecto, la reina siente agudísimos celos de Catalina de Beaumont, una bella joven a la que don Alfonso ha salvado del incendio de su castillo, y por la que siente un cariño especial ya que posee la misma belleza e inocencia que doña Blanca. Doña Leonor, que no tiene inconveniente en eliminar a sus enemigos haciendo uso del veneno, proporciona uno de efecto lento a Catalina. Esta, que es hija del Conde de Lerín, caudillo de los beamonteses, no ama a Jimeno, sino a don Felipe de Navarra, mariscal del reino y cabeza del bando contrario, el agramontés. La rivalidad entre ambas familias parece disminuir, merced a la tregua firmada para la coronación de la reina, hasta el punto de prepararse la boda de ambos jóvenes (que supondría la paz definitiva), pero una confusión —relativa a la entrega de unos castillos— hace que se enconen los viejos odios, y el padre de Catalina mata a don Felipe. Entonces Catalina, que no desea ya vivir, arroja al suelo el frasco que le traen con el contraveneno; no obstante, logra salvarse gracias a un nuevo antídoto que le da Inés. Mientras tanto, van pasando los quince días de reinado vaticinados a doña Leonor y esta, sintiéndose cada vez peor, fallece, de muerte natural —castigada por Dios—, en la fecha para la que había sido emplazada. Inés y Catalina ingresan en un convento y Jimeno parte a pelear en la guerra de Granada.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.