Los personajes de «El amor hace milagros» de Pedro Benito Gómez Labrador: Quiteria

En cuanto a Quiteria la bella, así queda descrita por Sancho en la comedia El amor hace milagros de Pedro Benito Gómez Labrador:

Van saliendo los novios y acompañamiento, y Sancho mirando a Quiteria dice.

SANCHO.- ¡Santo Dios, qué gentileza!
¡En los días de mi vida
no he visto mujer más bella!
Pues nada digo del traje:
de terciopelo de Cuenca
de más de cuarenta pelos
viene de pies a cabeza;
tomadme, si no, las manos
con tanto anillo de piedras
blancas como una cuajada,
que diz que cada cual de ellas
cuesta un ojo de la cara;
andad y ved tal belleza,
y no la comparéis luego
con una palma que, llena
de dátiles, a los lados
con el aire se menea (vv. 1626-1642)[1].

Para Basilio, es una mujer cruel e ingrata para con él, aunque luego sabemos que le ama sinceramente. Aparentemente, de palabra, Quiteria muestra sumisión a su padre, al que da dos excusas falsas para explicar por qué no se muestra cariñosa con Camacho: estar indispuesta y no parecerle demasiado desenvuelta. La realidad es otra, y se trata, sencillamente, de que ama a Basilio:

QUITERIA.- ¿Olvidarte? Antes la oveja
a su tierno corderillo. […]

¡Ay de mí!, ¿qué es lo que dices?
Yo traidora no te he sido:
culpa, Basilio, a los hados,
no a mi corazón, que es fino (vv. 693-702)[2].

Al mismo tiempo, se muestra siempre obediente a su padre: «pues tu gusto se cifraba / en darme ciega obediencia» (vv. 561-562), dice Bernardo; «siempre con diligencia / me esmero por darle gusto / con la obediencia más ciega» (vv. 580-582), apostilla ella calcando las mismas palabras (ver también los vv. 595-598 y 637-638); en otra ocasión señala que «el respeto paternal / contrastando mi albedrío» (vv. 747-748) es lo que le impide seguir su inclinación por Basilio. Y así le explica a este:

QUITERIA.- Yo soy Quiteria, yo, es cierto,
soy aquella que, obligada
de los ruegos importunos,
invenciones y amenazas
de mi padre y juntamente
de la gente de mi casa,
viéndome sin ti, bien mío,
cual tortolilla que clama
sin hallar remedio alguno
en sus dolorosas ansias,
he venido a consentir… (vv. 853-863).

Cuando le pide a Basilio que invente una traza que les saque de la situación en que se encuentran, matiza y puntualiza que no debe ir contra el decoro, contra el respeto debido a la autoridad paterna:

… si acaso te ocurre
alguna invención o traza
para que pueda ser tuya
sin dejar de ser guardada
la veneración que debo
a quien debo la sustancia,
contando con mi firmeza
no temas ponerla en planta (vv. 881-888).

BodasdeCamacho

Y aunque se muestra dispuesta a dejarse morir o matarse antes que verse separada de Basilio, ese respeto debido a la autoridad paterna pone de relieve que nos hallamos lejos todavía de lo que será, décadas más adelante, la rebeldía romántica. Escribe Caro[3] a este respecto:

En la solución que las comedias dieciochescas dan a las mal avenidas bodas de Camacho hay puntos de ambigüedad que no se pueden soslayar, que enriquecen su planteamiento, pero que no son concluyentes, pues es cierto que se ha derrotado el cálculo interesado, pero ha sido con otro tipo de cálculo, la intriga de los enamorados a espaldas del padre de la chica y del novio. La misma actitud de calcular y planear acciones para conseguir sus fines es la de los enamorados en la comedia de Gómez Labrador, pero con la ambigüedad que aparece ahora por otras consideraciones muy notables. […] ¿Ambigüedad o contradicción? Con la demostración de su triunfo Basilio y Quiteria demuestran que el amor verdadero es más fuerte que el interés, se va configurando ya como la fuerza arrolladora que será en el Romanticismo, pero la salvedad de la veneración debida a la autoridad paterna es una consideración más bien burguesa y muy poco apasionada. Es decir, que el planteamiento dieciochesco de las Bodas de Camacho oscila entre un incipiente arrojo rompedor novedoso y una muy sentimental moderación[4].


[1] Pedro Benito Gómez Labrador, El amor hace milagros. Comedia nueva, tomada del capítulo veinte del Libro II de la historia de don Quijote de la Mancha, Salamanca, en la imprenta de la viuda de Nicolás Villargordo, 1784. Las referencias a los versos remiten a la edición que estoy preparando en la actualidad.

[2] Como vemos, Quiteria, al igual que Basilio, alude a la persecución de los hados: «¿Y si prosiguen con saña / en perseguirnos los hados?» (vv. 892-893). Recuérdese que, andando el tiempo, una de las piezas más significativas del periodo romántico será Don Álvaro o la fuerza del sino, pero ya en las décadas de 1770-1780 comenzaban a percibirse en el ambiente ciertas notas de pre-Romanticismo empezaba (pensemos en las Noches lúgubres de Cadalso, El delincuente honrado de Jovellanos, etc.). Cabe destacar de paso que a Quiteria se le aplicarán metáforas de animales para resaltar su ingenuidad o indefensión: oveja, tortolilla, paloma acosada por el milano

[3] Ceferino Caro, «Amor contra interés, hijos contra padres: Las bodas de Camacho en el siglo XVIII», Anales cervantinos, XXXVIII, 2006, p. 186. Y más adelante (p. 191) añade que «se está poniendo en escena un anuncio de lo que sería de allí a poco el amor romántico en sus manifestaciones más extremadas. Un amor corregido sin embargo por grandes dosis de sentido práctico y de realismo en los consejos de Camilo a su desventurado amigo».

