Arbolanche y la tradición de la maya: «Esta flor de mayo…»

En la poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche, recogida en Las Abidas (1566), encontramos la utilización —y reelaboración— de abundantes motivos tradicionales, de raigambre popular unos, de condición culta otros, como estamos comprobando en las entradas de estos días pasados[1]. En esta ocasión, quiero comentar otro de los bellos villancicos[2] de Arbolanche, el que tiene como cabeza «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?» (fol. 40v), cuyo texto completo es así:

Esta flor de mayo,
¿quién la cogerá?

De lobos hambrientos
la oveja seguida
y la nao batida
de tres varios vientos,
ni hace movimientos
acá ni acullá,
¿quién la cogerá?[3]

El poema, en la sencillez y gracia de sus nueve hexasílabos, entronca con la tradición de las mayas —en especial por la mención del primer verso—, esas composiciones de la lírica tradicional popular que exaltan el mes de mayo como el del triunfo de la vida que renace, del florecimiento de los campos…; un mes, por supuesto, especialmente apto para servir al amor (el amor considerado como servicio a la dama, con origen en la poesía cortés trovadoresca), como indican los versos del «Romance del prisionero»:

Por el mes de mayo era
cuando haze la calor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor…[4]

Podemos recordar también, entre otros posibles, este texto recogido en el Cancionero musical de Palacio, que canta igualmente la primavera —abril, mayo—, con «sus flores» y «sus amores», época en la que, efectivamente, los enamorados se dedican a bien servir:

Entra mayo y sale abril:
¡tan garridico le vi venir!

Entra mayo con sus flores,
sale abril con sus amores,
y los dulces amadores
comiencen a bien servir[5].

Mujer con una florPero lo que me interesa destacar es que el tópico tradicional se actualiza en el poema de Arbolanche si consideramos la función que desempeña esa pequeña intercalación lírica en el marco del episodio narrativo en que se inserta: Andria, Afrania y Enisa son tres hermanas pastoras, y las tres se han enamorado del pastor —pastor fingido, pues en realidad se trata de un príncipe— Abido. Las tres pretenden de amores al joven que ha sido acogido por su padre Gorgón, las tres sienten celos las unas de las otras y las tres sufren el desdén amoroso del héroe protagonista. En este sentido, la pregunta de la cabeza, «Esta flor de mayo, / ¿quién la cogerá?», cabe reinterpretarla así en el contexto de la historia amorosa: ʽEste amor de Abido, ¿quién lo conseguirá?ʼ. Por lo demás, las dos imágenes de la glosa son bien sencillas: la oveja perseguida por los lobos y la nave azotada por vientos contrarios dan idea de la fragilidad, de la indefensión en que queda la persona enamorada frente a la fuerza incontrastable del sentimiento amoroso («Omnia vincit amor»). Y al final, una pregunta queda en el aire, con la repetición del segundo verso de la cabeza: ¿qué pasará con la oveja, qué con la nao?, ¿quién cogerá la flor de mayo del amor de Abido?


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas. Ver también mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 27-31.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro II, fol. 40v. Margit Frenk, en su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núm. 1273, p. 607, recoge la cabeza del villancico, pero no la glosa. Edité este texto en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 20.

[4] Romancero, ed., estudio y notas de Michelle Débax, Madrid, Alhambra, 1988, núm. 63, p. 329. Aunque es más popular y difundida la versión extendida: «Que por mayo era, por mayo, / cuando hace la calor,  / cuando los trigos encañan  / y están los campos en flor,  / cuando canta la calandria  / y responde el ruiseñor, / cuando los enamorados  / van a servir al amor…».

[5] Lírica española de tipo popular, ed. de Margit Frenk, 14.ª ed., Madrid, Cátedra, 2008, núm. 358, p. 171. Ver Cancionero musical de Palacio, ed. de Joaquín González Cuenca, Ciudad Real, Visor, 1996. Para más textos, ver el apartado «La maya» de su Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núms. 1275-1281C, pp. 608-612.

El motivo de los cabellos sueltos en dos villancicos de Jerónimo Arbolanche

Ninfa sorprendida, ManetUno de los motivos tópicos de la poesía amorosa que encontramos en las composiciones líricas insertas en el conjunto narrativo de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el de los cabellos sueltos de la amada[1]. Vamos a examinarlo aquí en dos bellos villancicos[2] en los que constituye el motivo central: «Soltáronse mis cabellos…» (fol. 18r) y «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r), localizados ambos en el mismo episodio, el momento del encuentro entre Abido y la ninfa Isabela (Libro I). Abido, que vive en hábito pastoril tras haber sido prohijado por el pastor Gorgón, sale un día a cazar pero, cuando está persiguiendo una liebre, «huyósele la caza de la vista / porque él había de ser de amor cazado». Ocurre, en efecto, que el protagonista escucha una melodiosa voz femenina que canta el villancico «Soltáronse mis cabellos…». Esa voz corresponde a Isabela, cuyo peinado se ha deshecho al engancharse su garbín de seda en una rama de cedro. Mientras trata de componer el desorden de sus cabellos, canta ese villancico. Al escuchar y ver a la hermosa ninfa, el enamoramiento del pastor es súbito: Abido, «que en su pecho / la flecha del amor sintió que entraba / y que a las medulas discurría», responderá cantando unas octavas reales, «En la ribera florecida y llana…» (fols. 18r-18v). La actividad venatoria se ha transformado en una caza de amor, solo que quien era cazador ha pasado a ser cazado. La ninfa, al verse sorprendida en su pretendida soledad, se asusta y escapa corriendo[3], mientras canta el villancico «A peinar ve tus cabellos…» (fol. 19r). Tal es el contexto narrativo de los dos textos que ahora nos interesa examinar.

