Características literarias del Romanticismo en España

Los principales rasgos del movimiento literario romántico son:

1) Subjetivismo: cobra importancia el yo del autor (elevado a la categoría de genio creador) y también el yo del personaje protagonista.

2) Sentimentalidad: se pone en primer plano la comunicación del sentimiento, se busca la expresión de la interioridad de los personajes, que en ocasiones es trasunto de la propia personalidad del autor.

3) Relación entre sentimiento y paisaje: muchas veces la naturaleza se identifica con el personaje; la descripción de los elementos del paisaje está en situación de paralelismo (o de contraste) con el estado anímico del protagonista.

Leonardo Alenza, Sátira del suicidio romántico

4) Actitud evasionista: el autor romántico desea escapar de la realidad del mundo en que vive, que le parece vulgar y prosaica. De ahí que sean recurrentes los temas exóticos. En las obras se busca una lejanía que puede ser espacial (Oriente, India, Japón…) o temporal (sobre todo, la Edad Media y, en menor medida, el Siglo de Oro).

5) Énfasis de lo nacional: la vuelta a la Edad Media supone muchas veces una mirada al pasado nacional.

Se ensalzan las viejas glorias históricas, los hechos más famosos, las tradiciones patrias (novela histórica, baladas…).

La literatura se tiñe de patriotismo y se pone, a veces, al servicio de una determinada causa ideológica (de sentido liberal o conservador). No olvidemos que en el siglo XIX asistimos al auge de los nacionalismos y los regionalismos en Europa.

—Lo mismo sucede en Hispanoamérica, donde la literatura pasa a ser expresión de la sociedad y voz de las nacientes repúblicas independientes.

6) Rechazo de las normas neoclásicas: los tratadistas del siglo XVIII habían impuesto el respeto a las reglas como principal piedra de toque para determinar la calidad de una obra literaria: lo que se ajustaba a esas reglas, al «buen gusto» literario, era correcto y de mayor valor.

—En cambio, el Romanticismo proclama la libertad del autor para expresarse sin ningún sometimiento a las normas dictadas por las preceptivas.

—La libertad es total, de ahí que a veces se difuminen las fronteras entre los géneros literarios (mezcla de prosa y verso, combinación en la misma obra de elementos narrativos y dramáticos, trágicos y cómicos, etc.).

—Es manifiesto el gusto por los contrastes.

7) Preferencia por los personajes marginales: los protagonistas de las obras románticas suelen ser personajes al margen de la sociedad, que rompen por completo con sus leyes y convenciones; de esta forma,

los antihéroes se convierten en héroes: el bandido, el pirata, el cosaco, el mendigo, el verdugo, el reo de muerte, la prostituta, etc. Las canciones de Espronceda nos ofrecen un buen repertorio de estos nuevos héroes románticos.

8) Ambientes y motivos románticos: hay algunos escenarios y motivos típicamente románticos, como

—la noche, la luna;

—los cementerios, los sepulcros, las ruinas;

—las tormentas, los huracanes, la fuerza desatada de la naturaleza;

—atmósferas misteriosas, elementos fantásticos y de terror gótico.

9) Carácter tópico. Las obras románticas se construyen con personajes y estructuras que tienen mucho de clichés repetidos, los cuales resultan intercambiables de unas piezas a otras.

—Tanto en novela como en teatro, el universo de los personajes se divide maniqueamente en buenos y malos (héroes / villanos). Los protagonistas son tipos simbólicos sin demasiada profundidad psicológica.

—Los autores manejan unos recursos también tópicos en la construcción de la intriga para mantener el interés del lector o del espectador.

10) Énfasis de la expresividad: el estilo de las obras románticas es grandilocuente y retórico. Por ejemplo:

—abundan los vocablos sonoros y altisonantes, con especial preferencia por los esdrújulos: cárdeno, lóbrego, lúgubre, mísero;

— son frecuentes los adjetivos epítetos;

—se da importancia al ornato retórico de la obra: exclamaciones, interrogaciones retóricas, reticencias, y en general, todos los recursos estilísticos;

polimetría (se usa una gran variedad de versos, de arte mayor y menor, para conseguir distintos efectos expresivos)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Breve cronología del Romanticismo en España

La crítica ha discutido mucho sobre la duración y la trascendencia del Romanticismo en España. Para Russell P. Sebold, el Romanticismo surge en fechas muy tempranas, hacia los años 70 del siglo XVIII. Representantes de ese primer Romanticismo serían José de Cadalso con su relato titulado Noches lúgubres (escrito en 1771) o Melchor Gaspar de Jovellanos con su comedia lacrimosa El delincuente honrado (estrenada en 1774). Según sus teorías, habría todo un siglo romántico, que se prolongaría, aproximadamente, desde 1770 hasta 1870 (con los post-románticos Bécquer y Rosalía de Castro). En cambio, para otros autores, como Edgar A. Peers, el Romanticismo en España es un fruto muy tardío (su triunfo se produce hacia 1833-1834), su plenitud es muy breve (dura unos pocos años), carece de un fundamento teórico-ideológico profundo, es más bien superficial (imita los rasgos más externos del Romanticismo europeo) y no produce resultados especialmente brillantes.