[4] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «“¿Por qué me has tirado, Amor, / todo el metal de tu aljaba?”: el episodio de las bodas de Camacho en El amor hace milagros (1784), de José Benito Gómez Labrador», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 103-119.

El «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha» (1617), recreación quijotesca de Francisco de Ávila

El Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila[1], y la comedia Don Quijote de la Mancha, de Guillén de Castro, constituyen las primeras adaptaciones teatrales de la novela cervantina. Si en su publicación el entremés se adelantó un año a la comedia (aquel apareció en 1617 en la Octava Parte de las comedias de Lope de Vega, mientras que esta saldría en 1618 en la Primera Parte de las comedias de Guillén de Castro)[2], en cuanto a su redacción la obra de Guillén es anterior, pues sus estudiosos la sitúan en torno a 1606-1608. Por lo que respecta a la génesis del entremés, hay tres detalles que me inclinan a pensar que, aunque dramatiza sobre todo un pasaje de la Primera parte del Quijote, debe de ser posterior a 1615:

1) las varias alusiones al encantamiento de Dulcinea que, como sabemos, es un motivo muy importante en el Quijote de 1615, desarrollado a partir del capítulo 10;

2) la burla final del entremés, en la que la moza de la venta representa el papel de Dulcinea, que recuerda la situación similar en el palacio de los duques;

y 3) un detalle textual, el chiste con superlativos en –ísimo, que evoca —claramente en mi opinión— un pasaje muy concreto de ese bloque en el palacio de los duques, concretamente del capítulo II, 38 (más adelante en una próxima entrada volveré sobre esta cuestión). Sea como sea, estas dos obras, la comedia de Guillén y el entremés de Ávila en el teatro breve, vienen a iniciar un camino de recreaciones dramáticas del Quijote que resultará muy productivo en esa misma centuria del XVII (baste recordar El curioso impertinente, también de Guillén de Castro; El hidalgo de la Mancha, de Matos Fragoso, Diamante y Juan Vélez de Guevara; La fingida Arcadia, de Tirso; la perdida Don Quijote de la Mancha de Calderón…) y también en las siguientes.

En las próximas entradas me propongo estudiar la comicidad escénica y verbal del entremés, además de apuntar algunos datos acerca de la construcción dramática del personaje de don Quijote. El entremés, obvio es decirlo, incide en la interpretación cómica habitual en el siglo XVII, cuando la novela cervantina es leída mayoritariamente como una obra paródica «provocante a risa»[3] y don Quijote es entendido como una figura ridícula[4].


[1] Citaré por la edición de Carlos Mata Induráin, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha», en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre 2005, pp. 935-945, con algún ligero retoque. Las citas del Quijote serán por: Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998, 2 vols.

[2] Hubo dos emisiones, Madrid y Barcelona: Francisco de Ávila, Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, en El Fénix de España, Lope de Vega Carpio, familiar del Santo Oficio. Octava parte de sus Comedias. Con loas, entremeses y bailes…, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, a costa de Miguel de Siles, mercader de libros, 1617; y Barcelona, Sebastián de Cormellas, 1617. Ver Agapita Jurado Santos, Obras teatrales derivadas de las novelas cervantinas (siglo XVII). Para una bibliografía, Kassel, Edition Reichenberger, 2005, pp. 53-57.

[3] Para la relación con el modelo cervantino, ver Gregory Gough La Grone, The Imitations of «Don Quixote» in the Spanish Drama, Philadelphia, University of Pennsylvania Press, 1937 (tesis doctoral, Publications of the Series in Romanic Languages and Literatures, 27), pp. 8, 20 y 114; Felipe Pérez Capo, El «Quijote» en el teatro. Repertorio cronológico de 290 producciones escénicas relacionadas con la inmortal obra de Cervantes, Barcelona, Editorial Millá, 1947, pp. 12-14; Luciano García Lorenzo, «Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha de don Francisco de Ávila», Anales Cervantinos, XVII, 1978, pp. 259-260; y Manuel García Martín, Cervantes y la comedia española en el siglo XVII, Salamanca, Ed. Universidad de Salamanca, 1980, pp. 43-47.

[4] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Don Quijote salta al teatro breve: el Entremés famoso de los invencibles hechos de don Quijote de la Mancha, de Francisco de Ávila», en Germán Vega García-Luengos y Rafael González Cañal (eds.), Locos, figurones y quijotes en el teatro de los Siglos de Oro. Actas selectas del XII Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, Almagro 15, 16 y 17 de julio de 2005, Almagro, Festival de Almagro / Universidad de Castilla-La Mancha, 2007, pp. 299-313. Esta entrada forma parte de los resultados de investigación del Proyecto «Identidades y alteridades. La burla como diversión y arma social en la literatura y cultura del Siglo de Oro» (FFI2017-82532-P) del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades del Gobierno de España (Dirección General de Investigación Científica y Técnica, Programa Estatal de Fomento de la Investigación Científica y Técnica de Excelencia).

