El «Quijote» de 1605: división externa y estructura interna

Externamente, el Quijote de 1605 se divide en 52 capítulos agrupados en cuatro «Partes»[1], o sea, cuatro ‘Libros’[2], e incluye dos salidas de don Quijote. Ofrezco a continuación, de forma muy esquemática, los principales elementos argumentales:

I Parte (caps. 1-8). Retrato del hidalgo Alonso Quijano, que enloquece leyendo libros de caballerías y desea salir en busca de aventuras como caballero andante. Preparativos: armas, caballo, nombre propio y amada. Primera salida de don Quijote, en solitario, cuyas tres aventuras forman una unidad clara: la que tiene lugar con el arriero en la venta donde es armado caballero por escarnio (la disputa se suscita porque aparta las armas que don Quijote estaba velando junto al pozo), la de Andresillo (a quien defiende del vapuleo que le da su amo Juan Haldudo el rico) y la de los mercaderes toledanos (frente a los cuales don Quijote proclama la belleza de la sin par Dulcinea). En medio de su delirio caballeresco, es encontrado por su vecino Pedro Alonso. Regreso a casa. Escrutinio de su biblioteca por el cura y el barbero, secundados por el ama y la sobrina. Comienzo de la segunda salida, ya acompañado del labrador Sancho Panza. Aventura de los molinos y aventura del vizcaíno, que queda suspendida.

Aventura del vizcaino

II Parte (caps. 9-14). Historia de la narración (Cide Hamete Benengeli). Final de la aventura del vizcaíno. Discurso de la Edad Dorada frente a los cabreros. Historia intercalada de Marcela y Grisóstomo.

III Parte (caps. 15-27). Episodio de los yangüeses. Llegada a la venta de Juan Palomeque el zurdo. Escena nocturna con la moza Maritornes. Aventuras del mundo moderno[3] (de los rebaños, del cuerpo muerto, de los batanes, del yelmo de Mambrino y de los galeotes). Llegada a Sierra Morena y encuentro con Cardenio (historia intercalada de los amores entrecruzados de Cardenio-Luscinda-Dorotea-don Fernando). Penitencia amorosa de don Quijote, que envía a Sancho en embajada al Toboso. Reaparición del cura y el barbero: proyecto de llevar a don Quijote de regreso a la aldea.

IV Parte (caps. 28-52). Historia fingida de la princesa Micomicona (Dorotea) para sacar a don Quijote de Sierra Morena. Nuevo paso por la venta de Juan Palomeque. Segundo escrutinio: lectura de El curioso impertinente. Resolución de la historia del cuarteto amoroso formado por Cardenio-Luscinda y Dorotea-don Fernando. Discurso de las armas y las letras. Historias intercaladas del capitán cautivo y la mora Zoraida y de doña Clara y don Luis. Don Quijote encantado: nueva estrategia del cura y el barbero para devolverlo a casa. Encuentro con el canónigo de Toledo y debate literario sobre las novelas de caballerías y las comedias. Historia intercalada del cabrero celoso y Leandra. Aventura de los disciplinantes. Llegada a la aldea.

En las dos salidas de don Quijote se puede apreciar una composición circular en la que se repite el esquema: salida, aventuras (o aventuras y episodios en el caso de la segunda) y regreso a casa. En la segunda salida, además, se agrega el paso por las ventas, espacio que favorece el encuentro de diversos personajes y la inclusión de historias intercaladas. La diferencia fundamental es que la primera salida resulta mucho más corta que la segunda, de ahí que Casalduero[4] indique respecto a la primera que es la presentación de un «destino esquemático» y que hable de la «complejidad de un destino», en el caso de la segunda.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Llamamos Partes a cada una de las entregas de 1605 y 1615 y hablamos así de la I Parte y la II Parte. Pero, además, el Quijote de 1605, a imitación de lo que sucedía en las novelas de caballerías, va dividido en cuatro Partes ‘libros’ (en cambio, no hay división en Partes en el texto de 1615).

[3] Según la terminología de Joaquín Casalduero, Sentido y forma del «Quijote», Madrid, Ínsula, 1949. Las llama así porque se encuentran caracterizadas por la presencia del juego apariencia / realidad.

[4] Casalduero, Sentido y forma del «Quijote».

Sobre la génesis del «Quijote»

Mucho se ha escrito sobre la posibilidad de que Cervantes[1] tomara como base para construir a su don Quijote algunos personajes reales que conoció en distintos momentos de su vida[2], aunque este camino no parece llevar muy lejos. Con independencia de que su personaje se pudiera enriquecer con rasgos de carácter de determinadas personas históricas, parece más acertado buscar la génesis de la novela y de sus principales protagonistas en las fuentes de la tradición literaria. Así, Martín de Riquer ha señalado un precedente de la obra cervantina para él indiscutible; se trata de un episodio que aparece en el libro de caballerías Primaleón y Polendos, publicado en 1534:

Ante la corte de Constantinopla se presenta un escudero que lleva de la mano una doncella; ambos eran tan feos que ponían espanto en todo el mundo, e iban vestidos de modo extravagante; pero el espanto se convirtió en risa cuando, de rodillas ante el emperador Palmerín, el escudero cuenta que se halla perdidamente enamorado de la doncella. Los cortesanos se burlan y le dicen que «la hermosura de la doncella es tanta que hará ser al caballero de gran ardimiento ante sí», y el emperador le concede la caballería, en medio de risas y chanzas. Ahora bien, la fea doncella se llama Maimonda y el escudero manifiesta ser «el hidalgo Camilote». Nos hallamos, pues, frente a un auténtico precedente de los amores del «hidalgo don Quijote» y la labradora idealizada por él en Dulcinea del Toboso[3].

Don QuijotePor su parte, Menéndez Pidal[4] había desarrollado antes la teoría de que el personaje y la historia de don Quijote —su primera salida— se inspira en el anónimo Entremés de los romances, que dataría de hacia 1591: en esa obra, el labrador Bartolo enloquece leyendo los romances («de leer el Romancero, / ha dado en ser caballero, / por imitar los romances»); de forma similar, el hidalgo Alonso Quijano enloquece leyendo las novelas de caballerías y quiere ser caballero andante. La intención original de Cervantes habría sido escribir un «Quijote corto» —«la novela ejemplar de un loco», según afirmó en 1905 Heinrich Morf—, que abarcaría la materia de la primera salida (aproximadamente, hasta el escrutinio de la biblioteca). Más tarde, Cervantes, al ver las enormes posibilidades narrativas del personaje y de su historia, la habría desarrollado con nuevos episodios y más personajes, concibiendo una novela mucho más extensa. Pero hoy esta idea de la posible inspiración en el Entremés de los romances ha sido puesta en entredicho, pues la cronología es discutible, y se duda si el Entremés de los romances es anterior o posterior a la redacción de los primeros capítulos del Quijote.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

[2] Así, el hidalgo Alonso Quijada Salazar, tío de su esposa Catalina, dueño de la casa en que vivieron en Esquivias; o Rodrigo de Pacheco, otro hidalgo, natural de Argamasilla de Alba…

[3] Martín de Riquer, «Cervantes y el Quijote», prólogo a Don Quijote de la Mancha, ed. de la Real Academia Española-Asociación de Academias de la Lengua Española, Madrid, Alfaguara, 2004, p. LXVII.

