Breve semblanza de Amado Alonso (1896-1952)

Amado AlonsoAmado Alonso García, nacido en Lerín en 1896 y muerto en Arlington, Massachusetts, en 1952, fue uno de los filólogos más destacados del grupo de Menéndez Pidal, que desarrolló su actividad docente e investigadora en España (Universidad de Madrid), Argentina (Universidad de Buenos Aires) y Estados Unidos (Universidad de Harvard). Sus campos principales de investigación fueron la fonética (no en balde se inició con el maestro Tomás Navarro Tomás), el español de América, la teoría del lenguaje y la crítica literaria (se le considera el introductor de la estilística en el ámbito hispánico). Algunos títulos de sus libros son El problema de la lengua en América (Buenos Aires, 1935); Estudios lingüísticos. Temas españoles (Madrid, 1951); Estudios lingüísticos. Temas hispanoamericanos (Madrid, 1953), Lope de Vega y sus fuentes (Bogotá, 1953); De la pronunciación medieval a la moderna en castellano (dos vols., 1953 y 1969, revisados por Rafael Lapesa); Materia y forma en poesía (Madrid, 1955), por citar solamente los más importantes.

Con su Colección de estudios estilísticos dio a conocer entre nosotros las obras de Vossler, Hatzfeld y Spitzer; igualmente, en su colección Filosofía y teoría del lenguaje apareció la traducción por él prologada y anotada del famoso Curso de lingüística general de Saussure y Bally. En su etapa como director del Instituto de Filología en Buenos Aires (1927-1946) creó en 1939 la Revista de Filología Hispánica (que luego, desde 1947, pasó a ser Nueva Revista de Filología Hispánica, publicada en El Colegio de México), la Biblioteca de Dialectología Hispanoamericana y la Colección de Estudios Indigenistas[1].

González Ollé ha valorado su quehacer filológico con estas palabras:

Su capacidad integradora alcanza sus más sazonados frutos en la vinculación que lengua y literatura presentan en las investigaciones de A. Alonso, quien concibe ambas como reveladoras de un tercer componente, la cultura, en su caso la hispana, cuya presencia siempre se deja sentir en alguna de sus múltiples facetas. De ahí que como fonetista, dialectólogo, crítico literario y teórico del lenguaje exhibe una amplia receptividad hacia todas sus manifestaciones, desde la filosofía hasta la música[2].

A su muerte en 1952, Alfonso Reyes afirmaba: «Deja una generación de discípulos y lo llora una legión de amigos, porque era sabio por la ciencia y por el corazón»[3]. Efectivamente, entre esos discípulos de Amado Alonso se cuentan nombres tan afamados como los de Raimundo Lida, M.ª Rosa Lida, Ángel Rosenblat, Marcos Moríñigo, Ángel J. Battistessa, Frida Weber, Ana M.ª Barrenechea o Enrique Anderson Imbert.


[1] Para el conjunto de su obra, cfr. «Bibliografía de Amado Alonso», Nueva Revista de Filología Hispánica, año VII, 1953, núms. 1-2, pp. 3-15. Tras la muerte del filólogo navarro, Dámaso Alonso, Ramón Menéndez Pidal y María Rosa Lida evocaron su figura en Ínsula, 1952, núm. 78, pp. 1-11; y Rafael Lapesa y Manuel Muñoz Cortés en Clavileño, 1952, núm. 15, pp. 52-56. En la actualidad, la Fundación Amado Alonso, constituida por el Gobierno de Navarra, la Universidad Pública de Navarra y el Ayuntamiento de Lerín, convoca anualmente el Premio Internacional de Crítica Literaria «Amado Alonso», el cual pretende «recordar la figura de Amado Alonso impulsando actividades investigadoras y divulgativas sobre Crítica Literaria».
[2] Fernando González Ollé, «Alonso García, Amado», en Gran Enciclopedia Navarra, Pamplona, Caja de Ahorros de Navarra, 1990, vol. I, pp. 239-240.
[3] Alfonso Reyes, «Amado Alonso», Nueva Revista de Filología Hispánica, año VII, 1953, núms. 1-2, p. 2.

El poema «A la rosa» de Francisco de Rioja

Otro texto que vuelve sobre los mismos tópicos del desengaño barroco (cercanía del nacimiento y la muerte, carácter efímero de toda belleza, etc.) es el conocido poema «A la rosa» del sevillano Francisco de Rioja (1583-1659). Poco es lo que se puede añadir a lo ya comentado a propósito de otros poemas, salvo la equiparación aquí de la rosa con la llama y con el dios Amor; o la indicación que aporta Blecua en nota a los vv. 19-20: «Alude a la conversión de las rosas blancas en rojas por la sangre de Venus».