El primero de los villancicos de Isabela desarrolla el motivo de los cabellos sueltos de la mujer como una red de amor que prende a cuantos los miran. El yo lírico se dirige como interlocutor a su madre («madre mía», v. 5, vocativo usual en la poesía popular tradicional). La idea nuclear del poema se construye sobre la dilogía del verbo prender: la ninfa debe prender ʽsujetar, atarʼ sus cabellos, que se han soltado (v. 6), para que ellos no prendan ʽatrapen, enamorenʼ a tantos como los miran (v. 4):

Soltáronse mis cabellos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?

Dícenme que prendo a tantos,
madre mía, con mis cabellos,
que ternía por bien prendellos
y no dar pena y quebrantos;
pero por quitar de espantos,
madre mía,
¡ay!, ¿con qué me los prendería?[4]

La voz lírica femenina se lamenta por no saber cómo poner fin a los estragos de amor que causa su hermosura. Este motivo de los cabellos sueltos, que flotando al viento constituyen una poderosa red de amor, es tópico. Sobre su presencia, baste recordar el bello soneto XXIII de Garcilaso, «En tanto que de rosa d’azucena…», donde el dorado cabello de la mujer «con vuelo presto / por el hermoso cuello blanco, enhiesto, / el viento mueve, esparce y desordena» (vv. 6-8)[5].

El mismo tema, la conveniencia de prender el «cabello crespado» (v. 7), se presenta en el segundo villancico de la ninfa, el que desarrolla precisamente el estribillo: «A peinar ve tus cabellos / y a lʼaldea, / que el pastor con vanos ojos / no los vea» (fol. 19r). Isabela es consciente del alto potencial erótico de sus cabellos sueltos, y por ello es necesario cogerlos ʽrecogerlosʼ (v. 7); y añade la correspondiente justificación: «que prendello es conviniente» (v. 9) para que el pastor que la ha sorprendido en la soledad del campo no los vea «con vanos ojos», valga decir ʽvanidosos, enamoradizosʼ. Este es el texto del segundo villancico:

A peinar ve tus cabellos,
y a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Deja el bosque, deja el prado
con su fuente
coge el cabello crespado
y luego vente,
que prendello es conveniente;
y en la aldea,
que el pastor con vanos ojos
no los vea.

Ocasión no des, zagala,
y al zagal
que por ti, que Dios te vala,
paste mal;
deja, deja ya el pradal,
ve a lʼaldea,
que el pastor con vanos ojos
no te vea[6].

Por lo demás, cabe destacar una vez más la gracia y musicalidad de estas composiciones de Arbolanche escritas en versos de arte menor, en las que —reelaborando motivos bien conocidos de la poesía amorosa tradicional— alcanza altas cotas de calidad poética y emotiva.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, remito especialmente a Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y a Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Para el autor y su obra, es referencia obligada la erudita aportación de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Circunstancia que tendrá fatales consecuencias, pues en su huida tropezará y tendrá una mortal caída.

[4] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fol. 18r.  Figura recogido en Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica, núm. 279, p. 128, y en José María Alín, El cancionero español de tipo tradicional, núm. 511, p. 588. También lo traen Hugo Albert Rennert, The Spanish Pastoral Romances, New York, Biblo and Tannen, 1968, p. 96 (publicación original: Philadelphia, University of Pennsylvania, Department of Romanic Languages and Literatures, 1912); y Francisco Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», Revista del Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1, 1989, pp. 23-24. Yo lo edité anteriormente en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 19; y en mi trabajo «La poesía pastoril y amorosa de Jerónimo Arbolanche», Río Arga. Revista de Poesía, núm. 109, primer trimestre de 2004, pp. 25-26. En el v. 4 ternía vale ʽtendríaʼ y prendellos es asimilación de prenderlos.

[5] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto XXIII, p. 59.

[6] Las Abidas, Libro I, fol. 19r. Reproducido en Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo XVI», p. 24, y en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 19-20. Nótese la ligera variatio en el último verso del estribillo, «no los vea» en la cabeza y el primer pie; «no te vea», en el segundo.