 

En el caso de Hispanoamérica, el apogeo romántico se da más tardíamente que en España, entre los años 1840 y 1890.

Peers_Romanticismo

Sea como sea, lo que sí está claro es que el triunfo del Romanticismo en España se vio retrasado por las adversas circunstancias históricas y políticas: por un lado, el miedo a la Revolución Francesa hizo que durante años las fronteras se cerrasen y se pusieran obstáculos a la difusión de libros e ideas procedentes de Europa; por otra parte, la guerra de la Independencia (1808-1814) interrumpió bruscamente la actividad artística y el cultivo de las letras; después, el turbulento reinado de Fernando VII, con las continuas luchas políticas de absolutistas y liberales en el periodo 1814-1833, resultó fatal para la creación literaria e impidió el normal desarrollo de la vida cultural: existía una férrea censura y muchos escritores fueron encarcelados (Quintana, Gallego, Martínez de la Rosa…) o tuvieron que marchar al exilio.

Uno de los géneros triunfantes en el Romanticismo español será la novela, concretamente la novela histórica, con títulos importantes publicados entre 1834 y 1844 (la moda seguiría varias décadas más, pero ya con menos calidad literaria: novela de aventuras históricas, folletines, etc.). Pero el camino que tuvo que recorrer fue muy largo. Recuérdese que en el siglo XVIII se produjo un gran vacío novelesco —matizado por la crítica reciente— y que el periodo 1800-1830 produjo imitaciones y traducciones más que obras originales. Así lo expresa este pasaje de una novela de Benito Pérez Galdós:

En esto de novelas andamos tan descaminados, que después de haber producido España la matriz de todas las novelas del mundo y el más entretenido libro que ha escrito humana pluma, ahora no acierta a componer una que sea mayor que el tamaño de un cañamón, y traduce esas lloronas historias francesas, donde todo se vuelve amores entre dos que se quieren mucho durante todo el libro, para luego salir con la patochada de que son hermanos» (Napoleón en Chamartín, capítulo VII).

Además de sufrir la censura aplastante que señalábamos, el género novelesco se vio atacado en varios frentes. Ya en 1799 el Gobierno había intentado suprimir la publicación de novelas. El desprestigio de la narrativa era doble: por un lado, en el terreno de la moral, se pensaba que era un género dañino, corruptor de las costumbres y especialmente peligroso para los jóvenes; desde el punto de vista de la preceptiva, se consideraba un género menor, muy poco apreciado. La recuperación fue muy lenta, y a ella contribuyeron distintas iniciativas, como la «Colección de Novelas» (1816). Interesa destacar que, en los años 30, muchos españoles se educarían para la lectura con las novelas históricas románticas, y en esta circunstancia sociológica, más que en su calidad literaria, estriba su verdadero valor.

Por otra parte, hemos de considerar que el Romanticismo no surge de repente, sino que hay una etapa de transición entre la Ilustración dieciochesca y el nuevo estilo que triunfará en los años 30 del nuevo siglo. Efectivamente, los últimos poetas del XVIII que cronológicamente pasan también al XIX (Cienfuegos, Quintana…), aun cuando conservan técnicas neoclásicas, muestran una ideología política liberal más o menos radical que apunta al nuevo movimiento. Otro nombre que debemos recordar es el de Alberto Lista (1775-1848), en su juventud liberal avanzado, luego afrancesado, quien pasará (como Mora) desde posiciones neoclásicas a un tibio Romanticismo muy limitado.

No siempre resulta fácil diferenciar a los escritores románticos de los no románticos. Sus posiciones son muy variadas, e incluso se dan en ellos contradicciones entre la actitud política y sus posicionamientos estéticos (e incluso, en el terreno literario, a veces difieren sus ideas teóricas y su práctica). Así, nos encontramos con autores que todavía pueden ser considerados neoclásicos (Bretón de los Herreros); otros cuyas obras presentan rasgos eclécticos, neoclásicos y románticos (Martínez de la Rosa, Larra); hay algunos neoclásicos en sus comienzos que se pasan, a veces con matices, al Romanticismo (el duque de Rivas, Espronceda); otros plenamente románticos (Gil y Carrasco, García Gutiérrez, Hartzenbusch, Zorrilla, Navarro Villoslada…); y, en fin, los costumbristas (Mesonero Romanos, Estébanez Calderón).

