«Viñetas antiguas» (1927) de Genaro Xavier Vallejos

Los que soñáis y esperáis
la Buena Nueva,
abrid las puertas al Niño
que está muy cerca.

El sacerdote sangüesino Genaro Xavier Vallejos (1897-1991) es autor de dos obras navideñas, que son Viñetas antiguas (1927), narrativa, y Pastoral de Navidad (1942), teatro.

Viñetas antiguas es un libro que incluye veintiocho semblanzas narrativas; varias de ellas refieren episodios de la vida de Jesús, y en concreto su nacimiento y su infancia. Tras «Campanas de la Anunciación», la titulada «Las nueve jornadas» describe el viaje de María desde Galilea a Belén, que hace montada en «un jumento gracioso, cegato, vejete, pelón y trotón».

De Nazaret a Belén

Esta secuencia narrativa es interesante porque contiene en germen la acción de la segunda obra navideña del autor, Pastoral de Navidad. María y José van primero a casa de su prima Rebeca, pero son rechazados; lo mismo les sucede en casa de Marta. Acuden entonces al mesón de «la avara, la dura, la terca Luperca», y allí reciben la misma respuesta negativa. Copio el fragmento que corresponde a este pasaje:

El mesón es grande, capaz para muchos huéspedes. Pero la dueña del mesón es la avara, la dura, la terca Luperca. Y antes de que ella admita a un pasajero, mucho tiene que cerciorarse de sus dineros, de sus haciendas, y hasta del repuesto que trae en las alforjas. Esta noche, como es muy copiosa la afluencia de forasteros que vienen al padrón, ella misma está a la puerta con una vigilancia impropia de su extrema vejez.

San José, que la conoce de tiempos atrás, se acerca solícitamente:

—¡Buenas noches, señora Luperca!

De una sola mirada de sus ojos astutos, Luperca investiga la pobre catadura de los viajeros.

—¡Bien crudas están para mi reúma!

—A sus años, debiera cuidarlo.

—¡Ya lo creo! ¡Yo estaría en la cama y el mesón sin huéspedes!

—¿Tendrá un rincón para nosotros, señora Luperca?

—¡Qué pensamiento! Ni para mí lo hay, que tengo que estarme en este poyo toda la noche.

—Aunque sea en el pajar, en el corral, en la cuadra. Algo que no esté a la intemperie.

—¡Doblones me han pagado por un poco de paja! ¡Todo está así!

Y junta los diez dedos de sus manos y miente descaradamente. Como San José había arrimado un poco el jumento, ella se levanta recelosa y les da con la puerta en el rostro. Aún asoma por un resquicio su cara de corcho y dice con verdadera burla:

—¡En las cuevas de allá abajo tendrán casa de balde!

Entonces de los ojos de San José se desbordan dos lágrimas de fuego. Piensa en la Virgen María.La Virgen también llora, pensando en el Niño Jesús. Están en mitad del camino. Un poco más abajo, junto al recodo, se dibuja, bajo la luna, la negra silueta de la cueva. No queda otro recurso.

Me parece un texto especialmente bonito y emotivo, por la ternura con que Vallejos sabe captar la desolación de la Sagrada Familia, en contraste con la avaricia de la mesonera. María y José encuentran la cueva hecha una cuadra, con un buey que no se sabe bien quién dejó allí. Y comenta el narrador: «Los cielos y la tierra aguardan en un silencio de maravilla. / Se acerca la medianoche». Y es que va a ocurrir algo milagroso: la encarnación del Verbo.

La Virgen María encinta

La misma ternura y la misma sensibilidad muestra Vallejos en otras dos viñetas, «Ya sale el niño Jesús», donde vuelve a aparecer la chismosa Luperca, y «La Virgen estaba lavando», donde se refiere la adoración de los Reyes Magos; Luperca, viendo posibilidad de ganancia, quiere llevar a su mesón a los regios personajes, pero otra vecina, Tiberga, los guía hasta el portal.

La Virgen sueña caminos,
está a la espera;
la Virgen sabe que el Niño
está muy cerca.