El llanto pastoril: el villancico «Llora la zagala…» de Jerónimo Arbolanche

Una de las más hermosas composiciones poéticas incluidas en Los nueve libros de Las Abidas de Jerónimo Arbolanche, poeta tudelano (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566) es el villancico que comienza «Llora la zagala…»[1]. Se localiza en el Libro octavo (fols. 155r-156r) y el contexto de su enunciado es el siguiente: Andria, hija del pastor Gorgón, está enamorada de su hermano adoptivo Abido (que vive en hábito pastoril, pero que en realidad es hijo del rey Gárgoris y, por tanto, el heredero del trono de Tartesia). La joven y desdeñada pastora ha lanzado al viento sus lamentos amorosos, y es el protagonista, el propio Abido, quien comenta, por medio de este villancico[2], la situación de pena que la aqueja:

Llora la zagala
al zagal ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Llórale, que es ido
de su verde prado
sin que de sus cabras
tenga ya cuidado;
ganado y pastora,
todo lo ha dejado
y la desdichada
llora tristemente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

En otras majadas
está su querido;
también en la suya,
aunque sea partido,
porque en sus entrañas
le tiene esculpido
y así jamás puede
de ella estar ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

No hay en todo el valle
álamo acopado
donde el nombre suyo
no tenga estampado;
llamándole anda
por todo el collado
y suple las faltas
Eco del ausente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente!

Infinitas veces
entre sí está hablando
como si delante
le estase escuchando;
mas el vano gozo
se le va acabando
y vuelven los lloros
improvisamente;
¡ay, cómo le llora
tan amargamente![3]

El poema —delicado, pleno de gracia popular a lo largo de sus 44 hexasílabos— nos muestra el dolor de ausencia de una pastora por la marcha de su pastor amado, el cual, por cierto, no corresponde a su sentimiento amoroso (según sabemos por el contexto narrativo más amplio del episodio en que se inserta el villancico, a saber, las tres hijas de Gorgón, Andria, Afrania y Enisa, pretenden de amores a Abido… pero sin conseguirlo). Junto con un hábil manejo del léxico pastoril y campestre (prado, cabras, ganado, majadas, valle, álamo, collado…), encontramos aquí varios tópicos bien conocidos de la poesía pastoril y amorosa. Así, de raigambre neoplatónica son los versos 17-22, con el tópico del amante que tiene impresa o esculpida en el alma (en el corazón, en el pensamiento…) la imagen o el rostro del  amado (recuérdese, por ejemplo, el soneto V de Garcilaso: «Escrito está en mi alma vuestro gesto…»)[4]. Los versos 25-28 muestran la práctica habitual en la literatura pastoril consistente en grabar en las cortezas de los árboles el nombre de la persona amada[5].

Mujer llorandoAdemás, el villancico se adorna en los versos 31-32 con una alusión mitológica a la ninfa Eco: enamorada de Narciso, murió de pena, y de ella quedó solo su voz; aquí se indica que únicamente Eco —el eco— viene a suplir la ausencia del pastor del que está enamorada Andria[6]. De esta forma se destaca de forma expresiva la falta de comunicación con el amado: Andria «Infinitas veces / entre sí está hablando / como si delante / le estase escuchando» (vv. 35-38)… pero todo eso no es más que una pura ilusión, un «vano gozo» (v. 39) que muy pronto termina al chocar con la realidad, «y vuelven los lloros / improvisamente» (vv. 41-42). Así pues, el llanto de la pastora, subrayado continuamente por los versos repetidos como estribillo ¡ay, cómo le llora / tan amargamente!») se convierte así en el motivo temático nuclear de este bello poema de Arbolanche, que tiene además la musicalidad aportada por el ritmo ágil del hexasílabo.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección, María Francisca Pascual Fernández ha localizado —y estudiado— un total de 26 villancicos en el conjunto de Las Abidas. Para el subgénero del villancico, pueden consultarse, entre otros trabajos, las monografías de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; y de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008. Sobre Arbolanche y su obra, la aportación fundamental es la de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, Libro VIII, fols. 155r-156r. Julio Cejador y Frauca, en su recopilación La verdadera poesía castellana, floresta de la antigua lírica popular, vol. VII, Madrid, Gráficas Nacional, 1930, lo transcribe con el núm. 2.779, pp. 111-112, y anota: «Cantar de enamorada bien imitado de lo popular, si no es popular». Lo ha reproducido también Fernando González Ollé en su Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, pp. 97-98. Por mi parte, lo edité en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 24-25.

[4] Ver Garcilaso de la Vega, Poesías castellanas completas, ed. de Elías L. Rivers, 6.ª ed., Madrid, Castalia, 1989, Soneto V, p. 41. Para las teorías amorosas (amor cortés, petrarquismo, neoplatonismo, etc.) vigentes en la literatura del Siglo de Oro es fundamental el erudito trabajo de Guillermo Serés, La transformación de los amantes. Imágenes del amor de la antigüedad al Siglo de Oro, Barcelona, Crítica, 1996.

