Unas redondillas de Lope de Vega a San Francisco Javier

En el eco de tus montes
vibre eterna esta canción
al cruzado que vencía
con la fuerza del amor.
Por enseña el crucifijo
donde expira y gime Dios,
donde Cristo da a los hombres
un abrazo de perdón.
En el solar de nuestra fe
cantemos todos a Javier.
(«Himno a San Francisco Javier»)

En la festividad de San Francisco Javier (1556-1552), apóstol de las Indias y el Japón, patrono de las Misiones y copatrono de Navarra junto con San Fermín y Santa María la Real —y también Día de Navarra—, copio unas redondillas que dedicó Lope de Vega en 1622 al santo navarro y universal.

San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra)
San Francisco Javier. Iglesia parroquial de San Juan Bautista, Solchaga (Navarra).

Redactadas en tono jocoso, están incluidas en la Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro[1] y dicen así:

Francisco, si yo tuviera
tanta virtud como vos,
seguro de ver a Dios
irme a su Cielo quisiera.

¿Qué había de hacer acá
no teniendo qué comer,
pudiendo hartarme de ver
la ambrosía[2] que sobra allá?

¿Qué mucho[3] que os abraséis
por iros a descansar,
pues de tanto trabajar
seguro el premio tenéis?

¿Cuáles ansias hay mayores
que los deseos de Dios
en un ángel como vos,
todo regalo y amores?

Aquí no hay nada constante,
todo es allá permanente,
frío ni calor se siente,
ni hay Poniente ni Levante.

Allá en fin no pediría
Burguillos limosna al coche,
media con limpio de noche
ni sopa fraila de día[4].

Ni andaría a ver enfados
de poetas siempre ayunos[5],
ni de necios importunos,
ni de discretos cansados.

Todos andamos acá
desde Tambico a Chacona[6];
vos, como veis la corona,
quereisos partir allá.

Todos andan enojados,
no hay contento con segundo,
que la taberna del mundo
vende los gustos aguados[7].

Unos de otros por ahí
son de sus faltas testigos;
ni aun yo estoy sin enemigos,
tantos crío y tengo en mí.

De los que pasan ayer
se burlan los que son hoy,
tanto que a espulgarme voy
a donde los vi comer.

¡Qué bien conocistes[8] vos
estas vanas confianzas!
Todo es locura y mudanzas,
bien haya quien sirve a Dios,

que es Señor para servir,
los hombres siempre contentos,
que entiende los pensamientos
y no se puede morir[9].


[1] Relación de las fiestas que la insigne villa de Madrid hizo en la canonización de su bienaventurado hijo y patrón San Isidro; con las comedias que se representaron y los versos que en la justa poética se escribieron; dirigida a la misma insigne villa por Lope de Vega Carpio, Madrid, por la viuda de Alonso Martín, 1622, pp. 272-273. Se presentaron bajo el nombre del Maestro Burguillos, seudónimo habitual de Lope (baste recordar sus famosas Rimas de Tomé de Burguillos).

[2] ambrosía: manjar con el que se alimentaban los dioses olímpicos.

[3] ¿Qué mucho…?: ¿qué tiene de extraño…?

[4] Se acumulan varios tópicos en estos versos dedicados a los poetas pobres y pedigüeños: el gusto por los coches (signo de distinción social entonces, y motivo muy satirizado en la literatura áurea), la media con limpio (para abaratar los gastos de hospedaje, se solía compartir cama con otro, con la condición de que estuviera sano y aseado) y la sopa fraila (la gallofa que se repartía a los pobres en los conventos).

[5] ayunos: porque los poetas eran pobres y pasaban hambre; y, seguramente, también ayunos de poesía, es decir, ‘malos poetas’.

[6] desde Tambico a Chacona: en sentido figurado, ‘de un lado para otro, desasosegados’. Tambico, con sonorización en la palabra exótica, es mención de Tampico, una ciudad de Méjico. La chacona era un baile popular y lascivo (era habitual el estribillo «El baile de la chacona / encierra la vida bona»).

[7] taberna del mundo … gustos aguados: imagen expresiva del mundo, no como un teatro, sino como una taberna en la que los vinos (los gustos) se venden aguados; aguar el vino era acusación tópica contra los taberneros.

[8] conocistes: por conocisteis, forma usual en la lengua clásica.

[9] Señor para servir … y no se puede morir: eco de la famosa frase «Nunca más servir a señor que pueda morir» de San Francisco de Borja.

El poema «Leyendo el “Don Quijote”» de Eusebio Rey

Dado que no resulta demasiado conocida, reproduzco aquí la composición poética «Leyendo el Don Quijote» de Eusebio Rey, jesuita que utilizó el seudónimo Emilio Rego. Durante la guerra civil española, el autor fue hecho prisionero en septiembre de 1937, permaneciendo encarcelado hasta 1939. Al año siguiente publicaría Mientras iba amaneciendo… Emocionario lírico de la cárcel (San Sebastián, Gráficas Fides, 1940), con prólogo de Manuel Machado y epílogo de F. Xavier Martín Abril, libro en el que relata su viaje íntimo durante su cautiverio.