[4] Fue un discurso leído en el Ateneo de Madrid en 1920, luego reproducido en Ramón Menéndez Pidal, «Un aspecto en la elaboración del Quijote», en De Cervantes y Lope de Vega, 5.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1958, pp. 9-60.

El «Quijote» y la novela de caballerías (y 3)

Otro aspecto de los libros de caballerías criticado por los preceptistas de la época tenía que ver con la moral: consideraban que eran una lectura perniciosa para las costumbres, no recomendable para las mujeres e inadecuada para la evangelización de los indígenas en América[1]. Sin embargo, no olvidemos que los libros de caballerías eran muy del gusto de príncipes y santos (los leyeron, por ejemplo, santa Teresa de Jesús, san Ignacio de Loyola…).

Pero —enlazando de nuevo con la argumentación de Madariaga— vemos que, además de un Cervantes crítico con el género caballeresco, tenemos a un Cervantes creador, que aboga por la completa libertad creativa del artista. Según él, es posible que la primera intención cervantina fuera escribir un libro de caballerías modélico[2]. El canónigo de Toledo, pese a las duras críticas que les dirige, también se plantea esta posibilidad de escribir uno de tales libros, pero teniendo en consideración el «buen discurso» y el arte y las reglas:

—Yo, a lo menos […], he tenido cierta tentación de hacer un libro de caballerías, guardando en él todos los puntos que he significado; y si he de confesar la verdad, tengo escritas más de cien hojas (I, 48, p. 551).

El canonigo de Toledo

Además, ya antes (I, 32) había quedado sugerido el placer derivado de la lectura de novelas de caballerías. En el Quijote los personajes entran en relación con el mundo del libro que leen o escuchan leer. Así, en ese capítulo I, 32 tiene lugar el segundo escrutinio, en el que el ventero confiesa el disfrute que le proporcionan estas historias:

—A lo menos, de mí sé decir que cuando oyo decir aquellos furibundos y terribles golpes que los caballeros pegan, que me toma gana de hacer otro tanto, y que querría estar oyéndolos noches y días (p. 369).

Apreciamos, por tanto, una notable ambigüedad frente al tema de la lectura, y hay personajes que, aunque critican los libros de caballerías («son mentirosos y están llenos de disparates y devaneos», dice el cura en I, 32, p. 371), los leen con fruición e incluso —caso del canónigo— intentan escribirlos.

Una cuestión más abordada en el Quijote con respecto al género caballeresco es el de su acogida por el público popular, que da pie a toda una teoría de la recepción (que establece distintos niveles de lectura) en ese mismo capítulo I, 32. Así, según acabamos de ver en la anterior cita, a Juan Palomeque el zurdo (igual que a don Quijote) esas historias le incitan a la acción, aunque finalmente el ventero no se decida a salir en busca de aventuras; a su esposa le agradan porque, mientras duran esas lecturas en voz alta, su marido está entretenido y no la riñe; Maritornes se identifica con las dueñas que aparecen en tales historias; y, finalmente, la hija del ventero se compadece del sufrimiento de los caballeros desdeñados por sus damas.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Recordemos que a don Quijote se le presentan dos alternativas: salir al camino como caballero andante o terminar el Belianís.

El «Quijote» frente a la narrativa anterior

Debemos comenzar revisando la importancia y la significación del Quijote como obra que inaugura la llamada «novela moderna»[1]. ¿En qué consiste ese nuevo modo de novelar? ¿Por qué el Quijote cambia los parámetros del género narrativo según se conocía hasta entonces? El Quijote es una novela que, en primer término, sintetiza las principales formas novelísticas de aquel tiempo: la novela de caballerías, la novela morisca, la novela sentimental, la novela pastoril (no olvidemos que Cervantes escribió una, La Galatea, publicada en 1585), la novela llamada «bizantina»[2] o de aventuras griegas (también se ejercitó en este subgénero con Los trabajos de Persiles y Sigismunda, de aparición póstuma en 1617) y, por último, la novela picaresca, de gran auge a finales del siglo XVI y comienzos del XVII. Pero no solo sintetiza esas formas narrativas: en realidad, la inmortal novela cervantina supera todas esas modalidades precedentes y contemporáneas.

Conviene en este punto revisar algunas de las ideas de Edward C. Riley, uno de los mayores especialistas en la obra cervantina, expresadas en su Teoría de la novela en Cervantes, cuyo original inglés es del año 1962. Como hace notar este autor, el potencial público lector al que se podía dirigir Cervantes era bastante reducido (solo un veinte por ciento de la población española, aproximadamente, sabía leer), y quienes leyeron el Quijote en el momento de su aparición fueron miembros de la alta nobleza, hidalgos, clérigos, escolares, etc. Ese número de lectores potenciales se ampliaba algo si consideramos que seguía vigente entonces la práctica de la lectura en voz alta por parte de una persona para un grupo más amplio (recordemos lo que sucede en la venta de Juan Palomeque el zurdo cuando el cura lee ante un variado auditorio la historia de El curioso impertinente).

Ese público lector del Quijote posiblemente había leído también —o conocía al menos su argumento— La Celestina de Fernando de Rojas (ficción dialogada, drama en prosa…), estaba al corriente de misceláneas educativas al estilo del Libro áureo del emperador Marco Aurelio de fray Antonio de Guevara, había tenido contacto con obras de tema morisco como la anónima Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa o las Guerras civiles de Granada de Ginés Pérez de Hita; novelas pastoriles como la Diana de Jorge de Montemayor y sus continuaciones; novelas de caballerías como el Amadís de Gaula; los romances sentimentales a la manera de la Cárcel de amor de Diego de San Pedro; y, especialmente, la novela picaresca, con obras señeras como el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán (auténtico best-seller de la época) o La pícara Justina de Francisco López de Úbeda (otro de los grandes rivales literarios de Cervantes en el momento de aparición del Quijote).

Guzmán de Alfarache

En aquella época de transición (finales del Renacimiento, Manierismo y principios del Barroco) aún no se utilizaba el término novela para designar a estas obras de ficción en prosa, ni había en castellano ningún vocablo específico para referirse a ellas. Se hablaba indistintamente de libro, historia y romance, término este último ambiguo porque se utilizaba también para un tipo de composición en verso. Los romances o protonovelas tenían en común un factor: la suma de aventuras de distinto tipo, según el principio de la variedad (la variedad era un elemento estimado porque se consideraba que gustaba y entretenía al lector[3]). La voz novela deriva del italiano novella, y comienza a utilizarse con el sentido específico de ‘relato breve’.