Desde otro punto de vista, se ha señalado la existencia de dos tipos de Romanticismo: el Romanticismo tradicional (cristiano, nacional), que está representado por Schlegel, Novalis, Scott, Chateaubriand, y en España por Böhl de Faber, el duque de Rivas, Zorrilla o Navarro Villoslada; y el Romanticismo liberal, cuyos paladines son lord Byron, Victor Hugo, Alejandro Dumas, Alfredo de Vigny y, entre los españoles, Espronceda, Gil de Zárate o Hartzenbusch.

Como ya señalamos, el triunfo pleno del Romanticismo se produce hacia el año 1834, que ha sido considerado por la crítica como un annus mirabilis dada la acumulación de importantes publicaciones y estrenos: La conjuración de Venecia, de Martínez de la Rosa; Macías y El doncel de don Enrique el Doliente, de Larra; El moro expósito, del duque de Rivas.

En los años siguientes podemos destacar los siguientes títulos:

  • 1835 Don Álvaro o la fuerza del sino, del duque de Rivas.
  • 1836 El trovador, de García Gutiérrez.
  • 1837 Los amantes de Teruel, de Hartzenbusch.
  • 1840 Poesías, de Espronceda.
  • 1841 Romances históricos, del Duque de Rivas; Cantos del trovador, de Zorrilla.
  • 1844 Don Juan Tenorio, de Zorrilla; El señor de Bembibre, de Gil y Carrasco[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

La introducción del Romanticismo en España (y 2)

Al hablar de la introducción del Romanticismo en España debemos recordar algunos otros factores y circunstancias:

  • La polémica entre Böhl de Faber y Mora (desarrollada en los años 1814 y 1818). La discusión se establece en septiembre de 1814 a propósito del teatro calderoniano y las tres unidades. Juan Nicolás Böhl de Faber, cónsul alemán en Cádiz, publica en El Mercurio gaditano un artículo en el que defiende a Calderón y hace una apología de la libertad del dramaturgo. Con el seudónimo Mirtilo gaditano, le replica en el mismo periódico su amigo José Joaquín de Mora, que es partidario de la tendencia neoclásica y, por tanto, de las normas y las unidades. Böhl de Faber, buen conocedor de la literatura española, sostiene unas ideas similares a las de los hermanos Schlegel: identifica Romanticismo con la corriente literaria tradicional española que arranca de la Edad Media (lo popular, lo heroico, lo monárquico…), pasa por el Siglo de Oro (Calderón y el teatro áureo…) y llega hasta el siglo XIX. Para él, hay toda una tradición romántica continuada, y las notas más destacadas de ese romanticismo trans-histórico serían el carácter medievalizante y el catolicismo. En cambio, para Mora el Romanticismo debe ser un movimiento actual, de su siglo.
  • La revista El Europeo (publicada en Barcelona desde octubre de 1823 hasta abril de 1824) es igualmente importante para la difusión del Romanticismo en España. Fue fundada por Luis Monteggia, Buenaventura Carlos Aribau y Ramón López Soler, autores que también vuelven la vista a la Edad Media y los valores del cristianismo. Sus modelos son Chateaubriand, Manzoni y Scott. De hecho, López Soler imita (parafraseando e incluso traduciendo algunos fragmentos) las novelas históricas de este último en Los bandos de Castilla o El caballero del Cisne (1830), cuyo prólogo se ha considerado uno de los primeros manifiestos del Romanticismo en España.
  • La figura de Agustín Durán (1793-1862). Este erudito publicó en 1828 un estudio sobre el teatro español con este significativo título: Discurso sobre el influjo que ha tenido la crítica moderna en la decadencia del teatro antiguo español y sobre el modo con que debe ser considerado para juzgar convenientemente de su mérito peculiar. Como Böhl de Faber, Durán defiende el teatro nacional del Siglo de Oro y la libertad creadora de los dramaturgos, frente a la incomprensión que sintió por él la crítica neoclásica del XVIII. Durán debe ser recordado además por su ingente labor de recopilación y publicación, en dos tomos, del Romancero general (1828-1832), nueva muestra del interés de la época por los temas medievales.
  • Otros manifiestos románticos. El primer escritor que propone un intento de definición del movimiento romántico es Antonio Alcalá Galiano, autor del famoso prólogo a El moro expósito (1833) del duque de Rivas, que se considera uno de los principales manifiestos del Romanticismo español. Efectivamente, en él se plantea qué es y cómo debe entenderse el Romanticismo. Para Alcalá Galiano, se trata de un movimiento actual, propio del siglo XIX, y la piedra de toque la constituyen los modelos extranjeros, sobre todo lord Byron, Víctor Hugo y Alejandro Dumas. Por otra parte, la «Canción del pirata» de Espronceda (publicada en 1835) vendría a ser el manifiesto lírico del Romanticismo español.