«Notas sobre “literatura asnal”: un curioso libro de Primo Feliciano Martínez»

En el último tercio del siglo XVIII vio la luz una curiosa obra burlesca, que se presentaba bajo el título de Memorias de la insigne Academia Asnal, por el Doctor de Ballesteros, tomo primero, en Bi-Tonto, en la imprenta de Blas Antón, el año 3192 de la Era Asnal. Y se hallará en Bayona de Francia.

Memorias

El seudónimo Doctor de Ballesteros encubre a un tal Primo Feliciano Martínez, exjesuita riojano. El pie de imprenta, obvio es decirlo, es falso y claramente humorístico. Pérez Goyena escribe al respecto: «En la exposición del Antiguo Pamplona, por el Sr. Olivier, se nota que “es apócrifo el pie de imprenta. Se cree fue impreso este libro en Pamplona en 1788»[1]. Tanto Palau[2] como Aguilar Piñal[3] dan por buenos esos datos (Pamplona, 1788) en sus respectivas obras de referencia. En cambio, Rogers y Lapuente indican como lugar y fecha de publicación «Bayona, s. a. (s. XVIII, entre 1765 y 1770)»[4]. La posibilidad de que el libro fuese editado en Bayona, y no en Pamplona, se refuerza por otra alusión a las «librerías de Bayona de Francia» que figura en una nota de la pagina 95, además de por lo que conocemos de la biografía del autor, un revolucionario asentado en esa ciudad francesa desde el año 1780, aproximadamente. En cualquier caso, no disponemos de más datos que permitan resolver definitivamente la cuestión. Palau menciona un «supuesto manuscrito original, adornado de 10 bellas acuarelas», así como una segunda edición de la obra (Pamplona, en la Imprenta de los herederos de Martínez, 1945), que no he podido localizar[5].


[1] Véase Antonio Pérez Goyena, «Ballesteros (Doctor de)», en Ensayo de bibliografía navarra desde la creación de la imprenta en Pamplona hasta el año 1910, tomo cuarto, Madrid / Pamplona, CSIC / Institución Príncipe de Viana, 1951, pp. 593-95 (la cita en p. 594).

[2] Antonio Palau y Dulcet, «Ballesteros (Doctor de)», en Manual del librero hispanoamericano, tomo II, Barcelona, Librería Anticuaria de A. Palau, 1949, p. 40b.

[3] Véase Francisco Aguilar Piñal, «Martínez (Primo Feliciano)», en Bibliografía de autores españoles del siglo XVIII, tomo V, Madrid, CSIC, 1989, pp. 486b-487a.

[4] Paul Patrick Rogers y Felipe Antonio Lapuente, Diccionario de seudónimos literarios españoles, con algunas iniciales, Madrid, Gredos, 1977, pp. 81a-81b.

[5] De la obra se conservan ejemplares en la Biblioteca General de Navarra, en la Biblioteca Nacional de España (Madrid), en la de la Real Academia Española y en la Biblioteca Pública del Estado en Ciudad Real.

«Los cinco libros del consuelo de la Filosofía»: Boecio, Agustín López de Reta y Vicente Rodríguez de Arellano

Tres autores intervinieron, de manera distinta, en la obra que vamos a comentar: Los cinco libros del consuelo de la Filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio, traducidos en prosa y verso por don Agustín López de Reta, caballero navarro, natural de la villa de Artajona. Publícalos don Vicente Rodríguez de Arellano, Madrid, por Gómez Fuentenebro y C.ª, 1805. Se hallará en su librería, calle de Carretas[1]. El primero, Boecio, quien en el siglo V escribió, en latín, su tratado De consolatione philosophiae; en segundo lugar, el navarro Agustín López de Reta, que la tradujo al español en el XVII; y, finalmente, el también navarro Vicente Rodríguez de Arellano, que publicó esa traducción, hasta entonces inédita, a comienzos del XIX. Bueno será, por tanto, recordar algunos datos esenciales acerca de estos tres personajes, antes de centrarme —en próximas entradas— en el comentario de la traducción de López de Reta.

Boecio (Ancius Manlius Torquatus Severinus Boetius), nacido en Roma hacia 480 y muerto en 524, fue un filósofo neoplatónico cristiano. Cónsul de su ciudad natal (510), estuvo al servicio del rey ostrogodo Teodorico. Acusado de realizar prácticas mágicas y de concomitancias con los bizantinos, fue encarcelado y ejecutado en Pavía. Su obra principal, De consolatione philosophiae, escrita en la prisión, intenta conciliar el platonismo y el aristotelismo desde una postura cristiana. En ella argumenta que la felicidad sólo se logra a través de la contemplación del Bien y de la práctica de la virtud. Son importantes, además, sus escritos sobre aritmética, geometría, música, y sus traducciones y comentarios a cerca de los tratados lógicos de Aristóteles, los Tópicos de Cicerón y la Isagoge de Porfirio[2].

Boecio

Agustín López de Reta (Artajona, Navarra, 1631-1705), sacerdote, fue miembro de la veintena y procurador en las Cortes de Olite de 1688. Como escritor, tradujo Los cinco libros del consuelo de la Filosofía de Anicio Manlio Severino Boecio y acabó la Vida de Nuestra Señora de Antonio Hurtado de Mendoza, escrita en verso, añadiendo al final tres composiciones líricas propias, según indica el título completo del libro, que es como sigue: Vida de Nuestra Señora. Escribíala don Antonio Hurtado de Mendoza. Continuábala don Agustín López de Reta. Y añade dos romances, a Cristo en el Sacramento y a Cristo en la Cruz. Y una paráfrasis del Padre Nuestro. Dedícala a la muy ilustre señora doña Leonor de Arbizu y Ayanz (Pamplona, por Martín Gregorio de Zabala, 1688). Estos poemas nos hablan de un escritor con gran facilidad versificatoria; por lo demás, profunda erudición y amplio manejo de recursos estilísticos y retóricos son dos de las notas características de las obras de López de Reta, así en prosa como en verso[3].