Cervantes fue, sin duda alguna, un gran escritor y también un magnífico lector que supo sacar gran provecho de sus abundantes y diversas lecturas[4]. Y, así, en el Quijote dará entrada a las distintas modalidades narrativas practicadas hasta entonces, incorporando y modificando sus técnicas y estructuras habituales, para fraguar algo nuevo y genial: Cervantes, con el Quijote, crea la novela moderna, un modo realista y verosímil de cultivar el género narrativo que cambiaría para siempre el curso de su expresión.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

[2] Ver Miguel Ángel Teijeiro Fuentes, La novela bizantina española: apuntes para una revisión del género, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1988; y Javier González Rovira, La novela bizantina de la Edad de Oro, Madrid, Gredos, 1996.

[3] Se trata de un tópico formulado de diversas maneras: «Buen ejemplo nos da naturaleza, / que por tal variedad tiene belleza», «Que per troppo variare, natura è bella», etc.

[4] Salvador de Madariaga, Guía del lector del «Quijote». Ensayo psicológico sobre el «Quijote», prólogo de Luis María Anson, Madrid, Espasa Calpe, 1978.

Cervantes y la libertad (1)

Dos grandes temas completan el retrato moral del Cervantes hombre: uno es su apasionada defensa de la libertad, ante todo trance y en toda circunstancia, tema bien estudiado por Luis Rosales en los dos volúmenes de su libro Cervantes y la libertad; el segundo, su espíritu de tolerancia. Comenzaremos hoy el abordaje de la primera de esas cuestiones[1].

Don Quijote, entre otras cosas, es un héroe de la libertad, y su anhelo supremo de este ideal le lleva hasta el extremo de liberar a unos malhechores, los galeotes: en ese episodio narrado en Quijote, I, 22, el hidalgo manchego, saltando por encima de la justicia de los hombres y de cualquier otra consideración, da libertad a unos criminales castigados a galeras. Sancho le dice que es «gente forzada del rey» y le indica claramente que van condenados por los delitos que han cometido, pero don Quijote no oye más explicaciones: para su actuar le basta con saber que «van de por fuerza, y no de su voluntad» (p. 236). Él, que todavía es el Caballero de la Voluntad, no puede consentir que nadie —ni siquiera el mismo rey— atropelle la libre voluntad de otra persona, aunque se trate de unos desalmados.

Don Quijote libera a los galeotes

Si analizamos el hecho sólo desde el punto de vista racional, la acción de don Quijote es la de un anarquista que se opone a la justicia humana y a la autoridad real. Pero, en un sentido más profundo, lo que hace no es un disparate. Don Quijote se atiene únicamente a la religión de la caballería andante y se remite, en última instancia, a la infinita justicia divina:

… porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas […], que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello (p. 244).

Esta aventura cobra mayor significado como metáfora hiperbólica de la necesidad de poner el criterio de justicia y libertad por encima de todo. Recordemos también que Sancho Panza, tras decidir abandonar el gobierno de la ínsula Barataria, tan sólo desea retornar a su «antigua libertad». Y recordemos asimismo las hermosas palabras con que don Quijote alecciona a su fiel escudero en II, 58 tras abandonar la «prisión» que para ellos ha sido el Palacio ducal:

—La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres (p. 1094).


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Crítica, 1998 (con revisiones posteriores).

«Cervantes no escribió el “Quijote”»

Tan radical, atrevida y peregrina afirmación no es, por supuesto, mía, ni se trata tampoco de una de las bromas propias de un 28 de diciembre, Día de los Inocentes, a la que haya querido dar entrada hoy en el blog. La afirmación es del Prof. Francisco Calero Calero (UNED) y fue enunciada en una conferencia que tuvo lugar el pasado viernes 21 de diciembre en la Universidad de Navarra, en el marco de una reunión del Grupo de Estudios Medievales y Renacentistas (GEMYR), dirigido por Javier Vergara Ciordia (UNED). Su argumento es en esencia que, dado que en el Quijote hay un conocimiento «en grado máximo» de las disciplinas universitarias, de varios saberes humanísticos (retórica, traducción, etc.) y, en general, de muchos otros conocimientos científicos (medicina, astronomía…), la novela no pudo ser escrita por alguien que no hubiese pasado por la Universidad; Cervantes no pasó por la Universidad, ergo Cervantes no es el autor del Quijote.

Cervantes

Por si algún curioso y desocupado lector estuviere interesado en ver con más detalle los argumentos del Prof. Calero, puede consultar su trabajo «Las disciplinas universitarias en el Quijote o “siendo de toda imposibilidad imposible”», publicado en Historia de la Educación. Revista interuniversitaria, 31, 2012, pp. 31-51 (confieso paladinamente que yo no lo he leído; con la conferencia ya tuve bastante…). Es más, a una pregunta mía, el Prof. Calero respondió que tampoco son de Cervantes ni las Novelas ejemplares, ni el Persiles, ni sus obras de teatro. El Prof. Calero prometió seguir investigando para proponer, en el plazo de un año, la posible identidad del autor del Quijote. Habrá que estar atentos, entonces, porque quizá haya que cambiar el nombre a la Asociación de Cervantistas y, de paso, tirar por la borda varios siglos de Cervantismo.

Interrogación

Y si hasta ahora teníamos el enigma de Avellaneda, es decir, el problema de no saber a ciencia cierta quién fue el enemigo de Cervantes que se le adelantó con la segunda parte apócrifa del Quijote, ahora se le vendría a sumar este otro enigma mayor de saber quién escribió el Quijote, pues resulta «de toda imposibilidad imposible» —según, claro, el Prof. Calero— que fuese Cervantes. Insisto en que no es inocentada y reitero que la idea se expuso públicamente el pasado 21 de diciembre en un ámbito académico: el Aula 30, ¡ay!, del Edificio Central de la Universidad de Navarra, el mismo espacio donde una semana atrás nos reuníamos 40 cervantistas de todo el mundo para hablar de las recreaciones cervantinas

Don Quijote desde Chile: un poema de Pedro Lastra

Interesado como estoy en las recreaciones quijotescas y cervantinas (véase la página web del proyecto que dirijo sobre este tema en el marco de las investigaciones del GRISO: http://www.unav.es/evento/cervantes/Proyecto-rqc), traigo hoy a las páginas del blog un poema de Pedro Lastra titulado «Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales», incluido en su poemario Noticias del extranjero (1979), y reproducido después en distintas ocasiones, como por ejemplo en el libro El Quijote en Chile, introducción y selección de Sergio Macías, Santiago de Chile, Aguilar Chilena de Ediciones, 2005, pp. 131-141, que es por donde lo citaré.