Rosa de fuego

Pura, encendida rosa,
émula de la llama
que sale con el día,
¿cómo naces tan llena de alegría
si sabes que la edad que te da el cielo
es apenas un breve y veloz vuelo,
y ni valdrán las puntas de tu rama
ni tu púrpura hermosa
a detener un punto
la ejecución del hado presurosa?
El mismo cerco alado,
que estoy viendo rïente,
ya temo amortiguado,
presto despojo de la llama ardiente.
Para las hojas de tu crespo seno
te dio Amor de sus alas blandas plumas,
y oro de su cabello dio a tu frente.
¡Oh fiel imagen suya peregrina!
Bañote en su color sangre divina
de la deidad que dieron las espumas;
y esto, purpúrea flor, esto ¿no pudo
hacer menos violento el rayo agudo?
Róbate en una hora,
róbate silencioso su ardimiento
el color y el aliento.
Tiendes aún no las alas abrasadas
y ya vuelan al suelo desmayadas.
Tan cerca, tan unida
está al morir tu vida,
que dudo si en sus lágrimas la Aurora
mustia tu nacimiento o muerte llora[1].


[1] Cito por José Manuel Blecua, Poesía de la Edad de Oro, II, Barroco, Madrid, Castalia, 2003, pp. 250-251, con alguna leve modificación en la puntuación.

Estilo y peculiaridades de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (y 2)

Además, existe otra característica que singulariza las novelas del escritor de Viana, y es el fino humor —a veces lindante con la ironía— de que sabe hacer gala en distintas ocasiones; por ejemplo, a la hora de titular, de forma cervantina, muchos de los capítulos («Que está entre el sexto y el octavo, y no sirve para otra cosa», se titula el cap. VII de la primera parte). Inolvidable resulta la graciosa figura del escudero Juan Marín, Chafarote, o la del supersticioso Padre Abarca; sobre las dos he apuntado ya algunos detalles en entradas anteriores. El humor salpica muchas de las páginas de la novela, contribuyendo también a que la lectura resulte sin duda más amena.

Francisco Navarro VillosladaPor último, para terminar de perfilar las peculiaridades del novelar de Francisco Navarro Villoslada[1], cabría destacar otras tres características: una sería el afán de verosimilitud, que le lleva, como vimos, a una rigurosa documentación histórica, aspecto que no está reñido en él con la desbordada imaginación de su fantasía; otra, el tono moralizante, que se aprecia aquí como en muchos otros escritos de este escritor católico; y, en fin, relacionado con lo anterior, la visión providencialista de la historia (Dios interviene tanto en su curso general como en los hechos humanos particulares para guiar adecuadamente todos los acontecimientos hacia un fin último).


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El soneto de Quevedo «Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera»

Este soneto de Francisco de Quevedo pertenece a su cancionero amoroso Canta sola a Lisi y la amorosa pasión de su amante y se presenta bajo el epígrafe «Ofrece a Lisi la primera flor que se abrió en el año». El texto me interesa especialmente porque supone un planteamiento innovador, en el contexto de la serie que estamos analizando: aparece el tema de la brevedad de la belleza (ver especialmente el primer terceto, con léxico y motivos usuales), pero se renueva al afirmar el yo lírico que la flor podrá superar su destino efímero, podrá eternizarse («adquiera en larga vida eterna aurora», v. 14) prendida en el cabello de la amada. Escriben Lía Schwartz e Ignacio Arellano en nota a su edición:

El ofrecimiento de la primera flor que se abre en la estación se presenta como homenaje a la amada, cuya descripción, con metáforas que comparan sus facciones a rosas, lirios o claveles, es tópica. La imagen de la flor, además, connota la brevedad de la vida y el carácter efímero de la belleza; el soneto, pues, está relacionado, semánticamente, con las recreaciones del carpe diem o del collige, virgo, rosas, sin constituir estrictamente una imitación de estos motivos.

Por lo demás, el soneto destaca por su notable elaboración retórica (hipérbaton en el verso inicial, anáfora del deíctico esta en los vv. 1-5, paronomasia calores / colores en los vv. 2-3, juego de derivación Lógrese / mal logre en los vv. 12-13, etc.).

Niña con flores en el pelo

Esta, por ser, ¡oh Lisi!, la primera
flor que ha osado fiar de los calores
recién nacidas hojas y colores,
aventurando el precio a la ribera;

esta, que estudio fue a la primavera,
y en quien se anticiparon esplendores
de el sol, será primicia de las flores,
y culto con que la alma te venera.