Vicente Rodríguez de Arellano y del Arco (Cadreita, Navarra, ?-Madrid, 1815) fue un abogado y escritor que se hizo muy popular como autor dramático y poeta. En el ámbito de la lírica, dedicó una silva a la muerte de Carlos III, bajo el título Navarra festiva en la aclamación de su católico monarca el señor D. Carlos IV (Pamplona, Imprenta de Benito Cosculluela, 1789); ese mismo año dio a las prensas, también en Pamplona, Extremos de lealtad y valor heroico navarro; y años después publicó un tomo de Poesías varias (1806). Como dramaturgo, desarrolló una intensa actividad en Madrid entre 1790 y 1806, aunque su mérito literario no sea excesivamente alto. Compuso, tradujo y refundió numerosas obras dramáticas: El atolondrado, El celoso don Lesmes, El domingo o el cochero, El esplín, Jerusalén conquistada por Godofredo de Bullon, La mujer de dos maridos, Las tardes de la Granja, etc. En prosa escribió El Decamerón español o Colección de varios hechos históricos raros y divertidos (1805). Se le debe también una traducción de Estela, novela pastoral de Florian (1797), y cuenta igualmente con varias traducciones de Ducray-Dumenil[4].


[1] Manejo copia del ejemplar existente en la Biblioteca de la Universidad de Sevilla, sign. Yraña 1/4/4.

[2] Para más detalles, remito a Anicio Manlio Boecio, La consolación de la Filosofía, trad. del latín por Pablo Masa, prólogo y notas de Alfonso Castaño Piñán, 5.ª ed., Buenos Aires, Aguilar, 1977; y Boecio, La «Consolaçión natural»: traducción castellana medieval, con glosas, de la «Consolatio philosophiae» de Boecio, ed. crítica con introducción y notas de Pablo A. Cavallero, Buenos Aires, Instituto de Estudios Grecolatinos Francisco Novoa, 1994.

[3] Para el autor, véase Antonio Pérez Goyena, Contribución de Navarra y de sus hijos a la historia de la Sagrada Escritura. Notas históricas y bio-bibliográficas, Pamplona, Imprenta de Jesús García, 1944, pp. 73-75; Manuel Iribarren, Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Editorial Gómez, 1970, p. 141; y Fernando Pérez Ollo, Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, CAN, 1990, vol. VII, p. 123. Por mi parte, le he dedicado atención en mi libro Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, p. 100b, y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 181-92.

[4] Pueden verse más datos y bibliografía en Carlos Mata Induráin, Navarra. Literatura, Pamplona, Gobierno de Navarra, 2004, pp. 110a-111a.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: la conciencia idiomática del narrador

El narrador de esta novela de Navarro Villoslada[1] es consciente de que sus personajes pertenecen a tres pueblos bien distintos, el vasco, el godo y el judío, con las correspondientes consecuencias lingüísticas que ello acarrea, dado que no todos hablan el mismo idioma. Pues bien, el narrador tiene mucho cuidado en ir señalando cuál es el idioma en que se expresa un personaje o en que se desarrolla un diálogo: vasco, latín vulgar, latín sin corromper o hebreo. El hecho es importante, porque a veces se derivan consecuencias de que un oyente conozca o no el idioma que emplean sus interlocutores.

Puede considerarse un indicador de oralidad, si bien muy indirecto, el hecho de que algunos personajes empleen el vasco, dado que este idioma no conoce manifestaciones escritas hasta varios siglos después de aquel en que se sitúa la acción de esta novela[2]. Aparte de las indicaciones del narrador señalando qué personajes o cuándo lo utilizan, algunas palabras y aun expresiones vascas tiñen sus réplicas e incluso el discurso del narrador. Son palabras como ezpata, irrintzina, sagardua, lauburu, batzarre, Jaungoicoa, echecojaun, etc.

Euskara

Sea como sea, el vasco es el vehículo oral transmisor de toda la tradición y cultura de los vascones, como dice Amagoya a Asier: «Esa sabiduría que tú dices no es mía; es de nuestros antepasados, y yo no he hecho más que conservar el depósito con la debida pureza. Los conocimientos de nuestros padres eran sencillos, pero claros, y en el idioma éuscaro brillan aún como rastros de luz» (p. 435). Como señala la misma Amagoya en otro lugar, gracias a su idioma y sus cantares heredados puede hablar «la antigüedad por boca de la tradición» (p. 228). Lo vemos también en este diálogo entre Amaya y Amagoya:

—Estoy admirada de vuestra sabiduría.

—No tiene por qué extrañarte; en la casa de Aitor se conserva, como archivada, la ciencia y doctrina de nuestros mayores.

—¿Por ventura se conserva en algún escrito?

—Nada; todo se fía a la tradición y a las canciones (p. 693).


[1] Las citas serán por esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] El primer libro impreso en lengua vasca, Linguae vasconum primitiae, de Bernart Echapare, es del año 1545.