Precisamente en la evocación quijotesca que ahora rescato (que va fechada en «Gandía, diciembre, 1938») se hace alusión a esa circunstancia vital: el yo lírico, aquí claro trasunto del autor, está prisionero («Al meditar en prisiones», v. 5; «pobre preso a contrafuero», v. 18) y «el estrecho horizonte de la prisión» se le ensancha (v. 1) con la lectura de la novela cervantina. Se alude además a la idea tópica de que el Quijote fue escrito en una prisión: «Como naciste en prisiones», leemos en el v. 17, en apóstrofe al personaje cervantino. La lectura del Quijote contagia al yo lírico de actividad y energía: «he sentido de repente el dolor de no hacer nada / y un afán de acción sacude mi energía adormecida» (vv. 7-8); se afirma que la vida del «gentil caballero» (v. 21) es «fragante como una rosa, bizarra como una espada» (v. 6); se pondera el ideal caballeresco: «la imposible quimera / del ideal entrevisto como un lucero distante» (vv. 11-12); y, por último, el hablante se ofrece en el verso final a ser su escudero: «Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero».

Interesa destacar también la estrofa cuarta del poema, en la que el yo lírico rechaza los calificativos aplicados a don Quijote por Rubén Darío («No eres el Rey de los tristes», sino que «mereces ser coronado Príncipe del optimismo», vv. 13-14) y se dirige al caballero con el apelativo de «Padre nuestro Don Quijote», en esta “nueva letanía” que constituyen las estrofas cuarta, quinta y sexta. Este es el texto completo del poema:

Para Sabino Alonso-Fueyo

Hoy el estrecho horizonte de la prisión se me ensancha;
en la noche de mi tedio apuntan luces de aurora;
se me ha roto la cadena de inacción que me devora,
ha venido a visitarme Don Quijote de la Mancha.

Al meditar en prisiones el poema de su vida,
fragante como una rosa, bizarra como una espada,
he sentido de repente el dolor de no hacer nada
y un afán de acción sacude mi energía adormecida.

Cabalgar y cabalgar, Clavileño o Rocinante:
disparar de mi existencia la rauda flecha certera.
Sagitario de mí mismo, tras la imposible quimera
del ideal entrevisto como un lucero distante.

Padre nuestro Don Quijote: No eres el Rey de los tristes[1]:
mereces ser coronado Príncipe del optimismo,
Fénix que eterno renaces del fracaso de ti mismo,
y derrotado cien veces otras cien en lid embistes[2].

¡Bien venido, caballero, a romper en mi favor,
pobre preso a contrafuero, una lanza humanitaria!
Como naciste en prisiones, en tu gesta temeraria
tuviste siempre por lema ser «El Buen Libertador».

¡Bien venido a libertarme! Gracias, gentil caballero.
Prisionero en el alcázar marfileño de mí mismo,
tú has hecho saltar de un bote[3] el portón de mi egoísmo.
Vamos juntos a la lucha: te seguiré de escudero[4].


[1] Este verso evoca claramente la «Letanía de nuestro señor don Quijote» de Rubén Darío (escrita en el Centenario de 1905 y publicada ese mismo año en Cantos de vida y esperanza), que comienza «Rey de los hidalgos, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…» y que se cierra con otra estrofa que comienza «¡Ora por nosotros, señor de los tristes, / que de fuerza alientas y de ensueños vistes…».

[2] embistes: en el original, «envistes».

[3] bote: entiéndase bote ʻgolpeʼ de lanza.

[4] Tomo el texto de Poesía nueva de jesuitas, selección y estudio preliminar de José María Pemán, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (Instituto Antonio de Nebrija), 1948, pp. 105-106. Mantengo las mayúsculas del original, así como la formulación «bien venido» (separado en dos palabras) en las dos últimas estrofas. En el verso 21 cambio la coma del original por un punto y en el verso penúltimo suprimo la coma, innecesaria, tras la palabra «bote».

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Muerte

Su vivencia marca todo el libro Teresa[1] de Unamuno: al igual que el amor, la muerte está presente desde la primera hasta la última rima del poemario. En efecto, los versos 21-24 de la rima 1 rezan así: «… y me acosté a la muerte / en que sueño, Teresa; / si duermo en cama o huesa / ya, Teresa, no sé». La muerte de Rafael supondrá el reencuentro con la amada muerta, y por eso la pide en la rima 5, con palabras que parafrasean el comienzo del «Padrenuestro»:

Madre nuestra, que estás en la tierra,
y que tienes mi paz en tu reino,
¡ábreme ya tus brazos y acoge
mi vida en tu seno!

La muerte acecha continuamente a los amantes. En la rima 18 se habla de «los dedos descarnados de la Intrusa»; en la 64 un «dedo invisible» acaricia a Teresa al morir el sol.