[5] Ver Daniel Devoto, «Las letras en el árbol (De Teócrito a Nicolás Olivari)», Nueva Revista de Filología Hispánica, 36:2, 1988, pp. 787-852.

[6] Desde el punto de vista léxico, pocas palabras requieren anotación: acopado (v. 26): referido a un árbol, al álamo en este caso, ‘copudo, que tiene una buena copa’; estase (v. 38): ‘estuviese’; improvisamente (v. 42): ‘de repente, de improviso’.

Arbolanche y el molde del villancico: «El zagal pulido, agraciado…»

Las Abidas, de Jerónimo Arbolanche (1566)Vamos a seguir examinando el cultivo del villancico de corte tradicional por parte de Jerónimo Arbolanche (Tudela, Navarra, h. 1546-Tudela, 1572), molde lírico en el que este autor se siente especialmente cómodo[1]. María Francisca Pascual Fernández[2] ha localizado un total de 26 composiciones de este tipo en Los nueve libros de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), que es la única obra conocida de Arbolanche[3]. Se trata de composiciones líricas que se sitúan al interior de los episodios amorosos intercalados en el núcleo narrativo central —la historia del héroe Abido—, una serie de historias de amor, celos y ausencias protagonizados por diversos pastores y pastoras con los que se encuentra el protagonista. En opinión de González Ollé —el mejor conocedor de Arbolanche y su obra[4]—, «la función que realizan tales casos [se refiere a estos episodios bucólicos intercalados en el relato principal] radica en introducir justificadamente las numerosas poesías líricas diseminadas a lo largo de toda la estructura narrativa de la obra»[5]. Los poemas que Arbolanche incorpora están escritos tanto en versos de arte menor como de arte mayor, pero es notorio su mayor dominio de los metros y formas estróficas tradicionales castellanas, como ya pusiera de relieve González Ollé:

Ahora bien, este indudable conocimiento de las posibilidades métricas, tanto de las italianizantes como de las tradicionales, no se refleja tan brillantemente como era de esperar en la realización de Las Abidas. Arbolanche resulta buen versificador —y buen poeta— en versos cortos. La facilidad, frescura y gracia de sus poesías tradicionales ha sido unánimemente alabada por quienes se han ocupado de Las Abidas, la prueba más palpable radica en la insistencia con que algunas de dichas composiciones han sido recogidas en varias antologías[6].

Una buena prueba de ello la tenemos en el villancico que comienza con la cabeza «El zagal pulido, agraciado / mal me ha enamorado», localizado en el libro tercero de Las Abidas. Para contextualizarlo debidamente, hay que recordar que Abido, tras ser rescatado del mar por unas nereidas —donde había sido abandonado por su padre, el rey Gárgoris de Tartesia—, es llevado a tierra. Tras ser amamantado por una cierva, lo recoge el pastor Gorgón, quien lo prohija; desde entonces el príncipe vive «con traje pastoril y bajo oficio» (fol. 70v). Ocurre que las tres hijas de Gorgón, Andria, Afrania y Enisa, se enamoran de su hermano adoptivo, pero él rechaza sus pretensiones pues se mantiene fiel al recuerdo de su amada Isabela, ninfa muerta en un fatal accidente. Por otra parte, Gorgón concierta las bodas de su hija Afrania con Vernio, un rico ganadero hispalense, matrimonio que ella aceptará únicamente por la obediencia debida al padre. Sea como sea, la joven pastora sigue enamorada de Abido y se lamenta de su triste situación con estos sentidos versos:

El zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

Enamorome muy mal,
muy mal y con desvarío,
pues que no fue todo mío,
como yo suya, el zagal;
corazón, llorad lo tal,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

Corazón, por quien penáis,
otros penan como vos;
si pedís favor a Dios,
es muy bien que lo pidáis;
mas mirad bien, si miráis,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado.

—¿Pedís parte de su amor?
—No, porque entero lo pido,
que el amor que es dividido
no puede tener vigor.
—Pues cúmpleos buscar favor,
que el zagal pulido, agraciado
mal me ha enamorado[7].

Como podemos apreciar, la pastora se lamenta del mal de amor que la aqueja, pero le duele sobre todo el hecho de la no exclusividad del sentimiento: Afrania sabe que no es la única que pena por Abido, y es consciente también de que «el amor que es dividido / no puede tener vigor» (vv. 19-20), como bellamente expresa en la parte final, dialogada, del villancico. Su acto de entrega amorosa no tiene correspondencia, sufre el desvarío de su amado, y además muchos otros corazones penan como el suyo. La calidad expresiva —emotiva— de estos versos no deja de ser notable, y justifica perfectamente la fortuna que el texto de Arbolanche ha tenido, siendo justamente recogido en diversos repertorios y antologías.


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015, realizada bajo mi dirección. Para el subgénero del villancico, baste remitir al trabajo clásico de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; o al más reciente de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008.

[3] Dejando aparte un soneto laudatorio escrito para la Clara Diana a lo divino de fray Bartolomé Ponce.