Los personajes de «El amor hace milagros» de Pedro Benito Gómez Labrador: Basilio

Diré ahora unas palabras sobre Basilio, quedando para otras entradas lo relativo a Quiteria, Camacho y Bernardo, el padre de la joven[1]. Adelanto que vamos a encontrar la tópica adjetivación referida a los miembros del triángulo amoroso, que son: Basilio el pobre, Quiteria la bella e ingrata y Camacho el rico. Basilio queda caracterizado aquí como un estudiante, ya desde el lema que antepone el autor. Supongo que esto puede obedecer a un doble motivo: por un lado, aumentar la sensación de verosimilitud con un detalle que explica mejor el ingenio de Basilio; en efecto, así pondera Ginesillo la capacidad de los estudiantes para urdir trazas y enredos:

GINESILLO.- ¡Dios me libre de estudiantes,
que para cosas de enredos
juzgo que los mismos diablos
no tienen que ver con ellos!
¡No había más!: ¿por una loca
ahora, sin más ni menos,
se había de haber vuelto loco
un escolar tan discreto? (vv. 947-954).

Por otro lado, si el autor residía en Salamanca, entra dentro de lo posible que la pieza se hubiese representado (o leído, al menos) allí, y parece claro entonces que estos guiños y alusiones al ambiente estudiantil, al ingenio y travesura de los alumnos, etc., resultarían especialmente cercanas a los receptores de aquella ciudad universitaria.

Por lo demás, discreto y gallardo son los dos adjetivos más repetidos que se aplican a Basilio o a sus acciones. Él es noble pero pobre, y tiene muy buenas cualidades, tal como lo presenta su criado:

GINESILLO.- Usted es noble y le adornan
habilidades bien raras:
sabe danzar bellamente
y hace hablar una guitarra,
es usted muy bien hablado,
sabe tirar a la barra,
y a todos deja burlados
en el juego de la espada;
pero aunque todo esto es cierto,
si usted con hambre se hallara,
¿podría vender estas cosas
o echarlas en la piñata? (vv. 339-350).

Otro rasgo que lo caracteriza es el de doliente (la palabra dolor u otras similares se repiten mucho en su boca): «estoy tal, que una espada / de tristezas y dolores / me tiene pasada el alma» (vv. 98-100); se habla de su malandanza (Ginesillo, en el v. 156), etc. Se percibe cierto tono sentimental prerromántico en su caracterización, con llantos desmedidos y acumulación de desgracias, sin que falte incluso la adversidad de su fortuna:

BASILIO.- ¡Ay de mí, cielo adorado!,
¿cómo, si tu luz me falta,
no han de secarse mis ojos,
derretirse mis entrañas?
¿Por qué me has tirado, Amor,
todo el metal de tu aljaba
si no ha de llegar el día
de ver mis ansias logradas?
¿Por qué pusiste, Fortuna,
mi gloria tan ensalzada,
si había de venir a dar
en este mar de desgracias? (vv. 297-308).

En su discurso apunta en varias ocasiones la posibilidad de su suicidio o, al menos, su posible muerte por amor: «que muriendo por tu causa / me dará la muerte alivio» (vv. 707-708); «el ver que dichoso he sido / hará quizá que muriendo / sea menor mi sacrificio» (vv. 718-720). Cuando está retirado en la selva razona así consigo mismo:

BASILIO.- Supuesto que aquí vengo a ser despojo
y entregarme en los brazos de la muerte,
que morir de una vez mejor escojo
que no vivir muriendo de esta suerte,
por conservar mi nombre a vos me acojo
queriéndolo poner en tronco fuerte,
que suelen —ya lo dije— desdichados
lograr por vos victoria de sus hados (vv. 771-778).

Y poco después se expresará así en otra octava real:

BASILIO.- Muera al fin; mas los troncos de esta sierra
sirvan de tristes cirios en mi entierro;
pero ¿espero que habrá quien me dé tierra
en este que es lugar de mi destierro?
Sí, que las mismas fieras que en sí encierra
en lóbregas cavernas este cerro
mi muerte llorarán y su terneza
hará ver, ¡oh, Quiteria!, tu dureza (vv. 811-818).

E inmediatamente después, cuando descubre que su amada se encuentra allí mismo:

BASILIO.- ¡Anda, acércate, Quiteria,
acércate, fiera brava,
y haz que a tus manos se acaben
con mi vida mis desgracias!
¡Llégate y dame la muerte,
aunque en ello no harás nada,
pues ya tus ingratitudes
la tienen al alma dada! (vv. 819-826).

Al final, cuando cambie su suerte, hablará de «mi afortunada desgracia» (v. 1782)[2].


[1] Pedro Benito Gómez Labrador, El amor hace milagros. Comedia nueva, tomada del capítulo veinte del Libro II de la historia de don Quijote de la Mancha, Salamanca, en la imprenta de la viuda de Nicolás Villargordo, 1784. Las referencias a los versos remiten a la edición que estoy preparando en la actualidad.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «“¿Por qué me has tirado, Amor, / todo el metal de tu aljaba?”: el episodio de las bodas de Camacho en El amor hace milagros (1784), de José Benito Gómez Labrador», eHumanista/Cervantes, 1, 2012, pp. 103-119.