La superstición en la novela histórica romántica española (y 3)

Así pues, las referencias a distintas supersticiones salpican constantemente las páginas de estas novelas históricas; pero lo más curioso es que el narrador siempre ofrece una explicación racional para todos esos fenómenos extraños: el supuesto fantasma nunca es tal, sino un personaje con una vestidura blanca en medio de la noche; los aullidos de carácter sobrenatural se explican por el roce del viento en las hojas de los árboles, y así sucesivamente. Los novelistas no parecen dispuestos a dar entrada en sus obras a lo irreal o irracional; solo incluyen lo aparentemente sobrenatural, tal como han destacado Guillermo Carnero e Inés L. Bergquist:

La novela histórica española es condenable desde varios puntos de vista. Dejando al margen la cuestión de su originalidad, que carece en sí de importancia, tiene en general un gravísimo defecto: la poca audacia que demuestra al dar siempre una explicación racional a lo extraordinario, y la tosquedad con que plantea las explicaciones de carácter psicológico. Es sintomático el procedimiento por el cual se destruye a sí mismo el rico entramado de la ficción sobrenatural en Los bandos de Castilla. ¿Falta de genialidad o de audacia en nuestros novelistas, autocensura con vistas a la acogida del público? Una y otra razón no serían más que efectos y crisis de carencias de la España y de la Europa burguesa del XIX, más profundas y graves que la incapacidad para admitir la aventura espiritual que propone la genuina literatura fantástica[1].

Lo sobrenatural, incluido en nuestras novelas, como en buena parte de la novela gótica, para hacer correr un delicioso escalofrío por el espinazo del lector, es siempre explicable. La apariencia de lo sobrenatural es admisible, pero nuestros autores —y, es de suponer, su público— son demasiado racionalistas para tratarlo como realidad[2].

Por ejemplo, el narrador adopta esa actitud desmitificadora al final de El lago de Carucedo, después de señalar la aparición de un hábito y de un cisne sobre las aguas del lago recién formado por el terremoto que se produce después de desaparecer los dos amantes:

Y es lástima en verdad que todo ello no pase de una de aquellas maravillosas consejas, que donde quiera sirven de recreo y de alimento a la imaginación del vulgo ansiosa siempre de cosas milagrosas y extraordinarios sucesos. […] Por lo demás, el lago de Carucedo tiene el mismo origen que la mayor parte de los otros, y lo único que lo ha producido son las vertientes de las aguas encerradas en un valle sin salida. […] Tal es la verdad de las cosas, desnuda y fría, como casi siempre se muestra (p. 250).

Castillo de Cornatel

En otras ocasiones, en fin, la superstición de un personaje sirve simplemente para introducir un rasgo de humor. Aznar avanza por un corredor oscuro y escucha una voz; entonces se deja llevar por su exaltada imaginación caballeresca:

—¿Quién eres? —respondió el almogávar— ¿Eres, por ventura, alguna dama encantada, de esas que dicen que suelen habitar en estos palacios y castillos? […] Y aun si quieres que te desencante y está en poder humano, yo lo haré de muy buena voluntad que, puesto que seas mora, todavía ha de valerte la dulzura de tu voz y la hermosura que en ti estoy ya imaginando. […]

—Menos imaginaciones, seor almogávar, y vamos a las obras. Yo no soy mora, ni estoy encantada, ni soy otra cosa que la honrada Castana (La campana de Huesca, pp. 169-170)[3].


[1] Guillermo Carnero, «Apariciones, delirios, coincidencias. Actitudes ante lo maravilloso en la novela histórica española del segundo tercio del XIX», Ínsula, mayo de 1973, núm. 318, p. 15.

[2] Inés L. Bergquist, El narrador en la novela histórica española de la época romántica, Berkeley, University of California, 1978, pp. 32-33.

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

El «Quijote»: la «historia de la narración» (1)

Quijote3Uno de los aportes de mayor modernidad en el Quijote reside en el terreno de las técnicas narrativas[1]. La obra de Cervantes no solo nos cuenta la historia de unos personajes, sino que incorpora a la narración la historia de la propia narración. Esto va a suponer la introducción de un complejo juego de perspectivas y de voces narrativas. Evidentemente, el autor de la novela es Miguel de Cervantes Saavedra, quien en el prólogo de la Primera Parte confiesa que «aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote» (p. 10). Que el autor se confiese padrastro de su personaje —por extensión, de la obra entera— puede causar extrañeza a quien va leyendo estas líneas del prólogo, pero la afirmación de Cervantes se va a aclarar, va a cobrar pleno sentido más adelante, como explicaré en una próxima entrada.