Pedro Lastra, poeta chileno (nacido en Quillota en 1932, pero criado en Chillán), ensayista e investigador de la literatura chilena e hispanoamericana, ha sido profesor en varias universidades de Estados Unidos como Buffalo, Saint Louis, Missouri y, finalmente, la State University of New York at Stony Brook, de la que es Profesor Emérito. Miembro correspondiente de la Academia Chilena de la Lengua desde 1987, en 2011 ingresó como miembro de número. Desde 2009 es también director de la revista Anales de Literatura Chilena, de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Dejando aparte su producción como investigador y ensayista, Pedro Lastra es autor de los poemarios La sangre en alto (1954), Traslado a la mañana (1959), Y éramos inmortales (1960), Noticias del extranjero (1979; reedición mexicana de 1982; ediciones en Santiago de Chile de 1992 y 1998) o Canción del pasajero (2001), entre otros títulos. Recientemente se ha publicado una completa antología de su poesía, bajo el título Baladas de la memoria (Barcelona, Pre-Textos, 2010). Para un acercamiento a su producción poética, puede verse la monografía de Edgar O’Hara titulada La precaución y la vigilancia (La poesía de Pedro Lastra), Valdivia, Barba de Palo, 1996. Enrique Lihn le dedicó los siguientes versos, en su poema «Postdata»:

Para decirlo todo en dos palabras
sobre tu poesía: Pedro Lastra:
digo que ya eres parte de ella misma.
Y globalmente, salvo error o excepción
parte de ti que escribes contigo mismo como
si fueras el papel frente a la pluma
o viceversa, la vacilación
propia del acto de escribir. La escribes
cuando pones, te pones en un verso y te dices
«menos feroz y astuto cada noche»
en relación a una historia de amor.
Rehúsas, pues, el cálculo de la palabra justa
(propio de los plumíferos o no, pero sagrados)
por otra precisión: la de los gestos
que describen a un tipo sin palabras
cuando opinadamente se distrae
hasta ser el que es a la hora precisa
en el lugar preciso, cuando por
necesidad de la escritura aquí
y ahora son los signos de la ausencia.
Dejemos el espíritu de lado:
el reverso –digamos− de la letra
oscuro como el bosque y la memoria[1].

En fin, su poema dedicado a don Quijote es el siguiente:

Don Quijote impugna a los comentadores de Cervantes por razones puramente personales

Seco
apergaminado por las largas vigilias
leo una vez y otra
la misma historia de esa Dulcinea
que no es historia porque yo la veo
claramente detrás de las palabras
y en las hojas del bosque rumoroso
que son las que mejor cuentan su historia.
Cómo van a saber lo mismo que yo sé
gentes que sólo saben
refocilarse en su ceguera
ayudados por turbios lazarillos
malandrines
falsos comendadores
que nunca vi en mis libros verdaderos.
Cómo van a saber si aquí el que ama
a una mujer soy yo. Y si no fuera
por el bueno de Sancho a quien le basta
creer para mirar y que ama todo
cuanto sus ojos miran
más valdría
(como dirá Vallejo cuando yo me haya muerto)
que se lo coman todo y acabemos.

No pongo glosa al poema, pero indicaré que lo comenta brevemente Lilián Uribe en su trabajo «Mester de extranjería: la poesía de Pedro Lastra», Inti. Revista de literatura hispánica, 39, primavera de 1994, pp. 216-217. Este artículo está disponible en:

http://digitalcommons.providence.edu/inti/vol1/iss39/19


[1] Tomo el poema de la entrada dedicada a Pedro Lastra en Wikipedia: http://es.wikipedia.org/wiki/Pedro_Lastra

Tres feas del «Quijote»: Maritornes, la Torralba y la campesina toboseña

Sabemos que Dulcinea del Toboso y Aldonza constituyen en el Quijote la cara y la cruz de la descriptio puellae, la idealizada y la ridícula, y algo ya quedó dicho sobre ellas en una entrada anterior del blog. Repasaré ahora las descripciones de otras mujeres de la inmortal novela cervantina en las que se acumulan los rasgos de fealdad grotesca (recordemos que en el Siglo de Oro rige el concepto de turpitudo et deformitas ‘torpeza y fealdad’ a la hora de provocar la risa). Así, al comienzo del capítulo I, 16 se ofrece la siguiente descripción de Maritornes:

Servía en la venta asimesmo una moza asturiana, ancha de cara, llana de cogote, de nariz roma, del un ojo tuerta y del otro no muy sana. Verdad es que la gallardía del cuerpo suplía las demás faltas: no tenía siete palmos de los pies a la cabeza, y las espaldas, que algún tanto le cargaban, la hacían mirar al suelo más de lo que ella quisiera (pp. 167-168)[1].

Por la noche, como sabemos, la moza acude a solazarse con el arriero, «en camisa y descalza, cogidos los cabellos en una albanega de fustán» (p. 173). Don Quijote, pese a encontrarse molido, la aferra de la muñeca y la sienta a su lado en el lecho, imaginando que viene a requerirle de amores a él:

Tentóle luego la camisa, y, aunque ella era de arpillera, a él le pareció ser de finísimo y delgado cendal. Traía en las muñecas unas cuentas de vidro, pero a él le dieron vislumbres de preciosas perlas orientales. Los cabellos, que en alguna manera tiraban a crines, él los marcó por hebras de lucidísimo oro de Arabia, cuyo resplandor al del mesmo sol escurecía; y el aliento, que sin duda alguna olía a ensalada fiambre y trasnochada, a él le pareció que arrojaba de su boca un olor suave y aromático; y, finalmente, él la pintó en su imaginación, de la misma traza y modo, lo que había leído en sus libros de la otra princesa que vino a ver el malferido caballero vencida de sus amores, con todos los adornos que aquí van puestos. Y era tanta la ceguedad del pobre hidalgo, que el tacto ni el aliento ni otras cosas que traía en sí la buena doncella no le desengañaban, las cuales pudieran hacer vomitar a otro que no fuera arriero; antes le parecía que tenía entre sus brazos a la diosa de la hermosura (pp. 173-174).

Quiero llamar la atención sobre ese «él la pintó en su imaginación», que recuerda el «píntola en mi imaginación como la deseo» de I, 25 (p. 285)[2].

Por otra parte, podemos recordar, asimismo, la descriptio de la Torralba, verdadera mujer hombruna, inserta en el relato popular de Sancho en I, 20. Dice de esa pastora el buen escudero que «era una moza rolliza, zahareña, y tiraba algo a hombruna, porque tenía unos pocos de bigotes, que parece que ahora la veo» (p. 213). De nuevo, pues, una mujer varonil (como Aldonza), y además muy poco agraciada físicamente, con una caracterización muy lejana de lo que marcaba el canon literario de las etéreas bellezas femeninas.

Igualmente fea es la campesina del Toboso[3] que Sancho va a transformar en Dulcinea en II, 10, ardid que será la base del encantamiento de la amada de don Quijote, motivo con gran desarrollo en toda esta Segunda Parte:

A esta sazón ya se había puesto don Quijote de hinojos junto a Sancho y miraba con ojos desencajados y vista turbada a la que Sancho llamaba reina y señora; y como no descubría en ella sino una moza aldeana, y no de muy buen rostro, porque era carirredonda y chata, estaba suspenso y admirado, sin osar desplegar los labios (p. 706).