A corta vida nace destinada,
sus edades son horas; en un día
su parto y muerte el cielo ríe y llora.

Lógrese en tu cabello, respetada
de el año; no mal logre lo que cría;
adquiera en larga vida eterna aurora[1].


[1] Es el núm. 108 de Francisco de Quevedo, Un Heráclito cristiano, Canta sola a Lisi y otros poemas, ed. de Lía Schwartz e Ignacio Arellano, Barcelona, Crítica, 1998, p. 175.

Estilo y peculiaridades de «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada (1)

Francisco Navarro Villoslada y sus novelas históricas, de Carlos Mata InduráinA la hora de establecer una valoración del estilo de Doña Blanca de Navarra, de Francisco Navarro Villoslada[1], debemos tener presente que esta obra —lo mismo que Doña Urraca de Castilla y Amayadebe ser juzgada en el marco de su contexto literario, que es, como ya sabemos, el de la novela histórica romántica española. Hoy en día, acostumbrados como estamos a mayores audacias narrativas, las tramas de estas novelas pueden resultarnos quizá muy ingenuas, demasiado esquemáticos sus personajes y harto sencillas sus estructuras técnicas. Y, por lo que toca al estilo, podemos encontrar algo farragosa la abundancia de unos periodos sintácticos excesivamente amplios, característicos de la redacción decimonónica. En este sentido, el estilo de Doña Blanca de Navarra sí ha envejecido notablemente. En cualquier caso, se trata de un estilo sencillo, pulcro y cuidado, con una marcada preferencia por el empleo de símiles, frases hechas y refranes (tanto en el discurso del narrador como en las palabras de los personajes).

Por otra parte, el rapidísimo «tempo» de la novela, es decir, la rapidez con que se suceden lances y peripecias sin cuento, con un ritmo casi cinematográfico, y la especial habilidad que manifiesta Navarro Villoslada en el manejo del diálogo, hacen que la lectura resulte mucho más ágil e interesante que la de muchas otras obras del mismo género y de la misma época. De hecho, hay algunos capítulos que están constituidos en su práctica totalidad por las conversaciones de los personajes, en las que se suceden vivaces réplicas.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La letrilla de Quevedo «A un rosal»

La letrilla lírica de Francisco de Quevedo «A un rosal» (se construye como un apóstrofe al mismo) reitera los mismos tópicos que venimos examinando en poemas anteriores de distintos autores: la poca duración de la belleza y frescura de sus flores, que no pasa de un día («si aun no acabas de nacer / cuando empiezas a morir», vv. 7-8; «si es tus mantillas la aurora, / es la noche tu mortaja», vv. 21-22). Y, como consecuencia, la enseñanza del desengaño encerrada en el estribillo: de nada sirve vanagloriarse de tan efímera belleza, pues las rosas, perdida su lozanía, pronto quedarán reducidas a espinas.

Rosal

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

¿De qué sirve presumir,
rosal, de buen parecer,
si aun no acabas de nacer
cuando empiezas a morir?
Hace llorar y reír
vivo y muerto tu arrebol
en un día o en un sol;
desde el Oriente al ocaso,
va tu hermosura en un paso,
y en menos tu perfección.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son.

No es muy grande la ventaja
que tu calidad mejora:
si es tus mantillas la aurora,
es la noche tu mortaja.
No hay florecilla tan baja
que no te alcance de días;
y de tus caballerías,
por descendiente de la alba,
se está rïendo la malva,
cabellera de un terrón.

Rosal, menos presunción
donde están las clavellinas,
pues serán mañana espinas
las que agora rosas son[1].

Espinas


[1] Es el núm. 207 de Francisco de Quevedo, Poesía original completa, ed. de José Manuel Blecua, Barcelona, Planeta, 1990, p. 233, donde figura bajo el epígrafe de «Letrilla lírica».

El tiempo y el espacio en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

En esta novela de Francisco Navarro Villoslada[1], el tiempo no desempeña un papel importante desde el punto de vista narrativo, ya que apenas cumple ninguna función estructural en el relato (salvo en la segunda parte, por lo que comentaba en la entrada anterior relativo al emplazamiento de doña Leonor). Sí es interesante la concentración de muchos sucesos en un corto espacio temporal, circunstancia que aumenta el dramatismo de la acción. Recuérdese por otra parte lo dicho al hablar del narrador acerca de la presentación lineal de los acontecimientos, siguiendo un orden cronológico roto solo en algunas ocasiones.