La historia de las aventuras de don Quijote es presentada por un narrador personal que se manifiesta ya en las primeras líneas de la obra: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…» (I, 1, p. 35; cursiva mía). Es una voz que no corresponde a la de un personaje protagonista de los sucesos que se van a narrar, es decir, no estamos ante un narrador protagonista como el de la novela picaresca. Sin embargo, tampoco se trata del tradicional narrador en tercera persona característico de la novela de caballerías. Es el del Quijote un narrador que no sabe todo acerca de los hechos que va a contar o, dicho de otra forma, tiene un conocimiento limitado de la materia objeto de su narración. En muchos momentos este narrador se declara dependiente de fuentes anteriores, por ejemplo en ese mismo capítulo I, 1, cuando alude a un detalle tan importante como el nombre de su protagonista:

Quieren decir que tenía el sobrenombre de «Quijada» o «Quesada», que en esto hay alguna diferencia en los autores que deste caso escriben, aunque por conjeturas verisímiles se deja entender que se llamaba «Quijana» (pp. 36-37; destacado mío).

Y en el capítulo I, 2 añade:

Autores hay que dicen que la primera aventura que le avino fue la del Puerto Lápice; otros dicen que la de los molinos de viento; pero lo que yo he podido averiguar en este caso, y lo que he hallado escrito en los anales de la Mancha es que él anduvo todo aquel día, y, al anochecer, su rocín y él se hallaron cansados y muertos de hambre (p. 48; destacados míos).

Es decir, el narrador maneja distintas fuentes (autores, los anales de la Mancha…) que le brindan información acerca de las andanzas de don Quijote. De esta forma, este narrador aparece como un compilador de la historia, una especie de pseudo-historiador que trata de presentar todos los hechos narrados como una «historia verdadera». De hecho, sintagmas de este tipo («verdadera historia», «grande historia», «puntual y verídica historia»…) se repiten continuamente a lo largo del relato y en los títulos de los capítulos.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.

La superstición en la novela histórica romántica española (2)

HechiceraEs muy habitual también la aparición de videntes, magos, hechiceros, curanderos y astrólogos que con sus profecías y vaticinios causan la admiración de todo el mundo; pensemos que en la novela de Larra el rey Doliente aparece preocupado por las predicciones y advertencias de su astrólogo; y el marqués de Villena aparece visto, a los ojos del pueblo, como un nigromante. La vieja Gontroda que figura en la novela de Navarro Villoslada Doña Urraca de Castilla recuerda mucho a la Ulrica de Ivanhoe, tanto por sus puntas de bruja como por su dramática muerte en el incendio el castillo de los Moscosos. En Amaya, del mismo autor, esta función la desempeña la sacerdotisa vasca Amagoya, personaje trágico que simboliza todas las tradiciones y todo el pasado pagano de su pueblo.

Por supuesto, no todos estos magos son siempre tales, sino aprovechados que saben explotar la credulidad popular[1], como señala el narrador de La conquista de Valencia por el Cid:

El ingenio lo conseguía todo en aquellos tiempos de ignorancia, y transformando los sucesos más sencillos con la magia de la reinante superstición, suponía prodigiosos y sobrenaturales unos acontecimientos que en sí mismos no tenían nada de extraordinario. De aquí nacen las maravillas, apariciones y encantamientos que nos refieren las antiguas leyendas, y que examinadas a buena luz no son otra cosa que rasgos de desenvoltura y agudeza con que hombres superiores a los otros en ingenio y conocimientos utilizaban en su provecho la ajena ignorancia. Nada más fácil que hacer ver a una imaginación exaltada por el terror fantasmas y sombras gigantescas; y si el embelecador poseía, por fortuna, algunos secretos físicos, pasaba plaza de mago, y se captaba la universal admiración (p. 299)[2].