Tras las palabras de don Quijote en las que explica que la transformación de Dulcinea ha sido obra de encantadores, la parodia de la descriptio femenina sigue en boca de Sancho, quien se lamenta así, refiriéndose a los responsables de tal mutación:

—¡Oh canalla! […] Bastaros debiera, bellacos, haber mudado las perlas de los ojos de mi señora en agallas alcornoqueñas, y sus cabellos de oro purísimo en cerdas de cola de buey bermejo, y, finalmente, todas sus faciones de buenas en malas, sin que le tocárades en el olor, que por él siquiera sacáramos lo que estaba encubierto debajo de aquella fea corteza; aunque, para decir verdad, nunca yo vi su fealdad, sino su hermosura, a la cual subía de punto y quilates un lunar que tenía sobre el labio derecho, a manera de bigote, con siete o ocho cabellos rubios como hebras de oro y largos de más de un palmo (pp. 709-710).

Don Quijote replica que, según eso, la mujer debería tener otro lunar correspondiente en la tabla del muslo, aunque objeta que «muy luengos para lunares son pelos de la grandeza que has significado» (p. 710). En el capítulo siguiente, el II, 11, don Quijote se sigue doliendo de que él no haya podido ver a Dulcinea —a diferencia de lo sucedido con Sancho— «en la entereza cabal de su hermosura, que el encanto no se extendió a turbarte la vista ni a encubrirte su belleza». Pero don Quijote apunta un reparo:

—Mas, con todo esto, he caído, Sancho, en una cosa, y es que me pintaste mal su hermosura: porque, si mal no me acuerdo, dijiste que tenía los ojos de perlas, y los ojos que parecen de perlas antes son de besugo que de dama; y, a lo que yo creo, los de Dulcinea deben ser de verdes esmeraldas, rasgados, con dos celestiales arcos que les sirven de cejas; y esas perlas quítalas de los ojos y pásalas a los dientes, que sin duda te trocaste, Sancho, tomando los ojos por los dientes.

—Todo puede ser —respondió Sancho—, porque también me turbó a mí su hermosura como a vuesa merced su fealdad (p. 712)[4].

Más adelante, en II, 16, don Quijote insistirá en señalar que la hermosura de su Dulcinea se ha ocultado «en la fealdad y bajeza de una zafia labradora, con cataratas en los ojos y con mal olor en la boca» (p. 750). Un caso contrario, por cierto, es el de Quiteria, que —en el episodio de las bodas de Camacho— de labradora pasa a ser garrida palaciega, en palabras de Sancho Panza:

—A buena fe que no viene vestida de labradora, sino de garrida palaciega. ¡Pardiez que según deviso, que las patenas que había de traer son ricos corales, y la palmilla verde de Cuenca es terciopelo de treinta pelos! ¡Y montas que la guarnición es de tiras de lienzo blanco! ¡Voto a mí que es de raso! Pues ¡tomadme las manos, adornadas con sortijas de azabache! No medre yo si no son anillos de oro, y muy de oro, y empedrados con perlas blancas como una cuajada, que cada una debe de valer un ojo de la cara. ¡Oh, hideputa, y qué cabellos, que, si no son postizos, no los he visto más luengos ni más rubios en toda mi vida! ¡No, sino ponedla tacha en el brío y en el talle, y no la comparéis a una palma que se mueve cargada de racimos de dátiles, que lo mismo parecen los dijes que trae pendientes de los cabellos y de la garganta! Juro en mi ánima que ella es una chapada moza, y que puede pasar por los bancos de Flandes (pp. 801-802).

Todavía podríamos examinar más retratos femeninos grotescos presentes en el Quijote, pero baste por hoy con esta tripe dosis de fealdad y quedan esperando las demás feas para hacer entrada en la Ínsula en una futura ídem del blog.


[1] Todas las citas son por Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, ed. del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes-Editorial Crítica, 1998.

[2] Y, pasando del retrato físico a lo moral, no olvidemos el carácter caritativo de Maritornes, que se pone de manifiesto cuando paga de su bolsillo el vino para atender a Sancho después de su manteamiento.

[3] Ver Gregorio Palacín Iglesias, «Dulcinea en la vida de don Quijote», en En torno al «Quijote», Madrid, Leira, 1965, pp. 176-180.

[4] Ver Alicia de Colombí Monguió, «Los “ojos de perla” de Dulcinea (Quijote, II, 10 y 11). El antipetrarquismo de Sancho (y de otros)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 32, 1983, pp. 389-402.

Semblanza de Dulcinea

En el año 2005, con motivo del Centenario de la Primera Parte del Quijote, escribí también una pequeña semblanza de Dulcinea que me pidieron para Euskonews, la cual puede verse en el siguiente enlace:

http://www.euskonews.com/0344zbk/gaia34402es.html

Recupero ahora ese texto para el blog, y es como sigue:

En Don Quijote de la Mancha[1] adquieren un marcado protagonismo los personajes femeninos[2]. Pero el más importante de todos ellos es, sin duda alguna, Dulcinea, motor de la acción principal: don Quijote es un caballero andante que lucha por y para su amada, la sin par Dulcinea del Toboso, modelo de dama tomado de las novelas de caballerías (según la idea del amor cortés, mezclada con las teorías amorosas neoplatónicas y petrarquistas), y en especial, de Oriana, la enamorada de Amadís. La necesidad que don Quijote tiene de una dama de sus pensamientos para llegar a ser caballero andante se pone de manifiesto ya en el primer capítulo del Quijote:

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmádose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse, porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto y cuerpo sin alma (p. 43)[3].

En realidad, Dulcinea es una idealización de la rústica Aldonza Lorenzo, una labradora del Toboso, como se nos explicita en este otro pasaje:

¡Oh, y cómo se holgó nuestro buen caballero cuando hubo hecho este discurso, y más cuando halló a quien dar nombre de su dama. Y fue, a lo que se cree, que en un lugar cerca del suyo había una moza labradora de muy buen parecer, de quien él un tiempo anduvo enamorado, aunque, según se entiende, ella jamás lo supo ni le dio cata de ello. Llamábase Aldonza Lorenzo, y a esta le pareció ser bien darle título de señora de sus pensamientos; y, buscándole nombre que no desdijese mucho del suyo y que tirase y se encaminase al de princesa y gran señora, vino a llamarla «Dulcinea del Toboso» porque era natural del Toboso: nombre, a su parecer, músico y peregrino y significativo, como todos los demás que a él y a sus cosas había puesto (I, 1, p. 44).

El de Aldonza Lorenzo es un nombre que connota rusticidad, baja condición social e incluso actitudes groseras, como parece apuntar el refrán «A falta de moza, buena es Aldonza». El hidalgo, de la misma forma que ha bautizado a su caballo y a sí mismo, renombra a Aldonza y la convierte en virtud del poder mágico de la palabra en Dulcinea, nombre creado a partir de modelos prestigiosos (Melib-ea, Claricl-ea, Galat-ea) y que connota ‘dulzura’. A partir de ese instante, don Quijote se encomendará a su amada Dulcinea al emprender sus diversas aventuras. Por ejemplo, en I, 3 se dirige a ella con estas palabras en el momento de la vela de armas:

—¡Oh señora de la hermosura, esfuerzo y vigor del debilitado corazón mío! Ahora es tiempo que vuelvas los ojos de tu grandeza a este tu cautivo caballero, que tamaña aventura está atendiendo (p. 59).