[4] Véase sobre todo su excelente trabajo: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[5] González Ollé, estudio preliminar a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, vol. I, p. 104.

[6] González Ollé, estudio preliminar a Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, vol. I, pp. 170-171.

[7] Las Abidas, Libro III, fols. 48r-48v. El estribillo de este villancico fue recogido por José María Alín, en su Cancionero español de tipo tradicional, Madrid, Taurus, 1968, núm. 512, p. 588, y por Margit Frenk, Corpus de la antigua lírica popular hispánica (siglos XV a XVII), Madrid, Castalia, 1987, núm. 275, p. 126; lo reproducen completo José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, vol. I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 1984, núm. 249, pp. 346-347; y Francisco Sierra Urzaiz, «Jerónimo de Arbolanche: poeta tudelano del siglo xvi», Revista del Centro de Estudios Merindad de Tudela, 1, 1989, p. 23. Por mi parte, edité este poema en mi antología Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, pp. 20-21.

Jerónimo Arbolanche y su villancico «Cantaban las aves…»

Jerónimo ArbolancheYa en alguna entrada anterior me había ocupado del escritor Jerónimo Arbolanche[1] (Tudela, hacia 1546-Tudela, 1572) y de su única obra conocida, Los nueve libros de Las Abidas (Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566), que es un largo poema narrativo formado por unos once mil versos (la mayoría de ellos endecasílabos blancos)[2]. Se trata de una pieza que se construye con materiales de muy heterogénea procedencia: en ella se mezclan elementos de la novela pastoril, la bizantina, la caballeresca, el poema mitológico-bucólico, pero se introducen también rasgos épicos, líricos, alegóricos, digresiones eruditas y geográficas, etc. En Las Abidas el escritor navarro reelabora el único mito turdetano que se conserva íntegro a través de la narración de Trogo Pompeyo abreviada por Justino (libro XLIX, cap. IV), la historia de Abido, nacido de la relación incestuosa del rey Gárgoris con su hija. Al nacer el príncipe, el rey ordena arrojarlo al mar, pero es salvado de las aguas por orden del dios Neptuno; amamantado en una cueva por una cierva, Abido es prohijado por el pastor Gorgón y se cría entre pastores en el campo, circunstancia que da pie a la inclusión de numerosos episodios bucólico-sentimentales, que conforman el entramado principal de la obra. El príncipe vive «con traje pastoril y bajo oficio» (fol. 70v) hasta que en el libro noveno se produce la anagnórisis final (posible gracias a unas señales que oportunamente se le hicieron en el brazo al nacer): entonces Abido es reconocido por el rey como hijo suyo y recupera su alta posición y la condición de heredero del trono de Tartesia.

Cabe decir que el del poeta tudelano fue un intento —fallido, ciertamente— en el camino de integración de los distintos géneros y estilos narrativos de la época, intento que culminaría felizmente Cervantes en 1605 (año de publicación de la primera parte del Quijote). Precisamente el ingenio complutense, en su célebre Viaje del Parnaso (1614), presenta a Arbolanche encabezando los ejércitos de los malos poetas que luchan contra los buenos en el asalto al monte Parnaso[3]. El tudelano, ciertamente, no logró la armoniosa integración de todos los materiales insertos en su libro, pero se adelantó cuatro décadas a Cervantes en el empeño. «Un “raro” busca la fama» titulaba González Ollé el capítulo que en 1989 dedicaba a Arbolanche en su Introducción a la historia literaria de Navarra. Sea como sea, este estudioso, al igual que otros críticos, ha puesto de manifiesto la habilidad del escritor tudelano en el manejo del metro corto: «Arbolanche es buen versificador y hasta excelente poeta al emplear versos cortos. La facilidad, frescura y gracia de sus poesías tradicionales lo prueban cumplidamente»[4].

Esas poesías de tono lírico y tema fundamentalmente amoroso se insertan en el contexto de las historias sentimentales —amores, rivalidades, celos, ausencia…— protagonizadas por diversos pastores en Las Abidas. Un magnífico ejemplo de ese buen hacer de Arbolanche en los metros tradicionales de arte menor lo tenemos en el hermoso villancico[5] que comienza «Cantaban las aves…», el cual desarrolla como motivo central la imagen tópica de la herida de amor. El texto se localiza en el Libro V: el eco ha llevado hasta el pastor Pascanio los lamentos amorosos de Abido tras la desgraciada muerte de la ninfa Isabela, de la que se había enamorado súbitamente, y el villancico entonado por Pascanio constituye el comentario de tales quejas de amor. Por lo demás, la sencillez, gracia y musicalidad de estos versos hexasílabos hacen que el texto no requiera mayor comentario. El villancico muestra la simpatía que se establece entre el pastor enamorado que canta sus penas y los elementos de la naturaleza, en este caso las aves (y, en concreto, el ruiseñor), los peces, los robles[6], los ríos, montes, prados y fuentes:

Cantaban las aves
con el buen pastor,
herido de amor.