ElMoroExposito

  • Las influencias extranjeras. Los autores más significativos son: en Alemania, Johann Wolfgang Goethe (1749-1832), con dos obras fundamentales, Werther y Fausto; y también Schlegel, Schiller, Heine…; en Inglaterra, MacPherson (creador de los poemas de Ossian), Young, Richardson, Goldsmith, Radcliffe, Scott, lord Byron…; y en Francia, Gautier, Merimée, Dumas padre, Victor Hugo, Delavigne, el vizconde d’Arlincourt
  • El regreso de los exiliados en 1834. Factor importantísimo en la difusión del Romanticismo es la influencia que ejercen a su vuelta a España los escritores exiliados (principalmente en Francia e Inglaterra) tales como Espronceda o el duque de Rivas. Estos habían leído a los escritores románticos europeos que acabamos de citar, e incluso tuvieron ocasión de entrar en contacto con algunos de ellos. A su regreso tras las amnistías políticas de 1833-1834, difunden en España la nueva estética. De esta forma, asistimos al triunfo simultáneo del liberalismo (en política) y del Romanticismo (en literatura). Los años que van de 1834 a 1844 constituyen la gran década del movimiento romántico español. Se da un cambio en las formas literarias, en la sensibilidad, en la actitud frente a la condición humana: en definitiva, una nueva visión de la vida. Triunfa el drama romántico y se acentúa la moda de la novela histórica a la manera de Walter Scott.
  • La abundancia de tertulias y sociedades: las nuevas ideas literarias circulan en los lugares de encuentro de los escritores, que son, entre otros, El Parnasillo, el Ateneo de Madrid y el Liceo Artístico y Literario.
  • La aparición de revistas importantes: podemos destacar El Artista (1835-1836) y No me olvides (1837-1838).
  • En fin, no olvidemos que surgen en contra diversas arremetidas antirrománticas, como el famoso artículo satírico y caricaturesco «El Romanticismo y los románticos» (1837), de Mesonero Romanos[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

La introducción del Romanticismo en España (1)

El primer movimiento literario clave del siglo XIX es el Romanticismo, que se extiende, grosso modo, hasta mitad de siglo . En la segunda mitad se impondrá el Realismo (que, llevado a sus últimas consecuencias, desembocará en el Naturalismo).

La palabra romántico es de uso bastante tardío; la primera documentación de su empleo en España corresponde al año 1818. Antes se utilizaba el término romancesco, aplicado a situaciones, escenas o escritos que se consideraban ‘extravagantes, extraños, exagerados, exóticos’. En 1823 Stendhal acuña la palabra Romantisme, y también romantique, con el significado de ‘novelesco’. En inglés se usa romantic en el sentido de ‘pintoresco, sentimental’ y en alemán romantich para designar lo ‘anticlásico’.

Romanticismo

El Romanticismo supone una reacción contra el racionalismo del siglo XVIII. En Inglaterra, Francia y Alemania, se llega a la conclusión de que la pura razón no basta para explicar el mundo, las artes, las ciencias:

  • Se da más importancia ahora a la fantasía, a la imaginación y a las fuerzas irracionales del espíritu.
  • Se escriben obras menos «acabadas», menos perfectas desde el punto de vista formal, pero más íntimas, más subjetivas.
  • Se predica la libertad máxima (tanto en el terreno político como en lo artístico). Un buen ejemplo lo tenemos en Espronceda, cuyos héroes gritan al viento que son absolutamente libres (baste recordar su célebre «Canción del pirata»).
  • Los viajeros extranjeros consideran a España un país romántico. Para los hermanos Schlegel (Augusto y Federico), el romanticismo del siglo XIX es el mismo romanticismo de Calderón; por ello, en la génesis de este nuevo rebrote hay que situar la influencia de la tradición literaria española (el Romancero, el Quijote y todo el «desarreglado» teatro áureo, que es un teatro en libertad)[1].


[1] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

El Romanticismo en España: algunos datos históricos

En 1808 —año en que José de Espronceda el más destacado poeta romántico español— viene al mundo, en España está a punto de comenzar la guerra de la Independencia: este conflicto bélico, que tuvo como objetivo expulsar a las tropas napoleónicas invasoras de la península, fue el primero de los muchos que protagonizaría España durante el siglo XIX: a este debemos sumar las continuas luchas entre absolutistas y liberales, los movimientos de Independencia de los territorios americanos, las sucesivas guerras carlistas (especialmente en los años 30 y en los 70) o la guerra de Marruecos, hasta culminar el siglo con el Desastre de 1898, que supuso la pérdida de los últimos restos del imperio colonial (Cuba, Puerto Rico y Filipinas).