Más tarde, en I, 22, tras liberar a los galeotes, les pide que

luego os pongáis en camino y vais a la ciudad del Toboso y allí os presentéis a la señora Dulcinea del Toboso y le digáis que su caballero, el de la Triste Figura, se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todos los que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad; y, hecho esto, os podréis ir donde quisiéredes, a la buena ventura (p. 246).

En Sierra Morena tiene lugar uno de los momentos de máximo acercamiento de don Quijote al ideal de su amada (capítulo I, 25). Será allí donde don Quijote realice su famosa penitencia de amor (a imitación de la de Amadís en la Peña Pobre) y le escriba una hermosísima carta. En primer lugar, don Quijote confiesa a Sancho que su dama es una creación de su espíritu, como las de tantos otros poetas que las presentan idealmente en sus obras:

—Sí, que no todos los poetas que alaban damas debajo de un nombre que ellos a su albedrío les ponen, es verdad que las tienen. ¿Piensas tú que las Amarilis, las Filis, las Silvias, las Dianas, las Galateas, las Fílidas y otras tales de que los libros, los romances, las tiendas de los barberos, los teatros de las comedias están llenos, fueron verdaderamente damas de carne y hueso, y de aquellos que las celebran y celebraron? No, por cierto, sino que las más se las fingen por dar subjeto a sus versos y porque los tengan por enamorados y por hombres que tienen valor para serlo (p. 285).

Después, el caballero expresa una de sus confesiones amorosas más notables:

—Y así, bástame a mí pensar y creer que la buena de Aldonza Lorenzo es hermosa y honesta, y en lo del linaje, importa poco, que no han de ir a hacer la información dél para darle algún hábito, y yo me hago cuenta que es la más alta princesa del mundo. Porque has de saber, Sancho, si no lo sabes, que dos cosas solas incitan a amar, más que otras, que son la mucha hermosura y la buena fama, y estas dos cosas se hallan consumadamente en Dulcinea, porque en ser hermosa, ninguna le iguala, y en la buena fama, pocas le llegan. Y para concluir con todo, yo imagino que todo lo que digo es así, sin que sobre ni falte nada, y píntola en mi imaginación como la deseo, así en la belleza como en la principalidad (p. 285).

Así, don Quijote, el Caballero de la Voluntad, concibe idealmente a Dulcinea y cambia la realidad con la fuerza de su imaginación (destaquemos especialmente ese «píntola en mi imaginación como la deseo»); su creación no es la de un loco, sino la de un artista creador: Dulcinea es su más bello poema de amor. Sancho —que se ha enterado de que Dulcinea es en realidad la rústica Aldonza Lorenzo[4]— no quiere seguir discutiendo: le da la razón para evitarse problemas y le pide que le entregue la carta. Don Quijote se retira y comienza a escribirla en el librillo de memoria de Cardenio y luego se la lee a Sancho, para que la tome de memoria por si se perdiere la escrita. Esta bella epístola, que ha sido calificada por Pedro Salinas como «la mejor carta de amores de la literatura española»[5], reza así:

CARTA DE DON QUIJOTE A DULCINEA DEL TOBOSO

Soberana y alta señora:

El ferido de punta de ausencia y el llagado de las telas del corazón, dulcísima Dulcinea del Toboso, te envía la salud que él no tiene. Si tu fermosura me desprecia, si tu valor no es en mi pro, si tus desdenes son en mi afincamiento, maguer que yo sea asaz de sufrido, mal podré sostenerme en esta cuita, que, además de ser fuerte, es muy duradera. Mi buen escudero Sancho te dará entera relación, ¡oh bella ingrata, amada enemiga mía!, del modo que por tu causa quedo: si gustares de acorrerme, tuyo soy; y si no, haz lo que te viniere en gusto, que con acabar mi vida habré satisfecho a tu crueldad y a mi deseo. Tuyo hasta la muerte,

El Caballero de la Triste Figura (pp. 286-287).

Como explica Salinas, la carta supone una comunicación entre el yo creador (don Quijote poeta) y su creatura (Dulcinea, la mujer ideal). La carta destaca por el artificio con que está construida, utilizando la fabla arcaizante de los libros de caballerías. Sin embargo, pese a su sabor libresco, es también una carta teñida de sublimidad y sentimiento, una carta que al decir del poeta Salinas tiende hacia lo alto (recordemos que don Quijote la ha escrito en una «alta montaña» y que la dirige a su «soberana y alta señora», y que Sancho, aunque apenas alcanza a captar el significado de la misiva, encuentra igualmente que «es la más alta cosa que jamás he oído», p. 287).

Después de ese episodio, nuestro voluntarioso caballero confiesa con más vehemencia que nunca que es Dulcinea quien infunde valor a su brazo y da por hecho que ha ganado ya el reino de Micomicón gracias a «el valor de Dulcinea, tomando a mi brazo por instrumento de mis hazañas» (I, 30, p. 353). Y añade entonces una de las más bellas frases del Quijote referidas a su ideal amoroso:

—Ella pelea en mí y vence en mí, y yo vivo y respiro en ella, y tengo vida y ser (p. 353).

Así pues, en la Primera Parte del Quijote, Dulcinea permanece en el plano de lo ideal, aunque también encontramos algunas leves incursiones en el territorio de lo realista: la primera visión a ras de tierra corresponde al momento en que el traductor nos transmite una de las notas marginales del manuscrito de Cide Hamete, al afirmar que Dulcinea tuvo la mejor mano para salar puercos de toda la Mancha (I, 9, p. 108); la segunda es cuando don Quijote reconoce ante Sancho que su Dulcinea es la hija de los rústicos Lorenzo Corchuelo y Aldonza Nogales y que, por lo tanto, no es una dama principal (I, 25); y la tercera, cuando Sancho, al inventar el resultado de su supuesta embajada al Toboso, nos ofrece una imagen degradada de la igualmente supuesta princesa, que él describe como una mujer bastante poco atractiva, a la que ha encontrado ahechando trigo, que despedía «un olorcillo algo hombruno, y debía de ser que ella, con el mucho ejercicio, estaba sudada y algo correosa» (I, 31, p. 359).

En cambio, en la Segunda Parte la relación de don Quijote con Dulcinea se da plenamente en el ámbito de lo real, que tiende a la degradación del personaje femenino a través de lo grotesco. Así, cuando se dirigen al Toboso, Sancho convence a don Quijote de que una labradora que se acerca por el camino es Dulcinea. Don Quijote, una vez más, habrá de apelar al habitual recurso de los encantadores enemigos para explicarse por qué él la ve como una vulgar labradora, que despide un aliento «a ajos crudos, que me encalabrinó y atosigó el alma» (p. 709). En la aventura soñada de la cueva de Montesinos, don Quijote de nuevo no la contempla como la alta y soberana señora de sus pensamientos, sino que sigue viendo a la Dulcinea «sanchificada». Para colmo, la única prenda de amor que la dama le pide entonces es que le dé unos reales, petición que don Quijote no puede satisfacer pues no tiene dinero, con la consiguiente decepción que ello supone para él.