Si en la primavera
canta el ruiseñor,
también el pastor
que está en la ribera
con herida fiera,
con grande dolor,
herido de amor.

Los peces gemidos
dan allá en la hondura;
el viento murmura
en robres crecidos,
los cuales movidos
siguen al pastor,
herido de amor.

Los claros corrientes,
montes y collados,
praderas y prados,
cristalinas fuentes
estaban pendientes
oyendo el pastor,
herido de amor[7].

Como vemos, todos los elementos de la naturaleza están pendientes de los lamentos de este pastor «herido de amor» (el movidos del v. 15 quiere decir ‘conmovidos, apenados’). Para este motivo, que remite en última instancia al mito de Orfeo (la tristeza de su música, tras la pérdida de su amada Eurídice, logró apenar a ríos, peñas, árboles y fieras), podemos recurrir también al modelo garcilasista, tanto en el soneto XV, «Si quejas y lamentos pueden tanto / que enfrenaron el curso de los ríos…» como en los vv. 197-206 de la Égloga I, en boca de Salicio: «Con mi llorar las piedras enternecen / su natural dureza y la quebrantan…».


[1] Esta entrada forma parte del proyecto de investigación Modelos de vida y cultura en la Navarra de la modernidad temprana, dirigido por Ignacio Arellano, que cuenta con una ayuda de la Fundación Caja Navarra, «Convocatoria de ayudas para la promoción de la Investigación y el Desarrollo 2015», Área de Ciencias Humanas y Sociales.

[2] Para el autor y su obra, hay que remitir sobre todo al monumental trabajo de Fernando González Ollé: Jerónimo Arbolanche, Las Abidas, Madrid, CSIC, 1969-1972, 2 vols., que incluye el estudio y la edición facsimilar de la obra, además de un vocabulario y notas.

[3] Ver Cervantes, Viaje del Parnaso, ed. y comentarios de Miguel Herrero García, Madrid, CSIC, 1983, VII, vv. 91-93 y 178-183.

[4] Fernando González Ollé, Introducción a la historia literaria de Navarra, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1989, p. 96. Marcelino Menéndez Pelayo, Orígenes de la novela, vol. II, Novelas sentimental, bizantina, histórica y pastoril, Madrid / Santander, CSIC / Aldus, 1943, p. 164, calificaba los versos cortos de Arbolanche como «fáciles, melodiosos y de apacible sencillez»; José Ramón Castro, Autores e impresos tudelanos. Siglos XV-XX, Madrid / Pamplona, CSIC / Institución «Príncipe de Viana», 1964, p. 43a, afirmaba que «tienen una dulzura, sentimientos y armonía que en nada envidian a lo mejor de Jorge de Montemayor»; y ya antes Rodolfo Schevill y Adolfo Bonilla, en su edición del cervantino Viaje del Parnaso, Madrid, Gráficas Reunidas, 1922, pp. 188-189, habían dejado escrito: «No es Arbolanche poeta despreciable, a pesar de las burlas de Cervantes, del canónigo sevillano Pacheco y de otros (como Villalba y Estaña, en su Pelegrino curioso)».

[5] En su tesis doctoral Elementos líricos en «Las Abidas» (1566) de Jerónimo Arbolanche, Pamplona, Universidad de Navarra, 2015 (realizada bajo mi dirección), María Francisca Pascual Fernández localiza y estudia un total de 26 villancicos en la obra. Para el subgénero del villancico, baste remitir al trabajo clásico de Antonio Sánchez Romeralo, El villancico. Estudios sobre la lírica popular en los siglos XV y XVI, Madrid, Gredos, 1969; o al más reciente de Isabella Tomassetti, Mil cosas tiene el amor. El villancico cortés entre Edad Media y Renacimiento, Kassel, Reichenberger, 2008.

[6] En el v. 14, robres es disimilación por robles; en cuanto a la concordancia claros corrientes del v. 18, en modo alguno resulta extraña en la lengua clásica.

[7] Las Abidas, Zaragoza, en casa de Juan Millán, 1566, fols. 92v-93v. El texto ha quedado recogido en diversos repertorios y antologías, por ejemplo en José María Alín, Cancionero español de tipo tradicional, Madrid, Taurus, 1968, núm. 510, pp. 587-588; y en José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, vol. I, Renacimiento, 3.ª ed., Madrid, Castalia, 1984, núm. 250, p. 347. Por mi parte, lo incluí en mi libro Poetas navarros del Siglo de Oro, Pamplona, Fundación Diario de Navarra, 2003, p. 22. Un detallado comentario de este poema puede verse en María Francisca Pascual Fernández, «Jerónimo de Arbolanche: el pastor herido de amor», en Carlos Mata Induráin, Adrián J. Sáez y Ana Zúñiga Lacruz (eds.), «Festina lente». Actas del II Congreso Internacional «Jóvenes Investigadores Siglo de Oro» (JISO 2012), Pamplona, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Navarra, 2013, pp. 363-375.