[1] Así, por ejemplo, la «bruja» que trata de mostrar el futuro a Zoraida, «crédula como todos los hombres y mujeres de su siglo», a cambio de unas monedas (ver Sancho Saldaña, p. 562).

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: las mujeres de la nobleza

Otro grupo femenino presente en el Quijote, aunque no muy representado, es el de las mujeres de la nobleza[1]. Podemos recordar, por ejemplo, a doña Guiomar, que aparece en la historia de Roque Guinart, o a la esposa de Antonio Moreno. Pero la única que alcanza un desarrollo más amplio es la Duquesa, a la que vemos por vez primera vestida de cazadora.

Encuentro de don Quijote con la Duquesa

Pero además de ser una gran amazona, es también lectora de novelas de caballerías, y de la Primera Parte del Quijote, y será precisamente el conocimiento de la historia del loco caballero y su simplón escudero lo que le lleve a tramar —junto con su marido— diversas burlas, no exentas de crueldad, de las que ambos son objeto. Los Duques constituyen un buen ejemplo de la nobleza cortesana y ociosa, tan criticada por Cervantes en el Quijote de 1615.

A los Duques se suma en las burlas una de las damas de su Corte, la cruel Altisidora, mujer que urde la escena del «temeroso espanto cencerril y gatuno» (II, 46) y la burla de los pellizcos y alfilerazos, y que se finge muerta de amor por el desdén de don Quijote, para luego «resucitar» como por milagro y desengañarlo despiadadamente.

Altisidora

En conclusión, Cervantes, aprovechando diversos modelos y tipos de mujer que la literatura le ofrecía, crea un rico universo femenino al incorporar en su caracterización el elemento de humanidad. De esta forma, nos entrega un completo retrato de la mujer en general y de diversas mujeres, muy individualizadas, en particular. De ahí que Azorín afirmara que, si hubiera que ponerle otro título al Quijote, este debería ser Un hombre y varias mujeres.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

La superstición en la novela histórica romántica española (1)

Además de esos elementos generales de fantasía y misterio, y los que contribuyen a dar a la novela ese «color local» y un tono de medievalismo más o menos convencional, existen otros motivos repetidos, a saber: 1) la superstición; 2) la reaparición de personajes supuestamente muertos; 3) la ocultación de la personalidad de algún personaje; 4) el uso de prendas; y 5) el empleo del fuego (u otras catástrofes) para crear incidentes dramáticos. Comencemos examinando lo relativo a la superstición[1].

EspectroSon innumerables en la novela histórica romántica las referencias a espectros, visiones, sombras, espíritus malignos y un larguísimo etcétera de creencias supersticiosas. El narrador suele hablarnos desdeñosamente de aquellos «siglos de superstición», del «vulgo bárbaro y lleno de supersticiones», murmurador y fantasioso, anhelante siempre de historias mágicas y maravillosas, o de los moros, a los que se denomina tal vez «hijos de la superstición». Un personaje de Los caballeros de Játiva, el soldado Boluda, expresa así su miedo a unos supuestos fantasmas:

—¡A qué negarlo! Sé luchar con los vivos; sé escalar una muralla coronada de combatientes, sé penetrar en lo más grueso de un cuerpo enemigo en lo más recio de la pelea; cuanto hagan los hombres puedo hacer yo; pero no me des visiones ni ánimas en pena, porque dejo de ser hombre y me convierto en niño medroso y espantadizo (p. 146).

Otros personajes, en cambio, afirman no creer en tales supercherías, como Hassan, en la misma novela, que dice a En García que las historias de la princesa encantada encerrada en la Torre del Sol no son sino cuentos «de viejas y gente desocupada» (p. 116). Y otro exclama: «… desdichado del duende que procurara acercarse a mí. ¡Puede que del primer revés!…» (p. 145). De forma similar, don Alonso, personaje de Bernardo del Carpio, rechaza la creencia en el supuesto fantasma de Roldán: «Ojalá que yo le viera, para probar si mi espada bastaba para hacerle estar quieto en su tumba» (p. 175)[2].