En los capítulos 32 y siguientes de la Segunda Parte, coincidiendo con la estancia en el Palacio ducal, se retoma el motivo de Dulcinea encantada. Los Duques tienen conocimiento de ella a través de la lectura de la Primera Parte y, además, la Duquesa sonsaca astutamente a Sancho. Es ella quien pide a don Quijote que describa a su amada, pero el caballero no puede hacerlo, y esto resulta muy significativo; en la Primera Parte había afirmado: «píntola en mi imaginación como la deseo» (I, 25, p. 285); pero tras la embajada al Toboso y, luego, tras la amarga experiencia de la cueva de Montesinos, el caballero no puede describirla. Nuevamente ha de echar mano al recurso de los encantadores para explicar lo que sucede:

—Y, así, viendo estos encantadores que con mi persona no pueden usar de sus malas mañas, vénganse en las cosas que más quiero, y quieren quitarme la vida maltratando la de Dulcinea, por quien yo vivo; y, así, creo que cuando mi escudero le llevó mi embajada, se la convirtieron en villana y ocupada en tan bajo ejercicio como es el de ahechar trigo; pero ya tengo yo dicho que aquel trigo ni era rubión ni trigo, sino granos de perlas orientales, y para prueba desta verdad quiero decir a vuestras magnitudes cómo viniendo poco ha por el Toboso jamás pude hallar los palacios de Dulcinea, y que otro día, habiéndola visto Sancho mi escudero en su mesma figura, que es la más bella del orbe, a mí me pareció una labradora tosca y fea, y nonada bien razonada, siendo la discreción del mundo; y pues yo no estoy encantado, ni lo puedo estar, según buen discurso, ella es la encantada, la ofendida, y la mudada, trocada y trastrocada, y en ella se han vengado de mí mis enemigos, y por ella viviré yo en perpetuas lágrimas hasta verla en su prístino estado. Todo esto he dicho para que nadie repare en lo que Sancho dijo del cernido ni del ahecho de Dulcinea, que pues a mí me la mudaron, no es maravilla que a él se la cambiasen. Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32, pp. 899-900).

Los Duques van a tramar una compleja burla a don Quijote basada en este encantamiento de Dulcinea. Se prepara un montaje «teatral», una procesión burlesca, en la que vemos a Dulcinea por tercera vez en esta Segunda Parte: aparece encarnada por un paje, acompañada por una corte de mujeres barbudas, y también de Montesinos y el mago Merlín, quien trae la noticia de que el modo para desencantarla consiste en que Sancho se dé tres mil y trescientos azotes «en ambas sus valientes posaderas». Esto, para don Quijote, supone una nueva tragedia porque la misión de desencantar a su amada no está en sus manos. Y este asunto se transformará para el caballero en una obsesión que le va a acompañar hasta el final de sus días: sus preguntas al mono adivino de maese Pedro y a la cabeza encantada que halle en la casa de Antonio Moreno en Barcelona tendrán que ver, precisamente, con la naturaleza real de lo visto en la cueva de Montesinos y el desencanto de Dulcinea; por otra parte, insistirá a Sancho para que se dé los consabidos azotes y su dama quede libre; su preocupación es tal, que incluso llegará a pactar con su escudero el pago en dinero por cada uno de los azotes (que Sancho terminará dando reciamente, no sobre su cuerpo, sino contra el tronco de unos árboles).

En II, 64, don Quijote queda vencido por el Caballero de la Blanca Luna, pero pese a la derrota no renuncia a su ideal amoroso, y mantiene que «Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo, y yo el más desdichado caballero de la tierra, y no es bien que mi flaqueza defraude esta verdad» (p. 1160). Más tarde, cuando regresa a su aldea, ve pasar una liebre que huye y, al mismo tiempo, oye el comentario de unos muchachos que pelean por una jaula de grillos. Uno de ellos dice: «—No te canses, Periquillo, que no la has de ver en todos los días de tu vida» (II, 73, p. 1210), y el derrotado caballero interpreta esas palabras como un agüero negativo, el más triste de todos los posibles, entendiendo que hablan de Dulcinea y que nunca más podrá ver a su sin par dama:

—¡Malum signum! ¡Malum signum! Liebre huye, galgos la siguen: Dulcinea no parece (II, 73, p. 1210).

Tal es, en esencia, el tratamiento que recibe en la novela de Cervantes la figura de Dulcinea del Toboso: la mujer que encarna el ideal amoroso del caballero andante, héroe de la voluntad que irá cayendo en una progresiva degradación en la Segunda Parte, hasta su total acabamiento. Una figura, la de Dulcinea, que llena con sus presencias —y también con sus ausencias— las páginas de la inmortal obra. De ahí que bien podamos terminar afirmando que el Quijote es también —entre otras muchas cosas— una maravillosa y romántica historia de amor.


[1] Este trabajo es una versión, muy abreviada, de mi ponencia «“Ella pelea en mí y vence en mí”: Dulcinea, ideal amoroso del Caballero de la Voluntad», presentada en el VII Curso Superior de Literatura Malón de Echaide, «Leyendo el Quijote: texto e interpretación», Pamplona, Universidad de Navarra, 4-5 de agosto de 2005. El texto completo puede verse en Ignacio Arellano (ed.), Leyendo el «Quijote». IV Centenario de la publicación de «Don Quijote de la Mancha», número monográfico de Príncipe de Viana, año LXVI, núm. 236, septiembre-diciembre de 2005, pp. 663-676. Esta disponible en: https://www.academia.edu/1472697/_Ella_pelea_en_mi_y_vence_en_mi_Dulcinea_ideal_amoroso_del_Caballero_de_la_Voluntad
[2] Ver Héctor Márquez, La representación de los personajes femeninos en el «Quijote», Madrid, Porrúa, 1990.
[3] Todas las citas del Quijote serán por la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Instituto Cervantes / Crítica, 1998.
[4] A diferencia de su amo, Sancho describe a la moza con rasgos hombrunos, por medio de palabras y expresiones cargadas de dobles sentidos: «—Bien la conozco —dijo Sancho—, y sé decir que tira tan bien una barra como el más forzado zagal de todo el pueblo. ¡Vive el Dador, que es moza de chapa, hecha y derecha y de pelo en pecho, y que puede sacar la barba del lodo a cualquier caballero andante o por andar que la tuviere por señora! ¡Oh hideputa, qué rejo que tiene, y qué voz! Sé decir que se puso un día encima del campanario del aldea a llamar unos zagales suyos que andaban en un barbecho de su padre, y, aunque estaban de allí más de media legua, así la oyeron como si estuvieran al pie de la torre. Y lo mejor que tiene es que no es nada melindrosa, porque tiene mucho de cortesana: con todos se burla y de todo hace mueca y donaire» (p. 283).

[5] Pedro Salinas, «La mejor carta de amores de la literatura española», Asomante, 8, 1952, pp. 7-19 (estudio reproducido en su libro Ensayos de literatura hispánica, Madrid, Aguilar, 1961, y en 1989 en el núm. 13 de la revista Anthropos).