Todo el siglo XIX español (y en concreto su primera mitad) se encuentra marcado por una fuerte agitación política y literaria. En política se asiste a una prolongada confrontación entre conservadores (partidarios del absolutismo y el Antiguo Régimen) y liberales (progresistas que abogan por un nuevo modelo de Estado y de sociedad). Algo similar sucede en literatura, con la lucha entre Clasicismo y Romanticismo. En este sentido, interesa destacar que el triunfo del liberalismo en política viene a coincidir con el triunfo del Romanticismo en literatura, en los años 30 de la centuria. Triunfo que no es pleno, pues en esos años las tendencias neoclásicas e ilustradas seguirán vigentes; y si bien hay autores que, tras unos comienzos neoclásicos, evolucionarían hasta postulados románticos, en muchos otros se impone el eclecticismo o mezcla de características de ambas tendencias literarias.

Los poetas contemporáneos (1846), de Antonio María Esquivel

Recordaremos a continuación, de forma esquemática, los hitos esenciales que jalonan el acontecer histórico-político en España en la primera mitad de siglo[1]:

  • 1808-1814 Guerra de la Independencia. En 1812, los liberales proclaman en las Cortes de Cádiz una Constitución muy progresista para la época: derechos individuales frente al Estado, libertad de conciencia, de reunión y de expresión, etc.
  • 1814 Regreso de Fernando VII. Inicio de la época absolutista de su reinado (1814-1820).
  • 1820 Pronunciamiento del general liberal Riego.
  • 1820-1823 Trienio Liberal.
  • 1823-1833 La «Ominosa década», con la vuelta al absolutismo fernandino más radical. El año 1824, con la batalla de Ayacucho, marca el final de la dominación española en América.
  • 1833 Tras la muerte de Fernando VII, comienza la primera guerra carlista (que enfrenta a los absolutistas, partidarios de Carlos María Isidro de Borbón, Carlos V, hermano de Fernando VII, con los liberales, que apoyan a la infanta niña Isabel), que durará hasta 1839. Se inicia el reinado de Isabel II, con la regencia de María Cristina, dada su minoría de edad.
  • 1834-1836 Ataques y asaltos a conventos. Disolución de las órdenes religiosas. Leyes desamortizadoras de los bienes de la Iglesia propuestas por Mendizábal.
  • 1837 Nueva Constitución liberal.
  • 1839 Abrazo de Vergara entre Espartero y Maroto, que pone fin a la guerra en el norte.
  • 1843 Fin de la regencia de Espartero. Con catorce años, Isabel II es declarada mayor de edad[2].


[1] Los datos políticos correspondientes a esta época pueden verse de forma más completa en Mariano José de Larra, Artículos. Antología, edición a cargo de Gabriel Insausti, Madrid, Cooperación Editorial, 2002 (col. Clásicos Populares, 2), pp. 8-24.

[2] Esta entrada está extractada de la introducción a José de Espronceda, El estudiante de Salamanca, ed. de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, Madrid, Cooperación Editorial, 2005 (col. Clásicos Populares, 14). Considérese, por tanto, el texto como coautoría de Insúa y Mata.

Otros elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Son varios los elementos de intriga de menor importancia utilizados por el novelista, Francisco Navarro Villoslada[1]. Me limitaré ahora a una breve enumeración de algunos de ellos, comenzando por el juicio de Dios, al que Gundesindo Gelmírez ha desafiado a don Ataúlfo, para determinar su culpabilidad en el ataque a los peregrinos. Este episodio da lugar a varios equívocos porque, aunque al rico-hombre le gustaría matar al hermano del obispo, considera que sería rebajarse demasiado medir sus armas con las del vílico de la ciudad. Por ello decide primero que sea su escudero Rui Pérez quien pelee en su nombre; pero, al ver que su estatura y complexión física son similares, decide no privarse del placer de matar a un Gelmírez, y se presenta al juicio de Dios, pero ocultando su personalidad, con el vestido y armas de Rui Pérez. Es entonces Gundesindo quien se niega a combatir con el supuesto escudero: él solo combatirá con don Ataúlfo en persona, y brinda el combate a cualquiera de sus servidores. Un desconocido, que resultará ser Ramiro, es quien acepta el reto de su señor, y derriba a su contrario. Solo entonces se descubre que no se trata de Rui Pérez, sino del propio don Ataúlfo.