Castillo de Peñaflor, en el vedado de EguarasRespecto al espacio, los lugares donde ocurren los principales incidentes novelescos son: la villa de Mendavia (rapto de la princesa), el castillo de Eguaras, en las Bardenas (liberación de Inés por Jimeno), el castillo de Orthez en el Bearn (prisión y envenenamiento de doña Blanca), la ciudad de Estella (coronación de la reina Leonor, aunque tuvo lugar, en realidad, en Tudela) y el castillo de Lerín (Catalina salvada de las llamas por don Felipe, muerte del joven mariscal a manos de don Luis). No son muy abundantes las descripciones del paisaje. Aparte de algunos apuntes sobre las Bardenas, los Pirineos y los alrededores del castillo del Conde de Lerín, el único pasaje que merece destacarse es aquel en que se nos muestra la hermosa vista que se contempla desde la choza de la penitente de Nuestra Señora de Rocamador, extramuros de Estella.

Por lo demás, cabe destacar dos cuestiones: una es la exactitud y minuciosidad en las indicaciones toponímicas (se mencionan pueblos, villas y ciudades de Navarra como Viana, Lerín, Peralta, Sangüesa, Murillo, Pamplona, Tafalla, Cortes, Laguardia, Los Arcos, Lumbier, Baigorri, Lodosa, Cárcar, Azagra, Larraga, Allo, Arróniz, Dicastillo, Zúñiga, Ubago, Goñi, Munárriz…; además, las Bardenas Reales de Tudela, Montejurra, el raso de Sesma, los monasterios de Irache, la Oliva y Leyre, las ermitas de Nuestra Señora de Legarda y de Nuestra Señora de Rocamador, etc.). Todas estas alusiones denotan un conocimiento detallado, cuando menos teórico, de la zona en la que se sitúa la acción, y esa exactitud contribuye a dar mayores visos de verosimilitud al relato. No obstante, el autor dejó indicado en unas notas manuscritas que no había visitado la ciudad de Estella y sus alrededores en el momento de escribir Doña Blanca de Navarra y que, por consiguiente, podía haber sacado mejor partido en sus descripciones.

La segunda constituye un aspecto habitual en la novela romántica; me refiero a la presentación de la naturaleza en relación, ya de armonía, ya de contradicción, con los sentimientos de los personajes: por ejemplo, el «panorama encantador» visto por Jimena desde su casa en Mendavia subraya uno de los pocos momentos en que puede disfrutar de su libertad; por el contrario, una violenta tormenta se desata la noche en que queda prisionera en Orthez, poniendo de relieve el hecho criminal.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El soneto de Calderón «Estas que fueron pompa y alegría»

Este soneto de Calderón, editado a veces bajo el marbete «A las flores», lo recita don Fernando en El príncipe constante, delante de Fénix, al tiempo que le muestra un ramillete de flores. Haciendo ahora abstracción de la situación dramática en que tal texto se inserta, y de la función que cumple en esa comedia calderoniana, podemos leerlo como texto lírico independiente, uno más de la serie que conforma el tema de la brevedad de la rosa que venimos examinando en las últimas entradas. Encontramos repetidos motivos y expresiones que ya nos aparecían en textos anteriores, como por ejemplo la bella formulación del verso 11, «cuna y sepulcro en un botón hallaron». Al final, toda esa belleza de las flores «será escarmiento de la vida humana» (v. 7). En esta ocasión, los dos cuartetos y el primer terceto desarrollan los motivos relacionados con las flores, en tanto que el segundo terceto explicita la enseñanza moral.

Rosas marchitas

Estas, que fueron pompa y alegría
despertando al albor de la mañana,
a la tarde serán lástima vana,
durmiendo en brazos de la noche fría.

Este matiz, que al cielo desafía,
iris listado de oro, nieve y grana,
será escarmiento de la vida humana:
¡tanto se emprende en término de un día!

A florecer las rosas madrugaron,
y para envejecerse florecieron:
cuna y sepulcro en un botón hallaron.

Tales los hombres sus fortunas vieron:
en un día nacieron y expiraron,
que, pasados los siglos, horas fueron[1].


[1] Puede verse un comentario de este texto en Rafael Osuna, Los sonetos de Calderón en sus obras dramáticas. Estudio y edición, Chapel Hill, University of North Carolina-Publications of the Department of Romance Languages, 1974, p. 51. En algunas versiones, en el v. 8, en vez de «emprende» se lee «aprende».