Manos cogidas y algunas flores

En las últimas rimas, desde la 92, la muerte se intuye ya muy cercana. En la siguiente Rafael da las gracias a Dios porque viene la muerte. En la 94 afirma: «Oigo el susurro de la muerte que llega» y «Por no morir morimos huyendo muerte». La 95 la describe como un murciélago gigante que le hunde en tierra. La 96 comienza así: «¡Ay, el aprendizaje de la muerte! / ¡qué larga lección! / Morir de no morir es cosa fuerte / y huir del harpón!». También se habla de «el duro aprendizaje / del postrer nacer» (la muerte es sueño, des-nacer, nacer a otra vida, etc.; son juegos de palabras muy del gusto de Unamuno). La 97 está dedicada a la muerte por amor. En fin, la 98 y última cuenta la visión presenciada por Rafael: resurrección y eterna boda con su amada Teresa después de la muerte[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Saturnino de Tolosa, patrón de Pamplona

Hoy, 29 de noviembre, es la festividad de San Saturnino, patrón de Pamplona. Frente a lo que muchos piensan, el patrón de la capital navarra no es San Fermín, sino San Saturnino, primer obispo de Toulouse, que predicó en Aquitania durante el consulado de Gracio y Decio, en el siglo II d. C, y que moriría martirizado en Toulouse (c. 257). Su discípulo Honesto vino a predicar a Pompaelo (la actual Pamplona) y poco después se le uniría el propio Saturnino. Ambos convirtieron y bautizaron a varios paganos de la ciudad romana, entre ellos el senador Firmo y su esposa Eugenia, cuyo hijo Firmino (Fermín) sería luego el primer obispo de Amiens (allí sufriría el martirio el 25 de septiembre de 303).

San Saturnino, patrón de Pamplona, en procesión por las calles de la ciudad (foto: Diario de Noticias).

Esta es la historia de San Saturnino, según la recoge la Corónica General de España de Florián de Ocampo-Ambrosio de Morales:

Estando en Roma envió el apóstol san Pedro al obispo Saturnino para que predicase en la ciudad de Tolosa de Francia, que no está lejos de España, por la parte que los montes Pireneos tocan las comarcas de Navarra y Aragón. El santo, no contento con trabajar en la viña del Señor por la parte que se le enviaba, envió a España, y señaladamente a Navarra, un su presbítero llamado Honesto. Este fue recebido en Pamplona con buen acogimiento por tres caballeros, que por ser de la orden patricia los llaman senadores. Sus nombres eran Firmo, Fortunato y Faustino. Comenzándoles Honesto a predicar la fe, se movieron mucho para ser cristianos, y con deseo de ser mejor instruidos le pidieron volviese a Tolosa y les trujese a su obispo Saturnino. Él lo hizo así, y vino a Pamplona. Comenzó a predicar, y en siete días se refiere en sus liciones que convertió cuarenta mil personas, y Firmo, de los senadores, dio a Honesto un hijo suyo pequeño llamado Firmino para que lo doctrinase en la fe. No parece que este santo entrase más adentro en España, porque luego se cuenta como se volvió a su obispado de Tolosa y allá fue martirizado. Y con dejar acá al sacerdote Honesto, como lo era en la vida y costumbres, y a otros fieles, podía pensar que la tierra quedaba proveída de doctrina. En la Corónica del príncipe don Carlos se cuenta que san Saturnino entró por España predicando hasta llegar a Toledo. Yo tengo lo que he dicho por lo más cierto.

Los de Pamplona reverencian por su verdadero apóstol a este santo; y así le tienen de muy antiguo un suntuoso templo que es iglesia parroquial. Usan muy corrompido el vocablo, pues se llama aquella iglesia de San Cerni[1]. Su fiesta celebran a los veinte y nueve de noviembre, y en los Martirologios de Usuardo y Beda en el mismo día le ponen a San Saturnino Mártir, obispo de Tolosa, juntamente con otro San Saturnino, que padeció con Sinisio diácono en Roma. San Isidoro también en su Misal pone a este santo obispo de Tolosa, y refiere su martirio; y así también la Iglesia de Toledo y el obispo Equilino. Mas en ninguno destos autores se hace mención que viniese en España. Esto se halla en las liciones de aquel Obispado, y del de Tolosa y otros; y el príncipe don Carlos lo refiere en su Corónica. Y aunque en las historias de los santos se hallen algunas veces semejantes diversidades, y no se puedan comprobar con todos los autores, es cosa piadosa y devota tener por cierto lo que las iglesias particulares rezan en las fiestas de sus propios santos. Porque la tradición antigua es de harta substancia, y se debe creer que no han conservado aquello tan de veras sin muchos buenos fundamentos y motivos, de que ya agora no se tiene noticia. Y piérdense libros, y consúmense las memorias de algunas cosas con olvido y negligencia, y es mucho que duren otras con buena perpetuidad.

El tiempo en que fue enviado y vino acá este santo se señala en el Breviario de Pamplona haber sido en tiempo del emperador Claudio. Esto puede tener fundamento en haber venido San Pedro a Roma en aquel tiempo, y desde allí pudo proveer así a Francia de doctrina. También se dice allí que este santo fue uno de los setenta y dos Discípulos. Esto pudo bien ser, aunque en el Catálogo que Equilino hace dellos no está nombrado[2].


[1] En realidad, no es que usasen «muy corrompido el vocablo», sino que utilizaban —y así se sigue haciendo en la actualidad— el nombre original en occitano del santo, Cernin.

[2] Corónica general de España [de Florián de Ocampo] que continuaba Ambrosio de Morales, coronista del rey nuestro señor don Felipe II, tomo 4, en Madrid, en la oficina de don Benito Cano, año de 1791, Libro IX, Cap. XIV, «Lo que hay de la venida del apóstol San Pedro a España, y San Saturnino que predicó en este tiempo en Pamplona», pp. 456-458.