Torneo

La carta del príncipe Alfonso al obispo perdida y recuperada varias veces; la mención de puertas, salidas, escaleras y pasadizos falsos; la rivalidad de Ramiro y don Ataúlfo; el matrimonio secreto de doña Elvira y don Bermudo, etc. constituyen otros tantos recursos de intriga. Cabe añadir el empleo del fuego para crear incidentes dramáticos: una de las escenas culminantes de la novela es la del incendio del castillo de Altamira, provocado por la desesperación de don Ataúlfo al verse rodeado de enemigos y sin posibilidad alguna de defensa:

Las llamas brotaban ya del pavimento y tenían cercada la torre, excepto por la fachada principal. Ataúlfo y la nodriza subieron al terrado y vieron arder el edificio por los cuatro costados; el humo, como el negro penacho de Luzbel, ondeaba cubriendo la mitad de los cielos; parecía que debajo rebramaba el huracán y azotaba el rostro con llamas ligeras, ráfagas sutiles del incendio, invisibles a la luz del mediodía[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

La superstición en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

La superstición, como es habitual en la novela histórica romántica española, ocupa un lugar muy importante en esta obra de Francisco Navarro Villoslada[1]: por ejemplo, en el capítulo I del Libro II, cuando somos testigos del miedo que causan a la asustadiza Odoaria sus creencias en brujos y duendes. La superstición rodea también el castillo de Altamira, que será escenario de uno de los momentos culminantes de la obra; un halo de misterio y de maldad parece existir a su alrededor, como si pesara sobre él una extraña maldición que afecta a todos sus moradores, desde los criados a Constanza de Monforte, la primera esposa de don Ataúlfo, envolviéndolos en una atmósfera de tristeza y languidez.

Una superstición muy importante es la que afecta al propio don Ataúlfo el Terrible; él mismo se la explica a su escudero Rui Pérez:

—La bruja Gontroda me tiene pronosticado que el día en que cualquiera muriese por mi mano o por orden mía, a no ser en el juicio de Dios o batalla, habría de ser el fin de mi vida.

Él ha respetado siempre esta creencia (de ahí que no matase a su hermano para usurpar sus estados, sino que lo haya mantenido encerrado durante veinte años); se trata en realidad de una superchería creada por su padre y por Gontroda para contener los «sanguinarios y crueles ímpetus» que ambos advirtieron en el joven Ataúlfo. Solo al final se da cuenta de que todo este «famoso embolismo de juramentos, amenazas, profecías y adivinanzas» no era más que una invención; sin embargo, el pronóstico se cumple al final, y don Ataúlfo muere —la «justicia poética» así lo exige— el primer día en que se hace reo de homicidio, cuando ordena la muerte de sus dos prisioneros.

Gontroda es el personaje que encarna en esta novela el papel de hechicera (en realidad, solo supuesta hechicera), tan habitual en la novela histórica romántica española; su aspecto y su extraño comportamiento la convierten a los ojos de los criados de Altamira en una bruja con misteriosos poderes.

Hechicera

Otro elemento de superstición que Navarro Villoslada sabe aprovechar con acierto es el temor de que la primera mujer de don Ataúlfo, doña Constanza, no haya fallecido en realidad, apoyado en el hecho de que sufría continuos ataques catalépticos que hacían creer a todos que había muerto, para asustarlos después cuando retornaba a la vida[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Otros personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada

Otros tres personajes históricos de Doña Urraca de Castilla, que refuerzan con su presencia ese aspecto de la novela, son los condes de Trava (Traba) y de Lara y don Gutierre Fernández de Castro. Don Pedro Froilaz, conde de Trava (esta es la grafía que se usa en la novela), es el ayo del príncipe don Alfonso y su principal valedor junto con don Diego Gelmírez.

PedroFroilaz

Respecto a don Pedro González de Lara, Francisco Navarro Villoslada[1] nos ofrece la imagen transmitida por el Padre Mariana y otros historiadores: afeminado, delicado y lleno de melindres, débil, cobarde e irresoluto, cuya ambición y orgullo le llevan a darse aires de grandeza. Don Gutierre Fernández de Castro, el conde de los Notarios, es el encargado de administrar justicia en los reinos de Castilla y León. Aparece en la novela como un hombre duro, inflexible, incluso cruel, pero de carácter noble, recto y justiciero; vasallo rudo y leal de la reina, hace siempre lo que mejor conviene para el bien de su soberana, aunque tenga a veces que contrariar su voluntad o decirle verdades que hacen daño.

Por último, en el catálogo de los personajes históricos, hay algunos aludidos, que no intervienen directamente en la acción de la novela, como Raimundo de Borgoña, primer marido de doña Urraca, Alfonso Raimúndez, su hijo, Alfonso el Batallador o Gómez González Salvadores, el conde de Candespina.