Navarro Villoslada, poeta: «A la Virgen del Perpetuo Socorro»

De entre las composiciones de temática religiosa de Navarro Villoslada, una de las más destacadas es la titulada «A la Virgen del Perpetuo Socorro» (Obra poética, núm. 23), escrita en 1886, ejemplo representativo de los poemas inspirados por la piedad y el sentimiento religioso del autor[1]. Desde el punto de vista métrico, se trata de una silva (8 formas paraestróficas, que oscilan entre los 11 y los 25 versos cada una). Presenta a la Virgen, siempre dispuesta a ayudar y consolar al cristiano, como fuente de todas sus fuerzas: «¡Victoria! ¡Con tu amor nada me espanta!, / que teniéndote a ti lo tengo todo». El poeta le pide: «¡No mires que amo mal, mira tan solo / cómo amarte quisiera!»; y termina solicitando su protección para él y para el país, amenazado por la impiedad:

¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima fe rota en pedazos!
¡Socorro! —¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía!

Este es el texto completo del poema:

VirgenPerpetuoSocorro

La vencedora luz de la mañana
derramando alegría, el eco lento
de trémula campana
que retumba sonoro en mi aposento,
despiértanme a porfía
para que eleve a Ti, Virgen María,
mi primer pensamiento.
Todo en torno revive,
y en reflejos de amor al cielo sube
vida que el orbe de tu amor recibe;
resplandor de tus ojos es el día;
la arrebolada nube,
tu maternal sonrisa; el aura pura,
tu aliento; y en las perlas de la aurora
contemplo de tu pecho la ternura:
que en mi mente confundo
tu inefable hermosura
con todo cuanto bello encierra el mundo.

¡Gloria a Jesús, que me la dio por Madre,
cuando en hora solemne,
por rescatarme indemne,
entregaba el espíritu a su Padre!
¡Gloria al Señor que de mi Madre es Hijo!
¡Y a Ti, oh Virgen, mis cantos y loores,
mi corazón, en pena o regocijo!
Tú con potente brazo
me ciñes en desmayos y dolores;
Tú me ofreces abrigo en tu regazo
cuando, aterido en el mundano hielo,
suspiro por el fuego de tu cielo.

Siempre atento el oído,
con desvelo de Madre, a mi gemido,
cuando me mira a mí, todo es dulzura;
cuando mira al Señor, todo lo alcanza[2].
¿Quién pone valladar a mi esperanza
ni en mi queja amargura?
Del Perpetuo Socorro el dulce nombre
se goza en recibir, y dice al hombre:
«Ven; si te abrasan lágrimas y duelos,
desengaños en loco desvarío,
mi corazón es fuente de consuelos:
aplaca en mí tu sed, y no se harte
tu pecho de beber, que el pecho mío
nunca se ha de cansar en consolarte».

Madre, el león rugiente la bizarra
melena agita hambriento:
me ve, me acosa, y al festín sangriento
las fauces abre y la espantosa garra.
«¡Socorro, Madre!» —La implacable fiera,
que se gozaba ya con mis despojos,
baja ante Ti los ojos,
humilla la cerviz y se estremece,
y con sordos rugidos
en el antro infernal desaparece.
«¡Victoria! ¡Honor a Ti!» —Bajo tu planta
yace el soberbio, y del mundano lodo
el humilde en tus brazos se levanta.
¡Victoria, con tu amor nada me espanta!,
que teniéndote a Ti lo tengo todo.

Madre, yo soy un niño
en la vida que lleva al alto asiento.
Sea tu diestra, en maternal cariño,
de mi inexperto andar sostenimiento.
Vacilo, Madre mía;
me desvanece el mundo todavía:
ten compasión del que a subir empieza
camino de la Cruz, y desmayado
contempla su aspereza.
No me vea otra vez encenagado;
que habiendo conocido tu pureza,
tengo horror al pecado.

De tu insondable abnegación en palma,
bendijo Dios tu alma. Reina de Cielos eres,
porque fuiste entre todas las mujeres
la más humilde. ¡Dame al hondo abismo
de mi nada llegar; seguir tus huellas,
para alcanzar por ellas
conocerme a mí mismo!
Dame decir al Verbo,
si en calma o tempestad a mí se inclina:
«Señor, yo soy tu siervo;
Cúmplase en mí tu voluntad divina».

Entendimiento, voluntad, memoria
arrojo en tu crisol y dulce fuego.
Mía será la escoria;
tuyo el ruego acendrado de mi ruego[3].
Y si todo es impuro, todo vano,
desoye, ¡oh Virgen!, mi clamor insano.
Si regalos te pido y me das penas,
¡bendita seas! Si me das cadenas,
flores serán viniendo de tu mano.
Y si de amor el manantial se obstruye,
y el alma yerta y fría
se consume en letal melancolía,
y la unción del espíritu rehúye,
¡convierte el pedernal en blanda cera;
derrite en mí los témpanos del polo!
¡No mires que amo mal, mira tan solo
cómo amarte quisiera!

¿No ves la tempestad que el mundo corre
cuando la plebe ruge y alborota,
y el huracán de la impiedad azota
la incontrastable torre
de nuestra santa fe? —¡Vuela, socorre
al Pastor de tu grey encarcelado[4]!
Contra todas las obras del Eterno,
todas las potestades del Averno
formidable clamor han levantado,
juntas embisten al ingente solio
que sobre escombros e ignominia loca,
sobre el imperio vil del Capitolio,
sentó tu Hijo en perdurable roca.
Contra Aquel que tuviste en las entrañas
se revuelven con bárbaro coraje
montañas y montañas,
en espuma y fragor del oleaje.
¡Estrella de la mar, muestra tu lumbre!
¡No dejes naufragar la muchedumbre
que te tiende en su anhélito[5] los brazos!
¡Que no caiga al profundo
su integérrima[6] fe rota en pedazos!
¡Socorro! ¡Salva al mundo!
¡Mira que perecemos, Madre mía!
¡Salva a España infeliz, que en Ti confía![7]


[1] «Su oda “A la Virgen del Perpetuo Socorro” es un verdadero modelo de oda religiosa y una síntesis tan sincera como brillante de la fe del autor», se lee en el Diccionario Enciclopédico Espasa, tomo XXXVII, p. 1293, s. v. Navarro Villoslada. Manuel Iribarren, en Escritores navarros de ayer y de hoy, Pamplona, Gómez, 1970, pp. 157-158, señala también que esta composición es «buena prueba de su inspiración y capacidad poética».