«Adviento», del P. Salvador Lugo Azuela, MNM

Abre tu tienda al Señor:
recíbele dentro,
escucha su voz.

Abre tu tienda al Señor:
prepara tu fuego,
que llega el Amor.

(Carmelo Erdozáin, «Abre tu tienda al Señor»,
en Nuevos cantos de Adviento y Navidad, 1986)

Vaya para este primer domingo de Adviento un poema del P. Salvador Lugo Azuela, MNM. Oriundo de México (nacido el 13 de noviembre de 1944), se ordenó sacerdote en 1972. Fue maestro en el Seminario de los Misioneros de la Natividad de María (Congregatio Missionariorum Nativitatis Mariae), y también maestro de física electromagnética en la Universidad de Guanajuato (México). Como poeta, el P. Lugo Azuela ha recopilado su producción lírica en un volumen de bello título, Estrellas y rosas en aljaba, un conjunto de poesías escritas en León (Guanajuato) y en Mexicali. A este libro pertenece el poema «Adviento», emotivo en su brevedad y sencillez:

La Virgen María encinta

Si todo aguarda al Mesías:
la brisa, el ave y la flor,
y ya lo anuncia Isaías,
¿por qué se tarda el Señor?

Se apresuran los pastores
y la estrella da su luz.
Ángeles cantan primores,
¿dónde está el Niño Jesús?

El establo ya está listo,
la tosca paja también.
Anochece ya en Belén
¿y no llega Jesucristo?

Callad todos, tened calma.
Algo pasa si no llega.
Falta aún alguna entrega:
falta… ¡preparar el alma!
[1]


[1] Tomo el texto de Internet y modifico ligeramente la puntuación.

Apunte de urgencia sobre San Ignacio de Loyola en la literatura moderna y contemporánea

La figura de San Ignacio de Loyola también ha sido tratada en numerosas ocasiones por la narrativa, la poesía y el teatro de la época moderna y contemporánea. En la Generación del 98, es tema abordado por distintos autores, pero en especial por Unamuno, quien en su Vida de don Quijote y Sancho establece notables paralelismos entre la biografía de don Quijote y la vida de San Ignacio y equipara la locura caballeresca del hidalgo manchego y la religiosa del santo guipuzcoano. En teatro, aunque el panorama es bastante más amplio, habría que recordar al menos El caballero de Dios Ignacio de Loyola. Monólogo y escenas dramáticas (1923), de Juan Marzal, SI; El Divino Impaciente (1933), de José María Pemán; El capitán de Loyola (1941), de Ramón Cué, y El capitán de sí mismo. Retablo escénico (1950), de Manuel Iribarren[1].

Cubierta de El capitán de sí mismo. Retablo escénico (1950), de Manuel Iribarren

Además, la figura de San Ignacio de Loyola se hace presente en la narrativa contemporánea —no solo española— en tres novelas históricas destacadas: El hilo de oro (1952), de Louis de Wohl, y El caballero de las dos banderas (2000) y Para alcanzar amor. Ignacio de Loyola y los primeros jesuitas (2021), de Pedro Miguel Lamet, además de en la semblanza novelada de José Luis Martín Vigil Yo, Ignacio de Loyola (1989) o en las versiones para un público infantil y juvenil, como por ejemplo la narración de María Puncel Íñigo de Loyola (1992). Y esta nómina de autores y obras podría ampliarse fácilmente. Quede, pues, pendiente para otra ocasión el comentario de todas estas piezas modernas y contemporáneas, y baste con lo apuntado relativo al Siglo de Oro para constatar la importancia del tratamiento literario que ha tenido, en los tres grandes géneros de narrativa, lírica y teatro, la figura universal y señera de San Ignacio de Loyola[2].



[1] Para las obras de Marzal y de Iribarren, véase el trabajo de María Ángeles Lluch Villaba y Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola en el teatro español del siglo XX: El caballero de Dios Ignacio de Loyola (1923) de Juan Marzal, SI y El capitán de sí mismo (1950) de Manuel Iribarren», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 315-337.

[2] Para más detalles remito Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro», Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.

Toledo en «Camino de perfección»(1902), de Pío Baroja (1)

Camino de perfección (pasión mística)[1] de Pío Baroja es una de las cuatro novelas con las que en 1902 se dan a conocer los jóvenes escritores del 98 (las otras tres son Amor y pedagogía de Unamuno, la Sonata de otoño de Valle-Inclán y La voluntad de Azorín).

Camino de perfección, de Pío Baroja

Su protagonista, Fernando Ossorio, es el típico héroe barojiano que se debate entre el deseo de acción, la voluntad, por un lado, y el abatimiento, la inacción, por otro. Su recorrido vital reflejado en la novela ha sido equiparado a un viaje místico[2]. Así, la primera sección de la obra, ambientada en Madrid, nos muestra al personaje sumido en un estado de confusión, abatido también por el pecado. Fernando está fuertemente marcado por la presencia de la muerte (la de su padre, la de su abuelo, la de su tío abuelo…), incluso se ha sugerido que su apellido, Ossorio, evoca fonéticamente, por paronomasia, osario ‘muerte’. Está verdaderamente obsesionado, y ese estado de caos mental le conduce a una relación incestuosa con su tía Laura. Además, ha profanado un Cristo, que luego se le aparece en una serie de visiones macabras. Para escapar de ese estado de caos y abatimiento, para huir de la sombra de la muerte y el pecado que le persiguen de continuo, un amigo le recomienda salir de Madrid. Es así como Fernando inicia el recorrido de su personal camino «místico» y se encamina en primer lugar hacia una vía purgativa, dolorosa y oscura.