Los demás personajes son menos importantes: Elvira, la hermana bastarda de don Pedro Froilaz, conde de Trava, caracterizada por su melancólica hermosura; don Bermudo, noble bizarro y cumplido, la flor de la caballería de Galicia; Munima, la hija de Pelayo y vecina de Ramiro, una joven bella y tímida, candorosa y discreta, resignada hasta el extremo de sacrificar su propia felicidad para conseguir la de la persona que ama[2]; Gontroda o doña Gertrudis, la nodriza de don Ataúlfo, que recuerda muchísimo (por su edad, por su carácter, por las puntas y ribetes de bruja que tiene, por su dramática muerte) a la Ulrica del castillo de Torquilstone de Ivanhoe (su figura, sin ser de las principales, alcanza en el desenlace de la novela cierta grandeza trágica: Gontroda será la única persona que permanezca al lado de don Ataúlfo cuando todos lo abandonen, pereciendo entre las llamas del castillo); Pelayo, el fiel escudero de don Bermudo de Moscoso, «resuelto y decidido, sobre todo, a morir por su antiguo señor»; maese Sisnando, inteligente y astuto alarife que ayuda a Gelmírez en la construcción de varias obras, pero que es también el inspirador de la hermandad formada en Santiago contra él; Mauricia, Odoaria y Nuña, viejas dueñas, cotillas y muy habladoras, murmuradoras y supersticiosas (estos personajes habladores, criados o escuderos, se repiten con frecuencia en la novela histórica romántica española, sirviendo habitualmente para introducir pasajes humorísticos); o el verdugo Martín, odioso personaje que siempre acompaña a don Ataúlfo, ansioso de que su hacha pueda sacrificar alguna víctima[3].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Este personaje desempeña la misma función que Inés en Doña Blanca de Navarra. Como vemos, existe cierta tendencia en las novelas de Navarro Villoslada a incluir un personaje que simboliza el amor cristiano, la caridad, la resignación y el sacrificio.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Elementos de intriga en «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: disfraces e identidades ocultas

También en Doña Urraca de Castilla de Francisco Navarro Villoslada[1] encontramos el recurso folletinesco de la ocultación de la personalidad o la vuelta de personajes a los que se daba por muertos. Como sabemos, el cliché del personaje supuestamente plebeyo que termina siendo de origen noble es un recurso muy tópico. Ese es el caso, en esta novela, del joven protagonista, Ramiro, que pasa por ser hijo de un pequeño hidalgo de Santiago, y a quien conocemos en los primeros capítulos como simple pajecillo del obispo Gelmírez. Pero es en realidad hijo de don Bermudo de Moscoso y de doña Elvira de Trava, y el heredero de todos los estados de Altamira.

El suyo es un caso más de niño expósito. Podemos reconstruir brevemente su historia: el nacimiento de Gonzalo (que es su nombre verdadero) suponía un obstáculo más para la ambición de su tío don Ataúlfo de hacerse con las posesiones de Altamira; dado que no puede matar a nadie —por su creencia en la superstición comentada en una entrada anterior—, encierra a don Bermudo, el hermano primogénito, en un calabozo de Altamira, y entrega el niño a Gontroda para que lo abandone, de forma que las fieras acaben con su vida, al tiempo que hace circular el rumor de que ambos han muerto durante el ataque de unos piratas normandos; Gontroda lo abandona en un bosque, pero no sin antes asegurarse de que por allí pasaría Nuña, desesperada porque acababa de perder a su hijo recién nacido. Poco antes de morir, Nuña ha confesado a Gelmírez que Ramiro no es su hijo, y que ignora quiénes pueden ser sus padres. A partir de ahí comienzan las averiguaciones del obispo y de la reina doña Urraca. Los personajes que disponen de más datos son Gontroda y Pelayo, el fiel escudero de Bermudo, al que don Ataúlfo cortó la lengua para que no hablase; sin embargo, ha aprendido a escribir y sus revelaciones serán de vital importancia para resolver el caso.

Como es habitual en estas novelas, se van dando aquí y allá algunas pistas que adelantan el descubrimiento de la verdadera identidad del personaje en cuestión. La reina insiste constantemente en la semejanza de Ramiro con su antiguo amado, don Bermudo, en la voz, en la fisonomía y en el carácter. Además, Gonzalo tenía «una mancha a modo de lunar grande en la espalda», y Pelayo se encarga de comprobar que Ramiro conserva esa señal de nacimiento. Al final se producirá la anagnórisis entre los padres y el hijo, y Gonzalo-Ramiro queda reconocido por todos como hijo legítimo de don Bermudo y doña Elvira.