[1] Puede consultarse el interesante artículo de Guillermo Carnero «Apariciones, delirios, coincidencias. Actitudes ante lo maravilloso en la novela histórica española del segundo tercio del XIX», Ínsula, mayo de 1973, núm. 318, pp. 1 y 14-15. Distingue tres elementos en la literatura fantástica contemporánea, lo maravilloso sobrenatural, lo maravilloso psicológico y lo maravilloso reductible por la razón. Después rastrea su presencia en varias novelas históricas, para concluir que en ellas todo se limita al tercer tipo de lo maravilloso.

[2] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Otras mujeres del «Quijote»: Maritornes y doña Rodríguez

Quedan por examinar algunos personajes femeninos de relevancia[1]. Un caso particular es el de Maritornes, sirviente de la venta de Juan Palomeque, de la que se nos ofrece un retrato típicamente barroco que responde al canon de la turpitudo et deformitas (torpeza y deformidad). Sus rasgos físicos contradicen las ideas neoplatónicas, según las cuales la belleza externa se identifica con la interna, la del cuerpo con la del alma. Maritornes es fea por fuera, es horrible físicamente, pero tiene buen corazón (por ejemplo, se muestra compasiva con Sancho tras el manteo). Aparte, representa la carnalidad y así, cuando acude a su cita nocturna con el arriero, provoca la confusión del cuaresmal don Quijote, al pensar este que la «doncella» viene a verlo a él para solicitarlo de amores.

Maritornes

Otro caso digno de mención es el de doña Rodríguez, sirvienta de la casa ducal, que responde al tipo de la dueña, tópicamente ridiculizado en la literatura satírico burlesca aurisecular, pero aquí es también un personaje caracterizado en profundidad. En efecto, doña Rodríguez tiene un conflicto, es una víctima más de los Duques. Es la única persona que cree, en ese contexto festivo y burlón, que don Quijote es un caballero de verdad, y le pide ayuda para vengar a su hija, que ha sido deshonrada por el hijo de un prestamista del Duque.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006.

Recursos de intriga en la novela histórica romántica española

El novelista histórico echa mano de todo tipo de lances y peripecias para provocar sorpresa y mantener despierta la atención del lector[1] y, así, encontraremos en las páginas de estas novelas desafíos y duelos, torneos, juicios de Dios, combates singulares, batallas, asaltos a castillos, amores clandestinos, enfrentamientos entre padres e hijos, raptos, cuchilladas, ejecuciones, fiestas de toros, cañas y sortijas, zambras, bailes, banquetes, descripciones de armas, vestidos y objetos lujosos, enfrentamientos raciales, persecuciones religiosas, bandidos y salteadores, votos y juramentos, superstición, hechicerías, magia, agüeros, pasiones violentas, conspiraciones, intrigas palaciegas, venganzas, embozados e incógnitos[2], etc. etc.

Torneo

Hay también cierto regusto por algunos elementos de misterio y truculencia propios de la novela gótica o de terror: fantasmas, lúgubres visiones, espectros, sombras, voces misteriosas, gritos terroríficos, tétricos calabozos, extraños murmullos, celdas solitarias, castillos aislados, oscuros pasadizos subterráneos, esqueletos, cabezas cortadas, puertas simuladas que se abren con resortes secretos, instrumentos de tortura, pócimas y bebedizos, pomos de veneno…

Calabozo

En ocasiones entran también en las novelas algunas dosis de violencia y crueldad[3]; el ejemplo más significativo podría ser la muerte en Sancho Saldaña de Zacarías que, atado a un árbol, es atacado primero por un perro azuzado por los bandidos para recibir después un hachazo del Velludo en la cabeza. Tremendista es también el cuadro del cadáver de Anselma siendo picado por las aves de rapiña en Gómez Arias[4]. O estas dos descripciones de un campo de batalla después del combate:

Cráneos rotos, miembros destrozados, armas abandonadas, moribundos retorciéndose entre las angustias de la muerte, heridos aplastados bajo el peso de una legión o bajo los pies de los caballos, cadáveres mutilados esparcidos acá y acullá, eran los despojos de aquel cuadro horrible que presentaba la campiña cubierta de restos humanos (Los caballeros de Játiva, pp. 178-179).