Los «Cuentos de vacaciones» de Ramón y Cajal: valoración final

Cuentos de vacaciones, de Ramón y CajalEn todos los relatos de Ramón y Cajal incluidos en Cuentos de vacaciones (Madrid, Imprenta de Fortanet, 1905[1]), que he ido examinando en sucesivas entradas, apenas hay acción. Con frecuencia la narración se convierte en mero vehículo para la exposición de ideas y temas próximos al ensayo, con notas que consiguen literaturizarla vagamente. Los personajes encarnan ideas, son portavoces de una tesis y, a veces, encuentran la antítesis encarnada en otro personaje. Los contenidos se expresan a través de continuas digresiones y largos parlamentos, que entorpecen el normal desarrollo de la acción narrativa. El común denominador de los pensamientos del autor así transmitidos es una visión optimista de la ciencia y una defensa de lo racional (frente a creencias irracionales y supercherías religiosas), que debe iluminar y hacer avanzar al hombre y a la sociedad. Ese objetivo quizá no se logre en un plazo de tiempo corto, pero Ramón y Cajal manifiesta su confianza de que se alcanzará en el porvenir.

El rasgo estilístico más destacado sería el empleo de una onomástica y toponimia elocuentes: el conflictivo pueblo donde el fabricante de honradez quiere experimentar su vacuna moral es Villabronca; ese hipnólogo, que tiene grandes proyectos, se llama Alejandro Mirahonda (y es Mirahonda, también, por ser hipnólogo); las localidades donde vive el hidalgo padre de Inés, en «La casa maldita», son Rivalta y Villaencumbrada; el hombre natural del último relato, con grandes ideales, se apellida Miralta, en tanto que su amigo tradicionalista tiene el pomposo y significativo nombre de don Esperaindeo Carcabuey; un sacerdote que escudriña en las conciencias de sus parroquianos se llama Padre Zahorí, etc.

Ciertamente, la calidad de estas cinco narraciones no es demasiado alta, pero sin duda ofrecen un considerable interés: estos relatos, además de ser las distracciones literarias de un excepcional hombre de ciencia, nos revelan algunas de las ideas nucleares de su pensamiento, manifestadas a través de la expresión literaria, que —una vez más— mezcla «lo útil» de la enseñanza (contenido) con «lo dulce» del envoltorio (forma), según el desideratum clásico del «deleitar aprovechando» (el horaciano delectare et prodesse). Y es que, como tantos otros médicos humanistas, don Santiago Ramón y Cajal también sintió la seductora atracción de la literatura y quiso utilizarla ancilarmente como vehículo de su ideario.Ciencia yCienci


[1] Hay varias ediciones modernas. Manejo la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El hombre natural y el hombre artificial»

El quinto y último relato de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal es «El hombre natural y el hombre artificial» (pp. 207-289), que refiere en su primera parte el encuentro en París de Jaime Miralta, ingeniero español, y don Esperaindeo Carcabuey, barón del Vellocino, que ha sido educado en «el veneno de la intransigencia religiosa» (p. 209). Nótese la onomástica elocuente al nombrar a los personajes, como sucede en otros relatos del volumen. Carcabuey pide ayuda a su amigo, porque se considera un «no yo», «una pobre víctima de la mala educación» (p. 209), un hombre artificial, sumamente dócil, que execra la razón: «católico por sugestión y costumbre, ultramontano por imposición, procaz e intemperante por imitación y orador retórico y florido por recetas» (p. 217).

Santiago Ramón y CajalPara ayudarle a salir del error y el parasitismo, en la segunda parte Jaime le resume su vida —con claras reminiscencias autobiográficas del autor—, que le servirá como lección y camino: hijo de campesinos, trabajó desde joven como zagal, en el campo. «Desde entonces —explica— mi vida y mi pensamiento se modelaron con la bravía Naturaleza» (p. 237). Ya de niño sintió el afán de la ciencia, de la búsqueda de la verdad. El maestro, que vio sus buenas disposiciones, le enseñó a explorar la realidad, inculcándole el gusto por la Naturaleza; con su observación, la memoria organizada y el espíritu crítico se fueron desarrollando en él. El maestro le da varios consejos: «Sé, no los demás»; «Jamás olvides que tus talentos no valen sino por la sociedad y para la sociedad»; «Esculpe tu cerebro, el único tesoro que posees». Aunque ello le supone renunciar a la pensión que cobra, abandona sus estudios en el Seminario, dominados por «las tinieblas de la teología dogmática», y se convierte en un self made man: cursa la carrera de Ingeniero y la de Ciencias; emprende trabajos científicos e inventa varias máquinas eléctricas y radiográficas (en España no le harán caso, pero sí en París, aunque no por ello dejará de amar a su patria). Jaime cree en la inmortalidad a través de las ideas y desea «ensanchar la geografía moral de la raza» (p. 286). Esperaindeo acepta el cargo de secretario que le ofrece Jaime, quien vive recogido «en la tranquila playa de la ciencia y de la industria». Y concluye el relato con un mensaje esperanzador para el futuro:

Laboremos, pues, en él [el mundo de la ciencia], puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante, cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu (p. 289).