Esa vía purgativa ocurre en El Paular: allí Fernando medita en soledad, conversa con su nuevo amigo Max Schulze…, pero todavía no está purificado de su idealismo; de ahí que decida continuar su viaje, que le llevará hacia Toledo, dando paso así a la que sería la vía iluminativa de su particular camino de perfección. La llanura castellana, plena de luz y calor, ciega a Ossorio, que pasa diez días enfermo en Illescas; esta será su «noche oscura», no solo del alma, pues sus ojos también están afectados. De hecho, el protagonista parte hacia Toledo con los ojos vendados (en lo que constituye un claro símbolo de su situación personal).

Toledo representa en su pensamiento la ciudad mística por antonomasia, y así aparece en sus sueños. Sin embargo, la realidad que va a encontrar va a ser muy distinta, hasta el punto de que Toledo será para él sinónimo de oscuridad[3]. Escribe Cansinos Assens que:

A partir del 98, se beneficia Toledo de esa atención inquisitiva, entre amorosa y hostil, que los escritores fijan en las viejas ciudades castellanas, áreas de tradición que guardan, o parecen guardar, el alma de la raza, inmutable. Los escritores, impresionados por el desastre colonial, van a interrogar a esas esfinges del pasado para pedirles la clave de la decadencia de España. Esas viejas ciudades —Ávila, Segovia, Salamanca, Toledo— son como los grandes sarcófagos donde los escritores evocan el espíritu de la muerta Castilla, haciendo comparecer a las sombras gloriosas de sus santos y de sus héroes. Como treinta años antes, en la época romántica, vuelven a ser esas ciudades hitos de peregrinaciones literarias; sólo que ahora los escritores van a ellas, no a gozar simplemente de sus bellezas arqueológicas y a ensoñar en el claro de luna, sino a sentir la emoción de la raza y analizar luego serenamente sus reacciones. Van a ellas a ver la eterna representación teatral que allí se da de la España de los siglos pretéritos, que habrán de presenciar como críticos, animados de fría curiosidad[4].


[1] Citaré por Pío Baroja, Camino de perfección (Pasión mística), prólogo de Pío Caro Baroja, Madrid, Caro Raggio, 1993.

[2] Ver Weston Flint, «Mística barojiana en Camino de perfección», en Alan M. Gordon y Evelyn Rugg (eds.), Actas del Sexto Congreso Internacional de Hispanistas, Toronto, University of Toronto, 1980, pp. 252-254, al que sigo en este resumen.

[3] Remito para más detalles a mis trabajos: Carlos Mata Induráin, «La herencia del 98. Félix Urabayen o el idilio entre Vasconia y Castilla»Pregón Siglo XXI, núm. 12, Navidad de 1998, pp. 23-27; «Toledo, ciudad dormida. El retrato físico y moral de la “imperial ciudad” en la narrativa de Félix Urabayen», en Kay M. Sibbald, Ricardo de la Fuente y Joaquín Díaz (eds.), Ciudades vivas / ciudades muertas: espacios urbanos en la literatura y el folklore hispánicos, Valladolid, Universitas Castellae, 2000, pp. 217-234; y «Toledo en la narrativa del 98 y del Regeneracionismo: Camino de perfección (1902) de Pío Baroja y Toledo: Piedad (1920) de Félix Urabayen», en Manuel Casado Velarde, Ruth Fine y Carlos Mata Induráin (eds.), Jerusalén y Toledo. Historias de dos ciudades, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2012, pp. 215-231.

[4] Rafael Cansinos Assens, «Toledo en la novela», en Obra crítica, tomo II, Sevilla, Diputación de Sevilla, 1998, pp. 329-330.

Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón: imágenes relativas a Cristo

Ya he comentado la imagen de la Virgen como Aurora de un nuevo Sol, que es Cristo. Por ejemplo, Cristo es el Sol que amanecerá las sombras del Mundo (QH, p. 658a)[1] o, según piensa la Naturaleza humana, el Sol que por su causa ha quedado «sin lumbre bella» (OM, p. 1033a). La identificación del Sol con la Divinidad es tópica[2], y no parece necesario aportar más ejemplos. Más interesante resulta el juego, algo más elaborado, con la frase hecha partir el sol, a propósito del combate entablado entre la Culpa y la Gracia (HV, p. 116a). Como es sabido, partir el sol consistía en colocar a los dos contendientes en un duelo de forma tal que los rayos del sol no perjudicasen a ninguno de ellos; en este caso, no se hizo tal cosa: la Gracia no quiso partir al sol, porque lo tenía por entero (tenía por entero a Dios) para sí.

Virgen, Aurora del Sol

Cabe destacar asimismo la imagen del Pelícano. En efecto, uno de los carros de Las Órdenes Militares «será un pelícano con sus polluelos, herido el pecho» (acot. en p. 1024a), que vuelve a abrirse al final para la exaltación de la Hostia y el Cáliz (p. 1039b). El pelícano que mata a sus hijos pero que, a los tres días, se hiere en el pecho y con su sangre los torna a la vida es claro símbolo de Cristo y de su sangre redentora de la Humanidad. En el auto, funciona en contraste visual con la imagen del Pavón (que se representa en otro carro), símbolo de la pompa y vanidad del Mundo (cfr. OM, pp. 1020a-b y 1039a).