El sol del mediodía caldea el ambiente; el suelo, calcinado, se desmigaja en tenues partículas de polvo; la sangre, rápidamente absorbida y evaporada, comunica a la tierra el color rojizo parduzco de los yacimientos de hierro. El aspecto del campo de batalla es espantoso; las heridas atroces: cráneos abiertos, miembros separados del tronco, pechos y vientres rasgados; vísceras y entrañas esparcidas y espachurradas, escorriendo sangre como esponjas embebidas; los pies resbalan en despojos fríos y pegajosos, en nauseabundas mucosidades; los cadáveres, trágicos, contraídos y convulsionados, parece como que maldicen y amenazan (Don García Almorabid, p. 233)[5].


[1] No estará de más recordar estas palabras de Alberto Lista: «Dos son los elementos esenciales de la novela, sea cual fuere su clase, el interés y lo maravilloso. Entendemos por maravilloso no solo la intervención de los seres sobrenaturales, como los dioses de la antigua mitología, o los magos y hechiceros de la edad media, sino también las coincidencias extraordinarias, las aventuras no comunes, los lances apurados, los grandes peligros evitados por felices circunstancias, en fin, todos los incidentes que sin necesidad de recurrir a la acción del cielo son, aunque naturales, muy raros. Sin interés y sin maravilloso no hay novela» (Ensayos literarios y críticos, Sevilla, Calvo-Rubio, 1844, I, p. 155).

[2] Algunos de estos recursos los estudia Guillermo Zellers en «Influencia de Walter Scott en España», Revista de Filología Española, XVIII, 1931, pp. 149-162. Al final, concluye: «En resumen, aunque los recursos de técnica manejados por Walter Scott tengan un origen más remoto y fueran empleados en España con anterioridad es muy probable que el hecho de hallarlos en novelas del período romántico español se deba a directa e inmediata influencia del gran novelista inglés» (p. 160).

[3] Justificada a veces por el carácter rudo de la Edad Media; después de mencionar la decapitación de ocho prisioneros moros, el narrador de Los caballeros de Játiva apostilla: «Horrible crueldad de aquellas edades de hierro y de sangre…» (p. 291).

[4] Ver también El templario y la villana, pp. 69-70.

[5] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Estructuras y técnicas narrativas de la novela histórica romántica española (1830-1870)», en Kurt Spang, Ignacio Arellano y Carlos Mata (eds.), La novela histórica. Teoría y comentarios, Pamplona, Eunsa, 1995, pp. 145-198; 2.ª ed., Pamplona, Eunsa, 1998, pp. 113-151.

Personajes femeninos del «Quijote»: el territorio de la aventura (y 4)

La historia de doña Clara y don Luis ejemplifica un caso de amor adolescente, que aquí lleva al muchacho a disfrazarse de mozo de mulas para ir en busca de la bella joven[1]. Otro es el caso de Leandra, cuyos enamorados lloran por su desdén y se han hecho fingidos pastores (emulando a los de la felice Arcadia).

In Arcadia, de Friedrich August von Kaulbach

Tras escapar con el soldado Vicente de la Roca, que la ha enamorado, es abandonada; y aunque no ha sido deshonrada, nadie le cree y ha de terminar sus días encerrada en un convento.

La hija de Diego de la Llana (protagonista de un episodio del Quijote de 1615, en el contexto de la ronda nocturna de Sancho en la Ínsula Barataria) tiene dieciséis años y es «hermosa como mil perlas» (p. 1029). Encerrada siempre en su casa, escapa vestida de varón para conocer el mundo; es una bella víctima del tedio que, según Américo Castro, encierra el germen de una madame Bovary. Y también en la Segunda Parte encontramos otra mujer «de armas tomar», Claudia Jerónima, la mujer vengativa que mata por celos a su amado.


[1] Reproduzco aquí, con ligeros retoques, el texto de Mariela Insúa Cereceda y Carlos Mata Induráin, El Quijote. Miguel de Cervantes [guía de lectura del Quijote], Pamplona, Cénlit Ediciones, 2006. Las citas del Quijote corresponden a la edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Barcelona, Editorial Crítica, 1998.