[1] Cito por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

Ramón y Cajal, cuentista: «El pesimista corregido»

Santiago Ramón y CajalEl protagonista del cuarto de los Cuentos de vacaciones (1905)[1] de Santiago Ramón y Cajal, «El pesimista corregido» (pp. 152-206), es el doctor Juan Fernández, un pesimista y misántropo incorregible, de veintiocho años, que vive solo con su ama de llaves. Juan siente asco de la vida y despego de la sociedad; lee a Nietzsche, Schopenhauer y Gracián; para él la vida es «una broma pesada y sin gracia dada por la Naturaleza sin saber por qué ni para qué» (p. 153); tiene pocos amigos y pocas ilusiones. En realidad, hay varios motivos para su pesimismo: es huérfano, está enfermo de tifoidea, ha fracasado en las oposiciones a varias cátedras de Madrid. Además, ahora su novia Elvira se muestra esquiva con él. En suma, Juan se siente derrotado en cuerpo y alma.

Un día se le aparece un anciano, un genio, que es el numen de la ciencia; más que dialogar, los dos intercambian largas tiradas de prosa, disertando sobre Dios, la naturaleza, el hombre…: el dolor y la muerte impulsan la evolución; la ciencia no puede agotar los dominios de la vida; el cerebro y la retina son «las dos más valiosas joyas de la creación» (p. 169). El genio le concede ver todo amplificado, como si sus ojos fuesen potentes microscopios, durante un año. Merced a esta curiosa experiencia, que le ayuda a relativizar todos los hechos y circunstancias, Juan queda curado de su pesimismo y se convence de que la vida es digna de ser vivida. Pasan dos años más y es un hombre distinto, al lado de Elvira. «Y se casaron, siendo felices. Y cuentan las crónicas que el genio de la especie no tuvo motivo de arrepentirse al contemplar, años después, la hermosa y robusta prole» (p. 206).


[1] Citaré por la 4.ª ed., Madrid, Espasa Calpe, 1955.

El «Villancico cruel a un subnormal no nacido» de Víctor Manuel Arbeloa

(Dedico la entrada de hoy a la familia Borda-Montes,
y de forma muy especial a la «Nana» Ana Isabel,
con todo cariño.)

(Y a todos los inocentes, con o sin Síndrome de Down,
a los que los Herodes de turno no les dejaron nacer.)

Como queda recogido en algunas otras entradas de este blog, Víctor Manuel Arbeloa (nacido en Mañeru, Navarra, en 1936) es uno de los escritores españoles que con más asiduidad ha tratado en sus versos el tema de la Navidad, y además se ha acercado al mismo en calidad de estudioso. Para este 28 de diciembre, día de los Santos Inocentes, y fiesta también de la Sagrada Familia, copiaré su «Villancico cruel a un subnormal no nacido»[1], que ilustro con la postal de esta Navidad de la Asociación Síndrome de Down Navarra:

Postal de la Asociación Síndrome de Down Navarra 2014

Que vienes a una vida
que es media muerte.
Que la muerte es la vía
de renacerte.

No vengas a esta vida,
mi niño; vuelve
a la sombra y al cielo
del no saberte.

No vengas a este mundo
negro, inclemente.
Vuelve a ese limbo blanco
del que desciendes.

No vengas, que en la noche
no hay luna verde
que te alumbre los sueños
que se te pierden.

No verás quién te mira
sólo, sin verte.
Ni sabrás quién te besa
porque te quiere.

No entenderás la risa
de flor y nieve,
ni el fuego de las lágrimas
que por ti crece.

Nadie sabrá tu idioma
extraterrestre.
Ni entenderás la lengua
de tus juguetes.

No vengas a esta vida;
pero, si vienes,
trae una cuna blanda
de lunas verdes.
Trae un pañal de rosas
y de cipreses.

Que vienes a una vida
que es media muerte.
Que la muerte es la vía
de renacerte[2].


[1] El adjetivo subnormal resulta hoy «políticamente incorrecto». En cualquier caso, hay que tener en cuenta que Arbeloa publicó su libro Nanas a un niño subnormal en los años 70 de la pasada centuria (Pamplona, Gómez, 1973). Del mismo año 1973 es la «Nana para dormir a un subnormal», con letra de otro Víctor Manuel (Víctor Manuel San José), cantada por Ana Belén, e incluida en su disco Tierra. Casualmente, Álex Grijelmo dedica hoy su sección «La punta de la lengua», en El País Domingo (p. 12), a este vocablo, «Subnormal».

[2] Tomo el texto de la antología Porque esta noche el Amor. Poesía navideña del siglo XX, introducción y selección de poemas por Miguel de Santiago y Juan Polo Laso, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 1997, pp. 255-257.