Don Quijote o el ideal de amor, justicia y libertad

Recupero aquí un texto que, bajo el mismo título, «Don Quijote o el ideal de amor, justicia, y libertad», salió publicado en La Estafeta de Navarra el 24 de abril de 2005. Una versión anterior, «Don Quijote o sus tres ideales», había aparecido en La Gaceta de los Negocios, el 28 de octubre de 2004. El estilo de redacción es quizá algo recargado y empalagoso, fruto de la exaltación propia del Centenario… pero «Sustento, en fin, lo que escribí», que diría Lope, y aquí lo reproduzco tal cual.

En este año 2005 estamos conmemorando el IV Centenario del Quijote (de su primera parte, publicada en 1605; la segunda se añadiría en 1615), obra cumbre de la literatura hispánica y universal que cuenta con traducciones a todas las lenguas cultas. En el siglo XVII el libro tuvo una recepción eminentemente cómica (la historia de un hidalgo loco y su simplón escudero, especie de bufones ridículos objetos de numerosas bromas, más o menos crueles, que hacen reír a todos); pero luego cada generación ha proyectado sobre él sus peculiares inquietudes, de forma que sobre el Quijote se han ido acumulando interpretaciones muy diversas: ha sido leído como la última novela de caballerías, como constatación del fracaso del sueño heroico español, como síntesis del conflicto idealismo / realidad, en clave esotérica…; y don Quijote, además de modelo de experiencia vital, ha sido considerado un héroe cargado de un profundo simbolismo. Todo esto nos habla de la enorme riqueza de sentido del Quijote, obra que además, por su complejidad técnica y narrativa (juego con los distintos niveles de ficción, metaliteratura, perspectivismo, ironía, ambigüedad…), inaugura la novela moderna. Muchas son, por tanto, las razones para acercarse de nuevo (o por primera vez) al inolvidable texto de Cervantes.

Don Quijote es, junto con don Juan y la Celestina, uno de los grandes mitos aportados por España a la literatura universal. Héroe de enorme hondura, presenta una personalidad compleja, en la que destaca su impulso de actuación y la coherencia de su proyecto vital, su autenticidad. Personaje «adánico» que nace a una nueva vida cuando se encuentra ya en plena madurez, sale a los anchos campos de Castilla a forjar su destino personal de caballero andante, a hacer realidad sus sueños. Sueños de amor, de justicia y de libertad, una triada de sentimientos por los que Alonso Quijano el bueno se transforma en don Quijote de la Mancha, por los que el hidalgo manchego sueña ser y es verdadero y real caballero andante (por más que la caballería la haya recibido «por escarnio» de manos de un pícaro y socarrón ventero). Por todos esos sueños que don Quijote atesora en su corazón no le dolerán las derrotas y los molimientos, los golpes y las magulladuras, las burlas y las incomprensiones de las gentes con las que va topando en su vagar. Porque él se deja guiar tan solo por la luz deslumbradora del ideal. Porque en su largo caminar nuestro genial loco-cuerdo o cuerdo-loco soñará siempre con cielos azules y horizontes despejados. Porque andará en persecución de una quimera que sabe que jamás alcanzará, pero siendo consciente también de que lo bello y lo sublime está precisamente en esa búsqueda. Porque cada paso que da le acerca a esa alta, lejana e imposible utopía. Y esa es su derrota y su victoria, su fracaso y la causa de su gloria imperecedera, su eterna y magistral lección (de don Quijote, de Cervantes): la de un hombre que sale a luchar por los caminos de las Españas (en realidad, los caminos del universo entero) en pos de un ideal de amor, de justicia y de libertad.

¡Qué magnífica enseñanza la que nos brinda Cervantes a través de su inmortal criatura! Que los hombres —cualquier hombre, todos los hombres— son libres y han de luchar siempre por hacer realidad sus sueños, aunque el camino para lograr ese objetivo esté alfombrado de derrotas y amarguras. Porque el de don Quijote no es, ciertamente, un camino de rosas. Es, más bien, un camino de abrojos y espinas. Y en ese su largo y penoso peregrinar, Alonso Quijano se hace don Quijote y, tras recorrer el sendero de sus aventuras, retorna a su innominado lugar natal para ser de nuevo Alonso Quijano y morir cuerdo en su cama, acunado en el calor del hogar, rodeado de su familia y sus amigos. Y muere cuerdo, sabedor de que «en los nidos de antaño ya no hay pájaros hogaño». Sin embargo, él supo hacer realidad su destino personal de caballero andante, precisamente porque jamás tuvo miedo a hacerlo realidad; porque nunca le amedrentaron las dificultades; porque jamás temió enfrentarse con la dura realidad con la que continuamente chocaban sus sueños de gloria y sus fantasías caballerescas, que no eran quimeras, sino ideal.

Don Quijote se ha hecho fuerte en todas estas andanzas, como se hace fuerte quien se enfrenta con el hierro a cuerpo descubierto, porque de ese hacer frente con el cuerpo y el espíritu desnudos al hierro —al hierro-yerro del no-amor, de la injusticia, de la falta de libertad— uno sale bien forjado en su temple… o roto. Y así sale Alonso Quijano de todas sus luchas, roto como hombre y templado como caballero andante, como don Quijote de la Mancha, en suma, como héroe. Y esa es la enseñanza: que todo hombre que lucha por un hermoso ideal es un héroe que jamás podrá ser vencido, aunque sufra, una tras otra, mil derrotas. Que podrá ser derrotado pero no vencido en su fuero interno, aunque sus huesos queden molidos y rotos en descomunales batallas con molinos de viento, cueros de vino o rebaños de ovejas.

Quijotadas, pensarán algunos. Pero ¡ojalá nuestras vidas estuviesen repletas de tales quijotadas! Porque don Quijote, igual que Cervantes, sale al camino haciendo uso de su libertad, y en ese ejercicio de su libertad sufre y goza, padece y es herido, tiene altibajos de alegría y pesar. Y comparte con su amigo (no solo escudero) Sancho Panza deliciosos diálogos sobre todo lo divino y lo humano. Y lo vemos en ese constante tira y afloja entre el sueño y la realidad, el sueño caballeresco que eleva su alma y la hace volar por las altas regiones del ideal, y el peso de la cruda realidad que lo aherroja y lo pega a la tierra. Pero don Quijote, igual que Cervantes, sabe hacer suyo el bello verso de Gelasia, una de las pastoras de La Galatea: «libre nascí y en libertad me fundo». Libre. Y también justiciero. Y enamorado además. Así es como vemos a don Quijote en la portentosa novela cuyo Centenario ahora celebramos: como irrepetible personaje literario, que es a un mismo tiempo símbolo y hombre de carne y hueso, con las mismas pulsiones humanas que nosotros; pero, sobre todo y ante todo, como el dueño de un corazón valiente que, con denuedo, hace realidad sus sueños. Como un verdadero y auténtico caballero eterno del ideal que sale en busca de aventuras y de ventura.