[2] Se apunta aquí el papel de la Virgen María como intercesora entre los hombres y Dios.

[3] crisol … fuego … escoria … acendrado: se emplea aquí léxico relacionado con el proceso de purificación de los metales.

[4] socorre / al Pastor de tu grey encarcelado: alusión a la situación del Papa, enfrentado al Estado italiano, en el contexto de la denominada «Cuestión romana».

[5] anhélito: aliento.

[6] integérrima: superlativo de íntegra.

[7] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 23, pp. 144-149.

Aspectos de oralidad en «Amaya» de Navarro Villoslada: alusiones al lector

Este tipo de marcas son relativamente frecuentes en la novela de Navarro Villoslada[1]. He podido contabilizar unas 25 en las que se menciona la palabra lector o aparecen expresiones similares (por ejemplo, el que esto leyere). Existen otras relativas al receptor, en general, pero a nuestros efectos no nos interesan. Estas referencias son habituales en la novela decimonónica[2] y y nos vienen a indicar que la recepción de la obra es por medio de la lectura individual (si bien en el siglo XIX se sigue conservando, en algunos sectores, la lectura en voz alta ante un auditorio numeroso).

En Amaya, las alusiones son del tipo siguiente: «como el lector se habrá figurado», «recordará el lector», «como supondrá el lector», etc. En una ocasión no figura en el texto, sino en el título de un capítulo: «En que el autor hace dormir a sus personajes y quizá también a sus lectores», con el habitual buen humor que caracteriza al escritor de Viana.

Amaya_Lauburu


[1] Manejo esta edición: Francisco Navarro Villoslada, Amaya o los vascos en el siglo VIII, Madrid, Giner, 1979 (col. «La Novela Histórica Española», 23). Para más detalles remito a mi trabajo: Carlos Mata Induráin, «Aspectos de oralidad y literalidad en Amaya de Navarro Villoslada», TK. Boletín de la Asociación Navarra de Bibliotecarios, 16, diciembre de 2004, pp. 171-181. Sobre el autor y el conjunto de su obra, ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución «Príncipe de Viana»), 1995.

[2] Ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995b, pp. 145-198 (en la 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151).

Navarro Villoslada, poeta: «A Pío IX»

En 1867, para el álbum del Centenario del martirio de San Pedro y San Pablo, escribió Navarro Villoslada un poema titulado «A Pío IX»[1] (Obra poética, núm. 20). Está compuesto en séptimas, una estrofa muy poco utilizada por nuestros poetas[2] (aquí el esquema de rima que se sigue es AABBC´BC´, con versos decasílabos), y rematado con dos serventesios, también de decasílabos, con las rimas pares oxítonas: AB´AB´. El poeta (el yo lírico) se presenta como un soldado del ejército pontificio que, aunque herido y con escasas fuerzas, está dispuesto a darlo todo por la defensa del Papa:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

Se identifica plenamente con todas las penas y sufrimientos de Pío IX (son los años de la «cuestión romana», en el contexto de las luchas por la unificación de los territorios italianos), y se muestra preparado para obedecer sus consignas, aunque se considera la última oveja de la grey del Papa: «Palabras tuyas serán mi arenga» (esto es, precisamente, lo que hizo Navarro Villoslada desde El Pensamiento Español); concluye con estas palabras que dirige a su canto para que las transmita al Pontífice: «Dile que aún guardo para el combate, / si Dios me alivia, lanza y broquel; / que si mi frente la muerte abate, / mi último aliento será por Él».

PioNono

Este es el texto completo del poema, con algunas breves notas explicativas:

Estoy enfermo, Padre querido:
yo de tu ejército soy un herido.
Por ti la sangre del alma he dado;
mi pobre ingenio yace agostado:
humos de inválido mis ansias son.
Mas si mi numen cayó postrado,
aún tiene lágrimas mi corazón.

No sientes penas, ¡oh Rey mendigo!,
que yo no sepa llorar contigo,
ni afanes tienes que yo no tenga,
que al pecho mío no den solaz.
Palabras tuyas serán mi arenga;
la paz que esperas será mi paz.

En esta tierra que el Betis baña
fuego despiden campo y montaña;
y con las nieves en cruda guerra,
solo consiente la altiva sierra
mantos de rosas, rizos de flor.
En naranjales que el valle encierra
cantan las aves, locas de amor.

Y en este campo, que de amor late,
yo, siervo inútil para el combate,
paso las horas yerto y sombrío,
mirando el agua correr del río,
y al pie sentado de humilde cruz.
O ya estás muerto, corazón mío,
o ya ni el cielo tiene aquí luz.

Pero de pronto grato silbido
del Pastor santo llegó a mi oído,
y vio su imagen la fantasía,
que en blanda queja me reprendía
por el silencio de mi laúd.
Y la vergüenza del alma mía
me dio este canto, me dio salud.