Otras metáforas de Cristo como Pan o como Espigas, de valor claro, se repiten a lo largo del texto de CA y ER, respectivamente. A veces esas metáforas no se emplean aisladas, sino en largas enumeraciones. Así, de los nombres de Cristo hallamos este catálogo en OM: Rocío, Escala, Piedra Angular, León, Cordero, Panal, Espiga, Racimo, Vid, Sarmiento, Rey, Mercader, Piloto, Sembrador, Pastor Bueno, Agnus, Soldado de los Cielos, León de Judá, Cordero de Pathmos que quita los pecados (pp. 1019a-1022a). Además de los citados, otros nombres de Cristo son Arco de Paz (PS, p. 805a), o las prefiguraciones del Mesías, Salud del Mundo, en FC, p. 639b: escala de Jacob, zarza viva de Moisés, haz de leña de Isaac, rocío cuajado de Gedeón y niebla de Elías[3].


[1] Todas las citas corresponden a Pedro Calderón de la Barca, Obras completas, tomo III, Autos sacramentales, ed. de Ángel Valbuena Prat, 2.ª reimp. de la 2.ª ed., Madrid, Aguilar, 1991. En lo que sigue emplearé las abreviaturas de las Concordancias de Flasche: HV(=La Hidalga del valle), MC (=A María el corazón), ER (=Las espigas de Ruth), QH (=¿Quién hallará mujer fuerte?),FC (=La primer Flor del Carmelo), PS (Primero y segundo Isaac), CA (=El cubo de la Almudena) y OM (=Las Órdenes Militares).

[2] Baste recordar el estudio de Ángel Valbuena Briones «La palabra sol en los textos calderonianos», en Calderón y la comedia nueva, Madrid, Espasa-Calpe, 1977, pp. 106-118, aunque no aporta ejemplos de los autos. Sol se emplea también para aludir a la limpieza de la Virgen, al decir que fue «más pura que no los cabellos del sol» (HV, p. 114b).

[3] Remito para más detalles a Carlos Mata Induráin, «Imaginería barroca en los autos marianos de Calderón», en Ignacio Arellano, Juan Manuel Escudero, Blanca Oteiza y M. Carmen Pinillos (eds.), Divinas y humanas letras. Doctrina y poesía en los autos sacramentales de Calderón, Kassel, Edition Reichenberger, 1997, pp. 253-287.

Temas de «Teresa» (1924) de Unamuno: Vida

Ya en la rima 3 de Teresa[1] de Unamuno encontramos que la «sed de vivir» está íntimamente unida a la «sed de amar». La rima 15 es muy importante para la identificación de Vida, Amor y Muerte: «Por el amor supimos de la muerte, / por el amor supimos que se muere: / sabemos que se vive / cuando llega el morirnos». La misma idea se expresa en la estrofa final de la 20: «Virgen, Amor, Muerte y Vida, / todo formaba una rosa».

Rosa

Rafael desea morirse para reunirse con su amada, pero por otro lado el instinto de supervivencia le mantiene aferrado a la vida. Vida y Muerte se identifican también en la sepultura de Teresa. Rafael refiere en la rima 22 que escucha el canto de su amada, y «era un canto de tumba y un canto de cuna». A la 48 pertenecen estos bellos versos:

Tú no puedes morir aunque me muera,
tú eres, Teresa, mi parte inmortal,
tú eres mi vida, que viviendo espera,
la estrella de mi flor breve y fatal.
[…]
Hecha mujer por mí quedaste presa
de la razón eterna del vivir,
y al hacer que no mueras, mi Teresa,
aunque me muera yo no he de morir.

En la rima 71 Rafael se dirige a la Virgen, con el ruego de que interceda por ellos para que puedan vivir unidos en la vida perdurable:

Haz por ella que en la hora del ocaso,
en el último trance,
cuando de mi alma al fin se rompa el vaso,
de nuestro Padre alcance
eterna vida
mi tierra con su tierra confundida.

Por ello, porque confía en reunirse con su amada en la vida eterna, un tono de júbilo preside la rima 85: «¡Que me ahogo en un piélago de gana / terrible de morir!». En las últimas composiciones de Teresa se intensifica notablemente la vivencia poética de la muerte, pero de una muerte que se identifica ya, en la conciencia del poeta, con el nacimiento pleno a otra vida, a una Vida superior (cfr. especialmente las rimas 90, 93 y 95)[2].


[1] Utilizo la edición de Teresa de Manuel García Blanco, en el tomo XIV de las Obras completas de Unamuno, Poesía, II, Madrid, Afrodisio Aguado, 1958, pp. 253-466. Las citas de las partes en prosa se hacen por el número de página; las de los versos, por el de la rima correspondiente. Hay una edición reciente de María Consuelo Belda Vázquez, Madrid, Cátedra, 2018.