Otros recursos dramáticos en «Doña Blanca de Navarra» de Navarro Villoslada

FlechaTodos los recursos de intriga mencionados en entradas anteriores los encontramos repetidos, con escasas variaciones, en otras novelas del Romanticismo español. No obstante, existen algunos peculiares de Doña Blanca de Navarra. Por ejemplo, el incidente dramático con que Francisco Navarro Villoslada[1] da comienzo al relato: al intentar escapar de sus raptores, la princesa doña Blanca es acosada por un novillo, pero se salva gracias a la acción combinada de Jimeno, que aferra al animal por la testuz, y de Sancho de Erviti, que dispara un certero ballestazo al corazón del bruto. Otro es el que podríamos denominar «la confusión de los Sanchos»: Jimeno solo sabe que uno de los raptores de Jimena se llama Sancho y que disputa mucho, por lo que se dedica a despachar a todos los Sanchos testarudos que hay en Navarra, incluyendo a Sancho de Rota, hasta que finalmente localiza al verdadero responsable, Sancho de Erviti.

Otro elemento importante es el del emplazamiento que sufre la reina doña Leonor el día de la coronación; durante el besamanos, una mujer, Inés, se le acerca y le dice: «¡Acordaos del día 12 de febrero! […] ¡Quince años hace! ¡Quince días faltan! […] ¡Quince días tenéis para disponeros a morir!». Y, en efecto, toda la segunda parte no es más que la crónica de esa muerte anunciada para el 12 de febrero (recuérdese el título de esta segunda parte de la novela: Quince días de reinado). Las palabras que en la primera parte dijera doña Leonor a su hijo Gastón tras asegurarle que él sería rey: «Déjame reinar siquiera quince días», resultarán ahora proféticas. La circunstancia histórica, real, de tan breve reinado fue aprovechada por Navarro Villoslada para introducir este recurso novelesco.


[1] Para este autor ver Carlos Mata Induráin, Francisco Navarro Villoslada (1818-1895) y sus novelas históricas, Pamplona, Gobierno de Navarra (Dpto. de Educación, Cultura, Deporte y Juventud-Institución Príncipe de Viana), 1995. Y para su contexto literario remito a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

La letrilla de Góngora «Aprended, flores, en mí»

Este segundo texto de Góngora es una letrilla que se presenta bajo el epígrafe «En persona del Marqués de Flores de Ávila, estando enfermo». La voz lírica corresponde a la maravilla, que se refiere a algunas características de otras flores (clavel, jazmín, alhelí, girasol) con las que se compara. Como señala Suárez Miramón en nota al v. 1, el flores del estribillo es «juego con el nombre del marqués (Flores) y el símbolo barroco más utilizado para expresar la fragilidad natural». En el estribillo se juega también con el propio nombre de la flor, que si antes ha sido maravilla (de hermosura, de frescura…) ahora apenas es sombra de sí misma, y por eso su ejemplo constituye una enseñanza para las demás flores («pues de vosotras ninguna / deja de acabar así», vv. 9-10). Por lo demás, como en otros poemas de esta serie que estamos examinando, el texto insiste en la escasa duración de la belleza de la flor: la medida de un solo día, el tiempo que va de la aurora a la noche, es lo que separa la cuna del ataúd (vv. 5-6), el nacimiento de la muerte.

 

Flores marchitas

Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aun no soy.

La aurora ayer me dio cuna,
la noche ataúd me dio;
sin luz muriera si no
me la prestara la luna:
pues de vosotras ninguna
deja de acabar así,
aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía aun no soy.

Consuelo dulce el clavel
es a la breve edad mía,
pues quien me concedió un día
dos apenas le dio a él;
efímeras del vergel,
yo cárdena, él carmesí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aún no soy.

Flor es el jazmín, si bella,
no de las más vividoras,
pues dura pocas más horas
que rayos tiene de estrella;
si el ámbar florece, es ella
la flor que él retiene en sí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía aun no soy.

El alhelí, aunque grosero
en fragancia y en color,
más días ve que otra flor,
pues ve los de un mayo entero:
morir maravilla quiero
y no vivir alhelí.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía aun no soy.

A ninguna flor mayores
términos concede el sol
que al sublime girasol,
Matusalén de las flores:
ojos son aduladores
cuantas en él hojas vi.
Aprended, flores, en mí
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía aún no soy
[1].


[1] Cito por Luis de Góngora, Poesía, ed. de Ana Suárez Miramón, Barcelona, Ollero & Ramos / DeBols!llo, 2002, pp. 173-175. Modifico ligeramente la puntuación. Para la popularidad y descendencia de este poema, ver José Manuel Pedrosa, «“Aprended, flores, de mí”: reescrituras líricas y políticas de una letrilla de Góngora», Criticón, 74, 1998, pp. 81-92.