Hoy que en la fiesta mayor del siglo
vences a tanto fiero vestiglo[3],
y entre Pontífices reinar te veo,
¿quién pone trabas a mi deseo?
¿Quién niega cantos en tu loor?
Yo te saludo, gran Macabeo[4],
vuelto a la vida, lleno de ardor.

Cuando el impío, del Trono afrenta,
cetro de caña poner intenta
donde Dios puso llaves del Cielo;
cuando los brazos con dulce anhelo
tiende a tus brazos la humanidad,
y en medio se alza con faz de hielo,
seca de envidia, la Libertad;

en ira santa mi pecho estalla,
y el dardo aguzo de la batalla.
Pero, rendido por la dolencia,
caigo en el lecho con impaciencia,
mientra[5] el combate cruje sin mí…
¡Y yo aquí solo con mi impotencia,
y otros, oh Padre, luchan por Ti!

Vuela, airecillo de la montaña,
con los amores de toda España,
con sus virtudes de rico aroma:
llega hasta el Trono que se alza en Roma;
la dulce carga sacude al pie;
con el arrullo de la paloma,
dile al gran Pío, dile mi fe.

Vuela, y no temas hallarte solo;
que allí del Austro y allí del polo,
de donde el alba perlas derrama[6],
de donde muere del sol la llama,
van mil Apóstoles, Príncipes van,
y en vario idioma su voz proclama
una fe misma y un mismo afán.

Junta a sus preces mi ruego ardiente;
mi ósculo al suyo, Padre clemente;
que en este día de desagravios
van los pequeños entre los sabios,
y última oveja soy de tu grey.
Si Rey te llaman augustos labios,
los más humildes llámente Rey.

…………

Ruin testimonio del amor mío,
débil suspiro del corazón,
pégate al polvo que huella Pío,
voz del doliente, triste canción.

Dile que aún guardo para el combate,
si Dios me alivia, lanza y broquel[7];
que si mi frente la muerte abate,
mi último aliento será por Él[8].


[1] Figura a veces con otro título: «El Papa. Oda escrita para el álbum destinado al Sumo Pontífice, en celebridad del centenario de San Pedro y San Pablo».

[2] Ver José Domínguez Caparrós, Métrica española, Madrid, Síntesis, 1993, p. 207: «Se llama “septeto”, “séptima” o “septilla” a toda estrofa de siete versos. No son muy frecuentes estas estrofas en la poesía castellana»; cita sendos ejemplos de Dionisio Ridruejo, Rubén Darío y Fray Luis de León.

[3] vestiglo: monstruo horrible y fantástico.

[4] gran Macabeo: en la tradición bíblica, los Macabeos son siete hermanos que fueron martirizados junto a su madre, según narra el segundo libro de los Macabeos. Son héroes nacionales del pueblo judío.

[5] mientra: es necesaria esta forma (no desconocida en la lengua clásica), en lugar de mientras, para que pueda haber sinalefa y lograr así la medida del hemistiquio (cinco sílabas).

[6] el alba perlas derrama: imagen poética tópica para el rocío del amanecer.

[7] broquel: escudo.

[8] Incluido en Francisco Navarro Villoslada, Obra poética, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1997, núm. 20, pp. 131-134.

Bicentenario del nacimiento de Francisco Navarro Villoslada (1818-2018), literato, periodista y político de Viana (Navarra)

Este año 2018, concretamente hoy, 9 de octubre, se cumplen los doscientos años del nacimiento de Francisco Navarro Villoslada (Viana, Navarra, 1818-1895), un autor que resulta conocido sobre todo por sus novelas históricas: Doña Blanca de Navarra (1847), Doña Urraca de Castilla (1849) y Amaya o los vascos en el siglo viii (1879). Y, en efecto, en el contexto de la novela romántica española, fue uno de los mejores cultivadores del subgénero histórico en su versión seria y documentada, hasta el punto de haber merecido el sobrenombre de «el Walter Scott español». Sea como sea, en este ámbito de la literatura, también cultivó otros géneros, todos los habituales en su época: novela de costumbres, novela folletinesca, cuentos, leyendas históricas, artículos costumbristas, dramas, comedias, etc.

Pero, además de esta faceta como literato, tuvo una destacada actividad en el periodismo y en la política de su tiempo. Como periodista, fue fundador, redactor y director de algunos de los periódicos más prestigiosos de su época (cabe destacar, sobre todo, su labor al frente de El Pensamiento Español durante más de una década, entre 1860 y 1872); se convirtió en un insigne adalid de la causa católica, lo que le hizo ganar el título de «el Louis Veuillot de España». En fin, mantuvo una notable actuación política, primero con los denominados neocatólicos, después en las filas del carlismo, siendo tres veces diputado a Cortes, una más senador del Reino y, durante algún tiempo, secretario personal de don Carlos de Borbón y Austria-Este (Carlos VII).

Cada una de estas tres facetas (literato, periodista y político) por separado hace a Navarro Villoslada merecedor de un amplio estudio monográfico; todas ellas juntas lo convierten en una figura de primer orden en la historia del siglo XIX español.

SEPTIEMBRE 2015 134

Doscientos años no se cumplen todos los días, y por esta razón —a lo largo de todo el año, pero sobre todo en estas semanas— la figura y la obra de Navarro Villoslada se están asomando a este blog con especial intensidad[1].


[1] Para una aproximación general al autor remito a mi libro de 1995: Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Departamento de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para el contexto de la novela histórica romántica, puede verse mi artículo «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.