[2] Para más detalles remito a mis dos trabajos anteriores: Carlos Mata Induráin, «Amor, vida y muerte en las rimas de Teresa, de Miguel de Unamuno», en Unum et diversum. Estudios en honor de Ángel-Raimundo Fernández González, Pamplona, Eunsa, 1997, pp. 395-412 (análisis centrado en los temas del libro); y «Las rimas de Teresa, un cancionero moderno de amor y de muerte», en Cirilo Flórez Miguel (coord.), Tu mano es mi destino. Congreso Internacional Miguel de Unamuno, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2000, pp. 339-351 (donde atiendo con preferencia a sus motivos y símbolos).

San Ignacio de Loyola en el teatro jesuítico

Son varias las obras teatrales del siglo XVII inspiradas en la vida y hechos de San Ignacio de Loyola, y todas ellas responden al patrón del teatro jesuítico. Es este un corpus dramático que tradicionalmente estaba muy poco estudiado, pese a su trascendencia para la formación de la Comedia Nueva española. Afortunadamente, en la actualidad el panorama ha cambiado bastante y contamos con ediciones de textos y con algunos estudios importantes[1]. En una apretada síntesis, estas serían las características más destacadas de las piezas correspondientes a ese teatro jesuítico[2]:

1) Las obras son con frecuencia representaciones alegóricas, y pueden separarse en dramas teológicos, dramas populares, dramas bíblicos y vidas de santos. Así pues, la temática es principalmente religiosa, con fuentes de inspiración bíblicas o hagiográficas.

2) Se siguen los modelos clásicos de la Antigüedad grecolatina: Plauto y Terencio para la comedia y Séneca para la tragedia.

3) La función de ese teatro responde el famoso «deleitar aprovechando»: se trata de entretener y enseñar al mismo tiempo, mezclando lo útil y lo dulce (en la ratio studiorum, esto es, en los planes de estudio de los jesuitas, se consideraba el teatro como un valioso instrumento pedagógico).

4) Las obras se representaban sobre todo en los salones de actos de los Colegios de jesuitas, pero también en las plazas públicas, en las iglesias, etc.

5) La extensión de las piezas oscila entre los tres y los cinco actos; el dramaturgo hace uso de la polimetría; la acción se dispone en esquemas de intriga y enredo, sin que falte la figura del gracioso; en los diálogos de los personajes alternan el latín y el romance.

6) La puesta en escena es bastante compleja: en ella tiene mucha importancia la música, la danza y el canto, y todo el aparato escenográfico de tramoyas, efectos teatrales, etc.

7) La afición a estas representaciones fue extraordinaria, tanto en España como en América (desde la llegada de los jesuitas a aquellas tierras). Autores destacados son los padres Pedro Pablo de Acevedo, Juan Bonifacio o Valentín de Céspedes. La pieza más famosa del teatro jesuítico es la Tragedia de San Hermenegildo.

En cuanto al corpus de obras dramáticas del teatro jesuítico dedicadas a San Ignacio, tenemos que hacer un par de consideraciones. Hay que decir, en primer lugar, que Ignacio aparece tanto en piezas extensas como en piezas breves. Y hay que añadir que muchas veces su figura es tratada en relación con la de San Francisco Javier, igual que sucedía en la poesía.

Dos autores importantes para la materia que nos ocupa son los padres jesuitas Valentín de Céspedes y Diego Calleja. El primero, Céspedes[3] (1595-1668), es autor de Las glorias del mejor siglo de la Compañía de Jesús y también de otras dos piezas tituladas Monserrate I y Monserrate II. En Las glorias, publicada en 1640 a nombre de Pedro del Peso, los dos personajes protagonistas son San Ignacio y San Francisco Javier, retratados al principio como figuras opuestas de soldado y de galán. Al lado de estos personajes históricos encontramos en la pieza diversos personajes alegóricos, a saber, la Gloria de Dios, la Gloria Mundana, la Hermosura, la Discreción, la Virtud, el Gusto, el Celo, la Fe, la Idolatría, las Cuatro partes del Mundo o la Compañía de Jesús, en figura de dama, sin que falte tampoco el papel del gracioso, desempeñado por Gracejo. Sabemos que esta comedia se representó los días 5 y 8 de octubre de 1640 delante del rey Felipe IV. Su argumento consiste, fundamentalmente, en la conversión de Javier por medio de Ignacio de Loyola, con una apoteosis final de los continentes, que cantan un himno de gloria y agradecimiento a la Compañía de Jesús[4].

Por su parte, el padre Diego Calleja (1639-1725), también jesuita, autor de otras obras dramáticas como la Comedia de San Juan Calibita, Las dos estrellas de Francia, La Virgen de la Salceda, Los mejores hermanos, San Justo y Pastor, escribió dos piezas que nos interesan ahora: El triunfo de la fortaleza o comedia de N. S. P. Ignacio de Loyola, que sigue su vida en Pamplona, París y Roma, con mezcla de personajes simbólicos y reales; y El sol en Oriente, San Francisco Javier[5].