Como reaparición de personajes supuestamente muertos podemos mencionar el caso de doña Constanza de Monforte (Elvira finge que la ha visto viva); y el de don Bermudo, encerrado durante veinte años por su hermano en las mazmorras de Altamira (don Ataúlfo, además de hacer circular el rumor de que murió en el ataque de los piratas normandos, presentó el cadáver de un soldado con el arnés de su hermano para dar mayor verosimilitud a su historia). Como sucede siempre, el grado de información de los lectores y de los diversos personajes es distinto; el lector conoce pronto que don Bermudo vive; Elvira se entera a través de la lectura de un pergamino; Ramiro lo descubre en la torre de las prisiones; la reina, el obispo y don Gutierre conocen la noticia más tarde, cuando unos mensajeros traen una carta de Elvira. Munima, en fin, se encarga de decir a los soldados de Altamira que vive encerrado su legítimo señor, para que depongan las armas y cesen en su defensa de don Ataúlfo.

Dona-Urraca-de-Castilla-3

Por lo que toca al empleo de disfraces, en Doña Urraca se utiliza este recurso desde el principio, pues se nos comenta que los mensajeros que han comunicado a Gelmírez con el príncipe iban disfrazados de peregrinos para correr menos peligro, aunque eso no les ha evitado sufrir varios ataques. Don Ataúlfo viste las ropas de Rui Pérez para ir a combatir con Gundesindo Gelmírez sin dar a conocer su identidad. Don Pedro Froilaz visita a don Ataúlfo como si fuera un simple mensajero; en otra ocasión, escucha con la visera calada para que Ramiro no le pueda reconocer cuando habla con el obispo. Maese Sisnando usa siempre una gorra de piel de nutria, dato que nos permite reconocer sus apariciones en la novela aun cuando aparezca embozado y el narrador no mencione expresamente su nombre. Aparte de los conjurados de la hermandad, que siempre aparecen embozados, Sisnando se disfraza de religioso de la orden de San Benito, y se hace llamar Padre Prudencio. Más adelante, Munima se disfraza de varón (es el «villano barbilampiño» que trata de sublevar a la guarnición de Altamira), y la reina doña Urraca se viste de enlutada y se tapa para ver a don Bermudo sin que este pueda reconocerla[2].


[1] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[2] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.

Los personajes de «Doña Urraca de Castilla» de Navarro Villoslada: don Diego Gelmírez

Don Diego Gelmírez es un personaje histórico: se trata del que llegaría a ser primer arzobispo de Santiago de Compostela[1].

Diego Gelmírez

El capítulo II del Libro I de la novela de Francisco Navarro Villoslada nos ofrece una presentación completa del personaje, con una descripción que, como es habitual en estas obras, aúna el retrato físico y el moral:

Aparecióse en el umbral el venerable obispo apoyado en humilde báculo y revestido de larga túnica y estola, que desde el año anterior llevaba siempre por especial privilegio del Papa. Frisaba en los sesenta años de edad, y en sus ya decaídas facciones, ruinas de un hermoso monumento, brillaba cierta nobleza y bondad, que las hacían halagüeñas al mismo tiempo que majestuosas. Era alto, enjuto de carnes, pero fornido; su dulce mirada tornábase fácilmente severa, y en uno y otro caso los nevados cabellos, que debajo del ancho sombrero le caían, realzaban aquella severidad y dulzura.

El novelista[2] nos presenta al ilustre prelado como persona grave y seria, pero bondadosa. Dejando de lado que fue uno de los principales señores de su época, en la novela aparece como tímido y asustadizo, temeroso de las asechanzas de la reina. Es uno de los personajes que funciona como quicio entre la historia y la ficción: a la parte histórica corresponde su faceta de valedor, junto con el Conde de Trava, del príncipe don Alfonso, su ahijado; en el plano novelesco, el obispo es el protector del joven Ramiro, su pajecillo, al que cuida con profundo cariño[3].


[1] Ver Enrique Flórez, España Sagrada, tomo XIX, Contiene el estado antiguo de la Iglesia Iriense y Compostelana, hasta su primer Arzobispo, Madrid, Antonio Marín, 1765; y España Sagrada, tomo XX, Historia Compostelana, Madrid, Imprenta de la viuda de Eliseo Sánchez, 1765. Remito también a Antonio López Ferreiro, Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago, vol. III, Santiago, Imprenta y Enc. del Seminario Conciliar Central, 1900; y Manuel Murguía, Don Diego Gelmírez, La Coruña, Imprenta y Librería de Carré, 1898.

[2] Para el autor, remito a mi libro Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra, 1995, donde recojo una extensa bibliografía. Y para su contexto literario ver Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

[3] Ver para más detalles Carlos Mata Induráin, «Navarro Villoslada, Doña Urraca de Castilla y la novela histórica romántica», estudio preliminar a Doña Urraca de Castilla: memorias de tres canónigos, ed. facsímil de la de Madrid, Librería de Gaspar y Roig Editores, 1849, ed. de Carlos Mata Induráin, Pamplona, Ediciones Artesanales Luis Artica Asurmendi, 2001, pp. I-XXV.