Cubierta del libro San Francisco Javier, el Sol en Oriente, comedia jesuítica del Padre Diego Calleja, ed. Ignacio Arellano, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006

En esta segunda comedia el protagonista es Javier, pero en un determinado momento se le aparece San Ignacio para ayudarle contra sus enemigos, lo que permite al dramaturgo introducir en el diálogo (vv. 3227 y ss.) un encendido elogio de la Compañía de Jesús:

SAN JAVIER.- ¡Oh, dulces lazos,
que con vínculo estrecho
amor de Dios le pegan a mi pecho!
¡Oh, amado padre! ¡Oh, tú, cuya presencia
desquita en un instante mucha ausencia;
yo le debí a la instancia de tu ruego
romper del mundo el tantas veces ciego
lazo de esclavitud dura y penosa.
Yo te debí la asignación dichosa
a esta misión de Oriente;
pues débate el amor de un hijo ausente
saber hoy los progresos que Dios fía
en Europa de nuestra Compañía:
¿si su instituto en gloria de Dios crece?

SAN IGNACIO.- Mucho, Francisco, Dios la favorece.
Hombres de ciencia, de virtud, de fama,
a nuestra religión piadoso llama:
tales que en ella (¡el cielo puede tanto!),
es lo sabio vulgar, común lo santo,
vivo el celo, callada la aspereza,
igual el trato, humilde la nobleza,
uno en todos el fin del instituto,
mucho el afán y no menor el fruto;
contradicciones hay que más la exaltan,
y ¡ay de la Compañía!, si la faltan[6].

Calderón de la Barca no dedicó ninguna comedia específica a San Ignacio de Loyola (al parecer, sí compuso una sobre San Francisco Javier, pero se ha perdido); en cambio, sí lo hace aparecer brevemente en El gran príncipe de Fez.

En la Breve relación de las fiestas que se hicieron en la ciudad de Toledo a las canonizaciones de San Ignacio y San Francisco (Toledo, Diego Rodríguez, 1622), se menciona, entre otros coloquios, certámenes y espectáculos, una curiosa invención de animales vivos y una comedia de San Ignacio titulada El gigante Golías (en la que Goliat representaba a Lutero y David a San Ignacio).

Por otra parte, en la Academia de la Historia se conserva una serie de nueve diálogos javerianos, el primero de los cuales, Su conversión en la Universidad de París, se desarrolla entre San Ignacio y San Francisco[7].

En las Indias (América), donde la devoción javeriana e ignaciana era también muy grande, tenemos nuevas fiestas con diálogos, comedias y coloquios diversos: por ejemplo, un Coloquio de San Francisco Javier y San Ignacio en Lima (1622, en el contexto de las celebraciones por la canonización de ambos). En otro Diálogo entre los cuatro elementos y la Filosofía acerca de las virtudes de Ignacio y Javier, los personajes glosaban los hechos maravillosos que en cada uno de los elementos habían obrado los santos, para terminar con una danza entre los cuatro elementos (tierra, aire, agua, fuego)…

En tierras de Portugal, Antonio Ferreira escribió una Tragicomedia sobre San Ignacio y San Francisco, y proliferaron asimismo los certámenes, las procesiones, las exhibiciones de arquitecturas efímeras, las danzas y las representaciones[8].



[1] Véanse especialmente los trabajos de Jesús Menéndez Peláez, Los jesuitas y el teatro en el Siglo de Oro, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1995, y de Cayo González Gutiérrez, El teatro escolar de los jesuitas (1555-1640): su influencia en el teatro del Siglo de Oro, Oviedo, Universidad de Oviedo-Servicio de Publicaciones, 1997.

[2] Resumo aquí las ideas expuestas por el Padre Elizalde, completadas o matizadas con otras de Ignacio Arellano.

[3] Entre otras piezas compuso la Comedia sacramental de la historia de Eneas, un Coloquio de la Fe y el Amor divino, Los amantes de la fe, Obrar es durar, la Comedia sacra de los soldados de la Iglesia militante

[4] Para este autor, véase Agustín de la Granja, «Hacia una revalorización del teatro jesuítico en la Edad de Oro: notas sobre el P. Valentín de Céspedes», en Antonio Gallego Morell, Andrés Soria y Nicolás Marín (eds.), Estudios sobre literatura y arte dedicados al profesor Emilio Orozco, Granada, Universidad de Granada, 1979, vol. II, pp. 145-159.

[5] Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, Salamanca, Universidad Pontificia, 1983, p. 213 menciona además otra obra suya titulada La luz del Sol de Oriente o San Ignacio en París. Para estos dos autores, y para otros dramaturgos y representaciones auriseculares, remito a Elizalde Armendáriz, San Ignacio en la literatura, pp. 189-270. Y debe verse ahora, con valiosas matizaciones acerca de estas piezas del teatro jesuítico en su estudio introductorio, la importante aportación de Ignacio Arellano (ed.), San Francisco Javier, el Sol en Oriente, comedia jesuítica del Padre Diego Calleja, Madrid / Frankfurt am Main, Iberoamericana / Vervuert, 2006.

[6] Cito por Ignacio Arellano (ed.), San Francisco Javier, el Sol en Oriente, comedia jesuítica del Padre Diego Calleja, p. 56.

[7] Lo reproduce completo en edición moderna Ignacio Arellano, San Francisco Javier, el Sol en Oriente, comedia jesuítica del Padre Diego Calleja, pp. 23-27, autor al que sigo en este apartado.

[8] Para más detalles remito a Carlos Mata Induráin, «San Ignacio de Loyola, entre historia y literatura (I). El Siglo de Oro»Anuario del Instituto Ignacio de Loyola, 13, 2006, pp. 145-176.